MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 26 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 20 al 26 de abril de 1926

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Enorme redada policial en un barrio especialmente feo! ¡Montones de muertos y heridos! ¡Nueva secta desarticulada! ¿Está por fin Arkhan a salvo de esos malandrines? ¡Compre ya su ejemplar, que me los quitan de las manos, oiga! 


LUNES, 20 DE ABRIL DE 1926

Fui a ver a Madrivana a primera hora para hablarle de la señora Hargrove y de su plan de convertir su mansión en una especie de cuartel general para todos los que estén dispuestos a enfrentarse a lo que sea que está ocurriendo (o está por ocurrir) en Arkham. Hasta que Inhidra dé su visto bueno a lo de ir a por el Sacerdote Mayor, me dedicaré a atar cabos sueltos e intentaré reunir a todos los que están metidos en esto para formar un verdadero grupo.

Investigación a 7+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 1): Revólver, Lupa, 4, 4, 2. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la tirada.

No me costó mucho convencerla. En realidad, creo que ya lo estaba. Cuando terminé de hablar me dijo que Inhidra ya se lo había comentado. Le pregunté cuándo había hablado con ella, y como respuesta tomó un frasco de un estante y lo colocó frente a mí sobre la mesa a la que estábamos sentados. El líquido del interior era oscuro, espeso, casi aceitoso. Madrivana volvió a sentarse frente a mí.

—Es el preparado que hicimos con los restos del Caparazón Negro. Yo preparé la base. La mamáloi la refinó y la estabilizó. Y ella misma se la llevó al padre Arden para que bendijera el líquido resultante como si fuera agua. Lo que tienes en las manos es una mezcla de poderes basados en tres creencias diferentes —añadió Madrivana— para combatir a un enemigo que no debería existir.

—Muy bien —dije tomando con cuidado el frasco—. ¿Y qué hago con él?

Me explicó que borrar los símbolos que los sectarios están pintando por las calles no sirve casi de nada. El símbolo puede hacerse desaparecer físicamente, pero la magia que se depositó en él al hacerlo queda allí como una marca que el ser adecuado puede seguir viendo y rastreando. El mejunje que habían preparado servía precisamente para eso, para «matar» el símbolo, arrancarle la chispa, dejarlo mudo.

—Debes salpicarlo —dijo Madrivana—. No verterlo. Basta con unas pocas gotas. Como si fuera agua bendita. Pero con cuidado. Es algo corrosivo. Si te cae en la piel te quemará. En los ojos podría dejarte ciego.

Saqué mi petaca de whisky del bolsillo y se la mostré.

—¿Algún problema con que lo pase aquí?

Ella negó con la cabeza. Si es indiferente llevarlo en un recipiente de metal que en uno de cristal, y sabiendo que es corrosivo, prefería lo primero. Quité la tapa y el dosificador, me terminé lo poco que quedaba de un trago y vertí cuidadosamente el contenido del frasco a la petaca. Ajusté de nuevo el dosificador, que me permitiría salpicar rápidamente con la petaca simplemente moviéndola con energía, y me aseguré de dejar la tapa bien enroscada.

—Úsalo con cabeza y no lo desperdicies, Miller. Es difícil y peligroso de elaborar.

Asentí y me guardé la petaca en el bolsillo, sintiendo el metal extrañamente caliente.


MARTES, 21 DE ABRIL DE 1926

La gente puede acostumbrarse a cualquier cosa, incluso a lo que debería volverlos locos. Sin más, hoy iba por la avenida de los Olmos cuando escuché un batir de alas que he aprendido a reconocer muy bien. Miré hacia arriba tratando de localizar al murciélago gigante que lo provocaba. Uno de estos monstruos se había dejado caer desde la terraza de un edificio al otro lado de la calzada. No descendía en un largo y progresivo picado siguiendo la calle, como los anteriores. Este cayó de una terraza como una piedra, remontando el vuelo pocos metros antes de estrellarse con el suelo. Cruzó la avenida de lado, como un proyectil, estando en un tris de estrellarse contra un par de coches.

Saqué el revólver por instinto mientras lo veía caer, pero en el aterrador segundo que tardó esa cosa en elevarse de nuevo y enfilar hacia mí, caí en la cuenta de que si disparaba, las balas irían a parar al edificio de enfrente. Ventanas, paredes finas de ladrillo y madera barata, gente desayunando o niños jugando tras ellas… No podía arriesgarme a dispararle, y el murciélago venía tan rápido que apenas tuve tiempo de pensar. Metí la otra mano en el bolsillo izquierdo y saqué el diapasón del profesor Dorn. Lo golpeé contra el tambor del revólver que tenía en la mano derecha. Fue un salto de fe, porque recordé haber leído en algún lado que los murciélagos se guiaban por una especie de ondas de vibraciones o algo así. Yo no sé explicarlo, pero en ese momento generar mis propias vibraciones me pareció algo lógico.

Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 5, 3, 2. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.

El murciélago se desorientó al instante. Se desvió de pronto como si hubiera chocado de frente con una fuerte corriente de aire, pasó a un palmo de mi cabeza, giró en un ángulo extraño y fue a estrellarse contra la pared a mi espalda con un golpe seco. Cayó al suelo, aturdido, agitando las alas rotas. Ahí sí pude disparar. Me acerqué y lo rematé de un solo tiro antes de que se recuperara.

Lo más extraño no fue el murciélago, sino la gente. Los transeúntes se detuvieron en seco al ver caer y remontar el vuelo al murciélago. Pero solo eso: no gritaron ni echaron a correr. Los coches que estuvieron a punto de chocarse con él simplemente dieron un bocinazo. Un hombre que barría la entrada de su tienda ni siquiera dejó de mover la escoba mientras observaba desde pocos metros de distancia mi pelea con el monstruo. Una anciana se limitó a rodear el cadáver como si fuera un charco.

Guardé el diapasón y el revólver y seguí caminando. La ciudad se está acostumbrando a convivir con monstruos en sus calles. Lo malo es que no temer a los monstruos no es una muestra de valor. Al contrario. Aceptarlos como algo normal es la mayor de las cobardías.


MIÉRCOLES, 22 DE ABRIL DE 1926

Hoy me llamó O’Maley para que fuera al manicomio de Arkham. A él lo llamaron de allí por un incidente relacionado con los agentes ingresados, y me pasó el encargo a mí. No esperaba buenas noticias, pero tampoco esperaba lo que me encontré.

El director me recibió con un nerviosismo que no intentó disimular. Tenía los dedos entrelazados, blancos por la tensión, y cada vez que alguien pasaba por el pasillo, giraba la cabeza como si temiera que vinieran a pedirle explicaciones.

—Detective… —dijo—. Ha habido… una situación.

La palabra «situación» no me gusta porque es una de esas palabras que pueden significar cualquier cosa. Me contó que anoche, un hombre bien vestido, educado, con un acento que nadie supo identificar pero que sonaba a europeo, se presentó en la entrada del manicomio. Dijo que quería ver a los agentes de policía que habían sido ingresados tras su participación en las redadas. Oficialmente ningún agente había sido ingresado por ello, pero los internos sabían a qué se refería. No dio su nombre, no mostró credenciales y no firmó ningún registro.

—¿Y lo dejaron pasar? —pregunté incrédulo.

El director abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Miró a una enfermera. Ella miró a un médico. El médico miró al suelo.

—Me dijo que quería verlos —murmuró la enfermera, como si eso fuera una explicación—. Yo… tuve que permitirle pasar —añadió, sin convicción—. No… no recuerdo por qué.

—Yo le abrí las puertas de las celdas acolchadas, señor —añadió el médico—. Porque… porque me dijo que quería pasar.

Ninguno sabía justificarlo. Ninguno recordaba haber tomado la decisión, ni podía explicar por qué nadie pidió su nombre, ni por qué no quedó constancia de su visita. Solo sabían que lo dejaron entrar.

Búsqueda a 10+. Incrementada a 15+ por no tener suficientes puntos de locura o conocimientos de Mitos. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 6, 5. Obtenemos Búsqueda 17 y pasamos la tirada, acumulando el cuarto punto de locura del mes.

Supe al instante lo que había pasado. El desconocido había usado un hechizo de Sugestión como el que me enseñó el padre Arden, o algo muy similar.

—¿Qué hizo mientras estuvo aquí? —pregunté.

El director tragó saliva.

—Visitó a los agentes afectados. A todos, uno tras otro. No habló con ellos. Solo… los observó unos minutos a cada uno, y luego se marchó.

Me llevaron a ver a los pacientes. Todos habían empeorado. Ya ni tan solo hablaban, salvo uno, que repetía una frase en un idioma que nadie reconocía.


