MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

miércoles, 27 de mayo de 2026

EL VAMPIRO

 EL ORÁCULO DE LAS VISIONES                                                                                      ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

Presentado por... Pecky.
 

¡Saludos, amigos cinéfagos!

Los que os pasáis por aquí con cierta frecuencia habéis notado que llevábamos unas dos semanas sin publicar nada. Esto se ha debido a una serie de problemas relacionados con gatos que afortunadamente ya hemos dejado atrás (a los problemas, no a los gatos). Así que vamos a retomar, en lo posible algo parecido a un ritmo normal. 

La intención era haber publicado esto ayer aprovechando que era el Día Mundial del Vampiro, para retomar nuestras emisiones a todo el universo precisamente con El vampiro, una película de 1957 que está considerada una de las obras más importantes del cine de terror mexicano. Pero, quizá porque llevaba mucho tiempo sin escribir, la reseña se me fue un poco de las manos y no pude terminarla a tiempo, así que sale hoy.

Un tren llega hasta la estación de Sierra Negra y de él se descarga un gran embalaje de madera. Por las marcas que lleva escritas sabemos que contiene tierra traída desde Hungría. Del tren desciende también una joven llamada Marta, que ha viajado a Sierra Negra con intención de visitar la hacienda de Los Sicomoros, tras recibir noticias de que su tía María está gravemente enferma. El tren se ha retrasado por un bloqueo en las vías y, cuando llega a la estación, la persona que debía recibirla para llevarla hasta la villa ya se ha marchado, dando por sentado que el tren no llegaría hasta el día siguiente. Marta se ve así varada en un lugar desconocido y poco poblado, sin medios para comunicarse con sus familiares ni llegar hasta ellos.

En la estación conoce a Enrique, un vendedor itinerante que se desplaza de pueblo en pueblo ofreciendo catálogos de productos y está en la misma situación que ella. Ha llegado ya entrada la tarde y la gente del lugar parece tener una especial aprensión a viajar de noche, por lo que no ha encontrado a nadie que se preste para llevarlo al pueblo. Marta y Enrique, unidos por una misma adversidad, desarrollan una simpatía casi instantánea uno por el otro y se sientan a esperar juntos a que se presente alguna solución. 

Esta llega en la forma de un feo y ceñudo cochero que acude con un carro a recoger el arcón de tierra en nombre de su señor, el conde Duval. La villa del conde no queda lejos de Los Sicomoros, y Enrique, que tiene mucha labia, convence al cochero para que los lleve a ellos junto con el embalaje de tierra, ya que básicamente van en la misma dirección.

Mientras Marta y Enrique viajan hacia la hacienda, asistimos a una escena en esta en la que María, la tía que Marta venía a visitar, está siendo enterrada. Justo antes de sepultar su ataúd en un nicho del panteón familiar subterráneo, una de las criadas (llamada también María) toma un pequeño escapulario del ataúd alegando que querría conservarlo como recuerdo. Se procede al sepelio y todos los implicados se marchan, excepto esta criada y Anselmo, otro servidor de la casa que está haciendo las veces de sepulturero. Cuando se asegura de que están solos, la criada le enseña a Anselmo una nota que había oculta en el escapulario y ambos intercambian una mirada de comprensión y sorpresa. A nosotros, simples espectadores, no se nos revela todavía lo que dice la nota, pero nos enteraremos más adelante.

Volvemos con Marta y Enrique, que han sido dejados a cierta distancia de Los Sicomoros y continúan su viaje a pie. Ya ha caído la noche y, mientras andan charlando entre ellos para hacer el viaje más ameno, vemos que una hermosa mujer vestida de luto los sigue discretamente sin dejarse ver. Esta mujer es un vampiro, como se nos revela poco después cuando la vemos convertirse en murciélago. Pese a ello, Marta y Enrique llegan hasta Los Sicomoros sin más contratiempos. Allí los reciben su tío Emilio y su tía Eloisa, que informan a Marta de que tía María murió ayer, pero llevaba ya cinco años aquejada por una extraña manía persecutoria que había ido consumiendo sus fuerzas poco a poco. Según ella, un vampiro rondaba la hacienda con la intención de chuparle la sangre. Esta idea obsesiva ha terminado por provocarle un colapso nervioso que la ha llevado a la tumba. Y lo cierto es que tía María no iba desencaminada, ya que vemos que la tía Eloisa es la vampiresa que estuvo siguiendo a Marta y Enrique.

En un momento en el que se quedan solos, Enrique le revela al tío Emilio que no es viajante de comercio, sino un médico al que él mismo había mandado llamar para averiguar cuánto de verdad y cuánto de locura había en la dolencia de su hermana. Ha llegado tarde, pero aun así el tío Emilio le ruega que se quede un poco más en la villa, manteniendo su identidad en secreto.

La hacienda de Los Sicomoros pertenecía a partes iguales al tío Emilio y a las tías Eloisa y María. Esta última ha dejado su parte a Marta, no a sus hermanos, y Eloisa le da a entender que hay alguien interesado en comprar Los Sicomoros, pero es necesario que dos de los tres propietarios estén de acuerdo para proceder a la venta. Eloisa, que recordemos que es una vampira, quiere vender la propiedad, pero su hermano se niega en redondo a hacerlo, por lo que vender o no Los Sicomoros dependerá de la decisión que tome Marta al respecto. El pretendido comprador no es otro que el conde Duval, el que importó el gran cajón de tierra húngara. En escenas previas se nos ha mostrado que el conde Duval es el vampiro maestro que transformó en vampiresa a la tía Eloisa.

Por un libro que se cae solo de su estante para que Enrique lo encuentre, y por lo que le revela también la criada María, cien años atrás un vampiro conocido como el conde Lavud asoló la región hasta que fue cazado y estacado por los aldeanos.

En realidad, el motivo por el que el conde Duval quiere comprar Los Sicomoros es porque esa fue la residencia de su hermano, el conde Lavud, ajusticiado por el pueblo cuando este se cansó de sus tropelías. Sus restos se hallan enterrados actualmente en la cripta de la finca. El conde Duval, que en realidad se apellida también Lavud pero que ha invertido el orden de las letras para pasar desapercibido🙄, pretende exhumar los restos de su hermano para reenterrarlos en la tierra que ha hecho traer de su Hungría natal, ya que esto devolverá a la vida (o a la no vida) a su hermano.

La forma más fácil de conseguirlo es vampirizando también a Marta, porque así, además de controlar a dos de los tres propietarios de Los Sicomoros y asegurarse la venta, tendría a las dos mujeres a su servicio. Según esta película, es necesario que un vampiro se alimente dos veces de una víctima para que esta se convierta también en un vampiro. El conde Lavud hace una visita nocturna a Marta y se alimenta de su sangre, lo cual deja en ella una serie de pesadillas y una tristeza que no puede definir. Por si esto fuera poco, al entrar en una antigua habitación en la que pasó sus años de niñez en esa villa, se encuentra con la supuestamente difunta tía María, con el traje con el que fue enterrada y sosteniendo un gran crucifijo, que la mira con una expresión demente.

A la mañana siguiente de haberla atacado, aprovechando que esto ya le da una cierta influencia sobre ella, el conde Duval visita la hacienda con la intención de hablar de negocios. Para ese momento, Marta ya sabe que, como mínimo, su tía Eloisa es una vampiresa, puesto que ha tenido ocasión de comprobar que no se refleja en los espejos. Además, tanto ella como el conde Duval apartan la vista con cara de desagrado cuando se cruzan con el criado Anselmo, que lleva un crucifijo colgando del cuello por fuera de la camisa. Dándose cuenta de que Marta no va a ser tan fácil de manipular como ellos pretendían, Duval y tía María deciden matarla vertiendo en una copa de vino un polvo que le provoca un ataque cataléptico profundo.

Enrique, revelando al fin que no es viajante de comercio, toma su maleta (que no contiene muestras y catálogos, sino instrumental médico) y examina a Marta. Declara que está muerta al no detectar latidos en su corazón, ya que estos son tan débiles que ni siquiera el estetoscopio permite oírlos. Sin embargo, cuando ya todos la dan por muerta, Anselmo ve un imperceptible movimiento en un dedo de su mano y esto hace que Enrique la vuelva a examinar con más cuidado. Descubre entonces que sigue viva en un estado cataléptico extraordinariamente profundo. Esto hace que tío Emilio recuerde que los síntomas que presentó su hermana María en el momento de su muerte fueron los mismos y que probablemente también fue enterrada en estado cataléptico. Ya hace más de un día que la enterraron y quizás sea demasiado tarde para salvarla, pero aun así él y Enrique corren a la cripta y sacan su ataúd del nicho, hallándolo vacío.

Es entonces cuando María, la criada, confiesa por qué tomó el escapulario del ataúd de tía María antes de que lo sellaran en el nicho. Lo hizo con intención de comprobar si esta había dejado alguna instrucción final en él. Y efectivamente, la nota que al principio de la película ella encontró en el escapulario y que mostró a Anselmo decía que iban a intentar asesinarla haciéndola pasar por muerta. Esto hizo que ella y Anselmo volvieran a sacar el cuerpo del ataúd una vez todos los familiares se marcharon y la ocultaran en un pasadizo secreto de la propia cripta. Ha estado ahí desde entonces, salvo una ocasión en la que se escapó, no pudiendo resistir el deseo de ver otra vez a Marta, a la que ella misma crio cuando era pequeña y con la que estaba unida por una relación más cercana a la de madre e hija que a la de tía y sobrina. Fue esa la ocasión en la que Marta vio a tía María en la que fue su antigua habitación, creyendo que se trataba de una visión o de un espectro.

Tía María revela entonces toda la trama a su hermano Emilio y al doctor Enrique. Ella descubrió la identidad y verdadera naturaleza del conde Duval y lo que este pretendía, y por eso fue quitada de en medio. Viendo cómo su plan se desmorona, el conde Duval decide dejarse de sutilezas y rapta a Marta de su habitación. Valiéndose de un túnel secreto que comunica Los Sicomoros con su propia mansión, se la lleva a esta para vampirizarla tranquilamente, al tiempo que envía a Eloisa a matar a su hermano Emilio. Esta le muerde y lo deja malherido, pero no llega a matarlo por la intervención de Anselmo y la criada. Eloisa se retira, pero es entonces atacada por su hermana María. Aunque los vampiros son de por sí más fuertes que los humanos, María tiene a su favor una fuerza equivalente a la vampírica: la de la locura. Los cinco años que estuvo atormentada, su catalepsia químicamente inducida y su entierro en vida han perturbado su mente de tal modo que le han proporcionado una fuerza superior a la de la vampira, a la que logra someter únicamente con sus manos.

Enrique, en un doble papel de doctor y guerrero al más puro estilo del profesor Van Helsing, se enfrenta al conde Duval y a los sirvientes humanos sometidos a su voluntad. Durante el combate se inicia un incendio accidental en la mansión de Duval y esto coincide con la salida del sol. Aterrado por la proximidad de las llamas y las luces del astro rey, el vampiro huye a los sótanos de fría piedra de su mansión, donde se encierra en su ataúd. Mientras Enrique sigue liándose a puñetazos con los criados, es la propia María la que baja hasta el sótano y atraviesa el corazón de Duval con una estaca improvisada. Al ser destruido el vampiro, Marta despierta súbitamente del trance hipnótico en el que este la había sumido y el cuerpo de Eloisa se convierte en un esqueleto, dándonos a entender que ya hacía varios años que era un vampiro al servicio de Duval.

La película concluye con Enrique y Marta despidiéndose en el mismo andén en el que se conocieron. Vemos una panorámica del tren alejándose y damos por supuesto que Enrique se marcha en el tren y Marta permanece en la hacienda como copropietaria de esta junto con su tío Emilio y su tía María. Pero cuando el tren termina de pasar, vemos que Enrique no se ha subido a este. Se ha quedado en el andén y él y Marta están besándose. Un final bonito y redondo, como corresponde a una noche de terror como la que han vivido.

Esta es una película muy clásica de vampiros y además no es de esas que toman por tonto al espectador explicándole cada detalle al milímetro. Lo de que la criada María supusiera que había una nota en el escapulario no se nos explica, por ejemplo, pero sí nos comentan que era la criada personal de tía María. Es fácil suponer, por tanto, que hubiera una especial confianza o incluso algún tipo de juego secreto entre ellas, intercambiando mensajes sobre cotilleos, dejándoselos siempre en el mismo lugar, ocultos en un pliego del escapulario, y que por ello la criada se arriesgara a pedir quedarse con el escapulario de su ama, en previsión de que este contuviera alguna última instrucción para ella.

Tampoco se nos dice por qué cae el libro del estante, cuando está claro que algo lo empuja desde atrás. La película nos muestra que la casa está llena de pasadizos secretos, así que tampoco sería descabellado que fuera la propia tía María la que, escuchando hablar a Enrique desde detrás de una pared falsa, empujara de algún modo ese libro concreto para que Enrique reparara en él.

La historia está llena de tópicos, pero sinceramente sigo prefiriendo este tipo de cine de vampiros, con todos sus tópicos y todo lo previsible que es, a las versiones modernas en las que los vampiros han dejado de ser los reyes del terror y se han convertido en un monstruo más del cine de acción. Al final, uno se cansa de ver a los vampiros dando volteretas y patadas de kárate mucho antes que de ver a los vampiros con capas arcaicas, durmiendo en ataúdes, rehuyendo crucifijos y espejos. Este tipo de películas son las que nos recuerdan por qué los tópicos del género existen en primer lugar.

En el cine moderno los monstruos han perdido su identidad. Tanto vampiros como hombres lobo e incluso a veces momias hacen lo mismo. Todos corren a cien por hora, todos trepan por las paredes, todos tienen superfuerza genérica y todos aparecen en grandes cantidades cuando antes bastaba uno solo de ellos para poner en jaque a los protagonistas. Y se ignoran muchas de las debilidades clásicas que justificaban el hecho de que no se apoderaran del mundo. Un solo vampiro al que le disparas con un revólver y las balas lo atraviesan sin hacerle daño, da miedo. Pero si el protagonista cuenta con una ametralladora que dispara ráfagas de balas de plata que los destruye por docenas, ya casi no hay diferencia entre que esté luchando con vampiros o con humanos. Esto convierte a los monstruos clásicos en adversarios intercambiables, como un mismo personaje de un videojuego con diferentes skins.

Antes los monstruos tenían límites muy concretos y bien definidos y eso los hacía interesantes. Los límites no eran un capricho: eran parte de su identidad. El vampiro temía la luz, el ajo, la cruz, el agua bendita. El hombre lobo era víctima de su propia maldición al no poder controlar sus transformaciones ni lo que hacía durante ellas. La momia era lenta, inexorable, previsible como un autómata obligado a cumplir de la forma más literal posible un objetivo muy concreto. El zombi clásico era torpe, lento, estúpido, y su fuerza estaba en el grupo. Esas limitaciones y fortalezas bien diferenciadas implicaban que debía seguirse una estrategia y un enfoque diferente para lidiar con cada uno de ellos. El héroe vencía porque conocía o averiguaba las reglas. El monstruo daba miedo porque tenía una lógica propia que lo hacía diferente al resto. Pero cuando eliminas esas reglas, eliminas también su personalidad. Si todos los tipos de monstruos saltan, corren, trepan y hacen acrobacias, y el vencerlos o no depende únicamente de tener suficiente potencia de fuego, lo que tienes no es terror, sino una película de acción en la que se cambian a los soldados enemigos o la banda de pandilleros por monstruos. Y ojo, que me encantan las dos primeras películas de Blade, así como las dos primeras de La Momia de Brendan Fraser, pero cuando se las clasifica como películas de terror solo porque salen monstruos, cuando en realidad son películas de acción, algo estamos haciendo mal.

El vampiro cuenta, por cierto, con una segunda parte llamada El ataúd del vampiro. Por si estáis interesados en verlas, en el momento de escribir esta reseña ambas están disponibles en bastante buena calidad en YouTube. También podéis leer otras reseñas sobre películas de vampiros pulsando aquí.

El vampiro. 1957. Ramón Obón (guionista) Fernando Méndez (director). Abel Salazar, Germán Robles (actores principales) Ariadne Welter, Carmen Montejo (actrices principales). Cinematográfica ABSA. Editada en DVD en 2012 por Cinema International Media S.L.

miércoles, 13 de mayo de 2026

EL GUERRERO DEL ANTIFAZ (nº 56 a 57) Al rescate de Ana María

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, nobles caballeros y damas.

Hoy finalizan las Fiestas de Moros y Cristianos de Biar, que comenzaron el pasado día nueve. Están dedicadas a la Virgen de Gracia y conmemoran la toma de Biar en 1245 por Jaime I, una operación militar decisiva que consolidó la frontera sur del recién formado Reino de Valencia. Este acontecimiento convirtió a Biar en un enclave estratégico frente al reino musulmán que se había establecido en Murcia. Las fiestas actuales recrean este momento histórico mediante desfiles y dramatizaciones teatrales.

El acto más característico de estas fiestas es el Baile de los Espías, celebrado el 11 de mayo por la tarde. Un grupo de vecinos disfrazados de moros recorre las calles midiendo puertas, ventanas y callejones con reglas y cartabones. Esta acción representa el espionaje previo a la conquista, como si los moros estuvieran estudiando la estructura de la villa para preparar su entrada y decidiendo de antemano las casas que van a ocupar cada uno. A esto le sigue el desfile de las tropas africanas, que representa el momento en el que éstas se apoderaron de la villa. Las comparsas moras se dividen en Moros Viejos, Moros Nuevos y Moros Tarik.

Tras la conquista del pueblo tiene lugar el baile en sí, una danza en la que la tradición dicta que todos los participantes deben ir vestidos con ropa heredada de sus padres o hermanos mayores. La música es repetitiva y de origen muy antiguo e incierto, y los propios pasos del baile, como la ropa que se usa, se han ido transmitiendo de generación en generación. 

Mientras el baile tiene lugar, una figura de pasta de papel caracterizada como un moro a la que se conoce como «La Mahoma» es paseada en carro por las calles, representando la toma cultural de la villa que siguió a su conquista militar. El desfile de las comparsas cristianas que tiene lugar al día siguiente representa la reconquista de la villa por las tropas de Jaime I. El bando cristiano está formado por las comparsas de los Blanquets (milicias locales), Maseros (campesinos), Estudiantes y Templarios.

Como ya es tradición en este blog, nos unimos a nuestra manera a las fiestas de Moros y Cristianos de Biar reseñando otro par de números de El Guerrero del Antifaz. Las historias que tocan hoy son:

Siguiendo la pista (nº 56). En el episodio anterior dejamos al Guerrero en el momento de librarse de sus grilletes y enfrentarse a puñetazos con sus captores. Él y Fernando se encuentran en el antiguo Peñón de Olián, ahora bajo control cristiano y dirigido por el capitán Rodolfo, que le guarda un profundo rencor. Aprovechando la confusión sobre el rapto de Ana María (cometido por un soldado de Olián disfrazado como el Guerrero), el capitán dio la orden de detenerlo sin pruebas claras.

El Guerrero se abre paso a golpes entre los guardias. Aun así, no muestra hostilidad hacia el noble invitado en la fortaleza, cuya identidad y propósito siguen siendo un misterio. Al ver el despliegue de fuerzas del Guerrero, el noble empuña su espada por precaución, pero no le ataca. El Guerrero tampoco lo considera una amenaza. Incluso con el noble a un metro de distancia y espada en mano, el Guerrero se agacha para recoger las llaves de un guardia caído y liberar a Fernando.

Una vez fuera de la celda, ambos avanzan por el pasillo. El ruido del combate ha alertado a un grupo de guardias que acude a detenerlos. Entre ellos está Osmín, disfrazado de soldado cristiano, que se une a la refriega y aumenta la confusión. El Guerrero conoce bien la estructura del Peñón: ha tenido que infiltrarse y escapar de él varias veces. Guiando a sus compañeros, llega a las caballerizas y toman varias monturas para huir. En ese momento aparece una patrulla que trae consigo al inconsciente don Luis, conde de los Picos, hallado en la cueva donde la bruja Zimbra lo abandonó tras drogarle. Ante la presión del noble invitado, el capitán Rodolfo reconoce que se precipitó al acusar al Guerrero y admite que no tiene motivos para retenerlo. Con la situación aclarada, el noble informa de esto al Guerrero justo cuando este se disponía a abandonar la fortaleza con sus amigos.

Mientras tanto, los hombres del Pirata Negro, cómodamente instalados en las afueras de Alicante, empiezan a desmadrarse. Aunque el padre de Beatriz le ha enviado cofres con joyas y oro en agradecimiento por su participación en el rescate de su hija, el Pirata Negro no ha renunciado del todo a ella. Se niega a marcharse con sus barcos y sus hombres, que están cometiendo robos y actos de vandalismo por la región. Uno de ellos incluso intenta secuestrar a una mujer para violarla, pero don Carlos lo presencia y mata en el acto al miserable. 

El conde de Peñaflor retira entonces la oferta que le hizo al Pirata Negro de contratarlo a él y a sus hombres como tropas mercenarias. Lo considera un líder incapaz de controlar a la banda de salvajes que tiene a su mando. Le exige que se marche, pues ya ha recibido su recompensa.

El Guerrero y sus compañeros recorren la región en busca de información sobre Olián. Unos soldados les cuentan que se avistaron naves berberiscas en la costa de Málaga. Otros confirman que esas naves ya partieron rumbo a África, llevando consigo a Olián y su gente. El salvoconducto de los Reyes Católicos ha permitido que se marchen sin oposición, tal como se pactó. Olián y los suyos han embarcado en la flota de la Mujer Pirata, y ahora el Guerrero necesita un barco para seguirles.

Inmediatamente piensa en el Pirata Negro y va en su búsqueda, pero al encontrarlo lo ve convertido en un guiñapo. Está borracho y ha perdido toda autoridad sobre su tripulación. El oro que ha recibido del marqués de Peñaflor lo entregó a sus hombres, que lo repartieron mientras él se dedicaba beber vino hasta perder el sentido. El mando real lo ejerce uno de sus hombres, Jusep, que se ha autonombrado jefe ante la pasividad de su capitán. Cuando el Guerrero se presenta reclamando su ayuda Jusep se le enfrenta, pero cae derrotado tras intercambiar algunos golpes. El Guerrero y sus amigos embarcan en una de las naves del Pirata Negro, llevándose a este con ellos, aún borracho, y a algunos de sus hombres. El resto de la flota zarpa poco después y les van siguiendo la estela, aunque no queda claro si para apoyarlos o para aprovechar la ocasión de traicionarlos.

Al día siguiente, el Pirata Negro despierta de su borrachera de mal humor. Acusa al Guerrero de haberle arruinado: ha perdido muchos barcos, hombres, prestigio y alianzas desde que le conoce, además de ver frustrada su obsesión por Beatriz. Su primera intención es arrojarlos al mar, pero el Guerrero lo convence de que solo necesita que lo lleve hasta Túnez y ya no volverá a saber nada de él. Para evitar más problemas, el Pirata Negro accede a llevarlos hasta las costas africanas, desembarcarlos en un bote y olvidarse de ellos para siempre. Ya no lo considera amigo, pero tampoco lo quiere como enemigo.

En tierras africanas (nº 57). Durante la travesía se forma una tormenta tan extensa que les resulta imposible esquivarla. Las olas golpean los barcos con fuerza y los hacen escorar. El Pirata Negro, hundido en su miseria, se desentiende del mando y deja la responsabilidad a Jusep. Se encierra en su camarote a lamentarse mientras la tormenta arrecia. Este abandono de sus responsabilidades en un momento crítico convence a varios piratas de que ha llegado el momento de deshacerse de su capitán. Cuatro de estos se dirigen a su camarote para asesinarlo.

La tercera viñeta nos muestra la mesa y un taburete volcados contra el mamparo, consecuencia de los bandazos del barco. Esto es un detalle que me ha gustado mucho porque es simple y realista a la vez. 

El Guerrero, que ha notado movimientos sospechosos en cubierta, acude al camarote del Pirata Negro temiendo que se esté tramando algo contra él, y presencia el intento de asesinato. Entre él y el Pirata Negro reducen a los cuatro atacantes. 

Sin embargo, el combate se ha extendido a la cubierta, donde otros piratas atacan a Osmín y Fernando descuidando las faenas marineras esenciales para mantener el precario control de la embarcación que aún tenían. A consecuencia de esto las olas barren la cubierta y arrastran a muchos al mar. El barco, casi sin gobierno, empieza a recibir el oleaje de través en lugar de sobre el tajamar de proa, y está a punto de hundirse.

Cuando la tormenta amaina horas después, uno de los barcos de la flota ha desaparecido. El Pirata Negro ordena que los demás permanezcan en la zona buscando supervivientes, lo que aumenta la distancia respecto a la flota que persiguen. En realidad, no desea alcanzarla antes de que esta llegue a África: un combate naval solo le traería más pérdidas de hombres y barcos. Por su parte, la flota de la Mujer Pirata, que transporta a Olián, está dando rodeos para evitar encontrarse con las tropas de Yeir Kan. Ella ignora que Yeir Kan ha muerto y que sus hombres obedecen ahora a su hermano Ali, pero la situación es la misma. Encuentra la oportunidad para desembarcar a Olián y los suyos y se aleja antes de despertar demasiado interés entre las fuerzas locales.

Ali Kan, al mando provisional de las tropas de su hermano hasta que el rey de Túnez se pronuncie al respecto, recibe a Olián en su fortaleza. Allí conoce por primera vez a Ana María. Su belleza extraordinaria y su aspecto virginal la convierten en objeto de deseo para casi todos los villanos de la serie, pero saber que es la mujer amada por el Guerrero la hace aún más valiosa para él. Intenta comprársela a Olián. Este se niega, pero la idea queda sembrada en la mente de Alí.

Finalmente, la flota del Pirata Negro llega a las costas de Túnez. Cumpliendo su palabra, desembarca al Guerrero, Osmín y Fernando en un pequeño bote. En la playa se enfrentan primero a un grupo de pescadores y luego a otro, más numeroso y agresivo, de piratas locales. De ambos obtienen la misma información: Olián se reunió con Alí Kan en su fortaleza días atrás. Para la épica mentalidad del Guerrero esto supone la oportunidad de enfrentarse a los dos a la vez. Lo considera un golpe de suerte, aunque para todos los demás, lectores incluidos, es obvio que será más difícil enfrentarse a ambos juntos que combatirlos por separado. Es interesante cómo el autor logra presentar la desbocada heroicidad de su personaje como una ventaja y una desventaja al mismo tiempo.

Su siguiente paso es robar caballos en una aldea cercana para acelerar el viaje. La operación no les supone gran dificultad y contribuye a alimentar la leyenda que empieza a formarse en torno al Guerrero. Osmín, que sigue disfrazado de soldado cristiano desde que estuvo en el Peñón, viste una combinación de uniforme y armadura idéntica a la del Guerrero y ha copiado incluso su antifaz. Si a esto sumamos que tienen una altura y corpulencia similares, solo los diferencia la voz y el fino bigote de Osmín. Cuando entran en la aldea y roban los caballos, los tunecinos se quedan perplejos al ver dos guerreros cristianos enmascarados. Debido a la fama de invencible que ha ido labrandose, algunos ya consideran al Guerrero del Antifaz un espíritu en lugar de un hombre, y su presencia por partida doble hace que los rumores se extiendan aún más.

Al llegar a la fortaleza de Ali Kan, el Guerrero insiste en infiltrarse él solo. Si son descubiertos lo mismo dará ser uno que tres, y yendo solo reduce las posibilidades de ser detectado. A regañadientes, Fernando y Osmín aceptar aguardar al pie de los muros, amparados en la oscuridad de la noche. 

Y aquí dejamos la historia por ahora. Volveremos a ella en alguna próxima fiesta de Moros y Cristianos, de las muchas que llenan el calendario. Hasta que continuemos con los siguientes capítulos, podéis repasar los números anteriores desde el primero pulsando aquí.  

Otras colecciones de Manuel Gago 

Nuevas aventuras del Guerrero del Antifaz

El Aguilucho

El Guerrero del Antifaz. 1944. Manuel Gago (guion y dibujo). Reeditado en 1972 por Editorial Valenciana S.A.

lunes, 11 de mayo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 4 al 10 de mayo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Publicamos el lunes nuestro suplemento del domingo! ¡Lea aquí todos los humillantes detalles de nuestra incompetencia editorial! 


Bueno, en realidad lo único que pasa es que no pude tenerlo a tiempo para publicarlo ayer, así que lo hago hoy 😅 

No pensaba tomarme tan en serio esto del Diario de Miller. Mi intención inicial era hacer reseñas mucho más cortas, pero al estar basándolo en ilustraciones puestas al azar tengo que hacer malabarismos para darles una mínima coherencia. Eso me obliga a dar muchos rodeos y no poder cerrar ninguna de las subtramas que se van abriendo, porque no se cuando se volverá a reaprovechar una de las imágenes que estoy empleando como marcadores de cuando hay que seguir extendiendo cada una de estas tramas. El estar además llevando a cabo las tiradas y modificando la historia base que me voy inventando según si las paso o las fallo también hace que no pueda planear nada con demasiada antelación.

Así que voy a hacer una pequeña trampa y darle un vistazo a las páginas de los meses que quedan para ver cual es el día en que se emplean por última vez determinadas ilustraciones, para así poder ir encaminando las subtramas relacionadas con ellas hacia finales lógicos de una forma más natural. 

No sería necesario hacer esto si no hubiese empezado a crear una historia mínimamente coherente a partir de ellas, pero ya que he empezado seguiré alargando esto el tiempo que pueda. Se me esta haciendo muy cuesta arriba porque hay un limite a la cantidad de veces que uno puede inventarse otro fragmento más de historia tomando como base una ilustración que ya te ha aparecido diez veces... y que probablemente aparecerá veinte veces más de aquí a final de año. Solo pido disculpas por anticipado a los que estén siguiendo esta historia por si en algún momento la abandono por falta de ideas, hastío o estar dedicando mi limitado tiempo en este mundo a otra cosa 😅 

Por otra parte, cada mes se incorpora una nueva regla especial al juego. Pero la de mayo no afectaba a este hasta ahora, así que os la explico en este momento.

La regla especial que se aplica de mayo en adelante es la siguiente: algunas casillas muestran dos símbolos en lugar de uno, además de la cifra de dificultad y otros factores que puedan influir, como la locura mínima para que la dificultad no se incremente. Estas casillas en las que aparecen dos símbolos tienen también el dibujo de una bomba, indicando que el peligro que afronta Miller en esos días no es una pista que investigar, un rastro que seguir o un combate convencional que librar, sino una trampa o una emboscada. Para salir bien librado de ella, además de superar la cifra de dificultad, hay que obtener ambos símbolos en la tirada de dados.

Hasta ahora bastaba con obtener un símbolo lanzando dos dados, habiendo dos símbolos de cada tipo en cada dado. Ahora, sin embargo, no basta con obtener uno: hay que obtener los dos, lo cual aumenta bastante la dificultad. Lo bueno de esto es que se nos indica que estos encuentros son trampas o emboscadas, lo cual me da algo más de variedad a la hora de explicar lo que está ocurriendo.

El fragmento de historia oficial que se nos ofrece también nos indica que Miller está extendiendo su investigación al subsuelo de la ciudad, así que incorporaremos esto a nuestra propia historia.


LUNES, 4 DE MAYO DE 1926

Hoy he vuelto al edificio de la redada. No sé por qué. Quizá porque algo en mí no terminaba de creer que lo hubiéramos limpiado del todo. Quizá porque, después de ver cómo el Sacerdote Mayor se nos escurría entre los dedos, necesitaba comprobar con mis propios ojos que no había dejado nada importante atrás.

El caso es que he vuelto. El edificio seguía acordonado, pero a estas alturas mover una valla con el escudo del ayuntamiento es algo que no me va a quitar el sueño. El eco de la redada seguía allí: muebles volcados, casquillos en el suelo, manchas que preferí no examinar demasiado… Subí y bajé por las escaleras sin rumbo fijo, como si esperara que algo se revelara solo. En la planta baja, detrás de un armario que me dio por mover porque era uno de los pocos que no habían quedado volcados, encontré una trampilla de hierro. Abrí la trampilla y bajé por una escalera estrecha.

La linterna iluminó un pasillo bajo, con paredes de ladrillo desnudo y tuberías que goteaban. Avancé despacio. El suelo estaba cubierto de una película viscosa que se pegaba a las suelas. No tardé en ver de dónde venía.

La criatura apareció al fondo del pasillo, doblando lentamente una esquina. Era gelatinosa, rojiza, como una gran masa de sangre a medio coagular. Tenía tentáculos cortos y gruesos que se arrastraban por el suelo dejando surcos húmedos. No tenía ojos, pero cuando la luz de mi linterna la alcanzó, se estremeció como si la hubiera notado de algún modo. Era muy lenta, así que mi primera opción fue retroceder. O intentarlo, al menos. Al darme la vuelta, vi que otra criatura similar estaba extendiéndose para cortarme la retirada, saliendo de un agujero de la pared.

Las cosas se agitaron, alzando los tentáculos como si tantearan el aire. Avanzaron hacia mí con un sonido húmedo, como un saco de vísceras siendo arrastrado por el suelo. Disparé dos veces contra la que me cerraba el paso de vuelta a la escalera. Las balas entraron en la masa gelatinosa y quedaron atrapadas dentro, flotando como insectos en ámbar. Revólver descartado. Tenía un par de cartuchos de dinamita encima, pero la idea de hacer saltar en pedazos esa masa de gelatina y que su grumos me llovieran encima no me atraía en absoluto. ¿El diapasón? Parecía ser solo efectivo contra seres inmateriales. Había logrado desorientar con él a un murciélago gigante, pero esa masa gelatinosa ni tan solo parecía tener oídos. ¿Qué más llevaba encima?

Trampa de Investigación & Combate a 10+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 2): Lupa, Revólver, 3, 3, 2. Tercer intento (repitiendo todos los dados de números): Lupa, Revólver, 6, 4, 1. Obtenemos Investigación & Combate 11 y superamos la trampa a costa de acumular un punto de locura. Teniendo en cuenta la naturaleza del encuentro, ese toque de demencia parece hasta adecuado.

¿Quizá la petaca? No sé por qué, pero tenía la impresión de que, al ser una criatura gelatinosa, el brebaje que preparó Madrivana y que llevaba conmigo en la petaca sería lo más efectivo. Fue un tiro a ciegas. Saqué la petaca y le di una rociada a una de las criaturas como si estuviera derramando sobre ella agua bendita. La criatura se detuvo, tembló y empezó a deshacerse con un fuerte siseo. En cuestión de segundos se convirtió en un charco espeso que olía a salmuera.

Había rociado a la que me cortaba el paso hacia la escalera, pero me volví y comprobé que la otra también se estaba disolviendo. ¿Era una sola criatura capaz de extenderse a través de huecos en las paredes para cortarme los dos extremos de un pasillo? Me quedé allí un momento, respirando hondo hasta que el ser terminó de licuarse. Luego subí las escaleras y dejé abierta la trampilla. El tufo de esa cosa al disolverse era nauseabundo. Mejor dejar que el lugar se ventilara antes de seguir explorándolo.

No sé si debo decírselo a O’Maley. Sus hombres no están preparados para algo así.


MARTES, 5 DE MAYO DE 1926

Hoy he tenido que enfrentarme a otra de las criaturas de Calder. Y aunque ya he visto unas cuantas, esta ha sido distinta. Peor, en cierto modo. No por peligrosa, sino por lo que sugería.

Había ido a la Universidad para hablar con Crane sobre los documentos que le dejé el lunes, pero el chaval estaba tan enterrado en papeles que decidí no interrumpirlo. En lugar de eso, di una vuelta por los edificios antiguos del campus a ver si todo seguía como en mi época de estudiante. Hay un almacén de suministros médicos detrás del pabellón de anatomía, un lugar que lleva cerrado desde antes de que yo naciera. Lo recordaba porque, hace años, un profesor me contó que allí guardaban material quirúrgico que ya no cumplía las normas. Desde entonces, nadie lo ha reclamado. Ni siquiera los ladrones. Supongo que ni los delincuentes quieren cargar con cajas de bisturís oxidados y frascos de formol.

La puerta estaba entreabierta en lugar de cerrada con un candado. Era la primera vez que la veía así, y me acerqué a echar un vistazo. Las estanterías estaban torcidas, algunas caídas, y el suelo estaba cubierto de vendas viejas y cajas aplastadas. Por la disposición de las zonas limpias en medio del mar de polvo que lo llenaba todo, estaba claro que alguien había estado allí hace poco y se había llevado algo.

Y también había dejado algo. Un golpeteo húmedo e irregular provenía de una caja de zapatos nueva colocada en el suelo, en el centro aproximado de la sala. Algo estaba abriéndose paso a través del cartón, quizá reaccionando a mi presencia allí.

Era una de las ratas reanimadas de Calder, cómo no. El cuerpo parecía estar peleando consigo mismo. Cada músculo tiraba en una dirección distinta. Las patas se movían sin coordinación. La cabeza daba sacudidas espasmódicas una y otra vez. Salió de la caja de cartón y miró alrededor. Su vista quedó fijada en mí. Estaba claro que me había visto, pero no parecía saber qué hacer con esa información. Me acerqué despacio. La rata se irguió sobre sus patas traseras. La boca se abrió y cerró sin ritmo ni propósito. No percibí hostilidad en ella, solo dolor. Pero ese tipo de dolor que no puede expresarse de otra forma más que haciendo daño a otros.

Su muerto cerebro se dio al fin cuenta de esto y se lanzó hacia mí. Yo ya tenía el tablón de una estantería suelta en las manos. No quería disparar dentro del recinto universitario si no era del todo imprescindible, y una rata muerta más era algo que podía manejar sin recurrir a eso.

Combate a 7+. Incrementado a 8+ si no tenemos al menos un punto acumulado de locura o conocimiento de Mitos, que lo tenemos. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Obtenemos Combate 10 y nos deshacemos de la rata reanimada.

Saltó, pero fue un movimiento torpe, desviado, como si solo la mitad de su cuerpo hubiera recibido la orden. Prácticamente se lanzó sola al encuentro del tablón que yo estaba empuñando como un bate. La estampé contra la pared de un tremendo golpe. Cayó al suelo y empezó a arrastrarse de nuevo hacia mi. Avanzaba empujada por una fuerza que probablemente ella misma no entendía ni controlaba. La golpeé varias veces más con el tablón hasta que dejó de moverse.

Salí del almacén con el estómago revuelto por la idea de que Calder está trabajando tan cerca de la Universidad y además va abandonando a sus criaturas allá por donde pasa. Quizá cree que así mantiene alejada a la gente del rastro que va dejando. Quizá es su forma de tratar de cubrir sus huellas. Para mí, es como un rastro de miguitas de pan.


MIERCOLES, 6 DE MAYO DE 1926

Hoy he ido a ver al padre Arden. No por nada urgente, sino porque necesitaba hablar con alguien y él siempre está disponible. De hecho, parte de su trabajo es hablar con la gente. Fui a una hora en la que sabía que estaría en su pequeño despacho de la sacristía.

Lo encontré revisando unos papeles. Su despacho es tan austero como él: una mesa, dos sillas, una cruz de madera en la pared y una estantería llena de libros viejos.

—Miller —dijo al verme—. ¿Vienes por confesión o por información?

—Por conversación —respondí, sentándome sin esperar a que me invitara.

Hablamos un rato de cosas triviales. De la redada. De los agentes heridos. De la señora Hargrove y su empeño en convertir su mansión en un bastión. Arden escuchaba con esa calma suya que a veces me irrita y otras me tranquiliza. No sé cómo lo hace.

Mientras hablábamos, mis ojos se fueron a la estantería. Allí, entre tratados de teología, manuales de exorcismo y libros de historia eclesiástica, vi un volumen grueso, encuadernado en cuero oscuro. El lomo decía: «Las Cruzadas: Crónica de los Caballeros de Dios».

Sentí un escalofrío al recordar al caballero con armadura que vi en mi última visita a las Tierras del Sueño. La armadura brillante… la barba blanca… la espada sostenida como un crucifijo. No había llegado a saber quién era, pero ahora, viendo ese libro, viendo a Arden sentado frente a mí con las manos tranquilamente entrelazadas sobre la mesa como si las apoyara en el pomo de una espada invisible, empecé a unir puntos.

Investigación a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2): Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

—Padre —dije al fin—. Tengo que preguntarle algo.

—Dime, hijo.

—El pasado domingo, en el Mundo Onírico… vi a alguien. Un hombre con armadura. Un cruzado. Estaba ayudando a Evelyn y a Inhidra a construir esa fortaleza de la que le hablé en una ocasión. Y… —miré el libro— …creo que era usted.

Arden asintió despacio.

—Sí, Miller. Era yo.

No lo dijo con orgullo ni con vergüenza, sino limitándose a constatar un hecho.

—No lo elegí —añadió—. Nadie elige su forma en las Tierras del Sueño. Allí no somos lo que queremos ser, sino lo que realmente somos… o lo que aspiramos a ser… o lo que fuimos alguna vez. El ego se expresa sin máscaras.

Me quedé en silencio. No sabía qué decir.

—Me sorprendió tanto como a ti —continuó—. No esperaba verme así. No me considero un guerrero. No desde hace mucho tiempo. Pero el sueño… el sueño no miente. Allí, cada uno lleva la armadura que su alma ha forjado.

—¿Y por qué no me lo dijo? —pregunté.

Arden sonrió.

—Porque no era importante en ese momento. En este conflicto, Miller, cada uno de nosotros está descubriendo quién es en realidad.

No supe qué responder. Me levanté para irme. Arden me acompañó hasta la puerta.

—Miller —dijo antes de que saliera—. Siempre que necesites hablar, ya sabes dónde encontrarme. En este mundo y en el otro.


JUEVES, 7 DE MAYO DE 1926

La Zapatería Norton está en el 112 de Pickman Street. Es el nombre y la dirección que aparecían en la tapa de la caja de zapatos que vi en el almacén de la Universidad. En mi trabajo hay que fijarse en ese tipo de detalles y tomar nota de ellos. La caja de zapatos se veía muy nueva. Quizá Calder simplemente tomó la caja vacía de algún callejón y la utilizó, pero existía la posibilidad de que la hubiese comprado él mismo recientemente. Puede que fuera solo agarrarse a un clavo ardiendo, pero en ese momento era mi mejor clavo ardiendo.

Me presenté en la zapatería. Un local completamente normal. Hablé con el dependiente, que me atendió deshecho en sonrisas. Le expliqué que un amigo mío me había mostrado unos zapatos que había comprado recientemente aquí. En un lateral de la caja de zapatos había visto también indicado el modelo, la talla y el color, y los cité como parte de la conversación. El dependiente frunció el ceño, pensativo, y me dijo:

—Ah, sí, el señor Colbert. Se llevó ese modelo la semana pasada. ¿Es usted médico también?

Ajá. Colbert. Calder se creía una especie de dios dando vida a los muertos. La gente con un ego tan desmedido y tan pagada de sí misma nunca altera demasiado su nombre. Siempre que utiliza un nombre falso, utiliza un anagrama de su nombre verdadero o un nombre lo más parecido posible al real. Necesitan decirle al mundo que en el fondo son ellos. Y el comentario de si yo también era médico era casi una confirmación de que se trataba de la persona que buscaba. Continué hablando con el dependiente de forma casual; hay muchas maneras de sonsacar la información a la gente más allá del simple interrogatorio. 

Me probé un par de zapatos tras otro. Aproveché para preguntarle si hacían entregas a domicilio, porque en ese momento tenía que ir a otro lugar y no podía estar todo el día cargando con una caja de zapatos debajo del brazo. El hombre me contestó que no había ningún problema con ello, solo tendría que pagar un pequeño monto extra para el mozo que tienen de recadero para estos casos. Cuando me preguntó la dirección, le dije que los enviara a casa del señor Colbert, que los recogería allí porque estábamos trabajando juntos en un proyecto y pasaba en su casa la mayor parte del día.

El dependiente hizo memoria antes de preguntar:

—¿El 48 de Garrison Lane, cierto?

—Correcto —dije, pagando el par de zapatos y tomando nota mental de la dirección.

Salí antes de que me hiciera más preguntas y me dirigí a todo correr a Garrison Lane. Resultó ser una casa de alquiler. Las cortinas estaban echadas y no se veía movimiento en el interior. Llamé una vez. Otra. Nadie respondió. Forzar la entrada no fue difícil. La cerradura era vieja y estaba más para decoración que para seguridad. 

El olor me golpeó al entrar. Una mezcla de formol, sangre y algo dulzón y rancio que me revolvió el estómago. La sala principal había sido convertida en un pequeño laboratorio improvisado. Había frascos alineados en una mesa plegable, probetas con líquidos turbios, tubos de vidrio, jeringuillas, vendas manchadas... En un balde metálico lleno de hielo había varios trozos de cuerpos: un antebrazo, parte de un torso, una mandíbula. Calder no estaba allí. Pero había estado. Y hacía poco. El hielo apenas había comenzado a derretirse. 

Estaba aún examinando el balde cuando escuché un gruñido detrás de mí. Me giré justo a tiempo para ver cómo un perro grande, mestizo, de pelaje oscuro, emergía de debajo de un montón de sábanas ensangrentadas. Tenía los ojos en blanco, pero no miraban a ninguna parte. Movía la cabezota de un lado a otro, como olfateando o tratando de orientarse.

Combate a 8+. Incrementado a 9+ si no tenemos al menos un punto de locura o conocimiento de Mitos, que lo tenemos. Primer intento: Linterna (doble), 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos): Revólver, Lupa, 4, 3, 2. Obtenemos Combate 9 y pasamos la tirada.

Disparé una vez. La bala le atravesó una de las patas delanteras, pero el perro ni se inmutó. Siguió avanzando, arrastrando la pata rota, con la mandíbula abierta y la lengua colgando como un trapo. Disparé de nuevo y esta vez le di en la cabeza. El animal se derrumbó. Algún vecino me gritó a través de la pared que había llamado a la policía para que me encerraran por andar pegando tiros dentro de casa.

Arramblé con todos los diarios y cuadernos que encontré para llevárselos a Elliot, que al chaval se le da bien eso de contrastar datos. De no haber sido por el perro me habría quedado dentro de la casa a esperar a Calder, pero si la policía estaba ya en camino no había nada que hacer. 

Justo cuando salía por la puerta casi me di de bruces con un mozalbete que llevaba una caja de zapatos bajo el brazo y tenía una mano levantada, como preparándose para llamar al timbre.

—¿El señor Colbert?— preguntó casi en tono de desafío.

—No está en casa. Soy su hermano. ¿Eres el repartidor de la Zapatería Norton? Ya me dijo que estaba esperando algo.

Aquello pareció tranquilizar al mozo. Me entregó la caja y le di unas monedas de propina, con lo que se marchó contento. Y yo también. Después de todo, necesitaba unos zapatos nuevos tras haber estado andando por ese sótano pringoso el lunes. 


VIERNES, 8 DE MAYO DE 1926

Hoy he vuelto al Mundo Onírico sin haberlo planeado. Me quedé dormido en la silla de la oficina, con los cuadernos de Calder sobre la mesa. Cuando abrí los ojos estaba de pie en el patio de una fortaleza blanca hecha de grandes bloques de mármol que emitían una leve fosforescencia. Era de noche y una gran luna llena blanca destacaba en el cielo. Desde una de las almenas me observaba un gato negro. De pronto miró directamente hacia la luna, saltó y ascendió en dirección a ella hasta desaparecer. Supe, con ese conocimiento extraño que se tiene en los sueños, que el gato se había trasladado hasta la luna, y no con demasiado esfuerzo, como si fuera algo natural en él. Segundos después otro gato descendió desde la luna hasta una de las torres. Este era un calicó.

Desde otra de las almenas alzó el vuelo Evelyn en su forma de búho. Alcé mi brazo y se posó en él sin que sus garras me produjeran daño alguno. Batió las alas una vez, como saludo, y sus ojos dorados refulgieron con intensidad.

«Has venido» dijo su voz en mi cabeza mientras su pico de búho emitía un ligero ulular.

—No tenía intención de venir —respondí—. Solo me he quedado dormido.

«Yo te he llamado. No estaba segura de si funcionaría».

No supe qué contestar. Evelyn extendió las alas y levantó el vuelo. La seguí. Salimos de la fortaleza y vagamos por las Tierras del Sueño durante algunos días.

«La torre negra se está reconstruyendo» dijo Evelyn mientras avanzábamos. «El Sacerdote Mayor ha perdido fuerza desde la redada, pero no ha dejado de trabajar. Está reconstruyendo la base de la torre, pero debe estar haciéndolo desde el Mundo de la Vigilia. Yo he estado vigilando la torre desde aquí, y no ha habido actividad desde este lado».

Le expliqué que había regresado al escondrijo de la secta y que ahí tampoco había nadie. El Sacerdote Mayor no había regresado por ahí. Y tampoco parecía que lo hubiese hecho ningún cultista. Le hablé de lo que encontré en el sótano y de cómo me liberé de la criatura que allí acechaba y de mi intención de volver a seguir explorando el lugar.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna (doble), 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Linterna (doble), 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

Entonces, si ni el Sacerdote Mayor ni los cultistas están reconstruyendo la torre, ni en el mundo real ni en este, debe ser algo que hay en la propia torre. En esos sótanos que todavía no he terminado de explorar. En los cimientos. Hay algo que mantiene activo el lugar, un foco de poder que está reconstruyendo la torre por sí solo. De no ser así, la torre no estaría creciendo de nuevo.

Llegamos hasta la versión onírica de Arkham y pude observar por mí mismo que, efectivamente, la torre se está alzando de nuevo. Ya no se elevaba infinitamente hacia el cielo, pero sí tenía al menos cien metros de altura. Era más estrecha que antes y más irregular. Se torcía en una dirección y otra y parecía que fuera a caer en cualquier momento. Pero yo sabía que no lo haría por sí sola. En el Mundo de los Sueños, las leyes de la física no se aplican. La arquitectura es bizarra y no respeta geometrías. Una poderosa voluntad estaba sosteniendo la torre y haciéndola crecer pese a sus evidentes defectos de construcción.

Desperté sobresaltado, con el corazón acelerado y la sensación de que algo me había rozado la nuca justo antes de volver al mundo real. Definitivamente voy a tener que volver a ese sótano repugnante.


SÁBADO, 9 DE MAYO DE 1926

Regresé a la Universidad para ver a Elliot Crane. No esperaba gran cosa: el chaval es brillante y detallista, sí, pero también nervioso e inseguro. Sin embargo, cuando entré en la sala de estudio donde suele trabajar, lo encontré rodeado de papeles, con ojeras profundas y el cabello revuelto como si llevara horas tirando de él.

Búsqueda a 11+. Primer intento (tiramos en nombre de Crane para determinar si ha averiguado algo): Revólver, Linterna, 5, 4, 2. Obtenemos Búsqueda 11 a la primera y pasamos la tirada.

—Señor Miller —dijo al verme—. Creo que he encontrado algo. Algo importante.

Me mostró uno de los cuadernos que le dejé hace días. Había subrayado nombres, fechas, direcciones y llenado una hoja con anotaciones. Señaló una lista de nombres: comerciantes, profesores, un par de empresarios locales, un abogado, un médico.

—Todos ellos hicieron donaciones en los últimos tres años a una empresa llamada Blackstone Maritime & Company.

—¿Una empresa del puerto?

—No. No existe ninguna empresa llamada así. Lo sé porque fui a cuatro bancos diciendo que mi padre estaba planteándose invertir en acciones de esa compañía. En los cuatro consultaron sus archivos y me dijeron que no hay registro fiscal de una naviera llamada así, ni sede, ni empleados conocidos.

Crane tragó saliva antes de continuar.

—Y hay algo más. Un nombre que se repite como destinatario de informes, cartas y pagos. Doctor Heinrich M. Rausche.

Sacó un recorte de periódico amarillento. Un anuncio de una conferencia en Viena, de hace casi veinte años. El ponente era el mismo nombre: doctor Heinrich M. Rausche. El tema: «Arquitectura ritual y geometrías de resonancia en la prehistoria».

Rituales… resonancia… nombre europeo… conferencia en Viena… Ese era el tipo de hombre que podría haber cruzado el océano para dirigir un culto.

—Creo… creo que Rausche es el Sacerdote Mayor —dijo Crane, casi susurrando, corroborando mi sospecha. El chaval temblaba. Le puse una mano en el hombro.

—Buen trabajo, Elliot. Pero olvídate de esto por el momento. Seguro que has descuidado tus estudios. Céntrate en ellos de nuevo y no hables a nadie de este asunto.

Crane asintió, pálido pero decidido. No puso ninguna objeción cuando recogí todos esos cuadernos y papeles en los que había estado trabajando durante días para llevármelos. Al contrario, parecía aliviado de que lo hiciera. Y por eso no le endosé los cuadernos de Calder. Los había traído conmigo para entregárselos, pero estaba claro que el estudiante necesitaba un descanso. Demasiada gente estaba ya perdiendo la cordura por todo este asunto como para añadir uno más.


DOMINGO, 10 DE MAYO 1926

Tras revisar las notas que Crane me entregó, pasé parte de la noche del sábado y toda la mañana de hoy buscando variaciones del nombre real de Rausche en los registros de hoteles y pensiones de la ciudad. Aunque puede que hablar de «nombre real» sea decir demasiado.

En una de las hojas de notas que me pasó Crane había una anotación que me llamó especialmente la atención. Era el significado en alemán del nombre. La raíz Hein puede interpretarse como hogar, casa, dominio, reino o lugar protegido, mientras que la terminación Rich significa poderoso, gobernante, señor o rey y, en general, aquel que está al mando de algo. Heinrich podría interpretarse, por tanto, como «el gobernante del reino». El apellido Rausche también tiene un significado que parece demasiado adecuado para el líder de un culto como para ser algo casual. Tiene significados relacionados con susurros o sonidos bajos. También con vibraciones o interferencias. Incluso con la sensación de borrachera, frenesí o éxtasis. Se me pasó por la cabeza que un nombre como este podía tener dos explicaciones: o bien era también un nombre falso que él mismo se había puesto o bien (y este era el caso que más me preocupaba) que fuera el nombre real de una persona que desde su nacimiento hubiese sido dirigida por otros (quizá por sus padres, quizá por quienes lo criaron) para convertirlo en aquello que era a día de hoy.

Comprobando los libros de registro de los hoteles encontré uno, Hiram Chesne Rucher, que me llamó la atención por ser un anagrama perfecto de Heinrich M. Rausche. Subí las escaleras con el revólver ya en una mano y la llave maestra del hotel en la otra. Hay mucha gente ingenua que no sabe la diferencia entre un policía y un detective privado, y cree que los segundos tenemos la misma autoridad legal que los primeros cuando en el fondo solo somos civiles. Abrí la puerta y la empujé con cuidado.

Heinrich, o como se llamara en realidad, estaba de pie frente al espejo de vestir de cuerpo entero. Sus dedos dibujaban símbolos en el aire, como escribiendo letras invisibles. Su reflejo no coincidía del todo con sus movimientos; iba un segundo por detrás, como si el espejo mostrara una versión retrasada de la realidad.

Lo llamé por su nombre. Él se volvió con una expresión que jamás olvidaré: los ojos hundidos, febriles, y una sonrisa tensa, como si hubiera estado esperando exactamente este momento. De algún modo ya sabía que venía a por él. Antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo se desdibujó y desapareció. El aire vibró y durante un par de segundos pude ver algo en el espejo que no era mi reflejo ni el de la habitación. Era otro lugar.

El espejo mostraba un paisaje imposible: un desierto oscuro bajo un sol moribundo, un cielo púrpura atravesado por nubes de aspecto tóxico y ruinas ciclópeas que se alzaban en la lejanía. Por todas partes vagaban criaturas bulbosas, rosadas, sostenidas por patas largas y finas como agujas. Se movían con torpeza y, sin embargo, había en ellas una ferocidad primitiva. No sé cómo lo supe, pero lo supe: aquello era el futuro remoto de la humanidad, un tiempo en el que el mundo real y el onírico se habían fundido, la magia había sustituido de nuevo a la ciencia y esas criaturas eran depredadores y carroñeros estupidos que vagaban guiados solo por instinto.

La visión duró apenas un instante, pero fue como si el espejo me hubiera transmitido no solo una imagen, sino también un fragmento de comprensión. Supe que ese mundo futuro se llamaba Zothique, aunque nunca hubiera oído el nombre. Supe que esas criaturas eran vermes, habitantes de tumbas y ruinas, y que uno de ellos me estaba viendo a mí del mismo modo que yo le veía a él, aun separados por miles de años de tiempo.

El espejo estalló cuando la criatura lo cruzó. Tenía el tamaño de un hombre. Quizá sus ancestros habían sido hombres. Sus patas se movían con un ritmo insectoide, pero el cuerpo parecía blando, casi líquido, como si estuviera hecho de carne sin una estructura de huesos ni un caparazón para sostenerlo. No tenía ojos visibles, pero aun así supe que me había detectado: se dirigió hacia mí con un movimiento espasmódico.

Combate a 16+, incrementado a 19+ por tener menos de tres puntos de locura o conocimiento de Mitos y reducido a 13+ por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 3, 3. Segundo intento (repitiendo ambos 3): Revólver, Linterna, 6, 4, 4. Utilizamos uno de los hechizos del grimorio para convertir el 6 en un 5. Obtenemos Combate 13 justito y nos libramos del punto de locura.

Disparé hasta vaciar el tambor al centro de la masa rosada, pero las balas desaparecieron en su interior blandamente. No parecía que le hubiesen hecho un daño significativo, pero podía ver los seis agujeros de los impactos claramente definidos en su carne. Sintiera dolor o no, tuviera o no órganos internos vitales, era un ser tangible cuya materia podía ser dañada. Saqué los dos cartuchos de dinamita que ya me he acostumbrado a llevar encima, los encendí con manos temblorosas mientras retrocedía hasta la puerta y se los arrojé cuando lo tenía ya tan cerca que estos chocaron con su cuerpo y cayeron al suelo delante de él. No me quedé a ver el resultado porque la explosión me habría volado en pedazos a mí también. Eché a correr por el pasillo.

El edificio entero se sacudió y una lluvia de escombros cayó a las calles mientras un conato de incendio se empezaba a extender por la vieja alfombra. Algunas personas se asomaron al pasillo tratando de entender lo que estaba pasando.

—¡Una explosión de gas! ¡Salgan del edificio! ¡Llamen a los bomberos! —fui gritándole a la gente a medida que me los cruzaba.

Dejé que algunos me adelantaran para salir del hotel mezclado con ellos y que el recepcionista no se fijase especialmente en mí. Bastante había dado ya el cante en ese lugar.

Si Heinrich es capaz de manipular la realidad y huir trasladándose de un lugar a otro instantáneamente, como aparentemente hizo para escapar de la redada y de nuevo para escapar del hotel, entonces estamos ante un enemigo mucho más peligroso de lo que nunca imaginé.

Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí