Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Una panda de marineros borrachos juega con dinamita en los muelles! ¿Acaso la policía no va ha hacer nada al respecto? ¡Entérese de los detalles para poder quejarse con conocimiento de causa!
LUNES, 9 DE FEBRERO DE 1926
Esta mañana me encontré caminando hacia los márgenes del rio, en el barrio viejo, sin haber decidido conscientemente ir allí. Mis pies me llevaron solos, quizá recordando un camino que mi cabeza había preferido olvidar. La tienda de Madame Zan, la adivina, seguía igual: un cartel torcido, cortinas pesadas, olor a incienso. Golpeé la puerta con los nudillos. No obtuve respuesta. Estaba a punto de marcharme cuando escuché su voz desde dentro:
—Pasa. Te estaba esperando
—¿Sabías que venía? —pregunté empujando la puerta.
—Oh, eres tú, Miller... no sabía ni quien eras, pero es lo que las adivinas siempre decimos cuando alguien llama a nuestra puerta. Un truco del oficio.
Estaba sentada en su sillón, envuelta en un chal y con cara de haber pasado la noche en vela. Me ofreció asiento con un gesto lento. Le hablé de las sombras, y del hombre que parecía controlarlas.
—Eso no debería haber ocurrido tan pronto. Estás acelerando el proceso sin saberlo.
—¿Yo? —pregunté, a la defensiva.
Ella asintió, muy despacio.
—Cada vez que luchas contra una de esas criaturas, cada vez que la destruyes, aquel al que sirven percibe que alguien se le opone, y se despierta un poco más.
—¿Debo quedarme cruzado de brazos, entonces?
—No.
Lo que debes hacer es no perder el tiempo con los siervos. Las criaturas que
has encontrado, las serpientes, las ratas voladoras, son invocadas por sus
seguidores humanos. Si esos cultos crecen los monstruos que invocan serán cada
vez más fuertes. Si disminuyen, sus invocaciones serán cada vez más débiles.
Pero no debes perder el tiempo con los siervos. Busca al que duerme, porque
cuando despierte, no habrá luz suficiente en todo el mundo para detenerlo.
Aquella
última frase me resultaba familiar. No era la primera vez que la oía. Todo este
asunto empezaba a parecer un secreto a voces.
—¿Dónde
puedo encontrarle?
—¿Dónde te encuentras con algo que duerme, detective?
Investigación a 9+. Primer
intento: Revólver (doble), 4, 2, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de
símbolos y ambos doses): Lupa, Linterna, 4, 4, 1. Obtenemos Investigación 9 y
superamos la tirada.
Entendí
a que se refería y me marché sin decir nada más. Al salir, tuve la sensación de
que la calle estaba más oscura de lo que debería estar a esa hora.
MARTES,
10 DE FEBRERO DE 1926
Hoy
he aprendido que cualquier atisbo de seguridad es una trampa disfrazada. Estaba
en mi oficina, el lugar más seguro y familiar que me queda después de que el
banco me embargara la casa: una mesa de despacho coja, una silla que protesta
cada vez que me siento en ella, el sofá en el que duermo, la percha de la que
cuelgo el sombrero y el abrigo…
Tenía
un vaso en la mano, con apenas un par de dedos de licor barato. Estaba derrengado
en la silla, intentando que el silencio me durara un minuto más. Había echado
todos los cerrojos de la puerta, tenía todas las luces encendidas y las
ventanas cerradas. En un lugar civilizado, eso debería bastarme para sentirme a
salvo. Y entonces la ventana estalló hacia adentro como si la hubiera golpeado
un ariete. Otro de esos murciélagos entró de golpe, enorme, desgarbado, con las
alas extendidas como cuchillas negras. Se estrelló contra la pared, pero un
segundo después se subió de un bote a la mesa. Le vi prepararse para saltarme
al cuello.

Combate
a 12+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el
1, por si sacamos una tirada lo bastante alta como arriesgarnos a repetir
también el 6 con posibilidades altas de superar la tirada… sacamos otro 6😥)
Revólver, lupa, 6, 6, 5. Como me paree arriesgarme mucho repetir los dos 6, nos
quedamos con Combate 17 y superamos la tirada a costa del cuarto punto de
cordura del mes, por el susto.
