Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Nuestro suplemento dominical sale un lunes a ultima hora! ¿Será otro de los desmanes de los horribles dioses cósmicos? ¡Averígüelo (o quizá no) aquí mismo!
Lunes, 6 de abril de 1926
La volví a ver esta mañana. A la mendiga de la serpiente y la rana. No sé si tiene nombre, o si alguna vez lo tuvo. En mi cabeza ya es simplemente “la mendiga de la serpiente y la rana”. Estaba sentada en el mismo sitio donde la vi por primera vez, con la espalda encorvada. La serpiente descansaba enroscada alrededor de su muñeca como una pulsera, y el sapo estaba a sus pies, hinchándose y deshinchándose rítmicamente.
Fui hacia ella y la saludé. Me miró con ojos turbios, como si mi rostro le resultara familiar pero no estuviera segura de quién era. Era de nuevo eso que ya había visto en otras ocasiones: esa lucha interna entre la cordura y la locura, cada una tratando de imponerse sobre su mente. Le dije mi nombre y le recordé las otras veces que nos habíamos visto, las cosas de las que habíamos hablado. Ella frunció el ceño, incómoda. La serpiente alzó la cabeza y abrió la boca lo justo para que su lengua asomara al aire frío. El sapo dejó de hincharse un instante, como si también él estuviera escuchándome. Me dio la impresión de que ellos sí me habían reconocido, pero su ama no parecía guardar ningún recuerdo de mí esta vez.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Lupa, Revolver, 5, 5, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 1) Lupa (doble), 5, 5, 4. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos) Lupa, Revólver, 5, 5, 4. No obtenemos ni tan solo la habilidad de Búsqueda y fallamos la tirada.
Se levantó de golpe, con un movimiento torpe pero decidido. La serpiente se aferró a su muñeca como si temiera caer. El sapo dio un pequeño salto para seguirla, y ella lo recogió casi sin mirarlo. No dijo nada. Solo se alejó a pasos rápidos, casi huyendo de mí, sin volver la vista atrás.
Me quedé allí un momento, mirando cómo desaparecía entre los contenedores y las sombras. Suspiré. Me encogí de hombros y seguí mi camino. Después de todo, no podía hacer otra cosa.
Martes, 7 de abril de 1926
Había quedado con Evelyn en el aula de arqueología de la Universidad para hablar de cómo íbamos a afrontar el asunto de la torre negra. Últimamente nos vemos más en las Tierras del Sueño que estando despiertos. Entré sin llamar, porque ella me había citado a esa hora precisamente porque coincidía con un turno en el que el aula no estaba ocupada.
Evelyn estaba de pie junto a la ventana, pero no tocaba el suelo. Flotaba unos centímetros por encima, rígida, con los brazos ligeramente separados del cuerpo. Los papeles de su escritorio se elevaban alrededor de ella, girando en espiral como si un diminuto tornado invisible que no podía venir de ninguna parte los arrastrara hacia arriba. Estaba teniendo otra de sus crisis. Sus ojos estaban completamente en blanco y sus labios temblaban, luchando por decir algo.

Búsqueda a 8+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 12 y pasamos la tirada.
—La torre… —susurró—. La torre que no existe… pero… está… ahí...
La voz no era la suya. Tenía un eco extraño, como si viniera desde el fondo de un túnel. Me acerqué despacio. No sabía si debía tocarla o salir corriendo a buscar ayuda. Supuse que preferiría lo primero. Cuanta menos gente de su entorno inmediato la viera en ese estado, mejor.
—Evelyn —dije—. Soy yo. Estás en la Universidad. Estás despierta.
El aire empezó a enfriarse. Lo noté en la piel de los brazos, en el vaho que salió de mi boca. Un par de hojas de papel se pegaron a su vestido y se quemaron sin fuego, reducidas a ceniza en un segundo. Entonces cayó, como si alguien hubiera cortado los hilos que la sostenían. La agarré de las caderas antes de que se golpeara la cabeza contra el suelo. Estaba helada y temblaba, pero a la vez sudaba copiosamente.
Tardó casi un minuto en volver en sí. Cuando abrió los ojos, las pupilas habían vuelto.
—Lo vi, John —susurró—. No la torre… lo que hay dentro. Lo que oculta. Es… enorme. Demasiado enorme. Y sabe que lo hemos visto. Nos está esperando.
La ayudé a sentarse en su silla. Se quedó mirando la ventana, como si esperara ver algo al otro lado.
—Cada vez está más cerca —dijo—. Eso a lo que llaman… eso, lo que sea que viene. No sé lo que es, pero está cada vez más cerca.
