MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 3 de mayo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 27 de abril al 3 de mayo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Una semanita aburrida! ¡Casi no han aparecido monstruos! ¿Se está librando la ciudad al fin de ellos, o solo se están reagrupando para atacar todos a la vez? ¡Lea los detalles aquí!


LUNES, 27 DE ABRIL DE 1926

Finch ha sido más rápido de lo que esperaba. No sé si por miedo, por orgullo o por una mezcla de ambas cosas, pero entre la noche del domingo y la madrugada del lunes ya había hecho su trabajo. Nos vimos en uno de sus callejones preferidos y me entregó una bolsa de arpillera. La abrí allí mismo. Documentos, cuadernos, un par de objetos rituales envueltos en trapos. Todo mezclado, como si hubiera barrido una mesa entera y lo hubiera metido en la bolsa sin mirar.

—¿Eso es todo? —pregunté—. Los polis se llevaron cajas enteras de material de aquel sitio. 

—¿Y suponías que yo, solo, iba a traerte todos esos montones de cajas? Esto es lo que podía cargar con seguridad para volver a salir rápidamente y en silencio. 

—¿Y nadie te vio? 

—¿A mí? —se rió—. Miller, he estado detenido allí doce veces. Conozco ese sitio mejor que mi propia casa. Sé qué escalón cruje, qué puerta tiene el pestillo flojo, qué agente se duerme siempre en el turno de madrugada. Y además… —bajó la voz—. No sé por qué, pero todos tenían miedo. Si alguien me oyó rebuscar o me vio de refilón, seguro que fingió no hacerlo para no tener que investigar.

Separé lo que me pareció más inocuo (unos cuadernos que parecían listas de la compra de una botica, otros que eran algún tipo de diarios y uno grueso que parecía una mezcla de libro de cuentas e inventario) para llevárselos a Eliot Crane. El chaval estaba en la biblioteca de la universidad, rodeado de libros, papeles y tazas de café vacías. Parecía que no había dormido desde la semana pasada.

Cuando dejé caer el mazacote de libretas en la mesa, se quedó inmóvil. 

—¿Qué es eso? —preguntó. 

—Material incautado —respondí—. Necesito que lo estudies. Busca cosas como nombres que se repitan mucho, direcciones y fuentes de financiación.

Crane tragó saliva. 

—¿Es… es legal que yo lea esto? 

—No —dije—. Pero es necesario.

El muchacho dudó. Miró los documentos como si fueran su propia sentencia de muerte y le estuviera pidiendo que la firmara. 

—Miller… si me pillan con esto, me expulsan. O peor. 

—Si no lo estudias, Arkham se va al infierno —respondí—. Y tú con ella.

Crane cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.

Búsqueda a 10+. Primer intento. Linterna, Lupa, 5, 4, 2. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada sin problemas.

—Está bien. ¿Para cuándo lo necesitas? 

—Para lo suficientemente pronto como para que aún sirva de algo —dije.

Mientras salía de la biblioteca, pensé en Finch. En Crane. En Evelyn. En Inhidra. En el padre Arden… en todos aquellos que, siendo conscientes de ello o no, estaban exponiendo sus vidas por ayudarme.


MARTES, 28 DE ABRIL DE 1926

Hoy he visto a Evelyn en el mundo real. Ya ni tan solo se me hace raro tener que especificarlo. Nos encontramos en una cafetería pequeña. Habíamos hablado un par de días atrás, cuando lo de la redada, pero esta mañana me llamó para decirme que había recordado algo que quería decirme en persona.

Cuando me senté frente a ella, me miró con una mezcla de alivio y agotamiento. 

—¿Estás durmiendo lo suficiente? —pregunté. 

—Estoy durmiendo demasiado.

Pedimos dos cafés. Ella no tocó el suyo. Solo lo removía, como si el movimiento en espiral de la cucharilla hundida en el líquido negro la ayudara a ordenar sus pensamientos.

—Es sobre lo del domingo… —empezó—. Cuando vuelvo de allí, los recuerdos no siempre son claros. A veces vuelven por etapas. Esta mañana he recordado que hubo un momento, justo al final, cuando la estructura de la torre ya se tambaleaba… 

—¿Qué viste?

Evelyn cerró los ojos, buscando las palabras adecuadas. 

—No era parte del sueño. Era otra cosa. Una imagen o un conocimiento que se mezclaba con este. Vi agua. Oscura. Y un puente. No uno de piedra. Uno metálico, viejo, oxidado. Y detrás, una estructura grande. Como una fábrica abandonada. O un almacén industrial. Hice un dibujo.

Me tendió una cuartilla de papel con un dibujo a lápiz. Lo examiné con el ceño fruncido. 

—¿Podría ser una alucinación? 

—No. Era un lugar real. Lo sentí. Como cuando estás soñando con tu propia casa. Sabes que es tu casa aunque no se parezca del todo. Ese sitio existe, John. Y el Sacerdote Mayor estaba allí o muy cerca. De algún modo, cuando escapó del edificio de la redada, llegó hasta ahí en ese mismo momento.

—¿Eso es posible? ¿Pasar inmediatamente de un lugar a otro?

Ella bajó los hombros, abatida. 

—Al parecer sí. 

—¿Recuerdas algo más? ¿Algún detalle? ¿Algún sonido?

—Sí. Escuché metal. Como cadenas tensándose. O como una estructura grande moviéndose con el viento. Y había un olor. A humedad. A madera vieja. A… a… 

—¿Al puerto? 

—Más bien al río.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble) 3, 3, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y el 1): Lupa, Linterna, 3, 3, 3. Tercer intento (repitiendo todos los dados de números): Lupa, Linterna, 4, 2, 1. Obtenemos Investigación 7 y fallamos la tirada.

Suspiré. Arkham tiene varios lugares así. El río cruza la ciudad, y en muchos puntos de su vereda hay pequeños muelles con sus almacenes de mercancías y fábricas que ya nadie usa. Eran más de una docena de posibles escondrijos.

—¿Crees que pueda estar en ese lugar? —pregunté.

Ella abrió los ojos. Había miedo en ellos, pero también determinación. 

—Creo que está herido. No físicamente, sino… espiritualmente, por decirlo de algún modo. Tú me dijiste que Inhidra estaba muy concentrada, y que eso parecía manteneros a salvo a los demás. Puede que la concentración de Inhidra fuera más fuerte que la del Sacerdote Mayor, y eso lo dañó de algún modo… no lo sé, yo no entiendo de eso. Pero la sensación que tuve junto con esa visión es que necesita un lugar apartado para reponer fuerzas. Y creo que es el lugar que vi.

Nos quedamos un rato en silencio. Ella mirando su café frío. Yo mirando la calle a través del cristal. Estaba empezando a llover otra vez.


MIÉRCOLES, 29 DE ABRIL DE 1926

Salí a caminar por la vereda del Miskatonic, siguiendo el cauce río abajo. Llevaba el dibujo de Evelyn doblado en el bolsillo interior del abrigo. Buscaba alguna estructura que se pareciera lo más posible a lo que ella había visto. El río estaba gris, pesado, arrastrando ramas y esa espuma densa que producen las fábricas textiles.

Estuve observando un par de estructuras aparentemente abandonadas. Ninguna encajaba del todo con el dibujo. Me detuve en un recodo donde el río se estrecha y la corriente se acelera. Desde allí se veía un viejo embarcadero de madera, medio hundido, y detrás una hilera de naves industriales que parecían muertas desde hacía décadas.

El agua empezó a agitarse. Primero pensé que era un tronco atrapado en un remolino. Luego vi cómo la superficie se abombaba. Un cangrejo gigante, igual al que me enfrenté en febrero, lo que Inhidra llamó Caparazón Negro. Este parecía algo más pequeño y lento, y lo cierto es que verlo ya no me impresionó tanto como la primera vez. Salió del agua y comenzó a subir la cuesta del río directamente hacia mí, así que hice lo sensato: saqué un cartucho de dinamita del abrigo, lo encendí y lo lancé rodando cuesta abajo, calculando que la explosión tendría lugar más o menos cuando el cartucho rodara bajo las patas y abdomen del monstruo.

Combate a 8+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo todos los dados): Revólver, Lupa, 3, 2, 1. Tercer intento (repitiendo el 2 y el 1): Revólver, Lupa, 5, 5, 3. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada.

La explosión levantó una columna de tierra, barro y trozos de cangrejo. Bajé por la pendiente y recogí todos los fragmentos del monstruo que pude. Eran como trozos de carbón, pero tocarlos resultaba especialmente desagradable. Metí los que cabían en la saqueta de lona que ya siempre llevo encima para cuando me toca cargar con algo que no quiero tocar directamente, y pateé el resto de trozos al río para que la corriente los arrastrara. No quería dejar esas cosas allí donde cualquier crío pudiera encontrarlas.

Mientras lo hacía, levanté la vista hacia las naves industriales del otro lado del río. Una de ellas, más grande que las demás, tenía un tejado inclinado y una estructura metálica sobresaliendo por encima, como una torre de carga. Me quedé mirándola. Ya la había desechado antes de que apareciera el cangrejo, pero ahora había algo en ella…

Saqué el dibujo de Evelyn. Lo observé un momento. Luego levanté la cuartilla y la giré para ver el dibujo al trasluz. En su visión, Evelyn lo había observado (y por tanto dibujado) desde un ángulo distinto al que tenía yo observándolo desde la vereda del río: la torre metálica, el viejo puente ferroviario, el almacén de la fábrica textil… todo encajaba si rotabas la imagen.

Guardé el papel y, tras regresar a mi oficina, marqué el lugar en mi mapa. Mañana registraré el sitio. Un monstruo al día sigue siendo mi límite.


JUEVES, 30 DE ABRIL DE 1926

Volví a la fábrica abandonada esta mañana. Hacía frío y el río arrastraba una neblina baja que hacía que todo pareciera más silencioso de lo normal. La estructura se alzaba frente a mí como un animal dormido: paredes de ladrillo húmedo, ventanales rotos, vigas oxidadas que asomaban como costillas… todos sabemos qué aspecto tiene una nave industrial abandonada. Empujé la puerta lateral, que cedió con facilidad.

No tardé en encontrar huellas en el polvo del suelo y símbolos pintados en las paredes, recientes, apresurados. Pero el más inquietante estaba en el centro de la nave: una espiral enorme, trazada con un tinte gomoso y oscuro que no quise ni tratar de identificar. Me acerqué despacio. El dibujo parecía moverse si lo mirabas demasiado tiempo. Saqué la petaca con el líquido que me dio Madrivana. Quedaba menos de la mitad, pero sería suficiente.

Fui rociando los símbolos de las paredes uno por uno. En cuanto el líquido tocaba la pintura gomosa, esta siseaba como brasas al contacto con el agua y se escurría dejando un chorreón grisáceo. Vertí lo que quedaba sobre la espiral, en un círculo amplio. El dibujo reaccionó con un leve chisporroteo. Guardé la petaca vacía y me dispuse a marcharme. Fue entonces cuando noté que el siseo cambiaba. En lugar de apagarse, parecía incrementarse, volviéndose más largo y húmedo. Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que lo que oía no era la reacción de ambos químicos interactuando. Era el siseo de una serpiente.

Me giré y la vi salir desde detrás de un montón de escombros: otra de esas serpientes de dos cabezas, ambas moviéndose sin coordinación, como si cada una ignorara la existencia de la otra. Sus escamas estaban apagadas, sin brillo, y su avance era torpe y perezoso. Era como un intento fallido de invocación, un guardián que debería haber sido más terrible, pero que a estas alturas, tras todo lo que ya he visto, me resultaba hasta penoso.

Combate a 7+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 4, 3. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Combate 9 y pasamos la tirada.

Saqué el revólver con calma. La criatura apenas reaccionó. Un disparo a cada cabeza bastó para dejarla inmóvil. Simplemente cayó, como si hubiera estado esperando que alguien la matara. Después de todo, si lo he entendido bien, ni tan solo son animales de verdad, sino algo (una especie de hechizo) que toma su aspecto y forma para atacar a quien se ponga a su alcance.

El Sacerdote Mayor se me había escapado otra vez. Seguramente lo hizo ayer, en cuanto su cangrejo gigante voló en pedazos. Ahora, con sus dibujos inutilizados y su segundo guardián destruido, tiene menos sitios en los que esconderse.


VIERNES, 1 DE MAYO DE 1926

Hoy no ha habido monstruos, gracias a Dios. A media tarde pasé por un colmado, y una señora estaba contándole al sufrido tendero que la atendía que había visto a tres hombres encapuchados pintando símbolos raros en la pared de un callejón cercano.

Cuando llegué, ya no estaban. El callejón olía a pintura fresca y a moho. Los símbolos estaban trazados sin mucha precisión. Ya daba por sentado que los que murieron o fueron arrestados en la última redada no serían todos los que quedaban en la ciudad, pero tampoco esperaba que volvieran a la carga tan pronto, y además actuando a plena luz de la mañana. Lástima haber gastado ya todo el líquido neutralizador que me dio Madrivana. Mañana, si no falta, tengo que llevarle los nuevos trozos de Caparazón Negro que recogí el miércoles, a ver si puede fabricarme más.

Volví a la oficina y marqué en el mapa general de la ciudad el punto donde encontré estos nuevos dibujos. Observé el conjunto mientras repasaba mentalmente lo que sabía. El Sacerdote Mayor está herido de algún modo y parece estar perdiendo poder. Sus criaturas son cada vez más débiles y sus seguidores actúan de forma descuidada. Y aun así, siguen haciendo de las suyas como si nada más les importara.

Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los números): Revólver, Lupa, 5, 4, 4. Obtenemos Investigación 13 y pasamos la tirada.

Aún no sé si están protegiendo algo, buscando algo o esperando algo, pero veo un patrón en los lugares en que han ido dibujando los símbolos. Probablemente necesiten dibujarlos con una separación aproximada entre uno y otro para que tengan el efecto deseado. Lo que necesito ahora, hasta que tenga más de ese líquido para anularlos, es determinar dónde toca el siguiente para tratar de impedir que lo pinten.


SÁBADO, 2 DE MAYO DE 1926

Hoy he llevado a Madrivana los fragmentos del Caparazón Negro que recogí el miércoles. Me recibió con su habitual mezcla de calma y severidad. Su casa siempre huele a hierbas secas, a tinta y a algo metálico que nunca he conseguido identificar. Cuando le mostré los fragmentos, los tomó con delicadeza.

—Estos son mejores que los anteriores —dijo, examinando uno de los trozos bajo la luz—. Más densos. Más cargados. Aunque… —frunció el ceño— también más inestables.

