Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Lea de primera mano como el malvado murciélago gigante muerde el polvo!
Aquí tenemos la siguiente entrega del diario de Miller, correspondiente a la semana del lunes 19 al domingo 25 de enero. Mañana publicaremos las notas que estuvimos tomando y las tiradas que hicimos en lo que respecta a la semana del 26 de enero al 1 de febrero, y con esto habremos completado todo lo que teníamos atrasado. El próximo domingo, día 8, recuperaremos por tanto el ritmo normal de publicación, haciendo una nueva entrada cada domingo, con lo que corresponda concretamente a lo de esa semana.
Lunes, 19 de enero de 1926
Me desperté de madrugada empapado, jadeando como si hubiera estado corriendo en sueños. El sudor me pegaba la camisa al cuerpo, y la mordedura del murciélago latía bajo la piel como si tuviera su propio pulso. La habitación estaba a oscuras. Entonces oí que algo me llamaba. No una voz, sino una especie de vibración. No sé explicarlo de otro modo.
Me levanté sin pensarlo. No encendí la luz ni busqué el abrigo. Solo caminé, febril, guiado por aquella llamada que tiraba de mí hacia arriba, hacia el tejado del edificio. Cuando salí al pasillo agradecí no cruzarme con nadie. Apestaba a sudor, a fiebre, a alcantarilla y a alcohol. Llevaba solo unos pantalones y la camisa manchada de sangre seca y un suero amarillento, pues la mordedura seguía supurando. De haberme encontrado en ese momento con la anciana señora Norris, la del séptimo, la habría matado del susto, puesto que debía tener el aspecto de un cadáver que se hubiera levantado de la mesa de autopsias antes de que el forense terminara su trabajo.
Subí las escaleras hasta la azotea. Cada peldaño suponía un esfuerzo enorme. La puerta metálica se abrió con un gemido oxidado y el aire helado de la madrugada me cortó la cara. Sabía exactamente por qué estaba allí. El murciélago descendió desde la oscuridad como si hubiera estado esperándome. Sus alas enormes batían el aire con ese sonido húmedo que ya reconocía demasiado bien. Esta vez no era un ataque: era un duelo pendiente. Una continuación de algo que quedó a medias.
Me di cuenta en ese momento de que tenía el revólver en la mano. No recordaba haberlo cogido. Quizá nunca lo había soltado desde que llegué a casa. La criatura dio un par de vueltas en círculo sobre mí, como si quisiera darme tiempo a prepararme, o como si quisiera encerrarme simbólicamente dentro de una espiral. Cuando inició su picado, alcé el revólver y disparé. Estaba tan débil que cada detonación del arma amenazaba con arrancármela de la mano.
Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 5, 3. Con esto tenemos Combate 14 y pasamos la prueba. Acumulamos un nuevo punto de locura (el cuarto del mes), pero aún tenemos otros cuatro de margen y no quise arriesgarme a repetir el 6 esta vez.
El murciélago se retorció en el aire, alcanzado por las balas, y cayó sobre las baldosas de la terraza. Su cuerpo vibró, se contrajo y empezó a deshacerse. La masa oscura se extendió como tinta derramada, buscando las grietas del suelo, huyendo hacia abajo en un lento fluir que no parecía tener nada que ver con la gravedad. Bajé las escaleras tambaleándome. Me dejé caer en la cama sin quitarme la ropa, sintiendo que había no solo actuado, sino sobrevivido, por pura inercia.
Horas después, al despertar, no estaba seguro de nada. No sabía si lo ocurrido había sido real o una alucinación. Pero hubo dos detalles que me sacaron de dudas. Por una parte, la fiebre comenzó a mitigarse, como si la infección de la herida hubiese muerto junto con la criatura que la produjo. La mordedura dejó de arder y supurar. Seguía abierta, pero de algún modo supe que a partir de ese momento empezaría a cicatrizar con normalidad. Y por otra, al comprobar el tambor de mi revólver, vi que todas las balas habían sido disparadas.
Martes, 20 de enero de 1926
A la mañana siguiente me encontraba mucho mejor. Me di una ducha (que buena falta me hacía), quemé en la terraza las ropas que había llevado puestas el día anterior y, más arreglado que de costumbre, fui hasta la comisaría. Los chicos de azul me debían un par de favores y obtuve de ellos lo que quería: información confidencial sobre esas sectas que están dándoles tanto trabajo últimamente. Me costó un poco, porque el nuevo comisario al mando es un irlandés cascarrabias al que, por alguna razón, no le caigo bien desde aquel día en que invité a tomar unas copas a su hermana, la pelirroja. Pero el caso es que conseguí algunas direcciones.
Acudí a una de ellas esperando encontrarme un local precintado y vacío tras la última redada, porque a los polizontes suele escapárseles algo. Lo que encontré es que el local volvía a estar ocupado. Otros miembros de la secta estaban continuando con sus rituales como si la detención del primer grupo no les hubiera afectado en nada. Me acerqué todo lo que pude al grupo, que salmodiaba en el centro de una sala ruinosa, formando un círculo en el que, afortunadamente, estaban mirando hacia dentro. No era el momento de intervenir, sino de observar y aprender.
Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y el 2): Lupa, Revólver (de nuevo), 4, 4, 3. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos): Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Con esto tenemos Búsqueda 11 y superamos la prueba.
Durante un buen rato escuché sus desvaríos y cánticos en los que mencionaban al “Dios del Pliegue” y “sus servidores alados y reptantes”. ¿Murciélagos y serpientes? Después, cada uno de ellos lanzó algo a un agujero en el suelo que había en el centro del círculo y empezaron a romper la formación y despojarse de las túnicas. La reunión había terminado. Busqué un buen lugar en el que ocultarme y esperé a que se fueran. Quería ver qué era lo que habían arrojado al agujero, porque me había parecido distinguir que se trataba de corazones humanos, como si estuvieran alimentando a alguna clase de mascota monstruosa.
Una vez me quedé solo, me acerqué al agujero. No era muy profundo, quizá de un metro, excavado aparentemente a pico y sin ninguna clase de trabajo de refinamiento posterior. No había nada. Y me refiero exactamente a eso: nada. No solo no estaban los corazones, sino que tampoco había en el fondo ningún tipo de criatura que pudiera haberlos devorado.
Miércoles, 21 de enero de 1926
Siguiendo otra de las direcciones que me dieron en comisaría, acabé en un edificio en ruinas del Barrio Viejo. En este no parecía haber habido actividad desde que fue desalojado por la policía. El aire olía a humedad y a carbón mojado. No esperaba encontrar nada, pero últimamente lo que no espero es lo que más insiste en cruzarse conmigo.
Fue volviendo de ese lugar cuando me topé con ella. Una mujer vagabunda, anciana, decrépita, con una piel que parecía papel arrugado y vuelto a estirar una y otra vez. Llevaba varias capas de ropa sucia y probablemente ella misma no había visto el jabón desde hacía meses. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, pero cuando me vio se echó a reír.
—¿Tú? —dijo, señalándome con un dedo huesudo—. ¡Tú eres al que buscan!
Me quedé quieto. No llevaba ni cinco segundos mirándome y ya hablaba como si supiera más de mí que yo mismo.
—Pero no te buscan por lo que has visto… —continuó—. ¡Te buscan por lo que vas a ver!
Se echó a reír de nuevo. Intenté preguntarle qué demonios quería decir, pero ella siguió riéndose, como si mis palabras fueran irrelevantes. Se dio la vuelta y empezó a alejarse, tambaleándose calle abajo.
Fue entonces cuando me fijé en lo que la acompañaba. Un sapo enorme, de piel brillante y ojos amarillos, avanzaba dando pequeños botes detrás de ella, como un perro fiel. Y entre sus pies, casi rozando los harapos que llevaba por falda, se deslizaba una serpiente fina, amarilla, que parecía mantener su paso ondulándose con la precisión de un metrónomo. La seguí. No podía evitarlo. Algo en su voz, en su risa, en la forma en que los animales la escoltaban, me decía que esa mujer sabía demasiado.
Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de números): Linterna, Revólver, 6, 3, 1. Tercer intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Revólver, 3, 3, 1. Con esto tenemos Búsqueda 7 y no superamos la prueba.
Pero las callejuelas del Barrio Viejo son un laberinto, y ella parecía conocerlo mejor que yo. Giró una esquina, luego otra, y cuando doblé la tercera ya no estaba. Ni ella, ni el sapo, ni la serpiente. Solo quedaba el eco de su risa, rebotando entre las paredes húmedas. No averigüé nada. Y lo peor es que tengo la sensación de que ella sí averiguó algo sobre mí.
Jueves, 22 de enero de 1926
Hoy fui a visitar al padre Arden. Si hay alguien en esta ciudad que lleve más tiempo que yo metiendo las narices donde no debería, es él. No es el típico cura de parroquia que se limita a dar misa y confesar beatas. Arden ha visto cosas. Cosas que no se cuentan en los sermones. Cosas que no aparecen en los libros de teología. Me recibió en su despacho, una habitación pequeña y abarrotada de libros viejos, crucifijos, velas consumidas y un par de objetos que no habría sabido clasificar ni aunque me fuera la vida en ello.
—Has estado ocupado… —dijo, como si pudiera leerme la semana en la cara.
Le conté lo que había visto, más como si estuviera en un confesionario que comparando información en busca de nuevas pistas. Le hablé de las sectas, los símbolos, los animales deformes, los murciélagos gigantes, las serpientes bicéfalas, los sectarios que repetían letanías como si fueran antenas humanas, todos recibiendo y replicando una misma señal transmitida desde quién sabe dónde. Y, por supuesto, le hablé del cura del brazo deforme. De cómo lo seguí. De cómo lo perdí. Y de cómo, justo una semana después, me enfrenté a una criatura en las alcantarillas que no tenía nada de humano. Arden escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez. Su rostro de piedra era inexcrutable. Nada en él me indicaba si me estaba tomando en serio o por un pobre loco al que, por su propio bien, convendría denunciar al manicomio.
Investigación a 10+. Primer intento: Lupa (doble) 4, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Lupa (doble) 4, 4, 4. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.
Cuando terminé, asintió despacio, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba tiempo rumiando.
—Son el mismo —dijo al fin—. El sacerdote y la criatura de las alcantarillas… No son dos casos distintos. Son uno solo.
No me sorprendió tanto como debería. Quizá porque ya lo intuía. Quizá porque, después de todo lo que he visto este mes, la línea entre lo humano y lo monstruoso se ha vuelto demasiado fina.
—Su estado —continuó Arden— se debe a algo que leyó. Un libro. No sé cómo llegó a sus manos, pero puedo decirte que sus intenciones no eran malas. Para combatir al mal, hay que aprender sobre el mal. Aparentemente, él aprendió demasiado. Tanto que perdió su mente primero, y luego su forma.
Le pregunté si creía que todo esto tenía relación con los demonios de la Biblia. Arden negó con la cabeza.
—No lo sé —respondió—. No parecen los mismos. No actúan como ellos. No encajan en la demonología clásica. Pero eso no significa que no sean malignos. Hay cosas antiguas, Miller. Cosas que existían antes de que escribiéramos por primera vez la palabra “demonio”, y que podrían ser incluso la inspiración de estos. La forma en que nuestros antepasados los interpretaron, quizá erróneamente, porque una explicación literal de lo que eran resultaba demasiado extraña para ser comprendida y asimilada por la mayor parte de la gente.
Continuamos intercambiando notas y datos un rato más. Antes de despedirme, Arden me pidió que me pusiera de pie. Tomó un pequeño frasco de agua bendita, murmuró una oración en voz baja y me trazó una cruz en la frente con el pulgar.
—No sé si servirá de algo —admitió—. Pero no te hará daño. Y algo me dice que vas a necesitar toda la protección que puedas conseguir.
Salí de la iglesia con la sensación de que el aire pesaba un poco más que antes. Como si una espiral invisible estuviera descendiendo sobre la ciudad, centímetro a centímetro, día a día. Y yo, por desgracia, estoy justo en el centro.
Viernes, 23 de enero de 1926
Caminaba por la Avenida del Carbón, completamente solo, repasando mentalmente lo que el padre Arden me había contado. No sé si era la hora, el cansancio o la bendición que me había dado, pero por un momento sentí que podía respirar con algo más de calma. Ese momento duró exactamente tres pasos. Escuché un sonido húmedo, viscoso, como carne arrastrándose contra piedra. Lo reconocí al instante. Ya había oído ese sonido antes. Y en aquella ocasión había terminado disparando hasta vaciar el tambor.
Me giré justo a tiempo para verla salir de una boca de alcantarilla. Otra serpiente bicéfala, gruesa como mi antebrazo y más larga que un fin de semana sin dinero. Se deslizó hacia mí con rapidez. Las dos bocas se abrieron al unísono. Una siseó. La otra pronunció mi nombre. Supongo que debería preocuparme que estas cosas ya no me sorprendan. Saqué el revólver y disparé. Creo que en lo que llevaba de mes había gastado más balas que en todos mis anteriores años de profesión. A este paso, terminaría por abandonar el caso por falta de presupuesto para munición.
Combate a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 3, 2, 2. Segundo intento (repitiendo los doses): Revólver, Linterna, 3, 3, 2. Tercer intento (repitiendo todos los números): 4, 2, 1. Con esto tenemos Combate 7 y no vencemos a la serpiente.
Esta vez no cometí el error de disparar a lo loco. Fui contando las veces que apreté el gatillo, y tan pronto como lo hice por sexta vez, con la serpiente avanzando aún resueltamente hacia mí pese a llevar varias balas en el cuerpo, me di la vuelta y eché a correr. ¡Al menos, las serpientes son más lentas que los murciélagos!
Me detuve junto a unos contenedores de basura y recargué a toda prisa, pero cuando me volví buscando con la mirada a mi adversario, solo alcancé a ver su cola desapareciendo por otra boca de alcantarilla.
Sábado, 24 de enero de 1926
Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. El gato surgió de entre dos cubos de basura en la Calle del Horno, con ese andar silencioso que tienen los felinos. Me miró, maulló una sola vez —un sonido breve, impaciente— y echó a andar. Y yo, como un idiota o como un hombre que ya ha aceptado que los animales saben más que yo de este asunto, lo seguí. Me condujo por un laberinto de callejones que no recordaba haber visto nunca, aunque debo haber pasado por esa zona cientos de veces. El Barrio Viejo tiene esa cualidad: cambia cuando no miras. O quizá soy yo el que está cambiando.
El gato avanzó sin dudar, girando a la izquierda, luego a la derecha, luego otra vez a la izquierda, como si estuviera trazando una figura invisible en el aire. Estuve a punto de perderlo de vista varias veces. También he de decir que este no parecía tan paciente como el anterior, que cada dos por tres se giraba a ver si lo seguía. Este me daba la oportunidad de seguirlo, pero aprovecharla o no era cosa mía.
Búsqueda a 12+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y los números 1 y 2): Linterna, Lupa, 6, 4, 2. Con esto tenemos Búsqueda 12 y superamos la prueba a costa de acumular un quinto punto de locura.
Finalmente llegó a una pequeña replaceta escondida detrás de un callejón abandonado. Un lugar tan estrecho y silencioso que parecía existir ajeno al resto de Arkham. Y allí se sentó. En el centro exacto de la replaceta. Como si estuviera esperando a alguien. Me quedé quieto, observándolo. El gato no me miraba a mí. Miraba hacia la entrada del callejón, como si aguardara la llegada de otra persona. No me había guiado a una pista, sino a un encuentro. Las campanas de la iglesia tocaron la medianoche. La hora de los fantasmas, que en ese momento me parecieron lo más inofensivo que se podría haber presentado.
Domingo, 25 de enero de 1926
Durante más de hora y media el gato permaneció sentado, inmóvil, como un chambelán esperando a su señor para anunciarlo. Ya estaba cansado de pasar frío y me disponía a marcharme cuando apareció la persona que faltaba. El encuentro al que me había guiado el gato. Una mujer. Una figura imposible de ignorar. Vestía capas de telas adornadas con plumas, huesos, cuentas de colores y amuletos que tintineaban con cada movimiento. Su piel era oscura. Debía ser una mulata como las que se veían habitualmente en la zona de los puertos y el barrio de los negros, pero su rostro estaba pintado de blanco, con líneas negras que marcaban la boca y los ojos, como una calavera sonriente. En una mano sostenía un pequeño muñeco vudú hecho de trapos y cuerda. Reía y lloraba al mismo tiempo.
—Tú eres Miller —dijo, sin preguntarlo, con un fuerte acento criollo—. Yo soy la mamáloi Inhidra.
Lo dijo como si fuese algún tipo de autoridad local. Quizá lo era, pero a mí el nombre no me decía nada.
—Todas las fuerzas del mundo se están moviendo —continuó—. Una tras otra. Una tras otra y de vuelta al principio. La mayoría de los hombres caminan dormidos, sin ver la guerra que se libra bajo sus pies y sobre sus cabezas. Los animales naturales ya han elegido bando. Los gatos fueron los primeros. Siempre ven lo que los hombres no quieren o no saben ver. Pero el enemigo ha corrompido otros. Murciélagos, serpientes… no solo los humanos son propensos a caer en la adoración de los dioses de fuera.
Pensé en los gatos que desde que todo esto empezó parecían observarme y guiarme. En el búho que encontré en la cueva y parecía tener algo que decir. Todos tratando de encaminarme de un modo u otro hacia algo o alguien.
—¿Por qué los gatos me ayudan? —pregunté.
Ella inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera divertida.
—Porque tú también estás en la batalla, aunque aún no lo sepas o no lo quieras admitir. Ya has tomado partido, eres un guerrero más. Y los gatos, quizá otros animales y otras personas, te ayudarán o solicitarán tu ayuda… si eres digno.
No supe qué responder. No sabía si era digno. No sabía ni siquiera qué significaba serlo. Mi opinión sobre mí mismo nunca había sido muy buena, y últimamente estaba por los suelos. Ella pareció leer esa duda en mi cara y soltó una carcajada que se quebró en un sollozo.
—Tócalo —ordenó, extendiéndome un retorcido amuleto hecho de hueso y metal.
Lo hice. En cuanto mis dedos rozaron el amuleto, algo se abrió en mi mente. No fue una visión, ni un sueño, ni un recuerdo. Fue todo a la vez. Vi espirales girando dentro de espirales. Vi criaturas reptando entre grietas que no atravesaban muros, sino el propio aire. Vi gatos caminando sobre los tejados de la ciudad como pequeños centinelas observando y reuniendo información. Vi un mar negro que respiraba. Y, en el centro de todo, una figura que no pude distinguir, pero que me miraba como si me conociera desde antes de nacer.
Investigación a 17+. Reducida a 13+ por haber superado cuatro de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo otra vez el 2): Lupa, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la tirada.
Cuando recuperé la conciencia, la replaceta estaba vacía. Ni la mamáloi. Ni el gato. Solo yo, temblando, con la mano extendida como si aún estuviera tocando el amuleto. No sé si he demostrado ser digno. Lo único que sé es que en las últimas tres semanas he sido atacado por hombres y monstruos. He ayudado a la policía y operado al margen de la ley. He acudido a una adivina, a una curandera, me ha bendecido un cura y una bruja me ha puesto a prueba. Es como si todo el mundo esperara algo de mí, pero nadie estuviera dispuesto a explicarse claramente. Sigo sin saber qué está pasando, pero lo que sí tengo claro es que cuando te enfrentas a seres a los que las balas no matan necesitas toda la ayuda posible, ya venga esta de Dios o de un loa vudú.
Para mañana tendremos lista la transcripción de su siguiente semana y cerraremos el primer mes. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí.

















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