EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ávidos lectores.
Hoy tenemos una historia realmente horripilante para los halloweeneros premium. Es una novela de 1980 sobre un tema que se puso ligeramente de moda por aquel entonces y se está volviendo a poner de moda últimamente: los zombis nazis.

La historia comienza durante la Segunda Guerra Mundial. Un submarino alemán, a la caza de cargueros y mercantes, acaba de hundir uno junto a la costa de Coquina, una pequeña isla del Caribe. El comandante del submarino, queriendo ser lo más preciso posible en sus informes al alto mando, ordena emerger y envía a dos de sus hombres a cubierta para que pesquen alguno de los restos flotantes. El ataque se ha producido en plena noche para reducir al máximo la visibilidad del submarino, pintado de negro, y evitar que este pueda ser detectado antes de hora por el barco atacado. Esto ha impedido también que el comandante alemán vea con el periscopio el nombre del barco escrito en su costado. Tampoco se le ha enviado por ninguno en concreto; simplemente tiene instrucciones de patrullar determinada zona hundiendo todo mercante o buque de guerra que encuentre, y le ha tocado a este.
Los dos hombres salen a cubierta y logran atrapar un chaleco salvavidas del carguero hundido, en los cuales suele ir inscrito el nombre del barco al que pertenecen. Sin embargo, haber emergido para recuperar algún resto ha dado tiempo a un par de cazasubmarinos despegar desde la costa cercana. El comandante manda cerrar la escotilla y hacer inmersión para huir de los cazasubmarinos dejando a sus dos hombres abandonados a su suerte, flotando rodeados de los cuerpos destrozados por las explosiones y los incendios del carguero.
De ahí saltamos al presente, o lo que era el presente cuando se escribió el libro, es decir, 1980. Un buceador aficionado llamado David, al que muchos lugareños llaman simplemente el hombre blanco porque es el único blanco de la pequeña población, se hunde en el mar en busca de restos de naufragios que pueda vender a los turistas.
Percibe una forma bajo la arena que le llama la atención y empieza a golpearla. Se da cuenta de que es algo metálico. Se sabe que en esa zona fueron hundidos varios barcos durante la Segunda Guerra Mundial, y ya ha encontrado anteriormente algunas cosas, como una brújula de cobre y viejas latas de comida sin abrir. Saca su cuchillo y comienza a excavar alrededor del objeto tratando de extraerlo del légamo del fondo, porque resulta ser enorme. Le da un vuelco el corazón cuando finalmente reconoce la forma. Es una carga de profundidad sin detonar, y el trabajo de excavación que ha estado haciendo la ha movido de sitio, haciendo que se deslice por el fondo cayendo a una sima cercana.
Aterrado, comienza a emerger, pero no consigue hacerlo antes de que la carga se hunda a suficiente profundidad como para explotar. El estallido lo zarandea y aturde, y logra llegar hasta su propio bote a duras penas. La fuerte onda expansiva libera del fondo a otro objeto que había quedado allí desde hace mucho: el propio submarino alemán, que quedó dañado por las cargas de profundidad de los aviones cazasubmarinos. En la superficie, agarrado precariamente a su bote y todavía con los oídos zumbando por la explosión bajo el agua y la subida a superficie excesivamente rápida, David ve cómo el submarino entero emerge, enfila hacia la costa cercana y empieza a moverse hacia el puerto como si estuviese totalmente operativo.
En realidad, es la corriente de costa la que lo acerca a esta. El submarino estaba enterrado en la arena a tan solo cincuenta metros de profundidad y relativamente cerca de la isla. Encalla en unos arrecifes al acercarse a esta y rápidamente su cubierta se llena de gente que llega hasta él en una remolcadora, atraídos por el extraño suceso. Entre los hombres que llegan está Kip, representante de la autoridad local y amigo de David. Ambos conversan sobre lo ocurrido mientras ven cómo los isleños se dedican a dar golpes en el fuselaje y tirar de cables sueltos, como si quisieran llevarse un trozo de recuerdo.
Inmediatamente empieza el debate. ¿Deben remolcarlo a puerto? ¿Sería mejor abrirle las cuadernas y hundirlo? ¿Qué autoridad debe determinar eso? ¿El descubrimiento pertenece a David o al gobierno de las islas? ¿Sigue teniendo torpedos o algún otro tipo de explosivos en su interior que pudieran ser peligrosos para la población? ¿Se puede considerar como una pieza histórica y, por tanto, intocable? El típico maremágnum legal que hace que nadie se atreva a tomar una decisión inmediata.
