EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, indomables guerreros.
Hoy terminan las fiestas de Cartagineses y Romanos de Cartagena, que comenzaron el pasado día 18 con el Encendido del Fuego Sagrado y la tradicional lectura del pregón. Como ya hablamos de la fiesta en general en una entrada anterior, hoy vamos a centrarnos en uno de sus elementos más característicos, precisamente el del Encendido del Fuego Sagrado.
Esta es una ceremonia en la que participan ciudadanos caracterizados como sacerdotes y sacerdotisas. Se prende una serie de pebeteros mientras se realizan invocaciones a los antiguos dioses tanto cartagineses como romanos. Estas llamas son cuidadas para que no se apaguen en ningún momento durante los diez días que dura la fiesta, como símbolo de protección y continuidad.
Quizá la parte más interesante de esto es el Iter Ignis (Camino del Fuego). La antorcha con la que se encienden los pebeteros no tiene su origen en Cartagena, sino que es traída a pie desde otra localidad en un viaje de varios días. Este año la antorcha salió de Elche de la Sierra, localidad en la que murió Amílcar Barca, padre de Aníbal. Desde allí la antorcha pasó por varios pueblos y varias manos hasta llegar a Cartagena. Su destino final también cambia, puesto que los pebeteros no ocupan el mismo lugar cada año. Suelen situarse en alguna de las numerosas excavaciones arqueológicas locales, como el Templo de Isis, el teatro romano o la colina de Arx Hasdrubalis.
Para acompañar de algún modo a estas fiestas desde nuestro pequeño Planeta del Espacio, vamos a reseñar otro de los números de Jabato, que aúna el material de los cuadernillos apaisados originales del quinto al octavo.
Contra el Escorpión. Sumido en la visión provocada por la pócima de Adua, Jabato se ve en el interior de una cueva subterránea. En ella, tres mujeres permanecen atadas a árboles secos y raquíticos, como una ofrenda al monstruo que se aproxima hacia ellas. Se trata de una criatura similar a un gran lagarto prehistórico que exhala fuego por la boca. Una de las muchachas tiene los rasgos de la romana Claudia y otra (esto no tiene nada que ver con la historia, pero podría ser una autorreferencia del autor) de cabellos largos y dorados y un vaporoso traje verde, recuerda mucho a la Sigrid del Capitán Trueno.
Jabato empuña su espada y se lanza contra la criatura para proteger a las jóvenes, pero se encuentra con el terror de todo onironauta y también de todo y gamer: el muro invisible. Algo le impide avanzar más allá de cierto punto y no puede hacer más que observar cómo la criatura se aproxima cada vez más hacia las indefensas mujeres.
En ese momento despierta, y Adua le explica que existe una isla cuyos habitantes raptan mujeres, las más bellas que encuentran, para ofrecérselas en sacrificio a esa criatura a la que consideran su dios. Ella ha estado mucho tiempo buscando un héroe lo suficientemente valiente para enfrentarse a ese ser y derrotarlo, poniendo fin así a los crueles sacrificios. Jabato, viendo que lo que se espera de él es una causa justa, no duda en aceptar llevar a cabo esa misión. Todo pensamiento de escapar de sus captores desaparece de inmediato.
Sin embargo, una conversación entre Adua y N´waki, su viejo consejero, nos revela que no todo es tan sencillo como parece. Adua no está en absoluto interesada en lo que pueda pasarles a las víctimas del monstruo. Esto es algo que le trae sin cuidado. Lo que quiere es un guerrero lo suficientemente fuerte para dar muerte al monstruo y a los sacerdotes que lo protegen, para así hacerse con las inmensas riquezas que estos guardan en la misma caverna de los sacrificios. La mujer simplemente ha engañado a Jabato para que haga el trabajo sucio.
Mientras navegan en pos de la isla, se cruzan con un barco de guerra mucho mayor que el suyo, que Adua identifica como perteneciente al Escorpión, un pirata persa. Le habla de él a Jabato, presentándolo como un malvado que quiere impedir que ella acabe con los sacrificios de la isla. El abordaje parece inminente. El barco del Escorpión, con mayor velamen y dotado de remeros, es más rápido que el barco de Adua y está mucho mejor armado. Además, Adua revela que agotaron toda la munición de sus catapultas en un combate que libraron recientemente con un barco cartaginés. ¡Bueno, salen cartagineses después de todo, aunque sea de pasada!
Jabato, viendo que si permiten que los del otro barco les aborden están perdidos, traza un plan tan descabellado que solo a alguien sin la capacidad de temer por su propia vida se le podría ocurrir: ser él el proyectil de la catapulta. Ordena a los hombres de Adua que le disparen a él, con una de las catapultas, contra las amplias velas del barco perseguidor.
El disparo da en el blanco y las velas amortiguan el impacto. Jabato se queda enganchado a ellas y se hace fuerte en esa posición. Mientras, más proyectiles humanos son lanzados desde el barco egipcio al buque del Escorpión. No todos dan en el blanco. Algunos nubios caen en las velas o logran agarrarse a las madejas del velamen, pero otros quedan cortos o pasan de largo, estrellándose contra el mar. Sin embargo, bastantes de los guerreros de Adua, y también el propio Taurus, llegan hasta el barco rival, entablando un feroz combate contra los hombres del Escorpión.
Jabato baja hasta la cubierta y de ahí se desliza a las bodegas del barco, en las que inicia un incendio rompiendo contra el suelo una lámpara de aceite. Buscando la forma de huir del infierno que él mismo ha provocado, entra en un camarote al azar, donde se encuentra con una bella muchacha que está allí resguardada del fragor del combate. Esta resulta ser la hija del Escorpión y, temiendo que el fuego llegue hasta ellos, la toma en brazos y salta al mar por una ventana… solo para encontrarse acechado por un par de tiburones. Se enfrenta a ellos espada en mano, matando a uno de los escualos y poniendo en fuga al otro con una extraña técnica consistente en emitir una vibración con su garganta que se esparce por el agua como una honda de sonar. El autor justifica esto diciéndonos que Jabato vivía en una región costera y es un truco conocido por las gentes de su tierra. No es lo más extraño ni lo más fantástico que hemos visto hacer a un héroe en este tipo de publicaciones, así que lo daremos por bueno.
Habiéndose librado de los tiburones, sale a la superficie con los pulmones ya vacíos de oxígeno. Se asegura de que los del barco del Escorpión le vean a él y a la hija de este y, a continuación, la abandona ahí entre las olas, volviendo a nado a su propio barco, suponiendo que el Escorpión dará prioridad a rescatar a su hija.
Los nubios y Taurus se lanzan también al mar para ganar su propio barco. Mientras, los persas del Escorpión apagan el fuego, ponen a salvo a la hija de este y tratan de matar a los rivales en retirada disparándoles flechas. No sabemos si alcanzan a alguno, pero sí que al menos Jabato y Taurus llegan indemnes al barco egipcio. El barco del Escorpión, dañado por el fuego, va quedándose rezagado, y este jura venganza agitando el puño en alto, como debe ser.
Esa misma noche, desde el barco de Adua avistan el resplandor proveniente de la isla que buscaban, que resulta ser un volcán activo. El agua alrededor del mismo hierve, pues varios pequeños ríos de lava que emanan del cráter desembocan en el mar.
En un pequeño bote, Jabato y Taurus se acercan a la isla y son avistados y atacados por una especie de salvajes que lanzan grandes rocas contra ellos desde la cima del volcán. Una de estas rocas hunde su bote, obligándolos a volver a la nave de Adua.
Sin embargo, la nave está completamente vacía, sin rastro de ella ni de sus hombres. Lo único que encuentran que pudiera ser una pista son unas pequeñas vasijas rotas sobre cubierta de las que emana un extraño olor. Mientras están investigando la cubierta, otra vasija como las anteriores se estrella contra ella, liberando un gas narcótico que los aturde. Se lanzan al mar huyendo de este gas y el choque con el agua les despeja la mente. Nadan entonces hacia la costa al no tener más opción que esta, llegando hasta ella pese a las aguas hirvientes que provocan los riachuelos de lava del volcán.
Una vez en la isla son atacados inmediatamente por sus habitantes, que emplean unas extrañas espadas de hoja ondulada. En el combate contra el que parece ser su jefe, Jabato golpea a este en la cintura, rompiendo uno de los frascos que lleva allí prendidos y que resultan contener la misma sustancia narcótica con la que les atacaron en el barco de Adua. Pese a que derrotan a sus enemigos, el olor de la sustancia contenida en la vasija puede con ellos y ambos caen inconscientes.
Cuando despiertan, los dos están atados junto a Adua a unos postes en una caverna subterránea, la misma que Jabato vio en su sueño alucinatorio. Frente a ellos, en el muro, hay un gran bajorrelieve de una cara monstruosa con la boca abierta. Adua les explica que cuando ellos salieron con el bote, el barco fue atacado con esas vasijas narcóticas y todos fueron capturados. Al parecer, su consejero estaba conchabado con los monjes de la isla y les facilitó el apoderarse del barco. Ahora han sido dejados allí como sacrificio al dragón. En realidad no llega a presentarse ningún dragón, sino que la lava del volcán, canalizada a través de la boca del bajorrelieve monstruoso, empieza a verterse en la cámara en la que se encuentran. Este es el dragón de las leyendas, una forma extraña de sacrificio disfrazada de criatura sobrenatural.
Jabato logra liberarse del poste al que ha sido amarrado y soltar a los otros antes de que la lava llegue hasta ellos. Están desarmados, por lo que Taurus arranca una gran estalagmita del suelo para emplearla como un mazo de piedra. Se encuentran con un par de guardias que, tras ser derrotados, proporcionan a Jabato una espada y, a continuación, hallan la cámara del tesoro. Adua se lanza emocionada sobre las joyas y Jabato, dándose cuenta de que ella está alegre por el hallazgo pero no especialmente sorprendida, como si ya supiera lo que iba a encontrar, Jabato cae en la cuenta de que el interés de Adua en aquella misión era obtener el botín de los sacerdotes, cosa que ella no tiene ningún reparo en confirmarle. Los sacrificios de las mujeres nunca le importaron. Lo que ella buscaba siempre fue el tesoro, pero necesitaba a un héroe lo bastante valiente e ingenuo para afrontar el peligro sin hacerse preguntas.
Está tan distraída en su propia explicación y en el tesoro que ha encontrado que no se fija en que dentro de uno de los cofres se desliza una enorme serpiente venenosa que está a punto de morderla. Jabato la salva cortándole la cabeza a la serpiente, arrojando su espada. Le echa un sermón a Adua y se marcha de allí, seguido por Taurus, sin tomar del tesoro ni una sola moneda. Adua, ante la perspectiva de quedarse sola, les sigue también sin molestarse en cargar nada del tesoro.
Consiguen un bote de los varios que hay en la zona, ya que el tránsito entre las cavernas subterráneas parcialmente inundadas se hace mediante estos. Al adentrarse en una de las cavernas son tragados por un gran remolino que los sumerge enteros. Cuando ya no pueden contener más la respiración, una fuerte corriente los hace salir prácticamente disparados como en un géiser, en el exterior de las cavernas, cerca de una playa desde la que pueden ver una ciudad.
Nadan hasta allí, puesto que están agotados y, después de todo, no hay otro sitio al que ir. En cuanto los ven salir tambaleándose del el mar y andar por la playa, los sacerdotes y habitantes de la isla se ponen a discutir entre ellos. Saben que son las personas que acaban de dejar como sacrificio en la cueva y, por tanto, tenerlos otra vez ante ellos solo puede significar que son fantasmas o bien que su dios ha rechazado el sacrificio.
El caso es que, demasiado perdidos en sus propias teorías y discusiones filosóficas, no prestan atención ninguna a Jabato y sus compañeros. De hecho, están a punto de enfrentarse a un problema mucho mayor. El volcán de la isla ha entrado finalmente en erupción. Quizá le correspondía entrar en erupción en ese momento. Quizá la huida de los personajes sí ha provocado la ira de algún dios y esa es la consecuencia. Realmente no importa. Por un motivo u otro el volcán desata toda su violencia, lanzando enormes rocas y ríos de lava sobre la ciudad, que la consumen rápidamente. La población queda sepultada por piedra y fuego a la vez. Los pocos supervivientes huyen despavoridos, solo para que la superficie de la isla, agrietada por la fuerza de la erupción, se abra bajo sus pies y se los trague.
Jabato, llevando en brazos a Adua y seguido de Taurus, corre tratando de ganar la costa mientras ve cómo, a su alrededor, más y más habitantes de la isla se precipitan a fosos que se abren inesperadamente ante ellos o son consumidos por las llamas. No pueden hacer nada por ayudarles, así que se limitan a ponerse a salvo ellos mismos. Saltan al mar alejándose de la isla mientras esta se desmorona sobre sí misma.
Sobre las olas únicamente se alza ahora el barco de Adua, y nadan hacia él, poniendo todas sus esperanzas en alcanzarlo y en que a bordo del mismo no les espere ningún otro enemigo.
Bueno, cierto es que en esta ocasión cartagineses solo han salido de palabra y no hemos tenido ningún romano, pero antes o después volverán por estas páginas. Lo que sí hemos tenido ha sido un buen Encendido del Fuego Sagrado. ¡Un volcán entero!
Continuaremos con las aventuras de Jabato en las próximas fiestas de Cartagineses y Romanos, salvo que encontremos otra fecha adecuada para ponernos a ello. Hasta que ese momento llegue, puedes repasar el inicio de esta historia pulsando aquí.
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Nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz
Jabato. 1979. Víctor Mora (guion) Francisco Darnís (dibujo). Publicado en 2003 por Ediciones B.S., obsequio de La Opinión de Murcia.
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