JUEVES, 23 DE ABRIL DE 1926

He vuelto al Mundo Onírico esta noche, sin pretenderlo. Aparecí directamente junto a la espiral dibujada en la arena que sirve de paso a la capa de sueño profundo. Supuse que debía descender a través de ese portal hasta la versión distorsionada de Arkham, pero ahora no tenía a nadie para abrirme el portal como en la ocasión anterior. Me concentré en hacer que se moviera, como le vi hacer a Evelyn en mi anterior visita a este lugar.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 3, 3. Obtenemos Búsqueda 10 y pasamos la tirada.

Poco a poco la espiral dibujada en la arena empezó a moverse, girando como una tapa de rosca, hasta que el portal se abrió. Descendí hasta la capa de sueño profundo, al Arkham distorsionado. En una cornisa alta, iluminada por la Luna, estaba Evelyn en su forma de búho. Bajó planeando y se posó en mi hombro, como solía hacer. Me explicó que la torre negra que vimos días atrás es una construcción onírica sostenida por la voluntad combinada de los cultistas.

«En el sueño, el maná sirve para crear —dijo en mi cabeza—. Pero también para deshacer lo creado por otros soñadores. Es más difícil y más lento, pero es posible».

Me miró con esos ojos enormes, y por un instante vi a la Evelyn real a través de la máscara del búho.

«Ese será mi papel —continuó—. Mientras tú, la mamáloi y la policía entráis en el edificio real, yo estaré aquí, dormida, concentrando todo mi maná en deshacer la torre, bloque a bloque si hace falta. Sé que no podré derribarla, pero si la debilito desde aquí, también sus defensas mágicas allí se debilitarán».

Me quedé mirando la torre a lo lejos. Negra. Infinitamente alta.

—¿Y si él nos ve venir? —pregunté.

Evelyn batió las alas.

«Ya me ha visto —dijo—. Encuentra interesante mi presencia aquí, pero no me considera un peligro todavía. Tiene a sus sectarios añadiendo nuevos ladrillos a la torre noche tras noche, pero son soñadores pésimos. Supongo que para tener un sueño productivo hace falta tener una conciencia tranquila, y ellos ya están mucho más allá de eso. Aun así, si vamos a atacar la torre hay que hacerlo antes de que sea él mismo quien refuerce sus defensas».

Desperté con el corazón acelerado y la sensación de que el sueño había durado años en lugar de horas. Quizá lo hizo en algun lugar.


VIERNES, 24 DE ABRIL DE 1926

Hoy he roto otra de mis normas. Ya no me quedan muchas, la verdad. Fui a buscar a un ladrón para pedirle ayuda. Elías «Flaco» Finch. Un medio italiano nervioso, con los ojos siempre moviéndose como si esperaran que algo saliera de las paredes. Lo encontré detrás de un almacén abandonado, sentado en un cajón y fumando un cigarrillo que temblaba más que él. Cuando me vio, casi se atraganta.

—No, no, no, no… —repitió, levantando las manos—. No he sido yo. Sea lo que sea, no he sido yo.

—No vengo a detenerte —dije—. Necesito tu ayuda.

Eso lo puso aún más nervioso. Le expliqué que la policía iba a hacer una redada, que probablemente iban a incautar amuletos, documentos, hierbas (al mencionarlas, «Flaco» levantó una ceja, repentinamente interesado) y cosas que yo necesitaba examinar. Y que O’Maley no me iba a dejar meter las narices en todas las pruebas. No soy policía y por tanto no soy de los suyos. No del todo. Y él es demasiado recto para hacer muchas excepciones seguidas.

—Así que quieres que entre en la comisaría —dijo Finch, con la voz quebrada—. ¿La comisaría? ¿La misma donde he estado encerrado seis veces? Pues… pues… claro que sé cómo entrar. Y cómo salir. Y dónde guardan las cosas. Y quién se duerme en qué silla. Y qué ventanas no cierran bien. Pero estás loco si crees que voy a hacerlo.

Investigación a 13+. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 5, 4. Empleamos uno de los usos del grimorio para convertir el 6 en 5. Obtenemos Investigación 15 y pasamos la tirada.

Tuve que darle un pequeño empujoncito murmurando el hechizo de Sugestión, pero al final lo convencí. Empezó a caminar en círculos razonando en voz alta, como si se estuviera convenciendo a sí mismo sin querer.

—Porque… a ver… —dijo—. El turno nocturno lo cubren los novatos y solo un par de veteranos. Siempre es así. Para que se fogueen, dicen. Lo que significa que están más pendientes de no meter la pata que de vigilar los despachos cerrados. Entre las seis y las siete de la mañana hay cambio de turno, y lo mismo a la tarde. Unos se van, otros llegan… La sala de pruebas no tiene vigilancia directa. Nunca la ha tenido. Solo un candado y una cerradura que podría abrir con un mondadientes si me diera la gana. Y si hay algún borracho dando problemas en las celdas, los agentes se concentran allí. Dejan los pasillos vacíos. Siempre pasa. Y en el pasillo que da a la calle Doce la ventana está floja…

Se detuvo. Me miró. Suspiró.

—Y además… —añadió—. He estado allí encerrado ocho veces. Podría entrar con los ojos cerrados. Literalmente. Podría caminar por ese sitio dormido.

—Entonces, ¿lo harás? —pregunté.

«Flaco» Finch se pasó una mano por la cara.

—¿Y qué demonios saco yo de todo esto? ¿Me vas a pagar, o algo?

—Estoy intentando que Arkham no se vaya al infierno —dije—. Y si no lo logro, tendrás que marcharte a otra ciudad cuando esta no sea más que un montón de ruinas en las que no quede nadie a quien robar. Tendrás que empezar de cero, hacerte una reputación otra vez en otro lugar en el que nadie ha oído hablar de ti.

Finch se rió, pero vi en su expresión que sabía de lo que le hablaba. De los monstruos en las calles. De las sombras que acechaban a la gente por las noches. De los cultos de locos proliferando como setas tras la lluvia.

—Lo haré… pero que sepas que eres peor que yo, Miller. Mucho peor.

Quizá tenga razón, pero necesito esas pruebas.


SÁBADO, 25 DE ABRIL DE 1926

Hoy he tenido una visita inesperada. Y no de las humanas. Estaba en casa, revisando notas, cuando escuché un golpecito en la ventana. Pensé que sería el viento. O un pájaro. Pero no, era un gato. Mi oficina está en el tercer piso, así que el gato había llegado hasta mi ventana andando por la estrecha cornisa. Me miraba fijamente como si llevara allí horas.

—Ni lo sueñes —le dije—. No voy a salir por la cornisa.

El gato parpadeó, decepcionado por mi falta de espíritu aventurero, y desapareció de un salto. Pensé que ahí terminaba la historia, pero cuando bajé a la calle, estaba sentado justo delante de la puerta del edificio, mirándome con la misma insistencia. Suspiré.

—Está bien. Guíame. Pero nada de tejados ni cornisas.

El gato echó a andar sin mirar atrás. Lo seguí por callejones estrechos, esquinas húmedas y barrios a los que no me gusta meterme. Le perdí de vista un par de veces.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Lupa, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Lupa, 4, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada.

Tras perderlo de vista seguí andando por instinto, hasta que lo encontré de pura casualidad. Finalmente se detuvo en un callejón sin salida, donde Inhidra estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, como si llevara allí todo el día.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.

—No sabía que habíamos quedado —respondí.

Ella alzó la mirada hacia el cielo, como si consultara a alguien invisible.

—Ellos lo sabían. Con eso basta.

El gato se sentó a su lado, como un guardián diminuto. ¿Era ella quien me los enviaba, o solo la contactaban como hacían conmigo?

—La redada debe ser mañana —dijo—. Es el mejor momento. Ya he movido hilos para que la información llegue hasta la policía. La que necesitan saber, al menos. La policía entrará por la fuerza, buscando al mayor de los cultos aparecido hasta ahora. Tú y yo iremos con ellos. Eso también está pactado. Evelyn atacará la torre negra desde las Tierras del Sueño.

Asentí. No había mucho que añadir. Aún no entiendo en qué consiste el poder que tiene la mamáloi Inhidra sobre esta ciudad, pero está claro que llega a personas que están por encima de O’Maley y quizá por encima del alcalde.

—¿Y cuál será mi papel en todo esto?

—Serás mi protector. Cuando entremos, habrá resistencia. No solo física. El lugar está protegido. Yo contrarrestaré lo que pueda, pero necesitaré que te mantengas cerca. Si me interrumpen, si me hieren, si pierdo la concentración, todos sentiréis el golpe. No sé exactamente la fuerza de las defensas que el Sacerdote Mayor ha implantado allí. Podríais morir, suicidaros o volveros locos de repente. Así que guarda mi espalda para que yo pueda guardar las de todos los demás.

Recordé el enloquecedor zumbido en el cráneo que sentí aquella vez que un solo cultista se coló en mi oficina. No quiero repetir esa experiencia.

Inhidra se levantó del suelo.

—Descansa, John Miller. No sueñes. Mañana necesitarás cada parte de tu poder. Incluso las que aún no sabes que tienes.

El gato me miró una última vez antes de desaparecer entre las sombras. Inhidra hizo lo mismo. Volví a casa caminando despacio. Mañana será un día largo.


DOMINGO, 26 DE ABRIL DE 1926

Nos reunimos antes del amanecer, frente al edificio de aspecto abandonado y vulgar que en el mundo onírico era una torre de piedra negra y altura infinita. O’Maley estaba tenso, pero decidido. Casi todos sus hombres estaban allí. La mitad con los fusiles cargados ya en las manos. La otra mitad con el arma colgada al hombro y la porra preparada. Inhidra estaba allí también, apoyada en la pared, con los ojos cerrados y respirando despacio. Parecía tranquila. Atraía muchas miradas, sobre todo de los policías más jóvenes, porque había acudido con toda su parafernalia de amuletos, huesos y la cara pintada de blanco como una calavera, pero nadie le dijo nada. Quizá tenían órdenes expresas de alguien de muy arriba de no decirle nada. Evelyn ya debía de estar dormida en su casa, lista para ir deshaciendo la torre desde el sueño en su forma de búho.

O’Maley me miró de reojo.

—¿Listo, Miller?

—No —respondí—. Pero vamos.

La entrada al edificio fue rápida. La puerta ni tan solo estaba cerrada. Inhidra se quedó junto a esta, murmurando sin cesar y haciendo extraños gestos con las manos. Vi cómo los policías que iban entrando se detenían de pronto, miraban a su alrededor como desconcertados durante un par de segundos y luego continuaban registrando el lugar. Cuando entré yo me detuve. ¡Me había equivocado de sitio! Claramente no era allí. Empecé a darme la vuelta para salir e ir al edificio correcto cuando la voz de la mamáloi y sus extraños rezos borraron esa idea de mi mente. ¿Esa era la defensa que estaba contrarrestando? ¿Algo que hacía que todo el que entrara que no perteneciera al culto sintiera la necesidad de salir y alejarse?

Seguimos avanzando. Encontramos símbolos pintados en las paredes, en el suelo, en las puertas. Saqué la petaca con el líquido de Madrivana y salpiqué las marcas. El olor del líquido al entrar en contacto con los dibujos era nauseabundo. La pintura de los símbolos se escurrió formando chorretones allí donde las gotas los alcanzaban.

—¿Qué demonios es eso? ¡Apesta! —preguntó uno de los agentes.

Y sí, es cierto que apestaba, pero a cada nuevo símbolo que salpicaba, el aire parecía menos denso y ese zumbido de fondo que estaba oyendo desde que entré se mitigaba un poco. Inhidra andaba con pasos cortos, muy lentamente. Sin abrir los ojos pero también sin tropezarse con nada, esparciendo su monótono cántico por el lugar. Un par de veces se interrumpió brevemente para decirme algo, y en cada una de esas ocasiones sentí un pinchazo en el cráneo.

—Evelyn está actuando —dijo de pronto—. La torre se resiste.

—¿Y el Sacerdote Mayor? —pregunté.

—Cerca.

Tras registrar las dos primeras plantas sin encontrar oposición, O’Maley ordenó subir a la tercera. Entonces, las luces se apagaron. Todas a la vez. Los agentes trataron de encender sus linternas, pero ninguna funcionó. Aún faltaban algunos minutos para el amanecer. Entonces escuchamos un canto que no venía de un lugar concreto, sino de todas partes.

—Atrás —dijo Inhidra.

Pero ya era tarde. En la planta de arriba empezaron a escucharse golpes, gritos y disparos, incluido el tableteo característico de una ametralladora Thompson, y los polis no habían traído ninguna con ellos. Oí gritar a O’Maley «¡Matadlo, matadlo!» y a continuación una descarga cerrada de fuego de fusilería. La Thompson enmudeció. El edificio empezó a temblar. No como un terremoto, sino como algo más… orgánico. Como si estuviera vivo y enfadado.

—Evelyn —dijo Inhidra sonriendo sin abrir los ojos—. La torre se está deshaciendo.

El temblor del edificio seguía creciendo cuando una figura encapuchada surgió de la oscuridad como si hubiera estado pegada a la pared, invisible hasta ese instante. Se lanzó sobre la mamáloi agarrándola de un hombro con una mano mientras alzaba la otra, en la que empuñaba un cuchillo curvo. La empujó contra la pared y su concentración se quebró como el cristal. Entonces algo me golpeó a mí también. No físicamente. Fue una oleada de sensaciones brutal, una mezcla de miedo, odio, tristeza y náuseas, todo a la vez. Me doblé sobre mí mismo. Caí de rodillas. Quise vomitar. Quise llorar. Quise desaparecer, morir. Por un instante, deseé no existir ni haber existido jamás.

Desde el suelo, con la vista borrosa, vi a la mamáloi forcejeando con el sectario. Él era más fuerte. El cuchillo rozó su mejilla, dejando una línea roja sobre su pintura blanca de calavera. Ella gruñó algo en un idioma que no reconocí. El canto que había estado murmurando desde que entramos había cesado, y sin él, las defensas del lugar nos estaban devorando vivos. Los agentes a mi alrededor estaban igual que yo: tirados por el suelo, temblando, con los ojos llenos de lágrimas, intentando respirar. Algunos sollozaban sin saber por qué. Otros apretaban los dientes como si estuvieran soportando un intenso dolor. Alguno vomitaba. Los disparos de fusil se habían interrumpido en las plantas superiores, y ahora eran gritos de dolor lo que se oía. Los sectarios debían estar aprovechando el momento para apuñalar o degollar a los agentes.

Yo no podía pensar, así que simplemente me moví. Me levanté tambaleándome y fui hacia el sectario. Aún tenía la petaca en la mano y lo único que había hecho desde que entramos había sido repetir ese movimiento de salpicar los dibujos de las paredes. Lo repetí una vez más, como un autómata. El líquido de la petaca salió en un salpicón irregular y alcanzó de lleno en la cara y los ojos al sectario. El hombre soltó un grito ronco de dolor y retrocedió tambaleándose. Se llevó las manos a la cara, cegado, y cayó de espaldas contra el suelo.

Inhidra jadeó un par de veces para tomar aire y retomó inmediatamente su cántico. Y entonces la presión en mi pecho desapareció. El nudo en mi garganta se deshizo. El mareo se disipó. Respiré hondo, como si llevara minutos conteniendo la respiración sin darme cuenta. A mi alrededor, los policías empezaron a incorporarse, limpiándose las lágrimas, parpadeando, intentando entender qué había pasado. Los disparos volvieron a resonar en las plantas superiores, pero ahora eran más espaciados. Finalmente cesaron, y entonces escuchamos la voz de O’Maley, ronca pero firme:

—¡A los que sigan vivos, esposadlos!

Búsqueda a 15+. Incrementada a 21+ si no tenemos seis puntos de locura / conocimiento de Mitos, que no es el caso. Reducida de nuevo a 15+ por haber superado las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Linterna (doble), 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1): Linterna (doble), 4, 2, 2. Tercer intento (repitiendo los doses): Linterna (doble), 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no pasamos la tirada.

El edificio fue registrado de arriba a abajo. Planta por planta, habitación por habitación, los agentes avanzaban entre muebles volcados y destrozados. O’Maley, con la camisa empapada de sudor y la mandíbula apretada, contemplaba los cadáveres alineados en el suelo del vestíbulo.

—Probablemente su jefe esté entre ellos —dijo, sin convicción—. Uno de los que no han sobrevivido… o uno de los que están detenidos. Ya lo identificaremos.

Asentí, aunque sabía que él tampoco se lo creía. Miré a Inhidra. Un hilo de sangre bajaba por su cara pintada de blanco. Ella negó con la cabeza antes de que yo pudiera preguntar.

—Se nos ha escapado —murmuró—. Estaba aquí, pero es más poderoso de lo que pensaba y se nos ha escapado.

No añadió nada más. Afuera, el amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris sucio. Salimos del edificio. El aire frío me golpeó la cara, y agradecí esa sensación. Los policías iban y venían, cargando camillas con los muertos de ambos bandos, ayudando a andar a sus propios heridos y llevando de un lado a otro a empujones a los sectarios esposados. Otros agentes estaban sacando cajas llenas de documentos, fetiches, cuadernos, frascos y objetos que parecían herramientas de tortura.

O’Maley se encendió un cigarrillo con manos temblorosas.

—Buen trabajo, Miller —dijo O’Maley, sin mirarme—. Dentro de lo que cabe.

—Dentro de lo que cabe —repetí—. Pero el mérito es vuestro. Y de ella.

O’Maley gruñó.

—Ella no ha estado aquí. Ni yo ni ninguno de mis hombres la hemos visto. Y si yo he aceptado mentir en los informes que haga al respecto, espero que no seas tú el que se vaya de la lengua.

Asentí. Volví la vista hacia la mamáloi, pero había desaparecido en silencio. Lo que sí que vi, en lo alto de una cornisa, fue un gato. Negro, delgado, inmóvil. Observándolo todo con una atención casi humana, como si tuviera que informar de ello a alguien.

Llegué hasta mi oficina arrastrando los pies. No recuerdo haber subido las escaleras ni recuerdo haber abierto la puerta. Solo recuerdo haber oído a través de esta, mientras me peleaba con la llave, el sonido del teléfono, insistente, como si llevara horas sonando. Lo descolgué.

—Miller —dije—. O eso creo.

Al otro lado, la voz aliviada de Evelyn.

—¿Qué tal os fue a vosotros?

Me quedé en silencio unos segundos.

—¿Te lo cuento esta tarde mientras nos tomamos un café?

Hubo una pausa breve. Luego ella dijo, con una calma que se me antojó hasta reconfortante:

—Sí.

Y colgó. Permanecí con el auricular en la mano un rato, pensando. Busqué un numero que había apuntado en mi libreta de notas el pasado viernes y lo marqué. El teléfono sonó una sola vez antes de que lo descolgaran.

—¿Finch?... Las pruebas están llegando ya a la comisaría. Hazlo esta misma noche.


Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí

viernes, 24 de abril de 2026

BIBLIOTECA UNIVERSAL DE MISTERIO Y TERROR (nº 5)

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

A mediados de febrero un lector del blog me pidió que comentara el libro número cinco, concretamente el cinco, de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror, si es que lo tenía. Comenté tres de estos libros en los inicios del blog y no había vuelto a acordarme de ellos. Una larga serie de reformas en casa y alteración de las rutinas me hizo tener que cambiar de sitio muchas cosas, y hay todavía muchas cosas que no tengo localizadas. La petición de este lector me hizo ponerme a buscar los libros que me quedaban por reseñar de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Todavía me faltan unos cuantos por comentar y, efectivamente, entre ellos está el número cinco, que es el que vamos a ver hoy.

También aproveché para indagar sobre el motivo de este interés por ese número en particular, si había algo que lo hiciera destacar de los demás. Siempre existe la posibilidad de que fuera algún número que el lector tuviera en su momento y lo recordara con especial cariño. Pero el caso es que busqué en internet si había alguna historia en particular o algo raro relacionado con el número cinco de esta colección, y descubrí que, aproximadamente un mes antes de recibir esta petición, el youtuber Dross Rotzank había publicado un vídeo titulado Querido Dross; el medallón maldito en el que hablaba precisamente de este número. 

Por lo que dicen en el vídeo, este número se vendió acompañado de un amuleto extraño cuyo diseño un particular hizo llegar a la editorial junto con una gran cantidad de dinero, y el encargo de que entregaran uno gratuitamente junto con cada ejemplar del siguiente número. Comento esto solamente como curiosidad, porque no sabía nada del asunto hasta que vi el vídeo. Podéis buscarlo en YouTube y darle un vistazo si queréis profundizar en el tema. Aquí nos vamos a ceñir a comentar el libro en sí, el número cinco de la colección, y a hablar de las historias que contiene. Curiosamente (o quizá no tanto) la primera de ellas trata precisamente sobre un amuleto maldito.


El rubí de los siete anillos (por José León Cano). A mediados de la década de mil novecientos cincuenta, durante la demolición de un antiguo manicomio situado en las afueras de Londres, una excavadora desentierra un pequeño cofre metálico oxidado. Dentro del cofre había un cuaderno de tapas desgastadas pero perfectamente legible y una hoja doblada varias veces que mostraba el dibujo de una joya. La ilustración representaba un rubí rodeado por siete círculos concéntricos plateados que parecían grabados con símbolos sin sentido aparente.

El cuaderno contiene el diario de un interno del manicomio en el que relata su vida anterior al internamiento. Estaba casado con Katherine, una mujer de belleza excepcional, delicada y de rasgos aristocráticos. Habían sido felices durante cuatro años, aunque ella parecía incapaz de concebir hijos. Poco antes del cumpleaños de su esposa, tras una discusión trivial, él salió de casa enfadado, pero se arrepintió enseguida. Mientras regresaba, entró en una tienda de antigüedades que posteriormente nunca volvió a encontrar. Allí, un anciano le ofreció por un precio muy asequible un anillo extraño, el que se mostraba en el dibujo. El hombre lo compró y se lo regaló a Katherine, quien decidió llevarlo colgado al cuello, asegurando que nunca se separaría de él. A partir del día siguiente, la personalidad de Katherine cambió de forma radical. Se volvió taciturna, irritable y apática. Poco después quedó embarazada, algo que nunca había ocurrido antes, pero el embarazo se desarrolló de manera anómala: su vientre crecía de forma desproporcionada mientras el resto del cuerpo se consumía. Sufría hemorragias nasales y oculares, su aliento se volvía fétido y su carácter se tornaba violento y paranoico. Su inteligencia parecía deteriorarse con rapidez, como si una enfermedad desconocida la estuviera devorando desde dentro. 

Finalmente, Katherine murió durante el parto, dando a luz a una criatura apenas humana: un ser de cráneo desmesurado, ojos abiertos y hostiles desde el primer instante, y dientes afilados ya formados. El padre fue incapaz de aceptarlo. El cuidado del recién nacido recayó en Lucille, la hermana del narrador, que se mudó a la casa para ayudar. El bebé creció con rapidez anormal y desarrolló una marcada preferencia por la carne. Sus extremidades eran fuertes desde el principio, y su comportamiento cada vez más inquietante.

Una noche, mientras el narrador estaba absorto en sus pensamientos, escuchó un grito procedente del dormitorio de su hermana. Al llegar, la encontró brutalmente mutilada, muerta sobre la cama, desgarrada por uñas y dientes. La criatura estaba sobre ella, devorándola. Al ser descubierto, el pequeño monstruo huyó, saltó por una ventana y escapó a la calle. El narrador apenas pudo seguirlo lo suficiente para verlo levantar una tapa de alcantarilla y lanzarse a las cloacas. El texto del cuaderno termina con una última revelación: cuando él ya estaba detenido, acusado por la muerte de su hermana y la desaparición de su hijo, alguien profanó la tumba de Katherine y robó el anillo que ella llevaba al cuello.

Los últimos de Yiddi (Daniel Tubau). He de admitir que este no lo he entendido. Tras leerlo dos veces con atención, no puedo decir gran cosa sobre él. Está escrito en forma de páginas de diario y de cartas intercambiadas por tres personajes: Robert, Arthur y Frank.

Los personajes se hablan unos a otros de una casa, una mansión abandonada en la que vivieron algunas aventuras de niños. Era la típica casa que utilizaban como lugar de reunión para jugar, hasta que, en una ocasión, la hermana de Arthur apareció muerta allí. Esto le causó un trauma del que ha tardado mucho en recuperarse, habiendo llegado incluso a estar internado en un psiquiátrico durante varios años. A la salida de ese psiquiátrico, se reúne con sus amigos en la casa de uno de ellos. 

Allí, hojeando casualmente algún libro de su biblioteca, encuentra uno titulado Los últimos de Yiddi, que habla de una especie de dios ancestral al que otros dioses hundieron en un pantano para deshacerse de él. Pero una profecía anuncia que regresará y se alzará del pantano para guiar a su culto en una guerra contra los dioses que trataron de eliminarlo. A esto se unen unas referencias a la enorme longevidad del propietario original de varios de los volúmenes de esa biblioteca. Atendiendo a las notas fechadas que dejó en ellos, debió llegar a vivir unos trescientos años. Es un antepasado del actual dueño de la casa, que es Robert, y de hecho no hay constancia de su muerte, solamente de su desaparición. Hay un momento en el que Arthur se da cuenta de que el libro Los últimos de Yiddi, que él comprende perfectamente, está escrito en un idioma que nadie más entiende. Solo cuando es consciente de esto se percata de que el libro no está en inglés, como le había parecido en todo momento. Él simplemente lo había tomado al azar de las estanterías y, al abrirlo, había entendido perfectamente todo cuanto ponía. Pero hasta que no lo piensa de forma consciente no se da cuenta de que el lenguaje que utiliza no es el inglés ni ninguno que él conozca.

Hay un momento en el que, para exorcizar sus demonios y también como una forma de revivir los viejos tiempos, Robert y Arthur van a esa mansión abandonada en la que jugaban de pequeños. El lugar está convertido en un auténtico estercolero y encuentran una trampilla que conduce a un sótano. En este, Arthur tiene una visión del cuerpo putrefacto e hinchado de su hermana, pero Robert, que estaba junto a él cuando Arthur ve esto, no observa nada particular aparte de la suciedad que lo llena todo. Arthur se obsesiona a partir de ese momento con el libro Los últimos de Yiddi y empieza a transcribirlo. Va anotando en inglés todo lo que él lee en ese otro idioma que nadie más entiende, para que más gente tenga acceso a él.

La historia termina con una carta escrita por Robert a la Universidad de Miskatonic, en la que cuenta cómo los tres regresan a la mansión abandonada porque creen que allí van a encontrar a Broderick Chambers, el antepasado de Robert que fue el propietario de los libros y que todo apunta a que era un miembro del culto a Yiddi. Cuando descienden al sótano, son atacados por una criatura envuelta en una túnica, que tampoco me quedó claro qué se supone que era. Arthur, aparentemente, es poseído por alguna entidad. Frank, dándose cuenta de esto, salta sobre él con una daga y lo apuñala, mientras Robert huye despavorido del sótano y atranca la trampilla tras él dejando a Frank y Arthur encerrados allí con la criatura. Escribe esta última carta y se la entrega a un criado para que la lleve a la Universidad de Miskatonic. A continuación, prende fuego a su propia mansión y se queda dentro de ésta para arder junto con ella, según dice, para impedir que los secretos que guarda caigan en manos de los seres que habitaban el sótano de la mansión abandonada. 

Es una historia a la que le veo la intención, pero no el sentido. Intenta ser algo al estilo Lovecraft, con referencias como la Universidad de Miskatonic o el libro que habla de la pervivencia de dioses y cultos antiguos, y trata de imitar un poco su estilo, pero no termina de cuajar. Yo, al menos, no le he visto el sentido.

El maletín gris (P. Martín de Cáceres). Esta historia nos habla de Marcela, que está viajando en tren en un vagón en el que hay solamente otro viajero. Se trata de un caballero extremadamente educado que, al poco de haber salido el tren de la estación, se levanta para ir al bar a tomar un café.

Marcela se queda en el vagón y toma de la bandeja portaequipajes elevada un maletín gris que cree que es el suyo, pero en realidad es el del otro pasajero. La casualidad ha querido que ambas maletas sean prácticamente idénticas en tamaño y color, y Marcela toma la del otro pasajero sin darse cuenta. Al abrirla, puesto que esta no está cerrada con llave, ve que contiene una cabeza y una mano humanas. Ambas partes están ensangrentadas, como si hubiesen sido cortadas muy recientemente. Aterrada, devuelve la maleta a su sitio, justo a tiempo, porque segundos después el hombre regresa al vagón. Marcela trata de fingir normalidad ante el hombre, que aparentemente es un asesino, pero tiene el cuerpo descompuesto por la visión de la cabeza y la mano ensangrentadas, y tiene que abandonar el compartimento para ir al baño a vomitar.

Cuando sale de este, trata de contarle lo que ha visto a un revisor, pero el hombre del maletín gris ha aprovechado su ausencia para hablar con el revisor y con la gente de los compartimentos vecinos, indicándoles que Marcela es su sobrina y que está viajando con ella porque la pobre sufre alucinaciones y necesita atención continua. Las nerviosas y apresuradas explicaciones que da Marcela a partir de ese momento a todo el que encuentra son tomadas por delirios, y nadie le hace caso. Además, el hombre no le quita el ojo de encima. Con la excusa de que es su tío, la acompaña allá donde va, manteniéndose cerca de ella todo el tiempo. Y, además, tiene una gran facilidad para convencer a la gente, y nadie duda de sus palabras.

Llega un momento en que Marcela, ante la aparente indiferencia de la gente y la continua vigilancia del hombre, tiene un colapso y se desmaya. Cuando despierta, está en uno de los vagones de cola del tren. El hombre del maletín gris ha convencido al revisor para que le ceda alguno de los vagones vacíos, para que su supuesta sobrina pueda reposar con más calma. Allí, con total tranquilidad, espera a que despierte para estrangularla, de forma que esta sea consciente de que va a morir. La historia termina con el hombre abandonando el tren en una estación. Sus maletas pesan más que antes, y se nos da a entender que en una de ellas lleva el cuerpo decapitado y sin manos de Marcela, mientras que en su pequeño maletín de mano están su cabeza y sus manos, que sustituyen aquellas con las que subió al tren.

Todo el peso de la historia recae en la indefensión de Marcela, en su imposibilidad de demostrar lo que sabe y en la facilidad con la que el hombre del maletín gris manipula a todos los presentes. En el momento en que Marcela pierde su credibilidad ante los demás, pierde también el control de su destino. El tren sigue su ruta, la vida continúa para todos excepto para ella, y el asesino se marcha sin oposición ni castigo, pasando desapercibido entre la multitud. Este es probablemente el relato más sólido del conjunto. No hay elemento sobrenatural sino que el terror proviene de la impotencia social que nos provocan esas situaciones en que sabemos que tenemos razón y pese a ello nadie nos cree. El asesino es educado, convincente y con un aspecto lo bastante común como para que la gente no lo recuerde bien pasado un tiempo. Es una situación un tanto forzada pero verosímil y por eso es especialmente inquietante.

Valentine (Alexander Demarest). El narrador, cuyo nombre no se nos revela, empieza hablándonos del profundo respeto que siente hacia los muertos. Una vez estos han sido enterrados, su respeto es tal que considera que una persona que visite un cementerio está profanando a los muertos ahí enterrados por el hecho de estar andando sobre la tierra que los cubre, y que el sonido de sus pasos o sus voces, rezos o llantos supone una terrible molestia para estos.

De ahí pasa a hablarnos de una pareja de amigos suyos, Gustav y Valentine. Aunque son una pareja joven y saludable, Valentine se ve aquejada de una repentina enfermedad que la lleva a la tumba en un plazo relativamente corto. Su cuerpo se consume muy rápidamente y no puede hacerse nada por ella. El narrador hace notar que lo que más le altera del rápido decaimiento de Valentine es que en ningún momento pierde el apetito, sino que este parece incluso aumentar, devorando cantidades enormes de alimento, desproporcionadas para alguien de su tamaño y nula actividad física. También indica que sus ojos aparecen hundidos, sus dientes afilados y parece estar perdiendo la cordura como efecto de la enfermedad, volviéndose por momentos más desagradable y violenta pese a sus escasas fuerzas. La muerte de la joven es especialmente horrenda. No es una muerte tranquila en su cama, sino que empieza a retorcerse, a gritar y finalmente vomita una masa espumosa llena de gusanos, acompañada de un hedor nauseabundo, como si su cuerpo ya estuviese pudriéndose por dentro antes incluso de que la vida la abandonase.

Pasan algunas semanas en las que Gustav se hunde cada vez más en la depresión y también en la obsesión. Por algún motivo piensa que Valentine sigue viva en su tumba, o al menos parcialmente viva. No puede quitarse esa idea de la cabeza y le transmite sus temores al narrador. Su convicción a este respecto es tal que no se atreve ni tan solo a visitar su tumba en el cementerio e incluso quiere abandonar el país para estar lo más lejos posible de su sepulcro. Aun así, por el amor que en su momento llegó a sentir por ella, cree que tiene el deber de visitarla al menos una vez en el cementerio antes de alejarse definitivamente, y le pide al narrador que lo acompañe porque no se siente con ánimos de ir él solo. 

Van al cementerio, y cuando están frente a la tumba Gustav empieza a gritar que está viendo su mano saliendo de la tierra. Por más que mira, el narrador no ve nada parecido y, sin embargo, siente una repentina vibración bajo sus pies y como si una mano fría con una enorme fuerza le agarrara de un tobillo. Entonces, una forma espectral, la de una Valentine completamente corrupta y enloquecida, brota del suelo frente a ellos. No es algo sólido, sino un espectro que pone en evidencia que el alma de Valentine ha quedado atrapada en su cuerpo y sigue siendo consciente de todo el proceso de putrefacción por el que está pasando, encerrada en la soledad de su tumba.

Ambos hombres huyen despavoridos. De Gustav no llegamos a saber nada más y el narrador nos indica que, para asegurarse de no correr él con el mismo fin, ha dejado en su testamento que tan pronto como muera sea incinerado para que no haya un cuerpo al que su espíritu pueda quedar accidentalmente ligado.

La Galiciana (Pedro Montero). Esta es otra historia con un narrador anónimo. Como me molesta eso de estar repitiendo «el narrador» continuamente, me referiré a él como Pedro, que después de todo es el nombre del autor y es lo que toca en una historia contada en primera persona.

Pedro nos habla de una mujer llamada Ramona, que en el pasado sirvió en casa de sus padres como criada. Esta mujer tenía un hijo que se ahogó en una poza de agua abandonada de los alrededores a la que todo el mundo conocía como «la charca de la Galiciana», precisamente el mismo día que nació Pedro. Rota de dolor, Ramona abandonó su servicio en la casa y se pasó los siguientes doce años yendo a visitar «la charca de la Galiciana» cada día, sentándose en su borde durante horas. Nadie dio especial importancia a esto, entendiendo que esa era su forma de guardarle duelo a su hijo.

Sin embargo, en la época de la que tiene lugar la historia, el trabajo escaseaba. Su marido ganaba muy poco y ella, habiendo abandonado voluntariamente su trabajo, había hecho que la economía familiar se hundiera. Ramona es prácticamente una mendiga: viste con harapos, va descalza de un lado a otro y se mantiene a base de las sobras de comida que la abuela de Pedro todavía le entrega cada día cuando pasa por delante de su casa, en reconocimiento a los años que pasó sirviéndola. Pedro crece angustiado por la imagen de Ramona, puesto que cada vez que pasa cerca de la casa y él está en el exterior, ella se queda mirándolo intensamente. El descubrir que el niño ahogado se llamaba igual que él no hace sino inquietarlo todavía más. 

Aficionado a la lectura de novelas de aventuras como las de Verne y Salgari, Pedro empieza a ver paralelismos entre algo que lee en una de sus novelas y las entregas de comida diarias que su abuela hace a Ramona. Le recuerdan a los sacrificios que los devotos de la diosa Kali efectúan en su honor para aplacar su ira. La forma en la que su abuela sale de la casa para interceptar a Ramona y entregarle su paquete de comida, en lugar de ser Ramona la que se desvíe de su camino hacia «la charca de la Galiciana» para acercarse a la casa y pedirla, hace que Pedro sienta que la comida que se le entrega a Ramona es una ofrenda para que ella no tome alguna otra cosa.

Llega un momento en que Pedro cumple los doce años, la misma edad que tenía el hijo de Ramona cuando se ahogó. A Pedro le intriga que, después de tanto tiempo, la mujer siga yendo a diario a visitar la charca, y decide acercarse él mismo a verla, pese a que le han advertido muchas veces que es un lugar peligroso. Allí observa cómo Ramona toma el paquete de comida que le han entregado, come apenas unas migajas y lanza el resto de los alimentos a la poza. A continuación, ella misma se arroja al agua y comienza a agitarse tratando de mantenerse a flote, como si el lanzarse al agua hubiese sido un arrebato de locura y el impacto y el sumergirse en ella la hubiesen despertado de golpe.

Pedro corre a ayudarla, se lanza al agua y nada hacia ella. Pero cuando está a su lado, Ramona se aferra a su cabeza y lo sumerge hasta ahogarle. Aquí se nos revela que todo el tiempo Pedro ha estado narrando lo ocurrido desde el fondo de la poza, donde su cadáver hace compañía al de Ramona y al de su hijo.

El corazón revelador (Edgar Alan Poe). Ya reseñamos esta historia en una recopilación de relatos de Poe que podéis consultar aquí, así que no vamos a repetirnos. Probablemente la conozcáis como El corazón delator, que es la traducción al español que ha terminado por estandarizarse.

Me bastará con el descanso eterno (Ronnie Foster). Esta última narración es una larga carta escrita por un suicida. En su misiva, dirigida al juez que ordene el levantamiento del cadáver, le indica que se ha suicidado como un acto de bondad hacia la humanidad y advierte que su cadáver debe ser incinerado de inmediato sin que nadie lo toque directamente, y que las cenizas deben ser enterradas a la máxima profundidad posible y en ningún caso esparcidas al aire o arrojadas a una corriente de agua.

Es otro narrador anónimo, al que vamos a llamar Foster por referirnos a él de algún modo. Foster nos cuenta que estaba atravesando un momento difícil a causa de una ruptura con su novia y que, para alejarse una temporada del ambiente de la ciudad que le recordaba a ella, se fue a vivir con su tío Isaac. Este residía en un bosque de montaña, un lugar sin caminos claros y de difícil acceso, que había escogido precisamente por su aislamiento. Tras un duro viaje por una carretera sin asfaltar, llena de baches y carente totalmente de indicaciones, llega hasta la casa de su tío, que dista mucho de ser una cabañita. Se trata de una casa enorme de dos plantas, con muros de granito, cuya construcción, sin carreteras por las que llevar los equipos y materiales necesarios, debe haber sido toda una proeza.

Foster se reúne así con su tío y comprueba que este ha cambiado mucho desde la última vez que lo vio. Ha abandonado su cátedra de Psicología y ahora está centrando sus investigaciones en experimentos con alucinógenos, concretamente el ácido lisérgico. Básicamente se pasa el día fumando marihuana de una cachimba, vestido como un hippie y durmiendo sobre una alfombra llena de almohadones. A eso se ha reducido su vida, pero él insiste en que forma parte de sus importantes investigaciones.

Estas investigaciones se centran en torno a un objeto que le muestra a Foster. Se trata de una pluma de ave que mide cerca de medio metro de largo y tiene la textura y el aspecto irisado del papel de seda. Su tío defiende la teoría de que todas las visiones que una persona tiene cuando alucina debido a las drogas, son en realidad visiones de un mundo real y tangible al que solo es posible tener un limitado acceso mediante el uso de estas sustancias. Cada tipo de droga está relacionada con un mundo concreto, de forma que, dependiendo de si consumes hachís, peyote, ayahuasca, ácido lisérgico o cualquier otra, vas a parar a un mundo diferente y específico. Asegura que la pluma viene de uno de esos mundos; es algo que él se trajo como souvenir de uno de los lugares que visitó en uno de sus éxtasis alucinatorios.

De hecho, la inesperada visita de Foster le da la oportunidad de llevar a cabo la experiencia más allá, ya que para el siguiente paso que pretende dar necesita un ayudante. Va a inyectarse una droga especialmente potente que lo mantendrá en un coma alucinatorio permanente durante cinco días. Antes de hacerlo, se tumba en una camilla y se conecta una serie de electrodos que miden sus constantes vitales. Estos electrodos están unidos a una máquina que, a su vez, está conectada a un sistema de luces y sirenas de alarma repartidos por toda la casa. Si en algún momento sus constantes vitales bajan de cierto nivel que él considera seguro, estas alarmas se dispararán y Foster tendrá que ir rápidamente a inyectarle un antídoto que ya le ha dejado preparado y que le sacará de ese coma alucinatorio profundo. En caso de que las alarmas no suenen, deberá inyectarle el antídoto igualmente pasados cinco días. Hasta entonces, la casa es suya. En las despensas hay provisiones suficientes para más de un mes, por lo que, en ese aspecto, no tendrá problema, y la alarma es lo bastante ruidosa como para despertarle si sus constantes vitales bajan durante la noche. Foster acepta asistirle en este experimento y su tío se sume en su trance de drogas.

Pocas horas después, cuando Foster está ya amodorrado, suena la alarma y él se apresura a ir a inyectarle el antídoto a su tío. Pero cuando entra en su habitación lo ve retorciéndose en la camilla, gritándole a una entidad con la que parece estar luchando, y se queda paralizado por la impresión. Ni siquiera atina a buscar una jeringuilla que llenar con el antídoto para inyectárselo; simplemente se queda observando el cuerpo de su tío mientras este convulsiona y grita de horror hasta morir. El cuerpo, además, parece haber sido alterado. Sus uñas se han vuelto translúcidas como el cristal e igual de duras. Su cabello se desprende al tocarlo y los labios y los dientes se han vuelto negros, mientras que los ojos están completamente blancos, desaparecidas las córneas. Además, el cadáver vibra, algo que él achaca en principio a que está todavía conectado a la máquina que había de medir sus constantes vitales. Tan pronto como la apaga, constata que el cadáver sigue vibrando, como si tuviese algún tipo de energía interna que clamase por ser liberada.

Su primer pensamiento es abandonar inmediatamente la casa, pero poco antes ha estallado una fuerte tormenta que ha vuelto casi impracticables los ya de por sí inseguros caminos de montaña. Así que lo de abandonar la casa esa misma noche queda descartado. Se resigna a pasar unas cuantas horas más ahí. Por supuesto, después de lo que ha visto, no consigue dormir. Y tras algunas horas, con la única compañía de una botella de whisky, comienza a oír ruidos por la casa: ruidos de pasos, de zarpazos, de alguien revolviendo los cacharros de la cocina, como si hubiese entrado un ladrón. Pero la casa está tan aislada que un ladrón es probablemente la última de las opciones. Foster se arma con un tubo de hierro que encuentra por ahí y busca al supuesto intruso… que técnicamente no lo es, ya que siempre ha estado dentro de la casa: es el cadáver de su tío, al que algún tipo de fuerza parece animar. Pero, al mismo tiempo que avanza hacia él para atacarle, gimotea palabras de aviso, como si la conciencia de su tío estuviese todavía dentro del cadáver y tratara de salvarle. Le dice que no se deje tocar, que bajo ninguna circunstancia se deje tocar por eso en lo que ahora él se ha convertido, porque de lo contrario correrá la misma suerte.

Aterrado, Foster lo golpea con la barra de hierro, notando que el cuerpo es terriblemente blando, hasta el punto de que una parte de él se deshace con cada impacto. Aun así, sigue avanzando. Le atraviesa el pecho con el tubo de hierro y, como tampoco esto lo detiene, le pone las manos en el pecho para empujarlo y echar a correr hasta el coche. Y mientras lucha por ponerlo en marcha, bajo la fuerte tormenta, ve cómo el cuerpo de su tío, aun con la barra atravesándole el pecho, abandona la casa y se interna en el bosque.

Finalmente logra poner el coche en marcha y se aleja dando tumbos por el camino embarrado. Algunos días después empieza a notar que su cuerpo está cambiando. Su cabello se desprende y, en el espejo, ve cómo sus dientes se han vuelto negros. Está sufriendo el mismo proceso por el que pasó su tío, y ya solo le queda una cosa que hacer: prepara una pistola para dispararse a la cabeza con ella y redacta la carta que hemos estado leyendo todo el tiempo, en la cual avisa que nadie debe tocar directamente su cuerpo, pues este es el error que cometió él al colocar sus manos en el pecho de su tío para empujarlo, ya que el mínimo contacto transmite esa condición a una nueva víctima.

Podéis repasar los números anteriores pulsando aquí. Aunque ya os aviso que fueron escritos en una época en la que teníamos mucho menos tiempo para dedicarle al blog y, en consecuencia, las entradas tendían a ser mucho más breves y menos trabajadas de lo que son ahora.

Biblioteca universal de misterio y terror nº1. 1981. Varios autores. Ediciones UVE S.A.

miércoles, 22 de abril de 2026

EL GUERRERO DEL ANTIFAZ (nº 54 a 55) Regreso a España

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, nobles caballeros y damas.

Las fiestas de Moros y Cristianos de Banyeres de Mariola son una de las celebraciones más antiguas de la Comunidad Valenciana. Se celebran por estas fechas en honor a San Jorge, patrón de la villa. La fiesta combina música, pólvora, desfiles y representaciones teatrales. La imagen de San Jorge se traslada desde su ermita a la parroquia, en un desfile en el que participan varios miles de personas. 

No tengo los datos concretos de este año, pero por parte del bando moro suelen desfilar los Moros viejos, los Moros nuevos, los Moros del Rif, los Marroquíes, los Piratas y los Califas. Por parte de los cristianos desfilan los Cristianos, los Estudiantes, los Maseros (campesinos de cultivos de secano) y los Labradores. Hay simulacros de combates y parlamentos dramatizados que recrean la disputa entre moros y cristianos por el control del castillo local. Finalmente, el último día de las fiestas se escenifica la rendición de los moros y su conversión al cristianismo.  

Cada comparsa está a su vez dividida en otras. Esta imagen pertenece a una de las secciones de la comparsa de los Marroquíes, que incluye grupos de mujeres caracterizadas como fauna africana, en este caso antílopes o impalas.  

En cuanto a la historia real que inspira estas fiestas, en Banyeres de Mariola no existe constancia de una gran batalla concreta librada allí en el contexto de la Reconquista, aunque lo más probable es que la hubiera pero no quedara registrada o los registros se perdieran con el paso del tiempo. 

El cercano poblado musulmán de Serrella fue precipitadamente abandonado tras la llegada a la región de las tropas de Jaime I en el siglo XIII. Este abandono carecería de sentido sin un episodio de presión militar o un enfrentamiento, aunque las crónicas que se conservan no describen una batalla. Pese a ello, el castillo pasó a formar parte de la línea defensiva cristiana entre los reinos de Valencia y Castilla. Esta condición de frontera convirtió a la villa en un punto estratégico, con una presencia militar constante durante los siglos posteriores.

Hacia la patria (nº 54). Nos quedamos con el Guerrero luchando a cara descubierta. Acaba de dar muerte a Yeir Kan, el hermano de Alí Kan, el villano principal de la serie. Esto, en realidad, ha sido una mala jugada, puesto que hasta ese momento Alí Kan, desposeído de todo su poder militar, era un invitado en los dominios de su hermano. Pero muerto su hermano, y hasta que el rey de Túnez nombre a otro para que quede al cargo de la región, los hombres de Yeir Kan entienden que quedan temporalmente al servicio de Alí Kan. Al matar al hermano de su peor enemigo, le ha proporcionado a este el mando sobre un ejército enorme. 

Las preocupaciones del Guerrero, sin embargo, son más inmediatas. Está en el extremo de una estrecha pasarela, suspendida sobre un gigantesco caldero de agua hirviendo, y luchando con una sola mano contra los adversarios que avanzan de uno en uno por la pasarela. La otra mano la tiene ocupada sosteniendo la cuerda de la que cuelga uno de sus aliados, el Pirata Negro, que iba a ser hervido vivo en la olla. 

De algún modo, se las apaña para liberar al Pirata Negro, haciéndolo descender con la cuerda hasta la calle, aunque sigue amarrado a esta. A continuación, él mismo se desliza hasta el suelo por la misma cuerda, corta las ataduras del pirata y ambos comienzan a abrirse paso por las atestadas calles de Túnez, espada en mano. 

Osmín y Fernando, que estaban al acecho, se unen a ellos y entre los cuatro logran abrir las puertas de la prisión donde estaban encerrados los pocos hombres que todavía le quedaban al Pirata Negro, entre los cuales está también don Carlos. Este creciente grupo se adentra entonces en el palacio de Yeir Kan para liberar a las mujeres que también retenían prisioneras.

Entretanto, el Guerrero, Fernando y Osmín encuentran la oportunidad de separarse del grupo y capturan a Alí Kan. Aprovechando la confusión del momento y utilizándolo como rehén, fuerzan a sus hombres a que les franqueen el paso hasta el puerto y les entreguen cinco naves ligeras con las que poder regresar a España. A Alí Kan, que ya ha demostrado muchas veces que su palabra no tiene ningún valor, se lo llevan bajo la amenaza de matarlo si sus hombres no colaboran. Haber permitido que maten a su líder dentro de su propia ciudad ya es una falta de la que los soldados de Yeir kan deberán responder ante el rey de Túnez, y no van a arriesgarse a perder también a su sucesor el mismo día.

Una vez todos los prisioneros son embarcados y se han alejado de la costa, el Guerrero comete el error de dejar ir a su rehén en un bote. Alí Kan es recogido por sus hombres, que van siguiendo a los barcos de los cristianos como una manada de lobos tras una presa herida. Sin embargo, los barcos cristianos llevan ventaja y son efectivamente los más ligeros que había en el puerto, por lo que las naves enviadas en su persecución no logran alcanzarles. 

En España, Ana María sigue prisionera en la cueva de la bruja Zimbra, donde la llevó tras raptarla uno de los hombres de Olián disfrazado como el Guerrero del Antifaz. Entre los que salieron a buscarla estaba don Luis, que ha seguido el rastro del falso Guerrero hasta la cueva. Se adentra en esta espada en mano, enfrentándose primero al falso Guerrero, al que logra matar no sin cierta dificultad. 

A continuación, combate contra los lobos amaestrados de Zimbra y también acaba con ellos, pero la bruja aprovecha que el caballero está peleando con los lobos para acercarse por detrás y romperle una vasija de barro en la cabeza, dejándolo inconsciente. Luego vierte una droga en su boca que lo sume en una especie de coma. Podría haber aprovechado para matarlo, pero Zimbra cree que quizá le darán una recompensa adicional por entregarlo vivo. 

En el Peñón donde tiene su fortaleza, Olián se ha rendido al fin a los Reyes Católicos. Firma con ellos el trato habitual que estos ofrecían a los musulmanes en estos casos: la posibilidad de regresar a África en paz, llevándose sus bienes, pero dejando atrás a sus esclavos y prisioneros españoles, todos los cuales quedarían en libertad. Olián acepta y los caballeros se aseguran de que no se lleve a ningún español con ellos. Piensan que Ana María pueda estar en sus manos y se sienten decepcionados al comprobar que no es así, pero cumplen con el trato que han firmado en nombre de sus reyes y los dejan marchar. 

Mientras las mermadas fuerzas de Olián se retiran, un grupo de sus hombres va a la cueva de Zimbra a buscar a Ana María. No la han llevado antes al Peñón porque sabían que los caballeros cristianos lo registrarían para asegurarse de que no había esclavos en él. A Zimbra, que esperaba una generosa recompensa por sus servicios prestados, la matan para que no hable. No nos da ninguna pena. Después de todo, la muerte a manos de sus propios aliados es el fin que merecen todos aquellos que se asocian con asesinos y criminales. 

Los hombres de Olián se llevan a Ana María con ellos. Observan el cuerpo inerte de don Luis. Está sumido en un sueño tan profundo por la droga que le administró Zimbra, que dan por supuesto que está muerto y simplemente lo abandonan allí. En la costa, Olián y sus hombres embarcan en las naves de la flota de la Mujer Pirata, que acudió específicamente a recogerles, y emprenden el camino de regreso a Túnez llevando con ellos a Ana María. 

En poder del capitán Rodolfo (nº 55). Los cinco barcos en los que viajaban el Guerrero, Osmin, Fernando, los pocos piratas que le quedan al Pirata Negro y los prisioneros liberados del Magreb llegan al fin a costas españolas. Pero el regreso a España no trae paz, sino sospechas, dudas y caras largas. Desembarcan en el puerto de Alicante, en el cual sufren el escrutinio de las autoridades locales. La noticia de que el Guerrero ha raptado a Ana María ya ha llegado hasta Alicante y el gobernador de la plaza no sabe a qué atenerse. Por una parte, el Guerrero ha traído con él a Beatriz y a las otras mujeres que habían sido raptadas de sus calles por una partida de piratas. Por otra, ha recibido la noticia de que se le acusa de haber raptado a Ana María. Por la deuda de gratitud que tiene hacia él por rescatar a las mujeres, decide darle crédito y los acoge en la ciudad. 

Poco después, doña Beatriz y su prometido se reúnen con el padre de esta, el conde de Peñaflor. El conde tiene el mismo problema que el gobernador de Alicante. Le está agradecido al Guerrero por haberle devuelto a su hija, pero también ha oído decir que fue él quien raptó a Ana María. La propia doña Beatriz y su prometido confirman que todo ese tiempo él ha estado en África buscando el modo de rescatarles mientras se producía el rapto de Ana María. 

El conde de Peñaflor le ofrece al Guerrero y a sus acompañantes la posibilidad de quedarse en su castillo hasta que todo se aclare, pero el Guerrero quiere partir inmediatamente hacia el condado de Torres para buscar él mismo a Ana María. Fernando y Osmin van con él, y el Pirata Negro no tiene intención de quedarse en España. Vuelve a embarcar inmediatamente, desprovisto de la mayor parte del poder que tuvo en su momento. 

El Guerrero y sus amigos viajan hasta el antiguo Peñón de Olián, ahora en manos de soldados cristianos, para informarse allí sobre su partida. Está convencido de que fue Olián quien organizó el rapto de Ana María y quien se la llevó en realidad. Allí es ásperamente recibido por la guarnición de la plaza, que ha quedado al mando del capitán Rodolfo, el cual tiene una antigua deuda de sangre con el Guerrero. Al principio de la colección se nos reveló que el hermano del capitán Rodolfo fue uno de los soldados cristianos que murieron por la mano del Guerrero cuando este aún creía ser hijo de Alí Kan y luchaba por el bando musulmán. A este rencor totalmente legítimo y entendible se fueron uniendo con el tiempo otros, productos de pequeñas rencillas y desplantes que han acabado por convertir al capitán Rodolfo en uno de sus más acérrimos detractores dentro de las propias fronteras de España.

Cuando llegan a la presencia del capitán Rodolfo, este ni tan solo se molesta en escuchar sus explicaciones sobre su implicación en el rapto de Ana María y ordena a sus hombres detenerlos. Esto los pone en un apuro por partida doble, no solo porque tengan que enfrentarse a ellos, sino porque no pueden matarlos por ser soldados de su mismo bando. Dándose cuenta de que no van a poder salir de esa situación ni peleando ni hablando, el Guerrero y su grupo tratan de huir de la fortaleza.

Aquí tenemos una larga secuencia de combate de cinco páginas (diez, en el formato apaisado original) que en los comics actuales puede no ser gran cosa, pero es mucho para un cómic de la época. Únicamente Osmin logra huir del Peñón, mientras que el Guerrero y Fernando son capturados. Rodolfo aprovecha que los tiene en sus manos para torturarlos a base de puñetazos y latigazos, cuando ya están sólidamente encadenados a los muros. Sin embargo, un noble que está en la fortaleza y que no se nos revela quién es detiene al capitán Rodolfo, haciéndole notar que su comportamiento no es digno de un caballero.

Pasadas algunas horas, Rodolfo está conversando otra vez con el noble. Cada uno insiste en su punto, Rodolfo acusando al Guerrero de haber raptado a Ana María sin tener pruebas de ello, solo porque la noticia (sea cierta o no, eso es lo de menos) apoya lo que ya siente hacia él. Y el noble indicándole que precisamente por no tener pruebas no tiene tampoco motivos para retenerlos ni mucho menos para torturarlos. Ambos acuden juntos a la mazmorra en un intento de aclarar el asunto. Rodolfo se acerca al Guerrero para desenmascararle y en ese momento este le suelta un puñetazo, puesto que ha logrado liberarse de los grilletes. Esto es algo que ya hemos tenido ocasión de ver en números anteriores, y que el Guerrero hace con sorprendente facilidad.

Simultáneamente a este intento de fuga, Osmin, que había logrado escapar del castillo, regresa y trepa por una muralla poco vigilada buscando rescatar a sus compañeros. Aquí termina este segundo número, con el Guerrero enfrentándose ahora a cristianos en lugar de musulmanes, algo que se volvería cada vez más frecuente a lo largo de la colección. 

A modo de reflexión general, debo decir que cuanto más comics de El Guerrero del Antifaz leo, más tengo claro que eso que se ha repetido durante décadas y se sigue diciendo aún hoy en día (que es una colección infantil, simplista y excesivamente nacionalista o partidista) procede, más que de una lectura real, de una expectativa. De un cómic español ambientado en la Reconquista y creado en el contexto histórico y cultural en el que vio la luz, se podría esperar que presentara una visión más sesgada y manipulada del conflicto entre cristianos y musulmanes. 

Sin embargo, cuanto más se avanza en la serie, más se puede ver que eso no se corresponde con lo que realmente aparece en sus páginas. Aquí se nos muestra que en ambos bandos hay héroes y cobardes, nobles y villanos, aliados inesperados y enemigos implacables. El Guerrero encuentra apoyo y oposición indistintamente entre cristianos y musulmanes, y Gago no dudó, ni tan solo en la época de nacionalismo extremo que estaba viviendo, en mostrar injusticias, abusos de poder, traiciones y actos de grandeza y bajeza en cualquiera de los dos lados. Lejos de limitarse a reproducir el típico esquema de “buenos contra malos”, creaba situaciones en las que la moralidad era compleja y donde las motivaciones personales pesaban tanto o más que las identidades colectivas o las órdenes de los lideres a los que cada uno sirviera. 

Hasta que continuemos con los siguientes capítulos, podeis repasar los números anteriores en orden desde el primero pulsando aquí.  

Otras colecciones de Manuel Gago 

Nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz

El Aguilucho

El Guerrero del Antifaz. 1944. Manuel Gago (guion y dibujo). Reeditado en 1972 por Editorial Valenciana S.A.