EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, luchadores del espacio.
Esta es una novela de transición entre dos etapas de la saga. Desconectamos por el momento de toda la trama de los sadritas y de los exiliados que partieron rumbo a Redención, que fueron una inmensa mayoría, y nos centramos en el grupo de humanos más pequeño: el que fue en busca de los mundos salvajes thorbod. Los tripulantes de los tres autoplanetas que forman esta expedición (el Santa Fe, el Ascrea y el Orión) suman unos doce millones de personas y han hecho un viaje de sesenta años para llegar hasta allí.
En esta ocasión, la portada no tiene relación con la historia. Los únicos humanoides del piel verde aparecidos hasta ahora (sin contar a los hombres planta, que técnicamente no tienen piel) son los ibajay de Mares tenebrosos, y estos no intervienen en la trama.
Se nos dice que en estas fechas la vida promedio de los humanos ronda los trescientos años gracias a una modificación genética que toda la raza ha ido asimilando de forma gradual gracias al consumo de alimentos modificados a tal fin. Aun así, sesenta años de viaje han supuesto una quinta parte de su esperanza de vida. Algunos han nacido durante el viaje y no conocen otra cosa que el entorno artificial de las inmensas naves en las que viven.
La historia comienza con este grupo llegando a los cinco mundos que tenían como destino, para descubrir que solo uno de ellos sigue teniendo condiciones habitables, mientras que los otros cuatro han sido reducidos a rocas sin vida, despojados de su agua y atmósfera (el efecto habitual de las bombas W). El planeta aún habitable, además, presenta signos de una civilización avanzada. Los sensores de los autoplanetas detectan agrupaciones de estructuras artificiales que solo pueden ser ciudades e indicios de industrialización básica.
Debido a que el tiempo transcurre a diferentes ritmos en el espacio que en las superficies planetarias, estos mundos que Miguel Ángel padre dejó atrás hace algo más de un siglo han vivido cuatro mil años de su propia historia desde entonces. El mundo que aún tiene vida es precisamente Exilio, aquel en el que los tripulantes del Valera de la estirpe Aznar fueron abandonados tras la revuelta de la estirpe Balmer ocurrida en Motín en Valera.
Se designa a Miguel Ángel Aznar hijo y al capitán de navío Abel para un vuelo de inspección sobre el planeta. Lo llevan a cabo pilotando un caza omega cuyo diseño copiaron a los sadritas y han replicado durante el viaje. Lo que observan ambos hombres es que la civilización que se ha desarrollado en este mundo proviene de las tribus de amazonas que ya lo habitaron en el pasado. Han creado una sociedad matriarcal en la que todos los trabajos degradantes y peligrosos son llevados a cabo por hombres, que además no tienen acceso a la educación. Es una sociedad regida por mujeres, empobrecida y militarizada, en la que a duras penas se está iniciando algo parecido a una revolución industrial. La tecnología más avanzada con la que cuentan es el motor de combustión fósil, pero este está reservado para los buques, trenes y aviones militares armados con cañones y misiles análogos a los del siglo veinte terrestre.
El omega es atacado inmediatamente en cuanto se le avista. Demasiado confiados en la superior tecnología de su vehículo, los terrestres dejan que les disparen, y uno de los proyectiles va a colarse por una de las toberas de propulsión, ocasionando daños críticos pese a que el blindaje de la nave resulta impenetrable para el armamento de ese mundo. Esto les obliga a alejarse y aterrizar para efectuar reparaciones. La sola sensación de estar pisando tierra en lugar de metal, de estar respirando aire natural en lugar de uno miles de veces reciclado mediante químicos, les embota los sentidos de tal modo que reaccionan lento y mal cuando son atacados por aviones que hacen sobre ellos una pasada de ametrallamiento a baja cota. Disparan contra los aviones con sus armas de mano, proyectores portátiles de luz sólida, destrozándolos pese a sus intentos de no dañar a las pilotos. Capturan con vida a una de ellas, una muchacha llamada Milvana, con la que logran entenderse porque habla una versión deformada del thorbod. Esta les informa de que el nombre que dan a su mundo es Atioquita. Al parecer, les han atacado confundiéndolos con unos seres a los que Milvana se refiere como girkas, y que, por lo que les cuentan de ellos, Miguel Ángel termina por deducir que son nahumitas.
Aproximadamente cada cien años, cruceros de combate nahumitas acuden a Atioquita para llevarse por la fuerza algunos millones de habitantes. Los telescopios de estas nuevas amazonas ya han avistado una flota de girkas/nahumitas en la órbita del planeta. La última vez que estuvieron allí las nativas todavía no contaban con aviones ni misiles. Han dedicado toda su industria a producir armamento en detrimento de todo lo demás, hasta el punto de que conocen la electricidad y los motores de combustión, pero están reservados exclusivamente para la defensa, siendo el carro de tiro y las lámparas de aceite los medios de transporte e iluminación más habituales de los civiles.
Mientras Miguel Ángel asimila todo esto y trata de convencer a Milvana de que ellos no son nahumitas, esta aprovecha un descuido para huir del omega (en esos momentos posado en el suelo) llevándose una de las pistolas de luz sólida. Miguel Ángel corre tras ella para recuperar el arma, pero termina siendo capturado por un destacamento de soldados que se le echa encima.
Cuando despierta está en una mazmorra. Es llevado a una sala de interrogatorio llena de guardias y altos cargos militares, donde descubre que Milvana es en realidad la reina de Atioquita. Esto era uno de los grandes tópicos de la ciencia ficción de la época: que el primer encuentro de un explorador humano en un nuevo mundo fuera con la reina o princesa (solteras, claro) de ese planeta, y o bien tuviera que combatir con ella o bien rescatarla de algún peligro. Era una forma de justificar que el protagonista, al poco de llegar a un planeta, ya contara con un aliado que tuviera a su vez la capacidad de movilizar ejércitos en su nombre o proporcionarle los medios para modificar radicalmente para bien el modo de vida de ese planeta. El propio autor de esta novela se burlaba de este tópico en una anterior, la de Venimos a destruir el mundo, pese a que ahora recurra a él para agilizar la trama.
Abel, el copiloto de Miguel Ángel, suponiendo que este había sido llevado como prisionero a la ciudad más cercana, sobrevuela esta con el omega haciendo sonar a toda potencia una estridente alarma. Esto ocurre en medio del interrogatorio, desconcertando y distrayendo a las captoras de Miguel Ángel. El humano reconoce la señal de la sirena como la de una de sus propias naves y aprovecha el momento para noquear a unas cuantas corpulentas guardias y abrirse paso a bofetones hasta la terraza del edificio, donde Abel lo ve y baja a recogerlo, alejándose a toda prisa.
Milvana, que ha subido también persiguiendo a Miguel Ángel, dispara contra ellos con la pistola de luz sólida. Aunque el fuego de ametralladoras y artillería con el que los están rociando desde otros edificios no representa un gran peligro, el disparo de la luz sólida atraviesa al omega de parte a parte, obligándolos de nuevo a tomar tierra en un lugar apartado para reparar las brechas del casco. Mientras están liados con esto, los nahumitas se deciden al fin a efectuar su periódica razia sobre Atioquita. Desde su posición oculta, Miguel Ángel y Abel observan las astronaves nahumitas: son modelos anticuados comparados con la tecnología actual humana, pero aun así muy superiores al armamento con el que cuentan las amazonas. Las naves descienden a solo unos cientos de metros sobre la ciudad, ignorando el nutrido pero inefectivo fuego de artillería que las recibe, y despliegan soldados con armaduras de combate y jetpacks.
Entonces, Milvana comete el error de disparar la pistola de luz sólida contra una de las naves. El rayo continuo la corta en zigzag, haciendo estallar sus motores atómicos sobre la ciudad. La explosión derriba e incendia todos los edificios, reduciéndolos a escombros, y baña a los supervivientes con una dosis masiva de radiación atómica, letal a corto plazo. Pillados por sorpresa por el arma desconocida, los nahumitas inician la retirada, alejándose de la ciudad en la que, después de todo, ya no queda nadie que valga la pena capturar.
Miguel Ángel y Abel emplean el omega para barrer a todos los soldados con armadura de combate que han quedado en las inmediaciones y luego derriban una tras otra las naves grandes y anticuadas de los nahumitas, cuando estas se han alejado lo suficiente para que su destrucción no suponga un peligro inmediato para los que quedan de la ciudad. Enfundado en su propia armadura diamantina con jetpack, Miguel Ángel registra las ruinas del edificio desde el cual Milvana disparó la pistola. La encuentra solo ligeramente aplastada bajo una viga y la rescata junto a otras pocas mujeres que han sobrevivido. También recupera la pistola de luz sólida, que en teoría era su misión principal… pero descubre que cumplir este objetivo le causa menos alivio que encontrar a Milvana con vida, lo cual ya debería darnos una pista sobre cómo van a acabar estos dos. Tras explicarles en términos sencillos en qué consiste el envenenamiento por radiación, Miguel Ángel logra que Milvana y una de sus soldados, llamada Amatifu (referencia al personaje de Motín en Valera y El enigma de los hombres planta), accedan a ser llevadas a uno de los autoplanetas para pasar por un proceso de descontaminación.
Cuando el omega abandona Atioquita para regresar al Santa Fe, tienen la oportunidad de observar la flota incursora nahumita, compuesta por unos sesenta autoplanetas esféricos de seis kilómetros de diámetro. Esta visión, junto con su primer vistazo cercano al cosmos, supone un shock para Milvana y Amatifu, que empiezan a darse cuenta de la verdadera magnitud del universo.
Junto con ellos llevan en el omega a un nahumita que Miguel Ángel aprovechó para hacer prisionero cuando fue a rescatar a Milvana. Por este se enteran de la verdadera razón de sus ataques: no es llevarse prisioneros para emplearlos como esclavos. El nuevo Imperio de Nahum, que ahora se hace llamar Imperio Milenario, ha desarrollado una forma de inmortalidad basada en el trasplante de cerebros de cuerpos viejos a otros jóvenes. Los millones de atioqueños que capturan cada siglo son desprovistos de sus cerebros estando aún vivos, para que sus cuerpos alojen los cerebros de nahumitas notables. Es así como el actual gobernante del Imperio Milenario se ha mantenido en el trono desde hace cuatro mil años. Por si esto fuera poco, esta gobernante es hija de Miguel Ángel Aznar padre y de la princesa nahumita Amber, que la dio a luz después de que ella regresó a los mundos natales nahumitas sin llegar a decirle a su esposo que estaba embarazada. La niña, llamada Amber Aznar de Nahum, y un reducido grupo de consejeros y militares fanáticamente leales a su madre fueron los que consiguieron revivir el poder del Imperio Nahumita, pese a haber sido prácticamente desmantelado por los humanos antes de partir hacia la Tierra (en el final de El azote de la humanidad).
Todavía asimilando esta información, la llegada del omega al Santa Fe supone otro shock cultural para las atioqueñas. La forma de vida de los humanos, que combina libertad individual e igualdad de sexos con obligaciones sociales generales, les resulta extraña e inalcanzable para su pueblo. Y lo mismo ocurre con su nivel tecnológico. Se las descontamina de la radiación y se las lleva de tiendas, donde tienen la oportunidad de vestirse con ropa de mujer y no con uniformes de soldado por primera vez en sus vidas.
Miguel Ángel padre, tras ser puesto al corriente de todo, llega a un acuerdo con Milvana: los humanos se establecerán en Atioquita, lo quieran sus habitantes o no, porque por un lado ellos necesitan un nuevo hogar y por el otro ellas no tienen los medios para evitarlo. Pero no lo harán como invasores, sino que fundarán sus ciudades en los desiertos, pedregales y las zonas más desfavorecidas, que las propias atioqueñas desprecian como inhabitables. Les sobra tecnología para convertir cualquier punto del planeta en un vergel. Compartirán sus recursos y conocimientos con los nativos, de modo que puedan asimilarlos hasta hacerlos suyos, y los defenderán de los nahumitas con su flota superior. Solo impone una condición: establecer una igualdad social y legal entre hombres y mujeres, a la que el matriarcado atioqueño siempre se ha negado. La única religión que ha sobrevivido a todas las guerras y desastres por los que ha pasado la civilización humana es el cristianismo, y este tipo de desigualdad no es aceptable de ningún modo. A regañadientes, porque es un cambio muy drástico en su forma de vida, pero reconociendo que su mundo y su gente van a ganar mucho más de lo que van a perder, Milvana accede.
Poco después se inicia un desembarco masivo de humanos en Atioquita. Traen con ellos su tecnología y en un principio son recibidos con desconcierto y escepticismo por los nativos. Pero esto cambia cuando los atioqueños ven cómo estos desconocidos, en cuanto pisan su mundo, se inclinan a tocar la tierra, agarrando puñados con sus manos, llorando de alegría por estar de nuevo sobre un planeta y no encerrados en los fríos confines de sus naves. Porque cualquiera capaz de derramar lágrimas de felicidad por la tierra bajo sus pies debe amarla tanto como aquellos que derraman su sangre por defenderla.
Recurriendo a otro de estos tópicos del bolsilibro, Miguel Ángel hijo confiesa a Milvana que se ha enamorado de ella, y esta le responde que ella también se ha enamorado de él. Después de todo, una boda entre los miembros de las dinastías gobernantes de dos países diferentes siempre fue una forma de cerrar lazos entre ambos, y no debería ser diferente con alianzas entre planetas
¡Próximamente en sus kioscos, El Imperio Milenario! Hasta que esté disponible, puedes repasar la saga desde el inicio pulsando aquí.
Exiliados de la Tierra. 1975 (reescritura del texto original de 1957). George H. White [Pascual Eguídanos]. La saga de los Aznar nº 27. Editorial Valenciana S. A.











