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jueves, 18 de diciembre de 2025

CUENTOS (2/2)

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

Vamos con la segunda parte del libro de cuentos de Andersen. Otros cinco cuentos de uno de los mejores escritores de cuentos de todos los tiempos, que se dice pronto. Si aún no habéis leído la primera parte, podéis hacerlo pulsando aquí.

El soldadito de plomo (Den standhaftige Tinsoldat, 1838). Un niño recibe como regalo de cumpleaños una colada de veinticinco soldaditos de plomo. A uno de estos le falta una pierna porque el plomo escaseó a la hora de moldearlo. Pese a esta especie de discapacidad de nacimiento, se mantiene tan firme sobre su peana como el resto. Por la noche, cuando nadie les mira (y como todos sabemos, en el fondo) los juguetes cobran vida y el soldado cojo se enamora de una frágil bailarina de papel y lentejuelas que forma parte de los personajes de un castillo recortable. 

Mientras todos los otros juguetes bailan y se divierten, el soldado y la bailarina se limitan a mirarse uno al otro. En la habitación hay también un duendecillo malicioso que vive dentro de una caja de rapé de pega, y está molesto por la atracción mutua que parece haber entre ambos. Le dice al soldado que se aleje de la bailarina, y al apartarse este un poco para no meterla a ella en problemas, queda junto a la ventana. Poco después los niños de la casa entran en la habitación revolviéndolo todo y el soldado cae a la calle.

Allí otro par de niños lo encuentran sobre los adoquines y lo ponen al mando de un barquito de papel que arrojan a una acequia. La corriente del agua lo arrastra hasta las alcantarillas (donde una rata lo persigue reclamándole un peaje) y finalmente desemboca en el mar, donde el barco se deshace. El soldadito se hunde y un pez se lo traga. El pez termina en una lonja donde una mujer lo compra y lo lleva a su casa. Al abrirlo para cocinarlo encuentra entre sus tripas al soldado. La casa resulta ser la misma a la que fue llevado como regalo en primer lugar, y el soldado y la bailarina se reencuentran. Sin embargo, el niño no quiere a ese soldado incompleto y lo arroja a la estufa para que se funda. En ese momento una puerta se abre y se forma una corriente de aire, que la bailarina de papel aprovecha para dejarse arrastrar a las llamas junto con el soldado. Cuando la criada limpia las cenizas de la estufa a la mañana siguiente, encuentra entre estas un diminuto corazón de plomo y, fundida a este, una lentejuela.

El soldadito, nacido cojo, encarna la idea de que mucha gente comienza su vida ya con limitaciones, pero lo que define al individuo no son éstas sino la fortaleza con la que se enfrenta su destino. La bailarina de papel podría representar la fragilidad del amor, difícil de alcanzar y de mantener. Su unión final en el fuego, unidos en la destrucción ya que no pudieron estarlo en la vida, es triste pero también es su momento de plenitud. Se consumen juntos, como si el verdadero amor solo pudiera alcanzarse a través del sacrificio (esfuerzo) mutuo. 

Fijaos además que es un final muy similar al de El príncipe feliz de Oscar Wilde, escrito cincuenta años después. Del soldado y su amada bailarina solo queda un corazón de plomo y una lentejuela, y de la estatua del príncipe y su amiga la golondrina solo queda un corazón de plomo y el cadáver del ave. Estoy convencido de que Wilde no solo era lector sino también admirador de Andersen, porque el estilo de sus cuentos es muy similar.

La campana (Klokken, 1845). Este nos habla de una ciudad en la que la gente oye sonar a diario una campana, pero no es la de la propia catedral de la urbe, sino lo que se han acostumbrado a llamar «la campana de la tarde». Es un tañido apagado que llega desde la lejanía, como si hubiese una segunda catedral perdida en medio del bosque que se ve desde las ventanas más altas. Nadie sabe con certeza de dónde proviene, pero el tañido es profundo y solemne. La gente de la ciudad lo comenta, pero nadie se atreve a internarse demasiado en el bosque para descubrir su origen, así que deciden hacerlo en grupo: toda la población se pone en camino hacia el bosque cada uno con los medios que se puede permitir. Pero una vez en el bosque, y dado lo denso que es este y lo difícil que es el terreno, muchos se desaniman y empiezan a darse la vuelta. Además, mientras están en el bosque, la única campana que se oye es la que viene de la ciudad. Un confitero, con buen ojo para los negocios, aprovecha la situación para montar ahí mismo un pequeño puesto de venta de pastelillos, del que cuelga a modo simbólico una campana, previendo ya que se va a convertir en un lugar de peregrinación habitual para la gente del pueblo.

La noticia de la misteriosa campana del bosque llega hasta el Emperador, que ofrece a modo de recompensa el título de Campanero Universal a aquel que resuelva el misterio. Esto hace que mucha más gente vuelva al bosque en un intento de encontrar la campana. Lo más parecido a una campana que encuentran es un búho que vive dentro de un árbol hueco y golpea su cabeza repetidamente contra el tronco, creando un tañido seco que en nada se parece al que se escucha desde la ciudad. A consecuencia de esto, es el búho (y no la persona que lo encuentra) el que recibe el título de Campanero Universal.

Poco después, en una ceremonia de confirmación, el párroco anima a los niños que han pasado por el rito a ir al bosque a ver si son ellos los que encuentran la campana, contando con el pequeño empujón extra de la bendición que acaban de recibir. Un grupo de niños se adentra así en el bosque llegando hasta la caseta del confitero, considerada algo así como la frontera más allá de la cual es peligroso ir. Algunos niños se detienen aquí, otros continúan. El camino es duro y esto hace que varios vayan retirándose del reto y el grupo sea cada vez más reducido. Finalmente solo quedan dos niños: un príncipe, vestido elegantemente con sedas y buenos zapatos, y el niño más pobre de la ciudad, vestido con harapos y zuecos de madera.

Aún no han encontrado el origen del tañido misterioso y ante ellos el camino se divide en dos: hay un camino que parece más fácil y despejado que se desvía hacia la izquierda, y otro más difícil y peligroso que se desvía hacia la derecha. El niño pobre toma la decisión de ir a la derecha, quizá porque sabe que el príncipe, más delicado, no resistirá un desafío como ese y terminará destrozándose su bonita ropa en el proceso. Cada uno por su camino terminan por converger en un mismo lugar elevado, una cima desde la que se contempla el glorioso mar y en el que las estrellas del cielo, puesto que ya ha anochecido, parecen al alcance de la mano.

Están rodeados de la más exuberante vegetación y de los árboles más altos, y entonces comprenden que el tañido de la catedral de la que provenía el sonido es la propia naturaleza en su máximo esplendor, pura y poderosa. Los árboles son las columnas que sostienen la bóveda celeste y los pájaros son su coro. El tañido de la campana es la armonía del mundo mismo. El cuento termina con la revelación de que la campana que todos oyen a lo lejos, como si les llamara, no está hecha por manos humanas ni colgada en una torre. Es el espíritu que vibra en la naturaleza, accesible solo a quienes se esfuerzan en buscarlo sin importar su condición social, de ahí que sean un príncipe y un mendigo los únicos que llegan hasta el final.

Los cisnes salvajes (De vilde svaner, 1838) Un rey viudo se vuelve a casar, pero escoge mal a su nueva esposa; esta resulta ser una bruja, que inmediatamente piensa en deshacerse de cualquier persona que pueda competir con ella en recibir la atención y regalos del rey. Esto la impulsa a deshacerse de los once hijos y una hija de su anterior matrimonio. A los once hijos les lanza una maldición y los convierte en cisnes salvajes, que se márchan volando del castillo. 

A la hija, Elisa, demasiado pura para ser afectada por maldiciones, la embadurna con diversos mejunjes hasta volverla irreconocible. Su propio padre, al verla, ignorando que es ella y todavía amargado por la repentina desaparición de sus otros hijos, ordena que la expulsen de sus dominios.