Le pregunté si podría preparar más de ese líquido que destruye los símbolos. Asintió sin dudar.

—Sí. Con esto puedo hacer una cantidad decente. No tanta como me gustaría. Pero necesitaré tiempo. Y silencio.

Supuse que era una forma de decirme que mi presencia sobraba allí e hice el ademán de marcharme, pero me detuvo con un gesto. Madrivana trituró algunos trozos, los mezcló con polvos de sus estantes que no reconocí y vertió un líquido espeso que desprendía un olor salino, como el de las mareas bajas. El sonido del mortero golpeando la cerámica llenó la habitación con un ritmo lento, casi ritual.

Investigación a 9+ en nombre de Madrivana. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la tirada.

Al cabo de una hora en la que no dejó de añadir pellizcos de polvos y hierbas mientras murmuraba, filtró el resultado en un frasco. Tras quitar los posos insolubles no quedaba casi nada, pero sí obtuvo lo suficiente para volver a llenar mi petaca.

—Ha sido mucho más rápido que la vez anterior —comenté sin levantar la vista de mi petaca mientras hacía el trasvase.

—La vez anterior hubo que estudiar y experimentar mucho. Ahora ya sé lo que debo mezclar y en qué proporción. Y también dispongo de algunos ingredientes que antes no tenía y me dio la mamaloi —añadió, haciendo un gesto hacia sus estantes.

Ya me había fijado en que estaban mucho más vacíos de lo normal.

—Parece que te estás quedando sin ingredientes.

Madrivana negó con la cabeza.

—No. Lo que ocurre es que los he estado trasladando a la casa de la señora Hargrove. Hablé con ella y me propuso que me instalara a vivir allí. Ha preparado habitaciones para todos nosotros. Ese lugar es como una fortaleza, y no lo digo por las puertas y muros. Muchas de las antigüedades que tiene son baratijas de museo, pero de otras emana verdadero poder.

Cuando terminé de rellenar la petaca, me despedí de ella y volví a la oficina. De camino anulé los símbolos del callejón cercano al colmado. Suelo comprar allí y no me gustaba nada la idea de que esas cosas estén tan cerca, contaminando el aire, o retorciendo la realidad, o lo que sea que hagan.


DOMINGO, 3 DE MAYO DE 1926

Aproveché la relativa tranquilidad de estos últimos días para descansar bien y provocar un nuevo viaje al Mundo Onírico. Cuando abrí los ojos estaba en un yermo que al principio creí congelado, pero lo que a mí me parecía hielo resultó ser cristal. En mi percepción del tiempo de aquel lugar, tardé unas tres semanas en llegar a una zona reconocible, y desde allí encaminarme al punto en el que esperaba encontrar a Evelyn.

Evelyn, en su forma de búho, batió las alas una vez como saludo. Tal como supuse, había estado haciendo crecer nuestra propia fortaleza: un castillo de aspecto medieval formado por bloques de piedra blanca con vetas grises, como mármol. Inhidra estaba con ella en su forma andrógina de piel azul, generando su propio maná para unirlo al de Evelyn. Y había un tercer soñador, cuyo aspecto era el de un caballero cruzado de brillante armadura y frondosa barba blanca. Con sus guantes de malla sostenía su propia espada por el filo, cerca de la cruceta, y con la empuñadura levantada como si el arma fuese un enorme crucifijo. De esta brotaban hebras de maná que iban a unirse igualmente a las de la mamaloi y las de Evelyn.

No quise interrumpir su concentración para preguntarle quién era. Eso podía esperar. Lo que hice fue concentrarme hasta que de las puntas de mis dedos comenzaron a brotar mis propias hebras de maná. Constaté que eran las menos numerosas y más débiles de todas. Estaba claro que aquello no se me daba bien. Pero cualquier cosa que pudiera aportar ayudaría al conjunto.

La fortaleza estaba aún a medio construir: muros incompletos, torres sin rematar, pasillos que terminaban en la nada. Pero también había algo nuevo: una sensación de propósito. La anterior vez que estuve allí con Evelyn creando la base de la fortaleza, tenía la impresión de que las propias Tierras del Sueño nos rechazaban. Ahora era distinto. Como si ya hubieran aceptado la idea de que lo que estábamos creando debía existir. El maná común se trenzaba en bloques de piedra blanca que se acomodaban solos en su lugar.

Investigación a 11+. Incrementada a 12 si no tenemos al menos un punto de locura/conocimiento de Mitos, que no es el caso. Reducida a 6+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la tirada.

Evelyn extendió las alas y el maná que brotaba de entre las plumas se condensó en multitud de detalles, dando forma y peso a goznes, bisagras, antorcheros y portillas. Yo ayudaba con lo que podía, pero mi influencia en las Tierras del Sueño es mínima comparada con la de los demás. Aun así, trencé maná hasta que no pude más. Sentí que la vigilia comenzaba a tirar de mí, reclamándome al mundo real.

Inhidra, que a medida que la fortaleza crecía había quedado cercada por sus muros, nos llamó desde el interior. Accedimos a un patio circular.

—A partir de ahora —dijo Inhidra—, cuando entremos en la Tierras del Sueño, apareceremos aquí. No más lugares aleatorios. No más riesgos innecesarios. Este será nuestro punto de partida, de reunión y también nuestro refugio.

Contemplé la fortaleza a nuestro alrededor. Todavía estaba muy incompleta, pero lo que había se veía sólido. Es increíble lo que se puede hacer en este mundo a base de concentración y voluntad.

Desperté, como de costumbre, con el corazón acelerado, pero por primera vez en semanas no me sentí mal por ello. Tenemos un cuartel general en el mundo real, en la mansión de la señora Hargrove. Ahora uno en las Tierras del Sueño. Y tenemos al Sacerdote Mayor debilitado. 

Mientras me preparaba un café caí en la cuenta que no había llegado a preguntar quien era el caballero de la armadura. Supongo que antes o después me enteraré.

 

Quedan algunas cosas por retocar en esta entrada, pero las dejo para mañana, que esto me ha llevado más tiempo del que esperaba y es hora de dormir 😅. Mañana lo pulo. 

Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí

jueves, 30 de abril de 2026

POPEYE (nº 17) Los gigantes del volcán

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, comedores de espinacas.

Tras acabar con una ensalada de espinacas como plato principal del día, nos ha parecido adecuado reseñar otro de los cómics de Popeye que tenemos por ahí. 

En este continuamos la historia directamente donde se interrumpió en el número anterior. Utilizando el taladro de proa, el Termita hunde la Armada japonesa. Lo malo es que el taladro se estropea de tanto perforar los cascos de los buques. Como este hace también las funciones de hélice, sin el giro del taladro el Termita no solo no puede perforar roca para su movimiento subterráneo, sino que tampoco puede propulsarse para volar o navegar. Además, aunque han hundido la flota enemiga, la aviación sigue dando vueltas sobre el lugar del combate, esperando a que el Termita salga a la superficie para bombardearles.

Cocoliso sale a buscar otro taladro hélice mientras Pilón se pone a cocinar algo. Los aviones japoneses ven una columna de humo de la cocina saliendo por el esnórquel de renovación de aire y empiezan a lanzar cargas de profundidad. Óscar reacciona poniéndose a cavar trincheras junto al submarino. Rosario, todavía dentro, dispara hacia arriba con una ametralladora intentando darle a los aviones, llenando el casco de agujeros en el proceso.

