MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

jueves, 5 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 19 al 25 de enero de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Lea de primera mano como el malvado murciélago gigante muerde el polvo! 

Aquí tenemos la siguiente entrega del diario de Miller, correspondiente a la semana del lunes 19 al domingo 25 de enero. Mañana publicaremos las notas que estuvimos tomando y las tiradas que hicimos en lo que respecta a la semana del 26 de enero al 1 de febrero, y con esto habremos completado todo lo que teníamos atrasado. El próximo domingo, día 8, recuperaremos por tanto el ritmo normal de publicación, haciendo una nueva entrada cada domingo, con lo que corresponda concretamente a lo de esa semana.


Lunes, 19 de enero de 1926

Me desperté de madrugada empapado, jadeando como si hubiera estado corriendo en sueños. El sudor me pegaba la camisa al cuerpo, y la mordedura del murciélago latía bajo la piel como si tuviera su propio pulso. La habitación estaba a oscuras. Entonces oí que algo me llamaba. No una voz, sino una especie de vibración. No sé explicarlo de otro modo.

Me levanté sin pensarlo. No encendí la luz ni busqué el abrigo. Solo caminé, febril, guiado por aquella llamada que tiraba de mí hacia arriba, hacia el tejado del edificio. Cuando salí al pasillo agradecí no cruzarme con nadie. Apestaba a sudor, a fiebre, a alcantarilla y a alcohol. Llevaba solo unos pantalones y la camisa manchada de sangre seca y un suero amarillento, pues la mordedura seguía supurando. De haberme encontrado en ese momento con la anciana señora Norris, la del séptimo, la habría matado del susto, puesto que debía tener el aspecto de un cadáver que se hubiera levantado de la mesa de autopsias antes de que el forense terminara su trabajo.

Subí las escaleras hasta la azotea. Cada peldaño suponía un esfuerzo enorme. La puerta metálica se abrió con un gemido oxidado y el aire helado de la madrugada me cortó la cara. Sabía exactamente por qué estaba allí. El murciélago descendió desde la oscuridad como si hubiera estado esperándome. Sus alas enormes batían el aire con ese sonido húmedo que ya reconocía demasiado bien. Esta vez no era un ataque: era un duelo pendiente. Una continuación de algo que quedó a medias.

Me di cuenta en ese momento de que tenía el revólver en la mano. No recordaba haberlo cogido. Quizá nunca lo había soltado desde que llegué a casa. La criatura dio un par de vueltas en círculo sobre mí, como si quisiera darme tiempo a prepararme, o como si quisiera encerrarme simbólicamente dentro de una espiral. Cuando inició su picado, alcé el revólver y disparé. Estaba tan débil que cada detonación del arma amenazaba con arrancármela de la mano.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 5, 3. Con esto tenemos Combate 14 y pasamos la prueba. Acumulamos un nuevo punto de locura (el cuarto del mes), pero aún tenemos otros cuatro de margen y no quise arriesgarme a repetir el 6 esta vez.

El murciélago se retorció en el aire, alcanzado por las balas, y cayó sobre las baldosas de la terraza. Su cuerpo vibró, se contrajo y empezó a deshacerse. La masa oscura se extendió como tinta derramada, buscando las grietas del suelo, huyendo hacia abajo en un lento fluir que no parecía tener nada que ver con la gravedad. Bajé las escaleras tambaleándome. Me dejé caer en la cama sin quitarme la ropa, sintiendo que había no solo actuado, sino sobrevivido, por pura inercia.

Horas después, al despertar, no estaba seguro de nada. No sabía si lo ocurrido había sido real o una alucinación. Pero hubo dos detalles que me sacaron de dudas. Por una parte, la fiebre comenzó a mitigarse, como si la infección de la herida hubiese muerto junto con la criatura que la produjo. La mordedura dejó de arder y supurar. Seguía abierta, pero de algún modo supe que a partir de ese momento empezaría a cicatrizar con normalidad. Y por otra, al comprobar el tambor de mi revólver, vi que todas las balas habían sido disparadas.


Martes, 20 de enero de 1926

A la mañana siguiente me encontraba mucho mejor. Me di una ducha (que buena falta me hacía), quemé en la terraza las ropas que había llevado puestas el día anterior y, más arreglado que de costumbre, fui hasta la comisaría. Los chicos de azul me debían un par de favores y obtuve de ellos lo que quería: información confidencial sobre esas sectas que están dándoles tanto trabajo últimamente. Me costó un poco, porque el nuevo comisario al mando es un irlandés cascarrabias al que, por alguna razón, no le caigo bien desde aquel día en que invité a tomar unas copas a su hermana, la pelirroja. Pero el caso es que conseguí algunas direcciones.

Acudí a una de ellas esperando encontrarme un local precintado y vacío tras la última redada, porque a los polizontes suele escapárseles algo. Lo que encontré es que el local volvía a estar ocupado. Otros miembros de la secta estaban continuando con sus rituales como si la detención del primer grupo no les hubiera afectado en nada. Me acerqué todo lo que pude al grupo, que salmodiaba en el centro de una sala ruinosa, formando un círculo en el que, afortunadamente, estaban mirando hacia dentro. No era el momento de intervenir, sino de observar y aprender.

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y el 2): Lupa, Revólver (de nuevo), 4, 4, 3. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos): Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Con esto tenemos Búsqueda 11 y superamos la prueba.

Durante un buen rato escuché sus desvaríos y cánticos en los que mencionaban al “Dios del Pliegue” y “sus servidores alados y reptantes”. ¿Murciélagos y serpientes? Después, cada uno de ellos lanzó algo a un agujero en el suelo que había en el centro del círculo y empezaron a romper la formación y despojarse de las túnicas. La reunión había terminado. Busqué un buen lugar en el que ocultarme y esperé a que se fueran. Quería ver qué era lo que habían arrojado al agujero, porque me había parecido distinguir que se trataba de corazones humanos, como si estuvieran alimentando a alguna clase de mascota monstruosa.

