MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 19 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 13 al 19 de abril de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El número de monstruos espantosos aumenta! ¡Y no solo entre nuestros lectores, también en la ciudad de Arkhan! ¡Lean aquí todos los detalles! 


Lunes, 13 de abril de 1926  

Hoy Arkham ha vuelto a recordarme que Calder sigue jugando a ser Dios, devolviendo a los muertos a la vida.

Había salido temprano a comprar el periódico. El aire estaba cargado de humedad. Caminaba por la avenida de los Olmos cuando empecé a ver cómo la gente apresuraba el paso. Ya sabía lo que significaba eso. Los monstruos se están volviendo tan comunes en la ciudad que la gente ni siquiera grita ni entra en pánico cuando ve a uno: simplemente se alejan lo más posible para que sea otro quien lidie con el problema. Y ese otro soy yo.

Era un perro. Un san bernardo enorme, con aspecto de haber sido el mejor amigo de algún niño y el fiel guardián de alguna casa. Ahora tenía los ojos en blanco y babeaba una mezcla de sangre y bilis mientras emitía un jadeo áspero y un gruñido que nacía del fondo de la garganta.

—Perfecto —murmuré, sacando el revólver—. Salgo a por el periódico y me convierto en el titular: «Detective idiota devorado por perro muerto».

El animal avanzó hacia mí, pero su velocidad dejaba mucho que desear. No estaba en muy mal estado, pero parecía aún más confuso que los otros animales muertos a los que me he enfrentado. Quizá el cadáver era muy reciente y aún guardaba recuerdos de su vida doméstica. Quizá la lealtad y obediencia hacia su familia estaban luchando dentro de su cerebro muerto contra el mero instinto de matar y devorar. Pero, aun así, paso tras paso se me acercaba con la inequívoca intención de atacar.

Di un rápido vistazo alrededor para asegurarme de no tener a ningún ciudadano cerca al que pudiera alcanzar, y disparé.

Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 2, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los doses). Revolver, Lupa, 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada.  

Disparé hasta vaciar el tambor. Lo tenía relativamente cerca, pero solo le di cuatro veces. Debo estar perdiendo facultades. Al abrir el revólver para recargarlo los casquillos cayeron al suelo con un tintineo metálico. La mirada del perro se desvió inmediatamente hacia ellos: el sonido le había llamado la atención.

Retrocedí lentamente mientras recargaba, dejando que el perro se acercara a los casquillos. Los olisqueó: quizá el olor de la pólvora quemada, quizá el calor del cartucho recién usado, quizá el simple sonido del metal contra el asfalto, similar al de un cascabel... Algo debía haberle recordado a esa época no tan lejana en la que sus amos le lanzaban un objeto, puede que una pelota, para que jugara con ella o fuera a buscarla.

El perro, con cuatro balas en el cuerpo, se inclinó más hacia los cartuchos. Los olió de tan cerca que empujó algunos con el hocico. Terminé de recargar el arma sin problemas y volví a disparar hasta que el animal cayó inerte al suelo.

Cuando me acerqué a examinarlo, vi que tenía lágrimas en los ojos. Aunque puede que no fuera más que parte del proceso de putrefacción ralentizada por el que estaba pasando, me dio la impresión de que ese suero acuoso no estaba allí cuando lo vi aparecer en la calle.

Bonita forma de empezar la semana.


Martes, 14 de abril de 1926  

Ayer tocó perro, hoy tocaba gato. Este era más viejo que los que me he encontrado últimamente. Estaba sentado sobre el capó de mi coche, mirándome con unos ojos amarillos que parecían un par de monedas viejas. Me maulló una vez, seco, y saltó al suelo.

—No estoy para juegos —le dije.

El gato se detuvo, me miró… y siguió caminando. Estaba claro que quería que le siguiera, y que mi opinión al respecto le importaba entre muy poco y nada. Me llevó por calles conocidas, luego por un callejón que juraría que no existía ayer. Últimamente Arkham tiene esa manía de cambiar cuando no miras. ¿Siempre ha sido así o es un fenómeno reciente? La verdad es que ahora mismo no sabría decirlo.

El gato avanzaba sin dudar, como si siguiera un rastro que solo él podía percibir. Finalmente se detuvo ante una pared desconchada. Allí había un símbolo. Un óvalo atravesado por una línea horizontal que parecía querer representar un ojo cerrado. Me acerqué para examinarlo. El gato se adelantó, levantó la cola… y orinó contra la pared.

—Muy bien —murmuré—. Gracias por la aportación.

El gato me ignoró. Se alejó unos pasos, se giró, maulló en plan «tu lección de hoy todavía no ha terminado, humano estúpido» y siguió caminando. Me guió hasta un segundo símbolo, un tercero y un cuarto. Todos iguales, todos recientes. Y en cada uno, el gato repetía el ritual: olfatear, tensarse y orinar contra el muro.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos). Revolver (doble), 5, 3, 1. Tercer intento (repitiendo símbolos otra vez) Linterna, Lupa, 5, 3, 1. Obtenemos Búsqueda 9 y pasamos la tirada.   

Al principio me hizo gracia. Luego me irritó. Pero en el cuarto símbolo, cuando el gato orinó con una insistencia casi frenética, entendí lo que quería decirme.

—Son marcas de territorio. Marcas de propiedad, ¿no es eso?

El gato parpadeó lentamente. Los símbolos delimitaban zonas, como si alguien estuviera reclamando un territorio como suyo. Me pregunté si debía llamar a O’Maley. Que moviera hilos en el Ayuntamiento para que los servicios de limpieza prioricen borrar estos símbolos antes de que toda la ciudad quede marcada como propiedad de aquello a lo que los cultistas están tratando de invocar.


Miércoles, 15 de abril de 1926  

La comisaría estaba más tensa que de costumbre. Demasiados agentes hablando en voz baja. Demasiados informes de casos imposibles escritos en papel oficial.

O’Maley me recibió con ojeras profundas. Antes de que pudiera ni tan solo hablarle de los símbolos y de la necesidad de borrarlos, me dijo:

—Tenemos un problema.

—¿Solo uno?

—Es Merrick.

Sentí un nudo en el estómago. El chaval llevaba ya unas cuantas semanas al borde, pero una parte de mí había querido creer que aún podía salvarse.

—¿Qué ha pasado?

O’Maley no respondió. Solo me entregó un sobre con fotografías. El cuerpo de Merrick estaba en un callejón detrás del Orpheum. No estaba mutilado, sino torcido. Como si alguien lo hubiera agarrado por los extremos y lo hubiera retorcido hasta que los huesos cedieron. 

Investigación a 8+. Primer intento: Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Investigación 11 y pasamos la tirada. 

Me fijé en que le habían pintado en la frente uno de esos símbolos, el óvalo cruzado por una línea horizontal que recuerda a un ojo cerrado.

—¿Qué significa eso? —preguntó O’Maley, con la voz más baja de lo habitual.

—Que no fue un ataque al azar —respondí—. Lo marcaron. Lo eligieron.

—¿Quién?

—Las sectas. Esos cultistas que estáis deteniendo. Están dibujando estos símbolos por toda la ciudad, reclamándola como suya. Y seguramente el verlos por todas partes les envalentona. Deberías hablar con el alcalde y ver si se puede hacer que los servicios de limpieza den prioridad a borrarlos.

O’Maley apretó los puños.

—Merrick salió recomendado de la academia. Tenía 23 años y un buen futuro por delante. Hace unos días su novia vino a comisaría a traerle algo, un documento relacionado con su boda. Una joven encantadora. Se iban a casar a finales de año. Ahora soy yo quien tiene que decirle a sus padres y a su novia que alguien lo ha convertido en un acordeón, ¿y tú me vienes con que hay que borrar dibujos de las paredes? Lo que voy a borrar del mapa va a ser a todos esos tarados. Se acabó el tratarlos con guantes de seda. A partir de ahora mis chicos van a tirar a matar en las redadas a la menor muestra de resistencia.

Cuando salí de la comisaría, el gato negro de ayer estaba sentado sobre el capó de un coche patrulla. Me miró. Parpadeó lentamente, que supongo es su forma de darme palmaditas en la espalda y decirme «buen chico».


Jueves, 16 de abril de 1926  

Hoy O’Maley me envió al puerto. Según sus propias palabras, si él está haciendo mi trabajo, es justo que yo haga el suyo. El caso es que habían encontrado un cadáver flotando en el agua: un marinero. Nadie del puerto lo reconocía. No pertenecía a ningún barco atracado allí. Y el puerto de Arkham es fluvial. No hay forma de que un cuerpo llegue desde el mar hasta aquí porque tendría que hacerlo viajando en contra de la corriente del río.

Turner, el vigilante nocturno, me esperaba junto a los almacenes. Turner había sido marinero toda su vida, y debido a acontecimientos recientes en los que debo confesar que tuve algo que ver, como el incendio de un almacén y la explosión de otro, el Ayuntamiento le había ofrecido este puesto. Nadie mejor que él conocía los horarios, las corrientes, los barcos y a la gente que vivía de ellos. Llevaba una gorra de lana descolorida y una chaqueta que olía a tabaco barato. Caminaba con un ligero balanceo, como si su cuerpo aún no hubiera aceptado del todo que ya no estaba sobre una cubierta. A pesar de su aspecto áspero, era un tipo agradable.

—Lo sacamos del agua hace un par de horas —me dijo—. Lo dejamos en el almacén de hielo, para que no se estropeara.

—¿Y nadie lo ha tocado desde entonces?

—Nadie. Pero… —vaciló, sin terminar la frase.

Me guio hasta el almacén. El olor a pescado y salmuera era tan fuerte que casi tapaba el hedor del cadáver. Turner señaló desconcertado a una pila de barras de hielo que goteaban derritiéndose lentamente. El cuerpo no estaba.

Antes de que pudiera decir nada, escuchamos un ruido húmedo a nuestras espaldas. Desde las sombras al otro lado del almacén llegó un sonido de arrastre. El edificio estaba pensado expresamente para almacenar las barras de hielo. No tenía ventanas, para concentrar lo más posible el frío. La única luz venía de una pequeña bombilla amarillenta en el techo.

El marinero ahogado salió de la penumbra, caminando hacia nosotros. La piel hinchada por el agua, los ojos blanquecinos, la boca entreabierta dejando escapar un burbujeo espeso.

—Dios mío… —susurró Turner.

El marinero muerto avanzó más rápido. Saqué el revólver y disparé.

Combate a 11+. Incrementado a 15 si tenemos menos de cuatro puntos de locura, así que nos afecta. Primer intento: Lupa, Revólver 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 4 y el 2). Lupa, Revólver 6, 5, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Lupa, Revólver 6, 5, 4. Obtenemos Combate 15 y pasamos la tirada a costa de acumular un punto de locura. 

La primera bala lo alcanzó en el pecho y le hizo tambalearse, pero siguió avanzando, dejando un rastro de agua en el suelo. Le disparé otra vez y le di en el cráneo. Un chorro de líquido turbio y oleoso que no era sangre pero tampoco agua de mar brotó de su cabeza. Como si esto hubiese aliviado algún tipo de presión dentro del cráneo y le hubiese hecho recordar que estaba muerto, cayó de rodillas, luego de lado, y quedó inmóvil.

Me acerqué despacio. El viejo Turner se quedó atrás, temblando y santiguándose. Ni una vida entera luchando contra las tormentas te prepara para algo así.

En la frente del marinero, grabado con un cuchillo, había un símbolo. El mismo que estaba apareciendo por las paredes de la ciudad y el mismo que habían pintado en la frente del pobre Merrick. Pero esto no era pintura, era carne abierta a punta de navaja y arrugada por una larga estancia en el agua.

—Este no es uno de los cadáveres vivientes de Calder —dije para mí mismo en voz baja. A mi espalda, Turner debió oírme porque preguntó, como si supiera de lo que estaba hablando:

—¿Entonces qué demonios es?

No supe qué responderle.


Viernes, 17 de abril de 1926  

A estas alturas ya doy por supuesto que cada día va a suponer un encuentro con algo extraño. El de hoy fue un hombre. O algo escondido en un hombre. Estaba de pie en medio de la calle, mirando al cielo. Pero su sombra no coincidía. El mismo sol que lo iluminaba a él me iluminaba a mí, pero su sombra era más larga que la mía, más delgada. Y se movía con un retraso de medio segundo respecto a él. Parecía que algo intentaba pasar desapercibido haciéndose pasar por su sombra, copiando sus movimientos para no levantar sospechas.

—Oiga —le dije—. ¿Se encuentra bien?

El hombre no respondió. Pero su sombra sí. Giró la cabeza hacia mí. Di un paso atrás. La sombra dio un paso adelante. El hombre bajó la mirada. Sus ojos estaban vacíos.

—No… me deja… —murmuró con una voz cargada de angustia y dolor.

La sombra unida a sus pies se estiró. Al parecer, los Habitantes de la Oscuridad han encontrado una forma de moverse o manifestarse a plena luz del día, pero con limitaciones. Este parecía atado a la persona cuya sombra imitaba, manejándolo como a un títere, pero sin poder separarse de su cuerpo. Una mano oscura empezó a levantarse desde el suelo. Esta vez fue el hombre el que imitó inconscientemente el movimiento de la sombra, como si en realidad él no fuera más que la sombra o el reflejo del Habitante de la Oscuridad.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Lupa, Linterna, 5, 5, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Empleamos una de las opciones de uso del grimorio para convertir el 6 en un 5 y librarnos del punto de locura. Obtenemos Búsqueda 15 y pasamos la tirada.

¿Qué podía hacer? Nada que dañara al hombre, eso por descontado. Palpé los bolsillos internos del abrigo, buscando mis bengalas de magnesio. Pensé que quizá, si lanzaba una encendida al suelo, sobre esa falsa sombra, la obligaría a huir, pero no llevaba ninguna encima. Debí olvidar reponerlas la anterior vez que las usé.

Podría haber echado a correr, porque la sombra no parecía capaz de despegarse del hombre al que estaba parasitando, y aunque podía obligarlo a moverse, su paso era lento y torpe. Pero no podía dejar a ese hombre así, ni a ese monstruo paseándose por la ciudad.

Recurrí al hechizo de Sugerencia que me había enseñado el padre Arden. Ya pronunciaba las palabras con naturalidad, pero siempre me provocaban un dolor de cabeza persistente que se instalaba en mis sienes. Supongo que era el precio a pagar por transgredir las leyes de la naturaleza empleando magia. Algún día terminaría por derretirme el cerebro, pero hasta entonces lo utilizaría para salir de situaciones como esta.

Pronuncié las palabras y le ordené a la sombra que se fuera. La vi retorcerse, como si solo con eso le hubiera provocado un sufrimiento extremo. El hombre al que estaba unida se tambaleó y sufrió una serie de espasmos. Finalmente, la sombra cambió y se convirtió en una sombra verdadera, una de esas que imitan el movimiento de las personas que las generan, en lugar de controlarlas.

El hombre se derrumbó y tuve que dar una zancada hacia él para sostenerlo y evitar que cayera al suelo.


Sábado, 18 de abril de 1926  

Los fines de semana se están convirtiendo en mis días menos preferidos, porque es cuando parece que toda la locura de la semana se concentra y condensa. Hoy Arkham estaba desajustada, como si todo estuviera fuera de lugar. Fue en la avenida de los Olmos donde lo vi. La niebla había caído sobre la ciudad, y había traído algo con ella.

Andando por la calle desierta me salió al paso un perro. Era translúcido, como si estuviera hecho de niebla compacta. Se parecía mucho al que me había encontrado en las ruinas de Old Briarti el 23 de marzo. De hecho, juraría que era el mismo perro no del todo real y no del todo sólido, solo que ahora parecía hecho de niebla compacta. En aquella ocasión lo había logrado dejar atrás alejándome de las ruinas, a las que parecía atado. Ahora estábamos muy lejos de Old Briarti. Puede que, de algún modo, la niebla lo hubiera liberado temporalmente de su encierro, ampliando su rango de acción.

Sus patas no tocaban del todo el suelo, y cuando me vio ladró sin producir sonido alguno. ¿Cuál era su límite ahora? ¿Todo lo cubierto por la niebla? ¿Debía correr hasta salir de ella? Eso podía abarcar fácilmente toda la ciudad y varias millas extra a su alrededor.

Combate a 10+. Primer intento: Revólver (doble) 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2). Revólver (doble) 6, 5, 3. Tercer intento (repitiendo el 6) Revólver (doble) 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada. 

Debía probar algo. Saqué el diapasón que me dio el profesor Elwood y lo golpeé contra una farola cercana. El sonido de metal contra metal resonó por la calle desierta. No sabía si iba a tener algún efecto en esta criatura, pero el perro se detuvo, tembló, y su forma empezó a deshacerse en la niebla mientras el instrumento vibraba en mi mano.

Pasados unos segundos, el perro de niebla empezó a recomponerse, volviendo a una forma más definida y de aspecto más sólido mientras avanzaba de nuevo. Me di cuenta de que el diapasón había dejado de vibrar en mi mano, así que golpeé de nuevo la farola con él, con más fuerza. Esta vez, la criatura se dispersó por completo, dejando tras de sí solo el silencio.

Me quedé quieto un momento, respirando hondo. El diapasón vibraba aún en mi mano, calentándose por momentos. Metí la mano en el bolsillo para guardarlo, pero la dejé ahí, sin soltar el instrumento, hasta que llegué a la oficina.


Domingo, 19 de abril de 1926  

Después del encuentro con el perro de niebla de ayer, había tomado la firme decisión de no salir de mi oficina en todo el día. Creo que me merezco un día de descanso de vez en cuando. Estaba tumbado en el sofá, con la ropa aún puesta, cuando alguien llamó a la puerta con insistencia. Me incorporé con un gruñido. Ni los domingos me dejan en paz.

Al abrir, me encontré con la vecina del último piso, la del ático, con una bata de flores, los rulos todavía puestos y una expresión que mezclaba miedo y vergüenza por estar allí. Es de las que siempre saludan cuando te cruzas con ellas en la escalera, pero nunca tienen tiempo para detenerse a charlar. Para mí es el tipo de vecina perfecta.

—Perdone que lo despierte —dijo, esta vez sin saludar—. Hay… hay algo en la azotea. Algo grande. Está rascando el tejado, como un perro cuando escarba… pero más fuerte. Mucho más fuerte.

La mujer temblaba. En los últimos meses la ciudad entera parece vivir con los nervios a flor de piel. La mayoría todavía no se han cruzado con ninguna criatura rara, pero incluso los que no lo han hecho han oído los rumores e historias que se cuentan sobre ellas. Mi vecina sabía que yo era detective privado. Y sabía, o al menos suponía, que tenía un arma. Por eso estaba allí.

—Dicen que usted… que usted sabe de estas cosas —añadió, bajando la voz—. Yo no quiero subir sola a ver qué es. De hecho, no quiero subir en absoluto. Ni tampoco quisiera que usted o nadie suba solo, pero…

—Está bien —dije. Después de todo, alguien tiene que hacer el papel de buen vecino.

Me puse las botas, recogí el revólver del cajón y metí en los bolsillos un puñado de balas, un par de bengalas de magnesio, el crucifijo que me dio el padre Arden, el diapasón del profesor Elwood y repasé mentalmente las palabras del hechizo de Sugerencia. Mi arsenal era cada vez mayor y también cada vez más raro. La vecina se quedó en el rellano, abrazándose a sí misma, mientras yo subía los últimos pisos. Cuando empujé la puerta metálica de la azotea escuché un fuerte zumbido, como si una colmena completa de avispas se hubiese instalado allí. La niebla se había esparcido, espesa e inmóvil, entre los tendederos y los depósitos de agua.

La criatura salió de detrás de la caseta de mantenimiento. Lo que sonaba como una colmena de avispas era un solo insecto, pero enorme, del tamaño de un hombre. Su exoesqueleto parecía incompleto. Algunas placas eran duras y brillantes, y otras parecían blandas, como si no hubieran terminado de formarse. Las patas eran demasiado largas, tanto que las arrastraba por el suelo. Quizá era ese arrastre lo que producía el sonido que mi vecina había descrito como un perro escarbando. 

Las alas vibraban sin cesar, pero parecían incapaces de hacerle volar de verdad; solo lo elevaban lo suficiente para que se desplazara a pequeños saltos, apoyando varias patas en el suelo durante un segundo para luego elevarse y volver a posarse tras un corto tramo en el que sí perdía totalmente el contacto con el suelo.

Combate a 18+. Reducido a 12+ por haber superado todas las pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Lupa 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo ambos 1). Revólver, Lupa 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2) Revólver, Lupa 6, 5, 2. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada. 

Disparé. El primer tiro le arrancó un espasmo, pero nada más. El segundo apenas consiguió que retrocediera medio paso. La criatura acusaba el daño, sí, pero parecía que su cuerpo estuviera hecho para soportar mucho más del que yo podía hacerle.

Seguí disparando hasta agotar el tambor y luego me alejé entre los depósitos de agua, tratando de perderla. El tejado era un laberinto de manchas oscuras entre la niebla. Quería volver al interior del edificio y sabía que la escalera debía de estar cerca, pero estaba totalmente desorientado.

Me apoyé contra un depósito y recargué frenéticamente, atento al zumbido. Era lo único que me decía dónde estaba. A veces sonaba lejos y de repente tan cerca que podía sentir la vibración de esas alas en el estómago. Cuando el sonido se volvió más grave y pude verla, disparé. Los fogonazos iluminaron por un instante la forma del insecto, que se estremeció y retrocedió. Me moví a otro punto, recargué de nuevo, escuché, disparé otra vez. Repetí la operación siempre guiado por el zumbido, siempre sin ver más que un fragmento de su cuerpo antes de que la niebla lo engullera otra vez.

Finalmente, cuando solo me quedaban un par de balas del puñado que me había echado al bolsillo pensando que serían suficientes, el zumbido se quebró. La criatura vaciló y cayó al suelo con un golpe sordo. Me acerqué despacio, con el revólver temblando en mi mano. La criatura seguía moviéndose ligeramente. Le disparé hasta agotar lo que quedaba en el tambor.

Cuando por fin todo terminó, me quedé quieto un momento, respirando la niebla fría. Fue entonces cuando escuché otro sonido, uno más común, un goteo. Miré alrededor y vi que varios de los depósitos de agua tenían pequeños agujeros. Chorritos finos, constantes, caían sobre el tejado formando charcos que reflejaban la niebla. Me di cuenta de que muchos de mis disparos, hechos a ciegas y con más prisa que puntería, habían atravesado el metal. Y no solo eso: pensé en las balas que habrían seguido su camino más allá de la azotea, hacia los edificios cercanos. La culpa me golpeó de repente, porque sabía que podría haber alcanzado una ventana de otro edificio, y quizá a alguien que viviera en él.

Con esa idea bullendo en mi cabeza, avancé entre los depósitos hasta que, casi por accidente, encontré la escalera que había perdido en la confusión. Bajé los peldaños con las piernas temblorosas. La vecina seguía allí, esperándome en el rellano, con la bata y los rulos. Me preguntó qué era lo que rascaba el tejado. Yo, agotado hasta el tuétano, solo pude murmurar:

—Un bicho, señora.

Y sin añadir nada más, regresé a mi despacho para intentar dormir un poco.


Y yo, como Miller, también me voy a dormir un poco, que es tarde. Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí

martes, 14 de abril de 2026

TITANIC

 ALMACÉN DE MUNDOS COMPRIMIDOS

                                           Presentado por… Wormy & Leechy.
 

¡Saludos, vertebrados!

Hoy es catorce de abril y, tal día como hoy, en 1912, el Titanic chocó con un iceberg. El hundimiento del Titanic es uno de los desastres náuticos más conocidos, no solo por la ironía de un barco que se había publicitado como insumergible, ni por el momento (su viaje inaugural, anunciado a bombo y platillo), ni siquiera por la magnitud de la tragedia (más de mil quinientos muertos), sino por la enorme cantidad de mitos que generó. Uno de los más conocidos es el del supuesto sarcófago maldito de una princesa egipcia momificada que el barco transportaba en sus bodegas. También se habló de espionaje, sabotaje o incluso de un torpedo alemán, pese a que el hundimiento ocurrió un par de años antes de la Primera Guerra Mundial.

A estas historias se suman coincidencias llamativas, como la novela Futility, escrita catorce años antes, que describe el hundimiento de un barco llamado Titan, golpeado por un iceberg prácticamente en las mismas coordenadas.

Tenemos algo adecuado para reseñar en el día de hoy, pero no es la famosa película de Leonardo DiCaprio de 1997, sino un juego de mesa que publicó Falomir ocho años antes. Se trata de uno de esos juegos sencillos y absurdos de Falomir. Sé que casi siempre que comentamos un juego de esta editorial decimos que es lo peor de ellos, pero en este caso es especialmente cierto.

Os explicamos cómo se juega, o al menos cómo creemos nosotros que se juega, porque, como es habitual en muchos juegos de Falomir de esa epoca, el reglamento es confuso, parece incompleto y sospechamos que no pasó ningún tipo de prueba ni testeo. Pero bueno, todos tenemos claro que cuando compramos uno de los juegos antiguos de Falomir es por la excentricidad de tenerlo: son juegos muy baratos, muy absurdos y extrañamente repetitivos. Aproximadamente la mitad de los juegos de Falomir son Parchís temáticos.

En este, nuestro objetivo es escapar del Titanic antes de que se hunda. Cada jugador comienza con cuatro fichas que podrían representar a miembros de una misma familia, situadas en un camarote. Durante la partida debemos llevar tantos de nuestros vertebrados pasajeros como podamos a alguno de los botes salvavidas que quedan, mientras van tropezándose y empujándose con los otros pasajeros. La idea de un juego que consista en luchar con los demás pasajeros para conseguir un puesto en un bote mientras un barco se hunde rápidamente me parece bastante atractiva, todo hay que decirlo. Lo que ocurre es que, en este caso, está muy mal implementada.

Si hemos entendido bien el escueto y confuso reglamento, el jugador, tirando un dado por turno y moviendo con el resultado una sola de sus fichas, tiene que ir acercándolas a cualquiera de los botes. Un bote puede contener cualquier cantidad de fichas, pero todas han de ser del mismo color, por lo que, en cuanto una ficha entra en un bote, únicamente fichas del mismo color pueden entrar en él.

Cada bote tiene una zona de casillas amarillas delante que indica los lugares donde la gente se está apelotonando y empujándose para lograr salvar la vida. Cuando una ficha entra en una de estas casillas amarillas, ya no puede abandonarla, y cualquier dado que se tire para moverla la obliga a acercarse siempre al punto donde la flechita indica que se sube al bote. La única forma de no quedar atascado en esta zona amarilla es que no podamos subir al bote por estar ya ocupado por pasajeros de otro color, o entrar y salir de ella en la misma tirada. Si la ficha que estamos moviendo termina en una casilla amarilla cercana a un bote desocupado o en el que ya tenemos alguna ficha, ya no puede abandonar esa zona. Entiendo que el jugador debe elegir primero qué ficha mover antes de lanzar el dado, aunque esto tampoco se especifica.

El reglamento dice que las casillas del recorrido, tanto las blancas como las amarillas, no pueden ser ocupadas por más de una ficha, pero tampoco pueden cruzarse por encima de otra, es decir, cada ficha bloquea totalmente el camino tanto a las de los oponentes como a las de su propio color. Entre las casillas blancas hay cuatro cruzadas por unas líneas que simulan escaleras. Son lugares donde la gente está especialmente apelotonada y solo se pueden cruzar con una tirada de seis. Podemos llegar hasta la escalera con cualquier tirada, pero nos detendremos antes de cruzarla salvo si el dado con el que estábamos moviendo ese turno sacó un seis.

Además, ningún jugador puede sacar de su camarote su última ficha si no es para hacerla avanzar hacia la casilla de Alarma (un botón amarillo en un marco rojo situado entre los cuatro camarotes). Cuando alguna de estas fichas da la alarma, ya no hace falta que nadie más la dé, por lo que la cuarta ficha de los otros jugadores puede ir directamente hacia los botes. No es necesario que todos pasen por la casilla de Alarma antes de dirigirse a los botes. Y ningún jugador puede introducir una ficha en un bote antes de que suene la alarma.

Aparte de esto, si la ficha que hemos elegido para mover está en la zona amarilla, únicamente puede utilizar su movimiento para acercarse a la casilla de mayor tamaño, donde vemos un triángulo rojo que indica la zona de embarque, y desde ahí pasar al bote. Debe mover exactamente el resultado obtenido hasta llegar al bote, donde ya está a salvo. Pero si la casilla donde se detiene es el círculo blanco situado en el mar entre el barco y el bote, esto indica que ha caído al agua y se ha ahogado, por lo que la ficha se retira de la partida.

¡Oh, no! ¡Pobre Leo!

Y eso es todo. La partida termina cuando todos los jugadores tienen todas sus fichas en los botes correspondientes. Para que uno gane, debe tener más fichas rescatadas que los demás, y recordemos que cada bote solo puede llevar fichas de un color, aunque cualquier cantidad de ellas. Entiendo que la idea es utilizar las primeras fichas que se logren sacar a la cubierta para bloquear los caminos que van a utilizar los rivales, dejándolas estacionadas allí, ya que las fichas no pueden cruzar unas sobre otras. Y luego ir metiendo cada una de las propias fichas en un bote diferente, negando a los otros jugadores la posibilidad de hacer lo mismo. 

Lo creáis o no, llegamos a hacer un par de partidas de prueba. Es completamente injugable, aunque esto ya se veía venir solo leyendo el reglamento y viendo el tablero.

La idea nos gusta: un juego que recree el pánico de la gente, los pasajeros que quizá el día anterior estaban de fiesta, riendo, bromeando, incluso ligando entre ellos, y que ahora se ven empujándose, golpeándose, matándose incluso por ser los primeros en llegar a los botes, desesperados, ignorando cualquier rastro mínimo de civilización o decencia. Pero está mal implementada. 

El que no se pueda ni tan solo cruzar sobre una casilla ya ocupada es demasiado restrictivo. Fijémonos, por ejemplo, en la imagen de arriba. Si el jugador azul tiene unas buenas tres o cuatro tiradas iniciales, al llegar su ficha a la zona exterior, en lugar de moverla hacia el bote más cercano la puede colocar bloqueando el acceso a la cubierta del jugador amarillo. Con esto ya le está negando prácticamente toda posibilidad de jugar. La única alternativa del amarillo sería retroceder por el pequeño pasillo central de la alarma y entrar en los camarotes de los otros jugadores para tratar de salir por allí, pero esos camarotes estarán igualmente ocupados por las fichas de los demás.

Lo ideal sería que, para asegurarse la victoria, el jugador tratara de meter cada una de sus cuatro fichas en un bote diferente, puesto que así bloquea la posibilidad de que los otros jugadores tomen plaza en esos botes. Pero, puesto que un mismo bote no tiene límite de tripulantes, otro jugador que meta a todos los suyos en el mismo bote (lo cual lleva mucho menos trabajo que meter uno en cada bote) empataría en puntos con él.  Al final todo se reduce a los que se le ahoguen a cada uno al tratar de subirse al bote.

Reitero lo que ya hemos comentado antes: buena idea, mala ejecución. Una curiosidad más del vasto arsenal de juegos de Falomir, una empresa que hoy es seria y está sacando juguetes infantiles de calidad y juegos de mesa interesantes, pero que pasó por esa inolvidable etapa que nos ha dejado curiosidades como esta.

Titanic. 1989. Autores sin acreditar. Juguetes Falomir S.A. De dos a cuatro jugadores a partir de 7 años.

lunes, 13 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 6 al 12 de abril de 1926

    Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Nuestro suplemento dominical sale un lunes a ultima hora! ¿Será otro de los desmanes de los horribles dioses cósmicos? ¡Averígüelo (o quizá no) aquí mismo! 


Lunes, 6 de abril de 1926  

La volví a ver esta mañana. A la mendiga de la serpiente y la rana. No sé si tiene nombre, o si alguna vez lo tuvo. En mi cabeza ya es simplemente “la mendiga de la serpiente y la rana”. Estaba sentada en el mismo sitio donde la vi por primera vez, con la espalda encorvada. La serpiente descansaba enroscada alrededor de su muñeca como una pulsera, y el sapo estaba a sus pies, hinchándose y deshinchándose rítmicamente.

Fui hacia ella y la saludé. Me miró con ojos turbios, como si mi rostro le resultara familiar pero no estuviera segura de quién era. Era de nuevo eso que ya había visto en otras ocasiones: esa lucha interna entre la cordura y la locura, cada una tratando de imponerse sobre su mente. Le dije mi nombre y le recordé las otras veces que nos habíamos visto, las cosas de las que habíamos hablado. Ella frunció el ceño, incómoda. La serpiente alzó la cabeza y abrió la boca lo justo para que su lengua asomara al aire frío. El sapo dejó de hincharse un instante, como si también él estuviera escuchándome. Me dio la impresión de que ellos sí me habían reconocido, pero su ama no parecía guardar ningún recuerdo de mí esta vez.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Lupa, Revolver, 5, 5, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 1) Lupa (doble), 5, 5, 4. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos) Lupa, Revólver, 5, 5, 4. No obtenemos ni tan solo la habilidad de Búsqueda y fallamos la tirada.

Se levantó de golpe, con un movimiento torpe pero decidido. La serpiente se aferró a su muñeca como si temiera caer. El sapo dio un pequeño salto para seguirla, y ella lo recogió casi sin mirarlo. No dijo nada. Solo se alejó a pasos rápidos, casi huyendo de mí, sin volver la vista atrás.

Me quedé allí un momento, mirando cómo desaparecía entre los contenedores y las sombras. Suspiré. Me encogí de hombros y seguí mi camino. Después de todo, no podía hacer otra cosa.


Martes, 7 de abril de 1926  

Había quedado con Evelyn en el aula de arqueología de la Universidad para hablar de cómo íbamos a afrontar el asunto de la torre negra. Últimamente nos vemos más en las Tierras del Sueño que estando despiertos. Entré sin llamar, porque ella me había citado a esa hora precisamente porque coincidía con un turno en el que el aula no estaba ocupada.

Evelyn estaba de pie junto a la ventana, pero no tocaba el suelo. Flotaba unos centímetros por encima, rígida, con los brazos ligeramente separados del cuerpo. Los papeles de su escritorio se elevaban alrededor de ella, girando en espiral como si un diminuto tornado invisible que no podía venir de ninguna parte los arrastrara hacia arriba. Estaba teniendo otra de sus crisis. Sus ojos estaban completamente en blanco y sus labios temblaban, luchando por decir algo.

Búsqueda a 8+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 12 y pasamos la tirada.

—La torre… —susurró—. La torre que no existe… pero… está… ahí...

La voz no era la suya. Tenía un eco extraño, como si viniera desde el fondo de un túnel. Me acerqué despacio. No sabía si debía tocarla o salir corriendo a buscar ayuda. Supuse que preferiría lo primero. Cuanta menos gente de su entorno inmediato la viera en ese estado, mejor.

—Evelyn —dije—. Soy yo. Estás en la Universidad. Estás despierta.

El aire empezó a enfriarse. Lo noté en la piel de los brazos, en el vaho que salió de mi boca. Un par de hojas de papel se pegaron a su vestido y se quemaron sin fuego, reducidas a ceniza en un segundo. Entonces cayó, como si alguien hubiera cortado los hilos que la sostenían. La agarré de las caderas antes de que se golpeara la cabeza contra el suelo. Estaba helada y temblaba, pero a la vez sudaba copiosamente.

Tardó casi un minuto en volver en sí. Cuando abrió los ojos, las pupilas habían vuelto.

—Lo vi, John —susurró—. No la torre… lo que hay dentro. Lo que oculta. Es… enorme. Demasiado enorme. Y sabe que lo hemos visto. Nos está esperando.

La ayudé a sentarse en su silla. Se quedó mirando la ventana, como si esperara ver algo al otro lado.

—Cada vez está más cerca —dijo—. Eso a lo que llaman… eso, lo que sea que viene. No sé lo que es, pero está cada vez más cerca.


Miércoles, 8 de abril de 1926  

Hoy he vuelto a encontrarme con uno de los engendros de Calder. Iba caminando por la calle Pickman, de regreso a la oficina, cuando escuché un alboroto. Varias personas corrían y gritaban, todos en la misma dirección. Yo, como el idiota que soy, fui en dirección contraria, hacia aquello de lo que huían.

De un callejón especialmente estrecho y sin salida venía un ruido que sonaba a que alguien estaba arrastrando un chapoteante saco de vísceras frescas. Era un jabalí enorme, del tamaño de un caballo pequeño, no muy diferente de la carcasa reanimada que despaché no hace tanto. Este se veía distinto. No era un ejemplar reciente, una pieza de caza como el otro. Este parecía un animal que hubiese muerto de viejo en el zoo y hubiera terminado en el cubo de la basura. Estaba esquelético, con el pelaje pegado a los huesos. Las patas se movían y el cuerpo avanzaba con una rigidez artificial. Tenía la piel abierta en varios puntos, y bajo ella no había músculo, sino una masa grisácea que parecía arcilla. En lugar de ojos solo tenía dos huecos negros. Aun así supongo que me vio de algún modo, porque bajó la cabeza y se lanzó contra mí.

Combate a 11+, aumentado a 13+ salvo si tenemos dos puntos de locura acumulados, que no es el caso. Primer intento: Revolver (doble), 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 1) Revolver (doble), 5, 4, 4. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada.

Me lancé hacia un portal para esquivar la embestida. El jabalí chocó contra la pared con un golpe seco que habría matado a cualquier animal normal. Este solo se sacudió y volvió a girarse hacia mí.

Saqué el revólver y disparé dos veces. Las balas entraron en su cuerpo, pero no salieron. El jabalí reanimado embistió de nuevo, esta vez más rápido. Me eché a un lado y se dio otro cabezazo tremendo contra la pared. Eso pareció hacerle más daño que las balas… ¿o era porque el golpe se lo había llevado en la cabeza? Disparé de nuevo, apuntándole al cráneo.

El jabalí reanimado cayó de lado y empezó a temblar. Retrocedí mientras la criatura se detenía poco a poco. Me quedé un rato apoyado en la pared, recuperando el aliento mientras lo observaba. Ahora que podía dedicarle atención a ello, me estaba fijando en que tenía costuras de sutura y grapas quirúrgicas en varios puntos. Ese pobre despojo de animal parecía haber sido muy modificado, no simplemente inyectado con la fórmula de Calder. Aquello podía ser interesante.

Supuse que alguno de los que huían de esta cosa, demostrando más sentido común que yo, habría llamado a la policía. Me quedé junto al cadáver del animal, muerto por segunda vez. Quería asegurarme de que esa cosa terminara en las manos adecuadas.


Jueves, 9 de abril de 1926  

Volví esta tarde a la casa de Madame Zan. Después de todo, ella fue quien me dijo que buscara al adversario en el mundo onírico, no en el real. Y, pese a que nunca había creído en todas estas cosas de la adivinación, la lectura de la mano, el echar cartas y todas esas cosas, he de admitir que en eso tenía razón. No quiero decir que ya crea en todo eso; la mayoría siguen pareciéndome patrañas, pero yo mismo he llegado a aprender y lanzar un par de veces un hechizo, me he enfrentado a un fantasma, algunos animales muertos y reanimados y tantas otras cosas que hacen que empiece a plantearme todo aquello en lo que creo.

Investigación a 8+. Primer intento: Lupa, Linterna, 3, 3, 3. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la tirada.

Le conté lo que había encontrado: el lugar donde se esconde el responsable de todo esto. La enorme torre negra alzándose infinita hacia el cielo en una capa de sueño más profunda que el sueño convencional, como si fuera suciedad escondida bajo la alfombra. Ella negó con la cabeza, despacio, con el mismo movimiento lento y deliberado con el que una madre o una profesora corrigen a un niño pequeño.

—No te engañes, Miller. Lo que has encontrado no es al responsable. Lo que tú llamas sacerdote mayor es solo uno más de los sirvientes del verdadero responsable.

Sentí un nudo en el estómago. Quise protestar, porque sentí que estaba arrebatándome todo el mérito de los magros logros que podía atribuirme, pero su mirada me atravesó antes de que pudiera abrir la boca.

—Lo que está por venir es mucho mayor —continuó—. Y así como vosotros le habéis visto en el mundo onírico… él también os ha visto. Sabe que lo buscáis. Sabe que os estáis preparando para ir a por él.

Recordé que Evelyn había dicho básicamente lo mismo tras su trance. Madame Zan fue hacia su sillón, como si la conversación hubiera terminado.

—Ten cuidado, Miller —dijo sin mirarme—. Te estás haciendo enemigos muy poderosos, y no solo en este mundo.

Salí de allí con algo dándome vueltas en la cabeza, y no era algo relacionado con esa conversación. No fue hasta estar ya a mitad de mi camino de regreso a la oficina que caí en la cuenta de que, el martes, Evelyn por primera vez me había llamado John en lugar de Miller.


Viernes, 10 de abril de 1926  

Esta mañana he ido a ala hospitalaria de la Universidad para ver si habían descubierto algo en relación al jabalí al que estuve tiroteando el otro día. Convencí a O’Maley para que lo dejara en manos de la doctora Sabin en lugar de entregárselo a sus propios forenses. Y sorprendentemente, aceptó. Quizá porque lo veía como una forma de quitarse un problema de encima.

Cuando llegué, la doctora Sabin estaba en la sala de disección con dos estudiantes de medicina. Llevaba una bata blanca encima de su ropa habitual.

—Llega justo a tiempo —me dijo—. Vamos a abrirlo ahora.

El cuerpo del jabalí estaba sobre la mesa, rígido como una estatua. Uno de los estudiantes hizo la primera incisión siguiendo las instrucciones de Sabin, que parecía estar allí únicamente para supervisar el asunto. Supongo que ella también había tenido que mover algunos hilos por su parte para que la Universidad le permitiera utilizar esa sala y ese equipo para examinar el cadáver que le había traído la policía. El convertirlo en una clase para un par de estudiantes aventajados había sido el precio a pagar.

La piel del jabalí se abrió con demasiada facilidad, como si no hubiera resistencia. El estudiante comentó que estaba cortando puntos de sutura, que estaba abriendo una incisión previa. El olor que salió no era el de un animal muerto. Había un cierto aroma a putrefacción, evidentemente, pero era algo más químico. Sabin frunció el ceño.

El estudiante continuó cortando. La cavidad torácica se abrió… y entonces algo se movió dentro.

—¡Atrás! —grité. Pero ya era tarde.

Una rata salió disparada del interior del jabalí. Era enorme, casi del tamaño de un gato pequeño, con la piel abierta en varios puntos y los ojos blancos como la leche. Saltó directamente hacia el rostro del estudiante que había hecho la incisión. Él cayó hacia atrás, gritando. Sin pensarlo, lancé una patada contra la rata, impactando tanto en el lomo de esta como en la cara del estudiante. Al menos le libré del mordisco, así que supongo que podríamos decir que salió ganando. La criatura se estrelló contra la pared dejando una mancha oscura en ella. Se levantó casi al instante y se giró hacia mí.

Combate a 6+. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo el 6) Lupa, Revólver 5, 4, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.

Saqué el revólver. La rata avanzó con ese movimiento torpe y antinatural que ya había visto antes. Debió haberse roto algo con la patada o quizá con el choque contra la pared, porque era mucho más lenta. Quizá no sería necesario disparar. Le di otro puntapié, justo en la cabeza cuando ya se me echaba encima, y sentí algo crujir. Cayó al suelo de nuevo, y de nuevo se levantó de inmediato. Premié su tenacidad con otra patada. Y otra, y otra, y otra, hasta que dejó de moverse.

Sabin estaba pálida. Los estudiantes, aún más.

—¿Qué demonios era eso? —preguntó uno de ellos.

—Una trampa —dije sin vacilar, y la respuesta me sorprendió incluso a mí, porque no había pensado en ella de forma consciente. Pero estaba casi seguro de que la rata no estaba dentro del jabalí por accidente. No entró ella en el cadáver para alimentarse o esconderse. Calder había colocado la rata reanimada dentro del jabalí y luego lo había cosido, como un arma secundaria. Su intención al reanimar al jabalí no era que matara a algún ciudadano aleatorio, sino que matara a aquel que examinara al jabalí para buscar respuestas. Aquello era un ataque preparado para eliminar a los que estuvieran metiendo las narices, pero concretamente a aquellos que tuvieran conocimientos de ciencia o medicina, que serían los que abrirían el cuerpo.

Ya estaba siendo hora de ponerse en serio con ese tipejo.


Sábado, 11 de abril de 1926  

Hoy no he tenido que matar (o rematar, según se mire) a nada, pero no por ello ha sido un día tranquilo. A veces investigar sin que nadie te ataque es peor, porque te obliga a mirar lo que está pasando sin actuar.

Pasé la mañana tanteando el terreno, deambulando por la zona de Arkham en la que se alzaba la torre negra infinita en el sueño. No fui allí buscando un enfrentamiento. Fui a observar. A escuchar. A ver qué podía averiguar.

El primer indicio de que algo iba mal fue el silencio. Ese silencio espeso que se forma cuando algo o alguien está haciendo ruido y de pronto deja de hacerlo porque nota que te acercas. El segundo fue el olor. Una mezcla de perfume e incienso que parecía querer esconder el hedor dulzón de la descomposición. Y el tercero, lo despoblado que se veía todo. A esa hora las calles debían bullir de actividad. Es cierto que desde hace algunos meses las calles están cada vez más vacías, sobre todo por las noches: la gente se encierra en sus casas lo antes posible. Pero aquí era incluso más acusado. Las casas a mi alrededor ni tan solo se sentían como lugares donde la gente se encierra para mantenerse a salvo de la calle. Tenía la impresión de que estaban vacías, todas o casi todas.

Yo las iba observando, buscando similitudes con aquello que había visto en el sueño, tratando de determinar exactamente cuál era la casa en cuyo lugar se alzaba la torre infinita. Me asomé a la ventana de una cuya puerta estaba entreabierta y, de hecho, colgaba medio suelta de los goznes.

Investigación a 12+. Primer intento: Lupa (doble), 4, 2, 2. Segundo intento (repitiendo ambos 2) Lupa (doble), 4, 4, 3. Tercer intento (repitiendo el 3) Lupa (doble), 6, 4, 4. Obtenemos Investigación 14 y acumulamos el primer punto de locura del mes.

Allí estaban. Una docena de cultistas, quizá más. Todos con túnicas negras, todos arrodillados en círculo, moviendo los labios como si cantaran. Balanceándose ligeramente adelante y atrás, como siguiendo el ritmo de una música que yo no podía escuchar. Uno de ellos sostenía un libro de aspecto antiguo. Uno de esos libros que ya he aprendido a temer.

Me quedé observando un rato más, pero no me acerqué. No soy tan valiente ni tan estúpido. Pero sí rodeé el edificio fijándome en detalles como ventanas bajas, escaleras de incendios, bocas de alcantarilla, puertas traseras, movimiento detrás de las ventanas de los pisos más altos. Nada sugería que allí estuviese pasando algo extraño más allá de lo que había visto a través de la ventana.

No sé si el Sacerdote Mayor está aquí en persona o si solo ha dado instrucciones a esta panda de degenerados y se ha marchado a otro lugar, pero este es sin duda el lugar que buscaba. Ahora lo que queda es preparar, junto con O’Maley, una redada lo suficientemente bien planeada y ejecutada como para que ninguno de estos sujetos escape.


Domingo, 12 de abril de 1926  

Hoy me he reunido con Inhidra, pero no en el Mundo Onírico. Solo ella y yo, en el mundo real, en un banco del parque donde los árboles todavía parecen árboles y no criaturas esperando a despertarse.

La mamáloi estaba envuelta en un chal oscuro, con ese aire de mujer que sabe demasiado y que carga con ello sin quejarse. Me saludó con un gesto leve y escuchó pacientemente lo que le conté sobre mis averiguaciones del día anterior y sobre todo lo que había ocurrido a lo largo de la semana. Pero por la cara que ponía me dio la impresión de que no le estaba contando nada que ella no supiera ya. Me sentía como aquella vez que me dijo que sus loas me iban a poner a prueba. Estaba siendo juzgado por ella en su nombre. La mamáloi estaba decidiendo cuánto más iba a implicarse en ayudarme.

Investigación a  17+. Reducida a 12+ por haber superado cinco de las pruebas anteriores esta semana, pero aumentada a 15+ por tener menos de tres puntos de locura acumulados. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Segundo intento (repitiendo el 4 y el 3) Lupa, Linterna 6, 5, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada a costa de acumular un segundo punto de locura. 

Cuando terminé me quedé en silencio un momento. El viento movió las ramas sobre nuestras cabezas.

—Inhidra… —dije—. ¿Él sabe que lo estoy buscando?

Ella no respondió de inmediato. Miró al suelo, luego ladeó la cabeza. Parecía estar buscando respuestas en la propia naturaleza a su alrededor.

—No solo lo sabe —dijo al fin—. Ya ha empezado a prepararse para recibirte.

Genial. Justo lo que necesitaba para dormir tranquilo. Ya contaba con esa respuesta, porque después de todo es lo mismo que me dijo Evelyn tras su trance. Y lo mismo que me dijo Madame Zan. Que la mamáloi lo repitiera no era más que una confirmación que realmente no necesitaba.

—¿Qué hago entonces? —pregunté.

—No actúes todavía. Las defensas de ese lugar son demasiado fuertes. Y no me refiero a la oposición que puedan presentar ese puñado de idiotas con capuchas que viste allí. Dame unos días para preparar algo que nos proteja cuando entremos.

—¿Nos?

Se levantó y se marchó sin despedirse. La vi alejarse entre los árboles, como si el parque la tragara.


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