MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

viernes, 24 de abril de 2026

BIBLIOTECA UNIVERSAL DE MISTERIO Y TERROR (nº 5)

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

A mediados de febrero un lector del blog me pidió que comentara el libro número cinco, concretamente el cinco, de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror, si es que lo tenía. Comenté tres de estos libros en los inicios del blog y no había vuelto a acordarme de ellos. Una larga serie de reformas en casa y alteración de las rutinas me hizo tener que cambiar de sitio muchas cosas, y hay todavía muchas cosas que no tengo localizadas. La petición de este lector me hizo ponerme a buscar los libros que me quedaban por reseñar de la Biblioteca Universal de Misterio y Terror. Todavía me faltan unos cuantos por comentar y, efectivamente, entre ellos está el número cinco, que es el que vamos a ver hoy.

También aproveché para indagar sobre el motivo de este interés por ese número en particular, si había algo que lo hiciera destacar de los demás. Siempre existe la posibilidad de que fuera algún número que el lector tuviera en su momento y lo recordara con especial cariño. Pero el caso es que busqué en internet si había alguna historia en particular o algo raro relacionado con el número cinco de esta colección, y descubrí que, aproximadamente un mes antes de recibir esta petición, el youtuber Dross Rotzank había publicado un vídeo titulado Querido Dross; el medallón maldito en el que hablaba precisamente de este número. 

Por lo que dicen en el vídeo, este número se vendió acompañado de un amuleto extraño cuyo diseño un particular hizo llegar a la editorial junto con una gran cantidad de dinero, y el encargo de que entregaran uno gratuitamente junto con cada ejemplar del siguiente número. Comento esto solamente como curiosidad, porque no sabía nada del asunto hasta que vi el vídeo. Podéis buscarlo en YouTube y darle un vistazo si queréis profundizar en el tema. Aquí nos vamos a ceñir a comentar el libro en sí, el número cinco de la colección, y a hablar de las historias que contiene. Curiosamente (o quizá no tanto) la primera de ellas trata precisamente sobre un amuleto maldito.


El rubí de los siete anillos (por José León Cano). A mediados de la década de mil novecientos cincuenta, durante la demolición de un antiguo manicomio situado en las afueras de Londres, una excavadora desentierra un pequeño cofre metálico oxidado. Dentro del cofre había un cuaderno de tapas desgastadas pero perfectamente legible y una hoja doblada varias veces que mostraba el dibujo de una joya. La ilustración representaba un rubí rodeado por siete círculos concéntricos plateados que parecían grabados con símbolos sin sentido aparente.

El cuaderno contiene el diario de un interno del manicomio en el que relata su vida anterior al internamiento. Estaba casado con Katherine, una mujer de belleza excepcional, delicada y de rasgos aristocráticos. Habían sido felices durante cuatro años, aunque ella parecía incapaz de concebir hijos. Poco antes del cumpleaños de su esposa, tras una discusión trivial, él salió de casa enfadado, pero se arrepintió enseguida. Mientras regresaba, entró en una tienda de antigüedades que posteriormente nunca volvió a encontrar. Allí, un anciano le ofreció por un precio muy asequible un anillo extraño, el que se mostraba en el dibujo. El hombre lo compró y se lo regaló a Katherine, quien decidió llevarlo colgado al cuello, asegurando que nunca se separaría de él. A partir del día siguiente, la personalidad de Katherine cambió de forma radical. Se volvió taciturna, irritable y apática. Poco después quedó embarazada, algo que nunca había ocurrido antes, pero el embarazo se desarrolló de manera anómala: su vientre crecía de forma desproporcionada mientras el resto del cuerpo se consumía. Sufría hemorragias nasales y oculares, su aliento se volvía fétido y su carácter se tornaba violento y paranoico. Su inteligencia parecía deteriorarse con rapidez, como si una enfermedad desconocida la estuviera devorando desde dentro. 

Finalmente, Katherine murió durante el parto, dando a luz a una criatura apenas humana: un ser de cráneo desmesurado, ojos abiertos y hostiles desde el primer instante, y dientes afilados ya formados. El padre fue incapaz de aceptarlo. El cuidado del recién nacido recayó en Lucille, la hermana del narrador, que se mudó a la casa para ayudar. El bebé creció con rapidez anormal y desarrolló una marcada preferencia por la carne. Sus extremidades eran fuertes desde el principio, y su comportamiento cada vez más inquietante.

Una noche, mientras el narrador estaba absorto en sus pensamientos, escuchó un grito procedente del dormitorio de su hermana. Al llegar, la encontró brutalmente mutilada, muerta sobre la cama, desgarrada por uñas y dientes. La criatura estaba sobre ella, devorándola. Al ser descubierto, el pequeño monstruo huyó, saltó por una ventana y escapó a la calle. El narrador apenas pudo seguirlo lo suficiente para verlo levantar una tapa de alcantarilla y lanzarse a las cloacas. El texto del cuaderno termina con una última revelación: cuando él ya estaba detenido, acusado por la muerte de su hermana y la desaparición de su hijo, alguien profanó la tumba de Katherine y robó el anillo que ella llevaba al cuello.

Los últimos de Yiddi (Daniel Tubau). He de admitir que este no lo he entendido. Tras leerlo dos veces con atención, no puedo decir gran cosa sobre él. Está escrito en forma de páginas de diario y de cartas intercambiadas por tres personajes: Robert, Arthur y Frank.

Los personajes se hablan unos a otros de una casa, una mansión abandonada en la que vivieron algunas aventuras de niños. Era la típica casa que utilizaban como lugar de reunión para jugar, hasta que, en una ocasión, la hermana de Arthur apareció muerta allí. Esto le causó un trauma del que ha tardado mucho en recuperarse, habiendo llegado incluso a estar internado en un psiquiátrico durante varios años. A la salida de ese psiquiátrico, se reúne con sus amigos en la casa de uno de ellos. 

Allí, hojeando casualmente algún libro de su biblioteca, encuentra uno titulado Los últimos de Yiddi, que habla de una especie de dios ancestral al que otros dioses hundieron en un pantano para deshacerse de él. Pero una profecía anuncia que regresará y se alzará del pantano para guiar a su culto en una guerra contra los dioses que trataron de eliminarlo. A esto se unen unas referencias a la enorme longevidad del propietario original de varios de los volúmenes de esa biblioteca. Atendiendo a las notas fechadas que dejó en ellos, debió llegar a vivir unos trescientos años. Es un antepasado del actual dueño de la casa, que es Robert, y de hecho no hay constancia de su muerte, solamente de su desaparición. Hay un momento en el que Arthur se da cuenta de que el libro Los últimos de Yiddi, que él comprende perfectamente, está escrito en un idioma que nadie más entiende. Solo cuando es consciente de esto se percata de que el libro no está en inglés, como le había parecido en todo momento. Él simplemente lo había tomado al azar de las estanterías y, al abrirlo, había entendido perfectamente todo cuanto ponía. Pero hasta que no lo piensa de forma consciente no se da cuenta de que el lenguaje que utiliza no es el inglés ni ninguno que él conozca.

Hay un momento en el que, para exorcizar sus demonios y también como una forma de revivir los viejos tiempos, Robert y Arthur van a esa mansión abandonada en la que jugaban de pequeños. El lugar está convertido en un auténtico estercolero y encuentran una trampilla que conduce a un sótano. En este, Arthur tiene una visión del cuerpo putrefacto e hinchado de su hermana, pero Robert, que estaba junto a él cuando Arthur ve esto, no observa nada particular aparte de la suciedad que lo llena todo. Arthur se obsesiona a partir de ese momento con el libro Los últimos de Yiddi y empieza a transcribirlo. Va anotando en inglés todo lo que él lee en ese otro idioma que nadie más entiende, para que más gente tenga acceso a él.

