MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 4 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 4) La maldición de la luna llena

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Un hombre lobo con mal genio y peor aliento siembra la muerte y el terror a lo largo de Europa! ¡No se deje engañar por los titulares sensacionalistas de otro periódico, para eso ya está el nuestro! ¡Extra! ¡Extra! 


Nuestras siguiente historia macabra comienza en Nueva York, donde un hombre empapado por haber estado corriendo bajo la lluvia, y completamente aterrado, llama frenéticamente a la puerta de otro hombre del que espera recibir ayuda. Nuestro hombre asustado es Ralph y su presumible salvador es George. Ralph entra en casa de George sumamente alterado y empieza a contar una historia. Una historia que, en realidad, George ya conoce en buena parte, porque ambos estuvieron presentes cuando aquello comenzó.

Todo ocurrió durante un viaje que hicieron juntos por Europa. Una noche Ralph se rasguñó con un matojo en las afueras del pueblo de Hungría. Después volvieron al hotel en el que se hospedaban y pasaron la noche en una habitación doble. A la mañana siguiente, al bajar a recepción, descubrieron que tanto los huéspedes como el personal estaban muy alterados porque un perro había sido encontrado destrozado en las inmediaciones del hotel. Los dos se extrañaron de que la gente diera tanta importancia a aquello, hasta que alguien les explicó que sospechaban que el responsable había sido un hombre lobo.

En la región crece un arbusto llamado matalobos. Y según la leyenda, si alguien siquiera la toca corre el riesgo de convertirse en hombre lobo durante las noches de luna llena.

Hoy en día los hombres lobo se presentan como si la licantropía fuera un superpoder. Los hombres lobo pueden cambiar a voluntad y mantienen la conciencia y el autocontrol, con lo que pierden toda la carga trágica que representa la maldición de la licantropía. En la época en que se hizo este comic, en la que los hombres lobo todavía eran similares a la leyenda original, una de las cosas que se decía de ellos es que ni podían controlar lo que hacían estando transformados ni lo recordaban después. Y efectivamente Ralph no recordaba haber salido de la habitación esa noche o haber atacado a un perro. Aun así comprobó su ropas y descubrió que en su abrigo habría manchas de sangre y gruesos pelos que podrían ser de perro pegados a estas. Esto le hizo empezar a sospechar que realmente pudiera haberse convertido en hombre lobo, aunque se negaba a creerlo.

El viaje continuó y, de camino a Londres, tuvieron que hacer un alto en París. Esa parada coincidió con otra noche de luna llena. Al día siguiente Ralph leyó en un periódico que una mujer ha sido salvajemente asesinada y destrozada como por un animal y que quien lo hizo se llevó, quizá como trofeo, uno de sus zapatos de tacón. Y al buscar entre sus pertenencias, Ralph encontró escondido entre su propia ropa un zapato de tacón manchado de sangre.

La siguiente parada de su viaje fue en el puerto de Le Havre, desde donde debían tomar un barco hasta Londres, y de allí otro a Estados Unidos. Mientras esperaban el trasatlántico tuvo lugar otra luna llena, durante la cual el botones de su hotel fue asesinado y destrozado. Y de nuevo, al buscar entre sus ropas, encontró un gorro de botones ensangrentado.  

Ralph le cuenta todo esto a George, porque esa misma noche volverá a haber luna llena, y está desesperado, sin saber que hacer. Su amigo le tranquiliza. Le dice que la licantropía es un fenómeno puramente psicológico, que nadie se transforma de verdad en un hombre lobo, que todo eso son habladurías. Que en realidad se trata de una especie de trastorno mental.  Y que la prueba de ello es que en ese mismo momento ya ha salido la luna llena y si Ralph fuese un hombre lobo, debería estar sintiendo algo extraño. Debería estar transformándose ante sus ojos.

Ralph reflexiona. Efectivamente, puede ver la luna llena a través de los grandes ventanales de la casa de George y no siente que se esté transformando en hombre lobo. Está casi convencido de que todo ha sido mera sugestión inducida por las leyendas y supersticiones de Hungría, su casual rasguño con una planta cualquiera, las muertes por donde pasaban que podrían ser simples coincidencias, cuando cae en la cuenta de otra cosa: los objetos. ¿Cómo explicar los objetos de las personas asesinadas que ha ido encontrando entre sus pertenencias? 

Pero también George tiene una respuesta para eso. Le dice que esos objetos no demuestran necesariamente que él haya matado a nadie. Podría ser perfectamente que alguien cercano a él, alguien que compartiera habitación con él o que supiera dónde se hospedaba, hubiese estado escondiendo esos objetos entre sus pertenencias para incriminarlo o para desviar la atención. Y sí, la explicación es razonable... excepto por un pequeño detalle.

