EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ávidos lectores.
Tal como hemos hecho en alguno de los meses de octubre anteriores, vamos a tratar de dedicar todas las entradas de este mes al tema del terror, en mayor o menor medida. Para ponernos en serio con ello, nos hemos releído uno de los libros de Pesadillas del señor Stine, la colección con la que muchos niños y adolescentes se adentraron en este tenebroso mundo.
Se trata de La escuela embrujada. No hay que confundirla con La escuela perfecta, que en algunos países se tradujo como La escuela maldita.
El protagonista es Tommy, cuyo padre, no llegamos a saber si divorciado o viudo, se ha vuelto a casar recientemente. Un efecto secundario molesto para Tommy del nuevo matrimonio de su padre es que este ha conllevado un traslado a otra ciudad, con todo lo que ello supone. En su caso, principalmente, perder el contacto con todos sus amigos y tener que hacer otros nuevos, algo que no siempre es fácil.
Tras algunos días en el colegio, sus nuevos amigos se reducen a Ben y Thalia. Tommy se ha unido a un grupo de trabajo voluntario para preparar la decoración de un aula de cara a unas fiestas que se van a celebrar en el colegio. Lo ha hecho principalmente con la esperanza de acercarse más a los otros chicos que se apunten a las actividades, y es así como a trabado amistad, o al menos cierta cercanía, con Ben y Thalia. Mientras están trasteando con unos botes de pintura para hacer unas grandes pancartas, le envían a otra planta a por un par de botes de pintura roja que se han olvidado traer en el primer viaje que hicieron. A la vuelta, con un gran bote de pintura en cada mano, Tommy se pierde. La escuela es muy grande, él es muy nuevo y están fuera del horario escolar, con lo que, aparte de los que se quedaron trabajando en aquella aula, no hay nadie más. Se enfrenta a un dédalo de corredores vacíos y aulas cerradas y, caminando prácticamente al azar, llega hasta un ala del colegio que lleva cincuenta años abandonada.
Más que un ala del colegio, es en realidad el colegio original, las primeras dependencias que se construyeron y que luego fueron abandonadas por completo. El colegio siguió extendiéndose a partir de ellas, pero en realidad son dos colegios diferentes, unidos porque el segundo se edificó a partir de la estructura que ya existía del primero. El motivo por el que este primer colegio fue abandonado por completo es porque la primera promoción de alumnos, formada únicamente por veinticinco chavales, desapareció sin dejar rastro. Nadie sabe qué pasó con ellos. No se les volvió a ver nunca, ni se encontraron sus cadáveres ni ninguna pista, nota de rapto o indicio de ningún tipo. Simplemente desaparecieron.
El trauma para sus padres y para la población fue tan grande que se decidió cerrar todo el colegio y construir otro adosado al primero. En una de las aulas de este primer colegio abandonado, Tommy se encuentra con lo que parecen ser veinticinco estatuas o maniquíes vestidos con los uniformes antiguos. Él no sabe qué puede significar aquello, pero una profesora que lo encuentra por allí perdido le explica que se hicieron como homenaje a esos niños desaparecidos. Para que, de algún modo, permanecieran en el colegio, ya que no físicamente, al menos sí su recuerdo.
Tommy regresa al aula donde están haciendo las pancartas y, al sumergirse de nuevo en el trabajo con sus compañeros, prácticamente se olvida de ello. Sin embargo, en los días siguientes van teniendo lugar otros sucesos. Se nos recalca mucho, por ejemplo, que Thalia está maquillándose continuamente, casi obsesivamente, como si tuviera algo que ocultar. Otros compañeros bromean con ello diciendo que tiene la cara rota, como si maquillarse sin parar fuese un intento de ocultar un rostro deformado o no humano. Tomaremos nota de este detalle por si fuera relevante más adelante, que a Stine le gusta mucho esto de ir sembrando pequeñas pistas, pero también muchas de estas son falsas.