Ante la perplejidad de las autoridades sobre qué hacer con el hallazgo se une el temor de los más viejos del lugar, porque ellos sí que saben lo que ha emergido del fondo. El submarino no tiene ningún tipo de inscripción o insignia que permita averiguar su nacionalidad, pero los viejos del lugar saben que se trata de un submarino alemán en torno al cual parece haber una historia especialmente grotesca de la que nadie quiere hablar.
La duda sobre qué hacer con el submarino prácticamente se resuelve sola cuando la marea nocturna hace que este se desencalle de los arrecifes y sea arrastrado por la corriente hasta el mismo puerto, donde vuelve a embarrancar. Es un puerto pequeño preparado para botes y embarcaciones de poco calado, y el submarino rasca contra el fondo al llegar a él y queda atascado de nuevo, a tiro de piedra de la población.
Boniface, un anciano que aúna las funciones de cura y de brujo local, opina, más bien ordena, que el submarino sea remolcado de nuevo mar adentro y hundido cuanto antes. Jana, una arqueóloga marina que llega a Coquina en tiempo récord al saber del hallazgo alega que es un descubrimiento histórico, un auténtico tesoro hallado en un estado de conservación envidiable, y debe ser conservado y examinado por un equipo de expertos. Entre una cosa y otra, una palabra comienza a repetirse entre murmullos de extremo a extremo del pueblo: masango (maleficio).
Las escotillas del submarino parecen bloqueadas desde dentro y las autoridades locales no autorizan, de momento, el forzarlas. Poco después empiezan a producirse asesinatos en la población. Son muertes extremadamente brutales, siempre de noche, de personas que aparecen con el cráneo roto, destripadas, algunas muertas de miedo y posteriormente despedazadas. El asesino o asesinos mata utilizando herramientas comunes, como llaves inglesas o martillos, y en muchas ocasiones las heridas parecen producidas simplemente con los propios dedos y dientes del asesino, que se hunden en su víctima con una fuerza terrible, lo suficiente como para abrir la carne y romper los huesos.
El móvil parece ser simplemente el robo, pero no el robo de cosas especialmente valiosas: se llevan herramientas, recambios para motores y baterías náuticas, latas de aceite lubricante, cubos de grasa para maquinaria... pero no dinero o joyas. Kip es el encargado de examinar los cadáveres e investigar el asunto. Las marcas de mordeduras en los cuerpos se deben, oficialmente, a ratas u otras alimañas que pueda haber por la isla y son posteriores al asesinato de las víctimas, pero realmente esto es algo que se dice únicamente para calmar los ánimos, porque evidencia no hay ninguna.
Naturalmente, quien está detrás de todas estas muertes es la tripulación del submarino, que ha estado cuarenta años encerrada en un ataúd de metal. Sus cuerpos están rechupados, carne seca convertida en cuero sobre los huesos, cubierta a su vez de moho y hongos que han enraizado en sus rostros y uniformes. Para ellos, el tiempo se ha detenido en aquella última inmersión que hicieron tratando de huir de los cazasubmarinos. Las cargas de profundidad que estos soltaron apenas dañaron el submarino, pero sí provocaron una avalancha de lodo y arena sobre este que lo inmovilizó en el fondo. Allí murieron, pero no del todo.
Ahora que han salido a la superficie, siguen pensando que están en 1942. Siguen pensando que están en guerra y, para ellos, su misión no ha cambiado. El objetivo de los ataques no es solo alimentarse de los vivos; es también obtener los repuestos que necesitan para poner a punto el submarino, salir con él a alta mar y continuar hundiendo todos los barcos de gran porte con los que se encuentren. ¿Pero qué es lo que provocó esto? ¿Qué hizo que los hombres que murieron asfixiados, encerrados en ese cilindro de metal a cincuenta metros de profundidad, hayan vuelto a la vida?
La explicación se la da a Kip el anciano Boniface. Cuarenta años atrás hubo un enorme incendio en el puerto, en los astilleros de la isla. Ese mismo submarino, que estaba por la zona atacando los barcos, disparó sus torpedos contra las instalaciones del puerto para destruirlas. Las explosiones se extendieron a numerosas chozas de caña que había cerca de las instalaciones y de ahí a la selva que cubría todavía la mayor parte de la isla. El fuego prácticamente arrasó toda la superficie de esta, matando a muchos de los nativos que en ningún momento habían tomado parte en la guerra. El astillero que tenían en su puerto lo habían fabricado los ingleses, que estaban utilizando esa isla como una de las bases aliadas, y eso fue lo que trajo allí a los alemanes.
Entre los supervivientes de aquel desastre estaban Boniface y otros brujos vudú de la isla. Cuando vieron cómo, días más tarde, los cazasubmarinos soltaban su letal carga de explosivos contra el submarino alemán y este hacía inmersión de forma precipitada para evitarlos, se reunieron para lanzar una maldición. Pidieron a sus loas que retuvieran a esos hombres en el fondo del mar, atrapados en su máquina de guerra. No les pidieron que murieran, sino que sufrieran eternamente. Y los loas lo hicieron. Cuando los soldados se asfixiaron por falta de renovación de aire, los espíritus les impidieron morir del todo. Hicieron que la vida permaneciera aferrada a ellos. Sus almas no lograron abandonar sus cuerpos para seguir el camino que les correspondía, sino que quedaron tan atrapadas como estos en el interior del submarino.
Convertidos en cadáveres vivientes, los submarinistas alemanes han permanecido cuatro décadas sufriendo cada día, cada minuto, la sensación de ahogo, de asfixia, el hambre, la sed, la agonía de estar a punto de morir, pero sin llegar a morir del todo. Una condena que debería haber sido eterna, pero de la que David les ha sacado inadvertidamente al hacer detonar esa carga de profundidad. El contacto con el mundo exterior, con el aire renovado, está matando ahora por fin a estos soldados. El tiempo está al fin reclamando lo que le pertenece, pero no lo suficientemente rápido. Siendo conscientes de que van contrarreloj, estos monstruos uniformados multiplican sus ataques, alimentándose de los vivos con la esperanza de volver a llenar así de sangre sus venas, de que la carne vuelva a crecer sobre sus huesos. Nada de esto funciona, ni palia el dolor constante que les produce el estar muertos, lo cual les enfurece aún más.
Pese a los intentos de la población por detenerlos con fuego o armas convencionales, nada parece ser realmente efectivo. Incluso el propio Boniface, que rogó a sus dioses para desatar esta maldición sobre los submarinistas nazis, ahora les ruega que la detengan, pero no consigue reunir tanto poder como el que tuvo en el pasado y estos ya no le oyen. La tripulación de muertos vivientes logra por fin poner en marcha los viejos motores del submarino y se hacen a la mar en busca de buques desprevenidos a los que hundir uno tras otro.
Y a David y al grupo que ha ido formándose a su alrededor solo les queda una opción: una táctica náutica antigua y casi suicida, el brulote; coger uno de los barcos del puerto, llenarlo de explosivos y combustible hasta convertirlo prácticamente en una bomba flotante y salir al encuentro del submarino para estrellarse con él.
Pasan más cosas, desde luego. Hay más personajes y tenemos acceso a muchos de los recuerdos de estos no relacionados con el tema principal. Pero nada de lo que nos encontramos en este sentido es tan extenso como para sentirse como de relleno. No hay largas tramas secundarias o paralelas que no lleven a nada, o estas son mínimas. Es un libro muy centrado en lo que tiene que contar y, además, lo cuenta muy bien. La escritura es magnífica, atmosférica. Es muy fácil meterte en ella.
Las partes en las que se nos describe la vida en la isla son vibrantes y hasta adorables. Las partes en las que los submarinistas nazis zombis están masacrando a la población son crudísimas. La parte técnica, en lo que se refiere a la descripción del submarino y las embarcaciones está bastante bien llevada y se nota que el autor o bien sabe de lo que habla, o bien se tomó la molestia de documentarse al respecto. Pero todo ello sin caer en la pedantería, sin limitarse a acumular datos porque sí, simplemente utilizando la terminología correcta y descripciones realistas.
Más zombis nazis pulsando aquí.
The nigth boat. 1980. Robert R. McCammon (texto) Jordi Vallhonesta (portada). Publicado en 1990 por Ediciones B.