EL ORÁCULO DE LAS VISIONES ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
¡Saludos, amigos cinéfagos!
Los que os pasáis por aquí con cierta frecuencia habéis notado que llevábamos unas dos semanas sin publicar nada. Esto se ha debido a una serie de problemas relacionados con gatos que afortunadamente ya hemos dejado atrás (a los problemas, no a los gatos). Así que vamos a retomar, en lo posible algo parecido a un ritmo normal.
La intención era haber publicado esto ayer aprovechando que era el Día Mundial del Vampiro, para retomar nuestras emisiones a todo el universo precisamente con El vampiro, una película de 1957 que está considerada una de las obras más importantes del cine de terror mexicano. Pero, quizá porque llevaba mucho tiempo sin escribir, la reseña se me fue un poco de las manos y no pude terminarla a tiempo, así que sale hoy.
Un tren llega hasta la estación de Sierra Negra y de él se descarga un gran embalaje de madera. Por las marcas que lleva escritas sabemos que contiene tierra traída desde Hungría. Del tren desciende también una joven llamada Marta, que ha viajado a Sierra Negra con intención de visitar la hacienda de Los Sicomoros, tras recibir noticias de que su tía María está gravemente enferma. El tren se ha retrasado por un bloqueo en las vías y, cuando llega a la estación, la persona que debía recibirla para llevarla hasta la villa ya se ha marchado, dando por sentado que el tren no llegaría hasta el día siguiente. Marta se ve así varada en un lugar desconocido y poco poblado, sin medios para comunicarse con sus familiares ni llegar hasta ellos.
En la estación conoce a Enrique, un vendedor itinerante que se desplaza de pueblo en pueblo ofreciendo catálogos de productos y está en la misma situación que ella. Ha llegado ya entrada la tarde y la gente del lugar parece tener una especial aprensión a viajar de noche, por lo que no ha encontrado a nadie que se preste para llevarlo al pueblo. Marta y Enrique, unidos por una misma adversidad, desarrollan una simpatía casi instantánea uno por el otro y se sientan a esperar juntos a que se presente alguna solución.
Esta llega en la forma de un feo y ceñudo cochero que acude con un carro a recoger el arcón de tierra en nombre de su señor, el conde Duval. La villa del conde no queda lejos de Los Sicomoros, y Enrique, que tiene mucha labia, convence al cochero para que los lleve a ellos junto con el embalaje de tierra, ya que básicamente van en la misma dirección.
Mientras Marta y Enrique viajan hacia la hacienda, asistimos a una escena en esta en la que María, la tía que Marta venía a visitar, está siendo enterrada. Justo antes de sepultar su ataúd en un nicho del panteón familiar subterráneo, una de las criadas (llamada también María) toma un pequeño escapulario del ataúd alegando que querría conservarlo como recuerdo. Se procede al sepelio y todos los implicados se marchan, excepto esta criada y Anselmo, otro servidor de la casa que está haciendo las veces de sepulturero. Cuando se asegura de que están solos, la criada le enseña a Anselmo una nota que había oculta en el escapulario y ambos intercambian una mirada de comprensión y sorpresa. A nosotros, simples espectadores, no se nos revela todavía lo que dice la nota, pero nos enteraremos más adelante.
Volvemos con Marta y Enrique, que han sido dejados a cierta distancia de Los Sicomoros y continúan su viaje a pie. Ya ha caído la noche y, mientras andan charlando entre ellos para hacer el viaje más ameno, vemos que una hermosa mujer vestida de luto los sigue discretamente sin dejarse ver. Esta mujer es un vampiro, como se nos revela poco después cuando la vemos convertirse en murciélago. Pese a ello, Marta y Enrique llegan hasta Los Sicomoros sin más contratiempos. Allí los reciben su tío Emilio y su tía Eloisa, que informan a Marta de que tía María murió ayer, pero llevaba ya cinco años aquejada por una extraña manía persecutoria que había ido consumiendo sus fuerzas poco a poco. Según ella, un vampiro rondaba la hacienda con la intención de chuparle la sangre. Esta idea obsesiva ha terminado por provocarle un colapso nervioso que la ha llevado a la tumba. Y lo cierto es que tía María no iba desencaminada, ya que vemos que la tía Eloisa es la vampiresa que estuvo siguiendo a Marta y Enrique.
En un momento en el que se quedan solos, Enrique le revela al tío Emilio que no es viajante de comercio, sino un médico al que él mismo había mandado llamar para averiguar cuánto de verdad y cuánto de locura había en la dolencia de su hermana. Ha llegado tarde, pero aun así el tío Emilio le ruega que se quede un poco más en la villa, manteniendo su identidad en secreto.
La hacienda de Los Sicomoros pertenecía a partes iguales al tío Emilio y a las tías Eloisa y María. Esta última ha dejado su parte a Marta, no a sus hermanos, y Eloisa le da a entender que hay alguien interesado en comprar Los Sicomoros, pero es necesario que dos de los tres propietarios estén de acuerdo para proceder a la venta. Eloisa, que recordemos que es una vampira, quiere vender la propiedad, pero su hermano se niega en redondo a hacerlo, por lo que vender o no Los Sicomoros dependerá de la decisión que tome Marta al respecto. El pretendido comprador no es otro que el conde Duval, el que importó el gran cajón de tierra húngara. En escenas previas se nos ha mostrado que el conde Duval es el vampiro maestro que transformó en vampiresa a la tía Eloisa.
Por un libro que se cae solo de su estante para que Enrique lo encuentre, y por lo que le revela también la criada María, cien años atrás un vampiro conocido como el conde Lavud asoló la región hasta que fue cazado y estacado por los aldeanos.
En realidad, el motivo por el que el conde Duval quiere comprar Los Sicomoros es porque esa fue la residencia de su hermano, el conde Lavud, ajusticiado por el pueblo cuando este se cansó de sus tropelías. Sus restos se hallan enterrados actualmente en la cripta de la finca. El conde Duval, que en realidad se apellida también Lavud pero que ha invertido el orden de las letras para pasar desapercibido🙄, pretende exhumar los restos de su hermano para reenterrarlos en la tierra que ha hecho traer de su Hungría natal, ya que esto devolverá a la vida (o a la no vida) a su hermano.
La forma más fácil de conseguirlo es vampirizando también a Marta, porque así, además de controlar a dos de los tres propietarios de Los Sicomoros y asegurarse la venta, tendría a las dos mujeres a su servicio. Según esta película, es necesario que un vampiro se alimente dos veces de una víctima para que esta se convierta también en un vampiro. El conde Lavud hace una visita nocturna a Marta y se alimenta de su sangre, lo cual deja en ella una serie de pesadillas y una tristeza que no puede definir. Por si esto fuera poco, al entrar en una antigua habitación en la que pasó sus años de niñez en esa villa, se encuentra con la supuestamente difunta tía María, con el traje con el que fue enterrada y sosteniendo un gran crucifijo, que la mira con una expresión demente.
A la mañana siguiente de haberla atacado, aprovechando que esto ya le da una cierta influencia sobre ella, el conde Duval visita la hacienda con la intención de hablar de negocios. Para ese momento, Marta ya sabe que, como mínimo, su tía Eloisa es una vampiresa, puesto que ha tenido ocasión de comprobar que no se refleja en los espejos. Además, tanto ella como el conde Duval apartan la vista con cara de desagrado cuando se cruzan con el criado Anselmo, que lleva un crucifijo colgando del cuello por fuera de la camisa. Dándose cuenta de que Marta no va a ser tan fácil de manipular como ellos pretendían, Duval y tía María deciden matarla vertiendo en una copa de vino un polvo que le provoca un ataque cataléptico profundo.
Enrique, revelando al fin que no es viajante de comercio, toma su maleta (que no contiene muestras y catálogos, sino instrumental médico) y examina a Marta. Declara que está muerta al no detectar latidos en su corazón, ya que estos son tan débiles que ni siquiera el estetoscopio permite oírlos. Sin embargo, cuando ya todos la dan por muerta, Anselmo ve un imperceptible movimiento en un dedo de su mano y esto hace que Enrique la vuelva a examinar con más cuidado. Descubre entonces que sigue viva en un estado cataléptico extraordinariamente profundo. Esto hace que tío Emilio recuerde que los síntomas que presentó su hermana María en el momento de su muerte fueron los mismos y que probablemente también fue enterrada en estado cataléptico. Ya hace más de un día que la enterraron y quizás sea demasiado tarde para salvarla, pero aun así él y Enrique corren a la cripta y sacan su ataúd del nicho, hallándolo vacío.
Es entonces cuando María, la criada, confiesa por qué tomó el escapulario del ataúd de tía María antes de que lo sellaran en el nicho. Lo hizo con intención de comprobar si esta había dejado alguna instrucción final en él. Y efectivamente, la nota que al principio de la película ella encontró en el escapulario y que mostró a Anselmo decía que iban a intentar asesinarla haciéndola pasar por muerta. Esto hizo que ella y Anselmo volvieran a sacar el cuerpo del ataúd una vez todos los familiares se marcharon y la ocultaran en un pasadizo secreto de la propia cripta. Ha estado ahí desde entonces, salvo una ocasión en la que se escapó, no pudiendo resistir el deseo de ver otra vez a Marta, a la que ella misma crio cuando era pequeña y con la que estaba unida por una relación más cercana a la de madre e hija que a la de tía y sobrina. Fue esa la ocasión en la que Marta vio a tía María en la que fue su antigua habitación, creyendo que se trataba de una visión o de un espectro.
Tía María revela entonces toda la trama a su hermano Emilio y al doctor Enrique. Ella descubrió la identidad y verdadera naturaleza del conde Duval y lo que este pretendía, y por eso fue quitada de en medio. Viendo cómo su plan se desmorona, el conde Duval decide dejarse de sutilezas y rapta a Marta de su habitación. Valiéndose de un túnel secreto que comunica Los Sicomoros con su propia mansión, se la lleva a esta para vampirizarla tranquilamente, al tiempo que envía a Eloisa a matar a su hermano Emilio. Esta le muerde y lo deja malherido, pero no llega a matarlo por la intervención de Anselmo y la criada. Eloisa se retira, pero es entonces atacada por su hermana María. Aunque los vampiros son de por sí más fuertes que los humanos, María tiene a su favor una fuerza equivalente a la vampírica: la de la locura. Los cinco años que estuvo atormentada, su catalepsia químicamente inducida y su entierro en vida han perturbado su mente de tal modo que le han proporcionado una fuerza superior a la de la vampira, a la que logra someter únicamente con sus manos.
Enrique, en un doble papel de doctor y guerrero al más puro estilo del profesor Van Helsing, se enfrenta al conde Duval y a los sirvientes humanos sometidos a su voluntad. Durante el combate se inicia un incendio accidental en la mansión de Duval y esto coincide con la salida del sol. Aterrado por la proximidad de las llamas y las luces del astro rey, el vampiro huye a los sótanos de fría piedra de su mansión, donde se encierra en su ataúd. Mientras Enrique sigue liándose a puñetazos con los criados, es la propia María la que baja hasta el sótano y atraviesa el corazón de Duval con una estaca improvisada. Al ser destruido el vampiro, Marta despierta súbitamente del trance hipnótico en el que este la había sumido y el cuerpo de Eloisa se convierte en un esqueleto, dándonos a entender que ya hacía varios años que era un vampiro al servicio de Duval.
La película concluye con Enrique y Marta despidiéndose en el mismo andén en el que se conocieron. Vemos una panorámica del tren alejándose y damos por supuesto que Enrique se marcha en el tren y Marta permanece en la hacienda como copropietaria de esta junto con su tío Emilio y su tía María. Pero cuando el tren termina de pasar, vemos que Enrique no se ha subido a este. Se ha quedado en el andén y él y Marta están besándose. Un final bonito y redondo, como corresponde a una noche de terror como la que han vivido.
Esta es una película muy clásica de vampiros y además no es de esas que toman por tonto al espectador explicándole cada detalle al milímetro. Lo de que la criada María supusiera que había una nota en el escapulario no se nos explica, por ejemplo, pero sí nos comentan que era la criada personal de tía María. Es fácil suponer, por tanto, que hubiera una especial confianza o incluso algún tipo de juego secreto entre ellas, intercambiando mensajes sobre cotilleos, dejándoselos siempre en el mismo lugar, ocultos en un pliego del escapulario, y que por ello la criada se arriesgara a pedir quedarse con el escapulario de su ama, en previsión de que este contuviera alguna última instrucción para ella.
Tampoco se nos dice por qué cae el libro del estante, cuando está claro que algo lo empuja desde atrás. La película nos muestra que la casa está llena de pasadizos secretos, así que tampoco sería descabellado que fuera la propia tía María la que, escuchando hablar a Enrique desde detrás de una pared falsa, empujara de algún modo ese libro concreto para que Enrique reparara en él.
La historia está llena de tópicos, pero sinceramente sigo prefiriendo este tipo de cine de vampiros, con todos sus tópicos y todo lo previsible que es, a las versiones modernas en las que los vampiros han dejado de ser los reyes del terror y se han convertido en un monstruo más del cine de acción. Al final, uno se cansa de ver a los vampiros dando volteretas y patadas de kárate mucho antes que de ver a los vampiros con capas arcaicas, durmiendo en ataúdes, rehuyendo crucifijos y espejos. Este tipo de películas son las que nos recuerdan por qué los tópicos del género existen en primer lugar.
En el cine moderno los monstruos han perdido su identidad. Tanto vampiros como hombres lobo e incluso a veces momias hacen lo mismo. Todos corren a cien por hora, todos trepan por las paredes, todos tienen superfuerza genérica y todos aparecen en grandes cantidades cuando antes bastaba uno solo de ellos para poner en jaque a los protagonistas. Y se ignoran muchas de las debilidades clásicas que justificaban el hecho de que no se apoderaran del mundo. Un solo vampiro al que le disparas con un revólver y las balas lo atraviesan sin hacerle daño, da miedo. Pero si el protagonista cuenta con una ametralladora que dispara ráfagas de balas de plata que los destruye por docenas, ya casi no hay diferencia entre que esté luchando con vampiros o con humanos. Esto convierte a los monstruos clásicos en adversarios intercambiables, como un mismo personaje de un videojuego con diferentes skins.
Antes los monstruos tenían límites muy concretos y bien definidos y eso los hacía interesantes. Los límites no eran un capricho: eran parte de su identidad. El vampiro temía la luz, el ajo, la cruz, el agua bendita. El hombre lobo era víctima de su propia maldición al no poder controlar sus transformaciones ni lo que hacía durante ellas. La momia era lenta, inexorable, previsible como un autómata obligado a cumplir de la forma más literal posible un objetivo muy concreto. El zombi clásico era torpe, lento, estúpido, y su fuerza estaba en el grupo. Esas limitaciones y fortalezas bien diferenciadas implicaban que debía seguirse una estrategia y un enfoque diferente para lidiar con cada uno de ellos. El héroe vencía porque conocía o averiguaba las reglas. El monstruo daba miedo porque tenía una lógica propia que lo hacía diferente al resto. Pero cuando eliminas esas reglas, eliminas también su personalidad. Si todos los tipos de monstruos saltan, corren, trepan y hacen acrobacias, y el vencerlos o no depende únicamente de tener suficiente potencia de fuego, lo que tienes no es terror, sino una película de acción en la que se cambian a los soldados enemigos o la banda de pandilleros por monstruos. Y ojo, que me encantan las dos primeras películas de Blade, así como las dos primeras de La Momia de Brendan Fraser, pero cuando se las clasifica como películas de terror solo porque salen monstruos, cuando en realidad son películas de acción, algo estamos haciendo mal.
El vampiro cuenta, por cierto, con una segunda parte llamada El ataúd del vampiro. Por si estáis interesados en verlas, en el momento de escribir esta reseña ambas están disponibles en bastante buena calidad en YouTube. También podéis leer otras reseñas sobre películas de vampiros pulsando aquí.
El vampiro. 1957. Ramón Obón (guionista) Fernando Méndez (director). Abel Salazar, Germán Robles (actores principales) Ariadne Welter, Carmen Montejo (actrices principales). Cinematográfica ABSA. Editada en DVD en 2012 por Cinema International Media S.L.

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