Mi
cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: lancé el contenido del vaso a su cara. Un
gesto desesperado, pero funcionó. El líquido le cayó de lleno en los ojos y el
murciélago se retorció, aleteando con violencia, golpeando la mesa, las
paredes, cualquier cosa que tuviera cerca. En ese segundo de confusión solté el
vaso y llevé la mano a la funda del revólver. Vacía. Lo había dejado en algún
lado al llegar a la oficina, para librarme un rato de su peso. No tenía ni idea
de dónde. Que tu cuerpo funcione en automático también tiene sus desventajas.
Me
tiré al suelo y gateé hacia la puerta mientras la criatura, cegada, chocaba
contra la lámpara de la mesa y la hacía caer. No me quedé a buscar el revólver.
Quité todos los cerrojos (¿Quién me mandaría poner tantos?) salí y cerré la
puerta de un portazo. Me quedé tras
ella, oyéndole golpearse y tropezarse con todo en la oficina. Esperé a que se
hiciera el silencio, y cuando este llegó esperé una hora más antes de asomarme
al interior con cuidado. Se había marchado. Empujé el armario delante de la
ventana rota para cubrirla. Tengo que plantearme el poner barrotes en las
ventanas.
MIÉRCOLES,
11 DE FEBRERO DE 1926
Hoy
me llamó O’Maley a su despacho. No me gusta cuando lo hace. La mitad de las
veces no me invita ni a un café. La otra mitad es peor porque sí lo hace, y el
café de la comisaría es horrible. El comisario tenía esa expresión que pone
cuando un caso se le escapa entre los dedos: mandíbula apretada, cejas
fruncidas y un cigarrillo consumiéndose en el cenicero sin que nadie lo fume.
—Siéntate,
Miller —dijo, sin levantar la vista de un montón de informes—. Tengo agentes
que no quieren patrullar de noche. Y no hablo de novatos. Hablo de tipos que
han visto más cadáveres que tú y yo juntos. Dicen que hay… cosas en las calles.
Animales grandes y raros. Sombras que se mueven solas. El alcalde me presiona
para que aumente las redadas contra las sectas, porque de eso si puede hablarle
a la prensa. Pero yo tengo a mis hombres peleando con monstruos. No tengo
tiempo ni personal para perseguir a cuatro chalados con capuchas y pijamas.
—El
alcalde tiene razón —dije, dejándolo estupefacto. Eso era lo último que
esperaba oír. Mientras procesaba eso, yo estaba dándole vueltas a las palabras de Madame Zan.
—No
por el motivo que él cree, pero sí. Debes centrarte en los sectarios, no en los
monstruos. Los sectarios crean o llaman a los monstruos, de algún modo. Todavía
no se cómo, pero lo hacen. Si tus hombres no quieren patrullar de noche y
enfrentarse a monstruos, que se centren en desarticular a las sectas.
—¿Quieres
decirme que arrestar a cuatro chiflados con túnicas va a solucionar todo este
asunto?
—Solucionarlo
no —corregí—. Pero sí debilitarlo. Esos “chiflados” son los que están invocando
a las criaturas que tanto asustan a tus agentes. Y cuantos más de esos grupos saquéis
de circulación, menos monstruos tendremos por las calles. Y menos posibilidades
habrá de que llamen algo peor.
—¿Algo
peor? —preguntó.
Hubo
un silencio largo mientras terminaba de digerir lo que le acababa de contar.
Investigación a 10+. Primer
intento: Linterna, Lupa, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 2) Linterna,
Lupa, 4, 3, 3. Con esto tenemos Investigación 10 y superamos la tirada.
—Mira,
Miller —dijo al fin—. Por esta vez te voy a hacer caso. Pero en adelante voy a
necesitar que me des algo más que cuentos de brujas.
—Muy
bien. Te daré algo más: un consejo —respondí, levantándome—. Si conoces a alguien que
esté metido en el mantenimiento de la ciudad, apriétale las tuercas para que se
asegure de que todas las farolas se encienden a su hora por las noches.