Miércoles, 8 de abril de 1926
Hoy he vuelto a encontrarme con uno de los engendros de Calder. Iba caminando por la calle Pickman, de regreso a la oficina, cuando escuché un alboroto. Varias personas corrían y gritaban, todos en la misma dirección. Yo, como el idiota que soy, fui en dirección contraria, hacia aquello de lo que huían.
De un callejón especialmente estrecho y sin salida venía un ruido que sonaba a que alguien estaba arrastrando un chapoteante saco de vísceras frescas. Era un jabalí enorme, del tamaño de un caballo pequeño, no muy diferente de la carcasa reanimada que despaché no hace tanto. Este se veía distinto. No era un ejemplar reciente, una pieza de caza como el otro. Este parecía un animal que hubiese muerto de viejo en el zoo y hubiera terminado en el cubo de la basura. Estaba esquelético, con el pelaje pegado a los huesos. Las patas se movían y el cuerpo avanzaba con una rigidez artificial. Tenía la piel abierta en varios puntos, y bajo ella no había músculo, sino una masa grisácea que parecía arcilla. En lugar de ojos solo tenía dos huecos negros. Aun así supongo que me vio de algún modo, porque bajó la cabeza y se lanzó contra mí.

Combate a 11+, aumentado a 13+ salvo si tenemos dos puntos de locura acumulados, que no es el caso. Primer intento: Revolver (doble), 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 1) Revolver (doble), 5, 4, 4. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada.
Me lancé hacia un portal para esquivar la embestida. El jabalí chocó contra la pared con un golpe seco que habría matado a cualquier animal normal. Este solo se sacudió y volvió a girarse hacia mí.
Saqué el revólver y disparé dos veces. Las balas entraron en su cuerpo, pero no salieron. El jabalí reanimado embistió de nuevo, esta vez más rápido. Me eché a un lado y se dio otro cabezazo tremendo contra la pared. Eso pareció hacerle más daño que las balas… ¿o era porque el golpe se lo había llevado en la cabeza? Disparé de nuevo, apuntándole al cráneo.
El jabalí reanimado cayó de lado y empezó a temblar. Retrocedí mientras la criatura se detenía poco a poco. Me quedé un rato apoyado en la pared, recuperando el aliento mientras lo observaba. Ahora que podía dedicarle atención a ello, me estaba fijando en que tenía costuras de sutura y grapas quirúrgicas en varios puntos. Ese pobre despojo de animal parecía haber sido muy modificado, no simplemente inyectado con la fórmula de Calder. Aquello podía ser interesante.
Supuse que alguno de los que huían de esta cosa, demostrando más sentido común que yo, habría llamado a la policía. Me quedé junto al cadáver del animal, muerto por segunda vez. Quería asegurarme de que esa cosa terminara en las manos adecuadas.
Jueves, 9 de abril de 1926
Volví esta tarde a la casa de Madame Zan. Después de todo, ella fue quien me dijo que buscara al adversario en el mundo onírico, no en el real. Y, pese a que nunca había creído en todas estas cosas de la adivinación, la lectura de la mano, el echar cartas y todas esas cosas, he de admitir que en eso tenía razón. No quiero decir que ya crea en todo eso; la mayoría siguen pareciéndome patrañas, pero yo mismo he llegado a aprender y lanzar un par de veces un hechizo, me he enfrentado a un fantasma, algunos animales muertos y reanimados y tantas otras cosas que hacen que empiece a plantearme todo aquello en lo que creo.
Investigación a 8+. Primer intento: Lupa, Linterna, 3, 3, 3. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la tirada.
Le conté lo que había encontrado: el lugar donde se esconde el responsable de todo esto. La enorme torre negra alzándose infinita hacia el cielo en una capa de sueño más profunda que el sueño convencional, como si fuera suciedad escondida bajo la alfombra. Ella negó con la cabeza, despacio, con el mismo movimiento lento y deliberado con el que una madre o una profesora corrigen a un niño pequeño.
—No te engañes, Miller. Lo que has encontrado no es al responsable. Lo que tú llamas sacerdote mayor es solo uno más de los sirvientes del verdadero responsable.
Sentí un nudo en el estómago. Quise protestar, porque sentí que estaba arrebatándome todo el mérito de los magros logros que podía atribuirme, pero su mirada me atravesó antes de que pudiera abrir la boca.
—Lo que está por venir es mucho mayor —continuó—. Y así como vosotros le habéis visto en el mundo onírico… él también os ha visto. Sabe que lo buscáis. Sabe que os estáis preparando para ir a por él.
Recordé que Evelyn había dicho básicamente lo mismo tras su trance. Madame Zan fue hacia su sillón, como si la conversación hubiera terminado.
—Ten cuidado, Miller —dijo sin mirarme—. Te estás haciendo enemigos muy poderosos, y no solo en este mundo.
Salí de allí con algo dándome vueltas en la cabeza, y no era algo relacionado con esa conversación. No fue hasta estar ya a mitad de mi camino de regreso a la oficina que caí en la cuenta de que, el martes, Evelyn por primera vez me había llamado John en lugar de Miller.
Viernes, 10 de abril de 1926
Esta mañana he ido a ala hospitalaria de la Universidad para ver si habían descubierto algo en relación al jabalí al que estuve tiroteando el otro día. Convencí a O’Maley para que lo dejara en manos de la doctora Sabin en lugar de entregárselo a sus propios forenses. Y sorprendentemente, aceptó. Quizá porque lo veía como una forma de quitarse un problema de encima.
Cuando llegué, la doctora Sabin estaba en la sala de disección con dos estudiantes de medicina. Llevaba una bata blanca encima de su ropa habitual.
—Llega justo a tiempo —me dijo—. Vamos a abrirlo ahora.
El cuerpo del jabalí estaba sobre la mesa, rígido como una estatua. Uno de los estudiantes hizo la primera incisión siguiendo las instrucciones de Sabin, que parecía estar allí únicamente para supervisar el asunto. Supongo que ella también había tenido que mover algunos hilos por su parte para que la Universidad le permitiera utilizar esa sala y ese equipo para examinar el cadáver que le había traído la policía. El convertirlo en una clase para un par de estudiantes aventajados había sido el precio a pagar.
La piel del jabalí se abrió con demasiada facilidad, como si no hubiera resistencia. El estudiante comentó que estaba cortando puntos de sutura, que estaba abriendo una incisión previa. El olor que salió no era el de un animal muerto. Había un cierto aroma a putrefacción, evidentemente, pero era algo más químico. Sabin frunció el ceño.
El estudiante continuó cortando. La cavidad torácica se abrió… y entonces algo se movió dentro.
—¡Atrás! —grité. Pero ya era tarde.
Una rata salió disparada del interior del jabalí. Era enorme, casi del tamaño de un gato pequeño, con la piel abierta en varios puntos y los ojos blancos como la leche. Saltó directamente hacia el rostro del estudiante que había hecho la incisión. Él cayó hacia atrás, gritando. Sin pensarlo, lancé una patada contra la rata, impactando tanto en el lomo de esta como en la cara del estudiante. Al menos le libré del mordisco, así que supongo que podríamos decir que salió ganando. La criatura se estrelló contra la pared dejando una mancha oscura en ella. Se levantó casi al instante y se giró hacia mí.
Combate a 6+. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo el 6) Lupa, Revólver 5, 4, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.
Saqué el revólver. La rata avanzó con ese movimiento torpe y antinatural que ya había visto antes. Debió haberse roto algo con la patada o quizá con el choque contra la pared, porque era mucho más lenta. Quizá no sería necesario disparar. Le di otro puntapié, justo en la cabeza cuando ya se me echaba encima, y sentí algo crujir. Cayó al suelo de nuevo, y de nuevo se levantó de inmediato. Premié su tenacidad con otra patada. Y otra, y otra, y otra, hasta que dejó de moverse.
Sabin estaba pálida. Los estudiantes, aún más.
—¿Qué demonios era eso? —preguntó uno de ellos.
—Una trampa —dije sin vacilar, y la respuesta me sorprendió incluso a mí, porque no había pensado en ella de forma consciente. Pero estaba casi seguro de que la rata no estaba dentro del jabalí por accidente. No entró ella en el cadáver para alimentarse o esconderse. Calder había colocado la rata reanimada dentro del jabalí y luego lo había cosido, como un arma secundaria. Su intención al reanimar al jabalí no era que matara a algún ciudadano aleatorio, sino que matara a aquel que examinara al jabalí para buscar respuestas. Aquello era un ataque preparado para eliminar a los que estuvieran metiendo las narices, pero concretamente a aquellos que tuvieran conocimientos de ciencia o medicina, que serían los que abrirían el cuerpo.
Ya estaba siendo hora de ponerse en serio con ese tipejo.
Sábado, 11 de abril de 1926
Hoy no he tenido que matar (o rematar, según se mire) a nada, pero no por ello ha sido un día tranquilo. A veces investigar sin que nadie te ataque es peor, porque te obliga a mirar lo que está pasando sin actuar.
Pasé la mañana tanteando el terreno, deambulando por la zona de Arkham en la que se alzaba la torre negra infinita en el sueño. No fui allí buscando un enfrentamiento. Fui a observar. A escuchar. A ver qué podía averiguar.
El primer indicio de que algo iba mal fue el silencio. Ese silencio espeso que se forma cuando algo o alguien está haciendo ruido y de pronto deja de hacerlo porque nota que te acercas. El segundo fue el olor. Una mezcla de perfume e incienso que parecía querer esconder el hedor dulzón de la descomposición. Y el tercero, lo despoblado que se veía todo. A esa hora las calles debían bullir de actividad. Es cierto que desde hace algunos meses las calles están cada vez más vacías, sobre todo por las noches: la gente se encierra en sus casas lo antes posible. Pero aquí era incluso más acusado. Las casas a mi alrededor ni tan solo se sentían como lugares donde la gente se encierra para mantenerse a salvo de la calle. Tenía la impresión de que estaban vacías, todas o casi todas.
Yo las iba observando, buscando similitudes con aquello que había visto en el sueño, tratando de determinar exactamente cuál era la casa en cuyo lugar se alzaba la torre infinita. Me asomé a la ventana de una cuya puerta estaba entreabierta y, de hecho, colgaba medio suelta de los goznes.
Investigación a 12+. Primer intento: Lupa (doble), 4, 2, 2. Segundo intento (repitiendo ambos 2) Lupa (doble), 4, 4, 3. Tercer intento (repitiendo el 3) Lupa (doble), 6, 4, 4. Obtenemos Investigación 14 y acumulamos el primer punto de locura del mes.
Allí estaban. Una docena de cultistas, quizá más. Todos con túnicas negras, todos arrodillados en círculo, moviendo los labios como si cantaran. Balanceándose ligeramente adelante y atrás, como siguiendo el ritmo de una música que yo no podía escuchar. Uno de ellos sostenía un libro de aspecto antiguo. Uno de esos libros que ya he aprendido a temer.
Me quedé observando un rato más, pero no me acerqué. No soy tan valiente ni tan estúpido. Pero sí rodeé el edificio fijándome en detalles como ventanas bajas, escaleras de incendios, bocas de alcantarilla, puertas traseras, movimiento detrás de las ventanas de los pisos más altos. Nada sugería que allí estuviese pasando algo extraño más allá de lo que había visto a través de la ventana.
No sé si el Sacerdote Mayor está aquí en persona o si solo ha dado instrucciones a esta panda de degenerados y se ha marchado a otro lugar, pero este es sin duda el lugar que buscaba. Ahora lo que queda es preparar, junto con O’Maley, una redada lo suficientemente bien planeada y ejecutada como para que ninguno de estos sujetos escape.
Domingo, 12 de abril de 1926
Hoy me he reunido con Inhidra, pero no en el Mundo Onírico. Solo ella y yo, en el mundo real, en un banco del parque donde los árboles todavía parecen árboles y no criaturas esperando a despertarse.
La mamáloi estaba envuelta en un chal oscuro, con ese aire de mujer que sabe demasiado y que carga con ello sin quejarse. Me saludó con un gesto leve y escuchó pacientemente lo que le conté sobre mis averiguaciones del día anterior y sobre todo lo que había ocurrido a lo largo de la semana. Pero por la cara que ponía me dio la impresión de que no le estaba contando nada que ella no supiera ya. Me sentía como aquella vez que me dijo que sus loas me iban a poner a prueba. Estaba siendo juzgado por ella en su nombre. La mamáloi estaba decidiendo cuánto más iba a implicarse en ayudarme.

Investigación a 17+. Reducida a 12+ por haber superado cinco de las pruebas anteriores esta semana, pero aumentada a 15+ por tener menos de tres puntos de locura acumulados. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Segundo intento (repitiendo el 4 y el 3) Lupa, Linterna 6, 5, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada a costa de acumular un segundo punto de locura.
Cuando terminé me quedé en silencio un momento. El viento movió las ramas sobre nuestras cabezas.
—Inhidra… —dije—. ¿Él sabe que lo estoy buscando?
Ella no respondió de inmediato. Miró al suelo, luego ladeó la cabeza. Parecía estar buscando respuestas en la propia naturaleza a su alrededor.
—No solo lo sabe —dijo al fin—. Ya ha empezado a prepararse para recibirte.
Genial. Justo lo que necesitaba para dormir tranquilo. Ya contaba con esa respuesta, porque después de todo es lo mismo que me dijo Evelyn tras su trance. Y lo mismo que me dijo Madame Zan. Que la mamáloi lo repitiera no era más que una confirmación que realmente no necesitaba.
—¿Qué hago entonces? —pregunté.
—No actúes todavía. Las defensas de ese lugar son demasiado fuertes. Y no me refiero a la oposición que puedan presentar ese puñado de idiotas con capuchas que viste allí. Dame unos días para preparar algo que nos proteja cuando entremos.
—¿Nos?
Se levantó y se marchó sin despedirse. La vi alejarse entre los árboles, como si el parque la tragara.
Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí.