EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, comedores de espinacas.
Tras acabar con una ensalada de espinacas como plato principal del día, nos ha parecido adecuado reseñar otro de los cómics de Popeye que tenemos por ahí.
En este continuamos la historia directamente donde se interrumpió en el número anterior. Utilizando el taladro de proa, el Termita hunde la Armada japonesa. Lo malo es que el taladro se estropea de tanto perforar los cascos de los buques. Como este hace también las funciones de hélice, sin el giro del taladro el Termita no solo no puede perforar roca para su movimiento subterráneo, sino que tampoco puede propulsarse para volar o navegar. Además, aunque han hundido la flota enemiga, la aviación sigue dando vueltas sobre el lugar del combate, esperando a que el Termita salga a la superficie para bombardearles.
Cocoliso sale a buscar otro taladro hélice mientras Pilón se pone a cocinar algo. Los aviones japoneses ven una columna de humo de la cocina saliendo por el esnórquel de renovación de aire y empiezan a lanzar cargas de profundidad. Óscar reacciona poniéndose a cavar trincheras junto al submarino. Rosario, todavía dentro, dispara hacia arriba con una ametralladora intentando darle a los aviones, llenando el casco de agujeros en el proceso.
Harto de la situación, Popeye sale del submarino (sí, aquí nadie parece necesitar respirar) y se dedica a derribar a los aviones lanzándoles todo lo que encuentra a mano: un ancla, un pulpo, un pez espada, tortugas, al mismísimo Davi Jones, que pasaba por allí, y finalmente a Pilón. Libres al fin de la aviación japonesa, logran empujar el Termita hasta vararlo en la playa de una isla cercana. Allí se encuentran con Cocoliso, que ha estado perdiendo el tiempo y ligando con un par de sirenas en el bar submarino del Rey Neptuno.
Rosario tiene entonces la brillante idea de pintar el Termita con pintura de camuflaje, pero esta resulta ser tan buena que lo que hace es volver al submarino invisible. A consecuencia de ello, no son capaces de encontrarlo y no tienen más remedio que fabricarse una embarcación tallándola en madera y propulsarla a remo. Como carecen de herramientas, Popeye emplea su barba de tres días como lija para serrar árboles, y luego Rosario pinta hamburguesas en el tronco para que Pilón se coma la madera a bocados y vaya ahuecándolo. Rosario bautiza el barco como «El Botellón». Y realmente parece que el guionista de esta historia venía de un botellón cuando se puso a escribir, porque si ya las aventuras son de por sí absurdas, esta se lleva la palma.
A bordo de El Botellón se dan otra serie de situaciones que no tendrían nada que envidiar a los mejores gags de los hermanos Marx. La que más me llamó la atención es esta en la que Popeye decide tratar de pescar un tiburón para paliar el hambre. A modo de cebo, sumerge su propio pie en el agua. La idea es que, cuando el tiburón acuda a morderle el pie, él lo matará de una patada y lo subirá a bordo. Pero cuando el tiburón llega hasta él, lo que hace es medirle el pie con un brannock mientras sonríe irónicamente. A continuación se marcha sin más, lo cual hace que Popeye se sienta especialmente ofendido.
Popeye se publicó originalmente como tiras de prensa y, debido a ello, el humor acompañaba a las noticias del momento. Es posible que esto de calibrarle el pie a alguien para ridiculizarle sea una referencia a algún suceso de la época. O puede que se trate simplemente de otro ejemplo de ese humor absurdo de los años 20 y 30 en que se jugaba con situaciones ilógicas o directamente ridículas como esta. Que un tiburón salga del agua, mida el pie de un hombre en lugar de morderlo (como un pescador que, tras atrapar un pez, lo devuelve al mar por ser demasiado pequeño) y se marche sin más es simplemente inesperado. Aquí el autor juega a “traicionar” al lector, que lógicamente espera que el tiburón muerda el pie, pero en su lugar hace algo completamente fuera de lugar. La reacción de Popeye (sentirse ofendido por la mala praxis del escualo) vendría a ser como el remate del chiste, añadiendo a una situación ya de por sí absurda una reacción aún más absurda todavía.
La Gran Guerra, como se llamaba entonces a lo que hoy conocemos como la Primera Guerra Mundial (nadie podía concebir en aquel entonces que se repitiera jamás un conflicto a tal escala), dejó a la humanidad con una sensación de desencanto general. Se perdió la enorme fe en la lógica y el progreso de décadas anteriores y una generación entera quedó traumatizada. El dadaísmo, el surrealismo y el humor absurdo que se saltaba las leyes físicas y la lógica (los hermanos Marx, Chaplin, Keaton…) fueron una consecuencia directa de la sensación de decepción y sinsentido general que dejó en la gente la Gran Guerra. Porque si el mundo había sido capaz de volverse loco hasta ese extremo, el humor y el arte tampoco tenían por qué ceñirse a ningún tipo de lógica. Este cómic en concreto es de los 70, bastante lejos de esa época, pero Popeye nació a finales de los años 20 y, aunque con altibajos, mantuvo ese estilo característico propio de la post Guerra Mundial en la que vio la luz.