La historia termina con una carta escrita por Robert a la Universidad de Miskatonic, en la que cuenta cómo los tres regresan a la mansión abandonada porque creen que allí van a encontrar a Broderick Chambers, el antepasado de Robert que fue el propietario de los libros y que todo apunta a que era un miembro del culto a Yiddi. Cuando descienden al sótano, son atacados por una criatura envuelta en una túnica, que tampoco me quedó claro qué se supone que era. Arthur, aparentemente, es poseído por alguna entidad. Frank, dándose cuenta de esto, salta sobre él con una daga y lo apuñala, mientras Robert huye despavorido del sótano y atranca la trampilla tras él dejando a Frank y Arthur encerrados allí con la criatura. Escribe esta última carta y se la entrega a un criado para que la lleve a la Universidad de Miskatonic. A continuación, prende fuego a su propia mansión y se queda dentro de ésta para arder junto con ella, según dice, para impedir que los secretos que guarda caigan en manos de los seres que habitaban el sótano de la mansión abandonada. 

Es una historia a la que le veo la intención, pero no el sentido. Intenta ser algo al estilo Lovecraft, con referencias como la Universidad de Miskatonic o el libro que habla de la pervivencia de dioses y cultos antiguos, y trata de imitar un poco su estilo, pero no termina de cuajar. Yo, al menos, no le he visto el sentido.

El maletín gris (P. Martín de Cáceres). Esta historia nos habla de Marcela, que está viajando en tren en un vagón en el que hay solamente otro viajero. Se trata de un caballero extremadamente educado que, al poco de haber salido el tren de la estación, se levanta para ir al bar a tomar un café.

Marcela se queda en el vagón y toma de la bandeja portaequipajes elevada un maletín gris que cree que es el suyo, pero en realidad es el del otro pasajero. La casualidad ha querido que ambas maletas sean prácticamente idénticas en tamaño y color, y Marcela toma la del otro pasajero sin darse cuenta. Al abrirla, puesto que esta no está cerrada con llave, ve que contiene una cabeza y una mano humanas. Ambas partes están ensangrentadas, como si hubiesen sido cortadas muy recientemente. Aterrada, devuelve la maleta a su sitio, justo a tiempo, porque segundos después el hombre regresa al vagón. Marcela trata de fingir normalidad ante el hombre, que aparentemente es un asesino, pero tiene el cuerpo descompuesto por la visión de la cabeza y la mano ensangrentadas, y tiene que abandonar el compartimento para ir al baño a vomitar.

Cuando sale de este, trata de contarle lo que ha visto a un revisor, pero el hombre del maletín gris ha aprovechado su ausencia para hablar con el revisor y con la gente de los compartimentos vecinos, indicándoles que Marcela es su sobrina y que está viajando con ella porque la pobre sufre alucinaciones y necesita atención continua. Las nerviosas y apresuradas explicaciones que da Marcela a partir de ese momento a todo el que encuentra son tomadas por delirios, y nadie le hace caso. Además, el hombre no le quita el ojo de encima. Con la excusa de que es su tío, la acompaña allá donde va, manteniéndose cerca de ella todo el tiempo. Y, además, tiene una gran facilidad para convencer a la gente, y nadie duda de sus palabras.

Llega un momento en que Marcela, ante la aparente indiferencia de la gente y la continua vigilancia del hombre, tiene un colapso y se desmaya. Cuando despierta, está en uno de los vagones de cola del tren. El hombre del maletín gris ha convencido al revisor para que le ceda alguno de los vagones vacíos, para que su supuesta sobrina pueda reposar con más calma. Allí, con total tranquilidad, espera a que despierte para estrangularla, de forma que esta sea consciente de que va a morir. La historia termina con el hombre abandonando el tren en una estación. Sus maletas pesan más que antes, y se nos da a entender que en una de ellas lleva el cuerpo decapitado y sin manos de Marcela, mientras que en su pequeño maletín de mano están su cabeza y sus manos, que sustituyen aquellas con las que subió al tren.

Todo el peso de la historia recae en la indefensión de Marcela, en su imposibilidad de demostrar lo que sabe y en la facilidad con la que el hombre del maletín gris manipula a todos los presentes. En el momento en que Marcela pierde su credibilidad ante los demás, pierde también el control de su destino. El tren sigue su ruta, la vida continúa para todos excepto para ella, y el asesino se marcha sin oposición ni castigo, pasando desapercibido entre la multitud. Este es probablemente el relato más sólido del conjunto. No hay elemento sobrenatural sino que el terror proviene de la impotencia social que nos provocan esas situaciones en que sabemos que tenemos razón y pese a ello nadie nos cree. El asesino es educado, convincente y con un aspecto lo bastante común como para que la gente no lo recuerde bien pasado un tiempo. Es una situación un tanto forzada pero verosímil y por eso es especialmente inquietante.

Valentine (Alexander Demarest). El narrador, cuyo nombre no se nos revela, empieza hablándonos del profundo respeto que siente hacia los muertos. Una vez estos han sido enterrados, su respeto es tal que considera que una persona que visite un cementerio está profanando a los muertos ahí enterrados por el hecho de estar andando sobre la tierra que los cubre, y que el sonido de sus pasos o sus voces, rezos o llantos supone una terrible molestia para estos.

De ahí pasa a hablarnos de una pareja de amigos suyos, Gustav y Valentine. Aunque son una pareja joven y saludable, Valentine se ve aquejada de una repentina enfermedad que la lleva a la tumba en un plazo relativamente corto. Su cuerpo se consume muy rápidamente y no puede hacerse nada por ella. El narrador hace notar que lo que más le altera del rápido decaimiento de Valentine es que en ningún momento pierde el apetito, sino que este parece incluso aumentar, devorando cantidades enormes de alimento, desproporcionadas para alguien de su tamaño y nula actividad física. También indica que sus ojos aparecen hundidos, sus dientes afilados y parece estar perdiendo la cordura como efecto de la enfermedad, volviéndose por momentos más desagradable y violenta pese a sus escasas fuerzas. La muerte de la joven es especialmente horrenda. No es una muerte tranquila en su cama, sino que empieza a retorcerse, a gritar y finalmente vomita una masa espumosa llena de gusanos, acompañada de un hedor nauseabundo, como si su cuerpo ya estuviese pudriéndose por dentro antes incluso de que la vida la abandonase.

Pasan algunas semanas en las que Gustav se hunde cada vez más en la depresión y también en la obsesión. Por algún motivo piensa que Valentine sigue viva en su tumba, o al menos parcialmente viva. No puede quitarse esa idea de la cabeza y le transmite sus temores al narrador. Su convicción a este respecto es tal que no se atreve ni tan solo a visitar su tumba en el cementerio e incluso quiere abandonar el país para estar lo más lejos posible de su sepulcro. Aun así, por el amor que en su momento llegó a sentir por ella, cree que tiene el deber de visitarla al menos una vez en el cementerio antes de alejarse definitivamente, y le pide al narrador que lo acompañe porque no se siente con ánimos de ir él solo. 

Van al cementerio, y cuando están frente a la tumba Gustav empieza a gritar que está viendo su mano saliendo de la tierra. Por más que mira, el narrador no ve nada parecido y, sin embargo, siente una repentina vibración bajo sus pies y como si una mano fría con una enorme fuerza le agarrara de un tobillo. Entonces, una forma espectral, la de una Valentine completamente corrupta y enloquecida, brota del suelo frente a ellos. No es algo sólido, sino un espectro que pone en evidencia que el alma de Valentine ha quedado atrapada en su cuerpo y sigue siendo consciente de todo el proceso de putrefacción por el que está pasando, encerrada en la soledad de su tumba.

Ambos hombres huyen despavoridos. De Gustav no llegamos a saber nada más y el narrador nos indica que, para asegurarse de no correr él con el mismo fin, ha dejado en su testamento que tan pronto como muera sea incinerado para que no haya un cuerpo al que su espíritu pueda quedar accidentalmente ligado.

La Galiciana (Pedro Montero). Esta es otra historia con un narrador anónimo. Como me molesta eso de estar repitiendo «el narrador» continuamente, me referiré a él como Pedro, que después de todo es el nombre del autor y es lo que toca en una historia contada en primera persona.

Pedro nos habla de una mujer llamada Ramona, que en el pasado sirvió en casa de sus padres como criada. Esta mujer tenía un hijo que se ahogó en una poza de agua abandonada de los alrededores a la que todo el mundo conocía como «la charca de la Galiciana», precisamente el mismo día que nació Pedro. Rota de dolor, Ramona abandonó su servicio en la casa y se pasó los siguientes doce años yendo a visitar «la charca de la Galiciana» cada día, sentándose en su borde durante horas. Nadie dio especial importancia a esto, entendiendo que esa era su forma de guardarle duelo a su hijo.

Sin embargo, en la época de la que tiene lugar la historia, el trabajo escaseaba. Su marido ganaba muy poco y ella, habiendo abandonado voluntariamente su trabajo, había hecho que la economía familiar se hundiera. Ramona es prácticamente una mendiga: viste con harapos, va descalza de un lado a otro y se mantiene a base de las sobras de comida que la abuela de Pedro todavía le entrega cada día cuando pasa por delante de su casa, en reconocimiento a los años que pasó sirviéndola. Pedro crece angustiado por la imagen de Ramona, puesto que cada vez que pasa cerca de la casa y él está en el exterior, ella se queda mirándolo intensamente. El descubrir que el niño ahogado se llamaba igual que él no hace sino inquietarlo todavía más. 

Aficionado a la lectura de novelas de aventuras como las de Verne y Salgari, Pedro empieza a ver paralelismos entre algo que lee en una de sus novelas y las entregas de comida diarias que su abuela hace a Ramona. Le recuerdan a los sacrificios que los devotos de la diosa Kali efectúan en su honor para aplacar su ira. La forma en la que su abuela sale de la casa para interceptar a Ramona y entregarle su paquete de comida, en lugar de ser Ramona la que se desvíe de su camino hacia «la charca de la Galiciana» para acercarse a la casa y pedirla, hace que Pedro sienta que la comida que se le entrega a Ramona es una ofrenda para que ella no tome alguna otra cosa.

Llega un momento en que Pedro cumple los doce años, la misma edad que tenía el hijo de Ramona cuando se ahogó. A Pedro le intriga que, después de tanto tiempo, la mujer siga yendo a diario a visitar la charca, y decide acercarse él mismo a verla, pese a que le han advertido muchas veces que es un lugar peligroso. Allí observa cómo Ramona toma el paquete de comida que le han entregado, come apenas unas migajas y lanza el resto de los alimentos a la poza. A continuación, ella misma se arroja al agua y comienza a agitarse tratando de mantenerse a flote, como si el lanzarse al agua hubiese sido un arrebato de locura y el impacto y el sumergirse en ella la hubiesen despertado de golpe.

Pedro corre a ayudarla, se lanza al agua y nada hacia ella. Pero cuando está a su lado, Ramona se aferra a su cabeza y lo sumerge hasta ahogarle. Aquí se nos revela que todo el tiempo Pedro ha estado narrando lo ocurrido desde el fondo de la poza, donde su cadáver hace compañía al de Ramona y al de su hijo.

El corazón revelador (Edgar Alan Poe). Ya reseñamos esta historia en una recopilación de relatos de Poe que podéis consultar aquí, así que no vamos a repetirnos. Probablemente la conozcáis como El corazón delator, que es la traducción al español que ha terminado por estandarizarse.

Me bastará con el descanso eterno (Ronnie Foster). Esta última narración es una larga carta escrita por un suicida. En su misiva, dirigida al juez que ordene el levantamiento del cadáver, le indica que se ha suicidado como un acto de bondad hacia la humanidad y advierte que su cadáver debe ser incinerado de inmediato sin que nadie lo toque directamente, y que las cenizas deben ser enterradas a la máxima profundidad posible y en ningún caso esparcidas al aire o arrojadas a una corriente de agua.

Es otro narrador anónimo, al que vamos a llamar Foster por referirnos a él de algún modo. Foster nos cuenta que estaba atravesando un momento difícil a causa de una ruptura con su novia y que, para alejarse una temporada del ambiente de la ciudad que le recordaba a ella, se fue a vivir con su tío Isaac. Este residía en un bosque de montaña, un lugar sin caminos claros y de difícil acceso, que había escogido precisamente por su aislamiento. Tras un duro viaje por una carretera sin asfaltar, llena de baches y carente totalmente de indicaciones, llega hasta la casa de su tío, que dista mucho de ser una cabañita. Se trata de una casa enorme de dos plantas, con muros de granito, cuya construcción, sin carreteras por las que llevar los equipos y materiales necesarios, debe haber sido toda una proeza.

Foster se reúne así con su tío y comprueba que este ha cambiado mucho desde la última vez que lo vio. Ha abandonado su cátedra de Psicología y ahora está centrando sus investigaciones en experimentos con alucinógenos, concretamente el ácido lisérgico. Básicamente se pasa el día fumando marihuana de una cachimba, vestido como un hippie y durmiendo sobre una alfombra llena de almohadones. A eso se ha reducido su vida, pero él insiste en que forma parte de sus importantes investigaciones.

Estas investigaciones se centran en torno a un objeto que le muestra a Foster. Se trata de una pluma de ave que mide cerca de medio metro de largo y tiene la textura y el aspecto irisado del papel de seda. Su tío defiende la teoría de que todas las visiones que una persona tiene cuando alucina debido a las drogas, son en realidad visiones de un mundo real y tangible al que solo es posible tener un limitado acceso mediante el uso de estas sustancias. Cada tipo de droga está relacionada con un mundo concreto, de forma que, dependiendo de si consumes hachís, peyote, ayahuasca, ácido lisérgico o cualquier otra, vas a parar a un mundo diferente y específico. Asegura que la pluma viene de uno de esos mundos; es algo que él se trajo como souvenir de uno de los lugares que visitó en uno de sus éxtasis alucinatorios.

De hecho, la inesperada visita de Foster le da la oportunidad de llevar a cabo la experiencia más allá, ya que para el siguiente paso que pretende dar necesita un ayudante. Va a inyectarse una droga especialmente potente que lo mantendrá en un coma alucinatorio permanente durante cinco días. Antes de hacerlo, se tumba en una camilla y se conecta una serie de electrodos que miden sus constantes vitales. Estos electrodos están unidos a una máquina que, a su vez, está conectada a un sistema de luces y sirenas de alarma repartidos por toda la casa. Si en algún momento sus constantes vitales bajan de cierto nivel que él considera seguro, estas alarmas se dispararán y Foster tendrá que ir rápidamente a inyectarle un antídoto que ya le ha dejado preparado y que le sacará de ese coma alucinatorio profundo. En caso de que las alarmas no suenen, deberá inyectarle el antídoto igualmente pasados cinco días. Hasta entonces, la casa es suya. En las despensas hay provisiones suficientes para más de un mes, por lo que, en ese aspecto, no tendrá problema, y la alarma es lo bastante ruidosa como para despertarle si sus constantes vitales bajan durante la noche. Foster acepta asistirle en este experimento y su tío se sume en su trance de drogas.

Pocas horas después, cuando Foster está ya amodorrado, suena la alarma y él se apresura a ir a inyectarle el antídoto a su tío. Pero cuando entra en su habitación lo ve retorciéndose en la camilla, gritándole a una entidad con la que parece estar luchando, y se queda paralizado por la impresión. Ni siquiera atina a buscar una jeringuilla que llenar con el antídoto para inyectárselo; simplemente se queda observando el cuerpo de su tío mientras este convulsiona y grita de horror hasta morir. El cuerpo, además, parece haber sido alterado. Sus uñas se han vuelto translúcidas como el cristal e igual de duras. Su cabello se desprende al tocarlo y los labios y los dientes se han vuelto negros, mientras que los ojos están completamente blancos, desaparecidas las córneas. Además, el cadáver vibra, algo que él achaca en principio a que está todavía conectado a la máquina que había de medir sus constantes vitales. Tan pronto como la apaga, constata que el cadáver sigue vibrando, como si tuviese algún tipo de energía interna que clamase por ser liberada.

Su primer pensamiento es abandonar inmediatamente la casa, pero poco antes ha estallado una fuerte tormenta que ha vuelto casi impracticables los ya de por sí inseguros caminos de montaña. Así que lo de abandonar la casa esa misma noche queda descartado. Se resigna a pasar unas cuantas horas más ahí. Por supuesto, después de lo que ha visto, no consigue dormir. Y tras algunas horas, con la única compañía de una botella de whisky, comienza a oír ruidos por la casa: ruidos de pasos, de zarpazos, de alguien revolviendo los cacharros de la cocina, como si hubiese entrado un ladrón. Pero la casa está tan aislada que un ladrón es probablemente la última de las opciones. Foster se arma con un tubo de hierro que encuentra por ahí y busca al supuesto intruso… que técnicamente no lo es, ya que siempre ha estado dentro de la casa: es el cadáver de su tío, al que algún tipo de fuerza parece animar. Pero, al mismo tiempo que avanza hacia él para atacarle, gimotea palabras de aviso, como si la conciencia de su tío estuviese todavía dentro del cadáver y tratara de salvarle. Le dice que no se deje tocar, que bajo ninguna circunstancia se deje tocar por eso en lo que ahora él se ha convertido, porque de lo contrario correrá la misma suerte.

Aterrado, Foster lo golpea con la barra de hierro, notando que el cuerpo es terriblemente blando, hasta el punto de que una parte de él se deshace con cada impacto. Aun así, sigue avanzando. Le atraviesa el pecho con el tubo de hierro y, como tampoco esto lo detiene, le pone las manos en el pecho para empujarlo y echar a correr hasta el coche. Y mientras lucha por ponerlo en marcha, bajo la fuerte tormenta, ve cómo el cuerpo de su tío, aun con la barra atravesándole el pecho, abandona la casa y se interna en el bosque.

Finalmente logra poner el coche en marcha y se aleja dando tumbos por el camino embarrado. Algunos días después empieza a notar que su cuerpo está cambiando. Su cabello se desprende y, en el espejo, ve cómo sus dientes se han vuelto negros. Está sufriendo el mismo proceso por el que pasó su tío, y ya solo le queda una cosa que hacer: prepara una pistola para dispararse a la cabeza con ella y redacta la carta que hemos estado leyendo todo el tiempo, en la cual avisa que nadie debe tocar directamente su cuerpo, pues este es el error que cometió él al colocar sus manos en el pecho de su tío para empujarlo, ya que el mínimo contacto transmite esa condición a una nueva víctima.

Podéis repasar los números anteriores pulsando aquí. Aunque ya os aviso que fueron escritos en una época en la que teníamos mucho menos tiempo para dedicarle al blog y, en consecuencia, las entradas tendían a ser mucho más breves y menos trabajadas de lo que son ahora.

Biblioteca universal de misterio y terror nº1. 1981. Varios autores. Ediciones UVE S.A.

miércoles, 22 de abril de 2026

EL GUERRERO DEL ANTIFAZ (nº 54 a 55) Regreso a España

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, nobles caballeros y damas.

Las fiestas de Moros y Cristianos de Banyeres de Mariola son una de las celebraciones más antiguas de la Comunidad Valenciana. Se celebran por estas fechas en honor a San Jorge, patrón de la villa. La fiesta combina música, pólvora, desfiles y representaciones teatrales. La imagen de San Jorge se traslada desde su ermita a la parroquia, en un desfile en el que participan varios miles de personas. 

No tengo los datos concretos de este año, pero por parte del bando moro suelen desfilar los Moros viejos, los Moros nuevos, los Moros del Rif, los Marroquíes, los Piratas y los Califas. Por parte de los cristianos desfilan los Cristianos, los Estudiantes, los Maseros (campesinos de cultivos de secano) y los Labradores. Hay simulacros de combates y parlamentos dramatizados que recrean la disputa entre moros y cristianos por el control del castillo local. Finalmente, el último día de las fiestas se escenifica la rendición de los moros y su conversión al cristianismo.  

Cada comparsa está a su vez dividida en otras. Esta imagen pertenece a una de las secciones de la comparsa de los Marroquíes, que incluye grupos de mujeres caracterizadas como fauna africana, en este caso antílopes o impalas.  

En cuanto a la historia real que inspira estas fiestas, en Banyeres de Mariola no existe constancia de una gran batalla concreta librada allí en el contexto de la Reconquista, aunque lo más probable es que la hubiera pero no quedara registrada o los registros se perdieran con el paso del tiempo. 

El cercano poblado musulmán de Serrella fue precipitadamente abandonado tras la llegada a la región de las tropas de Jaime I en el siglo XIII. Este abandono carecería de sentido sin un episodio de presión militar o un enfrentamiento, aunque las crónicas que se conservan no describen una batalla. Pese a ello, el castillo pasó a formar parte de la línea defensiva cristiana entre los reinos de Valencia y Castilla. Esta condición de frontera convirtió a la villa en un punto estratégico, con una presencia militar constante durante los siglos posteriores.

Hacia la patria (nº 54). Nos quedamos con el Guerrero luchando a cara descubierta. Acaba de dar muerte a Yeir Kan, el hermano de Alí Kan, el villano principal de la serie. Esto, en realidad, ha sido una mala jugada, puesto que hasta ese momento Alí Kan, desposeído de todo su poder militar, era un invitado en los dominios de su hermano. Pero muerto su hermano, y hasta que el rey de Túnez nombre a otro para que quede al cargo de la región, los hombres de Yeir Kan entienden que quedan temporalmente al servicio de Alí Kan. Al matar al hermano de su peor enemigo, le ha proporcionado a este el mando sobre un ejército enorme. 

Las preocupaciones del Guerrero, sin embargo, son más inmediatas. Está en el extremo de una estrecha pasarela, suspendida sobre un gigantesco caldero de agua hirviendo, y luchando con una sola mano contra los adversarios que avanzan de uno en uno por la pasarela. La otra mano la tiene ocupada sosteniendo la cuerda de la que cuelga uno de sus aliados, el Pirata Negro, que iba a ser hervido vivo en la olla. 

De algún modo, se las apaña para liberar al Pirata Negro, haciéndolo descender con la cuerda hasta la calle, aunque sigue amarrado a esta. A continuación, él mismo se desliza hasta el suelo por la misma cuerda, corta las ataduras del pirata y ambos comienzan a abrirse paso por las atestadas calles de Túnez, espada en mano. 

Osmín y Fernando, que estaban al acecho, se unen a ellos y entre los cuatro logran abrir las puertas de la prisión donde estaban encerrados los pocos hombres que todavía le quedaban al Pirata Negro, entre los cuales está también don Carlos. Este creciente grupo se adentra entonces en el palacio de Yeir Kan para liberar a las mujeres que también retenían prisioneras.

Entretanto, el Guerrero, Fernando y Osmín encuentran la oportunidad de separarse del grupo y capturan a Alí Kan. Aprovechando la confusión del momento y utilizándolo como rehén, fuerzan a sus hombres a que les franqueen el paso hasta el puerto y les entreguen cinco naves ligeras con las que poder regresar a España. A Alí Kan, que ya ha demostrado muchas veces que su palabra no tiene ningún valor, se lo llevan bajo la amenaza de matarlo si sus hombres no colaboran. Haber permitido que maten a su líder dentro de su propia ciudad ya es una falta de la que los soldados de Yeir kan deberán responder ante el rey de Túnez, y no van a arriesgarse a perder también a su sucesor el mismo día.

Una vez todos los prisioneros son embarcados y se han alejado de la costa, el Guerrero comete el error de dejar ir a su rehén en un bote. Alí Kan es recogido por sus hombres, que van siguiendo a los barcos de los cristianos como una manada de lobos tras una presa herida. Sin embargo, los barcos cristianos llevan ventaja y son efectivamente los más ligeros que había en el puerto, por lo que las naves enviadas en su persecución no logran alcanzarles. 

En España, Ana María sigue prisionera en la cueva de la bruja Zimbra, donde la llevó tras raptarla uno de los hombres de Olián disfrazado como el Guerrero del Antifaz. Entre los que salieron a buscarla estaba don Luis, que ha seguido el rastro del falso Guerrero hasta la cueva. Se adentra en esta espada en mano, enfrentándose primero al falso Guerrero, al que logra matar no sin cierta dificultad. 

A continuación, combate contra los lobos amaestrados de Zimbra y también acaba con ellos, pero la bruja aprovecha que el caballero está peleando con los lobos para acercarse por detrás y romperle una vasija de barro en la cabeza, dejándolo inconsciente. Luego vierte una droga en su boca que lo sume en una especie de coma. Podría haber aprovechado para matarlo, pero Zimbra cree que quizá le darán una recompensa adicional por entregarlo vivo. 

En el Peñón donde tiene su fortaleza, Olián se ha rendido al fin a los Reyes Católicos. Firma con ellos el trato habitual que estos ofrecían a los musulmanes en estos casos: la posibilidad de regresar a África en paz, llevándose sus bienes, pero dejando atrás a sus esclavos y prisioneros españoles, todos los cuales quedarían en libertad. Olián acepta y los caballeros se aseguran de que no se lleve a ningún español con ellos. Piensan que Ana María pueda estar en sus manos y se sienten decepcionados al comprobar que no es así, pero cumplen con el trato que han firmado en nombre de sus reyes y los dejan marchar. 

Mientras las mermadas fuerzas de Olián se retiran, un grupo de sus hombres va a la cueva de Zimbra a buscar a Ana María. No la han llevado antes al Peñón porque sabían que los caballeros cristianos lo registrarían para asegurarse de que no había esclavos en él. A Zimbra, que esperaba una generosa recompensa por sus servicios prestados, la matan para que no hable. No nos da ninguna pena. Después de todo, la muerte a manos de sus propios aliados es el fin que merecen todos aquellos que se asocian con asesinos y criminales. 

Los hombres de Olián se llevan a Ana María con ellos. Observan el cuerpo inerte de don Luis. Está sumido en un sueño tan profundo por la droga que le administró Zimbra, que dan por supuesto que está muerto y simplemente lo abandonan allí. En la costa, Olián y sus hombres embarcan en las naves de la flota de la Mujer Pirata, que acudió específicamente a recogerles, y emprenden el camino de regreso a Túnez llevando con ellos a Ana María. 

En poder del capitán Rodolfo (nº 55). Los cinco barcos en los que viajaban el Guerrero, Osmin, Fernando, los pocos piratas que le quedan al Pirata Negro y los prisioneros liberados del Magreb llegan al fin a costas españolas. Pero el regreso a España no trae paz, sino sospechas, dudas y caras largas. Desembarcan en el puerto de Alicante, en el cual sufren el escrutinio de las autoridades locales. La noticia de que el Guerrero ha raptado a Ana María ya ha llegado hasta Alicante y el gobernador de la plaza no sabe a qué atenerse. Por una parte, el Guerrero ha traído con él a Beatriz y a las otras mujeres que habían sido raptadas de sus calles por una partida de piratas. Por otra, ha recibido la noticia de que se le acusa de haber raptado a Ana María. Por la deuda de gratitud que tiene hacia él por rescatar a las mujeres, decide darle crédito y los acoge en la ciudad. 

Poco después, doña Beatriz y su prometido se reúnen con el padre de esta, el conde de Peñaflor. El conde tiene el mismo problema que el gobernador de Alicante. Le está agradecido al Guerrero por haberle devuelto a su hija, pero también ha oído decir que fue él quien raptó a Ana María. La propia doña Beatriz y su prometido confirman que todo ese tiempo él ha estado en África buscando el modo de rescatarles mientras se producía el rapto de Ana María. 

El conde de Peñaflor le ofrece al Guerrero y a sus acompañantes la posibilidad de quedarse en su castillo hasta que todo se aclare, pero el Guerrero quiere partir inmediatamente hacia el condado de Torres para buscar él mismo a Ana María. Fernando y Osmin van con él, y el Pirata Negro no tiene intención de quedarse en España. Vuelve a embarcar inmediatamente, desprovisto de la mayor parte del poder que tuvo en su momento. 

El Guerrero y sus amigos viajan hasta el antiguo Peñón de Olián, ahora en manos de soldados cristianos, para informarse allí sobre su partida. Está convencido de que fue Olián quien organizó el rapto de Ana María y quien se la llevó en realidad. Allí es ásperamente recibido por la guarnición de la plaza, que ha quedado al mando del capitán Rodolfo, el cual tiene una antigua deuda de sangre con el Guerrero. Al principio de la colección se nos reveló que el hermano del capitán Rodolfo fue uno de los soldados cristianos que murieron por la mano del Guerrero cuando este aún creía ser hijo de Alí Kan y luchaba por el bando musulmán. A este rencor totalmente legítimo y entendible se fueron uniendo con el tiempo otros, productos de pequeñas rencillas y desplantes que han acabado por convertir al capitán Rodolfo en uno de sus más acérrimos detractores dentro de las propias fronteras de España.

Cuando llegan a la presencia del capitán Rodolfo, este ni tan solo se molesta en escuchar sus explicaciones sobre su implicación en el rapto de Ana María y ordena a sus hombres detenerlos. Esto los pone en un apuro por partida doble, no solo porque tengan que enfrentarse a ellos, sino porque no pueden matarlos por ser soldados de su mismo bando. Dándose cuenta de que no van a poder salir de esa situación ni peleando ni hablando, el Guerrero y su grupo tratan de huir de la fortaleza.

Aquí tenemos una larga secuencia de combate de cinco páginas (diez, en el formato apaisado original) que en los comics actuales puede no ser gran cosa, pero es mucho para un cómic de la época. Únicamente Osmin logra huir del Peñón, mientras que el Guerrero y Fernando son capturados. Rodolfo aprovecha que los tiene en sus manos para torturarlos a base de puñetazos y latigazos, cuando ya están sólidamente encadenados a los muros. Sin embargo, un noble que está en la fortaleza y que no se nos revela quién es detiene al capitán Rodolfo, haciéndole notar que su comportamiento no es digno de un caballero.

Pasadas algunas horas, Rodolfo está conversando otra vez con el noble. Cada uno insiste en su punto, Rodolfo acusando al Guerrero de haber raptado a Ana María sin tener pruebas de ello, solo porque la noticia (sea cierta o no, eso es lo de menos) apoya lo que ya siente hacia él. Y el noble indicándole que precisamente por no tener pruebas no tiene tampoco motivos para retenerlos ni mucho menos para torturarlos. Ambos acuden juntos a la mazmorra en un intento de aclarar el asunto. Rodolfo se acerca al Guerrero para desenmascararle y en ese momento este le suelta un puñetazo, puesto que ha logrado liberarse de los grilletes. Esto es algo que ya hemos tenido ocasión de ver en números anteriores, y que el Guerrero hace con sorprendente facilidad.

Simultáneamente a este intento de fuga, Osmin, que había logrado escapar del castillo, regresa y trepa por una muralla poco vigilada buscando rescatar a sus compañeros. Aquí termina este segundo número, con el Guerrero enfrentándose ahora a cristianos en lugar de musulmanes, algo que se volvería cada vez más frecuente a lo largo de la colección. 

A modo de reflexión general, debo decir que cuanto más comics de El Guerrero del Antifaz leo, más tengo claro que eso que se ha repetido durante décadas y se sigue diciendo aún hoy en día (que es una colección infantil, simplista y excesivamente nacionalista o partidista) procede, más que de una lectura real, de una expectativa. De un cómic español ambientado en la Reconquista y creado en el contexto histórico y cultural en el que vio la luz, se podría esperar que presentara una visión más sesgada y manipulada del conflicto entre cristianos y musulmanes. 

Sin embargo, cuanto más se avanza en la serie, más se puede ver que eso no se corresponde con lo que realmente aparece en sus páginas. Aquí se nos muestra que en ambos bandos hay héroes y cobardes, nobles y villanos, aliados inesperados y enemigos implacables. El Guerrero encuentra apoyo y oposición indistintamente entre cristianos y musulmanes, y Gago no dudó, ni tan solo en la época de nacionalismo extremo que estaba viviendo, en mostrar injusticias, abusos de poder, traiciones y actos de grandeza y bajeza en cualquiera de los dos lados. Lejos de limitarse a reproducir el típico esquema de “buenos contra malos”, creaba situaciones en las que la moralidad era compleja y donde las motivaciones personales pesaban tanto o más que las identidades colectivas o las órdenes de los lideres a los que cada uno sirviera. 

Hasta que continuemos con los siguientes capítulos, podeis repasar los números anteriores en orden desde el primero pulsando aquí.  

Otras colecciones de Manuel Gago 

Nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz

El Aguilucho

El Guerrero del Antifaz. 1944. Manuel Gago (guion y dibujo). Reeditado en 1972 por Editorial Valenciana S.A.

domingo, 19 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 13 al 19 de abril de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El número de monstruos espantosos sueltos aumenta! ¡Y no solo entre nuestros lectores, también en la ciudad de Arkham! ¡Lean aquí todos los detalles! 


LUNES, 13 DE ABRIL DE 1926  

Hoy Arkham ha vuelto a recordarme que Calder sigue jugando a ser Dios, devolviendo a los muertos a la vida.

Había salido temprano a comprar el periódico. El aire estaba cargado de humedad. Caminaba por la avenida de los Olmos cuando empecé a ver cómo la gente apresuraba el paso. Ya sabía lo que significaba eso. Los monstruos se están volviendo tan comunes en la ciudad que la gente ya ni siquiera grita ni entra en pánico cuando ve a uno: simplemente se alejan lo más posible para que sea otro quien lidie con el problema. Y ese otro soy yo.

Era un perro. Un San Bernardo enorme, con aspecto de haber sido el mejor amigo de algún niño y el fiel guardián de alguna casa. Ahora tenía los ojos en blanco y babeaba una mezcla de sangre y bilis mientras emitía un jadeo áspero y un gruñido que nacía del fondo de la garganta.

—Perfecto —murmuré, sacando el revólver—. Salgo a por el periódico y me convierto en el titular: «Detective idiota devorado por perro muerto».

El animal avanzó hacia mí, aunque su velocidad dejaba mucho que desear. No estaba en muy mal estado, pero parecía aún más confuso que los otros animales muertos a los que me he enfrentado. Quizá el cadáver era muy reciente y aún guardaba recuerdos de su vida doméstica. Quizá la lealtad y obediencia hacia su familia estaban luchando dentro de su cerebro muerto contra el mero instinto de matar y devorar. Pero, aun así, paso tras paso se me acercaba con la inequívoca intención de atacar.

Di un rápido vistazo alrededor para asegurarme de no tener a ningún ciudadano cerca al que pudiera alcanzar, y disparé.

Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 2, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los doses). Revolver, Lupa, 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada.  

Disparé hasta vaciar el tambor. Lo tenía relativamente cerca, pero solo le di cuatro veces. Debo estar perdiendo facultades. Al abrir el revólver para recargarlo los casquillos cayeron al suelo con un tintineo metálico. La mirada del perro se desvió inmediatamente hacia ellos: el sonido le había llamado la atención.

Retrocedí lentamente mientras recargaba, dejando que el perro se acercara a los casquillos. Los olisqueó: quizá el olor de la pólvora quemada, quizá el calor del cartucho recién usado, quizá el simple sonido del metal contra el asfalto, similar al de un cascabel... Algo debía haberle recordado a esa época no tan lejana en la que sus amos le lanzaban un objeto, puede que una pelota, para que jugara con ella o fuera a buscarla.

El perro, con cuatro balas en el cuerpo, se inclinó más hacia los cartuchos. Los olió de tan cerca que empujó algunos con el hocico. Terminé de recargar el arma sin problemas y volví a disparar hasta que el animal cayó inerte al suelo.

Cuando me acerqué a examinarlo, vi que tenía lágrimas en los ojos. Aunque puede que no fuera más que parte del proceso de putrefacción ralentizada por el que estaba pasando, me dio la impresión de que ese suero acuoso no estaba allí cuando lo vi aparecer en la calle.

Bonita forma de empezar la semana.


MARTES, 14 DE ABRIL DE 1926  

Ayer tocó perro, hoy tocaba gato. Este era más viejo que los que me he encontrado últimamente. Estaba sentado sobre el capó de mi coche, mirándome con unos ojos amarillos que parecían un par de monedas viejas. Me maulló una vez, seco, y saltó al suelo.

—No estoy para juegos —le dije.

El gato se detuvo, me miró… y siguió caminando. Estaba claro que quería que le siguiera, y que mi opinión al respecto le importaba entre muy poco y nada. Me llevó por calles conocidas, luego por un callejón que juraría que no existía ayer. Últimamente Arkham tiene esa manía de cambiar cuando no miras. ¿Siempre ha sido así o es un fenómeno reciente? La verdad es que ahora mismo no sabría decirlo.

El gato avanzaba sin dudar, como si siguiera un rastro que solo él podía percibir. Finalmente se detuvo ante una pared desconchada. Allí había un símbolo. Un óvalo atravesado por una línea horizontal que parecía querer representar un ojo cerrado. Me acerqué para examinarlo. El gato se adelantó, levantó la cola… y orinó contra la pared.

—Muy bien —murmuré—. Gracias por la aportación.

El gato me ignoró. Se alejó unos pasos, se giró, maulló en plan «tu lección de hoy todavía no ha terminado, humano estúpido» y siguió caminando. Me guió hasta un segundo símbolo, un tercero y un cuarto. Todos iguales, todos recientes. Y en cada uno, el gato repetía el ritual: olfatear, tensarse y orinar contra el muro.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos). Revolver (doble), 5, 3, 1. Tercer intento (repitiendo símbolos otra vez) Linterna, Lupa, 5, 3, 1. Obtenemos Búsqueda 9 y pasamos la tirada.   

Al principio me hizo gracia. Luego me irritó. Pero en el cuarto símbolo, cuando el gato orinó con una insistencia casi frenética, entendí lo que quería decirme.

—Son marcas de territorio. Marcas de propiedad, ¿no es eso?

El gato parpadeó lentamente. Los símbolos delimitaban zonas, como si alguien estuviera reclamando un territorio como suyo. Me pregunté si debía llamar a O’Maley. Que moviera hilos en el Ayuntamiento para que los servicios de limpieza prioricen borrar estos símbolos antes de que toda la ciudad quede marcada como propiedad de aquello a lo que los cultistas están tratando de invocar.


MIERCOLES, 15 DE ABRIL DE 1926  

La comisaría estaba más tensa que de costumbre. Demasiados agentes hablando en voz baja. Demasiados informes de casos imposibles escritos en papel oficial.

O’Maley me recibió con ojeras profundas. Antes de que pudiera ni tan solo hablarle de los símbolos y de la necesidad de borrarlos, me dijo:

—Tenemos un problema.

—¿Solo uno?

—Es Merrick.

Sentí un nudo en el estómago. El chaval llevaba ya unas cuantas semanas al borde, pero una parte de mí había querido creer que aún podía salvarse.

—¿Qué ha pasado?

O’Maley no respondió. Solo me entregó un sobre con fotografías. El cuerpo de Merrick estaba en un callejón detrás del Orpheum. No estaba mutilado, sino torcido. Como si alguien lo hubiera agarrado por los extremos y lo hubiera retorcido hasta que los huesos cedieron. 

Investigación a 8+. Primer intento: Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Investigación 11 y pasamos la tirada. 

Me fijé en que le habían pintado en la frente uno de esos símbolos, el óvalo cruzado por una línea horizontal que recuerda a un ojo cerrado.

—¿Qué significa eso? —preguntó O’Maley, con la voz más baja de lo habitual.

—Que no fue un ataque al azar —respondí—. Lo marcaron. Lo eligieron.

—¿Quién?

—Las sectas. Esos cultistas que estáis deteniendo. Están dibujando estos símbolos por toda la ciudad, reclamándola como suya. Y seguramente el verlos por todas partes les envalentona. Deberías hablar con el alcalde y ver si se puede hacer que los servicios de limpieza den prioridad a borrarlos.

O’Maley apretó los puños.

—Merrick salió recomendado de la academia. Tenía 23 años y un buen futuro por delante. Hace unos días su novia vino a comisaría a traerle algo, un documento relacionado con su boda. Una joven encantadora. Se iban a casar a finales de año. Ahora soy yo quien tiene que decirle a sus padres y a su novia que alguien lo ha convertido en un acordeón, ¿y tú me vienes con que hay que borrar dibujos de las paredes? Lo que voy a borrar del mapa va a ser a todos esos tarados. Se acabó el tratarlos con guantes de seda. A partir de ahora mis chicos van a tirar a matar en las redadas a la menor muestra de resistencia.

Cuando salí de la comisaría, el gato negro de ayer estaba sentado sobre el capó de un coche patrulla. Me miró. Parpadeó lentamente, que supongo es su forma de darme palmaditas en la espalda y decirme «buen chico».


JUEVES, 16 DE ABRIL DE 1926  

Hoy O’Maley me envió al puerto. Según sus propias palabras, si él está haciendo mi trabajo, es justo que yo haga el suyo. El caso es que habían encontrado un cadáver flotando en el agua: un marinero. Nadie del puerto lo reconocía. No pertenecía a ningún barco atracado allí. Y el puerto de Arkham es fluvial. No hay forma de que un cuerpo llegue desde el mar hasta aquí porque tendría que hacerlo viajando en contra de la corriente del río.

Turner, el vigilante nocturno, me esperaba junto a los almacenes. Turner había sido marinero toda su vida, y debido a acontecimientos recientes en los que debo confesar que tuve algo que ver, como el incendio de un almacén y la explosión de otro, el Ayuntamiento le había ofrecido este puesto. Nadie mejor que él conocía los horarios, las corrientes, los barcos y a la gente que vivía de ellos. Llevaba una gorra de lana descolorida y una chaqueta que olía a tabaco barato. Caminaba con un ligero balanceo, como si su cuerpo aún no hubiera aceptado del todo que ya no estaba sobre una cubierta. A pesar de su aspecto áspero, era un tipo agradable.

—Lo sacamos del agua hace un par de horas —me dijo—. Lo dejamos en el almacén de hielo, para que no se estropeara.

—¿Y nadie lo ha tocado desde entonces?

—Nadie. Pero… —vaciló, sin terminar la frase.

Me guio hasta el almacén. El olor a pescado y salmuera era tan fuerte que casi tapaba el hedor del cadáver. Turner señaló desconcertado a una pila de barras de hielo que goteaban derritiéndose lentamente. El cuerpo no estaba.

Antes de que pudiera decir nada, escuchamos un ruido húmedo a nuestras espaldas. Desde las sombras al otro lado del almacén llegó un sonido de arrastre. El edificio estaba pensado expresamente para almacenar las barras de hielo. No tenía ventanas, para concentrar lo más posible el frío. La única luz venía de una pequeña bombilla amarillenta en el techo.

El marinero ahogado salió de la penumbra, caminando hacia nosotros. La piel hinchada por el agua, los ojos blanquecinos, la boca entreabierta dejando escapar un burbujeo espeso.

—Dios mío… —susurró Turner.

El marinero muerto avanzó más rápido. Saqué el revólver y disparé.

Combate a 11+. Incrementado a 15 si tenemos menos de cuatro puntos de locura, así que nos afecta. Primer intento: Lupa, Revólver 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 4 y el 2). Lupa, Revólver 6, 5, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Lupa, Revólver 6, 5, 4. Obtenemos Combate 15 y pasamos la tirada a costa de acumular un punto de locura. 

La primera bala lo alcanzó en el pecho y le hizo tambalearse, pero siguió avanzando, dejando un rastro de agua en el suelo. Le disparé otra vez y le di en el cráneo. Un chorro de líquido turbio y oleoso que no era sangre pero tampoco agua de mar brotó de su cabeza. Como si esto hubiese aliviado algún tipo de presión dentro del cráneo y le hubiese hecho recordar que estaba muerto, cayó de rodillas, luego de lado, y quedó inmóvil.

Me acerqué despacio. El viejo Turner se quedó atrás, temblando y santiguándose. Ni una vida entera luchando contra las tormentas te prepara para algo así.

En la frente del marinero, grabado con un cuchillo, había un símbolo. El mismo que estaba apareciendo por las paredes de la ciudad y el mismo que habían pintado en la frente del pobre Merrick. Pero esto no era pintura, era carne abierta a punta de navaja y arrugada por una larga estancia en el agua.

—Este no es uno de los cadáveres vivientes de Calder —dije para mí mismo en voz baja. A mi espalda, Turner debió oírme porque preguntó, como si supiera de lo que estaba hablando:

—¿Entonces qué demonios es?

No supe qué responderle.


VIERNES, 17 DE ABRIL DE 1926  

A estas alturas ya doy por supuesto que cada día va a suponer un encuentro con algo extraño. El de hoy fue un hombre. O algo escondido en un hombre. Estaba de pie en medio de la calle, mirando al cielo. Pero su sombra no coincidía. El mismo sol que lo iluminaba a él me iluminaba a mí, pero su sombra era más larga que la mía, más delgada. Y se movía con un retraso de medio segundo respecto a él. Parecía que algo intentaba pasar desapercibido haciéndose pasar por su sombra, copiando sus movimientos para no levantar sospechas.

—Oiga —le dije—. ¿Se encuentra bien?

El hombre no respondió. Pero su sombra sí. Giró la cabeza hacia mí. Di un paso atrás. La sombra dio un paso adelante. El hombre bajó la mirada. Sus ojos estaban vacíos.

—No… me deja… —murmuró con una voz cargada de angustia y dolor.

La sombra unida a sus pies se estiró. Al parecer, los Habitantes de la Oscuridad han encontrado una forma de moverse o manifestarse a plena luz del día, pero con limitaciones. Este parecía atado a la persona cuya sombra imitaba, manejándolo como a un títere, pero sin poder separarse de su cuerpo. Una mano oscura empezó a levantarse desde el suelo. Esta vez fue el hombre el que imitó inconscientemente el movimiento de la sombra, como si en realidad él no fuera más que la sombra o el reflejo del Habitante de la Oscuridad.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Lupa, Linterna, 5, 5, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Empleamos una de las opciones de uso del grimorio para convertir el 6 en un 5 y librarnos del punto de locura. Obtenemos Búsqueda 15 y pasamos la tirada.

¿Qué podía hacer? Nada que dañara al hombre, eso por descontado. Palpé los bolsillos internos del abrigo, buscando mis bengalas de magnesio. Pensé que quizá, si lanzaba una encendida al suelo, sobre esa falsa sombra, la obligaría a huir, pero no llevaba ninguna encima. Debí olvidar reponerlas la anterior vez que las usé.

Podría haber echado a correr, porque la sombra no parecía capaz de despegarse del hombre al que estaba parasitando, y aunque podía obligarlo a moverse, su paso era lento y torpe. Pero no podía dejar a ese hombre así, ni a ese monstruo paseándose por la ciudad.

Recurrí al hechizo de Sugerencia que me había enseñado el padre Arden. Ya pronunciaba las palabras con naturalidad, pero siempre me provocaban un dolor de cabeza persistente que se instalaba en mis sienes. Supongo que era el precio a pagar por transgredir las leyes de la naturaleza empleando magia. Algún día terminaría por derretirme el cerebro, pero hasta entonces lo utilizaría para salir de situaciones como esta.

Pronuncié las palabras y le ordené a la sombra que se fuera. La vi retorcerse, como si solo con eso le hubiera provocado un sufrimiento extremo. El hombre al que estaba unida se tambaleó y sufrió una serie de espasmos. Finalmente, la sombra cambió y se convirtió en una sombra verdadera, una de esas que imitan el movimiento de las personas que las generan, en lugar de controlarlas.

El hombre se derrumbó y tuve que dar una zancada hacia él para sostenerlo y evitar que cayera al suelo.


SÁBADO, 18 DE ABRIL DE 1926  

Los fines de semana se están convirtiendo en mis días menos preferidos, porque es cuando parece que toda la locura de la semana se concentra y condensa. Hoy Arkham estaba desajustada, como si todo estuviera fuera de lugar. Fue en la avenida de los Olmos donde lo vi. La niebla había caído sobre la ciudad, y había traído algo con ella.

Andando por la calle desierta me salió al paso un perro. Era translúcido, como si estuviera hecho de niebla compacta. Se parecía mucho al que me había encontrado en las ruinas de Old Briarti el 23 de marzo. De hecho, juraría que era el mismo perro no del todo real y no del todo sólido, solo que ahora parecía hecho de niebla compacta. En aquella ocasión lo había logrado dejar atrás alejándome de las ruinas, a las que parecía atado. Ahora estábamos muy lejos de Old Briarti. Puede que, de algún modo, la niebla lo hubiera liberado temporalmente de su encierro, ampliando su rango de acción.

Sus patas no tocaban del todo el suelo, y cuando me vio ladró sin producir sonido alguno. ¿Cuál era su límite ahora? ¿Todo lo cubierto por la niebla? ¿Debía correr hasta salir de ella? Eso podía abarcar fácilmente toda la ciudad y varias millas extra a su alrededor.

Combate a 10+. Primer intento: Revólver (doble) 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2). Revólver (doble) 6, 5, 3. Tercer intento (repitiendo el 6) Revólver (doble) 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada. 

Debía probar algo. Saqué el diapasón que me dio el profesor Elwood y lo golpeé contra una farola cercana. El sonido de metal contra metal resonó por la calle desierta. No sabía si iba a tener algún efecto en esta criatura, pero el perro se detuvo, tembló, y su forma empezó a deshacerse en la niebla mientras el instrumento vibraba en mi mano.

Pasados unos segundos, el perro de niebla empezó a recomponerse, volviendo a una forma más definida y de aspecto más sólido mientras avanzaba de nuevo. Me di cuenta de que el diapasón había dejado de vibrar en mi mano, así que golpeé de nuevo la farola con él, con más fuerza. Esta vez, la criatura se dispersó por completo, dejando tras de sí solo el silencio.

Me quedé quieto un momento, respirando hondo. El diapasón vibraba aún en mi mano, calentándose por momentos. Metí la mano en el bolsillo para guardarlo, pero la dejé ahí, sin soltar el instrumento, hasta que llegué a la oficina.


DOMINGO, 19 DE ABRIL DE 1926  

Después del encuentro con el perro de niebla de ayer, había tomado la firme decisión de no salir de mi oficina en todo el día. Creo que me merezco un día de descanso de vez en cuando. Estaba tumbado en el sofá, con la ropa aún puesta, cuando alguien llamó a la puerta con insistencia. Me incorporé con un gruñido. Ni los domingos me dejan en paz.

Al abrir, me encontré con la vecina del último piso, la del ático, con una bata de flores, los rulos todavía puestos y una expresión que mezclaba miedo y vergüenza por estar allí. Es de las que siempre saludan cuando te cruzas con ellas en la escalera, pero nunca tienen tiempo para detenerse a charlar. Para mí es el tipo de vecina perfecta.

—Perdone que lo despierte —dijo, esta vez sin saludar—. Hay… hay algo en la azotea. Algo grande. Está rascando el tejado, como un perro cuando escarba… pero más fuerte. Mucho más fuerte.

La mujer temblaba. En los últimos meses la ciudad entera parece vivir con los nervios a flor de piel. La mayoría todavía no se han cruzado con ninguna criatura rara, pero incluso los que no lo han hecho han oído los rumores e historias que se cuentan sobre ellas. Mi vecina sabía que yo era detective privado. Y sabía, o al menos suponía, que tenía un arma. Por eso estaba allí.

—Dicen que usted… que usted sabe de estas cosas —añadió, bajando la voz—. Yo no quiero subir sola a ver qué es. De hecho, no quiero subir en absoluto. Ni tampoco quisiera que usted o nadie suba solo, pero…

—Está bien —dije. Después de todo, alguien tiene que hacer el papel de buen vecino.

Me puse las botas, recogí el revólver del cajón y metí en los bolsillos un puñado de balas, un par de bengalas de magnesio, el crucifijo que me dio el padre Arden, el diapasón del profesor Elwood y repasé mentalmente las palabras del hechizo de Sugerencia. Mi arsenal era cada vez mayor y también cada vez más raro. La vecina se quedó en el rellano, abrazándose a sí misma, mientras yo subía los últimos pisos. Cuando empujé la puerta metálica de la azotea escuché un fuerte zumbido, como si una colmena completa de avispas se hubiese instalado allí. La niebla se había esparcido, espesa e inmóvil, entre los tendederos y los depósitos de agua.

La criatura salió de detrás de la caseta de mantenimiento. Lo que sonaba como una colmena de avispas era un solo insecto, pero enorme, del tamaño de un hombre. Su exoesqueleto parecía incompleto. Algunas placas eran duras y brillantes, y otras parecían blandas, como si no hubieran terminado de formarse. Las patas eran demasiado largas, tanto que las arrastraba por el suelo. Quizá era ese arrastre lo que producía el sonido que mi vecina había descrito como un perro escarbando. 

Las alas vibraban sin cesar, pero parecían incapaces de hacerle volar de verdad; solo lo elevaban lo suficiente para que se desplazara a pequeños saltos, apoyando varias patas en el suelo durante un segundo para luego elevarse y volver a posarse tras un corto tramo en el que sí perdía totalmente el contacto con el suelo.

Combate a 18+. Reducido a 12+ por haber superado todas las pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Lupa 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo ambos 1). Revólver, Lupa 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2) Revólver, Lupa 6, 5, 2. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada. 

Disparé. El primer tiro le arrancó un espasmo, pero nada más. El segundo apenas consiguió que retrocediera medio paso. La criatura acusaba el daño, sí, pero parecía que su cuerpo estuviera hecho para soportar mucho más del que yo podía hacerle.

Seguí disparando hasta agotar el tambor y luego me alejé entre los depósitos de agua, tratando de perderla. El tejado era un laberinto de manchas oscuras entre la niebla. Quería volver al interior del edificio y sabía que la escalera debía de estar cerca, pero estaba totalmente desorientado.

Me apoyé contra un depósito y recargué frenéticamente, atento al zumbido. Era lo único que me decía dónde estaba. A veces sonaba lejos y de repente tan cerca que podía sentir la vibración de esas alas en el estómago. Cuando el sonido se volvió más grave y pude verla, disparé. Los fogonazos iluminaron por un instante la forma del insecto, que se estremeció y retrocedió. Me moví a otro punto, recargué de nuevo, escuché, disparé otra vez. Repetí la operación siempre guiado por el zumbido, siempre sin ver más que un fragmento de su cuerpo antes de que la niebla lo engullera otra vez.

Finalmente, cuando solo me quedaban un par de balas del puñado que me había echado al bolsillo pensando que serían suficientes, el zumbido se quebró. La criatura vaciló y cayó al suelo con un golpe sordo. Me acerqué despacio, con el revólver temblando en mi mano. La criatura seguía moviéndose ligeramente. Le disparé hasta agotar lo que quedaba en el tambor.

Cuando por fin todo terminó, me quedé quieto un momento, respirando la niebla fría. Fue entonces cuando escuché otro sonido, uno más común, un goteo. Miré alrededor y vi que varios de los depósitos de agua tenían pequeños agujeros. Chorritos finos, constantes, caían sobre el tejado formando charcos que reflejaban la niebla. Me di cuenta de que muchos de mis disparos, hechos a ciegas y con más prisa que puntería, habían atravesado el metal. Y no solo eso: pensé en las balas que habrían seguido su camino más allá de la azotea, hacia los edificios cercanos. La culpa me golpeó de repente, porque sabía que podría haber alcanzado una ventana de otro edificio, y quizá a alguien que viviera en él.

Con esa idea bullendo en mi cabeza, avancé entre los depósitos hasta que, casi por accidente, encontré la escalera que había perdido en la confusión. Bajé los peldaños con las piernas temblorosas. La vecina seguía allí, esperándome en el rellano, con la bata y los rulos. Me preguntó qué era lo que rascaba el tejado. Yo, agotado hasta el tuétano, solo pude murmurar:

—Un bicho, señora.

Y sin añadir nada más, regresé a mi despacho para intentar dormir un poco.


Y yo, como Miller, también me voy a dormir un poco, que es tarde. Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí