MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

sábado, 7 de febrero de 2026

BAJO EL EMBRUJO DEL MAGO

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, pasapáginas compulsivos.

Teníamos pensado publicar la reseña sobre este librojuego el pasado 31 de enero por ser el Día Internacional del Mago, dedicado a reconocer la labor de entretenimiento que nos proporcionan este tipo de artistas. Por motivos ya comentados, no pudo ser. Estuvimos unas cuantas semanas sin un ordenador desde el cual escribir, pero igualmente lo reseñamos sobre papel para transcribirlo después.

Ante la perspectiva de dejar pasar otro año casi completo y esperar al próximo 31 de enero para publicar esta entrada, haciéndola coincidir con el siguiente Día Internacional del Mago, hemos preferido publicarla ahora. Algo a destiempo, cierto. Pero como de magia va la cosa, lo podéis considerar un truco. El truco más clásico de la magia es hacer que el público mire hacia un lado del escenario mientras la trampa se lleva a cabo en el otro. Jugar al despiste. Así que... nada por aquí... nada por allá... ¡Abracadabra! ¡Puf! Hasta que apartéis los ojos de la pantalla, estaremos a 31 de enero.

En esta ocasión somos un adolescente al que nuestra madre nos ha encargado vigilar a nuestra problemática e irritante hermana pequeña, Joanie. Habíamos quedado con nuestro mejor amigo Sid en el centro comercial, pero nuestra madre nos encasqueta a Joanie en el último momento. En cuanto llegamos al centro comercial, la pequeñaja comienza a meternos en líos casi de inmediato. Se cuela en una tienda de lo que parece atrezo para trucos de magia que resultan ser objetos mágicos de verdad. Antes de darnos cuenta de lo que está pasando, Sid tiene las manos inmovilizadas por unas esposas trucadas que no puede quitarse y Joanie ha robado lo que parece ser un libro de hechizos. El dueño de la tienda, un siniestro hombre que se hace llamar simplemente «El Mago», no aparece por ningún lado. Y aquí es donde empezamos a tomar decisiones cada vez peores.

Si tratamos de solucionar las cosas mediante magia, leyendo hechizos del libro sin saber bien qué hacen, pasaremos a formar parte del mundo de «El Mago». Esta es una realidad cuyos habitantes parecen todos sacados de un espectáculo circense y su estatus está supeditado al nivel de sus trucos. Si seguimos por esta vía, podemos terminar siendo incorporados a la fuerza al espectáculo de alguno de ellos, si es que no nos mata antes el sufrir los efectos de sus trucos fallidos o su absurdo sistema de apuestas.

La otra opción, olvidarnos de todo lo mágico y limitarnos a buscar soluciones comunes, no es mucho mejor. Sobre el libro hay una maldición que poco a poco irá borrando de la existencia al ladrón o, en este caso, ladrona. Para evitar que Joanie se volatilice, debemos devolver el libro a su anterior dueño. Por desgracia, el libro que Joanie robó a «El Mago» es robado a su vez por el matón de la clase y su pandilla de idiotas. Nos tocará recuperarlo a como dé lugar para salvar a Joanie, porque por muy incordio que sea, es nuestra hermanita después de todo. Es nuestro incordio.

El final más frecuente entre los catorce fatalmente horribles es ser devorados. Podemos terminar convertidos en el festín de pirañas, gusanos, hombres lobo o caníbales. Entre estos últimos se encuentra el matón de la clase que nos robó el libro, al que al parecer su abuela demente alimenta con albóndigas hechas con riñones humanos. No sabemos si el matón es consciente de esto o no, pero cuando corres el riesgo de convertirte en un ingrediente, en la boca de quien acabe el plato es lo de menos. Otros finales malos incluyen cosas como ser transformados en algo no humano o esclavizados de por vida. Lo habitual en los libros de Stine. 

Hay seis finales en los que conservamos la vida y la libertad, que no es poco, aunque la integridad física total ya es otra cosa. También hay uno en el que la maldición antirrobo del libro tiene efecto y lo único malo que nos pasa es la desaparición de Joanie. Este lo he contado entre los finales intermedios porque nuestro personaje sale vivo e indemne, pero si le correspondería estar entre los finales totalmente malos o entre los totalmente buenos es algo que tendrá que decidir cada jugador tras haber tenido que soportar los berrinches de Joanie a lo largo de la partida.

Y terminamos con los tres finales buenos, en los que derrotamos a «El Mago» y, como pequeño extra, podemos incluso hacer que el matón y su pandilla se conviertan en nuestros sirvientes. La magia es divertida cuando el truco sale bien.

Puedes repasar otras obras de este autor (y de algunos de sus imitadores) pulsando aquí

Under the Magician´s Spell. 1996. R.L.Stine. En busca de tus pesadillas nº 7. Publicado en 1998 por Ediciones B / Grupo Z.

viernes, 6 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 26 de enero al 1 de febrero de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El detective Miller empieza a reunir un equipo! ¡Aquellos que estén interesados en combatir a los monstruos cósmicos y probablemente morir o volverse locos en el proceso, pueden pasar por su oficina de ocho a diez de la mañana a dejar sus referencias!


Lunes, 26 de enero de 1926

Estuve todo el día dándole vueltas a lo que me dijo la mamáloi Inhidra. Según ella, los animales «naturales» ya han elegido bando. Los gatos del lado de… bueno, del lado que no quiere verme muerto. Y los murciélagos, las serpientes y quién sabe qué más, del lado contrario. Hasta ahí, todo encajaba con lo que había visto. Pero cuanto más repasaba los hechos, menos claros los tenía. Porque no solo me habían atacado murciélagos gigantes y serpientes bicéfalas. El perro del día 8 y la rata del día 12. Esos animales no estaban vivos. No eran criaturas alteradas, ni deformadas, ni corrompidas. Eran cadáveres. Cadáveres a los que una mano invisible manejaba como marionetas. Y la mamáloi no mencionó nada de eso. Ni una palabra sobre perros muertos que caminan. Ni sobre ratas despellejadas que siguen moviéndose tras partirlas en dos. ¿Es posible que no pertenezcan al mismo fenómeno? ¿Que haya más de dos bandos en esta guerra?

Con estas dudas en la cabeza, decidí que necesitaba una opinión científica. De alguien que trabaje con tejidos, nervios, cadáveres y ese tipo de cosas que, una vez muertas, deberían quedarse quietas. Por eso fui a la Universidad Miskatonic, a ver a la doctora Maude Sabin, investigadora del Departamento de Biología Experimental. Una mujer que parece dormir menos que yo. Su despacho olía a formaldehído. Le pregunté, sin rodeos, si era posible que un animal muerto volviera a la vida estando ya en una fase de putrefacción avanzada. No se rió de mí, lo cual ya era buena señal. Me pidió que describiera exactamente lo que me había llevado a plantearle esa cuestión. Mis palabras me sonaban ridículas incluso a mí mientras las pronunciaba. Convencerla iba a ser difícil.

Investigación a 13+. Primer intento: Lupa (doble) 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los 1): Lupa (doble), 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa (doble), 6, 6, 4. Obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada a costa de acumular un sexto punto de locura sobre los ocho máximos. 

Tomó notas mientras le hablaba sobre el perro y la rata, y me dio la impresión de que mis palabras encajaban en huecos que ella misma llevaba tiempo intentando rellenar. Cuando terminé, dejó el lápiz sobre la mesa. Me habló, sin querer entrar en detalles, sobre un estudiante de medicina que había sido expulsado unos meses atrás por sus peculiares y obsesivas teorías sobre la reanimación de tejidos muertos, y por el robo de material de laboratorio, incluidos restos humanos que se conservaban para prácticas de anatomía. Lo que le había contado sobre el perro y la rata aparentemente reanimados coincidía con lo que este estudiante pretendía lograr. Pero tras su marcha de la universidad, no se había sabido nada más de él.

—Si vuelve a encontrarse con uno de esos animales muertos que caminan… —me pidió— tráigame un fragmento. Un tejido. Un hueso. Algo que pueda analizar.

Salí de la universidad con la sensación de estar avanzando al fin. Al menos, había alguien serio, alguien de ciencia, que parecía estar dispuesta a tomar cartas en el asunto.


Martes, 27 de enero de 1926

Desde que la mamáloi Inhidra me llamó «guerrero», no había dejado de pensar en ello. No porque me crea un héroe —Dios me libre— sino porque, si ella tenía razón, entonces no estoy solo en esto. Hay otros. Y si los hay, quizá pueda encontrarlos, formar un grupo para enfrentarnos juntos a lo que viene, sea lo que sea. Si hay una guerra en marcha, más vale saber quién está dispuesto a pelear y quién no.

Fui a ver a Madrivana, la curandera. La mordedura del murciélago ya no supura, y aunque sigue doliendo a medida que cicatriza y la piel se estira, he pasado por cosas peores. Pero ese no es el motivo por el que acudí a ella. La busqué para reclutarla. La encontré en su pequeña chabola junto al río. Estaba moliendo raíces en un mortero.

—Tú otra vez —dijo sin levantar la vista—. Es obvio que la herida ha mejorado. No estarías vivo a estas alturas si no fuera así. No vienes por eso.

Le conté lo que me dijo la mamáloi. Le hablé de los gatos, de las serpientes, de los murciélagos. De los animales muertos que caminan. De la espiral que parece cerrarse sobre Arkham. Ella escuchó en silencio, sin interrumpirme, sin hacer preguntas. Cuando terminé, dejó el mortero a un lado y me miró al fin.

—Un guerrero —repitió, como saboreando la palabra—. Eso dijo la mujer vudú, ¿eh? Y tú quieres saber quién está contigo. Quieres saber si otros… guerreros estarían dispuestos a unirse a tu pequeña cruzada.

Asentí. Ella suspiró, como si hubiera estado esperando el momento de tomar esa decisión desde hacía tiempo.

Investigación a 12+. Primer intento: Lupa (doble) 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo uno de los 6, para ver si es factible librarnos de la locura en la tercera tirada): Lupa (doble), 6, 5, 5. Esto nos deja con la posibilidad de superar la tirada repitiendo el 6 que queda y sacando 2 o más. Tercer intento (repitiendo el 6): Lupa (doble), 5, 5, 2 (¡Justito!). Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Yo no lucho con armas —dijo—. Pero sé sobre plantas y hierbas. Algunas sanan, otras hieren… Si hay una guerra, no me esconderé, pero lucharé desde aquí, a mi modo.

Lo cierto es que eso era más compromiso del que esperaba obtener. Le dije que le traería copias de las fotos y documentos que había conseguido sobre las prácticas de los sectarios y los símbolos cabalísticos que estaban pintando en puntos concretos de la ciudad, pero negó con la cabeza.

—Para ayudarte de verdad, necesito saber qué está pasando. Y una foto o dibujo, a mí no me dice nada. Necesito algo real, algo que pueda entender. Uno de sus amuletos, o algún elemento de sus rituales. Eso necesito. No palabras o imágenes en un papel. Tráeme algo que pueda tocar.

Salí de allí con la sensación de que había dado un paso adelante… y otro atrás. Tenía una aliada, sí. Pero también una nueva tarea: conseguir un objeto que los sectarios usen en sus rituales.


Miércoles, 28 de enero de 1926

Llevaba cuatro días bastante tranquilos, y sabía que eso no podía durar. Otra de esas criaturas surgió de una boca de alcantarilla detrás de la Calle del Carbón: otra rata muerta. No una rata enferma, ni herida, ni rabiosa. Muerta. Con la carne abierta, rezumando un extraño fluido verde que emitía una leve fosforescencia en la penumbra del callejón. El cuerpo rígido, pero moviéndose igual que la que me atacó un par de semanas atrás. Ella —si es que «ella» tiene sentido aplicado a una criatura muerta— pareció reconocerme. No era un animal hambriento en busca de una presa cualquiera. Venía, o había sido enviada, específicamente a por mí. Se irguió sobre las patas traseras, como si quisiera desafiarme. Y entonces avanzó con una mezcla descoordinada de saltos y traspiés. Cada paso que daba esa cosa era un insulto a las leyes de la vida.

Saqué el revólver, algo que se estaba volviendo cada vez más habitual. Pero no disparé, recordando que la doctora Sabin me había pedido una muestra que examinar.

Combate a 11+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Revólver, Linterna, 6, 5, 4. Tercer intento (repetimos el 6 para librarnos de la locura con un 2+… y sacamos otro 6). Con esto tenemos Combate 15 y pasamos la prueba acumulando un séptimo punto de locura.

Esperé a que se acercara lo suficiente. Cuando estuvo a un metro, saltó hacia mi rodilla con los dientes por delante, pero estaba preparado para recibirla. La golpeé con la culata del arma. Un movimiento más arriesgado que darle una patada, pero que le haría más daño y la alejaría menos de mí. El cuerpo salió despedido contra el suelo y se quedó allí, retorciéndose como un trapo mojado lleno de gusanos. La rematé pisándole la cabeza con el tacón de la bota, pero no dejó de moverse. Me agaché. El olor era insoportable: una mezcla de humedad de alcantarilla, putrefacción y algo más… algo químico.

Envolví el cadáver en un pañuelo grueso y lo até. Esa misma tarde se lo llevé a la doctora Sabin. Su cara al ver cómo la criatura seguía moviéndose incluso después de haberle extraído y retirado todos los órganos internos era un poema, y no lo digo porque la moza fuera guapa, que también. Me dijo que la criatura llevaba muerta, como mínimo, un mes. No tenía mente, ni conciencia. Se movía porque se le había inyectado una sustancia que había reactivado su sistema nervioso y muscular, pero que ahora era más parecida a una máquina que a un animal. La dejé trajinando con la muestra. Al menos, he logrado que otra persona se interese por el asunto. Quizá esto sea un avance mayor que llenar de balas a un murciélago gordo o una serpiente bocazas.


Jueves, 29 de enero de 1926

Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. Ya empiezo a asumir que, cuando un felino aparece mirándome fijamente, mi opinión sobre el asunto importa poco. Este no era el mismo gato de la replaceta ni el de la Calle del Horno. Tenía una oreja rasgada y el lomo lleno de polvo, como si hubiera salido de debajo de un montón de escombros. Me miró fijamente unos segundos, parpadeó lentamente y echó a andar por el dédalo de callejuelas.

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos): Revólver, Linterna, Lupa, 5, 4, 1. Con esto tenemos Búsqueda 10 y superamos la prueba.

Estuve a punto de perderlo de vista un par de veces, pero al final me llevó hasta un local con las ventanas tapiadas y un cartel medio caído que decía: «LA CASA DEL SUEÑO. Colchones. Somieres. Ropa de cama. Almohadas»

Una tienda de colchones abandonada en mitad de un barrio donde ya hacía muchos años que la mayoría de la gente que vivía allí no tenía dinero ni para comprarse una manta nueva por Navidad. El gato se sentó frente a las puertas, como si esperara que yo entendiera algo. Yo no entendí nada. Me acerqué a las puertas, cuyas agarraderas estaban sujetas por una cadena oxidada que pasaba de una a otra. El cristal estaba cubierto de polvo tanto por dentro como por fuera, evidenciando que nadie había entrado en años. El interior era una oscuridad compacta, sin forma. No se distinguía movimiento, ni siquiera mobiliario. El lugar hacía mucho que había sido abandonado y vaciado. Limpié el cristal con la manga del abrigo, intentando ver mejor. También sacudí la puerta para comprobar lo resistente que pudiera ser la cadena, pero el gato siseó, como diciéndome que me estaba equivocando, que no era eso lo que debía hacer. Que no se trataba de entrar en el lugar.

—¿Qué demonios quieres que haga aquí? —le pregunté al gato.

Él no respondió, claro. Solo se levantó, caminó hasta la esquina del callejón y desapareció en las sombras sin hacer ruido. Me quedé solo frente a La Casa del Sueño, sin saber si se me estaba indicando que debía entrar, que debía mantenerme lejos, o si debía prender fuego al edificio, por si acaso. Me sentía ridículo, como si alguien estuviera contando un chiste a mi costa y yo fuera el único que no lo entendía.


Viernes, 30 de enero de 1926

Ayer, cuando volví a la oficina, encontré una nota bajo la puerta. En una bonita caligrafía, alguien me conminaba a reunirnos en la biblioteca de la universidad durante la mañana de hoy. Acudí, claro. Tan pronto como entré, noté que en una de las mesas una mujer me observaba. Tenía un libro abierto delante, quizá simulando que estaba allí para leer. Su rostro me resultaba familiar, pero no puedo decir que la conociera. Me hizo un leve gesto, levantando una mano.

—Sabía que vendría —me dijo en cuanto me senté frente a ella tras tomar un libro al azar de una estantería y dejarlo abierto ante mí—. Es posible que no me reconozca, ahora que no floto a tres palmos del suelo...

Entonces caí en la cuenta. Era la doctora Evelyn Marsh. La que entró en trance y se elevó del suelo en las ruinas de Old Briarhill. Empezamos a hablar sobre aquello. Cuando ocurrió no fue plenamente consciente de lo sucedido, pero la verdad se fue filtrando poco a poco en su mente en los días siguientes. Me había identificado porque la llevé con el grupo de estudiantes que estaba cerca, al ver que se encontraba confusa y vacilaba al andar. Ella había preguntado luego a los estudiantes qué le había pasado. Uno de ellos le dijo que yo tenía aspecto de detective privado. ¡Y yo que creía pasar desapercibido! Al parecer Evelyn fue tirando de un hilo y de otro hasta llegar a la conclusión de que fui yo su benefactor anónimo. Quizá sus dotes de detective son mejores que las mías. ¡Debería dejar el caso en sus manos! La conversación fue derivando hacia el motivo por el que yo había acudido a las ruinas, y me pareció lo bastante inteligente y despierta como para contarle la verdad, a ver cómo se la tomaba.

Investigación a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna 6, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y ambos 1): Revólver, Lupa, 6, 2, 2. Esto nos deja con Investigación 10 y fallamos la tirada. No hacemos un tercer intento por no correr el riesgo de acumular un punto más de locura, que nos dejaría con 8 y por tanto con una pérdida de 10 puntos de éxito al final de enero.

Vi cómo su rostro cambiaba. Pese a aquello por lo que ella misma había pasado, debió pensar que estaba burlándome. Quizá creyó que yo la había tomado por loca y solo le estaba siguiendo el juego, inventándome una historia fantástica a su costa. Se levantó, muy seria, murmuró una educada despedida y se marchó dejándome con la palabra en la boca.


Sábado, 31 de enero de 1926

Hoy la policía volvió a llamarme. El aviso llegó a primera hora de la tarde y fui a la comisaría sin pensarlo demasiado. El ambiente estaba más tenso que de costumbre. Los agentes hablaban en voz baja, evitaban mirarse entre ellos, como si temieran que lo que habían visto pudiera contagiarse por contacto visual. El comisario O’Maley —el irlandés cascarrabias que nunca me ha tragado— me recibió con la mandíbula apretada.

—No me caes bien, Miller —dijo a modo de saludo—. Pero necesito que veas algo.

Me llevó a un almacén del puerto. Había dos agentes vigilando la entrada, ambos pálidos como si hubieran visto un fantasma. Dentro, el olor era insoportable: sal, humedad, madera podrida… El cadáver estaba en el suelo, cubierto con una lona. El comisario la levantó solo lo justo. Era un hombre. O lo había sido. La piel del torso estaba perforada con marcas de succión de ventosas, pero también aparecía parcialmente devorado, mordisqueado por todos lados. Por si eso fuera poco, de las mordeduras estaban creciendo unos hongos verdes y luminosos que siseaban y se fundían tan pronto les daba la luz, solo para volver a crecer.

—El forense no sabe qué hacer con esto —dijo el comisario—. Dice que no encaja en ningún patrón que él conozca.

—¿Y qué quiere que haga yo? —pregunté.

—Quiero que me digas si esto tiene que ver con… lo tuyo.

Lo mío. Como si yo fuera el experto en horrores. Me agaché para mirar mejor y me arrepentí al instante. Los hongos que se fundían no se quedaban quietos. Las gotitas, al caer sobre la piel, se convertían en diminutas larvas que se aferraban al cuerpo y lo devoraban poco a poco.

—Miller —insistió el comisario—. ¿Esto es de lo tuyo?

—No hay un «de lo mío» —respondí—. Pero no es la primera vez que veo algo así, y no será la última que lo vea usted.

El comisario apretó los labios. No le gustó la respuesta.

—No hables de esto con nadie —ordenó—. No quiero pánico, ni rumores, ni que la prensa se entere.

Asentí. Discutir no serviría de nada.

—No puedo con esto solo, Miller —dijo al fin—. Y tú ya estás metido en esta mierda hasta el cuello. No sé qué está pasando en la ciudad, pero sé que no es normal. Y sé que tú estás en medio. Así que te lo digo claro: si hay algo moviéndose ahí fuera, algo más grande de lo que el departamento pueda manejar, quiero estar preparado para cuando llegue.

Pensé de nuevo en las palabras de la mamáloi Inhidra, en el modo en que enfocó todo el asunto como una guerra y a los implicados en ella como guerreros. Ya había «reclutado» a Madrivana, la curandera. Graves, el enterrador, podría ser un buen candidato, si algún día lograba dar con él. La doctora Sabin ya había comenzado a implicarse por sí misma, sin necesidad de animarla a hacerlo. Y estaba seguro de que el padre Arden, llegado el momento, vería hasta como una obligación moral el enfrentarse al mal. Incluso Elliot, el estudiante, podría ahorrarme el trabajo de revisar papeles y reunir rumores. Eran el núcleo de un pequeño grupo. Pero lo que sin duda iba a hacer falta antes o después eran tipos capaces de partirle los morros (o meterle un par de balazos entre pecho y espalda) a quien hiciera falta.

O’Maley no era un santo, precisamente, pero sí duro y legal. Así que empecé a soltarle el discurso. Si quería saber qué estaba ocurriendo en su ciudad, se lo contaría todo. Y si quería ayuda, sería bajo mis condiciones.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Esto nos deja con Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Dime que no estoy loco —susurró tendiéndome la mano.

—Claro que lo estás —respondí estrechándola—. Por eso aceptas formar parte de esto.

Salimos del almacén sin cruzar una palabra más.


Domingo, 1 de febrero de 1926

No sé si esto debería escribirlo aquí. No sé si fue real o es que mi cordura ha comenzado a quebrarse. Pero si no lo dejo por escrito, temo que mañana lo habré olvidado, o me habré convencido a mí mismo de que no ocurrió.

Me desperté en un paraje que no reconocí. No había edificios, ni árboles, ni rastro alguno de vida humana. Solo una extensión interminable de tierra seca, cuarteada, bajo un cielo desprovisto de sol, luna, estrellas o nubes. Algo iluminaba el aire, pero no sabía el qué. Caminé sin rumbo, carente de todo punto de referencia, con la sensación de que cada paso me alejaba más de cualquier lugar real.

Fue entonces cuando la vi. Una mujer estilizada, casi andrógina, de pie en medio de toda esa vasta desolación. Su piel era azul. Azul como el cielo del amanecer. Sostenía una pequeña lira plateada. Cada vez que sus finos dedos rozaban las cuerdas, junto al sonido brotaba una hebra brillante que flotaba en el aire, temblando como un hilo de telaraña iluminado por la luna. Algunas de esas hebras se convertían en pájaros diminutos que alzaban el vuelo con un alegre trino. Otras caían al suelo y, al tocar la tierra, se transformaban en pequeños brotes que crecían unos centímetros. Poco a poco, su música, los hilos plateados de su lira, alteraban el paisaje creando un pequeño vergel a su alrededor. Me acerqué con cautela. Ella levantó la vista y sonrió como si me estuviera esperando.

—Miller —dijo, con una voz suave que parecía venir de muy lejos—. Me alegra verte de nuevo.

Estaba seguro de no haber visto nunca una mujer de piel azul, pero había algo en su mirada que me resultaba familiar.

—No sé quién es usted, ni dónde estoy —logré decir—. Solo me he despertado aquí, y…

Ella soltó una risa suave.

—No te has despertado aquí, Miller. Al contrario. Has llegado aquí al dormirte. Este es el mundo onírico. Y yo soy la mamáloi Inhidra. Ya me viste una vez, cuando estabas despierto, en aquella replaceta, aunque entonces tenía otro aspecto.

Recordé a la mulata de la replaceta. Su risa quebrada, el muñeco vudú, la cara pintada de blanco como una calavera... ¿Era posible que fueran la misma persona?

—Aquí —continuó— las cosas son distintas. Aquí puedes reunirte con otras personas, si ambos duermen al mismo tiempo y piensan el uno en el otro antes de caer en el sueño profundo. Puedes viajar, aprender, esconderte o buscar. El mundo onírico es un puente, Miller. Y tú ya has puesto un pie en él. Te he traído aquí para enseñarte a moverte por este lugar, a entrar y salir de él sin perderte. A crear y controlar el maná.

—¿El maná? —pregunté.

—El maná —respondió tañendo de nuevo su lira. Un filamento plateado brotó de ella y se convirtió en una mariposa—. El maná es la energía de la creación. Lo produce la imaginación, y la voluntad le da forma. Pero se necesita tiempo y entrenamiento para dominarlo. Cuando lo hagas, podrás crear con él armas, criaturas, incluso barcos o fortalezas. Todo aquello que necesites para viajar por el mundo de los sueños.

—Podré hacer todo eso… aquí.

—Aquí, claro —asintió—. No puedes llevarte nada del mundo de los sueños al de la vigilia, salvo la experiencia y el conocimiento que adquieras en él.

Algo pasó por mi cabeza en ese momento. Esa tienda abandonada hasta la que me había guiado el gato.

—«La Casa del Sueño» —dije en voz alta sin darme cuenta. No se trataba de que investigara el lugar, sino de que leyera el cartel. 

La mamáloi sonrió.

—Es más fácil pescar cuando el anzuelo tiene un cebo. Estuviste preguntándote por qué el gato te había guiado hasta allí, ¿verdad? Ese nombre se quedó en tu cabeza. Ese era mi cebo. Ahora necesito saber si estás dispuesto a aprender.

Le dije que sí. Que abrazaría cualquier ayuda que se me ofreciera. La mamáloi comenzó a tocar de nuevo su lira, pero esta vez todas las hebras plateadas volaron hacia mí, envolviéndome como un capullo de seda.

Investigación a 14+. Reducido a 9+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 6, 4. Segundo intento (repitiendo los 6): Lupa, Linterna, 5, 4, 2. Esto nos deja con Investigación 11 y pasamos la tirada.

Sentí un peso extraño, como si mi mente se plegara sobre sí misma. No vi espirales, ni criaturas, ni mares negros esta vez. Solo una claridad profunda, tranquila. Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama. El despertador marcaba las 4:17 de la madrugada. Tenía la sensación de haber regresado de un largo viaje, aunque mi cabeza no se había separado en ningún momento de la almohada.

¡Bueno! Hemos completado el primer mes y ha llegado el momento de hacer recuento. Los puntos de locura, de los que hemos acumulado siete sobre un máximo de ocho, se reinician a cero. Nos anotamos cinco puntos de éxito por cada prueba de domingo superada. Han sido la del día 4, la del día 11 y la del 25, porque entiendo que, aunque el domingo 1 forme parte de la última semana de enero, los puntos que nos proporciona superarla cuentan para los de febrero, ya que entra en este. Entiendo que también los puntos de locura se reiniciaron a cero en realidad al final del mes de enero, y no al final de esta semana que ya entra en febrero. Es un poco confuso, pero supongo que funciona así. 

Las instrucciones nos indican que cada prueba de domingo superada al cabo de un mes nos proporciona 5 puntos de éxito. Así pues, durante el mes de enero habríamos acumulado 15 puntos de éxito por superar tres de las cuatro pruebas de domingo, a los que tendríamos que restar 10 de haber alcanzado el tope de locura. Como no ha sido así, nos quedamos con 15 puntos. Y ya tenemos 5 asegurados, los de la prueba del domingo 1, para el conteo del mes de febrero.

De hecho, antes de llevar a cabo la tirada para el domingo 1 leí en qué consistía la nueva regla desbloqueada a partir de febrero, por si afectaba a ese día. No ha sido así, y por ello explicaré de qué se trata en la próxima entrada, cuando transcriba la primera semana completa de febrero, en la que esta regla ya es aplicable. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí

jueves, 5 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 19 al 25 de enero de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Lea de primera mano como el malvado murciélago gigante muerde el polvo! 

Aquí tenemos la siguiente entrega del diario de Miller, correspondiente a la semana del lunes 19 al domingo 25 de enero. Mañana publicaremos las notas que estuvimos tomando y las tiradas que hicimos en lo que respecta a la semana del 26 de enero al 1 de febrero, y con esto habremos completado todo lo que teníamos atrasado. El próximo domingo, día 8, recuperaremos por tanto el ritmo normal de publicación, haciendo una nueva entrada cada domingo, con lo que corresponda concretamente a lo de esa semana.


Lunes, 19 de enero de 1926

Me desperté de madrugada empapado, jadeando como si hubiera estado corriendo en sueños. El sudor me pegaba la camisa al cuerpo, y la mordedura del murciélago latía bajo la piel como si tuviera su propio pulso. La habitación estaba a oscuras. Entonces oí que algo me llamaba. No una voz, sino una especie de vibración. No sé explicarlo de otro modo.

Me levanté sin pensarlo. No encendí la luz ni busqué el abrigo. Solo caminé, febril, guiado por aquella llamada que tiraba de mí hacia arriba, hacia el tejado del edificio. Cuando salí al pasillo agradecí no cruzarme con nadie. Apestaba a sudor, a fiebre, a alcantarilla y a alcohol. Llevaba solo unos pantalones y la camisa manchada de sangre seca y un suero amarillento, pues la mordedura seguía supurando. De haberme encontrado en ese momento con la anciana señora Norris, la del séptimo, la habría matado del susto, puesto que debía tener el aspecto de un cadáver que se hubiera levantado de la mesa de autopsias antes de que el forense terminara su trabajo.

Subí las escaleras hasta la azotea. Cada peldaño suponía un esfuerzo enorme. La puerta metálica se abrió con un gemido oxidado y el aire helado de la madrugada me cortó la cara. Sabía exactamente por qué estaba allí. El murciélago descendió desde la oscuridad como si hubiera estado esperándome. Sus alas enormes batían el aire con ese sonido húmedo que ya reconocía demasiado bien. Esta vez no era un ataque: era un duelo pendiente. Una continuación de algo que quedó a medias.

Me di cuenta en ese momento de que tenía el revólver en la mano. No recordaba haberlo cogido. Quizá nunca lo había soltado desde que llegué a casa. La criatura dio un par de vueltas en círculo sobre mí, como si quisiera darme tiempo a prepararme, o como si quisiera encerrarme simbólicamente dentro de una espiral. Cuando inició su picado, alcé el revólver y disparé. Estaba tan débil que cada detonación del arma amenazaba con arrancármela de la mano.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 5, 3. Con esto tenemos Combate 14 y pasamos la prueba. Acumulamos un nuevo punto de locura (el cuarto del mes), pero aún tenemos otros cuatro de margen y no quise arriesgarme a repetir el 6 esta vez.

El murciélago se retorció en el aire, alcanzado por las balas, y cayó sobre las baldosas de la terraza. Su cuerpo vibró, se contrajo y empezó a deshacerse. La masa oscura se extendió como tinta derramada, buscando las grietas del suelo, huyendo hacia abajo en un lento fluir que no parecía tener nada que ver con la gravedad. Bajé las escaleras tambaleándome. Me dejé caer en la cama sin quitarme la ropa, sintiendo que había no solo actuado, sino sobrevivido, por pura inercia.

Horas después, al despertar, no estaba seguro de nada. No sabía si lo ocurrido había sido real o una alucinación. Pero hubo dos detalles que me sacaron de dudas. Por una parte, la fiebre comenzó a mitigarse, como si la infección de la herida hubiese muerto junto con la criatura que la produjo. La mordedura dejó de arder y supurar. Seguía abierta, pero de algún modo supe que a partir de ese momento empezaría a cicatrizar con normalidad. Y por otra, al comprobar el tambor de mi revólver, vi que todas las balas habían sido disparadas.


Martes, 20 de enero de 1926

A la mañana siguiente me encontraba mucho mejor. Me di una ducha (que buena falta me hacía), quemé en la terraza las ropas que había llevado puestas el día anterior y, más arreglado que de costumbre, fui hasta la comisaría. Los chicos de azul me debían un par de favores y obtuve de ellos lo que quería: información confidencial sobre esas sectas que están dándoles tanto trabajo últimamente. Me costó un poco, porque el nuevo comisario al mando es un irlandés cascarrabias al que, por alguna razón, no le caigo bien desde aquel día en que invité a tomar unas copas a su hermana, la pelirroja. Pero el caso es que conseguí algunas direcciones.

Acudí a una de ellas esperando encontrarme un local precintado y vacío tras la última redada, porque a los polizontes suele escapárseles algo. Lo que encontré es que el local volvía a estar ocupado. Otros miembros de la secta estaban continuando con sus rituales como si la detención del primer grupo no les hubiera afectado en nada. Me acerqué todo lo que pude al grupo, que salmodiaba en el centro de una sala ruinosa, formando un círculo en el que, afortunadamente, estaban mirando hacia dentro. No era el momento de intervenir, sino de observar y aprender.

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y el 2): Lupa, Revólver (de nuevo), 4, 4, 3. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos): Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Con esto tenemos Búsqueda 11 y superamos la prueba.

Durante un buen rato escuché sus desvaríos y cánticos en los que mencionaban al “Dios del Pliegue” y “sus servidores alados y reptantes”. ¿Murciélagos y serpientes? Después, cada uno de ellos lanzó algo a un agujero en el suelo que había en el centro del círculo y empezaron a romper la formación y despojarse de las túnicas. La reunión había terminado. Busqué un buen lugar en el que ocultarme y esperé a que se fueran. Quería ver qué era lo que habían arrojado al agujero, porque me había parecido distinguir que se trataba de corazones humanos, como si estuvieran alimentando a alguna clase de mascota monstruosa.

Una vez me quedé solo, me acerqué al agujero. No era muy profundo, quizá de un metro, excavado aparentemente a pico y sin ninguna clase de trabajo de refinamiento posterior. No había nada. Y me refiero exactamente a eso: nada. No solo no estaban los corazones, sino que tampoco había en el fondo ningún tipo de criatura que pudiera haberlos devorado.


Miércoles, 21 de enero de 1926

Siguiendo otra de las direcciones que me dieron en comisaría, acabé en un edificio en ruinas del Barrio Viejo. En este no parecía haber habido actividad desde que fue desalojado por la policía. El aire olía a humedad y a carbón mojado. No esperaba encontrar nada, pero últimamente lo que no espero es lo que más insiste en cruzarse conmigo.

Fue volviendo de ese lugar cuando me topé con ella. Una mujer vagabunda, anciana, decrépita, con una piel que parecía papel arrugado y vuelto a estirar una y otra vez. Llevaba varias capas de ropa sucia y probablemente ella misma no había visto el jabón desde hacía meses. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, pero cuando me vio se echó a reír.

—¿Tú? —dijo, señalándome con un dedo huesudo—. ¡Tú eres al que buscan!

Me quedé quieto. No llevaba ni cinco segundos mirándome y ya hablaba como si supiera más de mí que yo mismo.

—Pero no te buscan por lo que has visto… —continuó—. ¡Te buscan por lo que vas a ver!

Se echó a reír de nuevo. Intenté preguntarle qué demonios quería decir, pero ella siguió riéndose, como si mis palabras fueran irrelevantes. Se dio la vuelta y empezó a alejarse, tambaleándose calle abajo.

Fue entonces cuando me fijé en lo que la acompañaba. Un sapo enorme, de piel brillante y ojos amarillos, avanzaba dando pequeños botes detrás de ella, como un perro fiel. Y entre sus pies, casi rozando los harapos que llevaba por falda, se deslizaba una serpiente fina, amarilla, que parecía mantener su paso ondulándose con la precisión de un metrónomo. La seguí. No podía evitarlo. Algo en su voz, en su risa, en la forma en que los animales la escoltaban, me decía que esa mujer sabía demasiado.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de números): Linterna, Revólver, 6, 3, 1. Tercer intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Revólver, 3, 3, 1. Con esto tenemos Búsqueda 7 y no superamos la prueba.

Pero las callejuelas del Barrio Viejo son un laberinto, y ella parecía conocerlo mejor que yo. Giró una esquina, luego otra, y cuando doblé la tercera ya no estaba. Ni ella, ni el sapo, ni la serpiente. Solo quedaba el eco de su risa, rebotando entre las paredes húmedas. No averigüé nada. Y lo peor es que tengo la sensación de que ella sí averiguó algo sobre mí.


Jueves, 22 de enero de 1926

Hoy fui a visitar al padre Arden. Si hay alguien en esta ciudad que lleve más tiempo que yo metiendo las narices donde no debería, es él. No es el típico cura de parroquia que se limita a dar misa y confesar beatas. Arden ha visto cosas. Cosas que no se cuentan en los sermones. Cosas que no aparecen en los libros de teología. Me recibió en su despacho, una habitación pequeña y abarrotada de libros viejos, crucifijos, velas consumidas y un par de objetos que no habría sabido clasificar ni aunque me fuera la vida en ello.

—Has estado ocupado… —dijo, como si pudiera leerme la semana en la cara.

Le conté lo que había visto, más como si estuviera en un confesionario que comparando información en busca de nuevas pistas. Le hablé de las sectas, los símbolos, los animales deformes, los murciélagos gigantes, las serpientes bicéfalas, los sectarios que repetían letanías como si fueran antenas humanas, todos recibiendo y replicando una misma señal transmitida desde quién sabe dónde. Y, por supuesto, le hablé del cura del brazo deforme. De cómo lo seguí. De cómo lo perdí. Y de cómo, justo una semana después, me enfrenté a una criatura en las alcantarillas que no tenía nada de humano. Arden escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez. Su rostro de piedra era inexcrutable. Nada en él me indicaba si me estaba tomando en serio o por un pobre loco al que, por su propio bien, convendría denunciar al manicomio.

Investigación a 10+. Primer intento: Lupa (doble) 4, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Lupa (doble) 4, 4, 4. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

Cuando terminé, asintió despacio, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba tiempo rumiando.

—Son el mismo —dijo al fin—. El sacerdote y la criatura de las alcantarillas… No son dos casos distintos. Son uno solo.

No me sorprendió tanto como debería. Quizá porque ya lo intuía. Quizá porque, después de todo lo que he visto este mes, la línea entre lo humano y lo monstruoso se ha vuelto demasiado fina.

—Su estado —continuó Arden— se debe a algo que leyó. Un libro. No sé cómo llegó a sus manos, pero puedo decirte que sus intenciones no eran malas. Para combatir al mal, hay que aprender sobre el mal. Aparentemente, él aprendió demasiado. Tanto que perdió su mente primero, y luego su forma.

Le pregunté si creía que todo esto tenía relación con los demonios de la Biblia. Arden negó con la cabeza.

—No lo sé —respondió—. No parecen los mismos. No actúan como ellos. No encajan en la demonología clásica. Pero eso no significa que no sean malignos. Hay cosas antiguas, Miller. Cosas que existían antes de que escribiéramos por primera vez la palabra “demonio”, y que podrían ser incluso la inspiración de estos. La forma en que nuestros antepasados los interpretaron, quizá erróneamente, porque una explicación literal de lo que eran resultaba demasiado extraña para ser comprendida y asimilada por la mayor parte de la gente.

Continuamos intercambiando notas y datos un rato más. Antes de despedirme, Arden me pidió que me pusiera de pie. Tomó un pequeño frasco de agua bendita, murmuró una oración en voz baja y me trazó una cruz en la frente con el pulgar.

—No sé si servirá de algo —admitió—. Pero no te hará daño. Y algo me dice que vas a necesitar toda la protección que puedas conseguir.

Salí de la iglesia con la sensación de que el aire pesaba un poco más que antes. Como si una espiral invisible estuviera descendiendo sobre la ciudad, centímetro a centímetro, día a día. Y yo, por desgracia, estoy justo en el centro.


Viernes, 23 de enero de 1926

Caminaba por la Avenida del Carbón, completamente solo, repasando mentalmente lo que el padre Arden me había contado. No sé si fue por el alivio de haberme librado de la enfermedad que me inoculó el murciélago o por la bendición que me había dado el cura, pero por un momento sentí que podía respirar con algo más de calma. Ese momento duró exactamente tres pasos. Escuché un sonido húmedo, viscoso, como carne arrastrándose contra piedra. Lo reconocí al instante. Ya había oído ese sonido antes. Y en aquella ocasión había terminado disparando hasta vaciar el tambor.

Me giré justo a tiempo para verla salir de una boca de alcantarilla. Otra serpiente bicéfala, gruesa como mi antebrazo y más larga que un fin de semana sin dinero. Se deslizó hacia mí con rapidez. Las dos bocas se abrieron al unísono. Una siseó. La otra pronunció mi nombre. Supongo que debería preocuparme que estas cosas ya no me sorprendan. Saqué el revólver y disparé. Creo que en lo que llevaba de mes había gastado más balas que en todos mis anteriores años de profesión. A este paso, terminaría por abandonar el caso por falta de presupuesto para munición.

Combate a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 3, 2, 2. Segundo intento (repitiendo los doses): Revólver, Linterna, 3, 3, 2. Tercer intento (repitiendo todos los números): 4, 2, 1. Con esto tenemos Combate 7 y no vencemos a la serpiente.

Esta vez no cometí el error de disparar a lo loco. Fui contando las veces que apreté el gatillo, y tan pronto como lo hice por sexta vez, con la serpiente avanzando aún resueltamente hacia mí pese a llevar varias balas en el cuerpo, me di la vuelta y eché a correr. ¡Al menos, las serpientes son más lentas que los murciélagos!

Me detuve junto a unos contenedores de basura y recargué a toda prisa, pero cuando me volví buscando con la mirada a mi adversario, solo alcancé a ver su cola desapareciendo por otra boca de alcantarilla.


Sábado, 24 de enero de 1926

Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. El gato surgió de entre dos cubos de basura en la Calle del Horno, con ese andar silencioso que tienen los felinos. Me miró, maulló una sola vez —un sonido breve, impaciente— y echó a andar. Y yo, como un idiota o como un hombre que ya ha aceptado que los animales saben más que yo de este asunto, lo seguí. Me condujo por un laberinto de callejones que no recordaba haber visto nunca, aunque debo haber pasado por esa zona cientos de veces. El Barrio Viejo tiene esa cualidad: cambia cuando no miras. O quizá soy yo el que está cambiando.

El gato avanzó sin dudar, girando a la izquierda, luego a la derecha, luego otra vez a la izquierda, como si estuviera trazando una figura invisible en el aire. Estuve a punto de perderlo de vista varias veces. También he de decir que este no parecía tan paciente como el anterior, que cada dos por tres se giraba a ver si lo seguía. Este me daba la oportunidad de seguirlo, pero aprovecharla o no era cosa mía.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y los números 1 y 2): Linterna, Lupa, 6, 4, 2. Con esto tenemos Búsqueda 12 y superamos la prueba a costa de acumular un quinto punto de locura.

Finalmente llegó a una pequeña replaceta escondida detrás de un callejón abandonado. Un lugar tan estrecho y silencioso que parecía existir ajeno al resto de Arkham. Y allí se sentó. En el centro exacto de la replaceta. Como si estuviera esperando a alguien. Me quedé quieto, observándolo. El gato no me miraba a mí. Miraba hacia la entrada del callejón, como si aguardara la llegada de otra persona. No me había guiado a una pista, sino a un encuentro. Las campanas de la iglesia tocaron la medianoche. La hora de los fantasmas, que en ese momento me parecieron lo más inofensivo que se podría haber presentado.


Domingo, 25 de enero de 1926

Durante más de hora y media el gato permaneció sentado, inmóvil, como un chambelán esperando a su señor para anunciarlo. Ya estaba cansado de pasar frío y me disponía a marcharme cuando apareció la persona que faltaba. El encuentro al que me había guiado el gato. Una mujer. Una figura imposible de ignorar. Vestía capas de telas adornadas con plumas, huesos, cuentas de colores y amuletos que tintineaban con cada movimiento. Su piel era oscura. Debía ser una mulata como las que se veían habitualmente en la zona de los puertos y el barrio de los negros, pero su rostro estaba pintado de blanco, con líneas negras que marcaban la boca y los ojos, como una calavera sonriente. En una mano sostenía un pequeño muñeco vudú hecho de trapos y cuerda. Reía y lloraba al mismo tiempo.

—Tú eres Miller —dijo, sin preguntarlo, con un fuerte acento criollo—. Yo soy la mamáloi Inhidra.

Lo dijo como si fuese algún tipo de autoridad local. Quizá lo era, pero a mí el nombre no me decía nada.

—Todas las fuerzas del mundo se están moviendo —continuó—. Una tras otra. Una tras otra y de vuelta al principio. La mayoría de los hombres caminan dormidos, sin ver la guerra que se libra bajo sus pies y sobre sus cabezas. Los animales naturales ya han elegido bando. Los gatos fueron los primeros. Siempre ven lo que los hombres no quieren o no saben ver. Pero el enemigo ha corrompido otros. Murciélagos, serpientes… no solo los humanos son propensos a caer en la adoración de los dioses de fuera.

Pensé en los gatos que desde que todo esto empezó parecían observarme y guiarme. En el búho que encontré en la cueva y parecía tener algo que decir. Todos tratando de encaminarme de un modo u otro hacia algo o alguien.

—¿Por qué los gatos me ayudan? —pregunté.

Ella inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera divertida.

—Porque tú también estás en la batalla, aunque aún no lo sepas o no lo quieras admitir. Ya has tomado partido, eres un guerrero más. Y los gatos, quizá otros animales y otras personas, te ayudarán o solicitarán tu ayuda… si eres digno.

No supe qué responder. No sabía si era digno. No sabía ni siquiera qué significaba serlo. Mi opinión sobre mí mismo nunca había sido muy buena, y últimamente estaba por los suelos. Ella pareció leer esa duda en mi cara y soltó una carcajada que se quebró en un sollozo.

—Tócalo —ordenó, extendiéndome un retorcido amuleto hecho de hueso y metal.

Lo hice. En cuanto mis dedos rozaron el amuleto, algo se abrió en mi mente. No fue una visión, ni un sueño, ni un recuerdo. Fue todo a la vez. Vi espirales girando dentro de espirales. Vi criaturas reptando entre grietas que no atravesaban muros, sino el propio aire. Vi gatos caminando sobre los tejados de la ciudad como pequeños centinelas observando y reuniendo información. Vi un mar negro que respiraba. Y, en el centro de todo, una figura que no pude distinguir, pero que me miraba como si me conociera desde antes de nacer.

Investigación a 17+. Reducida a 13+ por haber superado cuatro de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo otra vez el 2): Lupa, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la tirada.

Cuando recuperé la conciencia, la replaceta estaba vacía. Ni la mamáloi. Ni el gato. Solo yo, temblando, con la mano extendida como si aún estuviera tocando el amuleto. No sé si he demostrado ser digno. Lo único que sé es que en las últimas tres semanas he sido atacado por hombres y monstruos. He ayudado a la policía y operado al margen de la ley. He acudido a una adivina, a una curandera, me ha bendecido un cura y una bruja me ha puesto a prueba. Es como si todo el mundo esperara algo de mí, pero nadie estuviera dispuesto a explicarse claramente. Sigo sin saber qué está pasando, pero lo que sí tengo claro es que cuando te enfrentas a seres a los que las balas no matan necesitas toda la ayuda posible, ya venga esta de Dios o de un loa vudú.

Para mañana tendremos lista la transcripción de su siguiente semana y cerraremos el primer mes. Podéis continuar con la investigación  pulsando aquí