JUEVES,
12 DE FEBRERO DE 1926
Hoy
me atacó otra de esas ratas reanimadas. La vi salir de un descampado en la
Calle del Carbón. Corrió hacia mí con un movimiento torpe. Su piel colgaba del
cuerpo, como si le hubieran puesto un traje dos tallas más grandes. Tenía
bultos donde no debería haberlos y huecos donde debería haber músculo. Por si
tenía alguna duda de su estaba viva o muerta, sus ojos eran opacos, de un color
amarillo lechoso.
Combate a 11+. Primer
intento: Lupa (doble), 6, 3, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos y el 1)
Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Nos quedamos con Combate 13 y superamos la tirada
acumulando un quinto punto de locura.
Le
disparé mientras corría hacia mí. Cada vez siento menos remilgos a la hora de
empuñar el arma. Varias de las balas le impactaron, destrozándola lo bastante
para que dejara de ser una amenaza. Me agaché para observarla de cerca. No por
curiosidad morbosa, sino por algo que llevaba días rondándome la cabeza. Los
ataques de las serpientes y murciélagos parecían algo dirigido. En dos
ocasiones los murciélagos se habían presentado en mi propia oficina, habían
venido específicamente a buscarme. También esa serpiente del puerto parecía
puesta ahí solo para tacarme cuando me acercara a investigar el almacén quemado, como si supieran
que iba a hacerlo. Las ratas eran algo diferente. Su presencia se sentía más
casual.
—Necesito
un callejero de la ciudad —me dije a mi mismo incorporándome y pisando la
cabeza de la rata para que sus restos dejaran de moverse. Había llegado el momento de marcar los puntos de aparición de las criaturas. Podría haber un patrón ahí que aún no hubiera visto.
VIERNES,
13 DE FEBRERO DE 1926
Al caer la tarde, O’Maley me llamó a su despacho. Cuando entré su mesa estaba despejado de papeles y había una botella de Canadian Club en el centro junto con un par de
vasos. Entra a raudales desde el norte pese a la Ley Seca, y supongo que con todo
el que incauta la policía O´Maley no es el único que se guarda alguna botella
de vez en cuando.
—¿Me he equivocado
de despacho o es que esperabas a otra persona?
Me indicó que me
sentara, que me callara y que me sirviera, todo el mismo gesto. Cuando te
entiendes con alguien, no hace falta más. Me entregó un sobre con tres informes.
Tres desapariciones en el puerto, en tres noches consecutivas y precedidas de
gritos de horror más que de dolor, seguido siempre de un fuerte chapoteo. Pero nada que
ver cuando alguien se decidió a acercarse a dar un vistazo.
—Quiero
que des una vuelta por ahí —me dijo—Mis hombres no quieren patrullar esa zona.
Dicen que no les pagan para enfrentarse con monstruos, y hasta cierto punto
tienen razón. Además, están todo el día enjaulando a esos tipos de las túnicas,
como tu dijiste, así que te toca a ti encargarte de los monstruos.
El puerto estaba silencioso. Los estibadores
trabajaban con la cabeza gacha, claramente inquietos. Hice algunas preguntas
que nadie parecía dispuesto a contestar de buen grado. Los trabajadores del puerto
siempre han sido una comunidad muy cerrada.
Entonces
escuché el tumulto. Primero fueron voces sueltas, luego gritos. Salí corriendo hacia
los gritos. Un cangrejo enorme, y quiero decir enorme como un
perro grande, con un caparazón negro que parecía tallado en piedra volcánica.
Tenía atrapado a un marinero por el tobillo con una de las pinzas, y tiraba de
él hacia el agua de forma lenta pero implacable. El hombre gritaba, aferrado a
un poste, mientras otros tres marineros o estibadores golpeaban al monstruo con
barras de hierro y palas. Las herramientas rebotaban inútilmente en el
caparazón sin dejar ni una melladura.
Combate a 9+, con un
requisito de Locura 2+ (que la tenemos). Primer intento: Revolver (doble), 5, 4,
2. Esto nos deja con Combate 11 y pasamos la tirada.
No
hace mucho esta escena me habría dejado paralizado. A estas alturas no me lo pensé
demasiado. Me uní al grupo, saqué el revólver y les dije que se apartaran.
