Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Una semanita aburrida! ¡Casi no han aparecido monstruos! ¿Se está librando la ciudad al fin de ellos, o solo se están reagrupando para atacar todos a la vez? ¡Lea los detalles aquí!
LUNES, 27 DE ABRIL DE 1926
Finch ha sido más rápido de lo que esperaba. No sé si por miedo, por orgullo o por una mezcla de ambas cosas, pero entre la noche del domingo y la madrugada del lunes ya había hecho su trabajo. Nos vimos en uno de sus callejones preferidos y me entregó una bolsa de arpillera. La abrí allí mismo. Documentos, cuadernos, un par de objetos rituales envueltos en trapos. Todo mezclado, como si hubiera barrido una mesa entera y lo hubiera metido en la bolsa sin mirar.
—¿Eso es todo? —pregunté—. Los polis se llevaron cajas enteras de material de aquel sitio.
—¿Y suponías que yo, solo, iba a traerte todos esos montones de cajas? Esto es lo que podía cargar con seguridad para volver a salir rápidamente y en silencio.
—¿Y nadie te vio?
—¿A mí? —se rió—. Miller, he estado detenido allí doce veces. Conozco ese sitio mejor que mi propia casa. Sé qué escalón cruje, qué puerta tiene el pestillo flojo, qué agente se duerme siempre en el turno de madrugada. Y además… —bajó la voz—. No sé por qué, pero todos tenían miedo. Si alguien me oyó rebuscar o me vio de refilón, seguro que fingió no hacerlo para no tener que investigar.
Separé lo que me pareció más inocuo (unos cuadernos que parecían listas de la compra de una botica, otros que eran algún tipo de diarios y uno grueso que parecía una mezcla de libro de cuentas e inventario) para llevárselos a Eliot Crane. El chaval estaba en la biblioteca de la universidad, rodeado de libros, papeles y tazas de café vacías. Parecía que no había dormido desde la semana pasada.
Cuando dejé caer el mazacote de libretas en la mesa, se quedó inmóvil.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Material incautado —respondí—. Necesito que lo estudies. Busca cosas como nombres que se repitan mucho, direcciones y fuentes de financiación.
Crane tragó saliva.
—¿Es… es legal que yo lea esto?
—No —dije—. Pero es necesario.
El muchacho dudó. Miró los documentos como si fueran su propia sentencia de muerte y le estuviera pidiendo que la firmara.
—Miller… si me pillan con esto, me expulsan. O peor.
—Si no lo estudias, Arkham se va al infierno —respondí—. Y tú con ella.
Crane cerró los ojos unos segundos. Cuando los abrió, ya había tomado una decisión.
Búsqueda a 10+. Primer intento. Linterna, Lupa, 5, 4, 2. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada sin problemas.
—Está bien. ¿Para cuándo lo necesitas?
—Para lo suficientemente pronto como para que aún sirva de algo —dije.
Mientras salía de la biblioteca, pensé en Finch. En Crane. En Evelyn. En Inhidra. En el padre Arden… en todos aquellos que, siendo conscientes de ello o no, estaban exponiendo sus vidas por ayudarme.
MARTES, 28 DE ABRIL DE 1926
Hoy he visto a Evelyn en el mundo real. Ya ni tan solo se me hace raro tener que especificarlo. Nos encontramos en una cafetería pequeña. Habíamos hablado un par de días atrás, cuando lo de la redada, pero esta mañana me llamó para decirme que había recordado algo que quería decirme en persona.
Cuando me senté frente a ella, me miró con una mezcla de alivio y agotamiento.
—¿Estás durmiendo lo suficiente? —pregunté.
—Estoy durmiendo demasiado.
Pedimos dos cafés. Ella no tocó el suyo. Solo lo removía, como si el movimiento en espiral de la cucharilla hundida en el líquido negro la ayudara a ordenar sus pensamientos.
—Es sobre lo del domingo… —empezó—. Cuando vuelvo de allí, los recuerdos no siempre son claros. A veces vuelven por etapas. Esta mañana he recordado que hubo un momento, justo al final, cuando la estructura de la torre ya se tambaleaba…
—¿Qué viste?
Evelyn cerró los ojos, buscando las palabras adecuadas.
—No era parte del sueño. Era otra cosa. Una imagen o un conocimiento que se mezclaba con este. Vi agua. Oscura. Y un puente. No uno de piedra. Uno metálico, viejo, oxidado. Y detrás, una estructura grande. Como una fábrica abandonada. O un almacén industrial. Hice un dibujo.
Me tendió una cuartilla de papel con un dibujo a lápiz. Lo examiné con el ceño fruncido.
—¿Podría ser una alucinación?
—No. Era un lugar real. Lo sentí. Como cuando estás soñando con tu propia casa. Sabes que es tu casa aunque no se parezca del todo. Ese sitio existe, John. Y el Sacerdote Mayor estaba allí o muy cerca. De algún modo, cuando escapó del edificio de la redada, llegó hasta ahí en ese mismo momento.
—¿Eso es posible? ¿Pasar inmediatamente de un lugar a otro?
Ella bajó los hombros, abatida.
—Al parecer sí.
—¿Recuerdas algo más? ¿Algún detalle? ¿Algún sonido?
—Sí. Escuché metal. Como cadenas tensándose. O como una estructura grande moviéndose con el viento. Y había un olor. A humedad. A madera vieja. A… a…
—¿Al puerto?
—Más bien al río.
Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble) 3, 3, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y el 1): Lupa, Linterna, 3, 3, 3. Tercer intento (repitiendo todos los dados de números): Lupa, Linterna, 4, 2, 1. Obtenemos Investigación 7 y fallamos la tirada.
Suspiré. Arkham tiene varios lugares así. El río cruza la ciudad, y en muchos puntos de su vereda hay pequeños muelles con sus almacenes de mercancías y fábricas que ya nadie usa. Eran más de una docena de posibles escondrijos.
—¿Crees que pueda estar en ese lugar? —pregunté.
Ella abrió los ojos. Había miedo en ellos, pero también determinación.
—Creo que está herido. No físicamente, sino… espiritualmente, por decirlo de algún modo. Tú me dijiste que Inhidra estaba muy concentrada, y que eso parecía manteneros a salvo a los demás. Puede que la concentración de Inhidra fuera más fuerte que la del Sacerdote Mayor, y eso lo dañó de algún modo… no lo sé, yo no entiendo de eso. Pero la sensación que tuve junto con esa visión es que necesita un lugar apartado para reponer fuerzas. Y creo que es el lugar que vi.
Nos quedamos un rato en silencio. Ella mirando su café frío. Yo mirando la calle a través del cristal. Estaba empezando a llover otra vez.
MIÉRCOLES, 29 DE ABRIL DE 1926
Salí a caminar por la vereda del Miskatonic, siguiendo el cauce río abajo. Llevaba el dibujo de Evelyn doblado en el bolsillo interior del abrigo. Buscaba alguna estructura que se pareciera lo más posible a lo que ella había visto. El río estaba gris, pesado, arrastrando ramas y esa espuma densa que producen las fábricas textiles.
Estuve observando un par de estructuras aparentemente abandonadas. Ninguna encajaba del todo con el dibujo. Me detuve en un recodo donde el río se estrecha y la corriente se acelera. Desde allí se veía un viejo embarcadero de madera, medio hundido, y detrás una hilera de naves industriales que parecían muertas desde hacía décadas.
El agua empezó a agitarse. Primero pensé que era un tronco atrapado en un remolino. Luego vi cómo la superficie se abombaba. Un cangrejo gigante, igual al que me enfrenté en febrero, lo que Inhidra llamó Caparazón Negro. Este parecía algo más pequeño y lento, y lo cierto es que verlo ya no me impresionó tanto como la primera vez. Salió del agua y comenzó a subir la cuesta del río directamente hacia mí, así que hice lo sensato: saqué un cartucho de dinamita del abrigo, lo encendí y lo lancé rodando cuesta abajo, calculando que la explosión tendría lugar más o menos cuando el cartucho rodara bajo las patas y abdomen del monstruo.
Combate a 8+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo todos los dados): Revólver, Lupa, 3, 2, 1. Tercer intento (repitiendo el 2 y el 1): Revólver, Lupa, 5, 5, 3. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada.
La explosión levantó una columna de tierra, barro y trozos de cangrejo. Bajé por la pendiente y recogí todos los fragmentos del monstruo que pude. Eran como trozos de carbón, pero tocarlos resultaba especialmente desagradable. Metí los que cabían en la saqueta de lona que ya siempre llevo encima para cuando me toca cargar con algo que no quiero tocar directamente, y pateé el resto de trozos al río para que la corriente los arrastrara. No quería dejar esas cosas allí donde cualquier crío pudiera encontrarlas.
Mientras lo hacía, levanté la vista hacia las naves industriales del otro lado del río. Una de ellas, más grande que las demás, tenía un tejado inclinado y una estructura metálica sobresaliendo por encima, como una torre de carga. Me quedé mirándola. Ya la había desechado antes de que apareciera el cangrejo, pero ahora había algo en ella…
Saqué el dibujo de Evelyn. Lo observé un momento. Luego levanté la cuartilla y la giré para ver el dibujo al trasluz. En su visión, Evelyn lo había observado (y por tanto dibujado) desde un ángulo distinto al que tenía yo observándolo desde la vereda del río: la torre metálica, el viejo puente ferroviario, el almacén de la fábrica textil… todo encajaba si rotabas la imagen.
Guardé el papel y, tras regresar a mi oficina, marqué el lugar en mi mapa. Mañana registraré el sitio. Un monstruo al día sigue siendo mi límite.
JUEVES, 30 DE ABRIL DE 1926
Volví a la fábrica abandonada esta mañana. Hacía frío y el río arrastraba una neblina baja que hacía que todo pareciera más silencioso de lo normal. La estructura se alzaba frente a mí como un animal dormido: paredes de ladrillo húmedo, ventanales rotos, vigas oxidadas que asomaban como costillas… todos sabemos qué aspecto tiene una nave industrial abandonada. Empujé la puerta lateral, que cedió con facilidad.
No tardé en encontrar huellas en el polvo del suelo y símbolos pintados en las paredes, recientes, apresurados. Pero el más inquietante estaba en el centro de la nave: una espiral enorme, trazada con un tinte gomoso y oscuro que no quise ni tratar de identificar. Me acerqué despacio. El dibujo parecía moverse si lo mirabas demasiado tiempo. Saqué la petaca con el líquido que me dio Madrivana. Quedaba menos de la mitad, pero sería suficiente.
Fui rociando los símbolos de las paredes uno por uno. En cuanto el líquido tocaba la pintura gomosa, esta siseaba como brasas al contacto con el agua y se escurría dejando un chorreón grisáceo. Vertí lo que quedaba sobre la espiral, en un círculo amplio. El dibujo reaccionó con un leve chisporroteo. Guardé la petaca vacía y me dispuse a marcharme. Fue entonces cuando noté que el siseo cambiaba. En lugar de apagarse, parecía incrementarse, volviéndose más largo y húmedo. Tardé demasiado tiempo en darme cuenta de que lo que oía no era la reacción de ambos químicos interactuando. Era el siseo de una serpiente.
Me giré y la vi salir desde detrás de un montón de escombros: otra de esas serpientes de dos cabezas, ambas moviéndose sin coordinación, como si cada una ignorara la existencia de la otra. Sus escamas estaban apagadas, sin brillo, y su avance era torpe y perezoso. Era como un intento fallido de invocación, un guardián que debería haber sido más terrible, pero que a estas alturas, tras todo lo que ya he visto, me resultaba hasta penoso.
Combate a 7+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 4, 3. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Combate 9 y pasamos la tirada.
Saqué el revólver con calma. La criatura apenas reaccionó. Un disparo a cada cabeza bastó para dejarla inmóvil. Simplemente cayó, como si hubiera estado esperando que alguien la matara. Después de todo, si lo he entendido bien, ni tan solo son animales de verdad, sino algo (una especie de hechizo) que toma su aspecto y forma para atacar a quien se ponga a su alcance.
El Sacerdote Mayor se me había escapado otra vez. Seguramente lo hizo ayer, en cuanto su cangrejo gigante voló en pedazos. Ahora, con sus dibujos inutilizados y su segundo guardián destruido, tiene menos sitios en los que esconderse.
VIERNES, 1 DE MAYO DE 1926
Hoy no ha habido monstruos, gracias a Dios. A media tarde pasé por un colmado, y una señora estaba contándole al sufrido tendero que la atendía que había visto a tres hombres encapuchados pintando símbolos raros en la pared de un callejón cercano.
Cuando llegué, ya no estaban. El callejón olía a pintura fresca y a moho. Los símbolos estaban trazados sin mucha precisión. Ya daba por sentado que los que murieron o fueron arrestados en la última redada no serían todos los que quedaban en la ciudad, pero tampoco esperaba que volvieran a la carga tan pronto, y además actuando a plena luz de la mañana. Lástima haber gastado ya todo el líquido neutralizador que me dio Madrivana. Mañana, si no falta, tengo que llevarle los nuevos trozos de Caparazón Negro que recogí el miércoles, a ver si puede fabricarme más.
Volví a la oficina y marqué en el mapa general de la ciudad el punto donde encontré estos nuevos dibujos. Observé el conjunto mientras repasaba mentalmente lo que sabía. El Sacerdote Mayor está herido de algún modo y parece estar perdiendo poder. Sus criaturas son cada vez más débiles y sus seguidores actúan de forma descuidada. Y aun así, siguen haciendo de las suyas como si nada más les importara.
Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los números): Revólver, Lupa, 5, 4, 4. Obtenemos Investigación 13 y pasamos la tirada.
Aún no sé si están protegiendo algo, buscando algo o esperando algo, pero veo un patrón en los lugares en que han ido dibujando los símbolos. Probablemente necesiten dibujarlos con una separación aproximada entre uno y otro para que tengan el efecto deseado. Lo que necesito ahora, hasta que tenga más de ese líquido para anularlos, es determinar dónde toca el siguiente para tratar de impedir que lo pinten.
SÁBADO, 2 DE MAYO DE 1926
Hoy he llevado a Madrivana los fragmentos del Caparazón Negro que recogí el miércoles. Me recibió con su habitual mezcla de calma y severidad. Su casa siempre huele a hierbas secas, a tinta y a algo metálico que nunca he conseguido identificar. Cuando le mostré los fragmentos, los tomó con delicadeza.
—Estos son mejores que los anteriores —dijo, examinando uno de los trozos bajo la luz—. Más densos. Más cargados. Aunque… —frunció el ceño— también más inestables.
Le pregunté si podría preparar más de ese líquido que destruye los símbolos. Asintió sin dudar.
—Sí. Con esto puedo hacer una cantidad decente. No tanta como me gustaría. Pero necesitaré tiempo. Y silencio.
Supuse que era una forma de decirme que mi presencia sobraba allí e hice el ademán de marcharme, pero me detuvo con un gesto. Madrivana trituró algunos trozos, los mezcló con polvos de sus estantes que no reconocí y vertió un líquido espeso que desprendía un olor salino, como el de las mareas bajas. El sonido del mortero golpeando la cerámica llenó la habitación con un ritmo lento, casi ritual.
Investigación a 9+ en nombre de Madrivana. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la tirada.
Al cabo de una hora en la que no dejó de añadir pellizcos de polvos y hierbas mientras murmuraba, filtró el resultado en un frasco. Tras quitar los posos insolubles no quedaba casi nada, pero sí obtuvo lo suficiente para volver a llenar mi petaca.
—Ha sido mucho más rápido que la vez anterior —comenté sin levantar la vista de mi petaca mientras hacía el trasvase.
—La vez anterior hubo que estudiar y experimentar mucho. Ahora ya sé lo que debo mezclar y en qué proporción. Y también dispongo de algunos ingredientes que antes no tenía y me dio la mamaloi —añadió, haciendo un gesto hacia sus estantes.
Ya me había fijado en que estaban mucho más vacíos de lo normal.
—Parece que te estás quedando sin ingredientes.
Madrivana negó con la cabeza.
—No. Lo que ocurre es que los he estado trasladando a la casa de la señora Hargrove. Hablé con ella y me propuso que me instalara a vivir allí. Ha preparado habitaciones para todos nosotros. Ese lugar es como una fortaleza, y no lo digo por las puertas y muros. Muchas de las antigüedades que tiene son baratijas de museo, pero de otras emana verdadero poder.
Cuando terminé de rellenar la petaca, me despedí de ella y volví a la oficina. De camino anulé los símbolos del callejón cercano al colmado. Suelo comprar allí y no me gustaba nada la idea de que esas cosas estén tan cerca, contaminando el aire, o retorciendo la realidad, o lo que sea que hagan.
DOMINGO, 3 DE MAYO DE 1926
Aproveché la relativa tranquilidad de estos últimos días para descansar bien y provocar un nuevo viaje al Mundo Onírico. Cuando abrí los ojos estaba en un yermo que al principio creí congelado, pero lo que a mí me parecía hielo resultó ser cristal. En mi percepción del tiempo de aquel lugar, tardé unas tres semanas en llegar a una zona reconocible, y desde allí encaminarme al punto en el que esperaba encontrar a Evelyn.
Evelyn, en su forma de búho, batió las alas una vez como saludo. Tal como supuse, había estado haciendo crecer nuestra propia fortaleza: un castillo de aspecto medieval formado por bloques de piedra blanca con vetas grises, como mármol. Inhidra estaba con ella en su forma andrógina de piel azul, generando su propio maná para unirlo al de Evelyn. Y había un tercer soñador, cuyo aspecto era el de un caballero cruzado de brillante armadura y frondosa barba blanca. Con sus guantes de malla sostenía su propia espada por el filo, cerca de la cruceta, y con la empuñadura levantada como si el arma fuese un enorme crucifijo. De esta brotaban hebras de maná que iban a unirse igualmente a las de la mamaloi y las de Evelyn.
No quise interrumpir su concentración para preguntarle quién era. Eso podía esperar. Lo que hice fue concentrarme hasta que de las puntas de mis dedos comenzaron a brotar mis propias hebras de maná. Constaté que eran las menos numerosas y más débiles de todas. Estaba claro que aquello no se me daba bien. Pero cualquier cosa que pudiera aportar ayudaría al conjunto.
La fortaleza estaba aún a medio construir: muros incompletos, torres sin rematar, pasillos que terminaban en la nada. Pero también había algo nuevo: una sensación de propósito. La anterior vez que estuve allí con Evelyn creando la base de la fortaleza, tenía la impresión de que las propias Tierras del Sueño nos rechazaban. Ahora era distinto. Como si ya hubieran aceptado la idea de que lo que estábamos creando debía existir. El maná común se trenzaba en bloques de piedra blanca que se acomodaban solos en su lugar.
Investigación a 11+. Incrementada a 12 si no tenemos al menos un punto de locura/conocimiento de Mitos, que no es el caso. Reducida a 6+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la tirada.
Evelyn extendió las alas y el maná que brotaba de entre las plumas se condensó en multitud de detalles, dando forma y peso a goznes, bisagras, antorcheros y portillas. Yo ayudaba con lo que podía, pero mi influencia en las Tierras del Sueño es mínima comparada con la de los demás. Aun así, trencé maná hasta que no pude más. Sentí que la vigilia comenzaba a tirar de mí, reclamándome al mundo real.
Inhidra, que a medida que la fortaleza crecía había quedado cercada por sus muros, nos llamó desde el interior. Accedimos a un patio circular.
—A partir de ahora —dijo Inhidra—, cuando entremos en la Tierras del Sueño, apareceremos aquí. No más lugares aleatorios. No más riesgos innecesarios. Este será nuestro punto de partida, de reunión y también nuestro refugio.
Contemplé la fortaleza a nuestro alrededor. Todavía estaba muy incompleta, pero lo que había se veía sólido. Es increíble lo que se puede hacer en este mundo a base de concentración y voluntad.
Desperté, como de costumbre, con el corazón acelerado, pero por primera vez en semanas no me sentí mal por ello. Tenemos un cuartel general en el mundo real, en la mansión de la señora Hargrove. Ahora uno en las Tierras del Sueño. Y tenemos al Sacerdote Mayor debilitado.
Mientras me preparaba un café caí en la cuenta que no había llegado a preguntar quien era el caballero de la armadura. Supongo que antes o después me enteraré.
Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí.



