También se da el caso de que Tommy cree oír la voz de una niña pidiendo ayuda en varias ocasiones. Cuando está en clase mira a su alrededor, pero ninguna de las niñas está hablando y la voz tampoco parece provenir de ningún lugar en concreto. Simplemente es como un susurro que está ahí y que nadie más oye.
Cuando ya tienen casi a punto las pancartas de decoración para la fiesta otra de sus compañeras rompe la pancarta mayor simplemente por diversión y se larga. Tommy y Ben corren hacia el aula donde guardan el material para buscar algo con lo que repararla. Tommy, recordando el camino que siguió para volver él mismo desde aquella aula con los botes de pintura, encabeza la marcha yendo por una escalera diferente a la que pretendía tomar Ben. Pese a que este le dice que ese no es el camino, Tommy insiste en que por ahí es más rápido, que es por donde fue el otro día. Pero de nuevo se pierde y terminan llegando hasta un corredor de la zona abandonada, donde hay una puerta tapiada con tablones. Empujándose y discutiendo sobre cuál de los dos tenía razón, terminan chocándose contra los tablones que, muy dañados por el paso del tiempo, se rompen, revelando que tras ellos hay un ascensor.
Fascinados por el descubrimiento, se meten en el ascensor y empiezan a pulsar todos los botones. Ninguno parece funcionar hasta que uno hace que el ascensor se desplace, pero no hacia arriba o hacia abajo, sino de lado, como girando sobre sí mismo, abriéndose a una parte de la escuela que aparentemente no comunica de ningún otro modo con el resto. La escuela en la que están ahora es la antigua, la de hace cincuenta años. Pero carece de colores. Es como si hubiesen aparecido de pronto en una película en blanco y negro donde todo se compone de estos dos tonos y de diferentes grises. Solamente ellos y las ropas que llevan puestas conservan sus colores normales.
Deambulando por esta extraña versión de su escuela, llegan hasta un aula en la que encuentran a cinco niños que están también en blanco y negro, y al verlos se lanzan sobre ellos y empiezan a arrancarles jirones de ropa, a sacarles los zapatos de los pies y a manosearlos. Tommy y Ben tardan un poco en darse cuenta de que lo que ha provocado esta reacción en los niños es el color de su piel, sus cabellos y sus ropas. Los niños grises están fascinados con el color, están hambrientos de él. Observan los jirones de ropa que han conseguido arrancarles como si fueran un tesoro. Uno de ellos incluso afirma que le duelen los ojos de estar viendo tantos colores juntos.
Tras este primer encuentro, una de las niñas del grupo les pregunta si han venido a ayudarlos. Tommy responde que no, que no han venido a ayudarlos simplemente porque no sabían que hubiese nadie allí que necesitara ayuda. Que solo se han equivocado de camino y que ahora van a marcharse. Es entonces cuando los niños grises les revelan que no pueden marcharse, que nadie puede salir de ese lugar, al que ellos llaman simplemente «el otro lado de la pared», porque ellos mismos llevan cincuenta años intentándolo. Esos cinco niños son parte de los que desaparecieron misteriosamente medio siglo atrás. Los niños les cuentan que, cuando empezaron sus clases allí, vino un fotógrafo para sacarles una foto de grupo como recuerdo de la primera promoción del colegio. El fotógrafo, un individuo siniestro llamado Camaleón, los hizo formar en tres filas y, a continuación, les sacó la fotografía. Pero cuando el flash brilló cegándolos, todos cerraron los ojos. Y al volver a abrirlos ya se encontraban allí. Desde entonces no han podido salir ni tampoco han envejecido. Están atrapados en una sección del viejo colegio en la que no hay nada, ni siquiera color. No necesitan alimentarse, pero tampoco mueren de hambre. Hay una pequeña serie de aulas por las que pueden deambular, pero no son muchas y tampoco hay nada que hacer en ellas.
Naturalmente, Tommy y Ben se niegan a aceptar esto hasta que la evidencia les golpea: ellos también se están decolorando. Primero las puntas de los dedos, luego las palmas de las manos. Tanto ellos como todo lo que llevan encima están perdiendo el color. Es como si el propio entorno les absorbiera los colores. Intentan escapar de ese mundo, pero los niños grises llevan cincuenta años intentándolo sin conseguirlo. Les muestran una puerta que conduce al mundo real, al mundo del que provienen, pero es imposible abrirla o dañarla. Está también el ascensor por el que han llegado hasta allí, pero no tiene botón de llamada desde ese lado y al parecer, únicamente sirve como conducto de ida hasta ese mundo, pero no de vuelta.
Cuando prueban a salir por las ventanas del aula, los niños grises entran en pánico y les dicen que por nada del mundo se les ocurra hacerlo. Y este es un buen momento para preguntarnos por qué, si los desaparecidos fueron veinticinco y no se puede morir de hambre, solo hay cinco niños grises allí. Pese a ello Tommy y Ben salen a la calle por una de las ventanas, poque parece ser su única opción. Lo que encuentran fuera de la escuela no es su propio pueblo tal como lo recuerdan, sino como era cincuenta años atrás. Sin embargo, es más un decorado que un pueblo real. Todas las casas están vacías, no hay luces encendidas en ninguna de ellas y nadie camina por las calles. La noche es perpetua y una neblina lo cubre todo, tan espesa que parece costar avanzar a través de ella.
Mientras deambulan por este mundo que claramente no es el suyo, son acechados y rodeados por los niños faltantes. Son diez chicos y nueve chicas como los niños grises de la escuela, pero parece que el contacto prolongado con el exterior los ha asalvajado. Estos niños los atrapan y los llevan, entre forcejeos y empujones, hasta una colina en la que hay un pozo de algo parecido al alquitrán burbujeante. Los niños salvajes echan cubos en aquel pozo de líquido negro para sacarlo y beberlo. Bueno, algunos lo beben; otros se lo escupen en la cara a sus compañeros; otros se embadurnan el rostro y el cabello con él... Parece que el líquido los alimenta de algún modo, pero también que los sume en una depresión y una locura cada vez más profundas.
Los niños salvajes tratan de empujar a Tommy y a Ben al pozo para acelerar su decoloración y convertirlos en niños salvajes como ellos, pero son salvados en el último momento por los niños grises de la escuela, que se han atrevido a salir también por la ventana para intentar rescatarlos. Gracias al respiro que supone la aparición de los niños grises, Tommy tiene tiempo de sacar un encendedor que llevaba en un bolsillo y prender unas hojas secas del suelo. Las hojas son grises, como todo lo demás, pero al ser encendidas con la llama amarilla del mechero, que aún no ha perdido su color, estallan en furiosas llamas anaranjadas. Aquella sobrecarga de color, que a los niños grises parecía fascinarlos, provoca auténtico dolor físico a los niños salvajes del exterior. Gracias a esto consiguen volver a la relativa seguridad del colegio. Pero están como al principio: atrapados en un aula en blanco y negro, de la que no pueden salir más que por las ventanas al exterior, al mundo de los niños salvajes.
De hecho, están peor que al principio, porque su excursión al exterior le ha costado a Tommy y a Ben casi todo el color que les quedaba. Incluso la llama de su encendedor, cuando prueba a iluminar un poco el aula con ella, es gris. Sin embargo, hay algo que no deja de rondar la cabeza de Tommy. En el aula hay cinco niños grises y, en el exterior, él llegó a ver diez niños y nueve niñas asalvajadas. Las cuentas no le salen, porque en total solo son veinticuatro. Uno de los niños grises le revela que alguien de su grupo logró escapar de ese mundo hacía tan solo dos semanas, pero que no saben cómo lo hizo. Tenían la esperanza de que volviera a por ellos, pero no ha regresado.
Entonces oyen moverse ese misterioso ascensor que solo puede manipularse desde el otro lado, desde el mundo en color. Las puertas del ascensor se abren y Thalia sale de él. Deja que las puertas se cierren tras ella y abraza a los niños grises, que la reciben como si la conocieran… porque, efectivamente, la conocen. Thalia es la niña de su grupo que logró escapar del mundo en blanco y negro y regresar al mundo en color. Les revela que hace dos semanas, trasteando por mero aburrimiento en su bolso, que llevaba décadas sin abrir, encontró una vieja barra de labios y se sorprendió al descubrir que el carmín todavía conservaba gran parte de su color, quizá porque había permanecido cerrado durante todo ese tiempo, sin exponerse al aire de aquel mundo en blanco y negro. Para comprobar si todavía era capaz de colorear algo, hizo una línea sobre una pared y vio cómo el color desintegraba el muro gris. Rápidamente dibujó un cuadrado, como si fuera una ventana o un portal, y el trazo carmesí hizo desaparecer toda aquella sección de pared. Se apresuró a cruzarla, llegando así al mundo en color.
Al quedar expuesta al aire, la línea que había trazado en el muro se volvió gris rápidamente y el muro reapareció. Thalia intentó repetir el proceso desde el otro lado, pero en un mundo en color una simple línea de barra de labios no tenía poder alguno, así que no pudo volver al mundo en blanco y negro. Al principio Thalia tenía la intención de volver a buscar a sus compañeros y enseñarles el camino para salir de allí, pero no fue capaz de hacerlo hasta que, al ir a buscar a Tommy y Ben, preocupada por lo mucho que estaban tardando, encontró las maderas rotas y el viejo ascensor oculto tras ellas. Ha vuelto al mundo en blanco y negro, pero ya no para buscar a sus compañeros, sino para quedarse.
Todo su color es fingido. Lleva lentillas y el pelo teñido, y el motivo por el que se maquillaba continuamente era para que nadie viera su piel y sus labios grises. Volver al mundo en color no le ha hecho recuperar el color ni tampoco sentir que estuviera en casa. Después de cincuenta años atrapada en el mundo en blanco y negro, ella siente ese lugar como su verdadero hogar y es donde realmente quiere estar, junto a los cinco compañeros que aún le quedan. El mundo exterior es ahora para ella como un mundo alienígena, tan extraño y aterrador como el mundo en blanco y negro puede serlo para Tommy y Ben. Ha pasado cincuenta años viviendo en el limitado mundo en blanco y negro, y solo vivió diez en el otro, y además este ha cambiado mucho desde la última vez que estuvo allí. El colegio ha cambiado, la ciudad ha cambiado. Ya no queda allí nada que la conecte a él, ni familiares ni lugares que sienta como suyos. Es un mundo en el que ha perdido todo el arraigo que alguna vez pudo tener y en el que ya no quiere vivir. De todo aquello que conocía, lo único que le queda son sus cinco amigos, los cinco niños grises que dejó atrás en el aula, y estaba desesperada por volver con ellos.
Pero, del mismo modo que siente que ella ya no pertenece al mundo en color, también sabe que Tommy y Ben nunca serán felices en el mundo en blanco y negro. Rápidamente traza un nuevo cuadrado en la pared con lo poco que queda de su barra de carmín, permitiendo a Tommy y Ben volver a su propio mundo. Estos intentan que los niños grises los sigan, pero todos aceptan que su lugar está allí y que así será para siempre.
Tan pronto como Tommy y Ben regresan a su propio mundo, recuperan rápidamente el color que habían estado perdiendo, hasta quedar como al principio. En ese momento, una de las profesoras los encuentra y los lleva a empujones hasta el gimnasio, donde todos los alumnos han sido reunidos para una foto de grupo. Los coloca junto a los otros chavales y, antes de que tengan tiempo de reaccionar, la profesora se gira hacia el fotógrafo y le dice:
—Señor Camaleón, ya puede disparar.
He leído bastantes libros de Pesadillas, y la historia de este, pese a contar con mucho relleno, está muy por encima de lo habitual. El que incluso dentro de ese mundo, ya malo de por sí, puedan haber cosas peores, como los niños asalvajados, es bastante inquietante. Esto parece un efecto secundario de la exposición al exterior de la escuela, pero los que no se aventuran a ello están igualmente condenados a permanecer atrapados en esta, en un conjunto de tres o cuatro aulas unidas por un pasillo en las que no hay nada que hacer. Es un infierno lo mires como lo mires, y hace que te preguntes si no sería mejor convertirse en uno de esos niños asalvajados y dejar que la pérdida total de la cordura termine también con el tormento de ser consciente de la situación tan terrible en la que están.
El personaje de Thalia es sin duda lo mejor de todo. Ella logra escapar de ese infierno solo para darse cuenta que se ha acostumbrado tanto a él que prefiere volver allí antes que enfrentarse al mundo exterior en el que deberá volver a aprenderlo todo, a adaptarse a todo, y a vivir sin las únicas personas que le quedan a las que puede considerar como su familia, los cinco chicos grises. Como decía Bowen al final de La tierra olvidada por el tiempo, cuando él y Lys quedan atrapados para siempre en Caprona «Prefiero vivir aquí con Lys, que en cualquier otro sitio sin ella». O dicho de otro modo, llega un momento en que el lugar deja de importar tanto como la compañía. Thalia prefiere regresar al mundo gris porque allí están las únicas personas que aún forman parte de su vida.
Pensad que estamos hablando de un libro escrito para niños de entre ocho y doce años, pero los conceptos que maneja, para los que a esas edades sean capaces de verlos, son muy duros. Nos habla de la lucha contra la desesperación, de cómo el aislamiento puede ser también una forma de protección, y de cómo hasta el infierno puede llegar a ser un hogar si es allí donde están todas las personas que apreciamos.
Creo que algunos libros deberían tener dos franjas de lectura recomendada. Porque este, por ejemplo, cuando lo lees entre los ocho y doce años, ves a los niños salvajes como monstruos, el mundo gris como una prisión de la que huir y a Thalia como la salvadora providencial. Cuando lo lees con unas cuantas décadas más de edad y experiencia en la vida te das cuenta que la historia es muy distinta a como la recordabas. Los niños salvajes llevan cincuenta años encerrados en una realidad hostil, sin familia, sin futuro y sin esperanza. Lo sorprendente no es que diecinueve de ellos hayan acabado volviéndose locos. Lo sorprendente es que seis de ellos aun conserven algo de cordura. Lo mismo ocurre con el mundo gris. De niño lo ves como una prisión, pero cuando Thalia escapa descubre que sus padres han muerto, todo lo que conocía ha desaparecido y además ahora está separada de los únicos amigos que le quedaban. Al final, no ha hecho más que cambiar una prisión por otra. Y esa es una idea compleja para una novela que, en teoría, estaba destinada a lectores de ocho años.
Y sí, quedan muchos cabos sueltos. Nos quedamos sin saber nada del sr. Camaleón, y no se explica como Thalia se integró inmediatamente en la escuela durante esas dos semanas que fue libre, sin que ningún alumno o profesor se extrañara de verla por ahí. Pero nada de esto es importante. Si dedicamos cinco minutos a buscarle una explicación que encaje con todo lo demás, seguro que algo se nos ocurre. Aun con todo su relleno y sus agujeros argumentales, este es para mí uno de los mejores libros de Pesadillas. No tanto por el terror, que es moderado y a ratos hasta ridículo, sino por la atmósfera melancólica del mundo gris y el personaje de Thalia, que me parece inesperadamente triste y maduro para una serie dirigida a niños. De muchas novelas de Pesadillas, años después de leerlas, apenas recuerdas el monstruo de turno. De esta, recuerdas a Thalia.
Puedes repasar otras obras de este autor (y de algunos de sus imitadores) pulsando aquí.
The Haunted School. 1997. R.L.Stine. Pesadillas nº 57. Publicado en 1999 por Ediciones B / Grupo Z.