Apunté
al caparazón, pero recordando cómo las barras rebotaban en este, supuse que las
balas harían otro tanto. No iba a arriesgarme a que uno de esos hombres cayera
por mi culpa, alcanzado por una bala rebotada. Así que bajé el arma y apunté a
las patas, a las articulaciones donde la piedra negra parecía volverse carne. Disparé
una vez tras otra. Necesité cuatro tiros para partir una sola de las patas. El
monstruo soltó al marinero y retrocedió tambaleándose. Los otros aprovecharon
para arrastrar a su compañero alejándolo del cangrejo.
Disparé
las dos balas que me quedaban contra una de las patas de atrás mientras se
retiraba y recargué a toda prisa. Antes de que pudiera volver a disparar otro
hombre llegó corriendo con un cartucho de dinamita encendido en la mano y lo
arrojó bajo el cangrejo. Todos echamos a correr. Los pedazos del crustáceo
volaron hasta el techo de los almacenes cercanos.
SABADO
14 DE FEBRERO DE 1926
Fui
a ver otra vez a Madrivana Kelp, la curandera. Ella me dijo que quería que le
llevara algo sólido, tangible, algo que pudiera examinar. Después de lo del
muelle, después de ver a ese cangrejo negro arrastrar a un hombre como si fuera
un muñeco de trapo y hacer la vista gorda sobre el hecho de que los marineros
tuvieran dinamita tan a mano, (siendo ilegal la pesca con explosivos) nadie
cuestionó que me llevara unos fragmentos del monstruo. Los envolví en un trapo
grueso. Los fragmentos pesaban mucho para su tamaño y tenían tendencia a
desmenuzarse, como si se trata de carbón.
Madrivana
me señaló la mesa sin decir palabra, y dejé los fragmentos.
—¿De
dónde lo has sacado? —preguntó finalmente.
Le
conté lo del muelle. Ella escuchó sin interrumpir, sin levantar una ceja, como
si un cangrejo del tamaño de un San Bernardo fuera un inconveniente menor en su
agenda. Luego se inclinó sobre el fragmento, lo observó y olisqueó un buen rato
antes de decidirse a tocarlo. En ese momento los trozos con aspecto de roca
negra ya se habían vuelto grises y se estaban deshaciendo en polvo grueso. Le
pregunté si podía analizarlo, si podía decirme qué demonios era aquello.
Madrivana no respondió de inmediato. Empleó un cepillo para barrer el polvo
gris dentro de un frasco de vidrio y soltó un suspiro.
Investigación a 11+. Primer
intento: Lupa, Linterna, 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1)
Lupa, Linterna, 6, 4, 3. Tercer intento
(repitiendo el 6) Lupa, Linterna, 4, 3, 3. Esto nos deja con Investigación 10, y no pasamos
la prueba.
—Puedo
estudiarlo —dijo al fin—, pero no te prometo que vaya a averiguar algo, ni te
vaya a gustar lo que encuentre.
—Cualquier cosa que
logres averiguar, por poca que sea, ayudará —le dije mientras me marchaba.
El
aire de la calle era frío. Caminé hacia mi oficina sin prisa, pero tampoco con
ganas de detenerme. Tenía la cabeza llena de preguntas que no sabía formular y
de respuestas que temía escuchar. Entonces alguien dijo a mi espalda.
—Señor…
¿le sobra alguna moneda?
Un
mendigo estaba sentado junto a la pared, envuelto en una manta con más agujeros
que lana. Le había pasado por el lado sin verlo, sumido en mis pensamientos.
Seguí andando sin prestarle atención, pero el hombre se levantó y caminó detrás de mí unos pasos.
—Por
favor, señor… cualquier cosa que pueda darme ayudará.
Me
detuve en seco por esa frase. La misma que yo le había dicho a Madrivana hacía
apenas unos minutos. La misma súplica, pero en otra boca, en otro tono, en otra
vida. Supongo que no importa quienes seamos o a que nos dediquemos, todos necesitamos
ayuda en algún momento. Metí la mano en el bolsillo. Unas monedas sueltas
tintinearon. Las saqué y se las tendí. No era mucho, pero él las recibió
agradecido como si fueran un tesoro. Seguí caminando hacia mi oficina.
DOMINGO,
15 DE FEBRERO DE 1926
Hoy
iba a ser mi día de descanso. Creo que me merezco uno de vez en cuando. Compré
el periódico. Los titulares daban una falsa imagen de normalidad para una
ciudad que solo unos pocos somos conscientes de que se está volviendo loca.
Había algunas referencias a las redadas de la policía en locales clandestinos.
No hablaban de sectas, y sin duda la mayor parte de los lectores darían por supuesto
que los detenidos serían simples contrabandistas de alcohol. Pero en la foto de
un grupo de detenidos vi esos ojos hundidos de los fanáticos. Hacia el final
había un pequeño articulo sobre una panda de marineros y estibadores que
afirmaban haber luchado con un cangrejo gigante. Aquí ni tan solo había foto,
sino una caricatura hecha expresamente para ridiculizarlos, haciéndolos ver
como idiotas borrachos, huyendo de un cangrejo normal y corriente.
Me
encontré con la mamaloi Inhidra apoyada en la barandilla del puente, mirando el
río como si pudiera leer en él el futuro. Vestía de forma un tanto
estrafalaria, pero esta vez se había dejado en casa los huesos y amuletos, y no
llevaba la cara pintada de blanco. Me costó reconocerla por eso, pero me di
cuenta que era ella cuando fijó la vista en mí. Me apoyé en la barandilla del
puente a su lado. El agua del río estaba turbia, espesa, como si arrastrara
algo más que barro.
—Me
han dicho que te has enfrentado a un Caparazón Negro —murmuró, sin que sonara a pregunta.
—¿Así
se llaman esas cosas?
—Así
los llamo yo. Hay quien los llama Xh’thaggrul, si lo prefieres.
—Caparazón
Negro está bien.
El
viento sopló fuerte. Inhidra cerró los ojos un instante, como si escuchara algo
que yo no podía oír.
—Otra
cosa se acerca. Algo mucho más antiguo y terrible que los Caparazones Negros.
Os encontrareis en el puerto, a esta misma hora, dentro de exactamente una
semana, y te matará. He pensado que querrías saberlo.
Sentí
un escalofrío por la convicción con la que lo decía.
—¿Cómo puedes estar segura?
—Me
lo han dicho los loas. Tu los llamarías espíritus. Para mi son dioses.
—¿Y nunca se equivocan tus loas?
—El
destino puede cambiar, pero solo si ellos aceptan interceder. Puede que lo hagan por
ti si te consideran digno.
—¿Y que he de hacer para que me consideren digno?
Ella
sonrió. Una sonrisa triste, casi compasiva.
—Puedes
jurar sobre todo aquello que consideres sagrado que, dentro de una semana, a
esta hora, acudirás al muelle donde te enfrentaste al Caparazón Negro, para
afrontar tu destino.
—¿Sabiendo que voy a morir?
—La
mayoría de los loas aprecian el valor. Quizá eso les impulse a interceder por
ti en ese momento y en el futuro. O quizá dentro de una semana ni te recuerden
y te dejen morir. Son loas. No podemos aspirar a entenderles.
Se
apartó de la barandilla.
—Toma
una decisión, detective. Hazlo ahora, mientras ellos todavía te prestan
atención.

Investigación a 17+. Reducida a 12+ por haber superado
cinco de las seis pruebas previas de esta semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 2, 2, 1.
Segundo intento (repitiendo todos los números) Lupa, Linterna, 6, 5, 1. Lo
dejamos así y pasamos la prueba con Investigación 12 y un sexto punto de
locura.
—Diles
a tus loas que allí estaré y afrontaré mi destino sea el que sea.
—No
hace falta que se lo diga, Miller. Ellos te han oído —y comenzó a caminar calle
abajo.
Espero que no se os esté haciendo muy repetitivo o pesado. Al supeditar la historia a las ilustraciones del calendario en el mismo orden en que fueron puestas, reconozco que la historia está quedando un tanto forzada y parece que no avanza mucho. Di un vistacito rápido a las paginas siguientes y las ilustraciones son cada vez más variadas, así que algo haremos al respecto. Seguiremos el próximo domingo para ver que tal le van las cosas a Miller.
Hasta entonces podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí.