Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡La oscuridad se cierne sobre la ciudad de Arkham! ¡Más vale que todos se aseguren de tener una provisión de velas!
Por fin nos ponemos al día con los sucesos correspondientes a la primera semana completa de febrero, y lo primero que vamos a hacer es explicar en qué consiste la nueva regla que se añade a este mes y a los siguientes. Se trata de la utilidad de la locura.
En el famoso juego de rol La llamada de Cthulhu, publicado por Chaosium Inc. en 1981 (en España por Joc Internacional en 1988), la puntuación de Cordura se iba perdiendo no solo a medida que íbamos teniendo encuentros con monstruos o sufriendo grandes desgracias personales, sino también a medida que íbamos aprendiendo más y más sobre los Mitos y todo lo relacionado con ellos. El aprender sobre las extrañas fuerzas a las que nos enfrentábamos mermaba nuestra cordura de forma intrínseca, de modo que una cosa era indisociable de la otra: a más conocimiento sobre los Mitos, menos cordura.
Aquí parece que han intentado hacer un símil con esto, puesto que hay encuentros en los que, además de la cifra que debemos obtener para superarlos —que aparece impresa en las hojas del libro, como hasta ahora—, en algunos casos hay una segunda cifra envuelta en un halo verde que indica la locura mínima que debemos tener acumulada al llegar a ese encuentro para que la cifra que debemos obtener con los dados no se incremente.
Por decirlo así, la dificultad total real sería la suma de las dos cifras: la que se nos indica de base más la que aparece envuelta en el halo verde. Pero si ya tenemos una cantidad de locura igual o superior a la que aparece en ese halo verde, entonces esa cifra adicional se ignora, puesto que tenemos suficientes conocimientos sobre los Mitos de Cthulhu como para saber cómo enfrentarnos a esa amenaza… o bien estamos ya lo bastante locos como para que esa aparición o encuentro no nos altere tanto como para incrementar su dificultad.
En la casilla del lunes día 2, por ejemplo, nos enfrentamos con una criatura que yo he supuesto que se trata de un Habitante de la Oscuridad, como el que aparecía en el relato de Lovecraft The Haunter of the Dark (1935). Es lo que más se acerca a lo que vemos en la ilustración. Aquí se nos indica que el encuentro precisa de un 7 para ser superado, pero también de una locura de 2 o más.
Por tanto, en este caso, si llegáramos a este encuentro con menos de 2 de locura, la dificultad del encuentro sería 9: el 7 de base más el 2 de la locura/conocimientos de Mitos requerida. Si cuando llegamos a este encuentro ya tenemos 2 o más puntos de locura, entonces la dificultad será solo el 7 de base.
Esto hace el juego más difícil y en cierto modo más táctico, porque hasta ahora la única consideración que debíamos tener con la locura era acumular la menos posible. Puesto que la locura está asociada a la cifra más alta del dado, teníamos que valorar en qué casos valía la pena repetir esa tirada más alta para deshacernos de la locura. Había ocasiones en que esto no se podía hacer simplemente por la cifra total que había que alcanzar en la tirada. Había veces que compensaba acumular ese punto de locura a cambio de superar la tirada, y otras que no, para no rebasar el máximo de 8 puntos de locura que es cuando esta ya empieza a perjudicarnos.
Ahora, en cambio, además de eso, tenemos que tener en consideración los encuentros que vamos a tener a lo largo del mes y que requieren una locura mínima para no incrementar su dificultad. En otras palabras, hay que abrazar la locura y abrazar el conocimiento de los Mitos que esta conlleva para tener más posibilidades de derrotar a los adversarios o superar los encuentros… aunque esto haga que nos volvamos peligrosamente locos, puesto que, si al final del mes tenemos acumulados 8 o más puntos de locura, eso perjudica nuestro resultado total.
De hecho, esta primera casilla en la que esta modificación se aplica es un error porque en el último día de cada mes, la locura que hayamos acumulado se reinicia a cero. El encuentro con este Habitante de la Oscuridad que requiere tener ya acumulados 2 de locura tiene lugar en el segundo día de febrero, y solo acumulamos uno por cada tirada en la que hayamos obtenido uno o más resultados de locura en los dados. Se acumula un solo punto por encuentro, sin importar que hayamos obtenido más de un dado con símbolo de locura. Por tanto, es simplemente imposible llegar a este encuentro habiendo acumulado dos puntos de locura. Lo máximo que podríamos tener en febrero, llegados a este punto, sería uno, de haber obtenido símbolos de locura en la tirada del domingo anterior.
Entiendo que esto o bien es un error o ha sido puesto allí para que tengamos claro cómo funciona la mecánica; para que veamos que el carecer de locura o tener una puntuación baja de esta, también puede perjudicarnos. Este encuentro siempre se librará a dificultad 9.
Por otra parte, me he encontrado con algo que no esperaba, y es un texto de trasfondo. Yo estaba escribiendo todo esto junto a cada tirada para darle un sentido y un trasfondo al juego, porque considero que el trasfondo es tan importante o más que las mecánicas y el reglamento. Jugamos a juegos porque nos gustan las historias que los envuelven, no porque nos gusten sus mecánicas (principalmente, aunque estas también influyen). A mí, por ejemplo, que no me gustan cosas como el fútbol o el golf, ya me pueden poner delante el mejor juego de tablero de fútbol o golf del mundo, con las mejores mecánicas, y me aburriré al jugarlo, porque el trasfondo en sí y la historia que lo envuelve no me atraen en absoluto.
El caso es que el juego sí tiene un trasfondo, y eso significa que, a partir de ahora, para no contrariar el trasfondo oficial del juego, voy a tener que ir adaptando la historia que yo estaba creando a lo que se nos va indicando aquí. Por una parte, esto puede ser algo bueno, ya que entiendo que este trasfondo se habrá hecho de una forma coherente, dándole una historia propia a la partida. Y por otra, hace más difícil el trabajo que estaba haciendo yo, porque tengo que buscar el modo de que lo que me vaya inventando no contradiga lo que se indique aquí 😅 Menudo berenjenal.
Por el momento, tanto el trasfondo oficial como lo que estoy escribiendo yo son compatibles. El trasfondo oficial nos dice que John Miller está investigando unas desapariciones en el barrio obrero de Arkham, y que al parecer, hay algunas sectas que han empezado a reunirse y a realizar rituales. Y que las primeras pistas que obtuvo le llevaron hasta un viejo almacén. Pues bien, de pura casualidad, la semana anterior escribí que John había estado investigando la aparición de un cadáver en un almacén. Así que, por ahora, no considero que esté transgrediendo el trasfondo oficial 😁
LUNES, 2 DE FEBRERO DE 1926
El
puerto siempre ha tenido un tufo propio, pero esta mañana, al acercarme al
viejo almacén donde apareció ese extraño cadáver, percibí algo más. Un aroma
tenue, casi imperceptible, a carbón húmedo mezclado con tierra removida. Tenía
doblado en el bolsillo el permiso que me había firmado el propio comisario
O’Maley, autorizándome a meter las narices en cualquier lugar del crimen aún
acordonado de la ciudad. De todos modos, el cuerpo ya había sido retirado y no
se había dejado a nadie vigilando.
La
puerta de madera estaba entreabierta, con la cerradura reventada. Alguien había
entrado antes que yo sin molestarse en ocultarlo. Encendí la linterna. El
almacén estaba como lo recordaba: cajas apiladas, redes viejas, maromas de
cuerda… Nada fuera de lo común. Tampoco buscaba nada en concreto, solo quería
dar otro vistazo, por si los agentes hubieran pasado algo por alto. Fue al
enfocar a una esquina cuando me di cuenta de que la oscuridad… ¿cómo decirlo?
La oscuridad no se comportaba como debería. Una parte de ella no retrocedió
ante la luz, sino que, por el contrario, se destacó contra esta. Una figura
negra, sin contornos bien definidos, como una sombra sin un cuerpo al que estar
unida. Avanzó hacia mí sin mover los pies. Flotaba, o quizá deslizaba su forma
por el suelo.
No
me lo pensé. Saqué el revólver y disparé contra ella. Las balas pasaban a
través de su silueta y se incrustaban en las paredes de la esquina sin hacerle
daño.
Búsqueda a 7+. Incrementada a 9+ por no tener la
locura/conocimientos de los mitos suficientes para aceptar la existencia de la
criatura. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Segundo intento
(repitiendo el 6): Revólver, Linterna, 4, 4, 3. Esto nos deja con Búsqueda 11 y
pasamos la tirada.
Noté
que, pese a que las balas no le hacían efecto, parecía rehuir la luz directa de
la linterna, y por eso me concentré en mantenerla enfocada todo el tiempo con
el haz de luz mientras retrocedía de espaldas hacia la puerta, sin quitarle los
ojos de encima. Cada vez que la luz la tocaba, su cuerpo temblaba y se deshacía
en jirones de sombra… pero volvía a recomponerse en cuanto el haz se apartaba
un milímetro.
Cuando
finalmente llegué a la puerta y la escasa claridad del atardecer que entraba
por ella se unió al haz de mi linterna, la criatura se agitó, retorciéndose
como si la luz la estuviera arrancando del mundo. Emitió un sonido que no
sabría describir más que como… un lamento sin garganta, o un grito sin aire. Y
luego retrocedió hacia la oscuridad del almacén, renunciando a atraparme.
Tan
pronto como llegué a una cabina telefónica, llamé al comisario y le dije que
moviera los hilos necesarios para demoler el almacén al día siguiente, en las
horas de más luz, para que esa cosa, sea lo que sea, no tenga rincones ni
sombras en las que esconderse.
MARTES, 3 DE FEBRERO DE 1926
Dormí
mal. Cada vez que cerraba los ojos veía la forma que me atacó en el almacén, esa
sombra sin un cuerpo que la proyectara, ese imposible hueco en la luz. No era
como los animales deformados o los cadáveres revividos que me habían atacado
estas últimas semanas. Aquello no tenía carne, huesos ni sangre, ni siquiera un
contorno estable. Admito que ese encuentro me dejó aterrado.
Recordé
las palabras del padre Arden sobre que para luchar contra el mal hay que
aprender sobre el mal, así que a primera hora de la mañana abrí el libro que
tomé del sectario que irrumpió en mi apartamento hace tres o cuatro semanas. Un
volumen viejo, encuadernado en cuero reseco, con la cubierta y la mitad de las
páginas atravesadas por la bala con la que maté a su dueño. Lo había guardado en el
fondo de un cajón. Estaba escrito en latín, pero lleno de anotaciones en inglés
y alemán hechas a mano en los márgenes. Algunas caligrafías eran firmes y
académicas. Otras, temblorosas, como si quien las escribió lo hiciera con prisa
o con miedo.
Investigación a 10+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 5,
5. Segundo intento (repitiendo el 6): Lupa, Linterna, 5, 5, 2. Con esto
obtenemos Investigación 12 y superamos la tirada.
Tardé
un buen rato en encontrar algo que se pareciera a lo que vi. El libro no tiene
índice, y cada capítulo parece empezar en mitad de una idea y terminar en mitad
de otra. Pero en una página manchada de humedad encontré un dibujo: una silueta
negra, sin rasgos, con los bordes ondulantes como humo atrapado en una botella.
Debajo, en latín, un término que me costó traducir: Umbrae Tenebrarum.
Las Sombras de la Oscuridad.
Las
anotaciones en alemán eran más explícitas. Hablaban de «habitantes sin forma»,
«seres que no proyectan sombra porque ellos mismos son la sombra», y una frase
subrayada tres veces: Licht bricht sie —la luz los rompe.
Otra
anotación en inglés, firmada con las letras R. B., se refería a ellos como los Habitantes
de la Oscuridad y el autor aseguraba haber destruido a uno de ellos en una iglesia
abandonada en Providence mediante el uso de un artefacto llamado el
Trapezodrón, sobre el que no daba detalles. Otra nota de un tal «profesor L.»
describía a estas entidades como «sombras vivientes que habitan entre los
pliegues del mundo», vinculadas a algo o alguien llamado Nyarlathotep. No sé qué demonios
es eso, pero el nombre aparece repetido en varias páginas, siempre junto a
advertencias escritas con letra nerviosa.
Mientras
pasaba las hojas, una corriente de aire helado recorrió la habitación. No había
ventanas abiertas. Ni puertas. El libro se estremeció entre mis manos. Lo cerré
de golpe.
No
sé si lo que me atacó anoche era uno de esos Habitantes de la Oscuridad, pero
todo apunta a que sí. Voy
a necesitar más linternas. Y quizá empezar a dormir con la luz encendida.
MIÉRCOLES, 4 DE FEBRERO DE 1926
Decidí
volver al puerto, al almacén donde encontré a la criatura de sombra, del cual
ya no queda gran cosa. O’Maley no consiguió permiso del alcalde para demolerlo,
pero «misteriosamente» unos desconocidos lo rociaron con gasolina por fuera y
lo incendiaron. Y «casualmente», los bomberos encontraron todos los accesos a esa
zona del puerto cortados por camiones de recogida y reparto mal aparcados. El
caso es que el almacén ardió hasta los cimientos a plena luz del mediodía, lo
cual me tranquilizó bastante cuando me lo comunicaron por teléfono, pero aun
así necesitaba verlo con mis propios ojos.
Es
por eso que fui a los muelles y me quedé contemplando los escombros requemados
un buen rato, incluso cuando empezó a llover. Pero no era el único observador
de lo que había ocurrido allí.
Entre
dos contenedores oxidados escuché un sonido húmedo, un arrastre viscoso que me
heló la sangre. No era el ruido de una rata ni de un animal callejero. Era más
profundo, más pesado, el arrastrar un cuerpo demasiado
grande para moverse en silencio. Un sonido que ya me resultaba familiar. Eché
mano a la funda sobaquera del revólver y me giré, apuntando hacia el suelo,
hacia otra de esas serpientes de dos cabezas que ya se estaban volviendo algo
casi familiar.
Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 3, 2.
Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos): Revólver, Lupa, 4, 3, 2.
Con esto obtenemos Combate 9 y superamos la tirada.
La
criatura parecía más lenta que las anteriores. Disparé tres veces
contra su cabeza derecha, destrozándola. Sin apenas mover el revólver, liberé
las otras tres balas contra la cabeza izquierda. La serpiente se derrumbó con
ambas cabezas hechas trizas.
¿Ya
estaba? ¿Eso era todo? Su cuerpo se arqueó, convulsionando, y luego empezó a
deshacerse. ¿Acaso les había perdido ya el miedo a estas criaturas y las veía
menos terribles de lo que eran, o es que algo las había debilitado?
JUEVES, 5 DE FEBRERO DE 1926
Tras
la lluvia de ayer el aire estaba denso, cargado de humedad, y el cielo seguía
de un gris plomizo. La luz ambiental era escasa, y pese a que solo eran las
cuatro de la tarde, las farolas ya estaban encendidas. No había casi nadie en
la calle, salvo un par de mendigos borrachos y un hombre alto, vestido completamente con ropas oscuras. Llevaba una capa larga, que me llamó la atención porque ya nadie usaba
ese complemento, y un bastón de madera oscura. Lucía una barba perfectamente
recortada. Su aspecto era algo a medio camino entre un aristócrata y un
prestidigitador de vodevil. Caminaba con una elegancia que solo puedo definir
como antigua.
Se
detuvo bajo una farola que parpadeaba. La luz temblorosa apenas iluminaba su
rostro, pero pude distinguir unos ojos oscuros, profundos. Había algo en él que me hizo sentir mal.
Al pasar a su lado inclinó ligeramente la cabeza, como quien saluda a un viejo
conocido. Apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón y, sin apartar la vista
de mí, dijo:
—La
luz le ha salvado… por ahora.
Su
voz era suave, casi amable, pero no exenta de un tono retador.
—Las
sombras no actúan solas —continuó—. Y usted ha empezado a verlas demasiado
pronto. Le aseguro que lo lamento, pero su papel en esto termina aquí.
La
farola bajo la que estábamos parpadeó de nuevo… y se apagó. Todas las farolas
de la calle se apagaron, y entonces fui consciente de la verdadera magnitud de
la oscuridad que nos envolvía. Oí gritos a mi espalda, y al volverme vi a
varios de esos Habitantes de la Oscuridad, como el del almacén, acabando con
los desgraciados mendigos que nada tenían que ver en todo ese asunto. Literalmente los hicieron desaparecer, como si los absorbieran a su negrura en cuestión de segundos. Luego se
movieron hacia mí. Empuñé la linterna, y en cuanto la encendí las sombras se
separaron.
—Me
temo que no va a poder enfocarlas a todas a la vez, señor Miller… —se burló el
hombre mientras se alejaba unos pasos sin darme la espalda.
Estaba
metido en un buen lío, sin ningún lugar cercano en el que refugiarme que
estuviera más iluminado que el cielo abierto, y con tres, quizá cuatro
Habitantes de la Oscuridad avanzando hacia mí desde distintas direcciones.
Investigación a 13+. Primer intento: Revólver (doble), 6,
2, 1. Segundo intento (repitiendo todo menos el 6): Revólver, Linterna, 6, 5,
1. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos y el 1): Linterna, Lupa, 6, 5,
5. Con esto obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada con un punto de
locura.
A
la desesperada enfoqué la linterna contra el Habitante de la Oscuridad más
cercano. La luz no era bastante fuerte para hacerlo desaparecer, pero lo
inmovilizó. Con la otra mano empuñé el revólver, rezando para que el fogonazo
de la detonación sirviera al menos para molestar a otro.
—Sabe
perfectamente que eso no le servirá contra ellos —dijo en tono burlón el
hombre.
Entonces
vi cuál era la salida y me maldije por no haberlo hecho antes. Dirigí el
revólver hacia él y le grité:
—¡Si el arma no me sirve con los perros, me servirá con su amo!
Sonrió
como si creyera que no le iba a disparar. Cuando partí en dos su bastón de un
tiro, su sonrisa se borró de golpe.
—¡Te
doy un segundo para volver a encender las luces, trilero de feria!
Un
segundo… es lo que iban a tardar en caer sobre mí los Habitantes de la
Oscuridad, quizá menos. ¿Tendría tiempo de sentir su tacto, el suficiente para
disparar y llevarme a ese tipo por delante antes de que acabaran conmigo?
¿Sentiría frío? ¿Dolor? ¿Nada en absoluto? ¿Se pararía mi corazón o la vida
abandonaría instantáneamente mi cuerpo?
Las
farolas se encendieron de nuevo. Oí a uno de los Habitantes de la Oscuridad
sisear y retirarse, prácticamente a centímetros de mi nuca.
—Es
usted un bárbaro. Ha partido mi bastón —me recriminó el hombre, agachándose a
recoger la mitad que había caído al suelo.
—¡Otro
truco como ese y lo que te partiré de un tiro será el cuello, bufón! —dije alejándome
lentamente de él sin dejar de apuntarle.
Le
encañoné hasta llegar a la siguiente bocacalle. Él no se movió. Justo antes de
perderle de vista guardé el revólver y eché a correr como alma que lleva el
diablo. Podría haberle matado en ese momento, pero aparentemente él había
traído a esos Habitantes de la Oscuridad a las calles. Y esas criaturas no
debían ser fáciles de invocar ni mucho menos de controlar. Si le dejaba
marchar, probablemente se las llevaría con él para darles otro uso. Y si le
mataba, seguramente quedarían descontroladas por las calles, acabando con todo
aquel con el que se cruzaran.
Regresé
a mi oficina trotando como un caballo desbocado, con el corazón saliéndoseme
por la boca. Encendí todas las luces de todas las habitaciones, incluso todas
las velas, y me senté en el suelo en una esquina con la linterna en las manos,
temblando como un flan.
Estamos
a principios de febrero, la época del año en la que los días son más cortos y
las noches más largas aquí en Nueva Inglaterra. Y he necesitado media docena de
lingotazos para calmarme el temblor de las manos lo suficiente para escribir
estas líneas. Esta maldita semana se me está haciendo eterna.
VIERNES, 6 DE FEBRERO DE 1926
Lo
primero que consulté en el periódico matinal, después de años sin prestarle
atención, fueron las horas de la salida y puesta del sol. De 06:59 a 17:02.
Estuve todo el día consultando el reloj. Qué rápido pasa el tiempo cuando lo
tienes contado.
Ha
sido un día de compras. Latas de comida en el colmado, por si tengo que pasar una
larga temporada sin salir de casa. Cajas de balas en tres armerías diferentes,
para no dar la impresión de que compro muchas. Varias linternas de baquelita
con una provisión de pilas por si se va la luz en el peor momento, o un
individuo como el de ayer la apaga. Y muchas velas y cajas de cerillas, por si acaso. No
negaré que también pasé por una licorería.
Iba
bien de tiempo. Me quedaba una hora de luz e iba bastante cargado, así que
reduje un tanto el paso. Las calles, como casi siempre en Arkham, ciudad
especialmente oscura y fría, estaban bastante vacías, casi desiertas. Un gato
negro, delgado como un alambre, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber
la ya de por sí escasa luz, me salió al paso. Caminaba de un lado a otro frente
a mí, sin prisa, sin miedo.
—Ahora
no —le gruñí.
No
tenía ni tiempo ni ganas de ponerme a seguirle. No yendo cargado, y mucho menos
con la oscuridad tan cerca. El gato se detuvo frente a mí y levantó la cabeza.
Sus ojos eran enormes, brillantes, casi líquidos. Maulló. No se acercó. Solo me
miró directamente, luego pareció mirar a una tienda de la calle de enfrente. Me
volvió a mirar a mí, como si esperara que yo le entendiera.
Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 5, 4, 1.
Segundo intento (repitiendo el 1): Linterna (doble), 5, 4, 3. Con esto
obtenemos Búsqueda 12 y pasamos la tirada.
Estuve
a punto de ignorarlo y seguir hacia la oficina. Luego me lo pensé mejor. Volví
a mirar la tienda de la otra calle. ¿Una pescadería? Suspiré.
—Está
bien. Supongo que os lo habéis ganado, después de todo.
Compré
un kilo de arenques frescos en la pescadería. Cargado de bolsas de papel de las
otras compras y ahora con el goteante envoltorio de los arenques en la mano,
volví a donde me había encontrado con el gato. Me esperaba, siguiéndome con la
mirada, a la entrada de un callejón. Desapareció en él cuando me acerqué. Al
asomarme, vi a más de una docena de gatos observándome atentamente.
—Buen
provecho —dije lanzando el envoltorio frente a ellos.
El
paquete se abrió con el impacto, desparramando arenques sobre el empedrado.
Todos los gatos se lanzaron sobre ellos maullando famélicamente. Solo el gato
negro como el carbón, flaco como un alambre, con esos ojos grandes y acuosos,
se quedó inmóvil, mirándome, hasta que me marché a la oficina.
De vez en cuando
hay que dar motivos a los aliados para que sigan siéndolo.
SÁBADO, 7 DE FEBRERO DE 1926
Me
volví a cruzar con la mendiga del sapo y la serpiente. La encontré en la Plaza
del Mercado Viejo, sentada en el suelo junto a un muro desconchado. Tenía el
pelo enmarañado, la ropa hecha jirones y la piel curtida por el frío. A sus
pies descansaban ambas alimañas, fieles como mascotas. El sapo —demasiado
grande para ser de aquí— respiraba con lentitud, inflando el vientre como un
fuelle. A su lado, la serpiente pequeña, delgada, amarilla, yacía enroscada
sobre sí misma, levantando la cabeza apenas cada vez que alguien pasaba cerca.
Nadie parecía verlos, y no me refiero solo a los animales, sino a la propia
mujer, también.
Me
detuve a unos pasos. La anciana levantó la vista y sonrió, mostrando unos
dientes amarillentos pero sorprendentemente enteros.
—Tú
eres el que tiene la luz —dijo.
No
supe qué responder. Saqué mi linterna y se la ofrecí, suponiendo que ella
también debía saber que había algo en la oscuridad de lo que la gente iba a
necesitar protegerse. Ella la rechazó negando con la cabeza.
—No…
no esa luz.
Señaló
a la serpiente con un gesto.
—Ella
oyó el último aliento de la que mataste en el muelle.
Señaló
al sapo.
—Él
vio cómo parabas los pies al que trajo las sombras a las calles.
Me
agaché para estar a su altura. Le pregunté qué sabía de eso. Ella rio, una risa
seca, quebrada. Acercó una mano temblorosa a mi rostro. Cuando me tocó sentí
sus dedos fríos como el sótano de una morgue. También la vi vacilar, pero no
por miedo a hablar. Era su cordura lo que vacilaba. Algo embotaba su mente,
luchando por tomar el control de la misma, por negarle la palabra.

Búsqueda a 11+. Primera tirada: Linterna, Lupa, 4, 2, 1.
Segunda tirada (repitiendo el 2 y el 1): Linterna, Lupa, 6, 4, 3. Tercera
tirada (repitiendo el 6... pero obtenemos otro 6): nos quedamos igual. Resultado:
Búsqueda 13 y un segundo punto de locura.
—La
espiral se cierra, detective. Y si el que camina en círculos llega al centro,
no habrá luz suficiente en todo el sol para detenerlo. Y tú… tú estás buscando
en el lugar equivocado. Buscas a un ser de oscuridad en la luz. Buscas
despierto al que yace dormido.
El
sapo croó con un sonido grave, casi un ronquido humano. La serpiente siseó,
como mostrándose de acuerdo. La anciana volvió a mirar al suelo, como si yo ya
no existiera para ella. Se quedó dormida casi al instante. Levanté el sapo como
si fuera un pisapapeles y dejé un billete doblado bajo este.
DOMINGO, 8 DE FEBRERO DE 1926
Tras
toda una mañana y una tarde mentalizándome para ello, me acosté pronto, con un
par de somníferos en el cuerpo, las luces encendidas y varias linternas
colocadas en ángulo desde las esquinas, creando una especie de red que cruzaba
la habitación. Aquello era un experimento, uno de esos que te preocupa más que
salgan bien, que fallarlos y comprobar que todo era una tontería después de
todo.

Búsqueda a 18+. Reducida a 12+ por haber superado las seis
pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 6, 3. Segundo
intento (repitiendo uno de los 6): Lupa, Linterna, 6, 3, 2. Tercer intento
(repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 4, 3. Resultado: Búsqueda 13 y superamos
la tirada a costa de un tercer punto de locura.
No
recuerdo haber cerrado los ojos. Solo recuerdo que, de pronto, ya no estaba en
mi apartamento. Conservo una visión fugaz de estar bajando una estrecha y larga
escalera, contando los escalones a medida que lo hacía. Tras eso, simplemente
me encontré en un lugar que parecía una mezcla de desierto y niebla. El suelo
era arena fina rojiza, pero cada paso que daba producía un sonido hueco, como si
caminara sobre una superficie frágil. El cielo no tenía estrellas ni luna. Solo
un resplandor tenue, sin origen, que iluminaba lo justo para distinguir
siluetas lejanas que se movían como sombras sin dueño.
Miré
mis manos. Aquí mi piel tenía un tono aceitunado. Mis ropas no eran normales, y
me recordaron a las de los gurús de la India que había visto en fotos. Llevé
mis manos al rostro y noté que tenía una abundante barba; mi cara estaba
surcada de arrugas, y sobre la cabeza llevaba un turbante.
¿Esta
era mi imagen en el Mundo de los Sueños? Había estado leyendo en la biblioteca
algunos de los libros de Freud y Jung sobre sus estudios de los sueños. Allí se
hablaba del Doble Onírico como la entidad en la que nos encarnamos al soñar,
una especie de avatar cuyo aspecto viene definido por nuestro sistema de
creencias y personalidad. ¿Así me veía yo a mí mismo, de forma inconsciente? ¿Cómo una especie
de sabio oriental, espiritualmente por encima del resto? Mi ego y yo vamos a
tener que sentarnos a charlar un día de estos, cuando esté menos ocupado.
La
mamaloi me dijo que podía emplear el Mundo Onírico casi como un campo de
entrenamiento y una forma de comunicarme con otros soñadores que estuviesen en
una fase de sueño profundo en ese momento. Todavía era nuevo en esto, pero
aquella especie de curso acelerado que me dio en nuestro primer encuentro me
permitía hacer cosas que sin su guía probablemente habría tardado años en desarrollar por mí
mismo.
Fui
consciente de que estaba teniendo un sueño lúcido autosugestionado, pero no
tenía ningún plan para él. Lo que pretendía comprobar era si era capaz de
hundirme a voluntad en el Mundo Onírico.
Me
desplacé por aquel paraje desolado durante días, o lo que me parecieron días.
El sol salía cada vez por un punto cardinal diferente y daba la impresión de
permanecer en lo alto hasta que le apetecía retirarse, sin una duración fija.
El paisaje era cambiante: ciudades, dunas, bosques, montañas… pero siempre a lo
lejos. Por más que andaba hacia un punto, nunca me acercaba. Quizá los pies
no son, en este lugar, lo que hace que te desplaces.
Tras
mucha concentración logré generar unas hebras de maná de las puntas de mis
dedos y crear con ellas un guijarro de color blanco que cayó al suelo de arena roja.
Lo
siguiente que recuerdo es el ascenso, de nuevo por una interminable hilera de
estrechos escalones que, contrariamente a lo que sería esperable, me hacían
sentir más ligero cuanto más ascendía por ellos, en lugar de
cansarme.
Cuando
desperté miré el reloj. Solo había dormido cinco horas. Las linternas seguían
encendidas, con las baterías aún lejos de agotarse. Podría decir que mi primera
incursión voluntaria al Mundo de los Sueños ha sido un éxito. Lo que queda por
ver es qué utilidad pueda tener en este asunto.
Bueno, eso es todo por ahora. A partir de aquí volveremos a la dinámica prevista inicialmente de publicar una sola entrada cada domingo con la crónica de toda la semana. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí.