MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

viernes, 6 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 26 de enero al 1 de febrero de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El detective Miller empieza a reunir un equipo! ¡Aquellos que estén interesados en combatir a los monstruos cósmicos y probablemente morir o volverse locos en el proceso, pueden pasar por su oficina de ocho a diez de la mañana a dejar sus referencias!


Lunes, 26 de enero de 1926

Estuve todo el día dándole vueltas a lo que me dijo la mamáloi Inhidra. Según ella, los animales «naturales» ya han elegido bando. Los gatos del lado de… bueno, del lado que no quiere verme muerto. Y los murciélagos, las serpientes y quién sabe qué más, del lado contrario. Hasta ahí, todo encajaba con lo que había visto. Pero cuanto más repasaba los hechos, menos claros los tenía. Porque no solo me habían atacado murciélagos gigantes y serpientes bicéfalas. El perro del día 8 y la rata del día 12. Esos animales no estaban vivos. No eran criaturas alteradas, ni deformadas, ni corrompidas. Eran cadáveres. Cadáveres a los que una mano invisible manejaba como marionetas. Y la mamáloi no mencionó nada de eso. Ni una palabra sobre perros muertos que caminan. Ni sobre ratas despellejadas que siguen moviéndose tras partirlas en dos. ¿Es posible que no pertenezcan al mismo fenómeno? ¿Que haya más de dos bandos en esta guerra?

Con estas dudas en la cabeza, decidí que necesitaba una opinión científica. De alguien que trabaje con tejidos, nervios, cadáveres y ese tipo de cosas que, una vez muertas, deberían quedarse quietas. Por eso fui a la Universidad Miskatonic, a ver a la doctora Maude Sabin, investigadora del Departamento de Biología Experimental. Una mujer que parece dormir menos que yo. Su despacho olía a formaldehído. Le pregunté, sin rodeos, si era posible que un animal muerto volviera a la vida estando ya en una fase de putrefacción avanzada. No se rió de mí, lo cual ya era buena señal. Me pidió que describiera exactamente lo que me había llevado a plantearle esa cuestión. Mis palabras me sonaban ridículas incluso a mí mientras las pronunciaba. Convencerla iba a ser difícil.

Investigación a 13+. Primer intento: Lupa (doble) 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los 1): Lupa (doble), 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa (doble), 6, 6, 4. Obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada a costa de acumular un sexto punto de locura sobre los ocho máximos. 

Tomó notas mientras le hablaba sobre el perro y la rata, y me dio la impresión de que mis palabras encajaban en huecos que ella misma llevaba tiempo intentando rellenar. Cuando terminé, dejó el lápiz sobre la mesa. Me habló, sin querer entrar en detalles, sobre un estudiante de medicina que había sido expulsado unos meses atrás por sus peculiares y obsesivas teorías sobre la reanimación de tejidos muertos, y por el robo de material de laboratorio, incluidos restos humanos que se conservaban para prácticas de anatomía. Lo que le había contado sobre el perro y la rata aparentemente reanimados coincidía con lo que este estudiante pretendía lograr. Pero tras su marcha de la universidad, no se había sabido nada más de él.

—Si vuelve a encontrarse con uno de esos animales muertos que caminan… —me pidió— tráigame un fragmento. Un tejido. Un hueso. Algo que pueda analizar.

Salí de la universidad con la sensación de estar avanzando al fin. Al menos, había alguien serio, alguien de ciencia, que parecía estar dispuesta a tomar cartas en el asunto.


Martes, 27 de enero de 1926

Desde que la mamáloi Inhidra me llamó «guerrero», no había dejado de pensar en ello. No porque me crea un héroe —Dios me libre— sino porque, si ella tenía razón, entonces no estoy solo en esto. Hay otros. Y si los hay, quizá pueda encontrarlos, formar un grupo para enfrentarnos juntos a lo que viene, sea lo que sea. Si hay una guerra en marcha, más vale saber quién está dispuesto a pelear y quién no.

Fui a ver a Madrivana, la curandera. La mordedura del murciélago ya no supura, y aunque sigue doliendo a medida que cicatriza y la piel se estira, he pasado por cosas peores. Pero ese no es el motivo por el que acudí a ella. La busqué para reclutarla. La encontré en su pequeña chabola junto al río. Estaba moliendo raíces en un mortero.

—Tú otra vez —dijo sin levantar la vista—. Es obvio que la herida ha mejorado. No estarías vivo a estas alturas si no fuera así. No vienes por eso.

Le conté lo que me dijo la mamáloi. Le hablé de los gatos, de las serpientes, de los murciélagos. De los animales muertos que caminan. De la espiral que parece cerrarse sobre Arkham. Ella escuchó en silencio, sin interrumpirme, sin hacer preguntas. Cuando terminé, dejó el mortero a un lado y me miró al fin.

—Un guerrero —repitió, como saboreando la palabra—. Eso dijo la mujer vudú, ¿eh? Y tú quieres saber quién está contigo. Quieres saber si otros… guerreros estarían dispuestos a unirse a tu pequeña cruzada.

Asentí. Ella suspiró, como si hubiera estado esperando el momento de tomar esa decisión desde hacía tiempo.

Investigación a 12+. Primer intento: Lupa (doble) 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo uno de los 6, para ver si es factible librarnos de la locura en la tercera tirada): Lupa (doble), 6, 5, 5. Esto nos deja con la posibilidad de superar la tirada repitiendo el 6 que queda y sacando 2 o más. Tercer intento (repitiendo el 6): Lupa (doble), 5, 5, 2 (¡Justito!). Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Yo no lucho con armas —dijo—. Pero sé sobre plantas y hierbas. Algunas sanan, otras hieren… Si hay una guerra, no me esconderé, pero lucharé desde aquí, a mi modo.

Lo cierto es que eso era más compromiso del que esperaba obtener. Le dije que le traería copias de las fotos y documentos que había conseguido sobre las prácticas de los sectarios y los símbolos cabalísticos que estaban pintando en puntos concretos de la ciudad, pero negó con la cabeza.

—Para ayudarte de verdad, necesito saber qué está pasando. Y una foto o dibujo, a mí no me dice nada. Necesito algo real, algo que pueda entender. Uno de sus amuletos, o algún elemento de sus rituales. Eso necesito. No palabras o imágenes en un papel. Tráeme algo que pueda tocar.

Salí de allí con la sensación de que había dado un paso adelante… y otro atrás. Tenía una aliada, sí. Pero también una nueva tarea: conseguir un objeto que los sectarios usen en sus rituales.


Miércoles, 28 de enero de 1926

Llevaba cuatro días bastante tranquilos, y sabía que eso no podía durar. Otra de esas criaturas surgió de una boca de alcantarilla detrás de la Calle del Carbón: otra rata muerta. No una rata enferma, ni herida, ni rabiosa. Muerta. Con la carne abierta, rezumando un extraño fluido verde que emitía una leve fosforescencia en la penumbra del callejón. El cuerpo rígido, pero moviéndose igual que la que me atacó un par de semanas atrás. Ella —si es que «ella» tiene sentido aplicado a una criatura muerta— pareció reconocerme. No era un animal hambriento en busca de una presa cualquiera. Venía, o había sido enviada, específicamente a por mí. Se irguió sobre las patas traseras, como si quisiera desafiarme. Y entonces avanzó con una mezcla descoordinada de saltos y traspiés. Cada paso que daba esa cosa era un insulto a las leyes de la vida.

Saqué el revólver, algo que se estaba volviendo cada vez más habitual. Pero no disparé, recordando que la doctora Sabin me había pedido una muestra que examinar.

Combate a 11+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Revólver, Linterna, 6, 5, 4. Tercer intento (repetimos el 6 para librarnos de la locura con un 2+… y sacamos otro 6). Con esto tenemos Combate 15 y pasamos la prueba acumulando un séptimo punto de locura.

Esperé a que se acercara lo suficiente. Cuando estuvo a un metro, saltó hacia mi rodilla con los dientes por delante, pero estaba preparado para recibirla. La golpeé con la culata del arma. Un movimiento más arriesgado que darle una patada, pero que le haría más daño y la alejaría menos de mí. El cuerpo salió despedido contra el suelo y se quedó allí, retorciéndose como un trapo mojado lleno de gusanos. La rematé pisándole la cabeza con el tacón de la bota, pero no dejó de moverse. Me agaché. El olor era insoportable: una mezcla de humedad de alcantarilla, putrefacción y algo más… algo químico.

Envolví el cadáver en un pañuelo grueso y lo até. Esa misma tarde se lo llevé a la doctora Sabin. Su cara al ver cómo la criatura seguía moviéndose incluso después de haberle extraído y retirado todos los órganos internos era un poema, y no lo digo porque la moza fuera guapa, que también. Me dijo que la criatura llevaba muerta, como mínimo, un mes. No tenía mente, ni conciencia. Se movía porque se le había inyectado una sustancia que había reactivado su sistema nervioso y muscular, pero que ahora era más parecida a una máquina que a un animal. La dejé trajinando con la muestra. Al menos, he logrado que otra persona se interese por el asunto. Quizá esto sea un avance mayor que llenar de balas a un murciélago gordo o una serpiente bocazas.


Jueves, 29 de enero de 1926

Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. Ya empiezo a asumir que, cuando un felino aparece mirándome fijamente, mi opinión sobre el asunto importa poco. Este no era el mismo gato de la replaceta ni el de la Calle del Horno. Tenía una oreja rasgada y el lomo lleno de polvo, como si hubiera salido de debajo de un montón de escombros. Me miró fijamente unos segundos, parpadeó lentamente y echó a andar por el dédalo de callejuelas.

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos): Revólver, Linterna, Lupa, 5, 4, 1. Con esto tenemos Búsqueda 10 y superamos la prueba.

Estuve a punto de perderlo de vista un par de veces, pero al final me llevó hasta un local con las ventanas tapiadas y un cartel medio caído que decía: «LA CASA DEL SUEÑO. Colchones. Somieres. Ropa de cama. Almohadas»

Una tienda de colchones abandonada en mitad de un barrio donde ya hacía muchos años que la mayoría de la gente que vivía allí no tenía dinero ni para comprarse una manta nueva por Navidad. El gato se sentó frente a las puertas, como si esperara que yo entendiera algo. Yo no entendí nada. Me acerqué a las puertas, cuyas agarraderas estaban sujetas por una cadena oxidada que pasaba de una a otra. El cristal estaba cubierto de polvo tanto por dentro como por fuera, evidenciando que nadie había entrado en años. El interior era una oscuridad compacta, sin forma. No se distinguía movimiento, ni siquiera mobiliario. El lugar hacía mucho que había sido abandonado y vaciado. Limpié el cristal con la manga del abrigo, intentando ver mejor. También sacudí la puerta para comprobar lo resistente que pudiera ser la cadena, pero el gato siseó, como diciéndome que me estaba equivocando, que no era eso lo que debía hacer. Que no se trataba de entrar en el lugar.

—¿Qué demonios quieres que haga aquí? —le pregunté al gato.

Él no respondió, claro. Solo se levantó, caminó hasta la esquina del callejón y desapareció en las sombras sin hacer ruido. Me quedé solo frente a La Casa del Sueño, sin saber si se me estaba indicando que debía entrar, que debía mantenerme lejos, o si debía prender fuego al edificio, por si acaso. Me sentía ridículo, como si alguien estuviera contando un chiste a mi costa y yo fuera el único que no lo entendía.


Viernes, 30 de enero de 1926

Ayer, cuando volví a la oficina, encontré una nota bajo la puerta. En una bonita caligrafía, alguien me conminaba a reunirnos en la biblioteca de la universidad durante la mañana de hoy. Acudí, claro. Tan pronto como entré, noté que en una de las mesas una mujer me observaba. Tenía un libro abierto delante, quizá simulando que estaba allí para leer. Su rostro me resultaba familiar, pero no puedo decir que la conociera. Me hizo un leve gesto, levantando una mano.

—Sabía que vendría —me dijo en cuanto me senté frente a ella tras tomar un libro al azar de una estantería y dejarlo abierto ante mí—. Es posible que no me reconozca, ahora que no floto a tres palmos del suelo...

Entonces caí en la cuenta. Era la doctora Evelyn Marsh. La que entró en trance y se elevó del suelo en las ruinas de Old Briarhill. Empezamos a hablar sobre aquello. Cuando ocurrió no fue plenamente consciente de lo sucedido, pero la verdad se fue filtrando poco a poco en su mente en los días siguientes. Me había identificado porque la llevé con el grupo de estudiantes que estaba cerca, al ver que se encontraba confusa y vacilaba al andar. Ella había preguntado luego a los estudiantes qué le había pasado. Uno de ellos le dijo que yo tenía aspecto de detective privado. ¡Y yo que creía pasar desapercibido! Al parecer Evelyn fue tirando de un hilo y de otro hasta llegar a la conclusión de que fui yo su benefactor anónimo. Quizá sus dotes de detective son mejores que las mías. ¡Debería dejar el caso en sus manos! La conversación fue derivando hacia el motivo por el que yo había acudido a las ruinas, y me pareció lo bastante inteligente y despierta como para contarle la verdad, a ver cómo se la tomaba.

Investigación a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna 6, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y ambos 1): Revólver, Lupa, 6, 2, 2. Esto nos deja con Investigación 10 y fallamos la tirada. No hacemos un tercer intento por no correr el riesgo de acumular un punto más de locura, que nos dejaría con 8 y por tanto con una pérdida de 10 puntos de éxito al final de enero.

Vi cómo su rostro cambiaba. Pese a aquello por lo que ella misma había pasado, debió pensar que estaba burlándome. Quizá creyó que yo la había tomado por loca y solo le estaba siguiendo el juego, inventándome una historia fantástica a su costa. Se levantó, muy seria, murmuró una educada despedida y se marchó dejándome con la palabra en la boca.


Sábado, 31 de enero de 1926

Hoy la policía volvió a llamarme. El aviso llegó a primera hora de la tarde y fui a la comisaría sin pensarlo demasiado. El ambiente estaba más tenso que de costumbre. Los agentes hablaban en voz baja, evitaban mirarse entre ellos, como si temieran que lo que habían visto pudiera contagiarse por contacto visual. El comisario O’Maley —el irlandés cascarrabias que nunca me ha tragado— me recibió con la mandíbula apretada.

—No me caes bien, Miller —dijo a modo de saludo—. Pero necesito que veas algo.

Me llevó a un almacén del puerto. Había dos agentes vigilando la entrada, ambos pálidos como si hubieran visto un fantasma. Dentro, el olor era insoportable: sal, humedad, madera podrida… El cadáver estaba en el suelo, cubierto con una lona. El comisario la levantó solo lo justo. Era un hombre. O lo había sido. La piel del torso estaba perforada con marcas de succión de ventosas, pero también aparecía parcialmente devorado, mordisqueado por todos lados. Por si eso fuera poco, de las mordeduras estaban creciendo unos hongos verdes y luminosos que siseaban y se fundían tan pronto les daba la luz, solo para volver a crecer.

—El forense no sabe qué hacer con esto —dijo el comisario—. Dice que no encaja en ningún patrón que él conozca.

—¿Y qué quiere que haga yo? —pregunté.

—Quiero que me digas si esto tiene que ver con… lo tuyo.

Lo mío. Como si yo fuera el experto en horrores. Me agaché para mirar mejor y me arrepentí al instante. Los hongos que se fundían no se quedaban quietos. Las gotitas, al caer sobre la piel, se convertían en diminutas larvas que se aferraban al cuerpo y lo devoraban poco a poco.

—Miller —insistió el comisario—. ¿Esto es de lo tuyo?

—No hay un «de lo mío» —respondí—. Pero no es la primera vez que veo algo así, y no será la última que lo vea usted.

El comisario apretó los labios. No le gustó la respuesta.

—No hables de esto con nadie —ordenó—. No quiero pánico, ni rumores, ni que la prensa se entere.

Asentí. Discutir no serviría de nada.

—No puedo con esto solo, Miller —dijo al fin—. Y tú ya estás metido en esta mierda hasta el cuello. No sé qué está pasando en la ciudad, pero sé que no es normal. Y sé que tú estás en medio. Así que te lo digo claro: si hay algo moviéndose ahí fuera, algo más grande de lo que el departamento pueda manejar, quiero estar preparado para cuando llegue.

Pensé de nuevo en las palabras de la mamáloi Inhidra, en el modo en que enfocó todo el asunto como una guerra y a los implicados en ella como guerreros. Ya había «reclutado» a Madrivana, la curandera. Graves, el enterrador, podría ser un buen candidato, si algún día lograba dar con él. La doctora Sabin ya había comenzado a implicarse por sí misma, sin necesidad de animarla a hacerlo. Y estaba seguro de que el padre Arden, llegado el momento, vería hasta como una obligación moral el enfrentarse al mal. Incluso Elliot, el estudiante, podría ahorrarme el trabajo de revisar papeles y reunir rumores. Eran el núcleo de un pequeño grupo. Pero lo que sin duda iba a hacer falta antes o después eran tipos capaces de partirle los morros (o meterle un par de balazos entre pecho y espalda) a quien hiciera falta.

O’Maley no era un santo, precisamente, pero sí duro y legal. Así que empecé a soltarle el discurso. Si quería saber qué estaba ocurriendo en su ciudad, se lo contaría todo. Y si quería ayuda, sería bajo mis condiciones.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Esto nos deja con Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Dime que no estoy loco —susurró tendiéndome la mano.

—Claro que lo estás —respondí estrechándola—. Por eso aceptas formar parte de esto.

Salimos del almacén sin cruzar una palabra más.


Domingo, 1 de febrero de 1926

No sé si esto debería escribirlo aquí. No sé si fue real o es que mi cordura ha comenzado a quebrarse. Pero si no lo dejo por escrito, temo que mañana lo habré olvidado, o me habré convencido a mí mismo de que no ocurrió.

Me desperté en un paraje que no reconocí. No había edificios, ni árboles, ni rastro alguno de vida humana. Solo una extensión interminable de tierra seca, cuarteada, bajo un cielo desprovisto de sol, luna, estrellas o nubes. Algo iluminaba el aire, pero no sabía el qué. Caminé sin rumbo, carente de todo punto de referencia, con la sensación de que cada paso me alejaba más de cualquier lugar real.

Fue entonces cuando la vi. Una mujer estilizada, casi andrógina, de pie en medio de toda esa vasta desolación. Su piel era azul. Azul como el cielo del amanecer. Sostenía una pequeña lira plateada. Cada vez que sus finos dedos rozaban las cuerdas, junto al sonido brotaba una hebra brillante que flotaba en el aire, temblando como un hilo de telaraña iluminado por la luna. Algunas de esas hebras se convertían en pájaros diminutos que alzaban el vuelo con un alegre trino. Otras caían al suelo y, al tocar la tierra, se transformaban en pequeños brotes que crecían unos centímetros. Poco a poco, su música, los hilos plateados de su lira, alteraban el paisaje creando un pequeño vergel a su alrededor. Me acerqué con cautela. Ella levantó la vista y sonrió como si me estuviera esperando.

—Miller —dijo, con una voz suave que parecía venir de muy lejos—. Me alegra verte de nuevo.

Estaba seguro de no haber visto nunca una mujer de piel azul, pero había algo en su mirada que me resultaba familiar.

—No sé quién es usted, ni dónde estoy —logré decir—. Solo me he despertado aquí, y…

Ella soltó una risa suave.

—No te has despertado aquí, Miller. Al contrario. Has llegado aquí al dormirte. Este es el mundo onírico. Y yo soy la mamáloi Inhidra. Ya me viste una vez, cuando estabas despierto, en aquella replaceta, aunque entonces tenía otro aspecto.

Recordé a la mulata de la replaceta. Su risa quebrada, el muñeco vudú, la cara pintada de blanco como una calavera... ¿Era posible que fueran la misma persona?

—Aquí —continuó— las cosas son distintas. Aquí puedes reunirte con otras personas, si ambos duermen al mismo tiempo y piensan el uno en el otro antes de caer en el sueño profundo. Puedes viajar, aprender, esconderte o buscar. El mundo onírico es un puente, Miller. Y tú ya has puesto un pie en él. Te he traído aquí para enseñarte a moverte por este lugar, a entrar y salir de él sin perderte. A crear y controlar el maná.

—¿El maná? —pregunté.

—El maná —respondió tañendo de nuevo su lira. Un filamento plateado brotó de ella y se convirtió en una mariposa—. El maná es la energía de la creación. Lo produce la imaginación, y la voluntad le da forma. Pero se necesita tiempo y entrenamiento para dominarlo. Cuando lo hagas, podrás crear con él armas, criaturas, incluso barcos o fortalezas. Todo aquello que necesites para viajar por el mundo de los sueños.

—Podré hacer todo eso… aquí.

—Aquí, claro —asintió—. No puedes llevarte nada del mundo de los sueños al de la vigilia, salvo la experiencia y el conocimiento que adquieras en él.

Algo pasó por mi cabeza en ese momento. Esa tienda abandonada hasta la que me había guiado el gato.

—«La Casa del Sueño» —dije en voz alta sin darme cuenta. No se trataba de que investigara el lugar, sino de que leyera el cartel. 

La mamáloi sonrió.

—Es más fácil pescar cuando el anzuelo tiene un cebo. Estuviste preguntándote por qué el gato te había guiado hasta allí, ¿verdad? Ese nombre se quedó en tu cabeza. Ese era mi cebo. Ahora necesito saber si estás dispuesto a aprender.

Le dije que sí. Que abrazaría cualquier ayuda que se me ofreciera. La mamáloi comenzó a tocar de nuevo su lira, pero esta vez todas las hebras plateadas volaron hacia mí, envolviéndome como un capullo de seda.

Investigación a 14+. Reducido a 9+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 6, 4. Segundo intento (repitiendo los 6): Lupa, Linterna, 5, 4, 2. Esto nos deja con Investigación 11 y pasamos la tirada.

Sentí un peso extraño, como si mi mente se plegara sobre sí misma. No vi espirales, ni criaturas, ni mares negros esta vez. Solo una claridad profunda, tranquila. Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama. El despertador marcaba las 4:17 de la madrugada. Tenía la sensación de haber regresado de un largo viaje, aunque mi cabeza no se había separado en ningún momento de la almohada.

¡Bueno! Hemos completado el primer mes y ha llegado el momento de hacer recuento. Los puntos de locura, de los que hemos acumulado siete sobre un máximo de ocho, se reinician a cero. Nos anotamos cinco puntos de éxito por cada prueba de domingo superada. Han sido la del día 4, la del día 11 y la del 25, porque entiendo que, aunque el domingo 1 forme parte de la última semana de enero, los puntos que nos proporciona superarla cuentan para los de febrero, ya que entra en este. Entiendo que también los puntos de locura se reiniciaron a cero en realidad al final del mes de enero, y no al final de esta semana que ya entra en febrero. Es un poco confuso, pero supongo que funciona así. 

Las instrucciones nos indican que cada prueba de domingo superada al cabo de un mes nos proporciona 5 puntos de éxito. Así pues, durante el mes de enero habríamos acumulado 15 puntos de éxito por superar tres de las cuatro pruebas de domingo, a los que tendríamos que restar 10 de haber alcanzado el tope de locura. Como no ha sido así, nos quedamos con 15 puntos. Y ya tenemos 5 asegurados, los de la prueba del domingo 1, para el conteo del mes de febrero.

De hecho, antes de llevar a cabo la tirada para el domingo 1 leí en qué consistía la nueva regla desbloqueada a partir de febrero, por si afectaba a ese día. No ha sido así, y por ello explicaré de qué se trata en la próxima entrada, cuando transcriba la primera semana completa de febrero, en la que esta regla ya es aplicable. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí

2 comentarios:

  1. Este primer mes ha sido intenso para Miller... Enhorabuena por seguir cuerdo (más o menos).

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    1. ¿Para Miller? Está siendo intenso para mi 🤣 No veas lo que cuesta desarrollar una historia más o menos coherente en base a una secuencia de imágenes al azar. Eso sí, como ejercicio de escritura e imaginación lo recomiendo al 100%.

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