La única persona con la que Ralph compartió habitación durante todo el viaje fue precisamente George. ¡También él debió rasguñarse con esa planta y fue él quien estuvo transformándose en hombre lobo, matando a esa gente y escondiendo los trofeos entre las cosas de Ralph para poder echarle las culpas si alguien sospechaba de él! 

Y ahora que Ralph lo sabe, y con la luna llena iniciando al fin su transformación, George ya no tiene mas remedio que matar a su amigo...

¡Ah! ¡Inesperado! ¿O quizá no tanto? En cualquier caso, nos veremos mañana para la siguiente historia titulada... La mano del maestro.  

Puedes repasar las Historias de la Cripta desde la primera pulsando aquí.

Curse of the full moon! 1950. Johnny Craig (guion y dibujo) Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.

TODOS MIS MONSTRUOS (nº 7) La familia horrible

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

La familia horrible es el séptimo libro de Todos mis monstruos, una colección que comenzamos a reseñar hace algunos años, pero nos dejamos a medias. 

Quizá es la proximidad de Halloween lo que ha hecho que la recuerde, y esta parece una buena época para retomarla y quizá terminarla. Al final de este artículo hay un enlace al primer título de la saga, por si queréis refrescaros la memoria con los libros anteriores antes de pasar a este.

La historia comienza con los monstruos del Tren del Terror abandonando la feria. Sabemos que van en busca de algo, pero no de qué. Es, además, algo que no pueden contar a Max, porque están convencidos de que este se enfadaría mucho con ellos si se enterara de lo ocurrido. Max, por su parte, está ajeno a todo esto, haciendo su vida normal, lo que en su caso es ser atormentado por su hermana mayor, Dola, a la que divierte mucho burlarse de él y ponerlo en ridículo. Y también acumular castigos que le imponen sus padres por quejarse de su propia hermana o enfadarse por las gamberradas de esta.

Buscando alivio de la presión familiar que siente en casa, Max va hasta la Feria Abandonada de los Monstruos y los busca dentro de la atracción del tren fantasma, pero lo encuentra abandonado. Frustrado, regresa a casa y por el camino oye un ruido extraño dentro de un contenedor de basura. Al mirar en su interior, se encuentra con un perrito callejero de color negro, con la cara y el pecho blancos, y se encariña de él de inmediato. Se lo lleva a casa y, para su sorpresa, toda su familia lo acepta. Con mayor o menor entusiasmo, pero lo acepta. Max decide ponerle de nombre Drácula, pues su cara blanca, combinada con el resto del cuerpo negro, le recuerda a la pálida tez del vampiro y su impecable levita negra. Además, los colmillos del perro son extraordinariamente largos y le recuerdan a los de un vampiro.

La incorporación de Drácula a la familia no es la única novedad que van a tener, ya que poco después llaman a la puerta y unos nuevos vecinos que han llegado al edificio se presentan. Se trata de una familia compuesta por Óscar y Lili Fitz y sus hijos, un chico y una chica llamados, respectivamente, Óscar y Lili, como sus padres. ¡Bien, al menos con unos vecinos como estos solo necesitas recordar dos nombres en lugar de cuatro! Los Fitz son una especie de familia Addams. Secos, enjutos, siniestros, con un aspecto de no ser totalmente humanos y ropa de aspecto fúnebre, como si estuviesen perpetuamente de entierro. Todos sonríen, pero son sonrisas que se sienten forzadas, como parte de una fachada.

Al tercer intento de encontrar a sus monstruos en la caseta de la feria, finalmente da con ellos y les pide explicaciones sobre su ausencia. Estos se muestran muy desagradables y se niegan a contarle nada. Mombo, la momia, incluso amenaza con pudrirle la nariz con su poder de mal de ojo, mientras que Amadeo, el licántropo, afirma querer comerse al perrito, que Max ha llevado con él. Prácticamente lo echan a patadas de su caseta, algo que no es la primera vez que pasa, por cierto.

Por si esto fuera poco, y pese a que su presentación fue muy amigable, la señora Fitz empieza a quejarse todos los días de que el perro de Max se mea en la puerta de su casa, aunque Max sabe que esto no es cierto porque es él quien lo saca a pasear y está todo el tiempo con él mientras el perro está fuera de casa. Pese a ello, la señora Fitz insiste en que el perro es el responsable de los charcos de orina que aparecen en su puerta y amenaza con decírselo al administrador del edificio para obligarles a deshacerse del perro. También envía a sus hijos a jugar con Max, pero estos no se muestran emocionados ni interesados por nada y se limitan a estar quietos y sentados en la habitación de Max hasta que consideran que ya ha pasado tiempo suficiente y vuelven a su casa.

Max recibe una llamada de un circo para contratar los servicios de la agencia de alquiler de monstruos que ha montado. Aunque está disgustado con ellos por el trato recibido, Max acude nuevamente a la feria para comunicarles el encargo. Solo encuentra a Nesina. El resto está ausente y, al verse sola y ante la insistencia de Max, Nesina admite qué es lo que está ocurriendo estos días. A Piecete le salieron tres callos y esto hizo que los demás se burlaran tanto de él que se enfadó y se marchó. Los últimos días han estado ausentes y esquivos porque se están dedicando a buscarlo sistemáticamente por toda la ciudad.

Cuando consigue reunir a los monstruos y los acompaña al circo, el hombre que los recibe, Rastelli, les dice que deben hacer una actuación para cubrir uno de los números porque la estrella de este, un perrito malabarista, ha desaparecido. Cuando empieza a describirles al perro, Max se da cuenta de que está hablando de Drácula. Entristecido por quedarse sin él, pero alegre por haber encontrado a su dueño, Max va a buscar a Drácula y se entrega a Rastelli, pero claramente el perrito no quiere ir con él, incluso reacciona asustado al verlo. Rastelli, además, cancela inmediatamente el contrato que iba a hacerle a los monstruos porque ya no los necesita al haber recuperado a la estrella de su espectáculo y los echa de malas maneras del circo.

Max y Dola acuden a ver el espectáculo circense al día siguiente para comprobar en qué consiste el número de Drácula, al que siguen sintiendo como su perro. Y lo que ven es a Rastelli obligándole a hacer trucos a base de golpes y patadas, que el animal lleva a cabo simplemente por miedo al castigo. Max va a buscar a los monstruos para llevarlos hasta el circo y darle una lección a Rastelli, pero de nuevo estos están ausentes buscando a Piecete. El único que queda en la feria en ese momento es Cervi, el Cerbero, pero con este le basta. Acompañado del feroz perro de tres cabezas, Max regresa al circo y obliga a Rastelli a que le devuelva a Drácula. Este, además, revela que el perro no es suyo, que vio a un mendigo que tenía al perro y que, cuando el mendigo tocaba un violín, el perro bailaba, y se lo robó para utilizarlo en el circo. El verdadero dueño de Drácula es en realidad ese mendigo.

Llevamos ya más de dos tercios del libro, así que hay que ir cerrando tramas. Max se encuentra casualmente con un mendigo al día siguiente al volver del colegio. Este toca un acordeón sentado en el suelo junto a una canasta vacía del tamaño que necesitaría un perro pequeño como Drácula. En la canasta hay un letrerito con el nombre Taku. Al regresar a casa, Max llama a Drácula por el nombre de Taku y este reacciona con una gran alegría, dando saltos y corriendo hacia él de una forma que no lo hacía cuando lo llamaba por el nombre de Drácula. Así es como Max comprende que ese es el nombre al cual el perro está acostumbrado a responder, y se lo lleva al mendigo. Drácula/Taku, vuelve así a manos del hombre que realmente lo ha cuidado desde siempre.

El siguiente cabo suelto es el de Piecete. Los monstruos lo han encontrado al fin. Está en un sótano en el que una perrita muy similar a Drácula/Taku, ha dado a luz a un par de cachorros. Piecete ha estado cuidándolos y llevándoles comida y, de hecho, se dedica a ir dando botecitos de un lado a otro del sótano como un soldado montando guardia. Parece ser que Taku ha tenido Takitos y habrá que buscarles casa, pero no podrá ser en la suya porque si los Fitz ya estaban amenazando a sus padres con denunciarles por tener un perro, se volverían locos con dos.

Una noche en la que Max y Dola están solos en casa, llaman a su puerta. Se trata de los hijos de los Fitz, que también se han quedado solos y están temblando de miedo porque hay una tormenta. Les piden pasar a su casa y quedarse hasta que regresen sus padres, y Max se lo permite. Una vez dentro, les confiesan que los supuestos charcos de orina del perro eran cosa suya, para que su madre se quejara del perro y los padres de Max le obligaran a este a deshacerse de él. El motivo es simplemente que a ellos también les gustaría tener un perro y, al ver que un vecino suyo lo tenía y ellos no, buscaron el modo de hacer que Max lo perdiera.

Esto es un tema importante porque hay mucha gente así. Yo considero que la envidia de por si no es mala. Envidiar algo que tiene otra persona (un estilo de vida, una propiedad, un logro, un físico) puede hacer que nos esforcemos más para tratar de obtenerlo nosotros también. Pero hay personas mezquinas que, cuando envidian a otra persona, en lugar de tratar de subir a su nivel, lo que hacen es tratar de bajar a la otra persona al nivel de ellos. Igualarse con ellos a la baja, en lugar de a la alta, y esto es lo que han estado haciendo los hijos de los Fitz; si ellos no pueden tener un perro, intentar que Max tampoco lo tenga.

Aclarado este asunto y tras los lloros y disculpas pertinentes, los pequeños Fitz vuelven a su casa. Max, lógicamente enfadado con los chavales, les retira la palabra durante un mes. Durante ese tiempo visita varias veces al mendigo y a Taku, y le habla de la perrita y los cachorros. El mendigo está dispuesto a hacerse cargo de la perrita también, pero no de los cachorros. Considera que, una vez destetados, ya son lo bastante grandes para separarlos de su madre. Y, al mismo tiempo, cuatro perros son más de los que él puede mantener.

Entonces, Max piensa que este es uno de esos casos en los que un problema resuelve otro. Muestra los cachorros a los hijos de los Fitz y, aunque sus padres no se lo toman nada bien al principio, con un poco de persuasión por parte de los monstruos finalmente convencen a estos para permitir a sus hijos que se queden con uno de los perrillos. Y Max se queda con el otro como sustituto de Drácula.

Está bien, en la línea de los anteriores, pero me parece que esta vez intenta tocar muchos temas a la vez, aunque todos terminan confluyendo: la desaparición de Piecete, las ausencias de los monstruos, la inexplicable hostilidad de estos hacia Max (para la que realmente no tienen ningún motivo), el perrito perdido, los nuevos vecinos, el circo en el que maltratan al perrito, el devolverlo al mendigo, el buscarle casa a la perrita y los cachorros... Me parecen demasiadas tramas, a las que además se les da muchas vueltas para tratarse de un libro infantil que debería ser más directo.

La moraleja que se puede extraer de aquí sobre la envidia me parece interesante, pero no estoy seguro de que el público objetivo al que está dirigido el libro (recomendado de siete a nueve años) esté preparado para entenderla plenamente. Con lo que sí se quedarán es con la idea de que los animales deben ser cuidados y de que maltratarlos está mal, y eso ya es algo.

Puedes repasar esta colección desde el inicio pulsando aquí.

Familie Fürchterlich. 1995. Thomas Brezina (texto) Bernhard Förth (ilustraciones). Todos mis monstruos nº 7. Publicado en 2000 por Círculo de Lectores S.A.

sábado, 3 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 3) El cadáver que nadie conocía

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Terribles noticias! ¡Fuentes fidedignas afirman que la siguiente Historia de la Cripta es francamente decepcionante! ¡Entérese aquí de todos los detalles!

El cadáver que nadie conocía es todavía una historia completamente policíaca. Probablemente se trate de algo que ya tenían listo para el siguiente número de Crime Patrol cuando decidieron cambiar el rumbo de la colección, y la incluyeron igualmente para aprovechar el material, pero desentona mucho con todas las otras. 

Las historias sobre asesinatos no eran raras en Historias de la Cripta, pero tenían un tratamiento diferente; Más centradas en las muertes en sí y en la posterior venganza que estas desencadenaban, que en la investigación. Esta, por contra, comienza con la única víctima ya muerta y toda la historia se centra en averiguar quién lo hizo en un tono totalmente aséptico y carente de la mordacidad y crueldad características de la colección.

Una pareja alquila una habitación de hotel para pasar unos días tranquilos. Sin embargo, la tranquilidad les dura poco. Podríamos decir que termina antes de empezar, porque al abrir el armario de la habitación, un cadáver cae de su interior.

El muerto tiene el rostro machacado, las huellas dactilares quemadas, carece de documentación e incluso se han arrancado las etiquetas de la ropa que podrían indicar dónde fue comprada. El hombre baja inmediatamente a recepción para informar del hallazgo. El detective privado del hotel se hace cargo del caso y comienza a investigar. Sospecha que el cadáver puede estar relacionado con un robo cometido en el hotel. Al inspeccionar la caja fuerte descubre que se encuentra revuelta y que falta una gran cantidad de dinero, por lo que informa a la policía.

Mientras el hombre presta declaración en la comisaría, la mujer permanece en la habitación. Decide abrir la ventana para ventilarla un poco y encuentra oculto en el marco el recibo de una tienda de revelado fotográfico. Lleva el recibo a la tienda y solicita una copia de la fotografía correspondiente. Se la entregan y ella la lleva a su marido. Este, a su vez, la presenta a la policía y esa fotografía termina siendo la prueba que permite detener al culpable, que resulta ser el propio detective del hotel.

No me parece una historia interesante en ningún sentido, pero la idea era reseñar todas las Historias de la Cripta originales, y esta es oficialmente una de ellas. 

Para compensar, la que veremos mañana es la primera en la que apareció un monstruo sobrenatural genuino. Nada más y nada menos que un flamante hombre lobo, cuyo rastro puedes seguir pulsando aquí.

The corpse nobody knew. 1950. Guion no acreditado. Roussos (dibujo) Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.

EL DIABLO SE LLEVA A LOS MUERTOS

 EL ORÁCULO DE LAS VISIONES                                                                                      ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

Presentado por... Pecky.
 

¡Saludos, amigos cinéfagos!

Vamos a repasar, si os parece bien, este clásico del cine de terror italiano ambientado en España, y segunda película de Mario Bava. El título original es Lisa e il diavolo (Lisa y el diablo), pero este es uno de esos casos en los que el título cambiado me parece mejor que el real. 

La protagonista es Lisa, que está en Toledo haciendo turismo. El guía muestra a su grupo un muro decorado con una vieja pintura que representa al diablo. En cuanto lo ve, algo la impulsa a alejarse del grupo e internarse por una callejuela que la lleva hasta la tienda de un restaurador y anticuario. Allí conoce a Leandro (el papel de Telly Savalas), cuyo rostro guarda un asombroso parecido con el del diablo del mural. 

Esta coincidencia la asusta y sale corriendo de la tienda, pero a partir de ese momento es como si hubiese entrado en otro mundo: se pierde por las callejuelas y toda la gente con la que se cruza le parece extraña. Un hombre se le echa encima, al parecer confundiéndola con otra persona, y ella, para deshacerse de él, le da un empujón que lo manda rodando por unas escaleras, al pie de las cuales queda inerte, al parecer muerto. También se encuentra de nuevo con Leandro, con el que mantiene una breve conversación. Él le indica por dónde debe continuar para llegar hasta la plaza en la que se separó del resto del grupo, pero incluso siguiendo esas indicaciones, Lisa se ve incapaz de orientarse. La noche cae sobre ella en esa ciudad para Lisa desconocida y entonces aparece el lujoso coche de un matrimonio, Francis y Sofía Lear, conducido por su chófer George, que la recogen.

La mala suerte de Lisa parece contagiarse a sus salvadores, pues su coche, que ya estaba dando problemas, termina de estropearse poco después, deteniéndose junto a una gran mansión en las afueras de Toledo. Sin posibilidades de llegar hasta un taller mecánico, llaman a la puerta de la mansión y quien les abre es Leandro, vestido de mayordomo. La mansión pertenece a una anciana condesa ciega, a la que no le gustan las visitas, y a su hijo Maximilian, un joven solitario que anhela tenerlas. Maximilian intercede para que su madre acepte acoger en casa a los desconocidos. Finalmente, esta cede ante los ruegos de su hijo, pero con la condición de que no duerman bajo su mismo techo en la mansión. Los visitantes serán alojados en lo que llama la Casa Solitaria, una especie de casa de invitados cercana a la mansión, pero rodeada de tantos templetes y estatuas maltratadas por la intemperie que el lugar parece más un panteón en medio de un cementerio.

La señora condesa parece tener un gusto especial por los maniquíes, puesto que en la casa hay muchos, perfectamente vestidos. Lisa comienza a tener la impresión de estar siendo acechada por uno de ellos. Un segundo acechante, más real, es el propio Maximilian, que estuvo casado y perdidamente enamorado de una mujer llamada Elena que murió años atrás y cree que Lisa es ella, que de algún modo ha vuelto a su lado. También vemos que la señora Lear y su chófer son amantes, algo que es conocido por el marido pero no parece importarle, mientras no hagan nada explícito delante de él. 

Durante la cena, tras las presentaciones, la condesa pregunta por la quinta persona que llegó en el coche. Esto extraña a todos porque, aparte del matrimonio Lear, Lisa y su chófer, nadie más vino con ellos, pero ella insiste en que hay un invitado más en la casa esa noche. Mientras conversan algo se rompe en una de las habitaciones de arriba. Leandro reacciona a ello cortando una porción de pastel y entregándosela a Maximilian, que la sube hasta una habitación vacía y la deja allí, como si se la ofreciera a alguien.

Poco a poco, en forma de sueños y visiones, se nos va revelando todo el drama que rodea a los habitantes de la mansión. Maximilian estuvo muy enamorado de Elena, sí, pero Elena no estaba enamorada de él, sino de otro hombre. Y se nos sugiere que fue Maximilian quien acabó con ambos. De hecho, un flashback nos muestra al verdadero amor de Elena, y es idéntico al maniquí con el que Lisa se topa varias veces. Es un maniquí extraordinariamente realista, hasta el punto de que parece tal cual un cadáver disecado por un taxidermista experto... y quizá lo sea. 

Cuando el chófer anuncia que ya ha reparado el vehículo y los invitados se disponen a irse, Leandro le indica a Lisa que ella no puede marcharse, puesto que Maximilian desea que se quede un poco más con ellos. Esta siente que realmente no puede marcharse, que está atrapada allí, pero no atrapada como una prisionera, sino atrapada por su destino. En realidad, todos lo están, de un modo u otro. El chófer de los Lear aparece apuñalado dentro de su coche y vemos unas tijeras ensangrentadas en la mano de la condesa. Aunque esto no significa necesariamente que lo haya matado ella. Maximilian se niega a avisar a la policía, puesto que eso significaría más gente en su casa y más alboroto, lo cual sería muy perjudicial para la salud de su madre.

El fantasma del amante de Elena (o su maniquí, o simplemente alguien que se le parece, no llega a quedar muy claro) se presenta varias veces ante Lisa, confundiéndola también con Elena y diciéndole que está en peligro, que él está allí para salvarla, hasta que Maximilian lo asesina de nuevo (o por primera vez, quién sabe). Luego nos enteramos de que este hombre se llamaba Carlo y era el segundo marido de la condesa. Por tanto era el padrastro de Maximilian pero a la vez engañaba a la madre de este con Elena, la esposa de su hijo. ¡Al final, este tipo de líos y combinaciones rebuscadas siempre terminan mal! ¡Si de todas las formas de unidad familiar que han existido a lo largo de la historia la llamada familia tradicional es la que terminó imponiéndose de forma natural, por algo será! Maximilian también mata a golpes a la señora Lear, que se negaba a irse de la casa con su marido por no abandonar el cadáver de su amado chófer. El señor Lear aparece igualmente muerto más tarde.

Tanto Maximilian como su madre y e incluso Leandro parecen convencidos de que Lisa es la reencarnación de Elena. De hecho, la propia Lisa termina creyéndolo por momentos y llega a aceptar ese extraño destino que parece haberse trazado para ella. 

Maximilian llega a un punto de quiebre en el que cede por completo a su locura. Narcotiza a Lisa con cloroformo, la acuesta en la misma cama en la que conserva el esqueleto de Elena y, tras desnudarla, le hace el amor mientras ella está todavía dormida, aunque parece tener que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no matarla mientras la ama. 

La película muestra la escena como algo bonito y casi catarquico, pero en realidad es una violación se mire por donde se mire. Al mismo tiempo que esto ocurre, Maximilian oye reírse al esqueleto de Elena, tumbado a su lado. Harto del sinsentido de su propia existencia, Maximilian comienza a arrasar con todo. Destruye una representación perpetua del funeral de Carlo que llevaba mucho tiempo montada en la cripta familiar. Mata a su madre, clavándole en el corazón la púa sujetavelas de un candelabro. A continuación, recorre la casa buscando a Leandro. No sabemos si para matarle también o para pedirle algún tipo de explicación, como si él mismo fuera consciente de que Leandro es en realidad la figura central de todo aquel asunto, el único que no parece alterarse por nada, el único que no parece sorprendido por nada, el único que aparentemente tiene un control absoluto de la situación. 

Buscando a Leandro es como Maximilian llega hasta la sala de banquetes, en la que, en una larga mesa, han sido sentados, como reunidos para tratar un asunto importante, todos los cadáveres de la mansión: el señor y la señora Lear, su chofer, el esqueleto de Elena, y el maniquí de Carlo. Hay un asiento libre para alguien más y, sobre la mesa, una tarta de boda. Al volverse para salir de esa habitación, ve andando hacia él el cadáver de su madre, que parece avanzar hacia la mesa para ocupar el asiento que queda libre. Retrocediendo de espaldas, aterrado por la visión, Maximilian se choca contra una ventana y cae por ella, ensartándose en un hierro. En realidad, el cadáver de su madre nunca volvió a la vida, sino que estaba siendo transportado, rígido y en vertical, por Leandro. La desquiciada mente de Maximilian borró al mayordomo de la escena, viendo solo el cuerpo de su madre.

Horas después, Lisa despierta en la cama donde Maximilian la dejó, desnuda, violada, con lágrimas secas en el rostro y sin tener claro lo que ha ocurrido. A su alrededor, la habitación está destrozada. Ramas de árboles del jardín han entrado por las ventanas y a través de las paredes, como si la casa llevase décadas abandonada y hubiese sido reclamada por la naturaleza. 

Se hace con unas ropas y abandona la mansión, que está en ruinas. Al salir por las puertas del jardín, se encuentra con que estas dan directamente a las calles de Toledo, como si la ciudad hubiese ido creciendo hasta engullir los antiguos terrenos de la mansión. Se encuentra con un grupo de niñas con uniforme escolar que están jugando con una pelota. La pelota rueda hasta los pies de Lisa y, en cuanto esta la recoge para devolvérsela, una de las niñas le grita al resto que no se acerquen a ella, que debe ser un fantasma porque ha salido de esa casa que lleva más de cien años abandonada. Todas las niñas huyen gritando y riendo a la vez, como si fuera algún tipo de broma macabra, pero Lisa se queda con la duda. Después de todo por lo que ha pasado, ella misma no iene claro si lo que ha dicho la niña es simplemente un tonto juego infantil o si ella misma es realmente un fantasma.

Recorre la ciudad hasta encontrar un taxi y le dice que le lleve al aeropuerto. Logra abordar un vuelo justo cuando este se disponía a despegar, pero hasta que no está ya en el aire no se fija en que es aparentemente la única pasajera: todos los otros asientos están vacíos. Comienza a recorrer el avión, que es extraordinariamente largo, irrealmente largo, como un pasillo eterno lleno de asientos vacíos. Finalmente encuentra a alguien: a todos los otros personajes, agrupados y silenciosos, resignados a su destino. Aterrada, Lisa corre hasta la cabina del piloto y, en cuanto la abre, este es, como no podía ser de otra manera, Leandro. Porque, como ya nos anunciaba el título de la película… El Diablo se lleva a los muertos.

La película tiene muchas escenas simbólicas y casi oníricas. Vemos en varias ocasiones cómo la imagen se centra en un reloj roto, como si quisiera indicarnos que los sucesos están teniendo lugar fuera del tiempo. También vemos una botella de vino tinto que se rompe en medio de una conversación sobre historias de terror, dejando en el suelo una mancha roja que asemeja sangre. Y en otra escena Lisa toca una caja de música y vemos seis figuras en ella que se desplazan en círculo: un rey, una reina, un novio, una novia, un campesino y la Muerte. Son los principales personajes del drama. El rey y la reina podrían ser el señor y la señora Lear, el campesino su chófer, el novio y la novia serían Maximilian y Lisa. La Muerte es el quinto invitado al que aludió la condesa.

Al final es una de esas historias sobre un grupo de personas incapaces de aceptar que han muerto, a las que se hace pasar por una especie de purgatorio para que la idea vaya calando poco a poco en sus mentes. Lisa probablemente esté muerta desde antes del inicio de la película. Quizá tuvo un accidente durante ese viaje a Toledo, o es algo que pospuso muchas veces en su vida y cuando murió se quedó con las ganas de hacerlo, y por eso ese es el punto de partida de su pesadilla particular. 

Leandro, más que el Diablo, sería una especie de Caronte, el encargado de recoger a las almas y llevarlas al otro lado. Al final de la película aparece como el piloto del avión en el que todos viajan, y a Caronte se lo representaba como un barquero. En ambos casos, es quien controla el vehículo en el que los muertos son transportados hacia su destino final. 

De hecho, pese a todo ello implica que los personajes ya estaban condenados desde el principio no se siente como un final terrorífico, sino simplemente como lo que tenía que pasar. Hay muchas películas que representan la muerte de este modo, como una persona o grupo de personas a las que le van sucediendo cosas extrañas que pueden parecer inconexas o sin sentido, pero que en realidad son intentos de la Muerte de que acepten que ya no están entre los vivos. Que comprendan o lleguen por sí solos a esa conclusión. 

No sé si este tipo de películas tiene algún nombre o forma algún subgénero en particular. Yo siempre las he llamado películas de purgatorio. Uno de los mayores referentes de este tipo de historias sería El carnaval de las tinieblas (1962). Pero si buscamos ejemplos de películas de purgatorio más conocidas o más recientes, podríamos hablar de El sexto sentido (1999) o Los otros (2001).

Bueno, espero que esta reseña os haya gustado, o al menos entretenido el breve ratito de leerla. Aprovecharemos este octubre para reseñar unas cuantas películas más de terror y trataremos de tocar todos los subgéneros posibles.

Mientras tanto, podéis repasar una película dirigida por el hijo del director de esta (¡así todo queda en familia!) pulsando aquí.

Lisa e il diavolo. 1973. Mario Bava, Giorgio Maulini & Roberto Natale (guion) Mario Bava (director). Telly Savalas, Alessio Orano (Actores principales) Elke Sommer (Actriz ptincipal). Euro America Produzioni Cinematografiche & Leone International & Roxy Film & Tecisa. Editado en DVD en 2007 por Filmax Home Video & Mercury Films.

viernes, 2 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 2) El hombre que era La Muerte

     Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Aquí tenemos la segunda de las Historias de la Cripta originales! ¡Esta comienza con un prólogo intrigante! ¡Vedlo vosotros mismos!

«Salió caminando de la noche, 

sus manos adiestradas en el arte de matar, 

su cerebro un hervidero de destrucción. 

Sus ojos veían la vida 

y su corazón amaba la tumba, 

pues se trataba de El hombre que era La Muerte.»


Esta historia de tan poético inicio es la de Edgar Bowman, verdugo de profesión en una prisión estatal. Es una de esas personas que realmente aman su trabajo. Disfruta ejecutando a los prisioneros. No porque se haga justicia al matarlos, sino por el mero placer sádico de verlos derrumbarse y llorar ante la inminencia de su muerte. Él se justifica diciendo que se lo merecen por los crímenes que cometieron. Y sí, efectivamente, una cosa no quita la otra, pero el verdadero motivo por el que disfruta al ejecutarlos es el hecho de verlos sufrir en sus últimos minutos de vida.

Algo que hay que tener en cuenta de los verdugos es que muchos de ellos no soportan su trabajo. El estar matando a personas una tras otra, siempre con la duda razonable de si el ejecutado pudiera ser inocente, hace que muchos caigan en profundas depresiones. Se han dado casos en que, tras ejecutar a una persona, se descubrió que en realidad era inocente. Y si bien esto no es culpa del verdugo, sigue siendo una carga difícil de soportar.

Pero Bowman es diferente. Le gusta tanto su trabajo que otras prisiones tratan de tentarlo para que se quede a trabajar en ellas. Incluso le invitan a ser él quien ejecute al próximo condenado que tienen en lista de espera. Esto le hace probar varios sistemas de ejecución. Su preferido siempre ha sido la silla eléctrica, pero tiene ocasión de probar también la horca o la cámara de gas. Así, Bowman recorre el país de costa a costa, pulsando botones o accionando palancas con una fría serenidad que hace que no se demore ni un segundo respecto a la hora prevista para cada ejecución.

Pero las leyes y la sociedad cambian, los jueces se vuelven más permisivos, y las condenas a muerte tienden a descender. Tras dos meses y medio sin ejecutar a nadie, Bowman empieza a desesperarse al verse privado de su mayor placer, que es el de dar muerte a la gente. Pero esto no le frena. Está convencido de que su misión en la vida es ejecutar a personas, así que sigue los juicios en los periódicos y, cuando el sospechoso es declarado inocente en un caso en el que todo apuntaba a que iba a recibir la pena máxima, él mismo se encarga de ejecutarlo.

A uno de ellos lo sigue durante varias noches. Observa que, cuando vuelve de trabajar, suele apoyarse en una verja metálica situada en una calle poco transitada. Una noche prepara una trampa, colocando un cable eléctrico alrededor de uno de los barrotes de la verja, y espera al acecho para electrificarla cuando él la toque. El hombre muere electrocutado y Bowman retira rápidamente los cables, marchándose y dejando allí el cadáver.

Dos noches después, otro hombre también declarado inocente se dispone a darse una ducha. Cuando el agua cae sobre él, muere igualmente electrocutado, pues Bowman ha envuelto la tubería de plomo con un cable para electrificar el agua de la vivienda.

Un tercer hombre acusado y absuelto muere cuando un cable eléctrico se desprende misteriosamente de un poste justo cuando pasaba por debajo y le golpea. La policía empieza a ver un patrón detrás de estas muertes. En todos los casos las víctimas habían sido declaradas inocentes en juicios en los que, de haber sido declaradas culpables, se las habría condenado a morir en la silla eléctrica.

Un detective comienza a seguir discretamente a una de estas personas, una mujer que también fue absuelta. Bowman prepara para ella otra trampa eléctrica. Su plan consiste en empujarla a una pequeña balsa de agua electrificada cuando esta cruce un parque por el que suele volver a casa todos los días. Pero cuando se dispone a actuar, la propia electricidad parece traicionarlo. Un relámpago ilumina la noche, permitiendo al detective ver la figura de Bowman al acecho entre unos arbustos. El detective salta de su propio escondrijo y noquea a Bowman de un solo golpe.

Lo último que vemos de él es a los guardias de una prisión llevándolo a la fuerza hacia la silla eléctrica, donde ha sido condenado a morir electrocutado. Y ahora es él quien lloriquea patéticamente y suplica piedad, tal como lo hacían todas aquellas personas a las que tanto le divertía matar.

Personalmente, si bien prefiero las historias con monstruos a las de simples psicópatas humanos, esta me parece interesante porque reúne los tres grandes tópicos que más adelante se convertirían en la marca distintiva de la casa: Un protagonista moralmente corrupto, una obsesión llevada hasta el extremo, y un final irónico en el que el personaje recibe un castigo acorde con el daño que ha estado provocando a los demás. Este último es quizá el punto más importante. En los cómics de Historias de la Cripta, cuando el lector comenzaba una historia, no se preguntaba si el villano sería castigado, sino de qué manera iba a ocurrir esto. La gracia consistía en tratar de predecir cual sería la ironía final. Que Bowman termine siendo descubierto por la luz de un rayo y luego sea ejecutado en la silla eléctrica, llorando exactamente igual que las personas a las que disfrutaba ejecutando, es un cierre clásico.

Puedes repasar otra Historia de la Cripta pulsando aquí.

The man who was death. 1950. Gardner Fox (guion). Dibujo no acreditado. Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.