EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ávidos lectores.
A mediados de febrero un lector del blog me pidió que comentara el libro número cinco, concretamente el cinco, de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror, si es que lo tenía. Comenté tres de estos libros en los inicios del blog y no había vuelto a acordarme de ellos. Una larga serie de reformas en casa y alteración de las rutinas me hizo tener que cambiar de sitio muchas cosas, y hay todavía muchas cosas que no tengo localizadas. La petición de este lector me hizo ponerme a buscar los libros que me quedaban por reseñar de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Todavía me faltan unos cuantos por comentar y, efectivamente, entre ellos está el número cinco, que es el que vamos a ver hoy.
También aproveché para indagar sobre el motivo de este interés por ese número en particular, si había algo que lo hiciera destacar de los demás. Siempre existe la posibilidad de que fuera algún número que el lector tuviera en su momento y lo recordara con especial cariño. Pero el caso es que busqué en internet si había alguna historia en particular o algo raro relacionado con el número cinco de esta colección, y descubrí que, aproximadamente un mes antes de recibir esta petición, el youtuber Dross Rotzank había publicado un vídeo titulado Querido Dross; el medallón maldito en el que hablaba precisamente de este número.
Por lo que dicen en el vídeo, este número se vendió acompañado de un amuleto extraño cuyo diseño un particular hizo llegar a la editorial junto con una gran cantidad de dinero, y el encargo de que entregaran uno gratuitamente junto con cada ejemplar del siguiente número. Comento esto solamente como curiosidad, porque no sabía nada del asunto hasta que vi el vídeo. Podéis buscarlo en YouTube y darle un vistazo si queréis profundizar en el tema. Aquí nos vamos a ceñir a comentar el libro en sí, el número cinco de la colección, y a hablar de las historias que contiene. Curiosamente (o quizá no tanto) la primera de ellas trata precisamente sobre un amuleto maldito.
El rubí de los siete anillos (por José León Cano). A mediados de la década de mil novecientos cincuenta, durante la demolición de un antiguo manicomio situado en las afueras de Londres, una excavadora desentierra un pequeño cofre metálico oxidado. Dentro del cofre había un cuaderno de tapas desgastadas pero perfectamente legible y una hoja doblada varias veces que mostraba el dibujo de una joya. La ilustración representaba un rubí rodeado por siete círculos concéntricos plateados que parecían grabados con símbolos sin sentido aparente.
El cuaderno contiene el diario de un interno del manicomio en el que relata su vida anterior al internamiento. Estaba casado con Katherine, una mujer de belleza excepcional, delicada y de rasgos aristocráticos. Habían sido felices durante cuatro años, aunque ella parecía incapaz de concebir hijos. Poco antes del cumpleaños de su esposa, tras una discusión trivial, él salió de casa enfadado, pero se arrepintió enseguida. Mientras regresaba, entró en una tienda de antigüedades que posteriormente nunca volvió a encontrar. Allí, un anciano le ofreció por un precio muy asequible un anillo extraño, el que se mostraba en el dibujo. El hombre lo compró y se lo regaló a Katherine, quien decidió llevarlo colgado al cuello, asegurando que nunca se separaría de él. A partir del día siguiente, la personalidad de Katherine cambió de forma radical. Se volvió taciturna, irritable y apática. Poco después quedó embarazada, algo que nunca había ocurrido antes, pero el embarazo se desarrolló de manera anómala: su vientre crecía de forma desproporcionada mientras el resto del cuerpo se consumía. Sufría hemorragias nasales y oculares, su aliento se volvía fétido y su carácter se tornaba violento y paranoico. Su inteligencia parecía deteriorarse con rapidez, como si una enfermedad desconocida la estuviera devorando desde dentro.
Finalmente, Katherine murió durante el parto, dando a luz a una criatura apenas humana: un ser de cráneo desmesurado, ojos abiertos y hostiles desde el primer instante, y dientes afilados ya formados. El padre fue incapaz de aceptarlo. El cuidado del recién nacido recayó en Lucille, la hermana del narrador, que se mudó a la casa para ayudar. El bebé creció con rapidez anormal y desarrolló una marcada preferencia por la carne. Sus extremidades eran fuertes desde el principio, y su comportamiento cada vez más inquietante.
Una noche, mientras el narrador estaba absorto en sus pensamientos, escuchó un grito procedente del dormitorio de su hermana. Al llegar, la encontró brutalmente mutilada, muerta sobre la cama, desgarrada por uñas y dientes. La criatura estaba sobre ella, devorándola. Al ser descubierto, el pequeño monstruo huyó, saltó por una ventana y escapó a la calle. El narrador apenas pudo seguirlo lo suficiente para verlo levantar una tapa de alcantarilla y lanzarse a las cloacas. El texto del cuaderno termina con una última revelación: cuando él ya estaba detenido, acusado por la muerte de su hermana y la desaparición de su hijo, alguien profanó la tumba de Katherine y robó el anillo que ella llevaba al cuello.
Los últimos de Yiddi (Daniel Tubau). He de admitir que este no lo he entendido. Tras leerlo dos veces con atención, no puedo decir gran cosa sobre él. Está escrito en forma de páginas de diario y de cartas intercambiadas por tres personajes: Robert, Arthur y Frank.
Los personajes se hablan unos a otros de una casa, una mansión abandonada en la que vivieron algunas aventuras de niños. Era la típica casa que utilizaban como lugar de reunión para jugar, hasta que, en una ocasión, la hermana de Arthur apareció muerta allí. Esto le causó un trauma del que ha tardado mucho en recuperarse, habiendo llegado incluso a estar internado en un psiquiátrico durante varios años. A la salida de ese psiquiátrico, se reúne con sus amigos en la casa de uno de ellos.
Allí, hojeando casualmente algún libro de su biblioteca, encuentra uno titulado Los últimos de Yiddi, que habla de una especie de dios ancestral al que otros dioses hundieron en un pantano para deshacerse de él. Pero una profecía anuncia que regresará y se alzará del pantano para guiar a su culto en una guerra contra los dioses que trataron de eliminarlo. A esto se unen unas referencias a la enorme longevidad del propietario original de varios de los volúmenes de esa biblioteca. Atendiendo a las notas fechadas que dejó en ellos, debió llegar a vivir unos trescientos años. Es un antepasado del actual dueño de la casa, que es Robert, y de hecho no hay constancia de su muerte, solamente de su desaparición. Hay un momento en el que Arthur se da cuenta de que el libro Los últimos de Yiddi, que él comprende perfectamente, está escrito en un idioma que nadie más entiende. Solo cuando es consciente de esto se percata de que el libro no está en inglés, como le había parecido en todo momento. Él simplemente lo había tomado al azar de las estanterías y, al abrirlo, había entendido perfectamente todo cuanto ponía. Pero hasta que no lo piensa de forma consciente no se da cuenta de que el lenguaje que utiliza no es el inglés ni ninguno que él conozca.
Hay un momento en el que, para exorcizar sus demonios y también como una forma de revivir los viejos tiempos, Robert y Arthur van a esa mansión abandonada en la que jugaban de pequeños. El lugar está convertido en un auténtico estercolero y encuentran una trampilla que conduce a un sótano. En este, Arthur tiene una visión del cuerpo putrefacto e hinchado de su hermana, pero Robert, que estaba junto a él cuando Arthur ve esto, no observa nada particular aparte de la suciedad que lo llena todo. Arthur se obsesiona a partir de ese momento con el libro Los últimos de Yiddi y empieza a transcribirlo. Va anotando en inglés todo lo que él lee en ese otro idioma que nadie más entiende, para que más gente tenga acceso a él.
La historia termina con una carta escrita por Robert a la Universidad de Miskatonic, en la que cuenta cómo los tres regresan a la mansión abandonada porque creen que allí van a encontrar a Broderick Chambers, el antepasado de Robert que fue el propietario de los libros y que todo apunta a que era un miembro del culto a Yiddi. Cuando descienden al sótano, son atacados por una criatura envuelta en una túnica, que tampoco me quedó claro qué se supone que era. Arthur, aparentemente, es poseído por alguna entidad. Frank, dándose cuenta de esto, salta sobre él con una daga y lo apuñala, mientras Robert huye despavorido del sótano y atranca la trampilla tras él dejando a Frank y Arthur encerrados allí con la criatura. Escribe esta última carta y se la entrega a un criado para que la lleve a la Universidad de Miskatonic. A continuación, prende fuego a su propia mansión y se queda dentro de ésta para arder junto con ella, según dice, para impedir que los secretos que guarda caigan en manos de los seres que habitaban el sótano de la mansión abandonada.
Es una historia a la que le veo la intención, pero no el sentido. Intenta ser algo al estilo Lovecraft, con referencias como la Universidad de Miskatonic o el libro que habla de la pervivencia de dioses y cultos antiguos, y trata de imitar un poco su estilo, pero no termina de cuajar. Yo, al menos, no le he visto el sentido.
El maletín gris (P. Martín de Cáceres). Esta historia nos habla de Marcela, que está viajando en tren en un vagón en el que hay solamente otro viajero. Se trata de un caballero extremadamente educado que, al poco de haber salido el tren de la estación, se levanta para ir al bar a tomar un café.
Marcela se queda en el vagón y toma de la bandeja portaequipajes elevada un maletín gris que cree que es el suyo, pero en realidad es el del otro pasajero. La casualidad ha querido que ambas maletas sean prácticamente idénticas en tamaño y color, y Marcela toma la del otro pasajero sin darse cuenta. Al abrirla, puesto que esta no está cerrada con llave, ve que contiene una cabeza y una mano humanas. Ambas partes están ensangrentadas, como si hubiesen sido cortadas muy recientemente. Aterrada, devuelve la maleta a su sitio, justo a tiempo, porque segundos después el hombre regresa al vagón. Marcela trata de fingir normalidad ante el hombre, que aparentemente es un asesino, pero tiene el cuerpo descompuesto por la visión de la cabeza y la mano ensangrentadas, y tiene que abandonar el compartimento para ir al baño a vomitar.
Cuando sale de este, trata de contarle lo que ha visto a un revisor, pero el hombre del maletín gris ha aprovechado su ausencia para hablar con el revisor y con la gente de los compartimentos vecinos, indicándoles que Marcela es su sobrina y que está viajando con ella porque la pobre sufre alucinaciones y necesita atención continua. Las nerviosas y apresuradas explicaciones que da Marcela a partir de ese momento a todo el que encuentra son tomadas por delirios, y nadie le hace caso. Además, el hombre no le quita el ojo de encima. Con la excusa de que es su tío, la acompaña allá donde va, manteniéndose cerca de ella todo el tiempo. Y, además, tiene una gran facilidad para convencer a la gente, y nadie duda de sus palabras.
Llega un momento en que Marcela, ante la aparente indiferencia de la gente y la continua vigilancia del hombre, tiene un colapso y se desmaya. Cuando despierta, está en uno de los vagones de cola del tren. El hombre del maletín gris ha convencido al revisor para que le ceda alguno de los vagones vacíos, para que su supuesta sobrina pueda reposar con más calma. Allí, con total tranquilidad, espera a que despierte para estrangularla, de forma que esta sea consciente de que va a morir. La historia termina con el hombre abandonando el tren en una estación. Sus maletas pesan más que antes, y se nos da a entender que en una de ellas lleva el cuerpo decapitado y sin manos de Marcela, mientras que en su pequeño maletín de mano están su cabeza y sus manos, que sustituyen aquellas con las que subió al tren.
Todo el peso de la historia recae en la indefensión de Marcela, en su imposibilidad de demostrar lo que sabe y en la facilidad con la que el hombre del maletín gris manipula a todos los presentes. En el momento en que Marcela pierde su credibilidad ante los demás, pierde también el control de su destino. El tren sigue su ruta, la vida continúa para todos excepto para ella, y el asesino se marcha sin oposición ni castigo, pasando desapercibido entre la multitud. Este es probablemente el relato más sólido del conjunto. No hay elemento sobrenatural sino que el terror proviene de la impotencia social que nos provocan esas situaciones en que sabemos que tenemos razón y pese a ello nadie nos cree. El asesino es educado, convincente y con un aspecto lo bastante común como para que la gente no lo recuerde bien pasado un tiempo. Es una situación un tanto forzada pero verosímil y por eso es especialmente inquietante.
Valentine (Alexander Demarest). El narrador, cuyo nombre no se nos revela, empieza hablándonos del profundo respeto que siente hacia los muertos. Una vez estos han sido enterrados, su respeto es tal que considera que una persona que visite un cementerio está profanando a los muertos ahí enterrados por el hecho de estar andando sobre la tierra que los cubre, y que el sonido de sus pasos o sus voces, rezos o llantos supone una terrible molestia para estos.
De ahí pasa a hablarnos de una pareja de amigos suyos, Gustav y Valentine. Aunque son una pareja joven y saludable, Valentine se ve aquejada de una repentina enfermedad que la lleva a la tumba en un plazo relativamente corto. Su cuerpo se consume muy rápidamente y no puede hacerse nada por ella. El narrador hace notar que lo que más le altera del rápido decaimiento de Valentine es que en ningún momento pierde el apetito, sino que este parece incluso aumentar, devorando cantidades enormes de alimento, desproporcionadas para alguien de su tamaño y nula actividad física. También indica que sus ojos aparecen hundidos, sus dientes afilados y parece estar perdiendo la cordura como efecto de la enfermedad, volviéndose por momentos más desagradable y violenta pese a sus escasas fuerzas. La muerte de la joven es especialmente horrenda. No es una muerte tranquila en su cama, sino que empieza a retorcerse, a gritar y finalmente vomita una masa espumosa llena de gusanos, acompañada de un hedor nauseabundo, como si su cuerpo ya estuviese pudriéndose por dentro antes incluso de que la vida la abandonase.
Pasan algunas semanas en las que Gustav se hunde cada vez más en la depresión y también en la obsesión. Por algún motivo piensa que Valentine sigue viva en su tumba, o al menos parcialmente viva. No puede quitarse esa idea de la cabeza y le transmite sus temores al narrador. Su convicción a este respecto es tal que no se atreve ni tan solo a visitar su tumba en el cementerio e incluso quiere abandonar el país para estar lo más lejos posible de su sepulcro. Aun así, por el amor que en su momento llegó a sentir por ella, cree que tiene el deber de visitarla al menos una vez en el cementerio antes de alejarse definitivamente, y le pide al narrador que lo acompañe porque no se siente con ánimos de ir él solo.
Van al cementerio, y cuando están frente a la tumba Gustav empieza a gritar que está viendo su mano saliendo de la tierra. Por más que mira, el narrador no ve nada parecido y, sin embargo, siente una repentina vibración bajo sus pies y como si una mano fría con una enorme fuerza le agarrara de un tobillo. Entonces, una forma espectral, la de una Valentine completamente corrupta y enloquecida, brota del suelo frente a ellos. No es algo sólido, sino un espectro que pone en evidencia que el alma de Valentine ha quedado atrapada en su cuerpo y sigue siendo consciente de todo el proceso de putrefacción por el que está pasando, encerrada en la soledad de su tumba.
Ambos hombres huyen despavoridos. De Gustav no llegamos a saber nada más y el narrador nos indica que, para asegurarse de no correr él con el mismo fin, ha dejado en su testamento que tan pronto como muera sea incinerado para que no haya un cuerpo al que su espíritu pueda quedar accidentalmente ligado.
La Galiciana (Pedro Montero). Esta es otra historia con un narrador anónimo. Como me molesta eso de estar repitiendo «el narrador» continuamente, me referiré a él como Pedro, que después de todo es el nombre del autor y es lo que toca en una historia contada en primera persona.
Pedro nos habla de una mujer llamada Ramona, que en el pasado sirvió en casa de sus padres como criada. Esta mujer tenía un hijo que se ahogó en una poza de agua abandonada de los alrededores a la que todo el mundo conocía como «la charca de la Galiciana», precisamente el mismo día que nació Pedro. Rota de dolor, Ramona abandonó su servicio en la casa y se pasó los siguientes doce años yendo a visitar «la charca de la Galiciana» cada día, sentándose en su borde durante horas. Nadie dio especial importancia a esto, entendiendo que esa era su forma de guardarle duelo a su hijo.
Sin embargo, en la época de la que tiene lugar la historia, el trabajo escaseaba. Su marido ganaba muy poco y ella, habiendo abandonado voluntariamente su trabajo, había hecho que la economía familiar se hundiera. Ramona es prácticamente una mendiga: viste con harapos, va descalza de un lado a otro y se mantiene a base de las sobras de comida que la abuela de Pedro todavía le entrega cada día cuando pasa por delante de su casa, en reconocimiento a los años que pasó sirviéndola. Pedro crece angustiado por la imagen de Ramona, puesto que cada vez que pasa cerca de la casa y él está en el exterior, ella se queda mirándolo intensamente. El descubrir que el niño ahogado se llamaba igual que él no hace sino inquietarlo todavía más.
Aficionado a la lectura de novelas de aventuras como las de Verne y Salgari, Pedro empieza a ver paralelismos entre algo que lee en una de sus novelas y las entregas de comida diarias que su abuela hace a Ramona. Le recuerdan a los sacrificios que los devotos de la diosa Kali efectúan en su honor para aplacar su ira. La forma en la que su abuela sale de la casa para interceptar a Ramona y entregarle su paquete de comida, en lugar de ser Ramona la que se desvíe de su camino hacia «la charca de la Galiciana» para acercarse a la casa y pedirla, hace que Pedro sienta que la comida que se le entrega a Ramona es una ofrenda para que ella no tome alguna otra cosa.
Llega un momento en que Pedro cumple los doce años, la misma edad que tenía el hijo de Ramona cuando se ahogó. A Pedro le intriga que, después de tanto tiempo, la mujer siga yendo a diario a visitar la charca, y decide acercarse él mismo a verla, pese a que le han advertido muchas veces que es un lugar peligroso. Allí observa cómo Ramona toma el paquete de comida que le han entregado, come apenas unas migajas y lanza el resto de los alimentos a la poza. A continuación, ella misma se arroja al agua y comienza a agitarse tratando de mantenerse a flote, como si el lanzarse al agua hubiese sido un arrebato de locura y el impacto y el sumergirse en ella la hubiesen despertado de golpe.
Pedro corre a ayudarla, se lanza al agua y nada hacia ella. Pero cuando está a su lado, Ramona se aferra a su cabeza y lo sumerge hasta ahogarle. Aquí se nos revela que todo el tiempo Pedro ha estado narrando lo ocurrido desde el fondo de la poza, donde su cadáver hace compañía al de Ramona y al de su hijo.
El corazón revelador (Edgar Alan Poe). Ya reseñamos esta historia en una recopilación de relatos de Poe que podéis consultar aquí, así que no vamos a repetirnos. Probablemente la conozcáis como El corazón delator, que es la traducción al español que ha terminado por estandarizarse.
Me bastará con el descanso eterno (Ronnie Foster). Esta última narración es una larga carta escrita por un suicida. En su misiva, dirigida al juez que ordene el levantamiento del cadáver, le indica que se ha suicidado como un acto de bondad hacia la humanidad y advierte que su cadáver debe ser incinerado de inmediato sin que nadie lo toque directamente, y que las cenizas deben ser enterradas a la máxima profundidad posible y en ningún caso esparcidas al aire o arrojadas a una corriente de agua.
Es otro narrador anónimo, al que vamos a llamar Foster por referirnos a él de algún modo. Foster nos cuenta que estaba atravesando un momento difícil a causa de una ruptura con su novia y que, para alejarse una temporada del ambiente de la ciudad que le recordaba a ella, se fue a vivir con su tío Isaac. Este residía en un bosque de montaña, un lugar sin caminos claros y de difícil acceso, que había escogido precisamente por su aislamiento. Tras un duro viaje por una carretera sin asfaltar, llena de baches y carente totalmente de indicaciones, llega hasta la casa de su tío, que dista mucho de ser una cabañita. Se trata de una casa enorme de dos plantas, con muros de granito, cuya construcción, sin carreteras por las que llevar los equipos y materiales necesarios, debe haber sido toda una proeza.
Foster se reúne así con su tío y comprueba que este ha cambiado mucho desde la última vez que lo vio. Ha abandonado su cátedra de Psicología y ahora está centrando sus investigaciones en experimentos con alucinógenos, concretamente el ácido lisérgico. Básicamente se pasa el día fumando marihuana de una cachimba, vestido como un hippie y durmiendo sobre una alfombra llena de almohadones. A eso se ha reducido su vida, pero él insiste en que forma parte de sus importantes investigaciones.
Estas investigaciones se centran en torno a un objeto que le muestra a Foster. Se trata de una pluma de ave que mide cerca de medio metro de largo y tiene la textura y el aspecto irisado del papel de seda. Su tío defiende la teoría de que todas las visiones que una persona tiene cuando alucina debido a las drogas, son en realidad visiones de un mundo real y tangible al que solo es posible tener un limitado acceso mediante el uso de estas sustancias. Cada tipo de droga está relacionada con un mundo concreto, de forma que, dependiendo de si consumes hachís, peyote, ayahuasca, ácido lisérgico o cualquier otra, vas a parar a un mundo diferente y específico. Asegura que la pluma viene de uno de esos mundos; es algo que él se trajo como souvenir de uno de los lugares que visitó en uno de sus éxtasis alucinatorios.
De hecho, la inesperada visita de Foster le da la oportunidad de llevar a cabo la experiencia más allá, ya que para el siguiente paso que pretende dar necesita un ayudante. Va a inyectarse una droga especialmente potente que lo mantendrá en un coma alucinatorio permanente durante cinco días. Antes de hacerlo, se tumba en una camilla y se conecta una serie de electrodos que miden sus constantes vitales. Estos electrodos están unidos a una máquina que, a su vez, está conectada a un sistema de luces y sirenas de alarma repartidos por toda la casa. Si en algún momento sus constantes vitales bajan de cierto nivel que él considera seguro, estas alarmas se dispararán y Foster tendrá que ir rápidamente a inyectarle un antídoto que ya le ha dejado preparado y que le sacará de ese coma alucinatorio profundo. En caso de que las alarmas no suenen, deberá inyectarle el antídoto igualmente pasados cinco días. Hasta entonces, la casa es suya. En las despensas hay provisiones suficientes para más de un mes, por lo que, en ese aspecto, no tendrá problema, y la alarma es lo bastante ruidosa como para despertarle si sus constantes vitales bajan durante la noche. Foster acepta asistirle en este experimento y su tío se sume en su trance de drogas.
Pocas horas después, cuando Foster está ya amodorrado, suena la alarma y él se apresura a ir a inyectarle el antídoto a su tío. Pero cuando entra en su habitación lo ve retorciéndose en la camilla, gritándole a una entidad con la que parece estar luchando, y se queda paralizado por la impresión. Ni siquiera atina a buscar una jeringuilla que llenar con el antídoto para inyectárselo; simplemente se queda observando el cuerpo de su tío mientras este convulsiona y grita de horror hasta morir. El cuerpo, además, parece haber sido alterado. Sus uñas se han vuelto translúcidas como el cristal e igual de duras. Su cabello se desprende al tocarlo y los labios y los dientes se han vuelto negros, mientras que los ojos están completamente blancos, desaparecidas las córneas. Además, el cadáver vibra, algo que él achaca en principio a que está todavía conectado a la máquina que había de medir sus constantes vitales. Tan pronto como la apaga, constata que el cadáver sigue vibrando, como si tuviese algún tipo de energía interna que clamase por ser liberada.
Su primer pensamiento es abandonar inmediatamente la casa, pero poco antes ha estallado una fuerte tormenta que ha vuelto casi impracticables los ya de por sí inseguros caminos de montaña. Así que lo de abandonar la casa esa misma noche queda descartado. Se resigna a pasar unas cuantas horas más ahí. Por supuesto, después de lo que ha visto, no consigue dormir. Y tras algunas horas, con la única compañía de una botella de whisky, comienza a oír ruidos por la casa: ruidos de pasos, de zarpazos, de alguien revolviendo los cacharros de la cocina, como si hubiese entrado un ladrón. Pero la casa está tan aislada que un ladrón es probablemente la última de las opciones. Foster se arma con un tubo de hierro que encuentra por ahí y busca al supuesto intruso… que técnicamente no lo es, ya que siempre ha estado dentro de la casa: es el cadáver de su tío, al que algún tipo de fuerza parece animar. Pero, al mismo tiempo que avanza hacia él para atacarle, gimotea palabras de aviso, como si la conciencia de su tío estuviese todavía dentro del cadáver y tratara de salvarle. Le dice que no se deje tocar, que bajo ninguna circunstancia se deje tocar por eso en lo que ahora él se ha convertido, porque de lo contrario correrá la misma suerte.
Aterrado, Foster lo golpea con la barra de hierro, notando que el cuerpo es terriblemente blando, hasta el punto de que una parte de él se deshace con cada impacto. Aun así, sigue avanzando. Le atraviesa el pecho con el tubo de hierro y, como tampoco esto lo detiene, le pone las manos en el pecho para empujarlo y echar a correr hasta el coche. Y mientras lucha por ponerlo en marcha, bajo la fuerte tormenta, ve cómo el cuerpo de su tío, aun con la barra atravesándole el pecho, abandona la casa y se interna en el bosque.
Finalmente logra poner el coche en marcha y se aleja dando tumbos por el camino embarrado. Algunos días después empieza a notar que su cuerpo está cambiando. Su cabello se desprende y, en el espejo, ve cómo sus dientes se han vuelto negros. Está sufriendo el mismo proceso por el que pasó su tío, y ya solo le queda una cosa que hacer: prepara una pistola para dispararse a la cabeza con ella y redacta la carta que hemos estado leyendo todo el tiempo, en la cual avisa que nadie debe tocar directamente su cuerpo, pues este es el error que cometió él al colocar sus manos en el pecho de su tío para empujarlo, ya que el mínimo contacto transmite esa condición a una nueva víctima.
Podéis repasar los números anteriores pulsando aquí. Aunque ya os aviso que fueron escritos en una época en la que teníamos mucho menos tiempo para dedicarle al blog y, en consecuencia, las entradas tendían a ser mucho más breves y menos trabajadas de lo que son ahora.
Biblioteca universal de misterio y terror nº1. 1981. Varios autores. Ediciones UVE S.A.


.png)










