EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ávidos lectores.
Hoy os traigo un relato de Robert Louis Stevenson que a primera vista parecería encuadrado en el horror gótico, pero que en realidad encajaría mejor en el horror biológico. Es una historia donde el verdadero amor y el sacrificio personal demuestran una vez más ser indisociables uno del otro, y donde los monstruos y sus víctimas resultan ser una misma cosa. Está contada con un tono melancólico muy recargado pero también muy agradable de leer.
La historia está narrada en primera persona por un soldado herido en combate al que su médico recomienda aire de montaña y reposo. En ningún momento se indica su nacionalidad, ni en qué guerra resultó herido, ni la fecha en la que ocurre la historia, pero hay pistas que nos permiten deducir todo esto. Lo que se nos dice es que es un soldado convaleciente en una región rural española. El médico lo trata como a un forastero que desconoce la realeza e historia locales, y le recomienda una casa «antigua y noble» como si fuera algo que pudiera resultarle exótico, como si le hablara a un turista. Nada de esto fija una fecha o una nacionalidad, pero sí nos da un contexto histórico reconocible: el de la Guerra de la Independencia Española, que tuvo lugar entre 1808 y 1814. En esa guerra los españoles, con los portugueses e ingleses como aliados, expulsaron de la península a las tropas de Napoleón que la habían invadido.
Este es el único marco histórico anterior a la fecha de publicación del relato en el que en España había soldados extranjeros heridos en combate a los que se alojó en casas de familias civiles, debido a la saturación e insalubridad de los hospitales de campaña. Todo esto encajaría también con un soldado portugués, pero los protagonistas de las novelas de Stevenson eran casi invariablemente británicos, por lo que es más probable que fuera esto último. Y también hay una frase en la que el protagonista hace referencia al Kelpie (un río escocés).
El médico le promete tranquilidad, aire puro y silencio, pero desde el primer momento el lugar no encaja con la idea de reposo. La mansión es antigua, húmeda y sombría, con muros gruesos y habitaciones frías. En ella no hay vida social, ni visitas, ni actividad, y todo parece detenido en el tiempo. De los muros cuelgan retratos de antepasados: hombres de uniforme cargados de medallas y mujeres de regia belleza adornadas con joyas. Entre ellas destaca la que podéis ver en la portada, probablemente la matriarca que inició el linaje familiar ochocientos años atrás. Su rostro refleja una nobleza y astucia que su descendencia ha ido perdiendo progresivamente. La familia se ha brutalizado a lo largo de generaciones de endogamia, y lo único que queda de ella es una mujer mayor (de la que no llegamos a saber el nombre y que vive perdida en su propio mundo, aquejada por un retraso mental moderado) y sus hijos de padre desconocido, Felipe y Olalla.
Felipe es un joven robusto y peludo, hiperactivo, asilvestrado y carente de la educación más elemental, amigable pero con arranques repentinos de violencia sin motivo. A Olalla se la menciona, pero tarda mucho en aparecer, como si su madre y su hermano la ocultaran del invitado. El soldado encuentra indicios de su existencia: libros anotados con una bonita caligrafía, una poesía tosca pero hermosa garabateada en una cuartilla, pequeños rastros de sensibilidad que contrastan con la rudeza de Felipe y la pasividad vacuna de la madre.
El soldado se va recuperando físicamente, pero está cada vez más perturbado por el ambiente que lo rodea. Ya da por sentado que no llegará a conocer a Olalla cuando se topa repentinamente con ella. Él había supuesto que sería como su madre y su hermano, un caso más de degeneración mental y física debido a la consanguinidad, pero no. Ella tiene genes recesivos de generaciones anteriores, y es una muchacha de radiante belleza, una expresión culta y reflexiva y un comportamiento reservado pero lleno de dignidad. Olalla es la excepción dentro de su linaje, sin la torpeza de Felipe ni la dejadez de la madre.
El soldado se prende inmediatamente de ella, pero Olalla lo evita. Sin embargo, él ve en cada uno de sus delicados gestos y cada una de sus miradas fugaces señales de una clara atracción mutua. Stevenson dedica páginas y páginas seguidas solo a describir lo que siente el soldado al verla, antes incluso de que lleguen a cruzar una sola palabra. Cuando finalmente ella se decide a hablar, su voz es clara y musical, lejos de los balbuceos y frases sin sentido que brotan de las bocas de sus familiares. Lo primero que le dice al soldado no es un saludo ni una pregunta: le dice que debe marcharse de allí inmediatamente, pero a continuación corre a refugiarse en sus brazos, hunde la cabeza en su torso y luego se separa bruscamente, huyendo de él.
Mientras el soldado trata de decidir qué hacer, dudando entre lo que su amada le pide y lo que le da a entender sin palabras, se corta accidentalmente en la muñeca. No es una herida seria, pero sangra bastante. Se acerca a la madre para preguntarle si tiene una venda, un paño limpio o algo con lo que curarse. Al ver la sangre fresca fluir de la muñeca, la mujer reacciona como un animal, saltando sobre él y mordiéndole la mano, desgarrándole la carne hasta el hueso. Felipe y Olalla intervienen: el primero peleando en el suelo con su madre como un par de animales, pero sin que quede claro si le está defendiendo o simplemente dejándose llevar por el instinto de competir por la comida. Olalla, por su parte, se lleva al soldado a otra habitación, la cierra con llave por dentro y le venda la mano, mientras los aullidos dementes de su madre siguen resonando por toda la casa.
El soldado quiere llevarse a Olalla de allí, huir juntos de esa casa de pesadilla en la que sus miembros ya han degenerado hasta el canibalismo. Pero ella le confiesa lo que él en el fondo ya sabía, que su familia ha sufrido durante siglos una decadencia física y moral; que la belleza y la inteligencia reaparecen esporádicamente, como en su caso, pero que la descendencia de estos miembros aparentemente normales vuelve a recaer en la locura, la violencia o la animalidad. Aunque a primera vista ella parece una afortunada comparada con su madre y hermano, su tragedia es la mayor de todas. Su madre y hermano han degenerado tanto que no son conscientes de su estado, pero ella si tiene la capacidad de entenderlo y sabe que también lleva esa herencia en la sangre. Aunque siente afecto por el soldado, no puede acompañarle. Ha decidido que su linaje corrupto debe desaparecer, y para ello es necesario que lo poco que queda de su familia permanezca aislada en las montañas.
El soldado se marcha con el corazón roto, abandonando a la joven tal como esta le pide. Es un final curioso porque aquí Stevenson evita deliberadamente el cliché romántico del héroe que rescata a la dama en apuros. Aquí ocurre lo contrario, es Olalla quien salva al soldado de un futuro probablemente desgraciado junto a ella, cuando con el paso de los años algo se trastorne en su mente, o cuando, aun sin pretenderlo, engendren hijos que después resulten ser monstruos.
Me ha recordado mucho a La caída de la Casa Usher, escrita por Poe medio siglo antes. Ambas historias giran en torno a un linaje decadente, un huésped que hace de narrador en primera persona y un único escenario: una casa que parece tan enferma como sus escasos habitantes, también degenerados por la consanguinidad. La caída de la Casa Usher termina con la mansión derrumbándose y siendo tragada por el pantano. En Olalla no asistimos a la destrucción final de la familia, pero es evidente que esta no sobrevivirá una generación más. El final es una íntima despedida en la que ambos aceptan que la mayor muestra de amor mutuo que pueden hacerse, es olvidarse el uno del otro.
Puedes ver la reseña de otra novela de este autor pulsando aquí.
Olalla. 1885. Robert Louis Stevenson. Publicado en 1991 por Alianza Editorial S. A. Entregado como obsequio por el periódico El Sol.

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