MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

miércoles, 4 de marzo de 2026

LA SAGA DE LOS AZNAR (nº 27) Exiliados de la Tierra

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, luchadores del espacio.

Esta es una novela de transición entre dos etapas de la saga. Desconectamos por el momento de toda la trama de los sadritas y de los exiliados que partieron rumbo a Redención, que fueron una inmensa mayoría, y nos centramos en el grupo de humanos más pequeño: el que fue en busca de los mundos salvajes thorbod. Los tripulantes de los tres autoplanetas que forman esta expedición (el Santa Fe, el Ascrea y el Orión) suman unos doce millones de personas y han hecho un viaje de sesenta años para llegar hasta allí.

En esta ocasión, la portada no tiene relación con la historia. Los únicos humanoides del piel verde aparecidos hasta ahora (sin contar a los hombres planta, que técnicamente no tienen piel) son los ibajay de Mares tenebrosos, y estos no intervienen en la trama.


Se nos dice que en estas fechas la vida promedio de los humanos ronda los trescientos años gracias a una modificación genética que toda la raza ha ido asimilando de forma gradual gracias al consumo de alimentos modificados a tal fin. Aun así, sesenta años de viaje han supuesto una quinta parte de su esperanza de vida. Algunos han nacido durante el viaje y no conocen otra cosa que el entorno artificial de las inmensas naves en las que viven.

La historia comienza con este grupo llegando a los cinco mundos que tenían como destino, para descubrir que solo uno de ellos sigue teniendo condiciones habitables, mientras que los otros cuatro han sido reducidos a rocas sin vida, despojados de su agua y atmósfera (el efecto habitual de las bombas W). El planeta aún habitable, además, presenta signos de una civilización avanzada. Los sensores de los autoplanetas detectan agrupaciones de estructuras artificiales que solo pueden ser ciudades e indicios de industrialización básica.

Debido a que el tiempo transcurre a diferentes ritmos en el espacio que en las superficies planetarias, estos mundos que Miguel Ángel padre dejó atrás hace algo más de un siglo han vivido cuatro mil años de su propia historia desde entonces. El mundo que aún tiene vida es precisamente Exilio, aquel en el que los tripulantes del Valera de la estirpe Aznar fueron abandonados tras la revuelta de la estirpe Balmer ocurrida en Motín en Valera.

Se designa a Miguel Ángel Aznar hijo y al capitán de navío Abel para un vuelo de inspección sobre el planeta. Lo llevan a cabo pilotando un caza omega cuyo diseño copiaron a los sadritas y han replicado durante el viaje. Lo que observan ambos hombres es que la civilización que se ha desarrollado en este mundo proviene de las tribus de amazonas que ya lo habitaron en el pasado. Han creado una sociedad matriarcal en la que todos los trabajos degradantes y peligrosos son llevados a cabo por hombres, que además no tienen acceso a la educación. Es una sociedad regida por mujeres, empobrecida y militarizada, en la que a duras penas se está iniciando algo parecido a una revolución industrial. La tecnología más avanzada con la que cuentan es el motor de combustión fósil, pero este está reservado para los buques, trenes y aviones militares armados con cañones y misiles análogos a los del siglo veinte terrestre.

El omega es atacado inmediatamente en cuanto se le avista. Demasiado confiados en la superior tecnología de su vehículo, los terrestres dejan que les disparen, y uno de los proyectiles va a colarse por una de las toberas de propulsión, ocasionando daños críticos pese a que el blindaje de la nave resulta impenetrable para el armamento de ese mundo. Esto les obliga a alejarse y aterrizar para efectuar reparaciones. La sola sensación de estar pisando tierra en lugar de metal, de estar respirando aire natural en lugar de uno miles de veces reciclado mediante químicos, les embota los sentidos de tal modo que reaccionan lento y mal cuando son atacados por aviones que hacen sobre ellos una pasada de ametrallamiento a baja cota. Disparan contra los aviones con sus armas de mano, proyectores portátiles de luz sólida, destrozándolos pese a sus intentos de no dañar a las pilotos. Capturan con vida a una de ellas, una muchacha llamada Milvana, con la que logran entenderse porque habla una versión deformada del thorbod. Esta les informa de que el nombre que dan a su mundo es Atioquita. Al parecer, les han atacado confundiéndolos con unos seres a los que Milvana se refiere como girkas, y que, por lo que les cuentan de ellos, Miguel Ángel termina por deducir que son nahumitas.

Aproximadamente cada cien años, cruceros de combate nahumitas acuden a Atioquita para llevarse por la fuerza algunos millones de habitantes. Los telescopios de estas nuevas amazonas ya han avistado una flota de girkas/nahumitas en la órbita del planeta. La última vez que estuvieron allí las nativas todavía no contaban con aviones ni misiles. Han dedicado toda su industria a producir armamento en detrimento de todo lo demás, hasta el punto de que conocen la electricidad y los motores de combustión, pero están reservados exclusivamente para la defensa, siendo el carro de tiro y las lámparas de aceite los medios de transporte e iluminación más habituales de los civiles.

Mientras Miguel Ángel asimila todo esto y trata de convencer a Milvana de que ellos no son nahumitas, esta aprovecha un descuido para huir del omega (en esos momentos posado en el suelo) llevándose una de las pistolas de luz sólida. Miguel Ángel corre tras ella para recuperar el arma, pero termina siendo capturado por un destacamento de soldados que se le echa encima.

Cuando despierta está en una mazmorra. Es llevado a una sala de interrogatorio llena de guardias y altos cargos militares, donde descubre que Milvana es en realidad la reina de Atioquita. Esto era uno de los grandes tópicos de la ciencia ficción de la época: que el primer encuentro de un explorador humano en un nuevo mundo fuera con la reina o princesa (solteras, claro) de ese planeta, y o bien tuviera que combatir con ella o bien rescatarla de algún peligro. Era una forma de justificar que el protagonista, al poco de llegar a un planeta, ya contara con un aliado que tuviera a su vez la capacidad de movilizar ejércitos en su nombre o proporcionarle los medios para modificar radicalmente para bien el modo de vida de ese planeta. El propio autor de esta novela se burlaba de este tópico en una anterior, la de Venimos a destruir el mundo, pese a que ahora recurra a él para agilizar la trama.

Abel, el copiloto de Miguel Ángel, suponiendo que este había sido llevado como prisionero a la ciudad más cercana, sobrevuela esta con el omega haciendo sonar a toda potencia una estridente alarma. Esto ocurre en medio del interrogatorio, desconcertando y distrayendo a las captoras de Miguel Ángel. El humano reconoce la señal de la sirena como la de una de sus propias naves y aprovecha el momento para noquear a unas cuantas corpulentas guardias y abrirse paso a bofetones hasta la terraza del edificio, donde Abel lo ve y baja a recogerlo, alejándose a toda prisa.

Milvana, que ha subido también persiguiendo a Miguel Ángel, dispara contra ellos con la pistola de luz sólida. Aunque el fuego de ametralladoras y artillería con el que los están rociando desde otros edificios no representa un gran peligro, el disparo de la luz sólida atraviesa al omega de parte a parte, obligándolos de nuevo a tomar tierra en un lugar apartado para reparar las brechas del casco. Mientras están liados con esto, los nahumitas se deciden al fin a efectuar su periódica razia sobre Atioquita. Desde su posición oculta, Miguel Ángel y Abel observan las astronaves nahumitas: son modelos anticuados comparados con la tecnología actual humana, pero aun así muy superiores al armamento con el que cuentan las amazonas. Las naves descienden a solo unos cientos de metros sobre la ciudad, ignorando el nutrido pero inefectivo fuego de artillería que las recibe, y despliegan soldados con armaduras de combate y jetpacks.

Entonces, Milvana comete el error de disparar la pistola de luz sólida contra una de las naves. El rayo continuo la corta en zigzag, haciendo estallar sus motores atómicos sobre la ciudad. La explosión derriba e incendia todos los edificios, reduciéndolos a escombros, y baña a los supervivientes con una dosis masiva de radiación atómica, letal a corto plazo. Pillados por sorpresa por el arma desconocida, los nahumitas inician la retirada, alejándose de la ciudad en la que, después de todo, ya no queda nadie que valga la pena capturar.

Miguel Ángel y Abel emplean el omega para barrer a todos los soldados con armadura de combate que han quedado en las inmediaciones y luego derriban una tras otra las naves grandes y anticuadas de los nahumitas, cuando estas se han alejado lo suficiente para que su destrucción no suponga un peligro inmediato para los que quedan de la ciudad. Enfundado en su propia armadura diamantina con jetpack, Miguel Ángel registra las ruinas del edificio desde el cual Milvana disparó la pistola. La encuentra solo ligeramente aplastada bajo una viga y la rescata junto a otras pocas mujeres que han sobrevivido. También recupera la pistola de luz sólida, que en teoría era su misión principal… pero descubre que cumplir este objetivo le causa menos alivio que encontrar a Milvana con vida, lo cual ya debería darnos una pista sobre cómo van a acabar estos dos. Tras explicarles en términos sencillos en qué consiste el envenenamiento por radiación, Miguel Ángel logra que Milvana y una de sus soldados, llamada Amatifu (referencia al personaje de Motín en Valera y El enigma de los hombres planta), accedan a ser llevadas a uno de los autoplanetas para pasar por un proceso de descontaminación.

Cuando el omega abandona Atioquita para regresar al Santa Fe, tienen la oportunidad de observar la flota incursora nahumita, compuesta por unos sesenta autoplanetas esféricos de seis kilómetros de diámetro. Esta visión, junto con su primer vistazo cercano al cosmos, supone un shock para Milvana y Amatifu, que empiezan a darse cuenta de la verdadera magnitud del universo.

Junto con ellos llevan en el omega a un nahumita que Miguel Ángel aprovechó para hacer prisionero cuando fue a rescatar a Milvana. Por este se enteran de la verdadera razón de sus ataques: no es llevarse prisioneros para emplearlos como esclavos. El nuevo Imperio de Nahum, que ahora se hace llamar Imperio Milenario, ha desarrollado una forma de inmortalidad basada en el trasplante de cerebros de cuerpos viejos a otros jóvenes. Los millones de atioqueños que capturan cada siglo son desprovistos de sus cerebros estando aún vivos, para que sus cuerpos alojen los cerebros de nahumitas notables. Es así como el actual gobernante del Imperio Milenario se ha mantenido en el trono desde hace cuatro mil años. Por si esto fuera poco, esta gobernante es hija de Miguel Ángel Aznar padre y de la princesa nahumita Amber, que la dio a luz después de que ella regresó a los mundos natales nahumitas sin llegar a decirle a su esposo que estaba embarazada. La niña, llamada Amber Aznar de Nahum, y un reducido grupo de consejeros y militares fanáticamente leales a su madre fueron los que consiguieron revivir el poder del Imperio Nahumita, pese a haber sido prácticamente desmantelado por los humanos antes de partir hacia la Tierra (en el final de El azote de la humanidad).

Todavía asimilando esta información, la llegada del omega al Santa Fe supone otro shock cultural para las atioqueñas. La forma de vida de los humanos, que combina libertad individual e igualdad de sexos con obligaciones sociales generales, les resulta extraña e inalcanzable para su pueblo. Y lo mismo ocurre con su nivel tecnológico. Se las descontamina de la radiación y se las lleva de tiendas, donde tienen la oportunidad de vestirse con ropa de mujer y no con uniformes de soldado por primera vez en sus vidas.

Miguel Ángel padre, tras ser puesto al corriente de todo, llega a un acuerdo con Milvana: los humanos se establecerán en Atioquita, lo quieran sus habitantes o no, porque por un lado ellos necesitan un nuevo hogar y por el otro ellas no tienen los medios para evitarlo. Pero no lo harán como invasores, sino que fundarán sus ciudades en los desiertos, pedregales y las zonas más desfavorecidas, que las propias atioqueñas desprecian como inhabitables. Les sobra tecnología para convertir cualquier punto del planeta en un vergel. Compartirán sus recursos y conocimientos con los nativos, de modo que puedan asimilarlos hasta hacerlos suyos, y los defenderán de los nahumitas con su flota superior. Solo impone una condición: establecer una igualdad social y legal entre hombres y mujeres, a la que el matriarcado atioqueño siempre se ha negado. La única religión que ha sobrevivido a todas las guerras y desastres por los que ha pasado la civilización humana es el cristianismo, y este tipo de desigualdad no es aceptable de ningún modo. A regañadientes, porque es un cambio muy drástico en su forma de vida, pero reconociendo que su mundo y su gente van a ganar mucho más de lo que van a perder, Milvana accede.

Poco después se inicia un desembarco masivo de humanos en Atioquita. Traen con ellos su tecnología y en un principio son recibidos con desconcierto y escepticismo por los nativos. Pero esto cambia cuando los atioqueños ven cómo estos desconocidos, en cuanto pisan su mundo, se inclinan a tocar la tierra, agarrando puñados con sus manos, llorando de alegría por estar de nuevo sobre un planeta y no encerrados en los fríos confines de sus naves. Porque cualquiera capaz de derramar lágrimas de felicidad por la tierra bajo sus pies debe amarla tanto como aquellos que derraman su sangre por defenderla.

Recurriendo a otro de estos tópicos del bolsilibro, Miguel Ángel hijo confiesa a Milvana que se ha enamorado de ella, y esta le responde que ella también se ha enamorado de él. Después de todo, una boda entre los miembros de las dinastías gobernantes de dos países diferentes siempre fue una forma de cerrar lazos entre ambos, y no debería ser diferente con alianzas entre planetas

¡Próximamente en sus kioscos, El Imperio Milenario! Hasta que esté disponible, puedes repasar la saga desde el inicio pulsando aquí.

Exiliados de la Tierra. 1975 (reescritura del texto original de 1957). George H. White [Pascual Eguídanos]. La saga de los Aznar nº 27. Editorial Valenciana S. A. 

martes, 3 de marzo de 2026

GARRAS DE DEMOGORGON de Chee·tos

  LA DESPENSA

Presentado por… el sr. Peppin.

¡Saludos, hambrientos y hambrientas!

En este planeta no hemos seguido Stranger Things con demasiado interés después de la primera temporada, pero de vez en cuando nos entra antojo de demogorgon. De garras de demogorgon, concretamente. Hay quien come pollo y hay quien come demogorgon; sobre gustos…

Actualmente el mercado está saturado de snacks que prometen sabores intensos o crujidos irresistibles (como si que un alimento haga ruido al masticarlo le diese algún valor adicional), pero rara vez advierten de lo poco saludables que son. Estas, al menos, anuncian a bombo y platillo que son tan poco recomendables como encontrarnos de frente con un demogorgon. ¡No lo decimos nosotros, lo dice el envase! ¡Mirad ese demogorgon acechando al desprevenido consumidor!

Eso sí, unos cuantos demogorgons fritos de vez en cuando, como capricho, tampoco sientan tan mal. Entre los ingredientes encontramos sémola de maíz, aceite de colza, cebolla y pimentón en polvo, además de las clásicas dosis de saborizantes, aromas, conservantes, y unas 300 calorías por cada bolsa de 60 gramos, como la de la foto.

A su favor diré que no llevan esas harinas de insecto que están tratando de normalizar ahora. Una cosa es comer voluntariamente demogorgon simulado y otra muy distinta que nos hagan comer, sin avisar, gusanos y bichos reales bajo nombres engañosos.

Garras de demogorgon sabor barbacoa. Pepsico. Edición limitada de 2026.

lunes, 2 de marzo de 2026

LLAVES MISTERIOSAS (3)

  EL GRAN BAZAR

Presentado por… Luctus.

Bienvenidos, amigos coleccionistas.

Parece que estamos otra vez a 2 de marzo, es decir, El día de las cosas viejas, dedicado a reflexionar sobre el valor sentimental, histórico y cultural de los objetos antiguos que tengamos en casa. Estuvimos buscando por nuestro planeta, entre rincones polvorientos, estanterías olvidadas y cajas que nadie se atreve a abrir desde hace años, algo realmente viejo que pudiéramos mostraros.

La primera cosa vieja en la que pensamos fue en nuestro Supervisor General, pero no tenemos tan mal gusto como para poneros un primer plano de él. Así que hemos optado por otro lote de llaves antiguas; ya sabéis lo mucho que nos gustan las llaves antiguas por aquí. Ya hemos dedicado dos entradas a mostrar diversos tipos de llaves antiguas y aquí va la tercera.

Las llaves antiguas tienen un encanto especial que las modernas, más ligeras, prácticas y funcionales, han perdido. Las llaves modernas pueden abrir puertas, sí, pero las antiguas es como si abrieran historias. Creo que todos nos emocionamos al conseguir una llave en un libro-juego, un juego de mesa o un videojuego, porque eso significa que vamos a tener acceso a algo importante: esa puerta, por lo demás convencional, que es imposible cruzar si no tenemos la llave adecuada, aunque carguemos con suficiente arsenal para echar abajo el edificio entero. Ese pequeño cofrecito que, si no tenemos la llave, no podemos abrir para llevarnos lo que hay dentro y lo volvemos a dejar en su sitio aunque, por su peso y tamaño, nos lo podríamos guardar en la mochila o el inventario y abrirlo luego de una pedrada.

La primera de estas llaves, arriba del todo, es una clásica llave de Indaux, una empresa española fundada en 1962, dedicada a fabricar herrajes para muebles, sistemas de cierre, bisagras, mecanismos de correderas y pequeñas cerraduras para armarios, ventanas y cajones de mesas de despacho. Sobre las otras no sabemos nada. Sea lo que sea lo que en su momento encerraran o protegieran, sigue siendo un misterio.

Podéis ver otro lote de llaves misteriosas pulsando aquí

domingo, 1 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 23 de febrero al 1 de marzo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El Museo Arqueológico de Arkham cierra sus puertas durante un par de semanas por renovación de salas e inventario! ¡Consulte opciones de ocio alternativas en nuestras páginas de espectáculos y variedades!


LUNES, 23 DE FEBRERO DE 1926

Fui a ver a la doctora Sabin esta mañana para hablarle del laboratorio clandestino que encontré y de la libreta de notas que recogí. Reconozco que me la había imaginado despeinada (cada uno tiene sus fantasías), pero no esperaba encontrármela así. No solo despeinada, también con las gafas torcidas y la bata de médico manchada de rojo, verde y amarillo. Estaba apoyada contra la pared junto a la puerta de su despacho mientras respiraba agitadamente. Una enfermera y un par de celadores estaban intentando calmarla, pero hablándole todos a la vez solo conseguían ponerla más nerviosa.

—¡Miller! —me dijo Sabin con voz tensa en cuanto me vio, olvidándose de los demás—. He cometido un error… no entre ahí, no… —añadió mirando fugazmente a la puerta.

No le hice caso. Ya estaba dentro. El laboratorio estaba hecho un desastre. Había matraces rotos por el suelo, probetas volcadas, papeles esparcidos por todas partes. Y un olor penetrante, químico, que me hizo lagrimear apenas crucé la puerta. Oí el ruido seco y chirriante de uñas arañando metal. Luego un chillido agudo que me heló la sangre. Una rata salió disparada desde debajo de una mesa. No era como las otras que había visto. Esta era más grande y no estaba medio podrida o aplastada. Debía ser un ejemplar de cadáver indemne para prácticas de disección al que habían matado con algún fármaco sin dañar sus tejidos. Se movía con una velocidad imposible, corriendo de una cobertura a otra, siempre a una un poco más cercana a mí.

—La reanimé yo —dijo Sabin con tono de disculpa, temblando al otro lado del marco—. Quería entender la fórmula. Quería ver si podía controlar el proceso, pero…

La rata saltó sobre una mesa y derribó un soporte metálico, volcando otra hilera de probetas con una fuerza que parecía desproporcionada para un animal de ese tamaño.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 5, 2. No repetimos el 6 porque ya tenemos ocho puntos de locura y no podemos acumular más de momento. Obtenemos Combate 13 y pasamos la prueba.

Por algún motivo, sacar el revólver y liarme a pegar tiros dentro del ala hospitalaria de la universidad me pareció de mala educación. Seguramente iba a necesitar volver allí antes o después, y no quería que asociaran conmigo la imagen de alguien que lo resuelve todo a tiros. Agarré lo más duro y pesado que tenía a mano (un separador de costillas de un metro de largo) y, cuando la rata tomó impulso y me saltó al cuello, le endiñé tal golpetazo que la envié contra la pared del fondo con el cráneo fracturado. La criatura cayó al suelo, convulsionando. No volvió a levantarse, pero tampoco se quedó quieta del todo.

Sabin se derrumbó en una silla, anímicamente rota, mirando consternada su despacho destrozado. No parecía un buen momento para echarle la bronca por imprudente, así que me limité a lanzar a su regazo el cuaderno de notas de Calder y me fui de allí.


MARTES, 24 DE FEBRERO DE 1926

Salí a comprar el periódico a ver qué nuevas y tranquilizadoras mentiras traía esta vez. Mientras regresaba a la oficina me volví a encontrar con uno de esos gatos negros. No puedo asegurar que fuera alguno de los que ya me había encontrado antes (estos animales parecen intercambiarse entre sí), pero reconocí la forma en que me miraba: fija, insistente, como si quisiera decirme algo y no supiera cómo hacerlo.

Estaba sentado en el alféizar de una ventana. Durante un instante solo me observó, luego saltó al suelo y echó a andar sin mirar atrás. Lo seguí. El gato avanzó por callejones estrechos, cruzó patios interiores y esta vez no se detuvo para asegurarse de que yo le seguía, como en ocasiones anteriores. No parecía asustado, pero sí apremiado, como si el tiempo jugara en nuestra contra.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 1): Lupa, Linterna, 5, 2, 1. Tercer intento (repitiendo el 2 y el 1): Lupa, Linterna, 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no logramos pasar la prueba.

Finalmente me detuve frente a un muro desconchado, en una zona de la ciudad donde no tenía motivos para estar ni había nada que ver más allá de ladrillos y musgo. Ni rastro del gato. En algún momento lo había perdido de vista o él había perdido la paciencia.

Me quedé un rato observando el muro, sintiéndome estúpido por haber dejado pasar una oportunidad de enterarme de algo más.


MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO DE 1926

Hoy Madrivana Quelp me llamó a la oficina. No le había dado mi teléfono, pero de todos modos mi número está en la guía, así que soy fácil de localizar. Puede que demasiado, ahora que lo pienso. Cuando entré en su consulta, el frasco con el polvo gris al que se habían reducido los restos del cangrejo negro estaba sobre la mesa, quizá para dejar claro desde el primer momento cuál iba a ser el tema de conversación.

—No es cascajo de caparazón —dijo, obviando los saludos de compromiso y yendo directamente al grano—. Es hueso. Huesos triturados y mezclados con otras cosas. Algas en polvo… serrín viejo…

Investigación a 6+, incrementada a 11+ si no tenemos al menos cinco puntos de locura/conocimiento de Mitos, que los tenemos. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la prueba.

—¿Huesos de…?

—Humanos, por supuesto. El ser con aspecto de cangrejo de donde salió esto no era una criatura del mar. No una natural, al menos, viendo en lo que se descompuso.

Movió el frasco, inclinándolo, haciendo que el polvo maloliente en su interior se desplazara.

Esto son hombres. Huesos triturados de docenas, o quizá cientos de hombres distintos. Hombres que murieron bajo el agua. Marineros ahogados… cuerpos que el mar reclamó… y que luego fueron desmenuzados y moldeados por algo que no debería tener manos, y mezclados con partículas de madera y óxido de barcos naufragados a lo largo de los siglos.

—¿El mar los transforma en esos cangrejos?

—No. El mar los guarda con el mismo amor que la tierra. Pero lo que los retuerce… eso viene de otra parte. Algo que no pertenece al mar ni a la tierra. Al menos, no al mar y a la tierra de nuestro mundo.

Abrió el frasco y vertió unos gramos del polvo en su mano arrugada.

—Esto es el residuo de un conflicto entre mundos. Aquí hay almas atrapadas que han sido manipuladas y claman venganza, y eso hace de este polvo un ingrediente muy poderoso.

Me temblaron las manos.

—¿Un ingrediente para qué?

Madrivana devolvió el polvo al recipiente, raspando la palma de su mano con un dedo de la otra hasta asegurarse de haber desprendido de su piel el último gramo.

—Por el momento, para nada. Por sí solo no nos servirá. Quizá si obtengo otros ingredientes igualmente poderosos pueda preparar algo.

Lanzó una mirada a los frascos que se alineaban en sus estantes. Muchos de ellos contenían hierbas secas, algunos polvos de colores, unos pocos guijarros. En los más grandes parecían flotar, en formol, pequeños embriones de animales deformados.

—Puede que no tenga nada lo suficientemente poderoso aquí como para combinarlo con esto. Dudo incluso que tenga los conocimientos necesarios. Esto requiere alguien con un poder mucho mayor que el mío.

—Creo que conozco a la persona adecuada —dije pensando en la mamáloi—. Se lo llevaré a ver qué puede hacer con ello.

Dudó unos segundos, quizá reticente a separarse de aquello ahora que era consciente del potencial que tenía. Finalmente asintió. Después de todo, ella misma había reconocido que era algo que estaba por encima de sus capacidades y conocimientos. Empujó lentamente el frasco hacia mí por encima de la mesa.


JUEVES, 26 DE FEBRERO DE 1926

Hoy me atacó otro de esos murciélagos gigantes. Están cada vez peor. Lo vi venir desde media manzana de distancia: volaba torpemente, como si una de sus alas no respondiera del todo. Se lanzó sobre mí, pero claramente no tenía la fuerza de los primeros que me encontré. Sus chillidos eran apagados, y cada vez que batía las alas perdía pequeñas hilachas de membrana que se deshacían en el aire como humo.

Combate a 8+. Primer intento: Lupa (doble), 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos de habilidad): Revólver, Linterna, 6, 4, 2. Obtenemos Combate 12 y pasamos la prueba.

No tardé en acabar con él. No me hizo falta ni disparar. Agarré un largo tablón caído de una vieja verja de un descampado y le aticé con él cuando se me echó encima. Bastó con un golpe seco en la cabeza para enviarlo contra el suelo. Fue mucho más fácil que con la rata del lunes. Los animales reanimados tienen una fuerza propia, pero estas otras criaturas invocadas no son más que marionetas, y la fuerza que las sostiene depende de quienes las invocan. Con la policía dedicándose a desarticular todos los cultos que encuentran, parece que apenas les queda energía para mantenerse en nuestro mundo.

Lo dejé allí, convertido en un montón de huesos blandos y piel rasgada que burbujeaba mientras se deshacía. Otra mancha indeterminada más en las calles. Espero que llueva pronto y se la lleve.


VIERNES, 27 DE FEBRERO DE 1926

Me reuní con el padre Arden en la sacristía. Llevaba días pidiendo verme. Cuando entré, lo encontré rodeado de papeles. Algunos eran informes policiales de los que ni yo había conseguido que O’Maley me pasara una copia.

—Miller —gruñó con cansancio—. Esto se está complicando.

Me pasó un fajo de declaraciones de los sectarios detenidos. No eran confesiones espirituales, precisamente, sino transcripciones de los interrogatorios policiales. Un mar de miedo, rabia y delirio entre los que asomaban pequeñas y dispersas islas de cordura. Los revisé, tratando de sacar algo en claro de todo ello.

Investigación a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo la tirada completa): Linterna (doble), 5, 4, 3. Tercer intento (repitiendo símbolos de habilidad y el 3): Lupa (doble), 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la prueba.

Durante los interrogatorios, algunos sectarios hablaron de la llegada inminente de un sacerdote mayor, enviado desde Europa, aunque sin dar ningún nombre. Quizá ni ellos lo sabían. Varios detenidos, incluso los más incoherentes, mencionaban con insistencia el Museo Arqueológico y una fecha: la del próximo domingo. Lo demás eran desvaríos o mentiras improvisadas que se contradecían unas a otras. Me llamó la atención que ninguno de los detenidos, que ya sumaban casi un centenar, hubiese negado su implicación en los hechos. Proclamar su inocencia suele ser lo primero que hace todo el mundo cuando lo detienen, incluso si le pillan con las manos en la masa. Pero ni uno solo de estos individuos renegó del culto o dijo haber sido detenido por error.

Arden cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas.

—Miller, esto te supera. Y supera a la policía, y a mí. No podemos seguir luchando por separado. Hay que coordinar a la gente, a todos en los que puedas confiar, pero solo si son capaces de aportar algo y están dispuestos a jugarse no ya la vida, sino su alma inmortal.

—Conozco algunas personas que podrían ayudarnos —dije con cuidado mientras pensaba en la mujer vudú y en la adivina—, pero puede que sus ideas sobre la inmortalidad del alma no coincidan del todo con las suyas, padre…

Arden asintió, comprendiendo lo que sugería.

—No me importa a qué dioses o fuerzas recen esas personas, mientras sean credos de este mundo. Necesitamos reunirlos a todos y empezar a actuar como conjunto. Podemos hacerlo aquí, en la iglesia. Si, por salvar nuestro mundo, ellos no tienen reparo en entrar en el templo de Dios, tampoco yo tengo reparos en acogerles aquí, ya sean calvinistas, ateos o lleven un hueso atravesado en la nariz.


SÁBADO, 28 DE FEBRERO DE 1926

Hoy presencié una escena que, si me la hubieran contado hace un mes, habría pensado que era un chiste malo. Una serpiente bicéfala (sí, otra) apareció en la calle Curwen. Pero esta no era como las anteriores. Era pequeña, flaca, casi transparente, como si la hubieran fabricado deprisa y corriendo con las sobras que quedaban en el fondo del caldero del ritual anterior, o como sea que funcionen estas cosas.

No llegó a atacarme, porque cuando doblé la esquina ya estaba rodeada. Cinco críos de no más de doce años la tenían acorralada contra un muro. Eran un grupo de chavales del barrio que los fines de semana se juntaban en un descampado cercano para jugar al béisbol. Uno tenía un viejo bate. Los otros se habían armado con ramas, maderos o trozos de tubería que habían recogido de entre los escombros. La serpiente siseaba, pero cada vez que intentaba levantar una de sus dos cabezas, uno de los chavales le soltaba un golpe que la dejaba temblando.

Combate a 5+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 2, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la prueba.

Me quedé a unos metros, observando. No había motivos para intervenir. La criatura estaba tan debilitada que apenas se movía. Y los niños… bueno, los niños de Arkham no son como los de otras ciudades. Aquí crecen viendo cosas que nadie debería ver ni de adulto. Supongo que eso los vuelve más duros, o insensibles, o ambas cosas. Uno de ellos se fijó en mí y levantó la mano en señal de saludo, como si estuviera cazando ratas en el callejón de su casa.

—¡Señor Miller! —gritó—. ¡Mire lo que hemos encontrado!

—Sí, ya lo veo —respondí—. Tened cuidado, no vaya a ser que os muerda.

El chaval se rió.

—¿Esta bicha? Si apenas se mueve.

Tenía razón. La serpiente ya estaba destrozada, literalmente. Cada golpe la deshacía un poco más. Cuando finalmente se quedó inmóvil, los niños se dispersaron sin darle mayor importancia, como si hubieran terminado un juego cualquiera. Me acerqué al cadáver. No quedaba mucho: piel flácida, huesos blandos, un olor tenue a humedad. La toqué con la punta del zapato y empezó a licuarse.

Mientras me alejaba, no pude evitar pensar en los otros monstruos que aún rondaban la ciudad. Los seres del mar. Los animales reanimados de Calder. Lo que sea que viene de Europa… Estos pobres diablos no saben con qué clase de ciudad se están metiendo.


DOMINGO, 1 DE MARZO DE 1926

Mi visita al Museo Arqueológico no fue todo lo tranquila que uno esperaría de un edificio lleno de vitrinas y carteles de «no tocar». O’Maley me consiguió un permiso especial para investigar después del cierre. Me dijo que varios sectarios mencionaron el museo en sus delirios, y le insistí en el tema hasta convencerlo de que me dejara meter las narices un poco. No le mencioné que ya había tenido acceso a esos informes por otra fuente, no fuera a tomárselo mal. La comisaría había puesto algunos vigilantes alrededor del edificio. Yo iba a estar dentro.

El museo estaba en un silencio absoluto. Caminé entre sarcófagos, estelas y vitrinas llenas de objetos que habían sobrevivido miles de años enterrados en la arena sin que nadie los molestara. Hasta que oí un murmullo proveniente de la Sala Egipcia.

La sala estaba iluminada por una luz tenue que hacía brillar el oro de las máscaras funerarias. Una figura alta y embozada estaba inmóvil junto a la vitrina central, donde descansaba la momia de una princesa o sacerdotisa egipcia envuelta en vendas amarillentas. El tipo sostenía un gran libro de aspecto arcaico entre las manos y parecía estar rezando. ¿Cómo es posible que con esas pintas de fantoche hubiera podido pasar entre el cordón policial? Empuñé el revólver y le di el alto. Se volvió sorprendido. Debía estar muy concentrado en sus rezos, si se puede llamar así al mumble-bumble que salía de su boca. Introdujo una mano en su túnica y esta volvió a aparecer empuñando algo. No un arma, sino una especie de amuleto. Disparé igual. Después del daño que el tipo que me encontré dentro de mi oficina fue capaz de hacerme solo hablando, no iba a correr ningún riesgo con este.

Disparé una vez. Le quería vivo. La bala le alcanzó en un hombro y lo derribó, pero conforme caía me di cuenta de que algo no estaba bien. La túnica quedó en el suelo hecha una desordenada bola, sobre el libro. El amuleto, que al parecer estaba tallado en algún tipo de cuarzo o cristal, se hizo añicos. Faltaba lo más importante: el cuerpo. El sectario había desaparecido de algún modo. Si ilusionistas de feria son capaces de hacerlo sin tener ningún tipo de poder mágico real, solo a base de trucos, no debería extrañarme que uno de estos locos pudiera hacerlo también.

Entonces la momia giró la cabeza dentro de la vitrina. Muy despacio. Como si estuviera probando músculos que no había usado en tres mil años. Luego levantó un brazo. Las vendas se tensaron y se rasgaron. El cristal vibró. Y antes de que pudiera reaccionar, la vitrina explotó hacia afuera, lanzando fragmentos por toda la sala.

La momia se puso en pie con una flexibilidad que no debería ser posible para algo tan seco. Me embistió con una fuerza brutal y me lanzó contra una estela funeraria de piedra que se partió en dos como si fuera de yeso. Intenté disparar, pero la criatura se movía demasiado rápido. Me agarró por la chaqueta y me lanzó contra una mesa llena de amuletos y papiros. Los objetos salieron volando. Uno de los papiros fue a caer sobre una lámpara de mesa que, al derribarla, había perdido la tulipa. El calor de la bombilla, que debía llevar varias horas encendida, hizo humear el pergamino al contacto con este y una pequeña llama empezó a consumirlo y a extenderse poco después. No la apagué porque en ese momento yo estaba al tanto de otros asuntos, como defenderme de una momia a base de ganchos de boxeo, pero por el rabillo del ojo fui consciente de cómo el fuego empezaba a extenderse por la mesa.

Combate a 18+. Reducido a 13+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Linterna, 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Revólver, Linterna, 5, 5, 4. Obtenemos Combate 14 y pasamos la prueba.

En un acto desesperado, agarré un fragmento de la estela de granito rota, grande como una lápida, y se lo estrellé en el pecho. La momia retrocedió tambaleándose y aproveché para empujarla contra la mesa en llamas. Las vendas ardieron al instante.

La momia se retorció, golpeando paredes, vitrinas y columnas mientras daba zancadas de un lado a otro agitando los brazos. A cada paso destruía algo distinto: cerámica milenaria, máscaras funerarias, un busto de Ramsés nosecuántos que probablemente valía más que mi oficina y mi coche juntos… Finalmente cayó al suelo, envuelta en llamas e inmóvil.

Me quedé allí, jadeando, rodeado de antigüedades destrozadas y papiros quemados. Algo me impulsó a recoger el libro del sectario y a ocultarlo bajo mi gabardina. Fue entonces cuando llegaron O’Maley y sus hombres, alertados por el disparo que hice contra el tipejo desaparecido.

—Miller… —dijo, mirando alrededor—. ¿Qué demonios…? ¡Has destruido media colección egipcia!

—¡La otra media me atacó primero! —me defendí.

Mientras los polizontes corrían a buscar cubos de agua y el guardia del museo gritaba cosas en un idioma que no reconocí, me quedé mirando los restos carbonizados de la princesa momificada.

—Bienvenida a Arkham, muñeca.


Bien, agentes, febrero ha sido un mes bastante duro, pero creo que no se nos ha dado nada mal. Vamos ha hacer el recuento. Superamos los retos cruciales de los días 1, 8, 15 y 22. A cinco puntos de éxito por cada uno eso son veinte, que sumados a los de enero totalizan treinta y cinco. A estos tenemos que restar cinco por haber acumulado demasiados puntos de locura, así que bajan a treinta sobre los cuarenta como máximo que era posible obtener hasta ahora. Al final del día 28 reiniciamos la locura a cero y el 1 de marzo, que todavía entraba en esta semana, no acumulamos ninguno.

En cuanto a la nueva regla que se añade al juego al comenzar marzo, la explicaremos en la próxima entrega porque en esta no tuvimos necesidad de emplearla. Pero os puedo adelantar que ya se ha hecho una referencia a ella en nuestro texto de ambientación😁 

Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí