MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

sábado, 3 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 3) El cadáver que nadie conocía

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Terribles noticias! ¡Fuentes fidedignas afirman que la siguiente Historia de la Cripta es francamente decepcionante! ¡Entérese aquí de todos los detalles!

El cadáver que nadie conocía es todavía una historia completamente policíaca. Probablemente se trate de algo que ya tenían listo para el siguiente número de Crime Patrol cuando decidieron cambiar el rumbo de la colección, y la incluyeron igualmente para aprovechar el material, pero desentona mucho con todas las otras. 

Las historias sobre asesinatos no eran raras en Historias de la Cripta, pero tenían un tratamiento diferente; Más centradas en las muertes en sí y en la posterior venganza que estas desencadenaban, que en la investigación. Esta, por contra, comienza con la única víctima ya muerta y toda la historia se centra en averiguar quién lo hizo en un tono totalmente aséptico y carente de la mordacidad y crueldad características de la colección.

Una pareja alquila una habitación de hotel para pasar unos días tranquilos. Sin embargo, la tranquilidad les dura poco. Podríamos decir que termina antes de empezar, porque al abrir el armario de la habitación, un cadáver cae de su interior.

El muerto tiene el rostro machacado, las huellas dactilares quemadas, carece de documentación e incluso se han arrancado las etiquetas de la ropa que podrían indicar dónde fue comprada. El hombre baja inmediatamente a recepción para informar del hallazgo. El detective privado del hotel se hace cargo del caso y comienza a investigar. Sospecha que el cadáver puede estar relacionado con un robo cometido en el hotel. Al inspeccionar la caja fuerte descubre que se encuentra revuelta y que falta una gran cantidad de dinero, por lo que informa a la policía.

Mientras el hombre presta declaración en la comisaría, la mujer permanece en la habitación. Decide abrir la ventana para ventilarla un poco y encuentra oculto en el marco el recibo de una tienda de revelado fotográfico. Lleva el recibo a la tienda y solicita una copia de la fotografía correspondiente. Se la entregan y ella la lleva a su marido. Este, a su vez, la presenta a la policía y esa fotografía termina siendo la prueba que permite detener al culpable, que resulta ser el propio detective del hotel.

No me parece una historia interesante en ningún sentido, pero la idea era reseñar todas las Historias de la Cripta originales, y esta es oficialmente una de ellas. Para compensar, la que veremos mañana es la primera de la colección en la que apareció un monstruo sobrenatural genuino. Nada más y nada menos que un flamante hombre lobo.

Puedes repasar las Historias de la Cripta desde la primera pulsando aquí.

The corpse nobody knew. 1950. Guion no acreditado. Roussos (dibujo) Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.

EL DIABLO SE LLEVA A LOS MUERTOS

 EL ORÁCULO DE LAS VISIONES                                                                                      ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

Presentado por... Pecky.
 

¡Saludos, amigos cinéfagos!

Vamos a repasar, si os parece bien, este clásico del cine de terror italiano ambientado en España, y segunda película de Mario Bava. El título original es Lisa e il diavolo (Lisa y el diablo), pero este es uno de esos casos en los que el título cambiado me parece mejor que el real. 

La protagonista es Lisa, que está en Toledo haciendo turismo. El guía muestra a su grupo un muro decorado con una vieja pintura que representa al diablo. En cuanto lo ve, algo la impulsa a alejarse del grupo e internarse por una callejuela que la lleva hasta la tienda de un restaurador y anticuario. Allí conoce a Leandro (el papel de Telly Savalas), cuyo rostro guarda un asombroso parecido con el del diablo del mural. 

Esta coincidencia la asusta y sale corriendo de la tienda, pero a partir de ese momento es como si hubiese entrado en otro mundo: se pierde por las callejuelas y toda la gente con la que se cruza le parece extraña. Un hombre se le echa encima, al parecer confundiéndola con otra persona, y ella, para deshacerse de él, le da un empujón que lo manda rodando por unas escaleras, al pie de las cuales queda inerte, al parecer muerto. También se encuentra de nuevo con Leandro, con el que mantiene una breve conversación. Él le indica por dónde debe continuar para llegar hasta la plaza en la que se separó del resto del grupo, pero incluso siguiendo esas indicaciones, Lisa se ve incapaz de orientarse. La noche cae sobre ella en esa ciudad para Lisa desconocida y entonces aparece el lujoso coche de un matrimonio, Francis y Sofía Lear, conducido por su chófer George, que la recogen.

La mala suerte de Lisa parece contagiarse a sus salvadores, pues su coche, que ya estaba dando problemas, termina de estropearse poco después, deteniéndose junto a una gran mansión en las afueras de Toledo. Sin posibilidades de llegar hasta un taller mecánico, llaman a la puerta de la mansión y quien les abre es Leandro, vestido de mayordomo. La mansión pertenece a una anciana condesa ciega, a la que no le gustan las visitas, y a su hijo Maximilian, un joven solitario que anhela tenerlas. Maximilian intercede para que su madre acepte acoger en casa a los desconocidos. Finalmente, esta cede ante los ruegos de su hijo, pero con la condición de que no duerman bajo su mismo techo en la mansión. Los visitantes serán alojados en lo que llama la Casa Solitaria, una especie de casa de invitados cercana a la mansión, pero rodeada de tantos templetes y estatuas maltratadas por la intemperie que el lugar parece más un panteón en medio de un cementerio.

La señora condesa parece tener un gusto especial por los maniquíes, puesto que en la casa hay muchos, perfectamente vestidos. Lisa comienza a tener la impresión de estar siendo acechada por uno de ellos. Un segundo acechante, más real, es el propio Maximilian, que estuvo casado y perdidamente enamorado de una mujer llamada Elena que murió años atrás y cree que Lisa es ella, que de algún modo ha vuelto a su lado. También vemos que la señora Lear y su chófer son amantes, algo que es conocido por el marido pero no parece importarle, mientras no hagan nada explícito delante de él. 

Durante la cena, tras las presentaciones, la condesa pregunta por la quinta persona que llegó en el coche. Esto extraña a todos porque, aparte del matrimonio Lear, Lisa y su chófer, nadie más vino con ellos, pero ella insiste en que hay un invitado más en la casa esa noche. Mientras conversan algo se rompe en una de las habitaciones de arriba. Leandro reacciona a ello cortando una porción de pastel y entregándosela a Maximilian, que la sube hasta una habitación vacía y la deja allí, como si se la ofreciera a alguien.

Poco a poco, en forma de sueños y visiones, se nos va revelando todo el drama que rodea a los habitantes de la mansión. Maximilian estuvo muy enamorado de Elena, sí, pero Elena no estaba enamorada de él, sino de otro hombre. Y se nos sugiere que fue Maximilian quien acabó con ambos. De hecho, un flashback nos muestra al verdadero amor de Elena, y es idéntico al maniquí con el que Lisa se topa varias veces. Es un maniquí extraordinariamente realista, hasta el punto de que parece tal cual un cadáver disecado por un taxidermista experto... y quizá lo sea. 

Cuando el chófer anuncia que ya ha reparado el vehículo y los invitados se disponen a irse, Leandro le indica a Lisa que ella no puede marcharse, puesto que Maximilian desea que se quede un poco más con ellos. Esta siente que realmente no puede marcharse, que está atrapada allí, pero no atrapada como una prisionera, sino atrapada por su destino. En realidad, todos lo están, de un modo u otro. El chófer de los Lear aparece apuñalado dentro de su coche y vemos unas tijeras ensangrentadas en la mano de la condesa. Aunque esto no significa necesariamente que lo haya matado ella. Maximilian se niega a avisar a la policía, puesto que eso significaría más gente en su casa y más alboroto, lo cual sería muy perjudicial para la salud de su madre.

El fantasma del amante de Elena (o su maniquí, o simplemente alguien que se le parece, no llega a quedar muy claro) se presenta varias veces ante Lisa, confundiéndola también con Elena y diciéndole que está en peligro, que él está allí para salvarla, hasta que Maximilian lo asesina de nuevo (o por primera vez, quién sabe). Luego nos enteramos de que este hombre se llamaba Carlo y era el segundo marido de la condesa. Por tanto era el padrastro de Maximilian pero a la vez engañaba a la madre de este con Elena, la esposa de su hijo. ¡Al final, este tipo de líos y combinaciones rebuscadas siempre terminan mal! ¡Si de todas las formas de unidad familiar que han existido a lo largo de la historia la llamada familia tradicional es la que terminó imponiéndose de forma natural, por algo será! Maximilian también mata a golpes a la señora Lear, que se negaba a irse de la casa con su marido por no abandonar el cadáver de su amado chófer. El señor Lear aparece igualmente muerto más tarde.

Tanto Maximilian como su madre y e incluso Leandro parecen convencidos de que Lisa es la reencarnación de Elena. De hecho, la propia Lisa termina creyéndolo por momentos y llega a aceptar ese extraño destino que parece haberse trazado para ella. 

Maximilian llega a un punto de quiebre en el que cede por completo a su locura. Narcotiza a Lisa con cloroformo, la acuesta en la misma cama en la que conserva el esqueleto de Elena y, tras desnudarla, le hace el amor mientras ella está todavía dormida, aunque parece tener que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no matarla mientras la ama. 

La película muestra la escena como algo bonito y casi catarquico, pero en realidad es una violación se mire por donde se mire. Al mismo tiempo que esto ocurre, Maximilian oye reírse al esqueleto de Elena, tumbado a su lado. Harto del sinsentido de su propia existencia, Maximilian comienza a arrasar con todo. Destruye una representación perpetua del funeral de Carlo que llevaba mucho tiempo montada en la cripta familiar. Mata a su madre, clavándole en el corazón la púa sujetavelas de un candelabro. A continuación, recorre la casa buscando a Leandro. No sabemos si para matarle también o para pedirle algún tipo de explicación, como si él mismo fuera consciente de que Leandro es en realidad la figura central de todo aquel asunto, el único que no parece alterarse por nada, el único que no parece sorprendido por nada, el único que aparentemente tiene un control absoluto de la situación. 

Buscando a Leandro es como Maximilian llega hasta la sala de banquetes, en la que, en una larga mesa, han sido sentados, como reunidos para tratar un asunto importante, todos los cadáveres de la mansión: el señor y la señora Lear, su chofer, el esqueleto de Elena, y el maniquí de Carlo. Hay un asiento libre para alguien más y, sobre la mesa, una tarta de boda. Al volverse para salir de esa habitación, ve andando hacia él el cadáver de su madre, que parece avanzar hacia la mesa para ocupar el asiento que queda libre. Retrocediendo de espaldas, aterrado por la visión, Maximilian se choca contra una ventana y cae por ella, ensartándose en un hierro. En realidad, el cadáver de su madre nunca volvió a la vida, sino que estaba siendo transportado, rígido y en vertical, por Leandro. La desquiciada mente de Maximilian borró al mayordomo de la escena, viendo solo el cuerpo de su madre.

Horas después, Lisa despierta en la cama donde Maximilian la dejó, desnuda, violada, con lágrimas secas en el rostro y sin tener claro lo que ha ocurrido. A su alrededor, la habitación está destrozada. Ramas de árboles del jardín han entrado por las ventanas y a través de las paredes, como si la casa llevase décadas abandonada y hubiese sido reclamada por la naturaleza. 

Se hace con unas ropas y abandona la mansión, que está en ruinas. Al salir por las puertas del jardín, se encuentra con que estas dan directamente a las calles de Toledo, como si la ciudad hubiese ido creciendo hasta engullir los antiguos terrenos de la mansión. Se encuentra con un grupo de niñas con uniforme escolar que están jugando con una pelota. La pelota rueda hasta los pies de Lisa y, en cuanto esta la recoge para devolvérsela, una de las niñas le grita al resto que no se acerquen a ella, que debe ser un fantasma porque ha salido de esa casa que lleva más de cien años abandonada. Todas las niñas huyen gritando y riendo a la vez, como si fuera algún tipo de broma macabra, pero Lisa se queda con la duda. Después de todo por lo que ha pasado, ella misma no iene claro si lo que ha dicho la niña es simplemente un tonto juego infantil o si ella misma es realmente un fantasma.

Recorre la ciudad hasta encontrar un taxi y le dice que le lleve al aeropuerto. Logra abordar un vuelo justo cuando este se disponía a despegar, pero hasta que no está ya en el aire no se fija en que es aparentemente la única pasajera: todos los otros asientos están vacíos. Comienza a recorrer el avión, que es extraordinariamente largo, irrealmente largo, como un pasillo eterno lleno de asientos vacíos. Finalmente encuentra a alguien: a todos los otros personajes, agrupados y silenciosos, resignados a su destino. Aterrada, Lisa corre hasta la cabina del piloto y, en cuanto la abre, este es, como no podía ser de otra manera, Leandro. Porque, como ya nos anunciaba el título de la película… El Diablo se lleva a los muertos.

La película tiene muchas escenas simbólicas y casi oníricas. Vemos en varias ocasiones cómo la imagen se centra en un reloj roto, como si quisiera indicarnos que los sucesos están teniendo lugar fuera del tiempo. También vemos una botella de vino tinto que se rompe en medio de una conversación sobre historias de terror, dejando en el suelo una mancha roja que asemeja sangre. Y en otra escena Lisa toca una caja de música y vemos seis figuras en ella que se desplazan en círculo: un rey, una reina, un novio, una novia, un campesino y la Muerte. Son los principales personajes del drama. El rey y la reina podrían ser el señor y la señora Lear, el campesino su chófer, el novio y la novia serían Maximilian y Lisa. La Muerte es el quinto invitado al que aludió la condesa.

Al final es una de esas historias sobre un grupo de personas incapaces de aceptar que han muerto, a las que se hace pasar por una especie de purgatorio para que la idea vaya calando poco a poco en sus mentes. Lisa probablemente esté muerta desde antes del inicio de la película. Quizá tuvo un accidente durante ese viaje a Toledo, o es algo que pospuso muchas veces en su vida y cuando murió se quedó con las ganas de hacerlo, y por eso ese es el punto de partida de su pesadilla particular. 

Leandro, más que el Diablo, sería una especie de Caronte, el encargado de recoger a las almas y llevarlas al otro lado. Al final de la película aparece como el piloto del avión en el que todos viajan, y a Caronte se lo representaba como un barquero. En ambos casos, es quien controla el vehículo en el que los muertos son transportados hacia su destino final. 

De hecho, pese a todo ello implica que los personajes ya estaban condenados desde el principio no se siente como un final terrorífico, sino simplemente como lo que tenía que pasar. Hay muchas películas que representan la muerte de este modo, como una persona o grupo de personas a las que le van sucediendo cosas extrañas que pueden parecer inconexas o sin sentido, pero que en realidad son intentos de la Muerte de que acepten que ya no están entre los vivos. Que comprendan o lleguen por sí solos a esa conclusión. 

No sé si este tipo de películas tiene algún nombre o forma algún subgénero en particular. Yo siempre las he llamado películas de purgatorio. Uno de los mayores referentes de este tipo de historias sería El carnaval de las tinieblas (1962). Pero si buscamos ejemplos de películas de purgatorio más conocidas o más recientes, podríamos hablar de El sexto sentido (1999) o Los otros (2001).

Bueno, espero que esta reseña os haya gustado, o al menos entretenido el breve ratito de leerla. Aprovecharemos este octubre para reseñar unas cuantas películas más de terror y trataremos de tocar todos los subgéneros posibles.

Mientras tanto, podéis repasar una película dirigida por el hijo del director de esta (¡así todo queda en familia!) pulsando aquí.

Lisa e il diavolo. 1973. Mario Bava, Giorgio Maulini & Roberto Natale (guion) Mario Bava (director). Telly Savalas, Alessio Orano (Actores principales) Elke Sommer (Actriz ptincipal). Euro America Produzioni Cinematografiche & Leone International & Roxy Film & Tecisa. Editado en DVD en 2007 por Filmax Home Video & Mercury Films.

viernes, 2 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 2) El hombre que era La Muerte

     Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Aquí tenemos la segunda de las Historias de la Cripta originales! ¡Esta comienza con un prólogo intrigante! ¡Vedlo vosotros mismos!

«Salió caminando de la noche, 

sus manos adiestradas en el arte de matar, 

su cerebro un hervidero de destrucción. 

Sus ojos veían la vida 

y su corazón amaba la tumba, 

pues se trataba de El hombre que era La Muerte.»


Esta historia de tan poético inicio es la de Edgar Bowman, verdugo de profesión en una prisión estatal. Es una de esas personas que realmente aman su trabajo. Disfruta ejecutando a los prisioneros. No porque se haga justicia al matarlos, sino por el mero placer sádico de verlos derrumbarse y llorar ante la inminencia de su muerte. Él se justifica diciendo que se lo merecen por los crímenes que cometieron. Y sí, efectivamente, una cosa no quita la otra, pero el verdadero motivo por el que disfruta al ejecutarlos es el hecho de verlos sufrir en sus últimos minutos de vida.

Algo que hay que tener en cuenta de los verdugos es que muchos de ellos no soportan su trabajo. El estar matando a personas una tras otra, siempre con la duda razonable de si el ejecutado pudiera ser inocente, hace que muchos caigan en profundas depresiones. Se han dado casos en que, tras ejecutar a una persona, se descubrió que en realidad era inocente. Y si bien esto no es culpa del verdugo, sigue siendo una carga difícil de soportar.

Pero Bowman es diferente. Le gusta tanto su trabajo que otras prisiones tratan de tentarlo para que se quede a trabajar en ellas. Incluso le invitan a ser él quien ejecute al próximo condenado que tienen en lista de espera. Esto le hace probar varios sistemas de ejecución. Su preferido siempre ha sido la silla eléctrica, pero tiene ocasión de probar también la horca o la cámara de gas. Así, Bowman recorre el país de costa a costa, pulsando botones o accionando palancas con una fría serenidad que hace que no se demore ni un segundo respecto a la hora prevista para cada ejecución.

Pero las leyes y la sociedad cambian, los jueces se vuelven más permisivos, y las condenas a muerte tienden a descender. Tras dos meses y medio sin ejecutar a nadie, Bowman empieza a desesperarse al verse privado de su mayor placer, que es el de dar muerte a la gente. Pero esto no le frena. Está convencido de que su misión en la vida es ejecutar a personas, así que sigue los juicios en los periódicos y, cuando el sospechoso es declarado inocente en un caso en el que todo apuntaba a que iba a recibir la pena máxima, él mismo se encarga de ejecutarlo.

A uno de ellos lo sigue durante varias noches. Observa que, cuando vuelve de trabajar, suele apoyarse en una verja metálica situada en una calle poco transitada. Una noche prepara una trampa, colocando un cable eléctrico alrededor de uno de los barrotes de la verja, y espera al acecho para electrificarla cuando él la toque. El hombre muere electrocutado y Bowman retira rápidamente los cables, marchándose y dejando allí el cadáver.

Dos noches después, otro hombre también declarado inocente se dispone a darse una ducha. Cuando el agua cae sobre él, muere igualmente electrocutado, pues Bowman ha envuelto la tubería de plomo con un cable para electrificar el agua de la vivienda.

Un tercer hombre acusado y absuelto muere cuando un cable eléctrico se desprende misteriosamente de un poste justo cuando pasaba por debajo y le golpea. La policía empieza a ver un patrón detrás de estas muertes. En todos los casos las víctimas habían sido declaradas inocentes en juicios en los que, de haber sido declaradas culpables, se las habría condenado a morir en la silla eléctrica.

Un detective comienza a seguir discretamente a una de estas personas, una mujer que también fue absuelta. Bowman prepara para ella otra trampa eléctrica. Su plan consiste en empujarla a una pequeña balsa de agua electrificada cuando esta cruce un parque por el que suele volver a casa todos los días. Pero cuando se dispone a actuar, la propia electricidad parece traicionarlo. Un relámpago ilumina la noche, permitiendo al detective ver la figura de Bowman al acecho entre unos arbustos. El detective salta de su propio escondrijo y noquea a Bowman de un solo golpe.

Lo último que vemos de él es a los guardias de una prisión llevándolo a la fuerza hacia la silla eléctrica, donde ha sido condenado a morir electrocutado. Y ahora es él quien lloriquea patéticamente y suplica piedad, tal como lo hacían todas aquellas personas a las que tanto le divertía matar.

Personalmente, si bien prefiero las historias con monstruos a las de simples psicópatas humanos, esta me parece interesante porque reúne los tres grandes tópicos que más adelante se convertirían en la marca distintiva de la casa: Un protagonista moralmente corrupto, una obsesión llevada hasta el extremo, y un final irónico en el que el personaje recibe un castigo acorde con el daño que ha estado provocando a los demás. Este último es quizá el punto más importante. En los cómics de Historias de la Cripta, cuando el lector comenzaba una historia, no se preguntaba si el villano sería castigado, sino de qué manera iba a ocurrir esto. La gracia consistía en tratar de predecir cual sería la ironía final. Que Bowman termine siendo descubierto por la luz de un rayo y luego sea ejecutado en la silla eléctrica, llorando exactamente igual que las personas a las que disfrutaba ejecutando, es un cierre clásico.

Puedes repasar otra Historia de la Cripta pulsando aquí.

The man who was death. 1950. Gardner Fox (guion). Dibujo no acreditado. Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.

PESADILLAS (nº 57) La escuela embrujada

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

Tal como hemos hecho en alguno de los meses de octubre anteriores, vamos a tratar de dedicar todas las entradas de este mes al tema del terror, en mayor o menor medida. Para ponernos en serio con ello, nos hemos releído uno de los libros de Pesadillas del señor Stine, la colección con la que muchos niños y adolescentes se adentraron en este tenebroso mundo.

Se trata de La escuela embrujada. No hay que confundirla con La escuela perfecta, que en algunos países se tradujo como La escuela maldita.

El protagonista es Tommy, cuyo padre, no llegamos a saber si divorciado o viudo, se ha vuelto a casar recientemente. Un efecto secundario molesto para Tommy del nuevo matrimonio de su padre es que este ha conllevado un traslado a otra ciudad, con todo lo que ello supone. En su caso, principalmente, perder el contacto con todos sus amigos y tener que hacer otros nuevos, algo que no siempre es fácil.

Tras algunos días en el colegio, sus nuevos amigos se reducen a Ben y Thalia. Tommy se ha unido a un grupo de trabajo voluntario para preparar la decoración de un aula de cara a unas fiestas que se van a celebrar en el colegio. Lo ha hecho principalmente con la esperanza de acercarse más a los otros chicos que se apunten a las actividades, y es así como a trabado amistad, o al menos cierta cercanía, con Ben y Thalia. Mientras están trasteando con unos botes de pintura para hacer unas grandes pancartas, le envían a otra planta a por un par de botes de pintura roja que se han olvidado traer en el primer viaje que hicieron. A la vuelta, con un gran bote de pintura en cada mano, Tommy se pierde. La escuela es muy grande, él es muy nuevo y están fuera del horario escolar, con lo que, aparte de los que se quedaron trabajando en aquella aula, no hay nadie más. Se enfrenta a un dédalo de corredores vacíos y aulas cerradas y, caminando prácticamente al azar, llega hasta un ala del colegio que lleva cincuenta años abandonada.

Más que un ala del colegio, es en realidad el colegio original, las primeras dependencias que se construyeron y que luego fueron abandonadas por completo. El colegio siguió extendiéndose a partir de ellas, pero en realidad son dos colegios diferentes, unidos porque el segundo se edificó a partir de la estructura que ya existía del primero. El motivo por el que este primer colegio fue abandonado por completo es porque la primera promoción de alumnos, formada únicamente por veinticinco chavales, desapareció sin dejar rastro. Nadie sabe qué pasó con ellos. No se les volvió a ver nunca, ni se encontraron sus cadáveres ni ninguna pista, nota de rapto o indicio de ningún tipo. Simplemente desaparecieron.

El trauma para sus padres y para la población fue tan grande que se decidió cerrar todo el colegio y construir otro adosado al primero. En una de las aulas de este primer colegio abandonado, Tommy se encuentra con lo que parecen ser veinticinco estatuas o maniquíes vestidos con los uniformes antiguos. Él no sabe qué puede significar aquello, pero una profesora que lo encuentra por allí perdido le explica que se hicieron como homenaje a esos niños desaparecidos. Para que, de algún modo, permanecieran en el colegio, ya que no físicamente, al menos sí su recuerdo.

Tommy regresa al aula donde están haciendo las pancartas y, al sumergirse de nuevo en el trabajo con sus compañeros, prácticamente se olvida de ello. Sin embargo, en los días siguientes van teniendo lugar otros sucesos. Se nos recalca mucho, por ejemplo, que Thalia está maquillándose continuamente, casi obsesivamente, como si tuviera algo que ocultar. Otros compañeros bromean con ello diciendo que tiene la cara rota, como si maquillarse sin parar fuese un intento de ocultar un rostro deformado o no humano. Tomaremos nota de este detalle por si fuera relevante más adelante, que a Stine le gusta mucho esto de ir sembrando pequeñas pistas, pero también muchas de estas son falsas.

También se da el caso de que Tommy cree oír la voz de una niña pidiendo ayuda en varias ocasiones. Cuando está en clase mira a su alrededor, pero ninguna de las niñas está hablando y la voz tampoco parece provenir de ningún lugar en concreto. Simplemente es como un susurro que está ahí y que nadie más oye.

Cuando ya tienen casi a punto las pancartas de decoración para la fiesta otra de sus compañeras rompe la pancarta mayor simplemente por diversión y se larga. Tommy y Ben corren hacia el aula donde guardan el material para buscar algo con lo que repararla. Tommy, recordando el camino que siguió para volver él mismo desde aquella aula con los botes de pintura, encabeza la marcha yendo por una escalera diferente a la que pretendía tomar Ben. Pese a que este le dice que ese no es el camino, Tommy insiste en que por ahí es más rápido, que es por donde fue el otro día. Pero de nuevo se pierde y terminan llegando hasta un corredor de la zona abandonada, donde hay una puerta tapiada con tablones. Empujándose y discutiendo sobre cuál de los dos tenía razón, terminan chocándose contra los tablones que, muy dañados por el paso del tiempo, se rompen, revelando que tras ellos hay un ascensor.

Fascinados por el descubrimiento, se meten en el ascensor y empiezan a pulsar todos los botones. Ninguno parece funcionar hasta que uno hace que el ascensor se desplace, pero no hacia arriba o hacia abajo, sino de lado, como girando sobre sí mismo, abriéndose a una parte de la escuela que aparentemente no comunica de ningún otro modo con el resto. La escuela en la que están ahora es la antigua, la de hace cincuenta años. Pero carece de colores. Es como si hubiesen aparecido de pronto en una película en blanco y negro donde todo se compone de estos dos tonos y de diferentes grises. Solamente ellos y las ropas que llevan puestas conservan sus colores normales.

Deambulando por esta extraña versión de su escuela, llegan hasta un aula en la que encuentran a cinco niños que están también en blanco y negro, y al verlos se lanzan sobre ellos y empiezan a arrancarles jirones de ropa, a sacarles los zapatos de los pies y a manosearlos. Tommy y Ben tardan un poco en darse cuenta de que lo que ha provocado esta reacción en los niños es el color de su piel, sus cabellos y sus ropas. Los niños grises están fascinados con el color, están hambrientos de él. Observan los jirones de ropa que han conseguido arrancarles como si fueran un tesoro. Uno de ellos incluso afirma que le duelen los ojos de estar viendo tantos colores juntos.

Tras este primer encuentro, una de las niñas del grupo les pregunta si han venido a ayudarlos. Tommy responde que no, que no han venido a ayudarlos simplemente porque no sabían que hubiese nadie allí que necesitara ayuda. Que solo se han equivocado de camino y que ahora van a marcharse. Es entonces cuando los niños grises les revelan que no pueden marcharse, que nadie puede salir de ese lugar, al que ellos llaman simplemente «el otro lado de la pared», porque ellos mismos llevan cincuenta años intentándolo. Esos cinco niños son parte de los que desaparecieron misteriosamente medio siglo atrás. Los niños les cuentan que, cuando empezaron sus clases allí, vino un fotógrafo para sacarles una foto de grupo como recuerdo de la primera promoción del colegio. El fotógrafo, un individuo siniestro llamado Camaleón, los hizo formar en tres filas y, a continuación, les sacó la fotografía. Pero cuando el flash brilló cegándolos, todos cerraron los ojos. Y al volver a abrirlos ya se encontraban allí. Desde entonces no han podido salir ni tampoco han envejecido. Están atrapados en una sección del viejo colegio en la que no hay nada, ni siquiera color. No necesitan alimentarse, pero tampoco mueren de hambre. Hay una pequeña serie de aulas por las que pueden deambular, pero no son muchas y tampoco hay nada que hacer en ellas.

Naturalmente, Tommy y Ben se niegan a aceptar esto hasta que la evidencia les golpea: ellos también se están decolorando. Primero las puntas de los dedos, luego las palmas de las manos. Tanto ellos como todo lo que llevan encima están perdiendo el color. Es como si el propio entorno les absorbiera los colores. Intentan escapar de ese mundo, pero los niños grises llevan cincuenta años intentándolo sin conseguirlo. Les muestran una puerta que conduce al mundo real, al mundo del que provienen, pero es imposible abrirla o dañarla. Está también el ascensor por el que han llegado hasta allí, pero no tiene botón de llamada desde ese lado y al parecer, únicamente sirve como conducto de ida hasta ese mundo, pero no de vuelta.

Cuando prueban a salir por las ventanas del aula, los niños grises entran en pánico y les dicen que por nada del mundo se les ocurra hacerlo. Y este es un buen momento para preguntarnos por qué, si los desaparecidos fueron veinticinco y no se puede morir de hambre, solo hay cinco niños grises allí. Pese a ello Tommy y Ben salen a la calle por una de las ventanas, poque parece ser su única opción. Lo que encuentran fuera de la escuela no es su propio pueblo tal como lo recuerdan, sino como era cincuenta años atrás. Sin embargo, es más un decorado que un pueblo real. Todas las casas están vacías, no hay luces encendidas en ninguna de ellas y nadie camina por las calles. La noche es perpetua y una neblina lo cubre todo, tan espesa que parece costar avanzar a través de ella.

Mientras deambulan por este mundo que claramente no es el suyo, son acechados y rodeados por los niños faltantes. Son diez chicos y nueve chicas como los niños grises de la escuela, pero parece que el contacto prolongado con el exterior los ha asalvajado. Estos niños los atrapan y los llevan, entre forcejeos y empujones, hasta una colina en la que hay un pozo de algo parecido al alquitrán burbujeante. Los niños salvajes echan cubos en aquel pozo de líquido negro para sacarlo y beberlo. Bueno, algunos lo beben; otros se lo escupen en la cara a sus compañeros; otros se embadurnan el rostro y el cabello con él... Parece que el líquido los alimenta de algún modo, pero también que los sume en una depresión y una locura cada vez más profundas.

Los niños salvajes tratan de empujar a Tommy y a Ben al pozo para acelerar su decoloración y convertirlos en niños salvajes como ellos, pero son salvados en el último momento por los niños grises de la escuela, que se han atrevido a salir también por la ventana para intentar rescatarlos. Gracias al respiro que supone la aparición de los niños grises, Tommy tiene tiempo de sacar un encendedor que llevaba en un bolsillo y prender unas hojas secas del suelo. Las hojas son grises, como todo lo demás, pero al ser encendidas con la llama amarilla del mechero, que aún no ha perdido su color, estallan en furiosas llamas anaranjadas. Aquella sobrecarga de color, que a los niños grises parecía fascinarlos, provoca auténtico dolor físico a los niños salvajes del exterior. Gracias a esto consiguen volver a la relativa seguridad del colegio. Pero están como al principio: atrapados en un aula en blanco y negro, de la que no pueden salir más que por las ventanas al exterior, al mundo de los niños salvajes.

De hecho, están peor que al principio, porque su excursión al exterior le ha costado a Tommy y a Ben casi todo el color que les quedaba. Incluso la llama de su encendedor, cuando prueba a iluminar un poco el aula con ella, es gris. Sin embargo, hay algo que no deja de rondar la cabeza de Tommy. En el aula hay cinco niños grises y, en el exterior, él llegó a ver diez niños y nueve niñas asalvajadas. Las cuentas no le salen, porque en total solo son veinticuatro. Uno de los niños grises le revela que alguien de su grupo logró escapar de ese mundo hacía tan solo dos semanas, pero que no saben cómo lo hizo. Tenían la esperanza de que volviera a por ellos, pero no ha regresado. 

Entonces oyen moverse ese misterioso ascensor que solo puede manipularse desde el otro lado, desde el mundo en color. Las puertas del ascensor se abren y Thalia sale de él. Deja que las puertas se cierren tras ella y abraza a los niños grises, que la reciben como si la conocieran… porque, efectivamente, la conocen. Thalia es la niña de su grupo que logró escapar del mundo en blanco y negro y regresar al mundo en color. Les revela que hace dos semanas, trasteando por mero aburrimiento en su bolso, que llevaba décadas sin abrir, encontró una vieja barra de labios y se sorprendió al descubrir que el carmín todavía conservaba gran parte de su color, quizá porque había permanecido cerrado durante todo ese tiempo, sin exponerse al aire de aquel mundo en blanco y negro. Para comprobar si todavía era capaz de colorear algo, hizo una línea sobre una pared y vio cómo el color desintegraba el muro gris. Rápidamente dibujó un cuadrado, como si fuera una ventana o un portal, y el trazo carmesí hizo desaparecer toda aquella sección de pared. Se apresuró a cruzarla, llegando así al mundo en color.

Al quedar expuesta al aire, la línea que había trazado en el muro se volvió gris rápidamente y el muro reapareció. Thalia intentó repetir el proceso desde el otro lado, pero en un mundo en color una simple línea de barra de labios no tenía poder alguno, así que no pudo volver al mundo en blanco y negro. Al principio Thalia tenía la intención de volver a buscar a sus compañeros y enseñarles el camino para salir de allí, pero no fue capaz de hacerlo hasta que, al ir a buscar a Tommy y Ben, preocupada por lo mucho que estaban tardando, encontró las maderas rotas y el viejo ascensor oculto tras ellas. Ha vuelto al mundo en blanco y negro, pero ya no para buscar a sus compañeros, sino para quedarse. 

Todo su color es fingido. Lleva lentillas y el pelo teñido, y el motivo por el que se maquillaba continuamente era para que nadie viera su piel y sus labios grises. Volver al mundo en color no le ha hecho recuperar el color ni tampoco sentir que estuviera en casa. Después de cincuenta años atrapada en el mundo en blanco y negro, ella siente ese lugar como su verdadero hogar y es donde realmente quiere estar, junto a los cinco compañeros que aún le quedan. El mundo exterior es ahora para ella como un mundo alienígena, tan extraño y aterrador como el mundo en blanco y negro puede serlo para Tommy y Ben. Ha pasado cincuenta años viviendo en el limitado mundo en blanco y negro, y solo vivió diez en el otro, y además este ha cambiado mucho desde la última vez que estuvo allí. El colegio ha cambiado, la ciudad ha cambiado. Ya no queda allí nada que la conecte a él, ni familiares ni lugares que sienta como suyos. Es un mundo en el que ha perdido todo el arraigo que alguna vez pudo tener y en el que ya no quiere vivir. De todo aquello que conocía, lo único que le queda son sus cinco amigos, los cinco niños grises que dejó atrás en el aula, y estaba desesperada por volver con ellos.  

Pero, del mismo modo que siente que ella ya no pertenece al mundo en color, también sabe que Tommy y Ben nunca serán felices en el mundo en blanco y negro. Rápidamente traza un nuevo cuadrado en la pared con lo poco que queda de su barra de carmín, permitiendo a Tommy y Ben volver a su propio mundo. Estos intentan que los niños grises los sigan, pero todos aceptan que su lugar está allí y que así será para siempre.

Tan pronto como Tommy y Ben regresan a su propio mundo, recuperan rápidamente el color que habían estado perdiendo, hasta quedar como al principio. En ese momento, una de las profesoras los encuentra y los lleva a empujones hasta el gimnasio, donde todos los alumnos han sido reunidos para una foto de grupo. Los coloca junto a los otros chavales y, antes de que tengan tiempo de reaccionar, la profesora se gira hacia el fotógrafo y le dice:

—Señor Camaleón, ya puede disparar.


He leído bastantes libros de Pesadillas, y la historia de este, pese a contar con mucho relleno, está muy por encima de lo habitual. El que incluso dentro de ese mundo, ya malo de por sí, puedan haber cosas peores, como los niños asalvajados, es bastante inquietante. Esto parece un efecto secundario de la exposición al exterior de la escuela, pero los que no se aventuran a ello están igualmente condenados a permanecer atrapados en esta, en un conjunto de tres o cuatro aulas unidas por un pasillo en las que no hay nada que hacer. Es un infierno lo mires como lo mires, y hace que te preguntes si no sería mejor convertirse en uno de esos niños asalvajados y dejar que la pérdida total de la cordura termine también con el tormento de ser consciente de la situación tan terrible en la que están. 

El personaje de Thalia es sin duda lo mejor de todo. Ella logra escapar de ese infierno solo para darse cuenta que se ha acostumbrado tanto a él que prefiere volver allí antes que enfrentarse al mundo exterior en el que deberá volver a aprenderlo todo, a adaptarse a todo, y a vivir sin las únicas personas que le quedan a las que puede considerar como su familia, los cinco chicos grises. Como decía Bowen al final de La tierra olvidada por el tiempo, cuando él y Lys quedan atrapados para siempre en Caprona «Prefiero vivir aquí con Lys, que en cualquier otro sitio sin ella».  O dicho de otro modo, llega un momento en que el lugar deja de importar tanto como la compañía. Thalia prefiere regresar al mundo gris porque allí están las únicas personas que aún forman parte de su vida. 

Pensad que estamos hablando de un libro escrito para niños de entre ocho y doce años, pero los conceptos que maneja, para los que a esas edades sean capaces de verlos, son muy duros. Nos habla de la lucha contra la desesperación, de cómo el aislamiento puede ser también una forma de protección, y de cómo hasta el infierno puede llegar a ser un hogar si es allí donde están todas las personas que apreciamos. 

Creo que algunos libros deberían tener dos franjas de lectura recomendada. Porque este, por ejemplo, cuando lo lees entre los ocho y doce años, ves a los niños salvajes como monstruos, el mundo gris como una prisión de la que huir y a Thalia como la salvadora providencial. Cuando lo lees con unas cuantas décadas más de edad y experiencia en la vida te das cuenta que la historia es muy distinta a como la recordabas. Los niños salvajes llevan cincuenta años encerrados en una realidad hostil, sin familia, sin futuro y sin esperanza. Lo sorprendente no es que diecinueve de ellos hayan acabado volviéndose locos. Lo sorprendente es que seis de ellos aun conserven algo de cordura. Lo mismo ocurre con el mundo gris. De niño lo ves como una prisión, pero cuando Thalia escapa descubre que sus padres han muerto, todo lo que conocía ha desaparecido y además ahora está separada de los únicos amigos que le quedaban. Al final, no ha hecho más que cambiar una prisión por otra. Y esa es una idea compleja para una novela que, en teoría, estaba destinada a lectores de ocho años.

Y sí, quedan muchos cabos sueltos. Nos quedamos sin saber nada del sr. Camaleón, y no se explica como Thalia se integró inmediatamente en la escuela durante esas dos semanas que fue libre, sin que ningún alumno o profesor se extrañara de verla por ahí. Pero nada de esto es importante. Si dedicamos cinco minutos a buscarle una explicación que encaje con todo lo demás, seguro que algo se nos ocurre. Aun con todo su relleno y sus agujeros argumentales, este es para mí uno de los mejores libros de Pesadillas. No tanto por el terror, que es moderado y a ratos hasta ridículo, sino por la atmósfera melancólica del mundo gris y el personaje de Thalia, que me parece inesperadamente triste y maduro para una serie dirigida a niños. De muchas novelas de Pesadillas, años después de leerlas, apenas recuerdas el monstruo de turno. De esta, recuerdas a Thalia. 

Puedes repasar otras obras de este autor (y de algunos de sus imitadores) pulsando aquí. 

The Haunted School. 1997. R.L.Stine. Pesadillas nº 57. Publicado en 1999 por Ediciones B / Grupo Z.

jueves, 1 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 1) ¡Todo debe morir!

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡A lo largo de este mes de octubre vamos a ir reseñando, además de nuestra publicación diaria habitual, las primeras treinta y una Historias de la Cripta de los cómics de terror de EC! 

Mucha gente conoce estas historias y a su anfitrión, el Guardián de la Cripta, por la genial serie de televisión de 1989 y por todo lo que derivó de ella. Lo que veremos aquí son los cómics originales de 1950. Los que lo empezaron todo… en su nº 17. 

Lo normal en una nueva publicación es comenzar por el nº 1, pero Historias de la Cripta lo hizo con el nº 17 porque cada nueva publicación debía pagar aproximadamente dosmil dólares en concepto de franqueo y registro. Por ello, una práctica habitual era cambiar progresivamente el nombre y la temática de una revista ya existente que tuviera bajas ventas, en lugar de cancelarla y lanzar otra nueva. De este modo, una misma revista podía cambiar varias veces de título (lo cual era mucho más barato) y de temática siguiendo las modas del momento, ahorrando a la editorial el tener que pagar por el registro de una revista nueva. Antes de convertirse en Tales from the Crypt, la colección se titulaba Crime Patrol y su temática era la de historias policíacas e investigación de crímenes. Cada número contenía cuatro historias de entre seis y ocho páginas. En los nº 17 y 18, ya bajo el nuevo nombre, tres de las historias seguían siendo policíacas y solo una podía considerarse de auténtico terror con elementos sobrenaturales. A partir de ese momento, los relatos de monstruos, fantasmas, demonios y demás elementos propios del terror fueron ganando terreno hasta hacer desaparecer por completo las historias de temática policial.

Comento todo esto porque las primeras historias que veremos todavía no se corresponden con la idea que la mayoría tenemos cuando pensamos en Historias de la Cripta. Son historias de una época de transición, cuando la colección aún estaba evolucionando desde la serie negra hacia el tipo de terror tan particular que acabaría haciéndola famosa. Al principio, muchas de las Historias de la Cripta seguían fórmulas relativamente sencillas, pero muy pronto los guionistas fueron desarrollando un estilo propio muy característico en el que el verdadero monstruo rara vez era el ser sobrenatural. El monstruo solía ser el ser humano: una esposa que asesinaba a su marido cuando este descubría su infidelidad, un socio comercial que traicionaba a otro, un heredero codicioso que mataba a un familiar para quedarse con su fortuna o una persona inocente que era maltratada por la comunidad.

Aquí es donde Historias de la Cripta dio su giro de tuerca a muchas convenciones del terror clásico. Hasta ese momento, el vampiro, el fantasma o el muerto viviente eran el mal. En cambio, en las páginas de EC esos seres actuaban muchas veces como portadores de la justicia. El cadáver que regresaba de la tumba no lo hacía para buscar victimas al azar, sino para castigar a su asesino. Estos cómics consiguieron que, por primera vez, el lector terminara identificándose más con el monstruo que con el protagonista humano, en algo que podríamos llamar «moralidad oscura»: la satisfacción de ver cómo un criminal que ha escapado de la justicia de los hombres recibe su castigo por parte de fuerzas sobrenaturales. La avaricia, la crueldad, la corrupción, el racismo o la traición siempre acababan siendo castigados. Por eso el Guardián de la Cripta solía reírse al final de los relatos. El horror no estaba en la aparición del monstruo, sino en el comportamiento del ser humano. En los cómics de Historias de la Cripta, la escena del cadáver arrastrándose fuera de su sepultura no era el inicio del horror, sino la señal de que el orden estaba a punto de ser restablecido.

Sus tres anfitriones, el Guardián de la Cripta, el Guardián de la Bóveda y la Vieja Bruja, no eran simples narradores que presentaban la historia y luego se quitaban de en medio. A veces se picaban unos a otros o aparecían como personajes en las propias historias que narraban. Otros anfitriones como Vampira (The Vampira Show, 1954), Rod Serling (The Twilight Zone, 1959) o Tío Creepy (Creepy, 1964) adoptaron muchas de sus características: humor negro, bromas macabras y la costumbre de presentar las historias como si fueran algo que hubieran presenciado ellos mismos y se las estuvieran contando a un amigo.

Pese a ello, muchos medios y varios psicólogos culparon concretamente a Historias de la Cripta del aumento de la delincuencia juvenil. La presión pública fue tan intensa que la propia industria del cómic estadounidense creó el Comics Code Authority (CCA). Este es el sistema de censura del cómic más duro que ha existido hasta el momento y parecía concebido explícitamente para hacer desaparecer Historias de la Cripta del mercado, prohibiendo los vampiros, hombres lobo, fantasmas, zombis, etc., además de prohibir la representación de muertes explicitas. El CCA metió tanto miedo en el cuerpo a los vendedores de kioscos (los principales canales de distribución de comics) que estos se negaban a vender cualquier comic que no tuviera el sello de aprobación de la CCA, por lo que no obtener ese sello condenaba a muchas editoriales a la ruina económica. Esto acabó con Historias de la Cripta y con la mayor parte de las publicaciones de terror similares.

El CCA, como el supervillano que era, fue derrotado en 1971 por Spiderman, cuando Marvel publicó una historia en la que este personaje combatía el tráfico de drogas. El CCA se negó a aprobarla porque cualquier referencia a las drogas estaba prohibida ¡incluso cuando se presentaban como algo negativo! Marvel la publicó igualmente y descubrió que las terribles consecuencias que estaba dispuesta a afrontar, en forma de millones de comics invendibles, nunca llegaron. Los quiosqueros, tan héroes del pueblo a ojos de los niños como el propio Spiderman, aceptaron poner a la venta ese comic pese a la falta del sello de aprobación. El público reacciono comprándolo masivamente, y esto hizo que el CCA se viera obligado a revisar sus normas. Ese mismo año se modificó el reglamento y volvieron a permitirse las criaturas clásicas del terror. Ya era tarde para salvar a Historias de la Cripta, porque su momento había pasado y lo que el mercado demandaba ahora eran comics de superhéroes, pero gracias a esto fueron apareciendo personajes como Morbius, Motorista Fantasma, Blade, La Cosa del Pantano, Hellblazer, Sandman o Predicador, que habrían sido absolutamente imposibles bajo la censura del CCA original.

¡Y como muestra, un ojo! (¿o era un botón?) porque hoy presentamos la primera historia de ese legendario nº 17 de Patrulla Criminal, el primero que se presentó ya bajo el título de La Cripta del Terror / Historias de la Cripta. Se trata de una macabra historia titulada… Todo debe morir.


Nuestra primera historia es la de Henry y Fred. Ambos fueron en el pasado brillantes científicos y compartieron un proyecto en particular.

Investigando los mecanismos que hacen envejecer al cuerpo, descubren que este se produce por la degradación de una glándula que genera una sustancia capaz de retrasarlo. El agotamiento, por el simple paso del tiempo, de esta sustancia, es lo que hace que nada frene el envejecimiento de los seres humanos. Ambos teorizan que, si esta glándula es sustituida periódicamente por una más joven y fuerte, el envejecimiento será muchísimo más lento, hasta el punto de que en algunos casos podría simplemente detenerse.

Henry manifiesta no tener ningún interés en ser inmortal. Él quiere envejecer y morir cuando llegue su momento. Pero para Fred la idea de la vejez y la muerte es aterradora. Así pues, desentierran el cadáver de un joven fallecido no más de 48 horas antes, que es el tiempo durante el cual la glándula permanece activa. Henry la implanta quirúrgicamente en Fred en sustitución de la suya. La operación no tiene efectos inmediatos, puesto que estos solo se dejan ver con el paso del tiempo, con lo que ambos continúan con sus vidas. Estas terminan por separarlos y no vuelven a verse hasta pasados veinte años, cuando Fred llama a Henry para que se reúnan.

Henry comprueba entonces que Fred no ha envejecido nada en esos veinte años. Él tiene ya cuarentaicinco, pero Fred parece seguir teniendo los veinticinco que ambos tenían cuando hicieron la operación. Sin embargo, Fred le revela estar sintiendo de nuevo los signos de la vejez: agarrotamiento en los dedos, dolor muscular general... El efecto de la glándula está desapareciendo porque ya ha cumplido su tiempo de vida útil. Para continuar con el experimento, Fred propone repetir todo el proceso.

Henry realiza una segunda operación y ambos vuelven a separarse. La historia se repite. Pasan quince años antes de que Henry reciba una carta de Fred explicándole que los síntomas de la vejez han vuelto. La nueva glándula ha dejado de funcionar y está volviendo a envejecer. Henry tiene ya sesenta años, mientras que Fred sigue aparentando poco más o menos veinticinco.

Tras realizar una tercera operación de cambio de glándula, Henry considera que ya han comprobado suficientemente la validez de su experimento y que ha llegado el momento de publicar sus resultados y presentarlos al mundo. Sin embargo, Fred ya no está interesado en eso. La investigación le trae sin cuidado. Lo único que le importa es mantener su juventud eternamente. Para convencerlo, Fred le dice que espere a que él cumpla ochenta años. Hay personas en las que el paso del tiempo se nota menos que en otras, e incluso algunas que parecen eternamente jóvenes. Pero cuando tenga ochenta años, nadie podrá negar que seguir aparentando veinticinco solo puede deberse a una intervención médica. No quiere revelarlo al mundo hasta que sea indiscutible que su edad aparente no se corresponde con su edad real.

Diez años más tarde, Fred vuelve a reclamar la presencia de Henry. Al ser cada vez más viejo, cada nueva glándula tiene que trabajar más para mantener esa juventud, lo que hace también que se degrade antes y los reemplazos deban efectuarse cada menos tiempo. Esta vez la operación la hacen con anestesia local y con un gran espejo en el techo, porque Fred quiere estar consciente y ver por sí mismo la operación, porque quizá la próxima vez tendrá que intervenirse él mismo.

Y efectivamente, tan solo cinco años después, Fred vuelve a llamar a Henry. Esta vez Henry se niega a llevar a cabo la operación. Las pretensiones de Fred, que llega a incluso sugerir usar las glándulas de niños pequeños, le parecen inhumanas. Furioso por la negativa de Henry, Fred golpea a este y lo mata.

Entonces su propio cuerpo se resiente, como si se rebelara ante esa juventud antinatural a la que lo están forzando. Dándose cuenta de que no tiene tiempo ni fuerzas para volver él solo al cementerio, extraer otro cadáver y llevarlo hasta su laboratorio, Fred llama a la oficina de telégrafos y envía un telegrama a su propia dirección utilizando el nombre de otra persona. En aquella época los telegramas eran llevados y entregados en mano por personal de muy baja graduación, generalmente muchachos jóvenes que estaban empezando en la empresa. Tal como Fred había calculado, es prácticamente un adolescente quien le trae el telegrama. Cuando entra en la casa, lo narcotiza con un paño impregnado en cloroformo, lo mata y abre el cadáver para apropiarse de la glándula de la juventud, con la intención de implantársela a sí mismo.

Pero al abrir el cuerpo del joven descubre que la glándula ya le fue extirpada en una operación previa. La impresión que esto le provoca junto con el miedo de no ser capaz de conseguir otra le provoca un ataque de pánico que termina de agotar la ultima glándula que le implantaron. Su cuerpo envejece de golpe todos los años que las operaciones previas habían contenido, y el shock físico que esto provoca es tan intenso que cae muerto al suelo. Y al final nos quedamos con la duda de ¿por qué le extirparon la glándula al joven repartidor de telegramas? ¿Alguna enfermedad o problema medico que tuvo? ¿O será que hay por ahí otro científico loco experimentando con la eterna juventud? 

Más Historias de la Cripta pulsando aquí.

Death must come! 1950. Al Feldstein (guion y dibujo). Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.