Harto de la situación, Popeye sale del submarino (sí, aquí nadie parece necesitar respirar) y se dedica a derribar a los aviones lanzándoles todo lo que encuentra a mano: un ancla, un pulpo, un pez espada, tortugas, al mismísimo Davi Jones, que pasaba por allí, y finalmente a Pilón. Libres al fin de la aviación japonesa, logran empujar el Termita hasta vararlo en la playa de una isla cercana. Allí se encuentran con Cocoliso, que ha estado perdiendo el tiempo y ligando con un par de sirenas en el bar submarino del Rey Neptuno.

Rosario tiene entonces la brillante idea de pintar el Termita con pintura de camuflaje, pero esta resulta ser tan buena que lo que hace es volver al submarino invisible. A consecuencia de ello, no son capaces de encontrarlo y no tienen más remedio que fabricarse una embarcación tallándola en madera y propulsarla a remo. Como carecen de herramientas, Popeye emplea su barba de tres días como lija para serrar árboles, y luego Rosario pinta hamburguesas en el tronco para que Pilón se coma la madera a bocados y vaya ahuecándolo. Rosario bautiza el barco como «El Botellón». Y realmente parece que el guionista de esta historia venía de un botellón cuando se puso a escribir, porque si ya las aventuras son de por sí absurdas, esta se lleva la palma.

A bordo de El Botellón se dan otra serie de situaciones que no tendrían nada que envidiar a los mejores gags de los hermanos Marx. La que más me llamó la atención es esta en la que Popeye decide tratar de pescar un tiburón para paliar el hambre. A modo de cebo, sumerge su propio pie en el agua. La idea es que, cuando el tiburón acuda a morderle el pie, él lo matará de una patada y lo subirá a bordo. Pero cuando el tiburón llega hasta él, lo que hace es medirle el pie con un brannock mientras sonríe irónicamente. A continuación se marcha sin más, lo cual hace que Popeye se sienta especialmente ofendido.

Popeye se publicó originalmente como tiras de prensa y, debido a ello, el humor acompañaba a las noticias del momento. Es posible que esto de calibrarle el pie a alguien para ridiculizarle sea una referencia a algún suceso de la época. O puede que se trate simplemente de otro ejemplo de ese humor absurdo de los años 20 y 30 en que se jugaba con situaciones ilógicas o directamente ridículas como esta. Que un tiburón salga del agua, mida el pie de un hombre en lugar de morderlo (como un pescador que, tras atrapar un pez, lo devuelve al mar por ser demasiado pequeño) y se marche sin más es simplemente inesperado. Aquí el autor juega a “traicionar” al lector, que lógicamente espera que el tiburón muerda el pie, pero en su lugar hace algo completamente fuera de lugar. La reacción de Popeye (sentirse ofendido por la mala praxis del escualo) vendría a ser como el remate del chiste, añadiendo a una situación ya de por sí absurda una reacción aún más absurda todavía.

La Gran Guerra, como se llamaba entonces a lo que hoy conocemos como la Primera Guerra Mundial (nadie podía concebir en aquel entonces que se repitiera jamás un conflicto a tal escala), dejó a la humanidad con una sensación de desencanto general. Se perdió la enorme fe en la lógica y el progreso de décadas anteriores y una generación entera quedó traumatizada. El dadaísmo, el surrealismo y el humor absurdo que se saltaba las leyes físicas y la lógica (los hermanos Marx, Chaplin, Keaton…) fueron una consecuencia directa de la sensación de decepción y sinsentido general que dejó en la gente la Gran Guerra. Porque si el mundo había sido capaz de volverse loco hasta ese extremo, el humor y el arte tampoco tenían por qué ceñirse a ningún tipo de lógica. Este cómic en concreto es de los 70, bastante lejos de esa época, pero Popeye nació a finales de los años 20 y, aunque con altibajos, mantuvo ese estilo característico propio de la post Guerra Mundial en la que vio la luz.

Pero volvamos con la historia. Tras un par de días de hambre y sed, llegan a una isla volcánica. Esta resulta estar habitada por el dios Vulcano, que se nos presenta como un ogro vestido con casco de bombero y un faldellín de amianto. Tras una presentación algo tensa, en la que Vulcano se pone chulo, Popeye no tiene más remedio que pararle los pies.

Aclarado esto, Vulcano los invita a todos a su casa, que no es otra cosa que el interior del volcán. Allí no hay nada más que otro cráter en el suelo que lleva a mayor profundidad, una ranura por la que él le echa las cartas a Papá Noel en Navidad y una tubería que golpea cuando se aburre.

A falta de nada mejor que hacer, Popeye y los suyos se asoman al agujero, porque Vulcano afirma que abajo vive un monstruo. Y entonces un gigantesco puño surge repentinamente de entre las volutas de humo que salen de este segundo cráter, golpea a Popeye en la mandíbula y lo deja grogui. Como en el volcán no hay espinacas ni ellos tampoco llevan ninguna encima, Rosario le escribe una carta a un senador para que les envíe semillas de espinacas. Estas llegan poco después en un paquetito atado a la pata de un pájaro mensajero. Y mientras Rosario las planta, Vulcano protege al pájaro de Pilón, que tenía la intención de comérselo. En el volcán tampoco hay agua, así que Pilón le cuenta a Rosario la historia de su triste infancia, de modo que sus lágrimas se derraman sobre el lugar donde plantó las espinacas.

La criatura a la que pertenecía el brazo gigante que golpeó a Popeye surge del cráter. Este resulta ser el cíclope Polifemo, aunque quizás sea un poco diferente a como os lo soléis imaginar. Tiene dos ojos (lo cual es problemático para un cíclope) y es muy grande, desde luego, pero no especialmente alto. Es, de hecho, algo más bajo que Popeye, pero también es mucho más voluminoso. Solo en su brazo hay más carne y músculo que en todo el cuerpo de Popeye.

Polifemo, al que al parecer no le gustan las visitas, comienza a machacar a Popeye, que aún no se ha recuperado del todo del primer golpe que le dio. Rosario, por eso de que la música amansa a las fieras, se pone a tocar un violín imaginario para ver si con eso logra calmar a Polifemo. Y este, al que al parecer le gusta la música, coge a Popeye y empieza a estrujarlo  y estirarlo como si fuera un acordeón, para hacerle el acompañamiento a Rosario.

Tras unas cuantas páginas de pelea en las que Popeye lleva las de perder, uno de los golpes de Polifemo lo arroja junto al lugar en el que plantaron las semillas de espinacas. Estas ya tienen unas cuantas hojitas, lo bastante crecidas como para comerlas, así que Popeye arranca una y se la echa al gaznate. Con esto Popeye se vuelve mucho más fuerte que Polifemo. Aun así, es incapaz de pegarle porque, pese a ser enorme en cuanto a volumen, Polifemo es ligeramente más bajito que él, y Popeye tiene por principio no golpear a nadie más pequeño.

Rosario busca varias formas de solucionar esto y al final termina golpeando a Polifemo en la cabeza con un enorme garrote. Con la altura extra que le da el chichón que le crece a resultas del golpe, Polifemo es ahora un poco más alto que Popeye, con lo que este comienza a pegarle sin ningún tipo de traba moral. Finalmente, Popeye derrota a Polifemo, que huye despavorido del volcán, alejándose a nado de la isla.

En agradecimiento, porque Polifemo era un abusón, Vulcano se ofrece a ayudar a Popeye y sus amigos en lo que pueda. Estos, que aparentemente se han olvidado de su misión de encontrar las Islas Misteriosas, le piden regresar a casa. Vulcano los lleva entonces a otro nivel inferior del volcán, donde les hace subir en una especie de vagón de tren con forma de misil para enviarlos a Espinacola. Les pregunta incluso la dirección concreta, el nombre y número de la calle, por lo que se ve que el sistema es muy preciso.

Tras un largo (en distancia), pero breve (en tiempo) viaje, llegan hasta la dirección que le dio Pilón, que no es la de la casa de ninguno de ellos, sino el bar de Perendengue. El proyectil atraviesa el suelo y todos ellos salen ilesos del mismo. Perendengue se alegra mucho de verlos y les pregunta qué quieren comer. La respuesta de Popeye es espinacas, lo cual hace que el cocinero entre en cólera y le acuse de ser un asesino, un salvaje y un enemigo de los niños. A modo de explicación, le muestra un panfleto en el que un tal doctor Serrucho anuncia a bombo y platillo que las espinacas vuelven débil a la gente que las come.

Pero ese es el argumento principal de la siguiente historia, que veremos en otra ocasión. De momento podéis repasar todo lo ya reseñado sobre este personaje pulsando aquí.

No se indica el título original. 1972. Tom Sims & Zaboly (texto y dibujos). King Features Syndicate. Publicado en 1972 por Buru Lan S.A.

domingo, 26 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 20 al 26 de abril de 1926

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Enorme redada policial en un barrio especialmente feo! ¡Montones de muertos y heridos! ¡Nueva secta desarticulada! ¿Está por fin Arkhan a salvo de esos malandrines? ¡Compre ya su ejemplar, que me los quitan de las manos, oiga! 


LUNES, 20 DE ABRIL DE 1926

Fui a ver a Madrivana a primera hora para hablarle de la señora Hargrove y de su plan de convertir su mansión en una especie de cuartel general para todos los que estén dispuestos a enfrentarse a lo que sea que está ocurriendo (o está por ocurrir) en Arkham. Hasta que Inhidra dé su visto bueno a lo de ir a por el Sacerdote Mayor, me dedicaré a atar cabos sueltos e intentaré reunir a todos los que están metidos en esto para formar un verdadero grupo.

Investigación a 7+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 1): Revólver, Lupa, 4, 4, 2. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la tirada.

No me costó mucho convencerla. En realidad, creo que ya lo estaba. Cuando terminé de hablar me dijo que Inhidra ya se lo había comentado. Le pregunté cuándo había hablado con ella, y como respuesta tomó un frasco de un estante y lo colocó frente a mí sobre la mesa a la que estábamos sentados. El líquido del interior era oscuro, espeso, casi aceitoso. Madrivana volvió a sentarse frente a mí.

—Es el preparado que hicimos con los restos del Caparazón Negro. Yo preparé la base. La mamáloi la refinó y la estabilizó. Y ella misma se la llevó al padre Arden para que bendijera el líquido resultante como si fuera agua. Lo que tienes en las manos es una mezcla de poderes basados en tres creencias diferentes —añadió Madrivana— para combatir a un enemigo que no debería existir.

—Muy bien —dije tomando con cuidado el frasco—. ¿Y qué hago con él?

Me explicó que borrar los símbolos que los sectarios están pintando por las calles no sirve casi de nada. El símbolo puede hacerse desaparecer físicamente, pero la magia que se depositó en él al hacerlo queda allí como una marca que el ser adecuado puede seguir viendo y rastreando. El mejunje que habían preparado servía precisamente para eso, para «matar» el símbolo, arrancarle la chispa, dejarlo mudo.

—Debes salpicarlo —dijo Madrivana—. No verterlo. Basta con unas pocas gotas. Como si fuera agua bendita. Pero con cuidado. Es algo corrosivo. Si te cae en la piel te quemará. En los ojos podría dejarte ciego.

Saqué mi petaca de whisky del bolsillo y se la mostré.

—¿Algún problema con que lo pase aquí?

Ella negó con la cabeza. Si es indiferente llevarlo en un recipiente de metal que en uno de cristal, y sabiendo que es corrosivo, prefería lo primero. Quité la tapa y el dosificador, me terminé lo poco que quedaba de un trago y vertí cuidadosamente el contenido del frasco a la petaca. Ajusté de nuevo el dosificador, que me permitiría salpicar rápidamente con la petaca simplemente moviéndola con energía, y me aseguré de dejar la tapa bien enroscada.

—Úsalo con cabeza y no lo desperdicies, Miller. Es difícil y peligroso de elaborar.

Asentí y me guardé la petaca en el bolsillo, sintiendo el metal extrañamente caliente.


MARTES, 21 DE ABRIL DE 1926

La gente puede acostumbrarse a cualquier cosa, incluso a lo que debería volverlos locos. Sin más, hoy iba por la avenida de los Olmos cuando escuché un batir de alas que he aprendido a reconocer muy bien. Miré hacia arriba tratando de localizar al murciélago gigante que lo provocaba. Uno de estos monstruos se había dejado caer desde la terraza de un edificio al otro lado de la calzada. No descendía en un largo y progresivo picado siguiendo la calle, como los anteriores. Este cayó de una terraza como una piedra, remontando el vuelo pocos metros antes de estrellarse con el suelo. Cruzó la avenida de lado, como un proyectil, estando en un tris de estrellarse contra un par de coches.

Saqué el revólver por instinto mientras lo veía caer, pero en el aterrador segundo que tardó esa cosa en elevarse de nuevo y enfilar hacia mí, caí en la cuenta de que si disparaba, las balas irían a parar al edificio de enfrente. Ventanas, paredes finas de ladrillo y madera barata, gente desayunando o niños jugando tras ellas… No podía arriesgarme a dispararle, y el murciélago venía tan rápido que apenas tuve tiempo de pensar. Metí la otra mano en el bolsillo izquierdo y saqué el diapasón del profesor Dorn. Lo golpeé contra el tambor del revólver que tenía en la mano derecha. Fue un salto de fe, porque recordé haber leído en algún lado que los murciélagos se guiaban por una especie de ondas de vibraciones o algo así. Yo no sé explicarlo, pero en ese momento generar mis propias vibraciones me pareció algo lógico.

Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 5, 3, 2. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.

El murciélago se desorientó al instante. Se desvió de pronto como si hubiera chocado de frente con una fuerte corriente de aire, pasó a un palmo de mi cabeza, giró en un ángulo extraño y fue a estrellarse contra la pared a mi espalda con un golpe seco. Cayó al suelo, aturdido, agitando las alas rotas. Ahí sí pude disparar. Me acerqué y lo rematé de un solo tiro antes de que se recuperara.

Lo más extraño no fue el murciélago, sino la gente. Los transeúntes se detuvieron en seco al ver caer y remontar el vuelo al murciélago. Pero solo eso: no gritaron ni echaron a correr. Los coches que estuvieron a punto de chocarse con él simplemente dieron un bocinazo. Un hombre que barría la entrada de su tienda ni siquiera dejó de mover la escoba mientras observaba desde pocos metros de distancia mi pelea con el monstruo. Una anciana se limitó a rodear el cadáver como si fuera un charco.

Guardé el diapasón y el revólver y seguí caminando. La ciudad se está acostumbrando a convivir con monstruos en sus calles. Lo malo es que no temer a los monstruos no es una muestra de valor. Al contrario. Aceptarlos como algo normal es la mayor de las cobardías.


MIÉRCOLES, 22 DE ABRIL DE 1926

Hoy me llamó O’Maley para que fuera al manicomio de Arkham. A él lo llamaron de allí por un incidente relacionado con los agentes ingresados, y me pasó el encargo a mí. No esperaba buenas noticias, pero tampoco esperaba lo que me encontré.

El director me recibió con un nerviosismo que no intentó disimular. Tenía los dedos entrelazados, blancos por la tensión, y cada vez que alguien pasaba por el pasillo, giraba la cabeza como si temiera que vinieran a pedirle explicaciones.

—Detective… —dijo—. Ha habido… una situación.

La palabra «situación» no me gusta porque es una de esas palabras que pueden significar cualquier cosa. Me contó que anoche, un hombre bien vestido, educado, con un acento que nadie supo identificar pero que sonaba a europeo, se presentó en la entrada del manicomio. Dijo que quería ver a los agentes de policía que habían sido ingresados tras su participación en las redadas. Oficialmente ningún agente había sido ingresado por ello, pero los internos sabían a qué se refería. No dio su nombre, no mostró credenciales y no firmó ningún registro.

—¿Y lo dejaron pasar? —pregunté incrédulo.

El director abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Miró a una enfermera. Ella miró a un médico. El médico miró al suelo.

—Me dijo que quería verlos —murmuró la enfermera, como si eso fuera una explicación—. Yo… tuve que permitirle pasar —añadió, sin convicción—. No… no recuerdo por qué.

—Yo le abrí las puertas de las celdas acolchadas, señor —añadió el médico—. Porque… porque me dijo que quería pasar.

Ninguno sabía justificarlo. Ninguno recordaba haber tomado la decisión, ni podía explicar por qué nadie pidió su nombre, ni por qué no quedó constancia de su visita. Solo sabían que lo dejaron entrar.

Búsqueda a 10+. Incrementada a 15+ por no tener suficientes puntos de locura o conocimientos de Mitos. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 6, 5. Obtenemos Búsqueda 17 y pasamos la tirada, acumulando el cuarto punto de locura del mes.

Supe al instante lo que había pasado. El desconocido había usado un hechizo de Sugestión como el que me enseñó el padre Arden, o algo muy similar.

—¿Qué hizo mientras estuvo aquí? —pregunté.

El director tragó saliva.

—Visitó a los agentes afectados. A todos, uno tras otro. No habló con ellos. Solo… los observó unos minutos a cada uno, y luego se marchó.

Me llevaron a ver a los pacientes. Todos habían empeorado. Ya ni tan solo hablaban, salvo uno, que repetía una frase en un idioma que nadie reconocía.


JUEVES, 23 DE ABRIL DE 1926

He vuelto al Mundo Onírico esta noche, sin pretenderlo. Aparecí directamente junto a la espiral dibujada en la arena que sirve de paso a la capa de sueño profundo. Supuse que debía descender a través de ese portal hasta la versión distorsionada de Arkham, pero ahora no tenía a nadie para abrirme el portal como en la ocasión anterior. Me concentré en hacer que se moviera, como le vi hacer a Evelyn en mi anterior visita a este lugar.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 3, 3. Obtenemos Búsqueda 10 y pasamos la tirada.

Poco a poco la espiral dibujada en la arena empezó a moverse, girando como una tapa de rosca, hasta que el portal se abrió. Descendí hasta la capa de sueño profundo, al Arkham distorsionado. En una cornisa alta, iluminada por la Luna, estaba Evelyn en su forma de búho. Bajó planeando y se posó en mi hombro, como solía hacer. Me explicó que la torre negra que vimos días atrás es una construcción onírica sostenida por la voluntad combinada de los cultistas.

«En el sueño, el maná sirve para crear —dijo en mi cabeza—. Pero también para deshacer lo creado por otros soñadores. Es más difícil y más lento, pero es posible».

Me miró con esos ojos enormes, y por un instante vi a la Evelyn real a través de la máscara del búho.

«Ese será mi papel —continuó—. Mientras tú, la mamáloi y la policía entráis en el edificio real, yo estaré aquí, dormida, concentrando todo mi maná en deshacer la torre, bloque a bloque si hace falta. Sé que no podré derribarla, pero si la debilito desde aquí, también sus defensas mágicas allí se debilitarán».

Me quedé mirando la torre a lo lejos. Negra. Infinitamente alta.

—¿Y si él nos ve venir? —pregunté.

Evelyn batió las alas.

«Ya me ha visto —dijo—. Encuentra interesante mi presencia aquí, pero no me considera un peligro todavía. Tiene a sus sectarios añadiendo nuevos ladrillos a la torre noche tras noche, pero son soñadores pésimos. Supongo que para tener un sueño productivo hace falta tener una conciencia tranquila, y ellos ya están mucho más allá de eso. Aun así, si vamos a atacar la torre hay que hacerlo antes de que sea él mismo quien refuerce sus defensas».

Desperté con el corazón acelerado y la sensación de que el sueño había durado años en lugar de horas. Quizá lo hizo en algun lugar.


VIERNES, 24 DE ABRIL DE 1926

Hoy he roto otra de mis normas. Ya no me quedan muchas, la verdad. Fui a buscar a un ladrón para pedirle ayuda. Elías «Flaco» Finch. Un medio italiano nervioso, con los ojos siempre moviéndose como si esperaran que algo saliera de las paredes. Lo encontré detrás de un almacén abandonado, sentado en un cajón y fumando un cigarrillo que temblaba más que él. Cuando me vio, casi se atraganta.

—No, no, no, no… —repitió, levantando las manos—. No he sido yo. Sea lo que sea, no he sido yo.

—No vengo a detenerte —dije—. Necesito tu ayuda.

Eso lo puso aún más nervioso. Le expliqué que la policía iba a hacer una redada, que probablemente iban a incautar amuletos, documentos, hierbas (al mencionarlas, «Flaco» levantó una ceja, repentinamente interesado) y cosas que yo necesitaba examinar. Y que O’Maley no me iba a dejar meter las narices en todas las pruebas. No soy policía y por tanto no soy de los suyos. No del todo. Y él es demasiado recto para hacer muchas excepciones seguidas.

—Así que quieres que entre en la comisaría —dijo Finch, con la voz quebrada—. ¿La comisaría? ¿La misma donde he estado encerrado seis veces? Pues… pues… claro que sé cómo entrar. Y cómo salir. Y dónde guardan las cosas. Y quién se duerme en qué silla. Y qué ventanas no cierran bien. Pero estás loco si crees que voy a hacerlo.

Investigación a 13+. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 5, 4. Empleamos uno de los usos del grimorio para convertir el 6 en 5. Obtenemos Investigación 15 y pasamos la tirada.

Tuve que darle un pequeño empujoncito murmurando el hechizo de Sugestión, pero al final lo convencí. Empezó a caminar en círculos razonando en voz alta, como si se estuviera convenciendo a sí mismo sin querer.

—Porque… a ver… —dijo—. El turno nocturno lo cubren los novatos y solo un par de veteranos. Siempre es así. Para que se fogueen, dicen. Lo que significa que están más pendientes de no meter la pata que de vigilar los despachos cerrados. Entre las seis y las siete de la mañana hay cambio de turno, y lo mismo a la tarde. Unos se van, otros llegan… La sala de pruebas no tiene vigilancia directa. Nunca la ha tenido. Solo un candado y una cerradura que podría abrir con un mondadientes si me diera la gana. Y si hay algún borracho dando problemas en las celdas, los agentes se concentran allí. Dejan los pasillos vacíos. Siempre pasa. Y en el pasillo que da a la calle Doce la ventana está floja…

Se detuvo. Me miró. Suspiró.

—Y además… —añadió—. He estado allí encerrado ocho veces. Podría entrar con los ojos cerrados. Literalmente. Podría caminar por ese sitio dormido.

—Entonces, ¿lo harás? —pregunté.

«Flaco» Finch se pasó una mano por la cara.

—¿Y qué demonios saco yo de todo esto? ¿Me vas a pagar, o algo?

—Estoy intentando que Arkham no se vaya al infierno —dije—. Y si no lo logro, tendrás que marcharte a otra ciudad cuando esta no sea más que un montón de ruinas en las que no quede nadie a quien robar. Tendrás que empezar de cero, hacerte una reputación otra vez en otro lugar en el que nadie ha oído hablar de ti.

Finch se rió, pero vi en su expresión que sabía de lo que le hablaba. De los monstruos en las calles. De las sombras que acechaban a la gente por las noches. De los cultos de locos proliferando como setas tras la lluvia.

—Lo haré… pero que sepas que eres peor que yo, Miller. Mucho peor.

Quizá tenga razón, pero necesito esas pruebas.


SÁBADO, 25 DE ABRIL DE 1926

Hoy he tenido una visita inesperada. Y no de las humanas. Estaba en casa, revisando notas, cuando escuché un golpecito en la ventana. Pensé que sería el viento. O un pájaro. Pero no, era un gato. Mi oficina está en el tercer piso, así que el gato había llegado hasta mi ventana andando por la estrecha cornisa. Me miraba fijamente como si llevara allí horas.

—Ni lo sueñes —le dije—. No voy a salir por la cornisa.

El gato parpadeó, decepcionado por mi falta de espíritu aventurero, y desapareció de un salto. Pensé que ahí terminaba la historia, pero cuando bajé a la calle, estaba sentado justo delante de la puerta del edificio, mirándome con la misma insistencia. Suspiré.

—Está bien. Guíame. Pero nada de tejados ni cornisas.

El gato echó a andar sin mirar atrás. Lo seguí por callejones estrechos, esquinas húmedas y barrios a los que no me gusta meterme. Le perdí de vista un par de veces.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Lupa, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Lupa, 4, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada.

Tras perderlo de vista seguí andando por instinto, hasta que lo encontré de pura casualidad. Finalmente se detuvo en un callejón sin salida, donde Inhidra estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, como si llevara allí todo el día.

—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.

—No sabía que habíamos quedado —respondí.

Ella alzó la mirada hacia el cielo, como si consultara a alguien invisible.

—Ellos lo sabían. Con eso basta.

El gato se sentó a su lado, como un guardián diminuto. ¿Era ella quien me los enviaba, o solo la contactaban como hacían conmigo?

—La redada debe ser mañana —dijo—. Es el mejor momento. Ya he movido hilos para que la información llegue hasta la policía. La que necesitan saber, al menos. La policía entrará por la fuerza, buscando al mayor de los cultos aparecido hasta ahora. Tú y yo iremos con ellos. Eso también está pactado. Evelyn atacará la torre negra desde las Tierras del Sueño.

Asentí. No había mucho que añadir. Aún no entiendo en qué consiste el poder que tiene la mamáloi Inhidra sobre esta ciudad, pero está claro que llega a personas que están por encima de O’Maley y quizá por encima del alcalde.

—¿Y cuál será mi papel en todo esto?

—Serás mi protector. Cuando entremos, habrá resistencia. No solo física. El lugar está protegido. Yo contrarrestaré lo que pueda, pero necesitaré que te mantengas cerca. Si me interrumpen, si me hieren, si pierdo la concentración, todos sentiréis el golpe. No sé exactamente la fuerza de las defensas que el Sacerdote Mayor ha implantado allí. Podríais morir, suicidaros o volveros locos de repente. Así que guarda mi espalda para que yo pueda guardar las de todos los demás.

Recordé el enloquecedor zumbido en el cráneo que sentí aquella vez que un solo cultista se coló en mi oficina. No quiero repetir esa experiencia.

Inhidra se levantó del suelo.

—Descansa, John Miller. No sueñes. Mañana necesitarás cada parte de tu poder. Incluso las que aún no sabes que tienes.

El gato me miró una última vez antes de desaparecer entre las sombras. Inhidra hizo lo mismo. Volví a casa caminando despacio. Mañana será un día largo.


DOMINGO, 26 DE ABRIL DE 1926

Nos reunimos antes del amanecer, frente al edificio de aspecto abandonado y vulgar que en el mundo onírico era una torre de piedra negra y altura infinita. O’Maley estaba tenso, pero decidido. Casi todos sus hombres estaban allí. La mitad con los fusiles cargados ya en las manos. La otra mitad con el arma colgada al hombro y la porra preparada. Inhidra estaba allí también, apoyada en la pared, con los ojos cerrados y respirando despacio. Parecía tranquila. Atraía muchas miradas, sobre todo de los policías más jóvenes, porque había acudido con toda su parafernalia de amuletos, huesos y la cara pintada de blanco como una calavera, pero nadie le dijo nada. Quizá tenían órdenes expresas de alguien de muy arriba de no decirle nada. Evelyn ya debía de estar dormida en su casa, lista para ir deshaciendo la torre desde el sueño en su forma de búho.

O’Maley me miró de reojo.

—¿Listo, Miller?

—No —respondí—. Pero vamos.

La entrada al edificio fue rápida. La puerta ni tan solo estaba cerrada. Inhidra se quedó junto a esta, murmurando sin cesar y haciendo extraños gestos con las manos. Vi cómo los policías que iban entrando se detenían de pronto, miraban a su alrededor como desconcertados durante un par de segundos y luego continuaban registrando el lugar. Cuando entré yo me detuve. ¡Me había equivocado de sitio! Claramente no era allí. Empecé a darme la vuelta para salir e ir al edificio correcto cuando la voz de la mamáloi y sus extraños rezos borraron esa idea de mi mente. ¿Esa era la defensa que estaba contrarrestando? ¿Algo que hacía que todo el que entrara que no perteneciera al culto sintiera la necesidad de salir y alejarse?

Seguimos avanzando. Encontramos símbolos pintados en las paredes, en el suelo, en las puertas. Saqué la petaca con el líquido de Madrivana y salpiqué las marcas. El olor del líquido al entrar en contacto con los dibujos era nauseabundo. La pintura de los símbolos se escurrió formando chorretones allí donde las gotas los alcanzaban.

—¿Qué demonios es eso? ¡Apesta! —preguntó uno de los agentes.

Y sí, es cierto que apestaba, pero a cada nuevo símbolo que salpicaba, el aire parecía menos denso y ese zumbido de fondo que estaba oyendo desde que entré se mitigaba un poco. Inhidra andaba con pasos cortos, muy lentamente. Sin abrir los ojos pero también sin tropezarse con nada, esparciendo su monótono cántico por el lugar. Un par de veces se interrumpió brevemente para decirme algo, y en cada una de esas ocasiones sentí un pinchazo en el cráneo.

—Evelyn está actuando —dijo de pronto—. La torre se resiste.

—¿Y el Sacerdote Mayor? —pregunté.

—Cerca.

Tras registrar las dos primeras plantas sin encontrar oposición, O’Maley ordenó subir a la tercera. Entonces, las luces se apagaron. Todas a la vez. Los agentes trataron de encender sus linternas, pero ninguna funcionó. Aún faltaban algunos minutos para el amanecer. Entonces escuchamos un canto que no venía de un lugar concreto, sino de todas partes.

—Atrás —dijo Inhidra.

Pero ya era tarde. En la planta de arriba empezaron a escucharse golpes, gritos y disparos, incluido el tableteo característico de una ametralladora Thompson, y los polis no habían traído ninguna con ellos. Oí gritar a O’Maley «¡Matadlo, matadlo!» y a continuación una descarga cerrada de fuego de fusilería. La Thompson enmudeció. El edificio empezó a temblar. No como un terremoto, sino como algo más… orgánico. Como si estuviera vivo y enfadado.

—Evelyn —dijo Inhidra sonriendo sin abrir los ojos—. La torre se está deshaciendo.

El temblor del edificio seguía creciendo cuando una figura encapuchada surgió de la oscuridad como si hubiera estado pegada a la pared, invisible hasta ese instante. Se lanzó sobre la mamáloi agarrándola de un hombro con una mano mientras alzaba la otra, en la que empuñaba un cuchillo curvo. La empujó contra la pared y su concentración se quebró como el cristal. Entonces algo me golpeó a mí también. No físicamente. Fue una oleada de sensaciones brutal, una mezcla de miedo, odio, tristeza y náuseas, todo a la vez. Me doblé sobre mí mismo. Caí de rodillas. Quise vomitar. Quise llorar. Quise desaparecer, morir. Por un instante, deseé no existir ni haber existido jamás.

Desde el suelo, con la vista borrosa, vi a la mamáloi forcejeando con el sectario. Él era más fuerte. El cuchillo rozó su mejilla, dejando una línea roja sobre su pintura blanca de calavera. Ella gruñó algo en un idioma que no reconocí. El canto que había estado murmurando desde que entramos había cesado, y sin él, las defensas del lugar nos estaban devorando vivos. Los agentes a mi alrededor estaban igual que yo: tirados por el suelo, temblando, con los ojos llenos de lágrimas, intentando respirar. Algunos sollozaban sin saber por qué. Otros apretaban los dientes como si estuvieran soportando un intenso dolor. Alguno vomitaba. Los disparos de fusil se habían interrumpido en las plantas superiores, y ahora eran gritos de dolor lo que se oía. Los sectarios debían estar aprovechando el momento para apuñalar o degollar a los agentes.

Yo no podía pensar, así que simplemente me moví. Me levanté tambaleándome y fui hacia el sectario. Aún tenía la petaca en la mano y lo único que había hecho desde que entramos había sido repetir ese movimiento de salpicar los dibujos de las paredes. Lo repetí una vez más, como un autómata. El líquido de la petaca salió en un salpicón irregular y alcanzó de lleno en la cara y los ojos al sectario. El hombre soltó un grito ronco de dolor y retrocedió tambaleándose. Se llevó las manos a la cara, cegado, y cayó de espaldas contra el suelo.

Inhidra jadeó un par de veces para tomar aire y retomó inmediatamente su cántico. Y entonces la presión en mi pecho desapareció. El nudo en mi garganta se deshizo. El mareo se disipó. Respiré hondo, como si llevara minutos conteniendo la respiración sin darme cuenta. A mi alrededor, los policías empezaron a incorporarse, limpiándose las lágrimas, parpadeando, intentando entender qué había pasado. Los disparos volvieron a resonar en las plantas superiores, pero ahora eran más espaciados. Finalmente cesaron, y entonces escuchamos la voz de O’Maley, ronca pero firme:

—¡A los que sigan vivos, esposadlos!

Búsqueda a 15+. Incrementada a 21+ si no tenemos seis puntos de locura / conocimiento de Mitos, que no es el caso. Reducida de nuevo a 15+ por haber superado las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Linterna (doble), 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1): Linterna (doble), 4, 2, 2. Tercer intento (repitiendo los doses): Linterna (doble), 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no pasamos la tirada.

El edificio fue registrado de arriba a abajo. Planta por planta, habitación por habitación, los agentes avanzaban entre muebles volcados y destrozados. O’Maley, con la camisa empapada de sudor y la mandíbula apretada, contemplaba los cadáveres alineados en el suelo del vestíbulo.

—Probablemente su jefe esté entre ellos —dijo, sin convicción—. Uno de los que no han sobrevivido… o uno de los que están detenidos. Ya lo identificaremos.

Asentí, aunque sabía que él tampoco se lo creía. Miré a Inhidra. Un hilo de sangre bajaba por su cara pintada de blanco. Ella negó con la cabeza antes de que yo pudiera preguntar.

—Se nos ha escapado —murmuró—. Estaba aquí, pero es más poderoso de lo que pensaba y se nos ha escapado.

No añadió nada más. Afuera, el amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris sucio. Salimos del edificio. El aire frío me golpeó la cara, y agradecí esa sensación. Los policías iban y venían, cargando camillas con los muertos de ambos bandos, ayudando a andar a sus propios heridos y llevando de un lado a otro a empujones a los sectarios esposados. Otros agentes estaban sacando cajas llenas de documentos, fetiches, cuadernos, frascos y objetos que parecían herramientas de tortura.

O’Maley se encendió un cigarrillo con manos temblorosas.

—Buen trabajo, Miller —dijo O’Maley, sin mirarme—. Dentro de lo que cabe.

—Dentro de lo que cabe —repetí—. Pero el mérito es vuestro. Y de ella.

O’Maley gruñó.

—Ella no ha estado aquí. Ni yo ni ninguno de mis hombres la hemos visto. Y si yo he aceptado mentir en los informes que haga al respecto, espero que no seas tú el que se vaya de la lengua.

Asentí. Volví la vista hacia la mamáloi, pero había desaparecido en silencio. Lo que sí que vi, en lo alto de una cornisa, fue un gato. Negro, delgado, inmóvil. Observándolo todo con una atención casi humana, como si tuviera que informar de ello a alguien.

Llegué hasta mi oficina arrastrando los pies. No recuerdo haber subido las escaleras ni recuerdo haber abierto la puerta. Solo recuerdo haber oído a través de esta, mientras me peleaba con la llave, el sonido del teléfono, insistente, como si llevara horas sonando. Lo descolgué.

—Miller —dije—. O eso creo.

Al otro lado, la voz aliviada de Evelyn.

—¿Qué tal os fue a vosotros?

Me quedé en silencio unos segundos.

—¿Te lo cuento esta tarde mientras nos tomamos un café?

Hubo una pausa breve. Luego ella dijo, con una calma que se me antojó hasta reconfortante:

—Sí.

Y colgó. Permanecí con el auricular en la mano un rato, pensando. Busqué un numero que había apuntado en mi libreta de notas el pasado viernes y lo marqué. El teléfono sonó una sola vez antes de que lo descolgaran.

—¿Finch?... Las pruebas están llegando ya a la comisaría. Hazlo esta misma noche.


Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí