Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Tenemos nuevas noticias sobre el extraño caso del detective Miller!
Estos días que hemos estado sin poder emitir se nos ha ido acumulando el trabajo. Una de las cosas que tenemos pendientes son las aventuras de nuestro compañero John Miller. Pero no nos hemos olvidado de él: estuvimos haciendo las tiradas y tomando notas en una libretita, como buenos detectives, para luego poder transcribiros su historia.
Y ya que la intención era hacerlo de semana en semana, tenemos que recuperar el tiempo perdido. Hoy os transcribimos las notas de su diario desde el lunes 12 hasta el domingo 18. Mañana haremos lo mismo con los días 19 al 25. Y el domingo la semana del 26 al 1 para, a partir de ahí, seguir al ritmo normal… a no ser que algo vuelva a interrumpir nuestras transmisiones, claro.
Lunes, 12 de enero de 1926
Entre los documentos
y notas que me proporcionó el estudiante había unas fotos de las ruinas
arqueológicas de Old Briarhill, un lugar en las afueras de Arkham, declarado
“sin interés actual” que el gobierno cedió a la universidad para prácticas de
sus alumnos. Me acerqué a echar un vistazo, solo por ir tachando puntos de una
lista de cabos sueltos que se estaba haciendo cada vez más larga. En ese
momento había un profesor de historia dando una aburrida charla a un grupo de
alumnos. Di un vistazo por los alrededores tratando de decidir si valía la pena
quedarme un poco más o estaba perdiendo el tiempo.
Búsqueda a 8+. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos) Linterna, Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Con esto tenemos Búsqueda 9 y superamos la tirada.
Estaba a punto de marcharme cuando presencié algo que desafía toda explicación. Una mujer que estaba separada del grupo (la doctora Evelyn Marsh, como supe más tarde) se elevó varios centímetros del suelo, como si una fuerza invisible la hubiera tomado por la cintura. Sus ojos estaban en blanco, su cuerpo rígido. Duró apenas unos segundos, pero lo vi con absoluta claridad. Cuando la fuerza que actuaba sobre ella cesó, cayó a plomo y a duras penas pude sostenerla para que no cayera al suelo. Estaba confusa y no parecía recordar lo ocurrido. Dijo que solo había tropezado. Pero el polvo bajo sus pies formaba una espiral perfecta, como si hubiese flotado en el centro de un remolino.
Martes, 13 de enero de 1926
Hoy me siguió un gato negro. No uno cualquiera: era
estilizado, casi esquelético, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la
luz. Me puse en guardia, porque últimamente mis encuentros con animales
terminan a tiros. Pero tras seguirme unos minutos, el gato me adelantó y empezó
a caminar unos pasos por delante de mí, deteniéndose cada pocos metros para
asegurarse de que lo seguía. No sabía si debía hacerlo. Estaba claro que intentaba guiarme a algún lugar, pero ¿sería a una pista o a una trampa?
Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 4, 3. Con esto tenemos Búsqueda 12 y superamos la prueba al primer intento.
Al final lo seguí. Me condujo hasta un callejón detrás de la biblioteca municipal. Allí, sobre la pared, encontré un símbolo grabado: otra de esas dichosas espirales. Igual a la que apareció trazada en el polvo de las ruinas, en el lugar donde Evelyn levitó. Cuando me giré para buscar al gato, ya no estaba. Aún no sé qué está pasando, pero desde luego es algo gordo. Lo bastante como para que hasta los animales comunes estén tomando parte en ello.
Miércoles, 14 de enero de 1926
Un amigo de la policía me pidió ayuda con un caso
aparentemente rutinario: un cadáver hallado en un almacén abandonado. Parece
que están saturados de trabajo por la aparición repentina de varias sectas
satánicas y no dan a basto, con todos los agentes corriendo de un lado a otro
deteniendo manifestantes y alborotadores. Acepté por cortesía, convencido de
que no tenía relación con mi investigación. Me equivoqué. Todo parece tener
relación con este asunto ahora.
El cuerpo, a todas luces un indigente, presentaba heridas circulares en la piel, como las marcas de succión que dejarían las ventosas de un pulpo. ¿Pero qué haría un pulpo en el barrio de la Vieja Fundición?
Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 5, 3, 3. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos) Revólver, Linterna (otra vez), 5, 3, 3. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos) Lupa (doble), 5, 3, 3. Obtenemos Investigación 11 y pasamos la tirada.
En el bolsillo del fallecido había un trozo de papel arrugado con un dibujo infantil: un gato negro, de ojos enormes, señalando con la punta de la cola a una boca de alcantarilla. Un gato muy parecido al que me guio ayer. Saber que no soy el único que está notando estas cosas me tranquiliza, pero también hace que me pregunte quién o qué se está dedicando a eliminar a los que lo notamos.
Jueves, 15 de enero de 1926
Hoy fui atacado por una rata del tamaño de un perro
pequeño. Surgió de una boca de alcantarilla, con un chillido que parecía más
humano que animal. Su piel estaba cubierta de bultos palpitantes, y sus ojos
brillaban con una inteligencia malsana. Otra alimaña más que se suma a las que
han estado acechándome durante las dos últimas semanas: murciélagos enormes,
serpientes bicéfalas, perros muertos… y ahora una rata que parecía estar
derritiéndose, o convirtiéndose en otra cosa.
Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo los dos 6) Revólver, Linterna, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Revólver, Linterna, 5, 5, 4. Con esto tenemos Combate 14 y pasamos la prueba.
Le acerté al escurridizo animal cuando ya casi lo tenía encima. Tras fallar dos disparos, el tercero le dio de lleno y lo partió en dos. Eso lo inmovilizó, pero no lo mató. Ambos trozos siguieron agitándose un buen rato. Saqué mi petaca de whisky del abrigo para echar un par de tragos a ver si me calmaba, pero entonces decidí darle un mejor uso. Vertí el líquido sobre las dos mitades de la rata que se negaba a morir y les prendí fuego con una cerilla. Ver a aquella cosa arder me tranquilizó más que un par de tragos.
Viernes, 16 de enero de 1926
Otro murciélago gigantesco me atacó esta noche. Cayó desde
lo alto de un edificio, igual que el anterior, como si hubiese sido arrojado
desde un punto invisible del cielo. Descendió sobre mí con un aleteo brusco,
tan rápido que apenas tuve tiempo de apartar la cabeza. Sus garras rozaron el
ala de mi sombrero y se elevó en el cielo nocturno para dar la vuelta y hacer
otra pasada.
Combate a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 3. Segundo intento (repitiendo todos los dados) Revólver, Linterna, 5, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2) Revólver, Linterna, 5, 2, 1. Con esto tenemos Combate 8 y fallamos la prueba.
Disparé una vez, luego otra, pero la maldita criatura se movía de lado, como si fuera una cometa empujada por rachas de viento cruzadas, en un zigzagueo antinatural que hacía imposible acertarle. Sentí un golpe seco en el hombro y, de inmediato, un dolor punzante que me arrancó un gruñido: sus colmillos habían atravesado el abrigo y la piel como si fueran agujas al rojo vivo. Noté la sangre caliente resbalándome por el brazo. En ese instante supe que no tenía ninguna posibilidad de abatirlo allí, a cielo abierto, con espacio suficiente para que siguiera esquivando mis disparos.
Así que corrí. Me lancé hacia un callejón lateral tan estrecho que tuve que girar el cuerpo para avanzar. Los muros me raspaban el pecho y la espalda, pero seguí adelante, respirando entre dientes. Detrás de mí escuché el batir frenético de las alas. El murciélago chilló furioso y se elevó, desapareciendo de mi vista. La envergadura de sus alas extendidas le impedía seguirme por un paso tan estrecho.
Escribo esto ya en mi oficina. La herida arde como si algo se moviera bajo la piel. No sé qué demonios me ha inoculado aquella criatura. Necesito un médico, pero estoy demasiado débil para salir de nuevo. Si sobrevivo a esto, si mañana despierto y soy capaz de ponerme en pie, buscaré uno.
Sábado, 17 de enero de 1926
No recuerdo bien a qué hora desperté hoy, ni cómo llegué
hasta la consulta del doctor Hensley. Caminé tambaleándome por media ciudad,
con la camisa pegada al cuerpo por el sudor y la sangre, y una fiebre que me
hacía ver doble cada farola. Cuando por fin crucé su puerta, apenas pude
articular palabra. Él me sentó en una camilla y abrió el abrigo con un gesto
rápido.
—Dios santo… —murmuró al ver la herida.
Intentó limpiarla, aplicó paños fríos, alcohol, un ungüento que olía a alcanfor. Nada funcionó. La sangre seguía brotando, lenta pero constante. Intentó coser la herida, pero los bordes de la mordedura se deshacían cuando el hilo tiraba de ellos, ampliándola en lugar de cerrarla. La fiebre subió aún más.
—No puedo hacer nada —admitió Hensley, secándose la frente—. Esto no es… normal. Busca ayuda… en otro sitio.
No me gustó el tono con el que dijo “otro sitio”, porque sabía a qué se refería. A esas mujeres que viven en los márgenes del río, que dicen curar con plantas y hablar con los espíritus. Nunca he creído en esas cosas, pero hasta hace poco tampoco creía en monstruos, y algo que solo puede calificarse como un monstruo me había mordido, así que fui.
Investigación a 11+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 1, 1. Segundo intento (repitiendo ambos 1) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Tercer intento (repitiendo el 6) Lupa, Linterna, 5, 5, 2. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.
Encontré una casucha con las ventanas cubiertas con telas de colores. El aire alrededor de la chabola olía a humo dulce. Cuando llamé, una voz ronca me dijo que pasara. La mujer era morena y ya entrada en años. Le enseñé la herida, y ella inclinó la cabeza para olfatearla. No hizo preguntas. Solo asintió, como si no fuera la primera vez que veía algo así. Preparó una cataplasma de hierbas machacadas, de un verde intenso y un olor terroso que me revolvió el estómago. La aplicó sobre el mordisco. La fiebre seguía ahí, pero la hemorragia empezó a disminuir. Madrivana Quelp (así dijo llamarse) me miró fijamente a los ojos y me dijo que estos ataques continuarían hasta acabar conmigo, o hasta que yo acabara con aquello que dirigía a las bestias.
Descansé el resto del día, acumulando fuerzas para lo que vendría a continuación.
Domingo, 18 de enero de 1926
Hoy estuve uniendo puntos. Tenía varios indicios que
parecían indicar que había algo en las alcantarillas. Elegí la más cercana al
edificio al que acudió el sacerdote del brazo hinchado que estuve siguiendo el
domingo anterior. El aire era nauseabundo, pero mi propia herida, que había mejorado pero seguía supurando, olía aún peor. Esta vez llevaba ya el revólver en la
mano. No sabía qué encontraría allí. La serpiente bicéfala había salido de las
alcantarillas. La rata deforme también. Esperaba algún tipo de horror similar,
pero no una aberración como la que encontré en la cámara de drenaje: una
criatura amorfa, una masa rosada que palpitaba como un órgano expuesto. Tenía
ojos dispersos por toda su superficie y tentáculos que se movían con una
coordinación inquietante. Los tentáculos me hicieron acordarme del mendigo
muerto que parecía haber sido atacado por un pulpo.
Combate a 18+. Reducido a 13+ por superar cinco de las seis tiradas de los días anteriores. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos, el 3 y el 2) Linterna (doble), 4, 4, 2. Tercer intento (repitiendo todos los dados) Revólver, Lupa, 6, 5, 1. Con esto tenemos Combate 12, fallamos la prueba y además acumulamos un nuevo punto de locura.
Me quedé paralizado un segundo, quizá dos. Uno de los tentáculos se alzó, tanteando el aire, como si presintiera mi posición más que verla pese a sus muchos ojos. Y entonces reaccioné alzando el revólver y disparando. Los fogonazos iluminaron la húmeda cámara, pero la criatura apenas se estremeció. Siguió avanzando, arrastrándose hacia mí. Era imposible fallar contra algo tan grande, pero tan pronto como un impacto abría su carne esta se cerraba sobre sí misma como si nada hubiera ocurrido. Los tentáculos seguían acercándose. Uno de ellos rozó mi bota, y sentí un hormigueo que subió por la pierna como si hubiera tocado con el pie descalzo un cable pelado. El revólver temblaba en mi mano. Disparé ya a quemarropa, directo al centro palpitante de la criatura. El proyectil se hundió en su carne y desapareció, absorbido como si hubiera caído en un charco profundo.
Entonces el revólver chasqueó, con el tambor agotado. Había cometido el error fatal de no ir contando los disparos a medida que los efectuaba. Un error de novato que ahora me pasaba factura haciendo mi reacción más lenta. La criatura estaba demasiado cerca ya como para recargar el arma, así que corrí. Me lancé por el túnel más estrecho, chapoteando en el agua negra, resbalando, golpeándome contra las paredes de ladrillo húmedo. Detrás de mí escuchaba el arrastre viscoso de la masa, chapoteando, comprimiéndose contra los muros. No sé si es que lo dejé atrás o él mismo se retiró, pero el sonido se fue apagando poco a poco.
Me quedé allí, apoyado contra la fétida pared. El revólver descargado seguía en mi mano, inútil, pesado. La herida del hombro latía más fuerte que mi propio corazón. No sé cuánto tiempo pasé en ese túnel estrecho, recuperando el aliento, esperando a que mis piernas dejaran de temblar. Cuando por fin salí a la superficie, era de noche. Recargué el revólver, contando con encontrarme otro monstruo de camino a la oficina. Afortunadamente no fue así. Quizá ya había tenido mi ración de monstruos por esa noche.
Al llegar a la oficina, abrí una botella de whisky. La mitad la derramé sobre la mordedura del murciélago. La otra mitad fue garganta abajo. Ninguna de las dos me hizo sentir mejor, sino más miserable.
Bueno, parece que las cosas se complican para el bueno de Miller, Pero nadie dijo que enfrentarse al horror cósmico fuera algo fácil. Para mañana tendremos lista la transcripción de su siguiente semana de investigación. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí.










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