Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Publicamos el lunes nuestro suplemento del domingo! ¡Lea aquí todos los humillantes detalles de nuestra incompetencia editorial!
Bueno, en realidad lo único que pasa es que no pude tenerlo a tiempo para publicarlo ayer, así que lo hago hoy 😅
No pensaba tomarme tan en serio esto del Diario de Miller. Mi intención inicial era hacer reseñas mucho más cortas, pero al estar basándolo en ilustraciones puestas al azar tengo que hacer malabarismos para darles una mínima coherencia. Eso me obliga a dar muchos rodeos y no poder cerrar ninguna de las subtramas que se van abriendo, porque no se cuando se volverá a reaprovechar una de las imágenes que estoy empleando como marcadores de cuando hay que seguir extendiendo cada una de estas tramas. El estar además llevando a cabo las tiradas y modificando la historia base que me voy inventando según si las paso o las fallo también hace que no pueda planear nada con demasiada antelación.
Así que voy a hacer una pequeña trampa y darle un vistazo a las páginas de los meses que quedan para ver cual es el día en que se emplean por última vez determinadas ilustraciones, para así poder ir encaminando las subtramas relacionadas con ellas hacia finales lógicos de una forma más natural.
No sería necesario hacer esto si no hubiese empezado a crear una historia mínimamente coherente a partir de ellas, pero ya que he empezado seguiré alargando esto el tiempo que pueda. Se me esta haciendo muy cuesta arriba porque hay un limite a la cantidad de veces que uno puede inventarse otro fragmento más de historia tomando como base una ilustración que ya te ha aparecido diez veces... y que probablemente aparecerá veinte veces más de aquí a final de año. Solo pido disculpas por anticipado a los que estén siguiendo esta historia por si en algún momento la abandono por falta de ideas, hastío o estar dedicando mi limitado tiempo en este mundo a otra cosa 😅
Por otra parte, cada mes se incorpora una nueva regla especial al juego. Pero la de mayo no afectaba a este hasta ahora, así que os la explico en este momento.
La regla especial que se aplica de mayo en adelante es la siguiente: algunas casillas muestran dos símbolos en lugar de uno, además de la cifra de dificultad y otros factores que puedan influir, como la locura mínima para que la dificultad no se incremente. Estas casillas en las que aparecen dos símbolos tienen también el dibujo de una bomba, indicando que el peligro que afronta Miller en esos días no es una pista que investigar, un rastro que seguir o un combate convencional que librar, sino una trampa o una emboscada. Para salir bien librado de ella, además de superar la cifra de dificultad, hay que obtener ambos símbolos en la tirada de dados.
Hasta ahora bastaba con obtener un símbolo lanzando dos dados, habiendo dos símbolos de cada tipo en cada dado. Ahora, sin embargo, no basta con obtener uno: hay que obtener los dos, lo cual aumenta bastante la dificultad. Lo bueno de esto es que se nos indica que estos encuentros son trampas o emboscadas, lo cual me da algo más de variedad a la hora de explicar lo que está ocurriendo.
El fragmento de historia oficial que se nos ofrece también nos indica que Miller está extendiendo su investigación al subsuelo de la ciudad, así que incorporaremos esto a nuestra propia historia.
LUNES, 4 DE MAYO DE 1926
Hoy he vuelto al edificio de la redada. No sé por qué. Quizá porque algo en mí no terminaba de creer que lo hubiéramos limpiado del todo. Quizá porque, después de ver cómo el Sacerdote Mayor se nos escurría entre los dedos, necesitaba comprobar con mis propios ojos que no había dejado nada importante atrás.
El caso es que he vuelto. El edificio seguía acordonado, pero a estas alturas mover una valla con el escudo del ayuntamiento es algo que no me va a quitar el sueño. El eco de la redada seguía allí: muebles volcados, casquillos en el suelo, manchas que preferí no examinar demasiado… Subí y bajé por las escaleras sin rumbo fijo, como si esperara que algo se revelara solo. En la planta baja, detrás de un armario que me dio por mover porque era uno de los pocos que no habían quedado volcados, encontré una trampilla de hierro. Abrí la trampilla y bajé por una escalera estrecha.
La linterna iluminó un pasillo bajo, con paredes de ladrillo desnudo y tuberías que goteaban. Avancé despacio. El suelo estaba cubierto de una película viscosa que se pegaba a las suelas. No tardé en ver de dónde venía.
La criatura apareció al fondo del pasillo, doblando lentamente una esquina. Era gelatinosa, rojiza, como una gran masa de sangre a medio coagular. Tenía tentáculos cortos y gruesos que se arrastraban por el suelo dejando surcos húmedos. No tenía ojos, pero cuando la luz de mi linterna la alcanzó, se estremeció como si la hubiera notado de algún modo. Era muy lenta, así que mi primera opción fue retroceder. O intentarlo, al menos. Al darme la vuelta, vi que otra criatura similar estaba extendiéndose para cortarme la retirada, saliendo de un agujero de la pared.
Las cosas se agitaron, alzando los tentáculos como si tantearan el aire. Avanzaron hacia mí con un sonido húmedo, como un saco de vísceras siendo arrastrado por el suelo. Disparé dos veces contra la que me cerraba el paso de vuelta a la escalera. Las balas entraron en la masa gelatinosa y quedaron atrapadas dentro, flotando como insectos en ámbar. Revólver descartado. Tenía un par de cartuchos de dinamita encima, pero la idea de hacer saltar en pedazos esa masa de gelatina y que su grumos me llovieran encima no me atraía en absoluto. ¿El diapasón? Parecía ser solo efectivo contra seres inmateriales. Había logrado desorientar con él a un murciélago gigante, pero esa masa gelatinosa ni tan solo parecía tener oídos. ¿Qué más llevaba encima?
Trampa de Investigación & Combate a 10+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 2): Lupa, Revólver, 3, 3, 2. Tercer intento (repitiendo todos los dados de números): Lupa, Revólver, 6, 4, 1. Obtenemos Investigación & Combate 11 y superamos la trampa a costa de acumular un punto de locura. Teniendo en cuenta la naturaleza del encuentro, ese toque de demencia parece hasta adecuado.
¿Quizá la petaca? No sé por qué, pero tenía la impresión de que, al ser una criatura gelatinosa, el brebaje que preparó Madrivana y que llevaba conmigo en la petaca sería lo más efectivo. Fue un tiro a ciegas. Saqué la petaca y le di una rociada a una de las criaturas como si estuviera derramando sobre ella agua bendita. La criatura se detuvo, tembló y empezó a deshacerse con un fuerte siseo. En cuestión de segundos se convirtió en un charco espeso que olía a salmuera.
Había rociado a la que me cortaba el paso hacia la escalera, pero me volví y comprobé que la otra también se estaba disolviendo. ¿Era una sola criatura capaz de extenderse a través de huecos en las paredes para cortarme los dos extremos de un pasillo? Me quedé allí un momento, respirando hondo hasta que el ser terminó de licuarse. Luego subí las escaleras y dejé abierta la trampilla. El tufo de esa cosa al disolverse era nauseabundo. Mejor dejar que el lugar se ventilara antes de seguir explorándolo.
No sé si debo decírselo a O’Maley. Sus hombres no están preparados para algo así.
MARTES, 5 DE MAYO DE 1926
Hoy he tenido que enfrentarme a otra de las criaturas de Calder. Y aunque ya he visto unas cuantas, esta ha sido distinta. Peor, en cierto modo. No por peligrosa, sino por lo que sugería.
Había ido a la Universidad para hablar con Crane sobre los documentos que le dejé el lunes, pero el chaval estaba tan enterrado en papeles que decidí no interrumpirlo. En lugar de eso, di una vuelta por los edificios antiguos del campus a ver si todo seguía como en mi época de estudiante. Hay un almacén de suministros médicos detrás del pabellón de anatomía, un lugar que lleva cerrado desde antes de que yo naciera. Lo recordaba porque, hace años, un profesor me contó que allí guardaban material quirúrgico que ya no cumplía las normas. Desde entonces, nadie lo ha reclamado. Ni siquiera los ladrones. Supongo que ni los delincuentes quieren cargar con cajas de bisturís oxidados y frascos de formol.
La puerta estaba entreabierta en lugar de cerrada con un candado. Era la primera vez que la veía así, y me acerqué a echar un vistazo. Las estanterías estaban torcidas, algunas caídas, y el suelo estaba cubierto de vendas viejas y cajas aplastadas. Por la disposición de las zonas limpias en medio del mar de polvo que lo llenaba todo, estaba claro que alguien había estado allí hace poco y se había llevado algo.
Y también había dejado algo. Un golpeteo húmedo e irregular provenía de una caja de zapatos nueva colocada en el suelo, en el centro aproximado de la sala. Algo estaba abriéndose paso a través del cartón, quizá reaccionando a mi presencia allí.
Era una de las ratas reanimadas de Calder, cómo no. El cuerpo parecía estar peleando consigo mismo. Cada músculo tiraba en una dirección distinta. Las patas se movían sin coordinación. La cabeza daba sacudidas espasmódicas una y otra vez. Salió de la caja de cartón y miró alrededor. Su vista quedó fijada en mí. Estaba claro que me había visto, pero no parecía saber qué hacer con esa información. Me acerqué despacio. La rata se irguió sobre sus patas traseras. La boca se abrió y cerró sin ritmo ni propósito. No percibí hostilidad en ella, solo dolor. Pero ese tipo de dolor que no puede expresarse de otra forma más que haciendo daño a otros.
Su muerto cerebro se dio al fin cuenta de esto y se lanzó hacia mí. Yo ya tenía el tablón de una estantería suelta en las manos. No quería disparar dentro del recinto universitario si no era del todo imprescindible, y una rata muerta más era algo que podía manejar sin recurrir a eso.
Combate a 7+. Incrementado a 8+ si no tenemos al menos un punto acumulado de locura o conocimiento de Mitos, que lo tenemos. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Obtenemos Combate 10 y nos deshacemos de la rata reanimada.
Saltó, pero fue un movimiento torpe, desviado, como si solo la mitad de su cuerpo hubiera recibido la orden. Prácticamente se lanzó sola al encuentro del tablón que yo estaba empuñando como un bate. La estampé contra la pared de un tremendo golpe. Cayó al suelo y empezó a arrastrarse de nuevo hacia mi. Avanzaba empujada por una fuerza que probablemente ella misma no entendía ni controlaba. La golpeé varias veces más con el tablón hasta que dejó de moverse.
Salí del almacén con el estómago revuelto por la idea de que Calder está trabajando tan cerca de la Universidad y además va abandonando a sus criaturas allá por donde pasa. Quizá cree que así mantiene alejada a la gente del rastro que va dejando. Quizá es su forma de tratar de cubrir sus huellas. Para mí, es como un rastro de miguitas de pan.
MIERCOLES, 6 DE MAYO DE 1926
Hoy he ido a ver al padre Arden. No por nada urgente, sino porque necesitaba hablar con alguien y él siempre está disponible. De hecho, parte de su trabajo es hablar con la gente. Fui a una hora en la que sabía que estaría en su pequeño despacho de la sacristía.
Lo encontré revisando unos papeles. Su despacho es tan austero como él: una mesa, dos sillas, una cruz de madera en la pared y una estantería llena de libros viejos.
—Miller —dijo al verme—. ¿Vienes por confesión o por información?
—Por conversación —respondí, sentándome sin esperar a que me invitara.
Hablamos un rato de cosas triviales. De la redada. De los agentes heridos. De la señora Hargrove y su empeño en convertir su mansión en un bastión. Arden escuchaba con esa calma suya que a veces me irrita y otras me tranquiliza. No sé cómo lo hace.
Mientras hablábamos, mis ojos se fueron a la estantería. Allí, entre tratados de teología, manuales de exorcismo y libros de historia eclesiástica, vi un volumen grueso, encuadernado en cuero oscuro. El lomo decía: «Las Cruzadas: Crónica de los Caballeros de Dios».
Sentí un escalofrío al recordar al caballero con armadura que vi en mi última visita a las Tierras del Sueño. La armadura brillante… la barba blanca… la espada sostenida como un crucifijo. No había llegado a saber quién era, pero ahora, viendo ese libro, viendo a Arden sentado frente a mí con las manos tranquilamente entrelazadas sobre la mesa como si las apoyara en el pomo de una espada invisible, empecé a unir puntos.
Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2): Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.
—Padre —dije al fin—. Tengo que preguntarle algo.
—Dime, hijo.
—El pasado domingo, en el Mundo Onírico… vi a alguien. Un hombre con armadura. Un cruzado. Estaba ayudando a Evelyn y a Inhidra a construir esa fortaleza de la que le hablé en una ocasión. Y… —miré el libro— …creo que era usted.
Arden asintió despacio.
—Sí, Miller. Era yo.
No lo dijo con orgullo ni con vergüenza, sino limitándose a constatar un hecho.
—No lo elegí —añadió—. Nadie elige su forma en las Tierras del Sueño. Allí no somos lo que queremos ser, sino lo que realmente somos… o lo que aspiramos a ser… o lo que fuimos alguna vez. El ego se expresa sin máscaras.
Me quedé en silencio. No sabía qué decir.
—Me sorprendió tanto como a ti —continuó—. No esperaba verme así. No me considero un guerrero. No desde hace mucho tiempo. Pero el sueño… el sueño no miente. Allí, cada uno lleva la armadura que su alma ha forjado.
—¿Y por qué no me lo dijo? —pregunté.
Arden sonrió.
—Porque no era importante en ese momento. En este conflicto, Miller, cada uno de nosotros está descubriendo quién es en realidad.
No supe qué responder. Me levanté para irme. Arden me acompañó hasta la puerta.
—Miller —dijo antes de que saliera—. Siempre que necesites hablar, ya sabes dónde encontrarme. En este mundo y en el otro.
JUEVES, 7 DE MAYO DE 1926
La Zapatería Norton está en el 112 de Pickman Street. Es el nombre y la dirección que aparecían en la tapa de la caja de zapatos que vi en el almacén de la Universidad. En mi trabajo hay que fijarse en ese tipo de detalles y tomar nota de ellos. La caja de zapatos se veía muy nueva. Quizá Calder simplemente tomó la caja vacía de algún callejón y la utilizó, pero existía la posibilidad de que la hubiese comprado él mismo recientemente. Puede que fuera solo agarrarse a un clavo ardiendo, pero en ese momento era mi mejor clavo ardiendo.
Me presenté en la zapatería. Un local completamente normal. Hablé con el dependiente, que me atendió deshecho en sonrisas. Le expliqué que un amigo mío me había mostrado unos zapatos que había comprado recientemente aquí. En un lateral de la caja de zapatos había visto también indicado el modelo, la talla y el color, y los cité como parte de la conversación. El dependiente frunció el ceño, pensativo, y me dijo:
—Ah, sí, el señor Colbert. Se llevó ese modelo la semana pasada. ¿Es usted médico también?
Ajá. Colbert. Calder se creía una especie de dios dando vida a los muertos. La gente con un ego tan desmedido y tan pagada de sí misma nunca altera demasiado su nombre. Siempre que utiliza un nombre falso, utiliza un anagrama de su nombre verdadero o un nombre lo más parecido posible al real. Necesitan decirle al mundo que en el fondo son ellos. Y el comentario de si yo también era médico era casi una confirmación de que se trataba de la persona que buscaba. Continué hablando con el dependiente de forma casual; hay muchas maneras de sonsacar la información a la gente más allá del simple interrogatorio.
Me probé un par de zapatos tras otro. Aproveché para preguntarle si hacían entregas a domicilio, porque en ese momento tenía que ir a otro lugar y no podía estar todo el día cargando con una caja de zapatos debajo del brazo. El hombre me contestó que no había ningún problema con ello, solo tendría que pagar un pequeño monto extra para el mozo que tienen de recadero para estos casos. Cuando me preguntó la dirección, le dije que los enviara a casa del señor Colbert, que los recogería allí porque estábamos trabajando juntos en un proyecto y pasaba en su casa la mayor parte del día.
El dependiente hizo memoria antes de preguntar:
—¿El 48 de Garrison Lane, cierto?
—Correcto —dije, pagando el par de zapatos y tomando nota mental de la dirección.
Salí antes de que me hiciera más preguntas y me dirigí a todo correr a Garrison Lane. Resultó ser una casa de alquiler. Las cortinas estaban echadas y no se veía movimiento en el interior. Llamé una vez. Otra. Nadie respondió. Forzar la entrada no fue difícil. La cerradura era vieja y estaba más para decoración que para seguridad.
El olor me golpeó al entrar. Una mezcla de formol, sangre y algo dulzón y rancio que me revolvió el estómago. La sala principal había sido convertida en un pequeño laboratorio improvisado. Había frascos alineados en una mesa plegable, probetas con líquidos turbios, tubos de vidrio, jeringuillas, vendas manchadas... En un balde metálico lleno de hielo había varios trozos de cuerpos: un antebrazo, parte de un torso, una mandíbula. Calder no estaba allí. Pero había estado. Y hacía poco. El hielo apenas había comenzado a derretirse.
Estaba aún examinando el balde cuando escuché un gruñido detrás de mí. Me giré justo a tiempo para ver cómo un perro grande, mestizo, de pelaje oscuro, emergía de debajo de un montón de sábanas ensangrentadas. Tenía los ojos en blanco, pero no miraban a ninguna parte. Movía la cabezota de un lado a otro, como olfateando o tratando de orientarse.
Combate a 8+. Incrementado a 9+ si no tenemos al menos un punto de locura o conocimiento de Mitos, que lo tenemos. Primer intento: Linterna (doble), 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos): Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Combate 9 y pasamos la tirada.
Disparé una vez. La bala le atravesó una de las patas delanteras, pero el perro ni se inmutó. Siguió avanzando, arrastrando la pata rota, con la mandíbula abierta y la lengua colgando como un trapo. Disparé de nuevo y esta vez le di en la cabeza. El animal se derrumbó. Algún vecino me gritó a través de la pared que había llamado a la policía para que me encerraran por andar pegando tiros dentro de casa.
Arramblé con todos los diarios y cuadernos que encontré para llevárselos a Elliot, que al chaval se le da bien eso de contrastar datos. De no haber sido por el perro me habría quedado dentro de la casa a esperar a Calder, pero si la policía estaba ya en camino no había nada que hacer.
Justo cuando salía por la puerta casi me di de bruces con un mozalbete que llevaba una caja de zapatos bajo el brazo y tenía una mano levantada, como preparándose para llamar al timbre.
—¿El señor Colbert?— preguntó casi en tono de desafío.
—No está en casa. Soy su hermano. ¿Eres el repartidor de la Zapatería Norton? Ya me dijo que estaba esperando algo.
Aquello pareció tranquilizar al mozo. Me entregó la caja y le di unas monedas de propina, con lo que se marchó contento. Y yo también. Después de todo, necesitaba unos zapatos nuevos tras haber estado andando por ese sótano pringoso el lunes.
VIERNES, 8 DE MAYO DE 1926
Hoy he vuelto al Mundo Onírico sin haberlo planeado. Me quedé dormido en la silla de la oficina, con los cuadernos de Calder sobre la mesa. Cuando abrí los ojos estaba de pie en el patio de una fortaleza blanca hecha de grandes bloques de mármol que emitían una leve fosforescencia. Era de noche y una gran luna llena blanca destacaba en el cielo. Desde una de las almenas me observaba un gato negro. De pronto miró directamente hacia la luna, saltó y ascendió en dirección a ella hasta desaparecer. Supe, con ese conocimiento extraño que se tiene en los sueños, que el gato se había trasladado hasta la luna, y no con demasiado esfuerzo, como si fuera algo natural en él. Segundos después otro gato descendió desde la luna hasta una de las torres. Este era un calicó.
Desde otra de las almenas alzó el vuelo Evelyn en su forma de búho. Alcé mi brazo y se posó en él sin que sus garras me produjeran daño alguno. Batió las alas una vez, como saludo, y sus ojos dorados refulgieron con intensidad.
«Has venido» dijo su voz en mi cabeza mientras su pico de búho emitía un ligero ulular.
—No tenía intención de venir —respondí—. Solo me he quedado dormido.
«Yo te he llamado. No estaba segura de si funcionaría».
No supe qué contestar. Evelyn extendió las alas y levantó el vuelo. La seguí. Salimos de la fortaleza y vagamos por las Tierras del Sueño durante algunos días.
«La torre negra se está reconstruyendo» dijo Evelyn mientras avanzábamos. «El Sacerdote Mayor ha perdido fuerza desde la redada, pero no ha dejado de trabajar. Está reconstruyendo la base de la torre, pero debe estar haciéndolo desde el Mundo de la Vigilia. Yo he estado vigilando la torre desde aquí, y no ha habido actividad desde este lado».
Le expliqué que había regresado al escondrijo de la secta y que ahí tampoco había nadie. El Sacerdote Mayor no había regresado por ahí. Y tampoco parecía que lo hubiese hecho ningún cultista. Le hablé de lo que encontré en el sótano y de cómo me liberé de la criatura que allí acechaba y de mi intención de volver a seguir explorando el lugar.
Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Linterna (doble), 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.
—Entonces, si ni el Sacerdote Mayor ni los cultistas están reconstruyendo la torre, ni en el mundo real ni en este, debe ser algo que hay en la propia torre. En esos sótanos que todavía no he terminado de explorar. En los cimientos. Hay algo que mantiene activo el lugar, un foco de poder que está reconstruyendo la torre por sí solo. De no ser así, la torre no estaría creciendo de nuevo.
Llegamos hasta la versión onírica de Arkham y pude observar por mí mismo que, efectivamente, la torre se está alzando de nuevo. Ya no se elevaba infinitamente hacia el cielo, pero sí tenía al menos cien metros de altura. Era más estrecha que antes y más irregular. Se torcía en una dirección y otra y parecía que fuera a caer en cualquier momento. Pero yo sabía que no lo haría por sí sola. En el Mundo de los Sueños, las leyes de la física no se aplican. La arquitectura es bizarra y no respeta geometrías. Una poderosa voluntad estaba sosteniendo la torre y haciéndola crecer pese a sus evidentes defectos de construcción.
Desperté sobresaltado, con el corazón acelerado y la sensación de que algo me había rozado la nuca justo antes de volver al mundo real. Definitivamente voy a tener que volver a ese sótano repugnante.
SÁBADO, 9 DE MAYO DE 1926
Regresé a la Universidad para ver a Elliot Crane. No esperaba gran cosa: el chaval es brillante y detallista, sí, pero también nervioso e inseguro. Sin embargo, cuando entré en la sala de estudio donde suele trabajar, lo encontré rodeado de papeles, con ojeras profundas y el cabello revuelto como si llevara horas tirando de él.
Búsqueda a 11+. Primer intento (tiramos en nombre de Crane para determinar si ha averiguado algo): Revólver, Linterna, 5, 4, 2. Obtenemos Búsqueda 11 a la primera y pasamos la tirada.
—Señor Miller —dijo al verme—. Creo que he encontrado algo. Algo importante.
Me mostró uno de los cuadernos que le dejé hace días. Había subrayado nombres, fechas, direcciones y llenado una hoja con anotaciones. Señaló una lista de nombres: comerciantes, profesores, un par de empresarios locales, un abogado, un médico.
—Todos ellos hicieron donaciones en los últimos tres años a una empresa llamada Blackstone Maritime & Company.
—¿Una empresa del puerto?
—No. No existe ninguna empresa llamada así. Lo sé porque fui a cuatro bancos diciendo que mi padre estaba planteándose invertir en acciones de esa compañía. En los cuatro consultaron sus archivos y me dijeron que no hay registro fiscal de una naviera llamada así, ni sede, ni empleados conocidos.
Crane tragó saliva antes de continuar.
—Y hay algo más. Un nombre que se repite como destinatario de informes, cartas y pagos. Doctor Heinrich M. Rausche.
Sacó un recorte de periódico amarillento. Un anuncio de una conferencia en Viena, de hace casi veinte años. El ponente era el mismo nombre: doctor Heinrich M. Rausche. El tema: «Arquitectura ritual y geometrías de resonancia en la prehistoria».
Rituales… resonancia… nombre europeo… conferencia en Viena… Ese era el tipo de hombre que podría haber cruzado el océano para dirigir un culto.
—Creo… creo que Rausche es el Sacerdote Mayor —dijo Crane, casi susurrando, corroborando mi sospecha. El chaval temblaba. Le puse una mano en el hombro.
—Buen trabajo, Elliot. Pero olvídate de esto por el momento. Seguro que has descuidado tus estudios. Céntrate en ellos de nuevo y no hables a nadie de este asunto.
Crane asintió, pálido pero decidido. No puso ninguna objeción cuando recogí todos esos cuadernos y papeles en los que había estado trabajando durante días para llevármelos. Al contrario, parecía aliviado de que lo hiciera. Y por eso no le endosé los cuadernos de Calder. Los había traído conmigo para entregárselos, pero estaba claro que el estudiante necesitaba un descanso. Demasiada gente estaba ya perdiendo la cordura por todo este asunto como para añadir uno más.
DOMINGO, 10 DE MAYO 1926
Tras revisar las notas que Crane me entregó, pasé parte de la noche del sábado y toda la mañana de hoy buscando variaciones del nombre real de Rausche en los registros de hoteles y pensiones de la ciudad. Aunque puede que hablar de «nombre real» sea decir demasiado.
En una de las hojas de notas que me pasó Crane había una anotación que me llamó especialmente la atención. Era el significado en alemán del nombre. La raíz Hein puede interpretarse como hogar, casa, dominio, reino o lugar protegido, mientras que la terminación Rich significa poderoso, gobernante, señor o rey y, en general, aquel que está al mando de algo. Heinrich podría interpretarse, por tanto, como «el gobernante del reino». El apellido Rausche también tiene un significado que parece demasiado adecuado para el líder de un culto como para ser algo casual. Tiene significados relacionados con susurros o sonidos bajos. También con vibraciones o interferencias. Incluso con la sensación de borrachera, frenesí o éxtasis. Se me pasó por la cabeza que un nombre como este podía tener dos explicaciones: o bien era también un nombre falso que él mismo se había puesto o bien (y este era el caso que más me preocupaba) que fuera el nombre real de una persona que desde su nacimiento hubiese sido dirigida por otros (quizá por sus padres, quizá por quienes lo criaron) para convertirlo en aquello que era a día de hoy.
Comprobando los libros de registro de los hoteles encontré uno, Hiram Chesne Rucher, que me llamó la atención por ser un anagrama perfecto de Heinrich M. Rausche. Subí las escaleras con el revólver ya en una mano y la llave maestra del hotel en la otra. Hay mucha gente ingenua que no sabe la diferencia entre un policía y un detective privado, y cree que los segundos tenemos la misma autoridad legal que los primeros cuando en el fondo solo somos civiles. Abrí la puerta y la empujé con cuidado.
Heinrich, o como se llamara en realidad, estaba de pie frente al espejo de vestir de cuerpo entero. Sus dedos dibujaban símbolos en el aire, como escribiendo letras invisibles. Su reflejo no coincidía del todo con sus movimientos; iba un segundo por detrás, como si el espejo mostrara una versión retrasada de la realidad.
Lo llamé por su nombre. Él se volvió con una expresión que jamás olvidaré: los ojos hundidos, febriles, y una sonrisa tensa, como si hubiera estado esperando exactamente este momento. De algún modo ya sabía que venía a por él. Antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo se desdibujó y desapareció. El aire vibró y durante un par de segundos pude ver algo en el espejo que no era mi reflejo ni el de la habitación. Era otro lugar.
El espejo mostraba un paisaje imposible: un desierto oscuro bajo un sol moribundo, un cielo púrpura atravesado por nubes de aspecto tóxico y ruinas ciclópeas que se alzaban en la lejanía. Por todas partes vagaban criaturas bulbosas, rosadas, sostenidas por patas largas y finas como agujas. Se movían con torpeza y, sin embargo, había en ellas una ferocidad primitiva. No sé cómo lo supe, pero lo supe: aquello era el futuro remoto de la humanidad, un tiempo en el que el mundo real y el onírico se habían fundido, la magia había sustituido de nuevo a la ciencia y esas criaturas eran depredadores y carroñeros estupidos que vagaban guiados solo por instinto.
La visión duró apenas un instante, pero fue como si el espejo me hubiera transmitido no solo una imagen, sino también un fragmento de comprensión. Supe que ese mundo futuro se llamaba Zothique, aunque nunca hubiera oído el nombre. Supe que esas criaturas eran vermes, habitantes de tumbas y ruinas, y que uno de ellos me estaba viendo a mí del mismo modo que yo le veía a él, aun separados por miles de años de tiempo.
El espejo estalló cuando la criatura lo cruzó. Tenía el tamaño de un hombre. Quizá sus ancestros habían sido hombres. Sus patas se movían con un ritmo insectoide, pero el cuerpo parecía blando, casi líquido, como si estuviera hecho de carne sin una estructura de huesos ni un caparazón para sostenerlo. No tenía ojos visibles, pero aun así supe que me había detectado: se dirigió hacia mí con un movimiento espasmódico.
Combate a 16+, incrementado a 19+ por tener menos de tres puntos de locura o conocimiento de Mitos y reducido a 13+ por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 3, 3. Segundo intento (repitiendo ambos 3): Revólver, Linterna, 6, 4, 4. Utilizamos uno de los hechizos del grimorio para convertir el 6 en un 5. Obtenemos Combate 13 justito y nos libramos del punto de locura.
Disparé hasta vaciar el tambor al centro de la masa rosada, pero las balas desaparecieron en su interior blandamente. No parecía que le hubiesen hecho un daño significativo, pero podía ver los seis agujeros de los impactos claramente definidos en su carne. Sintiera dolor o no, tuviera o no órganos internos vitales, era un ser tangible cuya materia podía ser dañada. Saqué los dos cartuchos de dinamita que ya me he acostumbrado a llevar encima, los encendí con manos temblorosas mientras retrocedía hasta la puerta y se los arrojé cuando lo tenía ya tan cerca que estos chocaron con su cuerpo y cayeron al suelo delante de él. No me quedé a ver el resultado porque la explosión me habría volado en pedazos a mí también. Eché a correr por el pasillo.
El edificio entero se sacudió y una lluvia de escombros cayó a las calles mientras un conato de incendio se empezaba a extender por la vieja alfombra. Algunas personas se asomaron al pasillo tratando de entender lo que estaba pasando.
—¡Una explosión de gas! ¡Salgan del edificio! ¡Llamen a los bomberos! —fui gritándole a la gente a medida que me los cruzaba.
Dejé que algunos me adelantaran para salir del hotel mezclado con ellos y que el recepcionista no se fijase especialmente en mí. Bastante había dado ya el cante en ese lugar.
Si Heinrich es capaz de manipular la realidad y huir trasladándose de un lugar a otro instantáneamente, como aparentemente hizo para escapar de la redada y de nuevo para escapar del hotel, entonces estamos ante un enemigo mucho más peligroso de lo que nunca imaginé.
Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí.

















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