Una vez me quedé solo, me acerqué al agujero. No era muy profundo, quizá de un metro, excavado aparentemente a pico y sin ninguna clase de trabajo de refinamiento posterior. No había nada. Y me refiero exactamente a eso: nada. No solo no estaban los corazones, sino que tampoco había en el fondo ningún tipo de criatura que pudiera haberlos devorado.


Miércoles, 21 de enero de 1926

Siguiendo otra de las direcciones que me dieron en comisaría, acabé en un edificio en ruinas del Barrio Viejo. En este no parecía haber habido actividad desde que fue desalojado por la policía. El aire olía a humedad y a carbón mojado. No esperaba encontrar nada, pero últimamente lo que no espero es lo que más insiste en cruzarse conmigo.

Fue volviendo de ese lugar cuando me topé con ella. Una mujer vagabunda, anciana, decrépita, con una piel que parecía papel arrugado y vuelto a estirar una y otra vez. Llevaba varias capas de ropa sucia y probablemente ella misma no había visto el jabón desde hacía meses. Caminaba encorvada, arrastrando los pies, pero cuando me vio se echó a reír.

—¿Tú? —dijo, señalándome con un dedo huesudo—. ¡Tú eres al que buscan!

Me quedé quieto. No llevaba ni cinco segundos mirándome y ya hablaba como si supiera más de mí que yo mismo.

—Pero no te buscan por lo que has visto… —continuó—. ¡Te buscan por lo que vas a ver!

Se echó a reír de nuevo. Intenté preguntarle qué demonios quería decir, pero ella siguió riéndose, como si mis palabras fueran irrelevantes. Se dio la vuelta y empezó a alejarse, tambaleándose calle abajo.

Fue entonces cuando me fijé en lo que la acompañaba. Un sapo enorme, de piel brillante y ojos amarillos, avanzaba dando pequeños botes detrás de ella, como un perro fiel. Y entre sus pies, casi rozando los harapos que llevaba por falda, se deslizaba una serpiente fina, amarilla, que parecía mantener su paso ondulándose con la precisión de un metrónomo. La seguí. No podía evitarlo. Algo en su voz, en su risa, en la forma en que los animales la escoltaban, me decía que esa mujer sabía demasiado.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de números): Linterna, Revólver, 6, 3, 1. Tercer intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Revólver, 3, 3, 1. Con esto tenemos Búsqueda 7 y no superamos la prueba.

Pero las callejuelas del Barrio Viejo son un laberinto, y ella parecía conocerlo mejor que yo. Giró una esquina, luego otra, y cuando doblé la tercera ya no estaba. Ni ella, ni el sapo, ni la serpiente. Solo quedaba el eco de su risa, rebotando entre las paredes húmedas. No averigüé nada. Y lo peor es que tengo la sensación de que ella sí averiguó algo sobre mí.


Jueves, 22 de enero de 1926

Hoy fui a visitar al padre Arden. Si hay alguien en esta ciudad que lleve más tiempo que yo metiendo las narices donde no debería, es él. No es el típico cura de parroquia que se limita a dar misa y confesar beatas. Arden ha visto cosas. Cosas que no se cuentan en los sermones. Cosas que no aparecen en los libros de teología. Me recibió en su despacho, una habitación pequeña y abarrotada de libros viejos, crucifijos, velas consumidas y un par de objetos que no habría sabido clasificar ni aunque me fuera la vida en ello.

—Has estado ocupado… —dijo, como si pudiera leerme la semana en la cara.

Le conté lo que había visto, más como si estuviera en un confesionario que comparando información en busca de nuevas pistas. Le hablé de las sectas, los símbolos, los animales deformes, los murciélagos gigantes, las serpientes bicéfalas, los sectarios que repetían letanías como si fueran antenas humanas, todos recibiendo y replicando una misma señal transmitida desde quién sabe dónde. Y, por supuesto, le hablé del cura del brazo deforme. De cómo lo seguí. De cómo lo perdí. Y de cómo, justo una semana después, me enfrenté a una criatura en las alcantarillas que no tenía nada de humano. Arden escuchó en silencio, sin interrumpirme ni una sola vez. Su rostro de piedra era inexcrutable. Nada en él me indicaba si me estaba tomando en serio o por un pobre loco al que, por su propio bien, convendría denunciar al manicomio.

Investigación a 10+. Primer intento: Lupa (doble) 4, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Lupa (doble) 4, 4, 4. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

Cuando terminé, asintió despacio, como si acabara de confirmar una sospecha que llevaba tiempo rumiando.

—Son el mismo —dijo al fin—. El sacerdote y la criatura de las alcantarillas… No son dos casos distintos. Son uno solo.

No me sorprendió tanto como debería. Quizá porque ya lo intuía. Quizá porque, después de todo lo que he visto este mes, la línea entre lo humano y lo monstruoso se ha vuelto demasiado fina.

—Su estado —continuó Arden— se debe a algo que leyó. Un libro. No sé cómo llegó a sus manos, pero puedo decirte que sus intenciones no eran malas. Para combatir al mal, hay que aprender sobre el mal. Aparentemente, él aprendió demasiado. Tanto que perdió su mente primero, y luego su forma.

Le pregunté si creía que todo esto tenía relación con los demonios de la Biblia. Arden negó con la cabeza.

—No lo sé —respondió—. No parecen los mismos. No actúan como ellos. No encajan en la demonología clásica. Pero eso no significa que no sean malignos. Hay cosas antiguas, Miller. Cosas que existían antes de que escribiéramos por primera vez la palabra “demonio”, y que podrían ser incluso la inspiración de estos. La forma en que nuestros antepasados los interpretaron, quizá erróneamente, porque una explicación literal de lo que eran resultaba demasiado extraña para ser comprendida y asimilada por la mayor parte de la gente.

Continuamos intercambiando notas y datos un rato más. Antes de despedirme, Arden me pidió que me pusiera de pie. Tomó un pequeño frasco de agua bendita, murmuró una oración en voz baja y me trazó una cruz en la frente con el pulgar.

—No sé si servirá de algo —admitió—. Pero no te hará daño. Y algo me dice que vas a necesitar toda la protección que puedas conseguir.

Salí de la iglesia con la sensación de que el aire pesaba un poco más que antes. Como si una espiral invisible estuviera descendiendo sobre la ciudad, centímetro a centímetro, día a día. Y yo, por desgracia, estoy justo en el centro.


Viernes, 23 de enero de 1926

Caminaba por la Avenida del Carbón, completamente solo, repasando mentalmente lo que el padre Arden me había contado. No sé si era la hora, el cansancio o la bendición que me había dado, pero por un momento sentí que podía respirar con algo más de calma. Ese momento duró exactamente tres pasos. Escuché un sonido húmedo, viscoso, como carne arrastrándose contra piedra. Lo reconocí al instante. Ya había oído ese sonido antes. Y en aquella ocasión había terminado disparando hasta vaciar el tambor.

Me giré justo a tiempo para verla salir de una boca de alcantarilla. Otra serpiente bicéfala, gruesa como mi antebrazo y más larga que un fin de semana sin dinero. Se deslizó hacia mí con rapidez. Las dos bocas se abrieron al unísono. Una siseó. La otra pronunció mi nombre. Supongo que debería preocuparme que estas cosas ya no me sorprendan. Saqué el revólver y disparé. Creo que en lo que llevaba de mes había gastado más balas que en todos mis anteriores años de profesión. A este paso, terminaría por abandonar el caso por falta de presupuesto para munición.

Combate a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 3, 2, 2. Segundo intento (repitiendo los doses): Revólver, Linterna, 3, 3, 2. Tercer intento (repitiendo todos los números): 4, 2, 1. Con esto tenemos Combate 7 y no vencemos a la serpiente.

Esta vez no cometí el error de disparar a lo loco. Fui contando las veces que apreté el gatillo, y tan pronto como lo hice por sexta vez, con la serpiente avanzando aún resueltamente hacia mí pese a llevar varias balas en el cuerpo, me di la vuelta y eché a correr. ¡Al menos, las serpientes son más lentas que los murciélagos!

Me detuve junto a unos contenedores de basura y recargué a toda prisa, pero cuando me volví buscando con la mirada a mi adversario, solo alcancé a ver su cola desapareciendo por otra boca de alcantarilla.


Sábado, 24 de enero de 1926

Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. El gato surgió de entre dos cubos de basura en la Calle del Horno, con ese andar silencioso que tienen los felinos. Me miró, maulló una sola vez —un sonido breve, impaciente— y echó a andar. Y yo, como un idiota o como un hombre que ya ha aceptado que los animales saben más que yo de este asunto, lo seguí. Me condujo por un laberinto de callejones que no recordaba haber visto nunca, aunque debo haber pasado por esa zona cientos de veces. El Barrio Viejo tiene esa cualidad: cambia cuando no miras. O quizá soy yo el que está cambiando.

El gato avanzó sin dudar, girando a la izquierda, luego a la derecha, luego otra vez a la izquierda, como si estuviera trazando una figura invisible en el aire. Estuve a punto de perderlo de vista varias veces. También he de decir que este no parecía tan paciente como el anterior, que cada dos por tres se giraba a ver si lo seguía. Este me daba la oportunidad de seguirlo, pero aprovecharla o no era cosa mía.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 2, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos y los números 1 y 2): Linterna, Lupa, 6, 4, 2. Con esto tenemos Búsqueda 12 y superamos la prueba a costa de acumular un quinto punto de locura.

Finalmente llegó a una pequeña replaceta escondida detrás de un callejón abandonado. Un lugar tan estrecho y silencioso que parecía existir ajeno al resto de Arkham. Y allí se sentó. En el centro exacto de la replaceta. Como si estuviera esperando a alguien. Me quedé quieto, observándolo. El gato no me miraba a mí. Miraba hacia la entrada del callejón, como si aguardara la llegada de otra persona. No me había guiado a una pista, sino a un encuentro. Las campanas de la iglesia tocaron la medianoche. La hora de los fantasmas, que en ese momento me parecieron lo más inofensivo que se podría haber presentado.


Domingo, 25 de enero de 1926

Durante más de hora y media el gato permaneció sentado, inmóvil, como un chambelán esperando a su señor para anunciarlo. Ya estaba cansado de pasar frío y me disponía a marcharme cuando apareció la persona que faltaba. El encuentro al que me había guiado el gato. Una mujer. Una figura imposible de ignorar. Vestía capas de telas adornadas con plumas, huesos, cuentas de colores y amuletos que tintineaban con cada movimiento. Su piel era oscura. Debía ser una mulata como las que se veían habitualmente en la zona de los puertos y el barrio de los negros, pero su rostro estaba pintado de blanco, con líneas negras que marcaban la boca y los ojos, como una calavera sonriente. En una mano sostenía un pequeño muñeco vudú hecho de trapos y cuerda. Reía y lloraba al mismo tiempo.

—Tú eres Miller —dijo, sin preguntarlo, con un fuerte acento criollo—. Yo soy la mamáloi Inhidra.

Lo dijo como si fuese algún tipo de autoridad local. Quizá lo era, pero a mí el nombre no me decía nada.

—Todas las fuerzas del mundo se están moviendo —continuó—. Una tras otra. Una tras otra y de vuelta al principio. La mayoría de los hombres caminan dormidos, sin ver la guerra que se libra bajo sus pies y sobre sus cabezas. Los animales naturales ya han elegido bando. Los gatos fueron los primeros. Siempre ven lo que los hombres no quieren o no saben ver. Pero el enemigo ha corrompido otros. Murciélagos, serpientes… no solo los humanos son propensos a caer en la adoración de los dioses de fuera.

Pensé en los gatos que desde que todo esto empezó parecían observarme y guiarme. En el búho que encontré en la cueva y parecía tener algo que decir. Todos tratando de encaminarme de un modo u otro hacia algo o alguien.

—¿Por qué los gatos me ayudan? —pregunté.

Ella inclinó la cabeza, como si la pregunta fuera divertida.

—Porque tú también estás en la batalla, aunque aún no lo sepas o no lo quieras admitir. Ya has tomado partido, eres un guerrero más. Y los gatos, quizá otros animales y otras personas, te ayudarán o solicitarán tu ayuda… si eres digno.

No supe qué responder. No sabía si era digno. No sabía ni siquiera qué significaba serlo. Mi opinión sobre mí mismo nunca había sido muy buena, y últimamente estaba por los suelos. Ella pareció leer esa duda en mi cara y soltó una carcajada que se quebró en un sollozo.

—Tócalo —ordenó, extendiéndome un retorcido amuleto hecho de hueso y metal.

Lo hice. En cuanto mis dedos rozaron el amuleto, algo se abrió en mi mente. No fue una visión, ni un sueño, ni un recuerdo. Fue todo a la vez. Vi espirales girando dentro de espirales. Vi criaturas reptando entre grietas que no atravesaban muros, sino el propio aire. Vi gatos caminando sobre los tejados de la ciudad como pequeños centinelas observando y reuniendo información. Vi un mar negro que respiraba. Y, en el centro de todo, una figura que no pude distinguir, pero que me miraba como si me conociera desde antes de nacer.

Investigación a 17+. Reducida a 13+ por haber superado cuatro de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo otra vez el 2): Lupa, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la tirada.

Cuando recuperé la conciencia, la replaceta estaba vacía. Ni la mamáloi. Ni el gato. Solo yo, temblando, con la mano extendida como si aún estuviera tocando el amuleto. No sé si he demostrado ser digno. Lo único que sé es que en las últimas tres semanas he sido atacado por hombres y monstruos. He ayudado a la policía y operado al margen de la ley. He acudido a una adivina, a una curandera, me ha bendecido un cura y una bruja me ha puesto a prueba. Es como si todo el mundo esperara algo de mí, pero nadie estuviera dispuesto a explicarse claramente. Sigo sin saber qué está pasando, pero lo que sí tengo claro es que cuando te enfrentas a seres a los que las balas no matan necesitas toda la ayuda posible, ya venga esta de Dios o de un loa vudú.

Para mañana tendremos lista la transcripción de su siguiente semana y cerraremos el primer mes. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí

miércoles, 4 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 12 al 18 de enero de 1926

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Tenemos nuevas noticias sobre el extraño caso del detective Miller! 

Estos días que hemos estado sin poder emitir se nos ha ido acumulando el trabajo. Una de las cosas que tenemos pendientes son las aventuras de nuestro compañero John Miller. Pero no nos hemos olvidado de él: estuvimos haciendo las tiradas y tomando notas en una libretita, como buenos detectives, para luego poder transcribiros su historia.

Y ya que la intención era hacerlo de semana en semana, tenemos que recuperar el tiempo perdido. Hoy os transcribimos las notas de su diario desde el lunes 12 hasta el domingo 18. Mañana haremos lo mismo con los días 19 al 25. Y el domingo la semana del 26 al 1 para, a partir de ahí, seguir al ritmo normal… a no ser que algo vuelva a interrumpir nuestras transmisiones, claro.


Lunes, 12 de enero de 1926

Entre los documentos y notas que me proporcionó el estudiante había unas fotos de las ruinas arqueológicas de Old Briarhill, un lugar en las afueras de Arkham, declarado “sin interés actual” que el gobierno cedió a la universidad para prácticas de sus alumnos. Me acerqué a echar un vistazo, solo por ir tachando puntos de una lista de cabos sueltos que se estaba haciendo cada vez más larga. En ese momento había un profesor de historia dando una aburrida charla a un grupo de alumnos. Di un vistazo por los alrededores tratando de decidir si valía la pena quedarme un poco más o estaba perdiendo el tiempo.

Búsqueda a 8+. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos) Linterna, Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Con esto tenemos Búsqueda 9 y superamos la tirada.

Estaba a punto de marcharme cuando presencié algo que desafía toda explicación. Una mujer que estaba separada del grupo (la doctora Evelyn Marsh, como supe más tarde) se elevó varios centímetros del suelo, como si una fuerza invisible la hubiera tomado por la cintura. Sus ojos estaban en blanco, su cuerpo rígido. Duró apenas unos segundos, pero lo vi con absoluta claridad. Cuando la fuerza que actuaba sobre ella cesó, cayó a plomo y a duras penas pude sostenerla para que no cayera al suelo. Estaba confusa y no parecía recordar lo ocurrido. Dijo que solo había tropezado. Pero el polvo bajo sus pies formaba una espiral perfecta, como si hubiese flotado en el centro de un remolino.


Martes, 13 de enero de 1926

Hoy me siguió un gato negro. No uno cualquiera: era estilizado, casi esquelético, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la luz. Me puse en guardia, porque últimamente mis encuentros con animales terminan a tiros. Pero tras seguirme unos minutos, el gato me adelantó y empezó a caminar unos pasos por delante de mí, deteniéndose cada pocos metros para asegurarse de que lo seguía. No sabía si debía hacerlo. Estaba claro que intentaba guiarme a algún lugar, pero ¿sería a una pista o a una trampa?

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Con esto tenemos Búsqueda 12 y superamos la prueba al primer intento.

Al final lo seguí. Me condujo hasta un callejón detrás de la biblioteca municipal. Allí, sobre la pared, encontré un símbolo grabado: otra de esas dichosas espirales. Igual a la que apareció trazada en el polvo de las ruinas, en el lugar donde Evelyn levitó. Cuando me giré para buscar al gato, ya no estaba. Aún no sé qué está pasando, pero desde luego es algo gordo. Lo bastante como para que hasta los animales comunes estén tomando parte en ello.


Miércoles, 14 de enero de 1926

Un amigo de la policía me pidió ayuda con un caso aparentemente rutinario: un cadáver hallado en un almacén abandonado. Parece que están saturados de trabajo por la aparición repentina de varias sectas satánicas y no dan a basto, con todos los agentes corriendo de un lado a otro deteniendo manifestantes y alborotadores. Acepté por cortesía, convencido de que no tenía relación con mi investigación. Me equivoqué. Todo parece tener relación con este asunto ahora.

El cuerpo, a todas luces un indigente, presentaba heridas circulares en la piel, como las marcas de succión que dejarían las ventosas de un pulpo. ¿Pero qué haría un pulpo en el barrio de la Vieja Fundición?

Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 5, 3, 3. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos) Revólver, Linterna (otra vez), 5, 3, 3. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos) Lupa (doble), 5, 3, 3. Obtenemos Investigación 11 y pasamos la tirada.

En el bolsillo del fallecido había un trozo de papel arrugado con un dibujo infantil: un gato negro, de ojos enormes, señalando con la punta de la cola a una boca de alcantarilla. Un gato muy parecido al que me guio ayer. Saber que no soy el único que está notando estas cosas me tranquiliza, pero también hace que me pregunte quién o qué se está dedicando a eliminar a los que lo notamos.


Jueves, 15 de enero de 1926

Hoy fui atacado por una rata del tamaño de un perro pequeño. Surgió de una boca de alcantarilla, con un chillido que parecía más humano que animal. Su piel estaba desgarrada, cubierta de bultos palpitantes, y sus ojos brillaban con una inteligencia malsana. Otra alimaña más que se suma a las que han estado acechándome durante las dos últimas semanas: murciélagos enormes, serpientes bicéfalas, perros muertos… y ahora una rata que parecía estar pudriéndose, como un cadáver ambulante.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo los dos 6) Revólver, Linterna, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Revólver, Linterna, 5, 5, 4. Con esto tenemos Combate 14 y pasamos la prueba.

Le acerté al escurridizo animal cuando ya casi lo tenía encima. Tras fallar dos disparos, el tercero le dio de lleno y lo partió en dos. Eso lo inmovilizó, pero no lo mató. Ambos trozos siguieron agitándose un buen rato. Saqué mi petaca de whisky del abrigo a ver si me calmaba, pero entonces decidí darle un mejor uso. Vertí el líquido sobre las dos mitades de la rata que se negaba a morir y les prendí fuego con una cerilla. Ver a aquella cosa arder me tranquilizó más que echar un par de tragos.


Viernes, 16 de enero de 1926

Otro murciélago gigantesco me atacó esta noche. Cayó desde lo alto de un edificio, igual que el anterior, como si hubiese sido arrojado desde un punto invisible del cielo. Descendió sobre mí con un aleteo brusco, tan rápido que apenas tuve tiempo de apartar la cabeza. Sus garras rozaron el ala de mi sombrero y se elevó en el cielo nocturno para dar la vuelta y hacer otra pasada.

Combate a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 3. Segundo intento (repitiendo todos los dados) Revólver, Linterna, 5, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2) Revólver, Linterna, 5, 2, 1. Con esto tenemos Combate 8 y fallamos la prueba.

Disparé una vez, luego otra, pero la maldita criatura se movía de lado, como si fuera una cometa empujada por rachas de viento cruzadas, en un zigzagueo antinatural que hacía imposible acertarle. Sentí un golpe seco en el hombro y, de inmediato, un dolor punzante que me arrancó un gruñido: sus colmillos habían atravesado el abrigo y la piel como si fueran agujas al rojo vivo. Noté la sangre caliente resbalándome por el brazo. En ese instante supe que no tenía ninguna posibilidad de abatirlo allí, a cielo abierto, con espacio suficiente para que siguiera esquivando mis disparos.

Así que corrí. Me lancé hacia un callejón lateral tan estrecho que tuve que girar el cuerpo para avanzar. Los muros me raspaban el pecho y la espalda, pero seguí adelante, respirando entre dientes. Detrás de mí escuché el batir frenético de las alas. El murciélago chilló furioso y se elevó, desapareciendo de mi vista. La envergadura de sus alas extendidas le impedía seguirme por un paso tan estrecho.

Escribo esto ya en mi oficina. La herida arde como si algo se moviera bajo la piel. No sé qué demonios me ha inoculado aquella criatura. Necesito un médico, pero estoy demasiado débil para salir de nuevo. Si sobrevivo a esto, si mañana despierto y soy capaz de ponerme en pie, buscaré uno.


Sábado, 17 de enero de 1926

No recuerdo bien a qué hora desperté hoy, ni cómo llegué hasta la consulta del doctor Hensley. Caminé tambaleándome por media ciudad, con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y la sangre, y una fiebre que me hacía ver doble cada farola. Cuando por fin crucé su puerta, apenas pude articular palabra. Él me sentó en una camilla y abrió el abrigo con un gesto rápido.

—Dios santo… —murmuró al ver la herida.

Intentó limpiarla, aplicó paños fríos, alcohol, un ungüento que olía a alcanfor. Nada funcionó. La sangre seguía brotando, lenta pero constante. Intentó coser la herida, pero los bordes de la mordedura se deshacían cuando el hilo tiraba de ellos, ampliándola en lugar de cerrarla. La fiebre subió aún más.

—No puedo hacer nada —admitió Hensley, secándose la frente—. Esto no es… normal. Busca ayuda… en otro sitio.

No me gustó el tono con el que dijo “otro sitio”, porque sabía a qué se refería. A esas mujeres que viven en los márgenes del río, que dicen curar con plantas y hablar con los espíritus. Nunca he creído en esas cosas, pero hasta hace poco tampoco creía en monstruos, y algo que solo puede calificarse como un monstruo me había mordido, así que fui.

Investigación a 11+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 1, 1. Segundo intento (repitiendo ambos 1) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Tercer intento (repitiendo el 6) Lupa, Linterna, 5, 5, 2. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

Encontré una casucha con las ventanas cubiertas con telas de colores. El aire alrededor de la chabola olía a humo dulce. Cuando llamé, una voz ronca me dijo que pasara. La mujer era morena y ya entrada en años. Le enseñé la herida, y ella inclinó la cabeza para olfatearla. No hizo preguntas. Solo asintió, como si no fuera la primera vez que veía algo así. Preparó una cataplasma de hierbas machacadas, de un verde intenso y un olor terroso que me revolvió el estómago. La aplicó sobre el mordisco. La fiebre seguía ahí, pero la hemorragia empezó a disminuir. Madrivana Quelp (así dijo llamarse) me miró fijamente a los ojos y me dijo que estos ataques continuarían hasta acabar conmigo, o hasta que yo acabara con aquello que dirigía a las bestias.

Descansé el resto del día, acumulando fuerzas para lo que vendría a continuación.


Domingo, 18 de enero de 1926

Hoy estuve uniendo puntos. Tenía varios indicios que parecían indicar que había algo en las alcantarillas. Elegí la más cercana al edificio al que acudió el sacerdote del brazo hinchado que estuve siguiendo el domingo anterior. El aire era nauseabundo, pero mi propia herida, que había mejorado pero seguía supurando, olía aún peor. Esta vez llevaba ya el revólver en la mano. No sabía qué encontraría allí. La serpiente bicéfala había salido de las alcantarillas. La rata deforme también. Esperaba algún tipo de horror similar, pero no una aberración como la que encontré en la cámara de drenaje: una criatura amorfa, una masa rosada que palpitaba como un órgano expuesto. Tenía ojos dispersos por toda su superficie y tentáculos que se movían con una coordinación inquietante. Los tentáculos me hicieron acordarme del mendigo muerto que parecía haber sido atacado por un pulpo.

Combate a 18+. Reducido a 13+ por superar cinco de las seis tiradas de los días anteriores. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos, el 3 y el 2) Linterna (doble), 4, 4, 2. Tercer intento (repitiendo todos los dados) Revólver, Lupa, 6, 5, 1. Con esto tenemos Combate 12, fallamos la prueba y además acumulamos un nuevo punto de locura.

Me quedé paralizado un segundo, quizá dos. Uno de los tentáculos se alzó, tanteando el aire, como si presintiera mi posición más que verla pese a sus muchos ojos. Y entonces reaccioné alzando el revólver y disparando. Los fogonazos iluminaron la húmeda cámara, pero la criatura apenas se estremeció. Siguió avanzando, arrastrándose hacia mí. Era imposible fallar contra algo tan grande, pero tan pronto como un impacto abría su carne esta se cerraba sobre sí misma como si nada hubiera ocurrido. Los tentáculos seguían acercándose. Uno de ellos rozó mi bota, y sentí un hormigueo que subió por la pierna como si hubiera tocado con el pie descalzo un cable pelado. El revólver temblaba en mi mano. Disparé ya a quemarropa, directo al centro palpitante de la criatura. El proyectil se hundió en su carne y desapareció, absorbido como si hubiera caído en un charco profundo.

Entonces el revólver chasqueó, con el tambor agotado. Había cometido el error fatal de no ir contando los disparos a medida que los efectuaba. Un error de novato que ahora me pasaba factura haciendo mi reacción más lenta. La criatura estaba demasiado cerca ya como para recargar el arma, así que corrí. Me lancé por el túnel más estrecho, chapoteando en el agua negra, resbalando, golpeándome contra las paredes de ladrillo húmedo. Detrás de mí escuchaba el arrastre viscoso de la masa, chapoteando, comprimiéndose contra los muros. No sé si es que lo dejé atrás o él mismo se retiró, pero el sonido se fue apagando poco a poco.

Me quedé allí, apoyado contra la fétida pared. El revólver descargado seguía en mi mano, inútil, pesado. La herida del hombro latía más fuerte que mi propio corazón. No sé cuánto tiempo pasé en ese túnel estrecho, recuperando el aliento, esperando a que mis piernas dejaran de temblar. Cuando por fin salí a la superficie, era de noche. Recargué el revólver, contando con encontrarme otro monstruo de camino a la oficina. Afortunadamente no fue así. Quizá ya había tenido mi ración de monstruos por esa noche.

Al llegar a la oficina, abrí una botella de whisky. La mitad la derramé sobre la mordedura del murciélago. La otra mitad fue garganta abajo. Ninguna de las dos me hizo sentir mejor, sino más miserable.

Bueno, parece que las cosas se complican para el bueno de Miller, pero nadie dijo que enfrentarse al horror cósmico fuera algo fácil. Averigua como le sigue tratando la vida pulsando aquí

martes, 3 de febrero de 2026

POPEYE (nº 14) Popeye recluta

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, comedores de espinacas.

Retomamos al fin las emisiones de informes para todo el universo, planeta Tierra incluido. Como llevamos algún tiempo sin publicar nada, queríamos empezar con algo que tuviera mucha fuerza y gancho, y no se me ocurre ahora mismo nada con más fuerza que Popeye. Tampoco con más gancho. De derecha en su caso, y generalmente al mentón.

Al final del número anterior, Popeye se inscribió en la Marina con mucha ilusión y deseo de servir a la patria, pero lo que encuentra allí le supone un mal trago tras otro. No le gusta la idea de que permitan ingresar a mujeres, aunque estas no llegan a embarcar, limitándose solo a trabajos de oficina y propaganda. Y los hombres que se alistan le parecen muy débiles y desmotivados. Además, él creía que ingresar en la Armada sería solo un trámite, algo de papeleo y poco más, pero se ve atrapado en una serie interminable de exámenes y test, cuando él esperaba que lo embarcaran en un buque de guerra de inmediato. Con las pruebas físicas no tiene problemas, pero los exámenes escritos le suponen una tortura.

Puesto que ya tiene experiencia previa y mucho carácter, ponen a Popeye al mando de un pelotón de cuatro hombres, contándole a él. Los otros tres reclutas serán Pilón, Óscar y Milton. Este último es un personaje poco conocido del entorno de Popeye, que destaca entre el resto del elenco precisamente por parecer demasiado normal. Milton vendría a ser el equivalente en Popeye a Zeppo, el hermano serio y guapo de los Hermanos Max que servía de contrapunto a los otros tres, de aspecto raro y comportamiento delirante.

Popeye se toma esta tarea extra tan en serio que, en lugar de esperar a que los reclutas de su pelotón se reúnan en el cuartel, va él mismo a buscarlos a la estación de tren para acompañarlos en su viaje y asegurarse de que no tienen problemas durante el tránsito. Esto es una suerte para ellos, porque debido a un fallo de coordinación, el tren en el que viajan va a chocar de frente con otro que circula por la misma vía en sentido contrario. Popeye logra evitar el choque interponiéndose él mismo entre ambos trenes. Una vez hecho esto, insta a su pequeño pelotón a seguir el viaje a pie. Están solo a cien millas del cuartel (algo menos de 161 km), y puesto que son cuatro, según sus cuentas, eso les sale a veinticinco millas (unos 40 km) por persona. A Popeye veinticinco millas tampoco le parecen tantas. Y considera que una marcha de esa distancia les servirá de entrenamiento extra.

Sin embargo, Milton se derrumba tras la primera milla y Óscar patea sin querer un adoquín y se le hincha el dedo gordo del pie. Pilón también acaba cayendo en redondo, probablemente por falta de alimento. Al final, Popeye llega al cuartel cargando con los tres.

También Rosario, a la que en este cómic se refieren indistintamente como Rosario y como Olivia, se intenta alistar, pero la rechazan por tener los pies planos. Aun así, decide quedarse en el pueblo cercano al cuartel para estar cerca de Popeye. Al menos esa es la teoría, porque aprovechando los permisos de fin de semana de los reclutas, se dedica a bailar con todos, salvo con el propio Popeye.

Viendo a este frustrado y aburrido, sentado en un rincón del bar, Milton le presenta a Popeye a su hermana Mildred, que es una belleza. En cuanto Rosario ve a Popeye bailando con otra, se enfada y lo reclama como pareja de baile exclusiva, después de haberle ignorado toda la velada para bailar con desconocidos. Pero ya se ha hecho tarde y Popeye regresa al cuartel.

Más adelante, tanto Popeye como Rosario se enteran de que el padre de Mildred y Milton es un almirante, y Rosario se lo toma a mal. Acusa a Popeye de haber estado coqueteando con Mildred para ascender rápidamente en la Armada y ella sola monta un escandalo a base de gritos y pataleos sin darle tan solo el beneficio de la duda o la oportunidad de replicarle. El día a día en el cuartel también se le va haciendo cada vez más cuesta arriba al pobre Popeye, y empieza a ver defectos por todas partes y a quejarse de cosas a las que en otras circunstancias no les habría dado mucha importancia. 

Cada vez más decepcionado, tanto con Rosario como con la Armada, Popeye termina aceptando en nombre de todo el cuartel el desafío de Harry el Bestia. Este es un luchador que afirma estar dispuesto a pelear contra cualquier marinero de Espinacola, lo cual suena… demasiado específico para ser algo casual. Para prepararse de cara al combate, Popeye busca un sparring adecuado: Jorge Pulpo, que es literalmente un enorme pulpo. Espera que, luchando contra él y lidiando con el agarre de sus muchos tentáculos, aprenderá a zafarse de las llaves inmovilizadoras de Harry.

Y aquí termina este número que, dicho sea de paso, no es de los mejores. Las situaciones a las que suelen enfrentarse Popeye y sus amigos son, por lo general, una colección de disparates y sinsentidos que en este número se dan en mucha menor medida. Quizá porque el escenario y el ambiente se limitan al cuartel y sus inmediaciones. O porque los gags son más repetitivos y parece que la historia no avance. El cómic termina precisamente cuando vuelve a su dinámica habitual de Popeye pegándose contra tipos duros y haciendo cosas absurdas, como lo de entrenar con un pulpo.

Por desgracia, no tenemos el siguiente comic, donde concluye esta historia, pero aún nos quedan unos cuantos números más que comentar. Hasta que lo hagamos, podéis repasar todo lo que ya publicamos sobre este personaje pulsando aquí.

No se indica el título original. 1971. Tom Sims & Zaboly (texto y dibujos). King Features Syndicate. Publicado en 1971 por Buru Lan S.A.

martes, 20 de enero de 2026

OUCH!

 Hola. Escribo esto desde el móvil porque, justo cuando estabamos saliendo de una gripe 🤧que nos ha dejado unos cuantos días offline, el ordenador ha colapsado. Ya le tocaba, al pobre.

 🫤🔧En cuanto lo reparemos o (más probable) adquiramos otro, continuaremos con el blog por donde lo dejamos. 

¡Spa fon!

jueves, 15 de enero de 2026

EL GUERRERO DEL ANTIFAZ (nº 46 a 47) Nómadas y piratas

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, nobles caballeros y damas.

Siempre di por supuesto que las fiestas de Moros y Cristianos eran algo que solo se celebraba en España, pero hace poco me enteré de que se celebran también en otros países de habla hispana o en los que España dejó parte de su cultura y tradiciones. 

En Portugal, Francia e Italia existen variantes históricas vinculadas a recreaciones de batallas o celebraciones religiosas. En la época en la que España tuvo provincias (que no colonias) en América, estas festividades llegaron hasta México, Guatemala, Honduras, Nicaragua, El Salvador, Colombia, Venezuela, Perú, Bolivia, Ecuador, Chile y Argentina, cada una con adaptaciones locales muy marcadas. También se conservan versiones en Filipinas, en regiones de la India como Goa y en São Tomé y Príncipe. 

No están tan extensamente documentadas como las fiestas españolas, pero en la mayoría de los casos he encontrado al menos el mes en el que se llevan a cabo, así que vamos a incorporarlas a nuestro calendario de reseñas de El Guerrero del Antifaz. Empezaremos hoy con la fiesta de Los Historiantes, que es el nombre que reciben los Moros y Cristianos en El Salvador.

Los Historiantes se celebran en distintas comunidades a lo largo del año. Aunque conservan la estructura del enfrentamiento simbólico entre cristianos y moros en el contexto de La Reconquista, han sido alterados por la tradición oral y la identidad local. Funcionan como un ritual comunitario que integra teatro, danza y música. Al igual que en España, participan personas de todas las edades. Se mantienen los personajes típicos como reyes, capitanes, princesas en apuros, soldados, aldeanos, santos, etc., reinterpretados según la visión de cada comunidad, y se les añaden personajes históricos o legendarios locales. La tradición española se mezcló en América con los relatos indígenas, dando lugar a una fiesta mestiza con identidad propia.

Cada municipio ha integrado a Los Historiantes a sus fiestas patronales, aunque son más frecuentes en enero, marzo y julio. Hoy, 15 de enero, Los Historiantes se celebra en las localidades de San Antonio Abad y Ciudad Delgado.

La Mujer Pirata (nº 46). El Guerrero se lanza al mar a por Fernando. Su actitud impresiona a la Mujer Pirata, que lo ve hundirse sin dudar en las aguas infestadas de tiburones. Mientras el Guerrero y Fernando pelean con los escualos, los piratas toman finalmente la nao Esmeralda. Cuando ambos son izados a bordo, se encuentran con que el barco pertenece ya a sus enemigos. La Mujer Pirata ordena a dos de sus hombres más fuertes desarmar y maniatar al Guerrero. Pronto queda claro que esto no va a ser tan sencillo como pensaban, toda la tripulación termina lanzándose contra él.

El Guerrero y Fernando saltan de nuevo al mar, tratando de ganar la costa a nado. Al peligro de los tiburones se añade ahora el de las flechas con las que los piratas tratan de alcanzarlos y el mismo agotamiento que empieza a hacer mella en ellos. Las naves de Yeir Kan se aproximan entonces a las de la Mujer Pirata y le reclaman que les devuelva la Esmeralda y su contenido. Al negarse a hacerlo, considerando que la nave es botín de guerra, ambas flotas se enzarzan en un nuevo combate.


A todo esto, el Guerrero y Fernando logran a duras penas llegar a la costa. Descansan brevemente mientras observan el desarrollo del combate naval. Este termina con los barcos de Yeir Kan retirándose. Tres botes de remos son echados al agua y enviados a la costa para buscarlos. El Guerrero y Fernando se ponen en marcha, corriendo a ocultarse tierra adentro a través de un terreno yermo y pedregoso. Entonces caen en una emboscada de un grupo de tunecinos.

Su líder observa el combate desde un montículo. Es un hombre corpulento, de mirada feroz y actitud serena. Tras ver cómo el Guerrero se deshace de sus mejores hombres sin llegar a desenvainar sus armas, da por terminado el combate y se aproxima a hablar con los extranjeros.

El ataque de la pirata (nº 47). El líder de los tunecinos se presenta como Zeyad. Es el jefe de una tribu nómada que actualmente tiene su campamento de tiendas cerca de allí, y es enemigo tanto de Yeir Kan como de la Mujer Pirata. Cuando comprende que el Guerrero también lo es, le ofrece alojamiento.

La Mujer Pirata no ha renunciado a ellos y ataca  a la tribu nómada de Zeyad a la cabeza de medio centenar de sus hombres. El Guerrero y Fernando se unen a sus anfitriones en la defensa del puñado de tiendas que componen el campamento. Durante el combate, el Guerrero se abre paso hasta la propia Mujer Pirata y la captura. Sus hombres son derrotados y solo uno de ellos logra regresar a la costa.

Zeyad, de talante práctico, le ofrece a la Mujer Pirata la posibilidad de devolverla a los suyos a cambio de un sustancioso rescate en oro. A esto se añade la Esmeralda y los cristianos prisioneros, que serán devueltos al Guerrero. Envía un par de emisarios a la costa con la propuesta de rescate. Lo que se encuentran estos es con cientos de hombres (la mitad de la tripulación de cada nave de la pirata), listos para marchar sobre los nómadas.

Los piratas capturan a los emisarios, matando a uno y obligando al otro a guiarles hasta el campamento. Llegan allí al caer la noche; los manda Al Bassí, el segundo a bordo de la flota pirata. Esta vez los atacantes son demasiados para contenerlos. Los piratas rescatan a su capitana y tratan de llevarse también a Zaya, la joven hija de Zeyad. Con el campamento totalmente invadido, con hombres luchando por todas partes, Zeyad oye gritar a su hija pero no puede llegar hasta ella. 

El Guerrero y Fernando sí lo hacen; acaban con los piratas que ya se la llevaban y la ponen a salvo. Fernando se queda guardándola mientras el Guerrero va en busca de Al Bassí y la Mujer Pirata.

Lo dejamos por aquí de momento. Se me han pasado rápido porque son un par de capítulos más dinámicos de lo normal, con tramas menos enrevesadas, diálogos más cortos y combates más largos. Pero antes vamos a dar un repaso a las otras líneas argumentales que tenemos abiertas. En España, el falso Guerrero sigue su camino hacia la fortaleza de Olián llevando raptada a Ana María. Don Luis y algunos soldados le siguen el rastro, mientras que los generales de Olián pactan los detalles de su rendición y su repatriación al Magreb. Naturalmente, su intención es llevarse a Ana María con él cuando esto suceda. Al ser una retirada pactada con los Reyes católicos, espera que nadie sospeche que se marcha de España para llevarse a Ana María a su tierra.

Por su parte, el Pirata Negro y Beatriz continúan con su extraño idilio. Él está dispuesto a hacer todo lo que ella desee, incluso si lo que esta le pide es que la devuelva a España junto con su prometido y les deje marchar. Aun con tal poder sobre él, Beatriz no se decide a ejercerlo porque en realidad también se ha enamorado del Pirata Negro, pero al mismo tiempo no considera correcto quedarse con él después de que Don Carlos haya arriesgado su vida para tratar de rescatarla.

Finalmente, Beatriz le pide al Pirata Negro que la desembarque a ella y a Don Carlos en costas españolas. Y él, perdidamente enamorado, accede, sin pensar en ese momento que su tripulación quizá no se tome demasiado bien eso de que dos presas valiosas que podrían ser canjeadas por mucho oro vayan a ser dejadas en libertad sin más.

Hasta que continuemos con los siguientes capítulos, puedes repasar los números anteriores en orden desde el primero pulsando aquí.  

Otras colecciones de Manuel Gago 

Nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz

El Aguilucho

El Guerrero del Antifaz. 1944. Manuel Gago (guion y dibujo). Reeditado en 1972 por Editorial Valenciana S.A.