MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 8 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 2 al 8 de febrero de 1926

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡La oscuridad se cierne sobre la ciudad de Arkham! ¡Más vale que todos se aseguren de tener una provisión de velas!

Por fin nos ponemos al día con los sucesos correspondientes a la primera semana completa de febrero, y lo primero que vamos a hacer es explicar en qué consiste la nueva regla que se añade a este mes y a los siguientes. Se trata de la utilidad de la locura.

En el famoso juego de rol La llamada de Cthulhu, publicado por Chaosium Inc. en 1981 (en España por Joc Internacional en 1988), la puntuación de Cordura se iba perdiendo no solo a medida que íbamos teniendo encuentros con monstruos o sufriendo grandes desgracias personales, sino también a medida que íbamos aprendiendo más y más sobre los Mitos y todo lo relacionado con ellos. El aprender sobre las extrañas fuerzas a las que nos enfrentábamos mermaba nuestra cordura de forma intrínseca, de modo que una cosa era indisociable de la otra: a más conocimiento sobre los Mitos, menos cordura.

Aquí parece que han intentado hacer un símil con esto, puesto que hay encuentros en los que, además de la cifra que debemos obtener para superarlos —que aparece impresa en las hojas del libro, como hasta ahora—, en algunos casos hay una segunda cifra envuelta en un halo verde que indica la locura mínima que debemos tener acumulada al llegar a ese encuentro para que la cifra que debemos obtener con los dados no se incremente.

Por decirlo así, la dificultad total real sería la suma de las dos cifras: la que se nos indica de base más la que aparece envuelta en el halo verde. Pero si ya tenemos una cantidad de locura igual o superior a la que aparece en ese halo verde, entonces esa cifra adicional se ignora, puesto que tenemos suficientes conocimientos sobre los Mitos de Cthulhu como para saber cómo enfrentarnos a esa amenaza… o bien estamos ya lo bastante locos como para que esa aparición o encuentro no nos altere tanto como para incrementar su dificultad.

En la casilla del lunes día 2, por ejemplo, nos enfrentamos con una criatura que yo he supuesto que se trata de un Habitante de la Oscuridad, como el que aparecía en el relato de Lovecraft The Haunter of the Dark (1935). Es lo que más se acerca a lo que vemos en la ilustración. Aquí se nos indica que el encuentro precisa de un 7 para ser superado, pero también de una locura de 2 o más.

Por tanto, en este caso, si llegáramos a este encuentro con menos de 2 de locura, la dificultad del encuentro sería 9: el 7 de base más el 2 de la locura/conocimientos de Mitos requerida. Si cuando llegamos a este encuentro ya tenemos 2 o más puntos de locura, entonces la dificultad será solo el 7 de base.

Esto hace el juego más difícil y en cierto modo más táctico, porque hasta ahora la única consideración que debíamos tener con la locura era acumular la menos posible. Puesto que la locura está asociada a la cifra más alta del dado, teníamos que valorar en qué casos valía la pena repetir esa tirada más alta para deshacernos de la locura. Había ocasiones en que esto no se podía hacer simplemente por la cifra total que había que alcanzar en la tirada. Había veces que compensaba acumular ese punto de locura a cambio de superar la tirada, y otras que no, para no rebasar el máximo de 8 puntos de locura que es cuando esta ya empieza a perjudicarnos.

Ahora, en cambio, además de eso, tenemos que tener en consideración los encuentros que vamos a tener a lo largo del mes y que requieren una locura mínima para no incrementar su dificultad. En otras palabras, hay que abrazar la locura y abrazar el conocimiento de los Mitos que esta conlleva para tener más posibilidades de derrotar a los adversarios o superar los encuentros… aunque esto haga que nos volvamos peligrosamente locos, puesto que, si al final del mes tenemos acumulados 8 o más puntos de locura, eso perjudica nuestro resultado total.

De hecho, esta primera casilla en la que esta modificación se aplica es un error porque en el último día de cada mes, la locura que hayamos acumulado se reinicia a cero. El encuentro con este Habitante de la Oscuridad que requiere tener ya acumulados 2 de locura tiene lugar en el segundo día de febrero, y solo acumulamos uno por cada tirada en la que hayamos obtenido uno o más resultados de locura en los dados. Se acumula un solo punto por encuentro, sin importar que hayamos obtenido más de un dado con símbolo de locura. Por tanto, es simplemente imposible llegar a este encuentro habiendo acumulado dos puntos de locura. Lo máximo que podríamos tener en febrero, llegados a este punto, sería uno, de haber obtenido símbolos de locura en la tirada del domingo anterior.

Entiendo que esto o bien es un error o ha sido puesto allí para que tengamos claro cómo funciona la mecánica; para que veamos que el carecer de locura o tener una puntuación baja de esta, también puede perjudicarnos. Este encuentro siempre se librará a dificultad 9.

Por otra parte, me he encontrado con algo que no esperaba, y es un texto de trasfondo. Yo estaba escribiendo todo esto junto a cada tirada para darle un sentido y un trasfondo al juego, porque considero que el trasfondo es tan importante o más que las mecánicas y el reglamento. Jugamos a juegos porque nos gustan las historias que los envuelven, no porque nos gusten sus mecánicas (principalmente, aunque estas también influyen). A mí, por ejemplo, que no me gustan cosas como el fútbol o el golf, ya me pueden poner delante el mejor juego de tablero de fútbol o golf del mundo, con las mejores mecánicas, y me aburriré al jugarlo, porque el trasfondo en sí y la historia que lo envuelve no me atraen en absoluto.

El caso es que el juego sí tiene un trasfondo, y eso significa que, a partir de ahora, para no contrariar el trasfondo oficial del juego, voy a tener que ir adaptando la historia que yo estaba creando a lo que se nos va indicando aquí. Por una parte, esto puede ser algo bueno, ya que entiendo que este trasfondo se habrá hecho de una forma coherente, dándole una historia propia a la partida. Y por otra, hace más difícil el trabajo que estaba haciendo yo, porque tengo que buscar el modo de que lo que me vaya inventando no contradiga lo que se indique aquí 😅 Menudo berenjenal.

Por el momento, tanto el trasfondo oficial como lo que estoy escribiendo yo son compatibles. El trasfondo oficial nos dice que John Miller está investigando unas desapariciones en el barrio obrero de Arkham, y que al parecer, hay algunas sectas que han empezado a reunirse y a realizar rituales. Y que las primeras pistas que obtuvo le llevaron hasta un viejo almacén. Pues bien, de pura casualidad, la semana anterior escribí que John había estado investigando la aparición de un cadáver en un almacén. Así que, por ahora, no considero que esté transgrediendo el trasfondo oficial 😁


LUNES, 2 DE FEBRERO DE 1926

El puerto siempre ha tenido un tufo propio, pero esta mañana, al acercarme al viejo almacén donde apareció ese extraño cadáver, percibí algo más. Un aroma tenue, casi imperceptible, a carbón húmedo mezclado con tierra removida. Tenía doblado en el bolsillo el permiso que me había firmado el propio comisario O’Maley, autorizándome a meter las narices en cualquier lugar del crimen aún acordonado de la ciudad. De todos modos, el cuerpo ya había sido retirado y no se había dejado a nadie vigilando.

La puerta de madera estaba entreabierta, con la cerradura reventada. Alguien había entrado antes que yo sin molestarse en ocultarlo. Encendí la linterna. El almacén estaba como lo recordaba: cajas apiladas, redes viejas, maromas de cuerda… Nada fuera de lo común. Tampoco buscaba nada en concreto, solo quería dar otro vistazo, por si los agentes hubieran pasado algo por alto. Fue al enfocar a una esquina cuando me di cuenta de que la oscuridad… ¿cómo decirlo? La oscuridad no se comportaba como debería. Una parte de ella no retrocedió ante la luz, sino que, por el contrario, se destacó contra esta. Una figura negra, sin contornos bien definidos, como una sombra sin un cuerpo al que estar unida. Avanzó hacia mí sin mover los pies. Flotaba, o quizá deslizaba su forma por el suelo.

No me lo pensé. Saqué el revólver y disparé contra ella. Las balas pasaban a través de su silueta y se incrustaban en las paredes de la esquina sin hacerle daño.

Búsqueda a 7+. Incrementada a 9+ por no tener la locura/conocimientos de los mitos suficientes para aceptar la existencia de la criatura. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Linterna, 4, 4, 3. Esto nos deja con Búsqueda 11 y pasamos la tirada.

Noté que, pese a que las balas no le hacían efecto, parecía rehuir la luz directa de la linterna, y por eso me concentré en mantenerla enfocada todo el tiempo con el haz de luz mientras retrocedía de espaldas hacia la puerta, sin quitarle los ojos de encima. Cada vez que la luz la tocaba, su cuerpo temblaba y se deshacía en jirones de sombra… pero volvía a recomponerse en cuanto el haz se apartaba un milímetro.

Cuando finalmente llegué a la puerta y la escasa claridad del atardecer que entraba por ella se unió al haz de mi linterna, la criatura se agitó, retorciéndose como si la luz la estuviera arrancando del mundo. Emitió un sonido que no sabría describir más que como… un lamento sin garganta, o un grito sin aire. Y luego retrocedió hacia la oscuridad del almacén, renunciando a atraparme.

Tan pronto como llegué a una cabina telefónica, llamé al comisario y le dije que moviera los hilos necesarios para demoler el almacén al día siguiente, en las horas de más luz, para que esa cosa, sea lo que sea, no tenga rincones ni sombras en las que esconderse.


MARTES, 3 DE FEBRERO DE 1926

Dormí mal. Cada vez que cerraba los ojos veía la forma que me atacó en el almacén, esa sombra sin un cuerpo que la proyectara, ese imposible hueco en la luz. No era como los animales deformados o los cadáveres revividos que me habían atacado estas últimas semanas. Aquello no tenía carne, huesos ni sangre, ni siquiera un contorno estable. Admito que ese encuentro me dejó aterrado.

Recordé las palabras del padre Arden sobre que para luchar contra el mal hay que aprender sobre el mal, así que a primera hora de la mañana abrí el libro que tomé del sectario que irrumpió en mi apartamento hace tres o cuatro semanas. Un volumen viejo, encuadernado en cuero reseco, con la cubierta y la mitad de las páginas atravesadas por la bala con la que maté a su dueño. Lo había guardado en el fondo de un cajón. Estaba escrito en latín, pero lleno de anotaciones en inglés y alemán hechas a mano en los márgenes. Algunas caligrafías eran firmes y académicas. Otras, temblorosas, como si quien las escribió lo hiciera con prisa o con miedo.

Investigación a 10+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Segundo intento (repitiendo el 6): Lupa, Linterna, 5, 5, 2. Con esto obtenemos Investigación 12 y superamos la tirada.

Tardé un buen rato en encontrar algo que se pareciera a lo que vi. El libro no tiene índice, y cada capítulo parece empezar en mitad de una idea y terminar en mitad de otra. Pero en una página manchada de humedad encontré un dibujo: una silueta negra, sin rasgos, con los bordes ondulantes como humo atrapado en una botella. Debajo, en latín, un término que me costó traducir: Umbrae Tenebrarum. Las Sombras de la Oscuridad.

Las anotaciones en alemán eran más explícitas. Hablaban de «habitantes sin forma», «seres que no proyectan sombra porque ellos mismos son la sombra», y una frase subrayada tres veces: Licht bricht sie —la luz los rompe.

Otra anotación en inglés, firmada con las letras R. B., se refería a ellos como los Habitantes de la Oscuridad y el autor aseguraba haber destruido a uno de ellos en una iglesia abandonada en Providence mediante el uso de un artefacto llamado el Trapezodrón, sobre el que no daba detalles. Otra nota de un tal «profesor L.» describía a estas entidades como «sombras vivientes que habitan entre los pliegues del mundo», vinculadas a algo o alguien llamado Nyarlathotep. No sé qué demonios es eso, pero el nombre aparece repetido en varias páginas, siempre junto a advertencias escritas con letra nerviosa.

Mientras pasaba las hojas, una corriente de aire helado recorrió la habitación. No había ventanas abiertas. Ni puertas. El libro se estremeció entre mis manos. Lo cerré de golpe.

No sé si lo que me atacó anoche era uno de esos Habitantes de la Oscuridad, pero todo apunta a que sí. Voy a necesitar más linternas. Y quizá empezar a dormir con la luz encendida.


MIÉRCOLES, 4 DE FEBRERO DE 1926

Decidí volver al puerto, al almacén donde encontré a la criatura de sombra, del cual ya no queda gran cosa. O’Maley no consiguió permiso del alcalde para demolerlo, pero «misteriosamente» unos desconocidos lo rociaron con gasolina por fuera y lo incendiaron. Y «casualmente», los bomberos encontraron todos los accesos a esa zona del puerto cortados por camiones de recogida y reparto mal aparcados. El caso es que el almacén ardió hasta los cimientos a plena luz del mediodía, lo cual me tranquilizó bastante cuando me lo comunicaron por teléfono, pero aun así necesitaba verlo con mis propios ojos.

Es por eso que fui a los muelles y me quedé contemplando los escombros requemados un buen rato, incluso cuando empezó a llover. Pero no era el único observador de lo que había ocurrido allí.

Entre dos contenedores oxidados escuché un sonido húmedo, un arrastre viscoso que me heló la sangre. No era el ruido de una rata ni de un animal callejero. Era más profundo, más pesado, el arrastrar un cuerpo demasiado grande para moverse en silencio. Un sonido que ya me resultaba familiar. Eché mano a la funda sobaquera del revólver y me giré, apuntando hacia el suelo, hacia otra de esas serpientes de dos cabezas que ya se estaban volviendo algo casi familiar.

Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos): Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Con esto obtenemos Combate 9 y superamos la tirada.

La criatura parecía más lenta que las anteriores. Disparé tres veces contra su cabeza derecha, destrozándola. Sin apenas mover el revólver, liberé las otras tres balas contra la cabeza izquierda. La serpiente se derrumbó con ambas cabezas hechas trizas.

¿Ya estaba? ¿Eso era todo? Su cuerpo se arqueó, convulsionando, y luego empezó a deshacerse. ¿Acaso les había perdido ya el miedo a estas criaturas y las veía menos terribles de lo que eran, o es que algo las había debilitado?


JUEVES, 5 DE FEBRERO DE 1926

Tras la lluvia de ayer el aire estaba denso, cargado de humedad, y el cielo seguía de un gris plomizo. La luz ambiental era escasa, y pese a que solo eran las cuatro de la tarde, las farolas ya estaban encendidas. No había casi nadie en la calle, salvo un par de mendigos borrachos y un hombre alto, vestido completamente con ropas oscuras. Llevaba una capa larga, que me llamó la atención porque ya nadie usaba ese complemento, y un bastón de madera oscura. Lucía una barba perfectamente recortada. Su aspecto era algo a medio camino entre un aristócrata y un prestidigitador de vodevil. Caminaba con una elegancia que solo puedo definir como antigua.

Se detuvo bajo una farola que parpadeaba. La luz temblorosa apenas iluminaba su rostro, pero pude distinguir unos ojos oscuros, profundos. Había algo en él que me hizo sentir mal. Al pasar a su lado inclinó ligeramente la cabeza, como quien saluda a un viejo conocido. Apoyó ambas manos sobre el pomo de su bastón y, sin apartar la vista de mí, dijo:

—La luz le ha salvado… por ahora.

Su voz era suave, casi amable, pero no exenta de un tono retador.

—Las sombras no actúan solas —continuó—. Y usted ha empezado a verlas demasiado pronto. Le aseguro que lo lamento, pero su papel en esto termina aquí.

La farola bajo la que estábamos parpadeó de nuevo… y se apagó. Todas las farolas de la calle se apagaron, y entonces fui consciente de la verdadera magnitud de la oscuridad que nos envolvía. Oí gritos a mi espalda, y al volverme vi a varios de esos Habitantes de la Oscuridad, como el del almacén, acabando con los desgraciados mendigos que nada tenían que ver en todo ese asunto. Literalmente los hicieron desaparecer, como si los absorbieran a su negrura en cuestión de segundos. Luego se movieron hacia mí. Empuñé la linterna, y en cuanto la encendí las sombras se separaron.

—Me temo que no va a poder enfocarlas a todas a la vez, señor Miller… —se burló el hombre mientras se alejaba unos pasos sin darme la espalda.

Estaba metido en un buen lío, sin ningún lugar cercano en el que refugiarme que estuviera más iluminado que el cielo abierto, y con tres, quizá cuatro Habitantes de la Oscuridad avanzando hacia mí desde distintas direcciones.

Investigación a 13+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 2, 1. Segundo intento (repitiendo todo menos el 6): Revólver, Linterna, 6, 5, 1. Tercer intento (repitiendo dados de símbolos y el 1): Linterna, Lupa, 6, 5, 5. Con esto obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada con un punto de locura.

A la desesperada enfoqué la linterna contra el Habitante de la Oscuridad más cercano. La luz no era bastante fuerte para hacerlo desaparecer, pero lo inmovilizó. Con la otra mano empuñé el revólver, rezando para que el fogonazo de la detonación sirviera al menos para molestar a otro.

—Sabe perfectamente que eso no le servirá contra ellos —dijo en tono burlón el hombre.

Entonces vi cuál era la salida y me maldije por no haberlo hecho antes. Dirigí el revólver hacia él y le grité:

—¡Si el arma no me sirve con los perros, me servirá con su amo!

Sonrió como si creyera que no le iba a disparar. Cuando partí en dos su bastón de un tiro, su sonrisa se borró de golpe.

—¡Te doy un segundo para volver a encender las luces, trilero de feria!

Un segundo… es lo que iban a tardar en caer sobre mí los Habitantes de la Oscuridad, quizá menos. ¿Tendría tiempo de sentir su tacto, el suficiente para disparar y llevarme a ese tipo por delante antes de que acabaran conmigo? ¿Sentiría frío? ¿Dolor? ¿Nada en absoluto? ¿Se pararía mi corazón o la vida abandonaría instantáneamente mi cuerpo?

Las farolas se encendieron de nuevo. Oí a uno de los Habitantes de la Oscuridad sisear y retirarse, prácticamente a centímetros de mi nuca.

—Es usted un bárbaro. Ha partido mi bastón —me recriminó el hombre, agachándose a recoger la mitad que había caído al suelo.

—¡Otro truco como ese y lo que te partiré de un tiro será el cuello, bufón! —dije alejándome lentamente de él sin dejar de apuntarle.

Le encañoné hasta llegar a la siguiente bocacalle. Él no se movió. Justo antes de perderle de vista guardé el revólver y eché a correr como alma que lleva el diablo. Podría haberle matado en ese momento, pero aparentemente él había traído a esos Habitantes de la Oscuridad a las calles. Y esas criaturas no debían ser fáciles de invocar ni mucho menos de controlar. Si le dejaba marchar, probablemente se las llevaría con él para darles otro uso. Y si le mataba, seguramente quedarían descontroladas por las calles, acabando con todo aquel con el que se cruzaran.

Regresé a mi oficina trotando como un caballo desbocado, con el corazón saliéndoseme por la boca. Encendí todas las luces de todas las habitaciones, incluso todas las velas, y me senté en el suelo en una esquina con la linterna en las manos, temblando como un flan.

Estamos a principios de febrero, la época del año en la que los días son más cortos y las noches más largas aquí en Nueva Inglaterra. Y he necesitado media docena de lingotazos para calmarme el temblor de las manos lo suficiente para escribir estas líneas. Esta maldita semana se me está haciendo eterna.


VIERNES, 6 DE FEBRERO DE 1926

Lo primero que consulté en el periódico matinal, después de años sin prestarle atención, fueron las horas de la salida y puesta del sol. De 06:59 a 17:02. Estuve todo el día consultando el reloj. Qué rápido pasa el tiempo cuando lo tienes contado.

Ha sido un día de compras. Latas de comida en el colmado, por si tengo que pasar una larga temporada sin salir de casa. Cajas de balas en tres armerías diferentes, para no dar la impresión de que compro muchas. Varias linternas de baquelita con una provisión de pilas por si se va la luz en el peor momento, o un individuo como el de ayer la apaga. Y muchas velas y cajas de cerillas, por si acaso. No negaré que también pasé por una licorería.

Iba bien de tiempo. Me quedaba una hora de luz e iba bastante cargado, así que reduje un tanto el paso. Las calles, como casi siempre en Arkham, ciudad especialmente oscura y fría, estaban bastante vacías, casi desiertas. Un gato negro, delgado como un alambre, con un pelaje tan oscuro que parecía absorber la ya de por sí escasa luz, me salió al paso. Caminaba de un lado a otro frente a mí, sin prisa, sin miedo.

—Ahora no —le gruñí.

No tenía ni tiempo ni ganas de ponerme a seguirle. No yendo cargado, y mucho menos con la oscuridad tan cerca. El gato se detuvo frente a mí y levantó la cabeza. Sus ojos eran enormes, brillantes, casi líquidos. Maulló. No se acercó. Solo me miró directamente, luego pareció mirar a una tienda de la calle de enfrente. Me volvió a mirar a mí, como si esperara que yo le entendiera.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Linterna (doble), 5, 4, 3. Con esto obtenemos Búsqueda 12 y pasamos la tirada.

Estuve a punto de ignorarlo y seguir hacia la oficina. Luego me lo pensé mejor. Volví a mirar la tienda de la otra calle. ¿Una pescadería? Suspiré.

—Está bien. Supongo que os lo habéis ganado, después de todo.

Compré un kilo de arenques frescos en la pescadería. Cargado de bolsas de papel de las otras compras y ahora con el goteante envoltorio de los arenques en la mano, volví a donde me había encontrado con el gato. Me esperaba, siguiéndome con la mirada, a la entrada de un callejón. Desapareció en él cuando me acerqué. Al asomarme, vi a más de una docena de gatos observándome atentamente.

—Buen provecho —dije lanzando el envoltorio frente a ellos.

El paquete se abrió con el impacto, desparramando arenques sobre el empedrado. Todos los gatos se lanzaron sobre ellos maullando famélicamente. Solo el gato negro como el carbón, flaco como un alambre, con esos ojos grandes y acuosos, se quedó inmóvil, mirándome, hasta que me marché a la oficina. 

De vez en cuando hay que dar motivos a los aliados para que sigan siéndolo.


SÁBADO, 7 DE FEBRERO DE 1926

Me volví a cruzar con la mendiga del sapo y la serpiente. La encontré en la Plaza del Mercado Viejo, sentada en el suelo junto a un muro desconchado. Tenía el pelo enmarañado, la ropa hecha jirones y la piel curtida por el frío. A sus pies descansaban ambas alimañas, fieles como mascotas. El sapo —demasiado grande para ser de aquí— respiraba con lentitud, inflando el vientre como un fuelle. A su lado, la serpiente pequeña, delgada, amarilla, yacía enroscada sobre sí misma, levantando la cabeza apenas cada vez que alguien pasaba cerca. Nadie parecía verlos, y no me refiero solo a los animales, sino a la propia mujer, también.

Me detuve a unos pasos. La anciana levantó la vista y sonrió, mostrando unos dientes amarillentos pero sorprendentemente enteros.

—Tú eres el que tiene la luz —dijo.

No supe qué responder. Saqué mi linterna y se la ofrecí, suponiendo que ella también debía saber que había algo en la oscuridad de lo que la gente iba a necesitar protegerse. Ella la rechazó negando con la cabeza.

—No… no esa luz.

Señaló a la serpiente con un gesto.

—Ella oyó el último aliento de la que mataste en el muelle.

Señaló al sapo.

—Él vio cómo parabas los pies al que trajo las sombras a las calles.

Me agaché para estar a su altura. Le pregunté qué sabía de eso. Ella rio, una risa seca, quebrada. Acercó una mano temblorosa a mi rostro. Cuando me tocó sentí sus dedos fríos como el sótano de una morgue. También la vi vacilar, pero no por miedo a hablar. Era su cordura lo que vacilaba. Algo embotaba su mente, luchando por tomar el control de la misma, por negarle la palabra.

Búsqueda a 11+. Primera tirada: Linterna, Lupa, 4, 2, 1. Segunda tirada (repitiendo el 2 y el 1): Linterna, Lupa, 6, 4, 3. Tercera tirada (repitiendo el 6... pero obtenemos otro 6): nos quedamos igual. Resultado: Búsqueda 13 y un segundo punto de locura.

—La espiral se cierra, detective. Y si el que camina en círculos llega al centro, no habrá luz suficiente en todo el sol para detenerlo. Y tú… tú estás buscando en el lugar equivocado. Buscas a un ser de oscuridad en la luz. Buscas despierto al que yace dormido.

El sapo croó con un sonido grave, casi un ronquido humano. La serpiente siseó, como mostrándose de acuerdo. La anciana volvió a mirar al suelo, como si yo ya no existiera para ella. Se quedó dormida casi al instante. Levanté el sapo como si fuera un pisapapeles y dejé un billete doblado bajo este.


DOMINGO, 8 DE FEBRERO DE 1926

Tras toda una mañana y una tarde mentalizándome para ello, me acosté pronto, con un par de somníferos en el cuerpo, las luces encendidas y varias linternas colocadas en ángulo desde las esquinas, creando una especie de red que cruzaba la habitación. Aquello era un experimento, uno de esos que te preocupa más que salgan bien, que fallarlos y comprobar que todo era una tontería después de todo.

Búsqueda a 18+. Reducida a 12+ por haber superado las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 6, 3. Segundo intento (repitiendo uno de los 6): Lupa, Linterna, 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 4, 3. Resultado: Búsqueda 13 y superamos la tirada a costa de un tercer punto de locura.

No recuerdo haber cerrado los ojos. Solo recuerdo que, de pronto, ya no estaba en mi apartamento. Conservo una visión fugaz de estar bajando una estrecha y larga escalera, contando los escalones a medida que lo hacía. Tras eso, simplemente me encontré en un lugar que parecía una mezcla de desierto y niebla. El suelo era arena fina rojiza, pero cada paso que daba producía un sonido hueco, como si caminara sobre una superficie frágil. El cielo no tenía estrellas ni luna. Solo un resplandor tenue, sin origen, que iluminaba lo justo para distinguir siluetas lejanas que se movían como sombras sin dueño.

Miré mis manos. Aquí mi piel tenía un tono aceitunado. Mis ropas no eran normales, y me recordaron a las de los gurús de la India que había visto en fotos. Llevé mis manos al rostro y noté que tenía una abundante barba; mi cara estaba surcada de arrugas, y sobre la cabeza llevaba un turbante.

¿Esta era mi imagen en el Mundo de los Sueños? Había estado leyendo en la biblioteca algunos de los libros de Freud y Jung sobre sus estudios de los sueños. Allí se hablaba del Doble Onírico como la entidad en la que nos encarnamos al soñar, una especie de avatar cuyo aspecto viene definido por nuestro sistema de creencias y personalidad. ¿Así me veía yo a mí mismo, de forma inconsciente? ¿Cómo una especie de sabio oriental, espiritualmente por encima del resto? Mi ego y yo vamos a tener que sentarnos a charlar un día de estos, cuando esté menos ocupado.

La mamaloi me dijo que podía emplear el Mundo Onírico casi como un campo de entrenamiento y una forma de comunicarme con otros soñadores que estuviesen en una fase de sueño profundo en ese momento. Todavía era nuevo en esto, pero aquella especie de curso acelerado que me dio en nuestro primer encuentro me permitía hacer cosas que sin su guía probablemente habría tardado años en desarrollar por mí mismo.

Fui consciente de que estaba teniendo un sueño lúcido autosugestionado, pero no tenía ningún plan para él. Lo que pretendía comprobar era si era capaz de hundirme a voluntad en el Mundo Onírico.

Me desplacé por aquel paraje desolado durante días, o lo que me parecieron días. El sol salía cada vez por un punto cardinal diferente y daba la impresión de permanecer en lo alto hasta que le apetecía retirarse, sin una duración fija. El paisaje era cambiante: ciudades, dunas, bosques, montañas… pero siempre a lo lejos. Por más que andaba hacia un punto, nunca me acercaba. Quizá los pies no son, en este lugar, lo que hace que te desplaces.

Tras mucha concentración logré generar unas hebras de maná de las puntas de mis dedos y crear con ellas un guijarro de color blanco que cayó al suelo de arena roja. 

Lo siguiente que recuerdo es el ascenso, de nuevo por una interminable hilera de estrechos escalones que, contrariamente a lo que sería esperable, me hacían sentir más ligero cuanto más ascendía por ellos, en lugar de cansarme.

Cuando desperté miré el reloj. Solo había dormido cinco horas. Las linternas seguían encendidas, con las baterías aún lejos de agotarse. Podría decir que mi primera incursión voluntaria al Mundo de los Sueños ha sido un éxito. Lo que queda por ver es qué utilidad pueda tener en este asunto.

Bueno, eso es todo por ahora. A partir de aquí volveremos a la dinámica prevista inicialmente de publicar una sola entrada cada domingo con la crónica de toda la semana. Hasta entonces podéis uniros a la investigación repasando el caso desde el inicio pulsando aquí

sábado, 7 de febrero de 2026

BAJO EL EMBRUJO DEL MAGO

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, pasapáginas compulsivos.

Teníamos pensado publicar la reseña sobre este librojuego el pasado 31 de enero por ser el Día Internacional del Mago, dedicado a reconocer la labor de entretenimiento que nos proporcionan este tipo de artistas. Por motivos ya comentados, no pudo ser. Estuvimos unas cuantas semanas sin un ordenador desde el cual escribir, pero igualmente lo reseñamos sobre papel para transcribirlo después.

Ante la perspectiva de dejar pasar otro año casi completo y esperar al próximo 31 de enero para publicar esta entrada, haciéndola coincidir con el siguiente Día Internacional del Mago, hemos preferido publicarla ahora. Algo a destiempo, cierto. Pero como de magia va la cosa, lo podéis considerar un truco. El truco más clásico de la magia es hacer que el público mire hacia un lado del escenario mientras la trampa se lleva a cabo en el otro. Jugar al despiste. Así que... nada por aquí... nada por allá... ¡Abracadabra! ¡Puf! Hasta que apartéis los ojos de la pantalla, estaremos a 31 de enero.

En esta ocasión somos un adolescente al que nuestra madre nos ha encargado vigilar a nuestra problemática e irritante hermana pequeña, Joanie. Habíamos quedado con nuestro mejor amigo Sid en el centro comercial, pero nuestra madre nos encasqueta a Joanie en el último momento. En cuanto llegamos al centro comercial, la pequeñaja comienza a meternos en líos casi de inmediato. Se cuela en una tienda de lo que parece atrezo para trucos de magia que resultan ser objetos mágicos de verdad. Antes de darnos cuenta de lo que está pasando, Sid tiene las manos inmovilizadas por unas esposas trucadas que no puede quitarse y Joanie ha robado lo que parece ser un libro de hechizos. El dueño de la tienda, un siniestro hombre que se hace llamar simplemente «El Mago», no aparece por ningún lado. Y aquí es donde empezamos a tomar decisiones cada vez peores.

Si tratamos de solucionar las cosas mediante magia, leyendo hechizos del libro sin saber bien qué hacen, pasaremos a formar parte del mundo de «El Mago». Esta es una realidad cuyos habitantes parecen todos sacados de un espectáculo circense y su estatus está supeditado al nivel de sus trucos. Si seguimos por esta vía, podemos terminar siendo incorporados a la fuerza al espectáculo de alguno de ellos, si es que no nos mata antes el sufrir los efectos de sus trucos fallidos o su absurdo sistema de apuestas.

La otra opción, olvidarnos de todo lo mágico y limitarnos a buscar soluciones comunes, no es mucho mejor. Sobre el libro hay una maldición que poco a poco irá borrando de la existencia al ladrón o, en este caso, ladrona. Para evitar que Joanie se volatilice, debemos devolver el libro a su anterior dueño. Por desgracia, el libro que Joanie robó a «El Mago» es robado a su vez por el matón de la clase y su pandilla de idiotas. Nos tocará recuperarlo a como dé lugar para salvar a Joanie, porque por muy incordio que sea, es nuestra hermanita después de todo. Es nuestro incordio.

El final más frecuente entre los catorce fatalmente horribles es ser devorados. Podemos terminar convertidos en el festín de pirañas, gusanos, hombres lobo o caníbales. Entre estos últimos se encuentra el matón de la clase que nos robó el libro, al que al parecer su abuela demente alimenta con albóndigas hechas con riñones humanos. No sabemos si el matón es consciente de esto o no, pero cuando corres el riesgo de convertirte en un ingrediente, en la boca de quien acabe el plato es lo de menos. Otros finales malos incluyen cosas como ser transformados en algo no humano o esclavizados de por vida. Lo habitual en los libros de Stine. 

Hay seis finales en los que conservamos la vida y la libertad, que no es poco, aunque la integridad física total ya es otra cosa. También hay uno en el que la maldición antirrobo del libro tiene efecto y lo único malo que nos pasa es la desaparición de Joanie. Este lo he contado entre los finales intermedios porque nuestro personaje sale vivo e indemne, pero si le correspondería estar entre los finales totalmente malos o entre los totalmente buenos es algo que tendrá que decidir cada jugador tras haber tenido que soportar los berrinches de Joanie a lo largo de la partida.

Y terminamos con los tres finales buenos, en los que derrotamos a «El Mago» y, como pequeño extra, podemos incluso hacer que el matón y su pandilla se conviertan en nuestros sirvientes. La magia es divertida cuando el truco sale bien.

Puedes repasar otras obras de este autor (y de algunos de sus imitadores) pulsando aquí

Under the Magician´s Spell. 1996. R.L.Stine. En busca de tus pesadillas nº 7. Publicado en 1998 por Ediciones B / Grupo Z.

viernes, 6 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 26 de enero al 1 de febrero de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El detective Miller empieza a reunir un equipo! ¡Aquellos que estén interesados en combatir a los monstruos cósmicos y probablemente morir o volverse locos en el proceso, pueden pasar por su oficina de ocho a diez de la mañana a dejar sus referencias!


Lunes, 26 de enero de 1926

Estuve todo el día dándole vueltas a lo que me dijo la mamáloi Inhidra. Según ella, los animales «naturales» ya han elegido bando. Los gatos del lado de… bueno, del lado que no quiere verme muerto. Y los murciélagos, las serpientes y quién sabe qué más, del lado contrario. Hasta ahí, todo encajaba con lo que había visto. Pero cuanto más repasaba los hechos, menos claros los tenía. Porque no solo me habían atacado murciélagos gigantes y serpientes bicéfalas. El perro del día 8 y la rata del día 12. Esos animales no estaban vivos. No eran criaturas alteradas, ni deformadas, ni corrompidas. Eran cadáveres. Cadáveres a los que una mano invisible manejaba como marionetas. Y la mamáloi no mencionó nada de eso. Ni una palabra sobre perros muertos que caminan. Ni sobre ratas despellejadas que siguen moviéndose tras partirlas en dos. ¿Es posible que no pertenezcan al mismo fenómeno? ¿Que haya más de dos bandos en esta guerra?

Con estas dudas en la cabeza, decidí que necesitaba una opinión científica. De alguien que trabaje con tejidos, nervios, cadáveres y ese tipo de cosas que, una vez muertas, deberían quedarse quietas. Por eso fui a la Universidad Miskatonic, a ver a la doctora Maude Sabin, investigadora del Departamento de Biología Experimental. Una mujer que parece dormir menos que yo. Su despacho olía a formaldehído. Le pregunté, sin rodeos, si era posible que un animal muerto volviera a la vida estando ya en una fase de putrefacción avanzada. No se rió de mí, lo cual ya era buena señal. Me pidió que describiera exactamente lo que me había llevado a plantearle esa cuestión. Mis palabras me sonaban ridículas incluso a mí mientras las pronunciaba. Convencerla iba a ser difícil.

Investigación a 13+. Primer intento: Lupa (doble) 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los 1): Lupa (doble), 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa (doble), 6, 6, 4. Obtenemos Investigación 16 y pasamos la tirada a costa de acumular un sexto punto de locura sobre los ocho máximos. 

Tomó notas mientras le hablaba sobre el perro y la rata, y me dio la impresión de que mis palabras encajaban en huecos que ella misma llevaba tiempo intentando rellenar. Cuando terminé, dejó el lápiz sobre la mesa. Me habló, sin querer entrar en detalles, sobre un estudiante de medicina que había sido expulsado unos meses atrás por sus peculiares y obsesivas teorías sobre la reanimación de tejidos muertos, y por el robo de material de laboratorio, incluidos restos humanos que se conservaban para prácticas de anatomía. Lo que le había contado sobre el perro y la rata aparentemente reanimados coincidía con lo que este estudiante pretendía lograr. Pero tras su marcha de la universidad, no se había sabido nada más de él.

—Si vuelve a encontrarse con uno de esos animales muertos que caminan… —me pidió— tráigame un fragmento. Un tejido. Un hueso. Algo que pueda analizar.

Salí de la universidad con la sensación de estar avanzando al fin. Al menos, había alguien serio, alguien de ciencia, que parecía estar dispuesta a tomar cartas en el asunto.


Martes, 27 de enero de 1926

Desde que la mamáloi Inhidra me llamó «guerrero», no había dejado de pensar en ello. No porque me crea un héroe —Dios me libre— sino porque, si ella tenía razón, entonces no estoy solo en esto. Hay otros. Y si los hay, quizá pueda encontrarlos, formar un grupo para enfrentarnos juntos a lo que viene, sea lo que sea. Si hay una guerra en marcha, más vale saber quién está dispuesto a pelear y quién no.

Fui a ver a Madrivana, la curandera. La mordedura del murciélago ya no supura, y aunque sigue doliendo a medida que cicatriza y la piel se estira, he pasado por cosas peores. Pero ese no es el motivo por el que acudí a ella. La busqué para reclutarla. La encontré en su pequeña chabola junto al río. Estaba moliendo raíces en un mortero.

—Tú otra vez —dijo sin levantar la vista—. Es obvio que la herida ha mejorado. No estarías vivo a estas alturas si no fuera así. No vienes por eso.

Le conté lo que me dijo la mamáloi. Le hablé de los gatos, de las serpientes, de los murciélagos. De los animales muertos que caminan. De la espiral que parece cerrarse sobre Arkham. Ella escuchó en silencio, sin interrumpirme, sin hacer preguntas. Cuando terminé, dejó el mortero a un lado y me miró al fin.

—Un guerrero —repitió, como saboreando la palabra—. Eso dijo la mujer vudú, ¿eh? Y tú quieres saber quién está contigo. Quieres saber si otros… guerreros estarían dispuestos a unirse a tu pequeña cruzada.

Asentí. Ella suspiró, como si hubiera estado esperando el momento de tomar esa decisión desde hacía tiempo.

Investigación a 12+. Primer intento: Lupa (doble) 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo uno de los 6, para ver si es factible librarnos de la locura en la tercera tirada): Lupa (doble), 6, 5, 5. Esto nos deja con la posibilidad de superar la tirada repitiendo el 6 que queda y sacando 2 o más. Tercer intento (repitiendo el 6): Lupa (doble), 5, 5, 2 (¡Justito!). Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Yo no lucho con armas —dijo—. Pero sé sobre plantas y hierbas. Algunas sanan, otras hieren… Si hay una guerra, no me esconderé, pero lucharé desde aquí, a mi modo.

Lo cierto es que eso era más compromiso del que esperaba obtener. Le dije que le traería copias de las fotos y documentos que había conseguido sobre las prácticas de los sectarios y los símbolos cabalísticos que estaban pintando en puntos concretos de la ciudad, pero negó con la cabeza.

—Para ayudarte de verdad, necesito saber qué está pasando. Y una foto o dibujo, a mí no me dice nada. Necesito algo real, algo que pueda entender. Uno de sus amuletos, o algún elemento de sus rituales. Eso necesito. No palabras o imágenes en un papel. Tráeme algo que pueda tocar.

Salí de allí con la sensación de que había dado un paso adelante… y otro atrás. Tenía una aliada, sí. Pero también una nueva tarea: conseguir un objeto que los sectarios usen en sus rituales.


Miércoles, 28 de enero de 1926

Llevaba cuatro días bastante tranquilos, y sabía que eso no podía durar. Otra de esas criaturas surgió de una boca de alcantarilla detrás de la Calle del Carbón: otra rata muerta. No una rata enferma, ni herida, ni rabiosa. Muerta. Con la carne abierta, rezumando un extraño fluido verde que emitía una leve fosforescencia en la penumbra del callejón. El cuerpo rígido, pero moviéndose igual que la que me atacó un par de semanas atrás. Ella —si es que «ella» tiene sentido aplicado a una criatura muerta— pareció reconocerme. No era un animal hambriento en busca de una presa cualquiera. Venía, o había sido enviada, específicamente a por mí. Se irguió sobre las patas traseras, como si quisiera desafiarme. Y entonces avanzó con una mezcla descoordinada de saltos y traspiés. Cada paso que daba esa cosa era un insulto a las leyes de la vida.

Saqué el revólver, algo que se estaba volviendo cada vez más habitual. Pero no disparé, recordando que la doctora Sabin me había pedido una muestra que examinar.

Combate a 11+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Revólver, Linterna, 6, 5, 4. Tercer intento (repetimos el 6 para librarnos de la locura con un 2+… y sacamos otro 6). Con esto tenemos Combate 15 y pasamos la prueba acumulando un séptimo punto de locura.

Esperé a que se acercara lo suficiente. Cuando estuvo a un metro, saltó hacia mi rodilla con los dientes por delante, pero estaba preparado para recibirla. La golpeé con la culata del arma. Un movimiento más arriesgado que darle una patada, pero que le haría más daño y la alejaría menos de mí. El cuerpo salió despedido contra el suelo y se quedó allí, retorciéndose como un trapo mojado lleno de gusanos. La rematé pisándole la cabeza con el tacón de la bota, pero no dejó de moverse. Me agaché. El olor era insoportable: una mezcla de humedad de alcantarilla, putrefacción y algo más… algo químico.

Envolví el cadáver en un pañuelo grueso y lo até. Esa misma tarde se lo llevé a la doctora Sabin. Su cara al ver cómo la criatura seguía moviéndose incluso después de haberle extraído y retirado todos los órganos internos era un poema, y no lo digo porque la moza fuera guapa, que también. Me dijo que la criatura llevaba muerta, como mínimo, un mes. No tenía mente, ni conciencia. Se movía porque se le había inyectado una sustancia que había reactivado su sistema nervioso y muscular, pero que ahora era más parecida a una máquina que a un animal. La dejé trajinando con la muestra. Al menos, he logrado que otra persona se interese por el asunto. Quizá esto sea un avance mayor que llenar de balas a un murciélago gordo o una serpiente bocazas.


Jueves, 29 de enero de 1926

Hoy otro gato negro decidió que yo debía ir a algún sitio. Ya empiezo a asumir que, cuando un felino aparece mirándome fijamente, mi opinión sobre el asunto importa poco. Este no era el mismo gato de la replaceta ni el de la Calle del Horno. Tenía una oreja rasgada y el lomo lleno de polvo, como si hubiera salido de debajo de un montón de escombros. Me miró fijamente unos segundos, parpadeó lentamente y echó a andar por el dédalo de callejuelas.

Búsqueda a 10+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo dados de símbolos): Revólver, Linterna, Lupa, 5, 4, 1. Con esto tenemos Búsqueda 10 y superamos la prueba.

Estuve a punto de perderlo de vista un par de veces, pero al final me llevó hasta un local con las ventanas tapiadas y un cartel medio caído que decía: «LA CASA DEL SUEÑO. Colchones. Somieres. Ropa de cama. Almohadas»

Una tienda de colchones abandonada en mitad de un barrio donde ya hacía muchos años que la mayoría de la gente que vivía allí no tenía dinero ni para comprarse una manta nueva por Navidad. El gato se sentó frente a las puertas, como si esperara que yo entendiera algo. Yo no entendí nada. Me acerqué a las puertas, cuyas agarraderas estaban sujetas por una cadena oxidada que pasaba de una a otra. El cristal estaba cubierto de polvo tanto por dentro como por fuera, evidenciando que nadie había entrado en años. El interior era una oscuridad compacta, sin forma. No se distinguía movimiento, ni siquiera mobiliario. El lugar hacía mucho que había sido abandonado y vaciado. Limpié el cristal con la manga del abrigo, intentando ver mejor. También sacudí la puerta para comprobar lo resistente que pudiera ser la cadena, pero el gato siseó, como diciéndome que me estaba equivocando, que no era eso lo que debía hacer. Que no se trataba de entrar en el lugar.

—¿Qué demonios quieres que haga aquí? —le pregunté al gato.

Él no respondió, claro. Solo se levantó, caminó hasta la esquina del callejón y desapareció en las sombras sin hacer ruido. Me quedé solo frente a La Casa del Sueño, sin saber si se me estaba indicando que debía entrar, que debía mantenerme lejos, o si debía prender fuego al edificio, por si acaso. Me sentía ridículo, como si alguien estuviera contando un chiste a mi costa y yo fuera el único que no lo entendía.


Viernes, 30 de enero de 1926

Ayer, cuando volví a la oficina, encontré una nota bajo la puerta. En una bonita caligrafía, alguien me conminaba a reunirnos en la biblioteca de la universidad durante la mañana de hoy. Acudí, claro. Tan pronto como entré, noté que en una de las mesas una mujer me observaba. Tenía un libro abierto delante, quizá simulando que estaba allí para leer. Su rostro me resultaba familiar, pero no puedo decir que la conociera. Me hizo un leve gesto, levantando una mano.

—Sabía que vendría —me dijo en cuanto me senté frente a ella tras tomar un libro al azar de una estantería y dejarlo abierto ante mí—. Es posible que no me reconozca, ahora que no floto a tres palmos del suelo...

Entonces caí en la cuenta. Era la doctora Evelyn Marsh. La que entró en trance y se elevó del suelo en las ruinas de Old Briarhill. Empezamos a hablar sobre aquello. Cuando ocurrió no fue plenamente consciente de lo sucedido, pero la verdad se fue filtrando poco a poco en su mente en los días siguientes. Me había identificado porque la llevé con el grupo de estudiantes que estaba cerca, al ver que se encontraba confusa y vacilaba al andar. Ella había preguntado luego a los estudiantes qué le había pasado. Uno de ellos le dijo que yo tenía aspecto de detective privado. ¡Y yo que creía pasar desapercibido! Al parecer Evelyn fue tirando de un hilo y de otro hasta llegar a la conclusión de que fui yo su benefactor anónimo. Quizá sus dotes de detective son mejores que las mías. ¡Debería dejar el caso en sus manos! La conversación fue derivando hacia el motivo por el que yo había acudido a las ruinas, y me pareció lo bastante inteligente y despierta como para contarle la verdad, a ver cómo se la tomaba.

Investigación a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna 6, 1, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y ambos 1): Revólver, Lupa, 6, 2, 2. Esto nos deja con Investigación 10 y fallamos la tirada. No hacemos un tercer intento por no correr el riesgo de acumular un punto más de locura, que nos dejaría con 8 y por tanto con una pérdida de 10 puntos de éxito al final de enero.

Vi cómo su rostro cambiaba. Pese a aquello por lo que ella misma había pasado, debió pensar que estaba burlándome. Quizá creyó que yo la había tomado por loca y solo le estaba siguiendo el juego, inventándome una historia fantástica a su costa. Se levantó, muy seria, murmuró una educada despedida y se marchó dejándome con la palabra en la boca.


Sábado, 31 de enero de 1926

Hoy la policía volvió a llamarme. El aviso llegó a primera hora de la tarde y fui a la comisaría sin pensarlo demasiado. El ambiente estaba más tenso que de costumbre. Los agentes hablaban en voz baja, evitaban mirarse entre ellos, como si temieran que lo que habían visto pudiera contagiarse por contacto visual. El comisario O’Maley —el irlandés cascarrabias que nunca me ha tragado— me recibió con la mandíbula apretada.

—No me caes bien, Miller —dijo a modo de saludo—. Pero necesito que veas algo.

Me llevó a un almacén del puerto. Había dos agentes vigilando la entrada, ambos pálidos como si hubieran visto un fantasma. Dentro, el olor era insoportable: sal, humedad, madera podrida… El cadáver estaba en el suelo, cubierto con una lona. El comisario la levantó solo lo justo. Era un hombre. O lo había sido. La piel del torso estaba perforada con marcas de succión de ventosas, pero también aparecía parcialmente devorado, mordisqueado por todos lados. Por si eso fuera poco, de las mordeduras estaban creciendo unos hongos verdes y luminosos que siseaban y se fundían tan pronto les daba la luz, solo para volver a crecer.

—El forense no sabe qué hacer con esto —dijo el comisario—. Dice que no encaja en ningún patrón que él conozca.

—¿Y qué quiere que haga yo? —pregunté.

—Quiero que me digas si esto tiene que ver con… lo tuyo.

Lo mío. Como si yo fuera el experto en horrores. Me agaché para mirar mejor y me arrepentí al instante. Los hongos que se fundían no se quedaban quietos. Las gotitas, al caer sobre la piel, se convertían en diminutas larvas que se aferraban al cuerpo y lo devoraban poco a poco.

—Miller —insistió el comisario—. ¿Esto es de lo tuyo?

—No hay un «de lo mío» —respondí—. Pero no es la primera vez que veo algo así, y no será la última que lo vea usted.

El comisario apretó los labios. No le gustó la respuesta.

—No hables de esto con nadie —ordenó—. No quiero pánico, ni rumores, ni que la prensa se entere.

Asentí. Discutir no serviría de nada.

—No puedo con esto solo, Miller —dijo al fin—. Y tú ya estás metido en esta mierda hasta el cuello. No sé qué está pasando en la ciudad, pero sé que no es normal. Y sé que tú estás en medio. Así que te lo digo claro: si hay algo moviéndose ahí fuera, algo más grande de lo que el departamento pueda manejar, quiero estar preparado para cuando llegue.

Pensé de nuevo en las palabras de la mamáloi Inhidra, en el modo en que enfocó todo el asunto como una guerra y a los implicados en ella como guerreros. Ya había «reclutado» a Madrivana, la curandera. Graves, el enterrador, podría ser un buen candidato, si algún día lograba dar con él. La doctora Sabin ya había comenzado a implicarse por sí misma, sin necesidad de animarla a hacerlo. Y estaba seguro de que el padre Arden, llegado el momento, vería hasta como una obligación moral el enfrentarse al mal. Incluso Elliot, el estudiante, podría ahorrarme el trabajo de revisar papeles y reunir rumores. Eran el núcleo de un pequeño grupo. Pero lo que sin duda iba a hacer falta antes o después eran tipos capaces de partirle los morros (o meterle un par de balazos entre pecho y espalda) a quien hiciera falta.

O’Maley no era un santo, precisamente, pero sí duro y legal. Así que empecé a soltarle el discurso. Si quería saber qué estaba ocurriendo en su ciudad, se lo contaría todo. Y si quería ayuda, sería bajo mis condiciones.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo el 6): Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Esto nos deja con Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Dime que no estoy loco —susurró tendiéndome la mano.

—Claro que lo estás —respondí estrechándola—. Por eso aceptas formar parte de esto.

Salimos del almacén sin cruzar una palabra más.


Domingo, 1 de febrero de 1926

No sé si esto debería escribirlo aquí. No sé si fue real o es que mi cordura ha comenzado a quebrarse. Pero si no lo dejo por escrito, temo que mañana lo habré olvidado, o me habré convencido a mí mismo de que no ocurrió.

Me desperté en un paraje que no reconocí. No había edificios, ni árboles, ni rastro alguno de vida humana. Solo una extensión interminable de tierra seca, cuarteada, bajo un cielo desprovisto de sol, luna, estrellas o nubes. Algo iluminaba el aire, pero no sabía el qué. Caminé sin rumbo, carente de todo punto de referencia, con la sensación de que cada paso me alejaba más de cualquier lugar real.

Fue entonces cuando la vi. Una mujer estilizada, casi andrógina, de pie en medio de toda esa vasta desolación. Su piel era azul. Azul como el cielo del amanecer. Sostenía una pequeña lira plateada. Cada vez que sus finos dedos rozaban las cuerdas, junto al sonido brotaba una hebra brillante que flotaba en el aire, temblando como un hilo de telaraña iluminado por la luna. Algunas de esas hebras se convertían en pájaros diminutos que alzaban el vuelo con un alegre trino. Otras caían al suelo y, al tocar la tierra, se transformaban en pequeños brotes que crecían unos centímetros. Poco a poco, su música, los hilos plateados de su lira, alteraban el paisaje creando un pequeño vergel a su alrededor. Me acerqué con cautela. Ella levantó la vista y sonrió como si me estuviera esperando.

—Miller —dijo, con una voz suave que parecía venir de muy lejos—. Me alegra verte de nuevo.

Estaba seguro de no haber visto nunca una mujer de piel azul, pero había algo en su mirada que me resultaba familiar.

—No sé quién es usted, ni dónde estoy —logré decir—. Solo me he despertado aquí, y…

Ella soltó una risa suave.

—No te has despertado aquí, Miller. Al contrario. Has llegado aquí al dormirte. Este es el mundo onírico. Y yo soy la mamáloi Inhidra. Ya me viste una vez, cuando estabas despierto, en aquella replaceta, aunque entonces tenía otro aspecto.

Recordé a la mulata de la replaceta. Su risa quebrada, el muñeco vudú, la cara pintada de blanco como una calavera... ¿Era posible que fueran la misma persona?

—Aquí —continuó— las cosas son distintas. Aquí puedes reunirte con otras personas, si ambos duermen al mismo tiempo y piensan el uno en el otro antes de caer en el sueño profundo. Puedes viajar, aprender, esconderte o buscar. El mundo onírico es un puente, Miller. Y tú ya has puesto un pie en él. Te he traído aquí para enseñarte a moverte por este lugar, a entrar y salir de él sin perderte. A crear y controlar el maná.

—¿El maná? —pregunté.

—El maná —respondió tañendo de nuevo su lira. Un filamento plateado brotó de ella y se convirtió en una mariposa—. El maná es la energía de la creación. Lo produce la imaginación, y la voluntad le da forma. Pero se necesita tiempo y entrenamiento para dominarlo. Cuando lo hagas, podrás crear con él armas, criaturas, incluso barcos o fortalezas. Todo aquello que necesites para viajar por el mundo de los sueños.

—Podré hacer todo eso… aquí.

—Aquí, claro —asintió—. No puedes llevarte nada del mundo de los sueños al de la vigilia, salvo la experiencia y el conocimiento que adquieras en él.

Algo pasó por mi cabeza en ese momento. Esa tienda abandonada hasta la que me había guiado el gato.

—«La Casa del Sueño» —dije en voz alta sin darme cuenta. No se trataba de que investigara el lugar, sino de que leyera el cartel. 

La mamáloi sonrió.

—Es más fácil pescar cuando el anzuelo tiene un cebo. Estuviste preguntándote por qué el gato te había guiado hasta allí, ¿verdad? Ese nombre se quedó en tu cabeza. Ese era mi cebo. Ahora necesito saber si estás dispuesto a aprender.

Le dije que sí. Que abrazaría cualquier ayuda que se me ofreciera. La mamáloi comenzó a tocar de nuevo su lira, pero esta vez todas las hebras plateadas volaron hacia mí, envolviéndome como un capullo de seda.

Investigación a 14+. Reducido a 9+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de esa semana. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 6, 4. Segundo intento (repitiendo los 6): Lupa, Linterna, 5, 4, 2. Esto nos deja con Investigación 11 y pasamos la tirada.

Sentí un peso extraño, como si mi mente se plegara sobre sí misma. No vi espirales, ni criaturas, ni mares negros esta vez. Solo una claridad profunda, tranquila. Cuando abrí los ojos, estaba en mi cama. El despertador marcaba las 4:17 de la madrugada. Tenía la sensación de haber regresado de un largo viaje, aunque mi cabeza no se había separado en ningún momento de la almohada.

¡Bueno! Hemos completado el primer mes y ha llegado el momento de hacer recuento. Los puntos de locura, de los que hemos acumulado siete sobre un máximo de ocho, se reinician a cero. Nos anotamos cinco puntos de éxito por cada prueba de domingo superada. Han sido la del día 4, la del día 11 y la del 25, porque entiendo que, aunque el domingo 1 forme parte de la última semana de enero, los puntos que nos proporciona superarla cuentan para los de febrero, ya que entra en este. Entiendo que también los puntos de locura se reiniciaron a cero en realidad al final del mes de enero, y no al final de esta semana que ya entra en febrero. Es un poco confuso, pero supongo que funciona así. 

Las instrucciones nos indican que cada prueba de domingo superada al cabo de un mes nos proporciona 5 puntos de éxito. Así pues, durante el mes de enero habríamos acumulado 15 puntos de éxito por superar tres de las cuatro pruebas de domingo, a los que tendríamos que restar 10 de haber alcanzado el tope de locura. Como no ha sido así, nos quedamos con 15 puntos. Y ya tenemos 5 asegurados, los de la prueba del domingo 1, para el conteo del mes de febrero.

De hecho, antes de llevar a cabo la tirada para el domingo 1 leí en qué consistía la nueva regla desbloqueada a partir de febrero, por si afectaba a ese día. No ha sido así, y por ello explicaré de qué se trata en la próxima entrada, cuando transcriba la primera semana completa de febrero, en la que esta regla ya es aplicable.