Elisa pasa así mucho tiempo en el bosque. Se lava en el río hasta recuperar su aspecto normal y se alimenta a base de frutas silvestres. La vida a la intemperie y el valerse por sí misma la enseñan a ser fuerte. Un día se cruza con una anciana que está recogiendo moras y esta le dice que vio a once cisnes blancos cerca de un arroyo. Elisa sigue el arroyo buscándolos hasta llegar al mar, y encuentra once plumas blancas cubiertas de gotitas de rocío (o quizá lágrimas derramadas), dejadas allí como una especie de señal. Esa misma noche, buscando por los alrededores, encuentra a sus once hermanos en forma humana bañándose en un lago. Estos le explican que por la noche vuelven a sus formas humanas, y al salir el sol retoman su forma de cisne, en la que no pueden hablar. Temiendo que la reina ordenara cazarlos para deshacerse definitivamente de ellos, se ocultan en un reino al otro lado del mar. Para llegar hasta ahí necesitan volar durante dos días enteros, haciendo escala a medio camino para pasar la noche en un simple peñasco que emerge de las olas, donde reposan con sus formas humanas, ateridos de frío. Como además dependen de las horas de sol para mantener la forma de cisne, solo pueden hacer este viaje en los solsticios de verano, en que los días son más largos y las noches más cortas. Ahora que se han encontrado, planean volver a ese reino más seguro en el próximo solsticio llevando a Elisa con ellos.

El viaje sobre el mar es largo y lleno de dificultades. El tener que transportar el peso extra de Elisa (a la que llevan en una gran cesta de mimbre) hace que los hermanos se agoten más rápidamente de lo normal y hay momentos en que da la impresión de que no van a poder llegar ni tan solo al islote que utilizan como punto de descanso. Pese a todo, finalmente alcanzan la lejana costa y se refugian en una cueva. Allí Elisa tiene una visión en la que un hada, sospechosamente parecida a la anciana que encontró antes recogiendo moras, le explica cómo puede romper la maldición que pesa sobre sus hermanos. Deberá confeccionar once cotas de malla tejidas no con metal, sino con ortigas espinosas de las que crecen en la entrada de la cueva. Solo hay otro lugar en el que crezcan esas ortigas: los cementerios. Deberá arrancarlas sin más herramientas que sus dedos, pisarlas con los pies descalzos hasta convertirlas en fibras y con esas fibras tejer las cotas de malla. Cuando las once estén terminadas bastará con que entren en contacto con sus hermanos para que la maldición se rompa. Pero para que la magia funcione es necesario un sacrificio adicional: desde el momento en que acepte la tarea, Elisa no podrá pronunciar palabra hasta que la maldición se haya roto. Si habla, sus once hermanos morirán fulminados al instante. Elisa acepta y comienza a arrancar ortigas. El contacto con ellas le abrasa la piel y se la llena de magulladuras, pero se esfuerza en no emitir ni una sola queja. Sus hermanos le preguntan qué le ocurre y por qué no habla, pero ella no puede responderles. Comprenden que hay un hechizo implicado y la dejan continuar.

En cuanto sale el sol, se convierten de nuevo en cisnes y salen volando de la cueva. En ese momento pasa por allí un rey con su montería. Ve a Elisa y, pese a sus harapos, la considera un prodigio de belleza. Como ella no contesta, supone que es muda y huérfana, y decide llevarla a su castillo. El tiempo pasa y el rey se enamora de Elisa. Ella también se enamora de él, pero solo puede expresarlo con sonrisas y miradas. Se celebra una boda en la que únicamente el rey pronuncia el «sí quiero» y a ella se le da por sentado porque creen que no puede hablar. Elisa acude altar con guantes de seda para ocultar sus manos destrozadas por las ortigas. 

Cada noche, cuando su esposo duerme, abandona el lecho para seguir tejiendo las cotas de malla. Al quedarse sin fibras, se ve obligada a ir al cementerio. Allí se encuentra con  un grupo de lamias desenterrando cadáveres para comérselos, pero pasa junto a ellas rezando mentalmente una oración que las mantiene a raya. Recolecta ortigas y regresa al castillo. Su visita nocturna al camposanto no pasa desapercibida, despierta sospechas y el arzobispo la acusa de brujería. El rey duda, pero finalmente cede a la presión y deja que el pueblo decida. La multitud, movida por superstición y envidia, sentencia que debe morir en la hoguera.

Cuando los guardias la apresan, Elisa se aferra a las cotas ya tejidas y a las fibras que aún conserva. A la mañana siguiente es llevada a la plaza pública. En ese momento tiene diez cotas terminadas y trabaja desesperadamente en la última, incluso mientras la conducen al cadalso. El verdugo se dispone ya a atarla al poste cuando once cisnes sobrevuelan la plaza. Elisa les arroja las cotas y, al entrar en contacto con ellas, sus hermanos recuperan su forma humana, apareciendo con estas puestas. Solo el más joven conserva un ala de cisne en lugar de un brazo, porque su cota fue la última en ser confeccionada y estaba tejida apresuradamente.

La maldición se rompe y Elisa puede hablar al fin. Proclama su inocencia y cae desmayada en brazos de sus hermanos. El rey acepta las explicaciones que se apresuran a dar estos y, como confirmación divina de que lo que dicen es cierto, el madero y los troncos destinados a quemar a Elisa se transforman en un inmenso rosal que florece en medio de la plaza.

Aquí el tema principal es el amor fraternal. Las ortigas urticantes y la necesidad de trabajarlas solo con manos y pies simbolizan el dolor y las penalidades que hay que afrontar para alcanzar los objetivos. El silencio impuesto a Elisa podría representar la disciplina y la fuerza de voluntad necesarias para ello. Llama la atención que no haya venganza contra la madrastra: quizá para mostrar que la verdadera victoria y venganza contra los que nos hicieron daño es alcanzar la felicidad, no necesariamente acabar con ellos.

La abuela (Bedstemoder, 1845). Esto no es realmente un cuento, sino una descripción breve y poética de la figura de una abuela anónima a través de los ojos de un niño que la ve como símbolo de ternura y sabiduría. Para un niño muy pequeño que todavía no tiene claros los vínculos familiares ni las genealogías, «la abuela» es simplemente esa persona que cuenta historias, canta nanas, guarda recuerdos y objetos antiguos como si fueran tesoros. Alguien que siempre está allí para cuidarle y entretenerle incluso cuando sus padres, por trabajo o compromisos sociales, no están en casa. No hay una trama como tal, sino que se centra en crear una, llamémosla, atmósfera emocional en torno a la figura de la anciana. Ella representa la seguridad del hogar, el puente entre generaciones.

Cuando muere lo hace sin dramas, con la serenidad de una persona que ya ha cumplido sus objetivos en la vida: formar un hogar, tener hijos y criarlos hasta que estos han sido capaces de valerse por sí mismos e incluso llegar a formar sus propias familias. En el fondo es una reflexión sobre el paso del tiempo, un homenaje a la vejez y a la importancia de los mayores en la vida familiar, mostrando cómo su presencia deja una huella imborrable. Es un texto muy breve pero cargado de esa sensibilidad tan especial que tenía Andersen. Aunque aquí se lo ha titulado «La abuela», una mejor traducción del título original sería «Abuelita», que refleja mucho mejor la sensación que intentaba transmitir.

Se sabe que Andersen tuvo una relación muy cercana con su abuela materna, Anne Marie Andersdatter, quien fue una figura importante en su infancia en Odense. Ella murió en 1825, cuando Andersen tenía unos veinte años. Esa pérdida lo afectó profundamente, y es posible que fuera la inspiración de este texto, lo que lo convertiría, más que en un cuento, en una anotación autobiográfica.

El baúl volador (Den flyvende Kuffert, 1839). Este último cuento que vamos a reseñar nos habla de un hombre muy rico, que lo era por el estricto control que tenía sobre sus gastos y finanzas. A su muerte, la gran fortuna que había acumulado es heredada por su único hijo, que no tarda mucho en malgastarla de forma absurda. Al perder su riqueza pierde también la amistad de casi toda la gente que le rodeaba. Uno de estos, quizá a modo de burla, le regala un baúl viejo con una nota que dice «¡Empaca!». El joven, sin embargo, descubre providencialmente algo que al parecer el antiguo dueño del baúl ignoraba: si se sienta dentro del baúl abierto y presiona la cerradura, este puede volar y ser controlado a voluntad.

Así vuela hasta Turquía, donde aterriza en un bosque y se acerca a pie a una ciudad cercana, pasando desapercibido entre la población de tan andrajoso que va. Pregunta por un magnífico palacio que preside la ciudad y le informan que es el del sultán, que mantiene a su hermosa hija encerrada en una torre para que no tenga contacto con ningún hombre. Usando el baúl volador, accede una noche al balcón de la alta torre y se presenta ante la princesa, haciéndole creer que es el propio Alá que ha venido a casarse con ella. La princesa se emociona, le dice que vuelva la noche siguiente para hablar con sus padres y le regala una espada decorativa cubierta de monedas de oro. El hombre vuela de regreso al bosque, oculta el baúl y va a pie a la ciudad para cambiar la espada por ropas lujosas.

A la noche siguiente, ya engalanado, regresa al balcón asegurándose de que el sultán lo ve llegar volando por el cielo, demostrando así su divinidad. El sultán y su esposa están encantados con tan inusual pretendiente y acceden al matrimonio. El joven cuenta entonces una historia que es de hecho un cuento completo por sí mismo y que muy bien podría haberse publicado de forma independiente. Esto seguramente se hizo por influencia de Las mil y una noches, en las que la dinámica de personajes que cuentan cuentos completos dentro de su propio cuento se repite con frecuencia. Quizá, al haber ambientado la historia en un país árabe, Andersen creyó necesario seguir este tópico.

¡Bonus! El cuento dentro del cuento. Un grupo de fósforos conversan entre ellos. Cada cerilla presume de su origen (como el excelente tronco de tal o cual árbol del que fue tallada) o fantasea sobre su destino (como que servirá para encender las velas que iluminen una grandiosa fiesta). En medio de la charla, aparecen cacharros de cocina como ollas y teteras que se burlan de las cerillas diciendo que el fuego que enciendan solo es importante porque será para calentarlas a ellas, y por tanto las cerillas es como si estuvieran a su servicio. El cuento se convierte poco a poco en un desfile de vanidosos objetos domésticos parlantes cada uno de los cuales presume de su función creyéndose el elemento más importante de la casa. Al final alguien enciende un fuego con una de las cerillas, pero esta no tiene tiempo de presumir de que todo comienza gracias a ella, porque la misma llama que produce la consume.

Regresando al cuento principal, el joven promete volver al día siguiente para dar al sultán unas horas para organizar la boda. Para hacer más espectacular el asunto, cuando se aleja del palacio en su baúl volador prende varios fuegos artificiales que compró en el mercado para así ir dejando una estela de luz y chispas, demostrando una vez más su divinidad.

Aterriza en el bosque y se duerme, confiado. Al día siguiente, al despertar, descubre que uno de los fuegos artificiales dejó un rescoldo en el fondo del baúl que terminó prendiéndolo y quemándolo por completo. Desprovisto de sus poderes divinos, el joven se ve obligado a renunciar a la princesa cuando ya la tenía ganada. El mensaje también está claro: disponía de un objeto mágico extraordinario y tenía al alcance de la mano la boda con una muchacha preciosa que le habría convertido en gobernante de un reino, y lo echó todo a perder simplemente por presumir (con los fuegos artificiales) para impresionar a la gente por mera vanidad.

Esta recopilación incluye también los cuentos La cajita de yesca, El hada del sauco y Ole Cierraojos, que ya comentamos aquí junto a otros cuentos de Andersen.

Cuentos. 1991 (fecha de la recopilación). Hans Christian Andersen. Ejemplar entregado como obsequio por el periódico El Sol en colaboración con el BBVA y Alianza Editorial.

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