Pero volvamos con la historia. Tras un par de días de hambre y sed, llegan a una isla volcánica. Esta resulta estar habitada por el dios Vulcano, que se nos presenta como un ogro vestido con casco de bombero y un faldellín de amianto. Tras una presentación algo tensa, en la que Vulcano se pone chulo, Popeye no tiene más remedio que pararle los pies.
Aclarado esto, Vulcano los invita a todos a su casa, que no es otra cosa que el interior del volcán. Allí no hay nada más que otro cráter en el suelo que lleva a mayor profundidad, una ranura por la que él le echa las cartas a Papá Noel en Navidad y una tubería que golpea cuando se aburre.
A falta de nada mejor que hacer, Popeye y los suyos se asoman al agujero, porque Vulcano afirma que abajo vive un monstruo. Y entonces un gigantesco puño surge repentinamente de entre las volutas de humo que salen de este segundo cráter, golpea a Popeye en la mandíbula y lo deja grogui. Como en el volcán no hay espinacas ni ellos tampoco llevan ninguna encima, Rosario le escribe una carta a un senador para que les envíe semillas de espinacas. Estas llegan poco después en un paquetito atado a la pata de un pájaro mensajero. Y mientras Rosario las planta, Vulcano protege al pájaro de Pilón, que tenía la intención de comérselo. En el volcán tampoco hay agua, así que Pilón le cuenta a Rosario la historia de su triste infancia, de modo que sus lágrimas se derraman sobre el lugar donde plantó las espinacas.
La criatura a la que pertenecía el brazo gigante que golpeó a Popeye surge del cráter. Este resulta ser el cíclope Polifemo, aunque quizás sea un poco diferente a como os lo soléis imaginar. Tiene dos ojos (lo cual es problemático para un cíclope) y es muy grande, desde luego, pero no especialmente alto. Es, de hecho, algo más bajo que Popeye, pero también es mucho más voluminoso. Solo en su brazo hay más carne y músculo que en todo el cuerpo de Popeye.
Polifemo, al que al parecer no le gustan las visitas, comienza a machacar a Popeye, que aún no se ha recuperado del todo del primer golpe que le dio. Rosario, por eso de que la música amansa a las fieras, se pone a tocar un violín imaginario para ver si con eso logra calmar a Polifemo. Y este, al que al parecer le gusta la música, coge a Popeye y empieza a estrujarlo y estirarlo como si fuera un acordeón, para hacerle el acompañamiento a Rosario.
Tras unas cuantas páginas de pelea en las que Popeye lleva las de perder, uno de los golpes de Polifemo lo arroja junto al lugar en el que plantaron las semillas de espinacas. Estas ya tienen unas cuantas hojitas, lo bastante crecidas como para comerlas, así que Popeye arranca una y se la echa al gaznate. Con esto Popeye se vuelve mucho más fuerte que Polifemo. Aun así, es incapaz de pegarle porque, pese a ser enorme en cuanto a volumen, Polifemo es ligeramente más bajito que él, y Popeye tiene por principio no golpear a nadie más pequeño.
Rosario busca varias formas de solucionar esto y al final termina golpeando a Polifemo en la cabeza con un enorme garrote. Con la altura extra que le da el chichón que le crece a resultas del golpe, Polifemo es ahora un poco más alto que Popeye, con lo que este comienza a pegarle sin ningún tipo de traba moral. Finalmente, Popeye derrota a Polifemo, que huye despavorido del volcán, alejándose a nado de la isla.
En agradecimiento, porque Polifemo era un abusón, Vulcano se ofrece a ayudar a Popeye y sus amigos en lo que pueda. Estos, que aparentemente se han olvidado de su misión de encontrar las Islas Misteriosas, le piden regresar a casa. Vulcano los lleva entonces a otro nivel inferior del volcán, donde les hace subir en una especie de vagón de tren con forma de misil para enviarlos a Espinacola. Les pregunta incluso la dirección concreta, el nombre y número de la calle, por lo que se ve que el sistema es muy preciso.
Tras un largo (en distancia), pero breve (en tiempo) viaje, llegan hasta la dirección que le dio Pilón, que no es la de la casa de ninguno de ellos, sino el bar de Perendengue. El proyectil atraviesa el suelo y todos ellos salen ilesos del mismo. Perendengue se alegra mucho de verlos y les pregunta qué quieren comer. La respuesta de Popeye es espinacas, lo cual hace que el cocinero entre en cólera y le acuse de ser un asesino, un salvaje y un enemigo de los niños. A modo de explicación, le muestra un panfleto en el que un tal doctor Serrucho anuncia a bombo y platillo que las espinacas vuelven débil a la gente que las come.
Pero ese es el argumento principal de la siguiente historia, que veremos en otra ocasión. De momento podéis repasar todo lo ya reseñado sobre este personaje pulsando aquí.
No se indica el título original. 1972. Tom Sims & Zaboly (texto y dibujos). King Features Syndicate. Publicado en 1972 por Buru Lan S.A.





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