EL ARCHIVO
Bienvenidos de nuevo al Archivo, investigadores.
Ya hace medio año que se publicó la revista virtual Figuras en Acción nº 33, por lo que no creo que haya ya ningún problema en añadir a mi blog un artículo que escribí para esa revista en su momento. Aprovecho para recordaros que, si alguien no la ha leído todavía, la puede encontrar para descarga gratuita pinchando aquí.
También quiero reconocer que Juan Ángel Serrano Gómez, director de la revista y creador del blog Toys from the past, añadió bastante información a mi artículo que yo desconocía. Las referencias y fotos a las colecciones de Satyr Masters y Dick Tracy, así como algún que otro retoque de estilo por aquí y por allá, son suyas.
Amicable Herculeans (algo así como Hercúleos Amistosos, o, captando mejor el sentido y alejándonos de la traducción literal, Amigotes Fortachones) fue una colección de figuras que, como tantas otras, nació a raíz de la tortugomanía desatada internacionalmente por la aparición de las Tortugas Ninja. Se trata de bootlegs de muy baja calidad: burdamente esculpidos, mal pintados, con piezas que conectan mal entre ellas, pero que, pese a ello (o quizá gracias a ello), tienen un innegable encanto. Su estética de lucha libre encaja con la explosión de figuras de acción masculinas de los primeros años ochenta, como Masters del Universo (1982), WWF Superstars (1984) o M.U.S.C.L.E. (1985), mientras que la serie de Playmates fue lanzada al mercado en 1988. Aunque no hay registros oficiales sobre su año de aparición, lo más probable es que surgieran a inicios de los años noventa, montados en la ola de la tortugomanía en pleno auge, aunque aún conservando la estética de luchador que fue tan popular en años anteriores.
Las figuras de esta colección carecían de nombre y trasfondo: se vendían directamente con la idea de que quienes coleccionaban Tortugas Ninja (o quienes no podían permitírselo pero querían algo parecido) las comprasen. El propio cartón del blíster lo confiesa sin pudor indicando: «Para aquellos tortugomaníacos: por favor conseguid estos accesorios de inmediato para añadir más diversión a vuestra colección». Apela directamente a los fans de los personajes de Eastman y Laird, pidiéndoles que compren estos juguetes como complemento, no como producto autónomo.
Eran figuras baratas y oportunistas, concebidas como «producto de temporada». Fabricadas en China por una empresa que prefirió no incluir su nombre en el blíster —probablemente para evitar demandas—, su precio original era de noventa y nueve centavos. No contaron con márquetin, serie de televisión ni línea de cómics. Como suele ocurrir en estos casos, se vendieron durante un periodo muy breve y fueron desechadas cuando la tortugomanía pasó de moda, ya que su calidad no justificaba conservarlas como parte de una colección «decente». Por eso, hoy en día son mucho más difíciles de encontrar que las figuras que imitaban y, en algunos casos, más valiosas. Los pocos ejemplares que quedan en circulación alcanzan precios de reventa impensables para sus fabricantes. Un Amicable Herculean en su blíster intacto puede valer perfectamente unos setenta euros. Así es el coleccionismo: no se valora tanto la calidad como la rareza.
Se vendían en blísteres que incluían un luchador con aspecto de gánster de los años treinta en decadencia, o de boxeador de barrio bajo. Las cabezas humanas presentaban sombreros, gafas caídas, cicatrices, puntos de sutura, colillas colgando de la boca, parches en el ojo o pañuelos cubriendo el rostro. Como complemento, traían una cabeza adicional que imitaba a las de las Tortugas Ninja (con gafas de sol en lugar de antifaz), que podía sustituir la cabeza humana. A diferencia de las cabezas humanas, todas distintas, las cabezas de tortuga eran idénticas salvo por el color. Esta cabeza adicional venía suelta entre los pies de la figura, sin un espacio específico en el blíster para colocarla.
También incluían un arma cuerpo a cuerpo de aspecto tosco y pesado (hachas, espadas, alfanjes…) y un caparazón de tortuga dividido en dos partes que se podía colocar alrededor del cuerpo. La idea era que el niño pudiera transformar al matón en tortuga mutante cambiando la cabeza y añadiendo el caparazón, o hacer el proceso inverso. La misma figura podía ser héroe (como reptil), villano (como matón humano) o una especie de superhéroe mutante, según la imaginación del niño.
Las seis figuras, sin nombre ni trasfondo de ningún tipo, aparecían en sus blísteres y la trasera del mismo mostraba cómo se realizaba la transformación de los personajes. En el frontal se apreciaba el texto en inglés que comentamos antes, apelando a los fanáticos de las Tortugas Ninja. Las cabezas de tortuga podían ser verdes con las gafas rojas, rojas con gafas verdes, negras con gafas amarillas o azules con gafas negras. Los caparazones eran marrones o verdes.
La calidad era bajísima. Medían entre once y doce centímetros y contaban con cinco puntos de articulación: cabeza, brazos y piernas. Las manos, especialmente, estaban cubiertas de rebabas por un moldeado deficiente. En lugar de plástico duro, estaban hechas de goma rígida, lo que las hacía pesadas para su tamaño. Todo el proyecto apestaba a reciclaje de material sobrante. Las armas reutilizaban moldes de los Galaxy Warriors de Sungold, pero el material era más granuloso y de peor calidad. La pintura era pésima, y en las zonas sin pintar aparecían manchas imposibles de borrar, resultado de usar goma refundida de distintas calidades.
Los cuerpos más comunes y los primeros que estuvieron disponibles son los que yo denomino «gánster barriobajero»: pantalones con tirantes, zapatones y torso desnudo. Sorprendentemente, el color de los pantalones, las botas y los tirantes es propio de cada personaje y parece que no cambia nunca, como el detalle blanco en la pierna izquierda. Tenían un pequeño fallo de diseño, y es que las cabezas alternativas no encajaban perfectamente en los cuellos. Esto resulta bastante antiestético porque deja a la vista parte de la articulación de bola.
Con posterioridad, los cuerpos musculosos con tirantes fueron sustituidos por unos uniformes militares que el fabricante tenía de una colección preexistente llamada The Evil Warriors. Estas figuras son del mismo estilo que los Amicable Herculeans: tienen su misma construcción y las piernas arqueadas, pero ya se ve un deterioro en la calidad de la figura, tanto en el moldeado y el colorido como en el movimiento de las partes de la figura y la terminación de la misma. Son muy fáciles de reconocer porque los cuerpos son monocromáticos, excepto por las manos y las botas.
El blíster mantiene su diseño y su texto, pero deja de incluir la cabeza del reptil. El caparazón sigue presente, aunque con el problema de que, estando diseñado para los cuerpos originales, no encajaba bien en estos otros. En realidad, ni siquiera encajaban bien en los cuerpos para los que fueron pensados.
Existe también la llamada «variante belga». Son figuras más grandes, de mejor calidad, sin rebabas, más definidas y articuladas también en la cintura. Las armas que portaban eran diferentes, esta vez sí netamente ninjas. La cabeza que traían puesta por defecto era la de tortuga, y de hecho no venía ninguna otra de reserva, ni tampoco el caparazón. Iban cubiertos por un karategui de tela que se podía quitar, revelando un cuerpo totalmente humano moldeado con un calzón, un cinturón con una estrella y botas esculpidas. Solo las botas, que eran visibles con el karategui puesto, estaban pintadas. Probablemente estos cuerpos se reaprovecharon de otra línea de wrestling.
Eran una mejora sustancial sobre lo que había, pero el cuerpo se moldeó en plástico color piel blanca caucasiana mientras que las cabezas de tortuga seguían siendo verdes, azules, rojas y negras. El cartón del blíster mostraba una ilustración distinta en la que se veía una tortuga ninja, no un matón. Se eliminó tanto del anverso como del reverso toda referencia a la posibilidad de transformar el personaje, aunque el título de la colección se mantuvo.
Pese a no tener trasfondo, su aspecto es muy característico y evocador. Puede que nacieran para aprovechar el éxito de las Tortugas Ninja, pero tienen un carácter propio que sus creadores les dieron —probablemente sin querer— y no supieron explotar. Ese aire de gánsteres fracasados, o de trabajadores urbanos criados en los suburbios, da para mucho juego. Son figuras nacidas, como sus personajes, en los márgenes del mercado del juguete, que no buscan gustar, sino tan solo reclamar su derecho a existir. Resultan involuntariamente cómicos. Sus muecas grotescas, su intento de parecer duros… están tan exagerados que terminan siendo entrañables. Un producto de temporada que no pretendía más que hacer dinero, destinado a ser olvidado, pero que se negó a desaparecer.
La relación entre TMNT y Amicable Herculeans es evidente ya desde el mismo blíster, y unos esbirros fuertes pueden ser compatibles con muchas series de figuras de acción. Sin embargo, en pocos sitios hemos visto referencias a la colección de Dick Tracy realizada por Playmates en 1990. La pose de los detectives y los gánsteres es prácticamente idéntica a la de las figuras que hoy comentamos, y sus caras tan exageradas pudieron ser una inspiración para estas figuras. Lamentablemente, la serie de Playmates fue muy corta y se olvidó rápidamente, pillando fuera de juego a la fábrica que decidió copiarlas, suponiendo que esta fuera la intención o una de las intenciones originales.
La historia de estos moldes y estas figuras no termina aquí, puesto que la misma empresa, de nuevo, siguió utilizando esos moldes en otra colección aún más extravagante: los Satyr Masters. Suponemos que es la misma empresa por la similitud de los números de referencia de las colecciones: 898 y 898A para Amicable Herculean, 618 para The Devil Warriors y 838 para Satyr Masters. Volviendo a estos últimos, son guerreros con cabezas de animales de todo tipo (a excepción de una momia que anda por ahí) y dos tipos diferentes de cuerpos, uno de los cuales presenta el torso descubierto con los tirantes y su correspondiente pantalón. Lo más destacable son sus nombres, que le dan un mínimo de personalidad a sus creaciones, al contrario de lo que ocurría con las dos líneas anteriores.
Personalmente, los Amicable Herculean me recuerdan a personajes de novelas como Las uvas de la ira o De ratones y hombres, de John Steinbeck: trabajadores marcados por la violencia, la precariedad y la lucha por la dignidad, típicos de la literatura de la Gran Depresión, endurecidos por jornadas interminables de trabajo extenuante, no por repeticiones de gimnasio. Si tuviera que ponerles nombres, serían los de esos personajes: Tom Joad, Jim Casy, George Milton o Lennie Small. Nada de nombres heroicos o amenazantes, sino vulgares.
Y si tuviera que darles un escenario, sería Hell’s Kitchen, la Cocina del Infierno, el antiguo barrio obrero de Manhattan que Sylvester Stallone retrató en Paradise Alley, la única novela que escribió antes de dedicarse a la actuación: un barrio duro, marginal y vibrante, refugio de inmigrantes italianos e irlandeses. Un dédalo de calles estrechas, edificios desgastados, bares oscuros y gimnasios improvisados. Un lugar con sus propias reglas, donde los pocos policías que se dejaban ver eran otra banda más, y la verdadera ley la dictaba cada familia y se basaba en la lealtad callejera. Sin apenas acceso a la educación, los habitantes de estos barrios vivían de lo único que tenían: sus músculos, ya fuera como trabajadores no especializados, mozos de carga, matones o boxeadores.
Estas son figuras que no nacieron para brillar, sino para resistir. No fueron diseñadas para el escaparate, sino para el callejón. Como los personajes de Steinbeck, como los habitantes de Hell’s Kitchen, los Amicable Herculeans no tienen nombres heroicos ni metas gloriosas: tienen cicatrices, rebabas y una dignidad que no se consigue con blísteres llamativos y promociones televisivas. La prueba está en que estamos hablando de ellos mientras que otras colecciones de más calidad y con más márquetin fueron apareciendo y luego siendo olvidadas.
Su existencia es más bien un acto de terquedad que de calidad, una declaración de que incluso lo creado como desechable puede llegar a ser memorable, que incluso lo grotesco puede ser entrañable y que lo anónimo puede tener alma. Son de esos juguetes baratos que los padres compraban a sus hijos cuando no podían permitirse nada mejor, destinados a esos niños que jugaban con lo que les daban, no con lo que querían. A veces, eso basta para que valga la pena conservarlos.
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