MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

martes, 24 de marzo de 2026

POPEYE (nº 16) Rumbo a las Islas Misteriosas

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, comedores de espinacas.

Estamos a veinticuatro de marzo, el día en que se conmemora la muerte de Frank «Rocky» Fiegel, de Chester (Illinois). Fiegel fue la persona real que inspiró al dibujante de cómics E. C. Segar a la hora de crear a su personaje más recordado, Popeye el marino. 

Frank Fiegel era un tipo fuerte y marrullero, y tan fácil de provocar que su rostro, roto a golpes en muchas ocasiones, estaba deformado de un modo bastante pintoresco, con la mandíbula desencajada y un ojo permanentemente cerrado. Segar lo conoció siendo él un niño. Fiegel, que rondaba ya la cuarentena, trabajaba de camarero en un bar portuario. Con una pipa apagada colgando de la boca y siempre parándole los pies a los marineros borrachos que armaban escándalo en su bar o trataban de propasarse con las señoritas, Fiegel era una especie de celebridad local.

Era famoso por estar metiéndose en peleas continuamente, sí, pero también por proteger a las mujeres y a los niños siempre que veía a alguien maltratándolos. Esa mezcla de rudeza y nobleza, unida a su aspecto inconfundible, dejó una huella tan marcada en el joven Segar que este terminó convirtiéndolo en el marinero de ficción más famoso del mundo.

Cuando el personaje de Popeye comenzó a aparecer en las tiras de prensa, Fiegel contaba ya con unos sesenta años largos. Todo el mundo en Chester se dio cuenta inmediatamente de que Popeye estaba inspirado en él. Lejos de molestarse, Fiegel presumía con humor de ser «el auténtico Popeye», y a petición de los niños (y a veces de los no tan niños) imitaba sus poses, sus andares, repetía sus frases e incluso acentuaba su expresión para parecerse aún más a su versión del cómic. Nunca llegó a hacerse rico por ello, pero sí disfrutó de esa especie de «gloria local» que lo acompañó hasta el final de su vida. Y para un hombre sencillo, rudo, solitario y de carácter protector, aquello debió de sentirse como un pequeño triunfo personal. En la actualidad, una placa colocada por el ayuntamiento de Chester junto a su tumba lo presenta oficialmente como «La inspiración de Popeye».

Y bueno, siendo hoy el día que es, estaréis de acuerdo conmigo que lo más adecuado es reseñar otro de los comics de Popeye que tenemos por ahí.

Rumbo a las Islas Misteriosas. La historia la pillamos ya empezada del número anterior, que no tenemos, pero es fácil deducir la parte que falta. El padre de Milton y Mildred, que es almirante, encarga a Popeye una misión especial. En realidad se la encarga Cocoliso, que de algún modo, y pese a ser un bebé, no solo ha logrado alistarse, sino que ha alcanzado el grado de teniente. La misión es localizar un pequeño archipiélago conocido como las Islas Misteriosas y volver para informar sobre si los japoneses se han apoderado de ellas. La tripulación de Cocoliso estará compuesta por Popeye, Pilón y Óscar.

El vehículo que emplearán para buscar las islas es La Termita, un submarino con un enorme taladro incorporado en la proa, capaz de moverse excavando túneles bajo tierra casi con la misma soltura con que navega bajo el mar. Al poco de iniciar su viaje, Popeye descubre que llevan dos polizones a bordo: Rosario se ha colado en La Termita para estar cerca de él, y Pilón ha introducido una vaca viva de contrabando como provisiones de emergencia. Popeye echa al exterior a la vaca (por suerte para ella, aún estaban en tierra firme) y sigue su camino atravesando valles y montañas hasta llegar al mar.

Allí se encuentran con una serie de curiosos personajes, como unas sirenas, la Bruja del Mar, Davy Jones y la sobrina de este, Fanny. 

Por aquí ya comentamos alguna vez que a Davy Jones no se lo inventaron en la saga de Piratas del Caribe, solo lo versionaron. Davy Jones es el nombre propio que los marineros europeos del siglo XVI dieron al fondo del mar. Se creía que hablar abiertamente de barcos que se habían hundido o marineros que se habían ahogado atraía el mismo destino sobre quien sacaba el tema, así que, en lugar de decir que alguien se había ahogado, se decía que estaba «brindando con Davy Jones» (porque había tragado agua de mar hasta morir). Y cuando un barco se hundía, se decía que Davy Jones «lo había guardado en su cofre» (porque el mar se había «cerrado» sobre él).

En Popeye, Davy Jones aparece representado como un viejo marino con una pata de palo, un garfio, un ojo tuerto, una larga barba y un catavientos como sombrero. Sobre Fanny, he de decir que me parece un personaje bastante curioso porque, según la historia interna de Popeye, es sobrina de Davy Jones e hija de Caronte, el barquero del río Estigia de la mitología griega. Esto convierte a Caronte y Davy Jones en hermanos, y si bien crear vínculos familiares entre personajes de diferentes mitologías suena raro, en este caso no lo veo mal. Caronte era el encargado de cruzar de una orilla a otra del río Estigia a las almas de los muertos, y Davy Jones guardaba en su cofre (o en su armario, según algunas versiones) los barcos y marineros que se hundían. En Popeye, Davy Jones regenta una pensión submarina donde ya tiene reservada una habitación para Popeye, lo que nos indica cuál será el final del marinero tuerto. Se podría decir que pese a sus diferentes orígenes Davy Jones y Caronte tienen funciones similares: la gestión de los muertos, y ambos están relacionados con el agua, precisamente el elemento del que proviene la vida. 

En cuanto a Fanny, no se nos dice mucho sobre ella salvo darnos a entender que está enamorada de Popeye; tiene varias fotos de él en su habitación, se sonroja cuando lo nombra, y aunque habitualmente viste una túnica andrajosa, cuando cree que Popeye pueda pasar por la pensión de Davy Jones la cambia por un bonito vestido floral.

Tanto la Bruja del Mar como Davy Jones aconsejan a Popeye no seguir adelante y olvidarse de las islas, puesto que estas ya han caído en manos de los japoneses. Sin embargo, a las órdenes de Popeye (pese a su mayor graduación, nadie considera a Cocoliso el líder del grupo) La Termita sigue rumbo a las Islas Misteriosas a base de preguntar la dirección a quienes se van encontrando.

Es así como llegan hasta el Polo Norte, donde el submarino sufre graves daños al quedar atrapado entre dos icebergs. La tripulación de La Termita, varada en el glaciar del Polo Norte, se enfrenta a una serie de situaciones que, de no ser esto un cómic de Popeye, podríamos achacar a delirios de los personajes producidos por el frío extremo. Primero son atacados por un oso polar, que Popeye mata de un puñetazo y Pilón asa y se come en tiempo récord. Hasta aquí todo bien, pero es que luego son atacados también por una tribu batusi africana y por un león de la sabana. Y sí, siguen estando en el Polo Norte.

Óscar, que se caracteriza precisamente por ser el personaje más tonto del grupo, repara el submarino. Sin ayuda, sin herramientas y sin conocimientos para ello, pero lo hace. Ya solo necesitan rellenar el tanque de combustible para seguir su camino. Pilón redacta una carta solicitando al Estado Mayor una lata de combustible y se la da a un pingüino que pasaba por ahí para que la lleve. Entretanto, Cocoliso logra entenderse con el rey de los batusis africanos del Polo Norte, y estos dejan de atacarles.

A todo esto, el pingüino entrega la carta al almirante de la flota de Espinacola, y él en persona lleva hasta el Polo Norte una lata del combustible que usa La Termita, que resulta ser jugo de espinacas superconcentrado de 150 octanos. ¿Biocombustible en un cómic de 1971?🤔Pues sí. No es algo moderno, precisamente, ya los había desde 1853, aunque eran muy poco comunes.

Una vez arreglada La Termita deciden seguir por el aire (al parecer también vuela, usando el giro del taladro como la hélice frontal de un biplano) para recuperar el tiempo perdido. Al hacer esto son avistados inmediatamente por la Armada japonesa, que se dedica a cañonearlos. La Termita se sumerge de nuevo y hunde algunos barcos japoneses con los seis torpedos que lleva como armamento. Cuando se le acaban los torpedos, les disparan tiburones con cartuchos de dinamita en la boca, y cuando se les acaban los tiburones, embisten directamente a los barcos con el taladro de proa.

Y aquí, en plena batalla, termina este número. ¡No os quejaréis, hemos tenido de todo!: submarinos-taladro, pingüinos mensajeros, tiburones explosivos… al final no sé qué admirar más: si la capacidad de Popeye para sobrevivir a cualquier cosa que le echen los guionistas, o la capacidad de estos para inventarse desafíos cada vez más absurdos. Pero oye, si Rocky Fiegel pudo con medio puerto de Chester a puñetazo limpio, ¿cómo no iba a poder su alter ego con misiones imposibles, batusis polares y la Armada japonesa?

Podéis repasar todo lo publicado sobre este personaje pulsando aquí.

No se indica el título original. 1971. Tom Sims & Zaboly (texto y dibujos). King Features Syndicate. Publicado en 1971 por Buru Lan S.A.

domingo, 22 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 16 al 22 de marzo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Misterioso asesinato en un callejón! ¡Un hombre aparece con la cara y los brazos llenos de marcas de ventosas! ¡El Pulpo Loco ataca de nuevo! ¡Lea todos los detalles y evite ser el siguiente!


LUNES, 16 DE MARZO DE 1926  

Hoy me reuní con Evelyn en la universidad. Me había citado allí, en una de las salas menos transitadas, donde guardan piezas que el museo arqueológico les presta para que las cataloguen y clasifiquen. Le gusta trabajar en ese rincón silencioso, rodeada de cajas de madera y vitrinas cubiertas con sábanas. Dice que allí puede pensar mejor. Yo creo que es porque la sala es tan pequeña que no hay casi ningún punto al que no alcance la luz.

Vestía de forma modesta, casi austera: falda larga, blusa sencilla, el pelo recogido sin adornos. Me mostró un conjunto de tablillas que habían llegado esa misma mañana desde el museo. No estaban en exhibición; ni siquiera estaban todavía en el inventario oficial. Las había encontrado la policía en una de sus redadas de sectarios, en un sótano, dentro de una caja de correo marítimo sin remitente. Las tablillas estaban cubiertas de símbolos que reconocí al instante: espirales, líneas quebradas, marcas que parecían moverse si uno las miraba demasiado tiempo.

—No son de ninguna cultura conocida —me dijo—. Y, sin embargo… las he visto antes. Sé que debería recordar dónde y cuándo, pero tengo lagunas de memoria. Cada una de esas dos veces que he estado… en trance, por decirlo así, he olvidado algo. Y no hay nadie más a quien quiera preguntar sobre ellas —añadió empujando una hacia mí sobre la mesa.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 1): Revólver, Lupa, 5, 4, 4. Obtenemos Investigación 13 y pasamos la tirada.

Observé con atención la tablilla. Los símbolos, o parte de ellos, eran como los de las ruinas de Old Briarhill. Ya me lo esperaba de todos modos. Mientras hablábamos, noté que Evelyn estaba inquieta. No asustada, sino tensa. Me confesó que varios de los estudiantes que han hecho prácticas en la excavación han empezado a tener pesadillas recurrentes. Uno de ellos, un chico brillante pero nervioso, aseguró haber visto una silueta reflejada en el cristal de una vitrina estando solo en la sala de exposición.

Antes de irme, me pidió que tuviera cuidado. La ciudad está cambiando, sí, pero parece que los lugares donde se guarda el pasado están cambiando más rápido, como si algo antiguo quisiera volver.


MARTES, 17 DE MARZO DE 1926  

No sé qué esperaba esta noche. Quizá un paseo tranquilo, quizá un respiro. Pero Arkham ya no concede treguas. Todo empezó con un parpadeo, el de la farola de la esquina, la única que iluminaba la calle. Titiló como si algo la hubiera agitado. Me detuve. Escuché. Nada. Ni un coche, ni un perro, ni siquiera el viento. Cada vez es más frecuente encontrarte las calles vacías. La propia vida social de la ciudad está muriendo. La noche ya pertenece a los monstruos.

La sombra se despegó del suelo, no hay otra forma de describirlo. La oscuridad decidió levantarse, tomar forma y avanzar hacia mí. No tenía ojos, pero sabía dónde estaba. Se movía como humo que hubiera aprendido a caminar. De no saber lo que era, lo habría llamado fantasma, pero era un Habitante de la Oscuridad.

Esta vez estaba preparado. Eché mano a mi abrigo, pero no saqué el revólver, sino una bengala de magnesio. La prendí rápidamente con el encendedor y la esgrimí ante la sombra como si fuera una brillante espada mágica de 30 cm. El aire se llenó de una intensa luz blanca, de olor a metal y un calor insoportable… durante tres segundos. Cuando el brillo se apagó, la sombra se rehízo, aunque el brillo repentino parecía haberla dañado. A mí por poco me ciega, y solo el guante de cuero me salvó de quemarme la mano, así que esperaba que a un ser hecho de oscuridad le hubiera sentado peor. Saqué la segunda (no me cabían más que dos en los bolsillos internos del chaquetón) y la encendí como pude mientras echaba a correr. Cuando lo conseguí, me giré lo suficiente para arrojarla hacia atrás, y vi que el habitante de la oscuridad estaba casi encima de mí… y tres más lo seguían.

Búsqueda a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Nos parece demasiado arriesgado repetir el 6 y el 3 para tratar de pasar la tirada librándonos del 6 (seguramente no la pasaríamos y nos quedaríamos con la locura igual), así que aceptamos Búsqueda 13 y un cuarto punto de locura.

La calle estaba casi a oscuras, y yo sabía que si me alcanzaban en un tramo sin luz no quedaría nada de mí que valiera la pena describir. Entonces vi los faros. Un camión venía bajando la avenida, lento pero constante, iluminando la calzada con un cono de luz amarillenta. No tuve tiempo de pensarlo. Corrí directo al haz de los faros, y salté justo delante del camión. El conductor frenó de golpe. No me arrolló, pero el topetazo me lanzó al suelo como un muñeco. Me dolían las costillas, la cadera y el orgullo, pero estaba vivo. Y lo más importante: estaba iluminado por dos gloriosos faros gemelos de 21 vatios de un camión Ford.

Y detrás de mí, justo fuera del círculo de luz, escuché un siseo. Un sonido de frustración o de rabia. Las sombras se retorcían en el borde del haz, incapaces de cruzarlo. La luz de los faros las mantenía a raya. Me levanté como pude y subí al estribo del camión. El camionero me miró a través de la ventanilla bajada con una mezcla de incredulidad y ganas de insultar a mi madre. Pero cuando me vio con el revólver en la mano (debí empuñarlo por instinto al levantarme del suelo, porque ni siquiera recordaba haberlo sacado), su expresión cambió.

—¿Poli o matón? —preguntó con un tono que no me dejaba claro cuál de las dos posibilidades le preocupaba más.

El interior del camión olía a alcohol, y no parecía venir de su aliento. Era lo que transportaba. Un camión de contrabando de licor. Lo miré. Él me miró. Y en ese intercambio silencioso llegamos a un acuerdo tácito: él no había visto nada, yo no había olido nada, y ninguno de los dos quería problemas.

—Suba. No es noche para andar por ahí —gruñó, escudriñando la calle. Debía haberse fijado en las sombras, o al menos debía haber notado algo que no cuadraba. Mientras el camión se ponía en marcha de nuevo, vi por el retrovisor cómo las sombras se deshacían lentamente, volviendo a la oscuridad. Las bengalas de magnesio seguían sin bastar para acabar con ellas, pero desde luego les hacían mucho más daño que una linterna.


MIERCOLES, 18 DE MARZO DE 1926

Hoy me encontré con Elliot Crane, el estudiante de antropología que me había conseguido algunas pistas y documentos en el pasado. En realidad fue él quien me encontró a mí. Estaba sentado en los escalones de la entrada de mi edificio, encorvado, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Parecía un perro apaleado. Cuando levantó la vista y me reconoció, intentó sonreír, pero el gesto le salió torcido.

—Señor detective… necesito hablar con usted.

Le indiqué que subiera a mi oficina con un gesto. Se veía tan al borde del colapso que cualquier palabra equivocada podía romperlo. Elliot fue uno de los primeros en acudir a mí en enero, cuando todo esto empezaba a oler mal pero aún no había explotado. Entonces era nervioso, sí, pero tenía un brillo en los ojos: curiosidad, ambición, ganas de demostrar algo, el instinto de hacer lo correcto. Hoy ese brillo estaba apagado. En su lugar había ojeras profundas y un temblor constante en las manos.

Me contó que llevaba semanas investigando por su cuenta. Que había encontrado referencias cruzadas entre un montón de cosas. Me mostró un cuaderno lleno de anotaciones, flechas, dibujos. Todo hecho con una letra apretada, casi desesperada. Lo estudié en silencio.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 6, 2. Segundo intento (repitiendo todos los dados de números): Revólver, Linterna, 6, 5, 4. Tercer intento (repitiendo el 6… y sacando otro 6). Nos quedamos con Búsqueda 15 y un quinto punto de locura.

La mayoría de lo que había en el cuaderno ya lo sabía, pero también encontré un par de cosas nuevas que yo no había sabido ver y ahora me parecían evidentes. Le propuse unirse al grupo. No para pelear (Elliot no sobreviviría ni a una de esas ratas apestosas), sino para investigar. Para buscar patrones, documentos, conexiones. Para descargarme a mí de al menos esa parte del trabajo.

Al principio dudó. Miraba a su alrededor como si temiera que alguien lo estuviera observando. Finalmente, asintió.

—Puedo ayudar… desde lejos —dijo—. Pero no me pida que vaya con usted a esos sitios. No puedo. No… no estoy hecho para eso.

No lo juzgué. No todos están hechos para caminar entre monstruos, del mismo modo que no todos están hechos para hacerlo entre estantes de libros.


JUEVES, 19 DE MARZO DE 1926

Otro de esos gatos negros. Ya son como de la familia. No sé si es alguno de los que ya he seguido otras veces o si hay toda una colonia trabajando por turnos, pero este tenía una mirada distinta. Estaba sentado en mitad de la acera, justo en mi camino, como si me estuviera esperando. Cuando me acerqué, no huyó ni arqueó el lomo. Solo levantó la cabeza y me miró.

—¿Qué quieres ahora? —le dije, sin esperar respuesta.

El gato no parpadeó. En cambio, giró la cabeza hacia arriba, hacia el cielo que ya empezaba a oscurecerse, y se quedó mirando algo con una insistencia casi humana, como si me estuviera diciendo: «Mira. Ahora».

Búsqueda a 14+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 6, 6. Me parece una tirada demasiado improbable y bonita (como un full de Póker pero con dados) para cambiarla, así que la acepto como buena. Nos quedamos con Búsqueda 18 y un sexto punto de locura. De todos modos, sería muy difícil librarnos de tres resultados de 6 y además seguir totalizando 14 o más.

Miré en la misma dirección que el gato. Dos murciélagos gigantescos, descendiendo en picado desde lo alto de los edificios con las alas extendidas, planeando en silencio, venían directos hacia mí. Me lancé debajo de un coche aparcado, rodando por el suelo justo cuando las criaturas pasaban sobre mí. Sentí el golpe de viento de sus alas, un olor a humedad y carne rancia, y el chirrido de sus garras arañando el techo del vehículo. De no haberme dado cuenta de que se me echaban encima, podrían haberme arrancado la cabeza.

No giraron para atacarme de nuevo. Pasaron de largo, como si tuvieran instrucciones precisas de hacerlo si fallaban al primer intento. Quizá estos seres son más difíciles de invocar de lo que yo pensaba y ya han perdido demasiados.

Cuando me incorporé, el gato seguía allí, mirándome. No parecía sorprendido, ni asustado. Solo balanceaba el rabo, satisfecho.

—Gracias —murmuré, sintiéndome ridículo por darle las gracias a un animal.

El gato parpadeó lentamente, como si aceptara el agradecimiento, y luego se marchó calle abajo con la cola en alto, sin prisa. No sé qué son estos gatos. No sé si alguien los guía o me los envía como si fueran ángeles de la guarda. Pero sé que están de mi lado, y con eso me basta por ahora.


VIERNES, 20 DE MARZO DE 1926 

Y después de los murciélagos, tocaba ratas, claro. Ya debería estar acostumbrado. Estaba saliendo del callejón detrás de la tienda de ultramarinos de la calle Derby cuando escuché un ruido seco. Me giré justo a tiempo para ver a la rata salir de debajo de un contenedor, moviéndose con esa torpeza casi mecánica que ya he aprendido a reconocer. No hizo ademán de atacarme, solo se alejaba, pero sabiendo lo que era no podía dejarla deambular por ahí. Podría morder a un niño, o algo.

Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2 y los dados de símbolos): Lupa, Revólver, 5, 4, 3. Nos quedamos con Combate 12 y pasamos la tirada.

Saqué una lata de sardinas de la bolsa de la compra que llevaba bajo el brazo y se la lancé. Le acerté de lleno, dejándola aturdida. De un par de zancadas llegué hasta ella y la aplasté a conciencia con el talón del zapato. Unos meses atrás se me habría hecho impensable hacer algo así llevando un revólver encima, pero a estas alturas una rata reanimada a la semana era lo mínimo que esperaba de la vida. Tras asegurarme de que ya no se movía, recuperé la lata de sardinas y seguí mi camino.


SABADO, 21 DE MARZO DE 1926

La doctora Sabin me llamó esta mañana. Ella siempre ha sido fría, metódica, casi quirúrgica en su manera de hablar, pero hoy había algo distinto en su voz.

Me recibió en su laboratorio, ese pequeño cuarto lleno de frascos, microscopios y bandejas metálicas con olor a formol. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y llevaba las mangas remangadas, como si hubiera estado trabajando sin descanso desde la madrugada.

—Necesito que vea esto —dijo sin preámbulos.

Tiramos Investigación a 8+ en nombre de la doctora Sabin para ver si ha averiguado algo. Lupa (doble), 4, 3, 3. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la tirada.

Sobre la mesa había una bandeja de acero. Encima, el cadáver de una rata. Sabin la había abierto con precisión: costillas separadas, órganos expuestos, tendones tensados como cuerdas. Pero lo que me señaló fue una cicatriz en su costada, rodeada de una zona de pelaje rasurado.

—Es una de esas ratas reanimadas. Esta la trajo la policía para ver si estaba rabiosa. La encontraron en un parque público asustando a la gente. Pero esto —señaló la cicatriz y en ese momento me di cuenta de que estaba suturada— es una intervención profesional. Esta rata estuvo en un laboratorio de investigación. No es una chapuza como las de Calder. Alguien que sabía bien lo que se hacía experimentó algún tipo de terapia con ella. Una a la que la rata, al parecer, no sobrevivió. Calder debió hacerse con ella luego, pero el acceso a restos médicos de este tipo es muy limitado. Normalmente todo se incinera el mismo día.

—Es decir —respondí, completando su razonamiento—, que puede que esté trabajando en un hospital o laboratorio y por eso tiene acceso a material médico y restos biológicos sin demasiados problemas.

—Eso creo —contestó Sabin—. Le puedo conseguir una foto de Calder si quiere ir paseándola por ahí.

Una foto de Calder. Naturalmente, la universidad debía tener una si había estado cursando estudios allí. Me maldije a mí mismo por no haber pensado en ello, siendo tan evidente. Podría haberme cruzado con él por la calle una docena de veces sin saberlo. Asentí y Sabin salió del cuartito. Minutos después regresó con una foto de Calder, solo del rostro (un rostro con los ojos hundidos y cavernosos, pero por lo demás del todo común) que parecía apresuradamente arrancada de algún otro documento. La trajo oculta en su bata. No pregunté, pero sonreí por dentro. La doctora tenía madera de detective.


DOMINGO, 22 DE MARZO DE 1926  

La llamada llegó poco después del anochecer. O’Maley estaba al otro lado de la línea, con esa voz grave que solo usa cuando algo lo supera.

—Miller… será mejor que vengas. Y que vengas solo.

No me hizo falta preguntar de qué se trataba, simplemente fui a la dirección que me dijo. Al parecer me había llamado desde una cabina pública. El crimen había ocurrido en el barrio viejo, en una de esas calles estrechas donde las farolas apenas iluminan y los techos de las casas de dos pisos parecen inclinarse unos hacia otros como si conspiraran. Había un coche patrulla, dos agentes jóvenes que no querían mirar demasiado, y el propio comisario hecho una furia.

El cuerpo estaba en el suelo, boca arriba. Toda la piel expuesta estaba llena de agujeros circulares del tamaño de una moneda de a dólar. La carne no estaba arrancada con un cuchillo, ni comida por animales. Era como si hubiera sido succionada por las ventosas de un pulpo.

Me agaché para observarlo mejor. El suelo estaba húmedo, pero no por la lluvia. Era un líquido oscuro, gelatinoso, que no era sangre ni barro. Olía a hierro, a cieno, a algo más profundo. Olía a… a algo familiar. Rebusqué en mi mente, tratando de identificar aquel repelente aroma dulzón que estaba seguro de haber olido antes.

Búsqueda a 15+. Incrementada a 19+ si no tenemos al menos cuatro puntos de locura / conocimiento de Mitos, que en esta ocasión los tenemos. Reducida en seis puntos por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Se nos queda la prueba en un bajísimo (para ser una prueba de domingo) 9+. Primer intento: Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 11 y superamos la prueba.

Casi me doy una palmada en la frente al reconocer el olor. Era el mismo tufo dulzón que dejaba tras de sí el sacerdote que llevaba desde principios de enero desaparecido. Ese cuyo brazo había mutado tanto que ya no parecía humano. Le hablé de él a O’Maley, aunque yo tenía la sospecha de que la criatura a la que me había enfrentado en las alcantarillas una semana tras perderle la pista al sacerdote era un estadio posterior de su mutación.

—Podría ser él —dije al fin—. O podría ser otro que está empezando a sufrir el mismo proceso.

O’Maley maldijo por lo bajo. Uno de los agentes jóvenes se persignó. El otro se alejó para vomitar. Me levanté y miré alrededor. En la pared, a la altura de mis ojos, había una marca, la huella de una mano húmeda apoyada contra el ladrillo. Pero la mano tenía demasiados dedos, y eran demasiado largos. Justo bajo la marca de la mano había una boca de alcantarilla que no parecía bien encajada del todo.


Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí

sábado, 21 de marzo de 2026

PREDATOR: GUERRA FRIA (2/2)

  EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

Vamos a terminar de reseñar la miniserie Predator: Guerra Fría antes de que empiece a subir la temperatura, que entonces ya no tendrá gracia.

Predator: Guerra fría (nº 3). Recordaréis que nos quedamos con la teniente Ligachev al mando de la situación, o tan al mando como se puede estar en una situación en la que hay depredadores implicados. Consciente de que están ilegalmente allí y de que empezar un tiroteo puede traer graves consecuencias, además de las más evidentes e inmediatas, el comando americano se rinde. La teniente Ligachev ordena a sus hombres desarmar a los americanos y mantenerlos vigilados, pero por el momento no toma ninguna otra acción contra ellos.

No tarda mucho en darse cuenta, tras examinar el estado de la instalación y de los cadáveres, de que algo así no puede ser obra de los estadounidenses. No cuentan con armamento capaz de hacer los destrozos que tiene ante sus ojos, y ninguno de ellos presenta manchas de sangre ni sus armas han sido disparadas recientemente.

El alto mando soviético, una vez informado de la presencia de los estadounidenses, ordenan a la teniente que sus hombres lleven a cabo una patrulla por el área de impacto del meteorito, o satélite, o lo que demonios sea lo que detectó la estación sismográfica. Sus hombres… pero ella no. A ella le ordenan quedarse en la estación petrolífera vigilando a los prisioneros, dándole a entender que simplemente no se fían de ella. Prefieren que sean sus hombres, sin ella, los que lleven a cabo la patrulla.

Ligachev alega que prácticamente acaban de llegar, que el perímetro no está asegurado y que no saben a qué se enfrentan y, por tanto, una patrulla es precipitada. Pero las órdenes del Kremlin son tajantes. Ligachev y unos pocos hombres se quedarán en la plataforma, guardando la instalación y a los prisioneros, mientras el resto de sus hombres partirán hacia el lugar del impacto.

Mientras su tropa se prepara para esta misión en la que la van a dejar atrás, frustrada y sin nada mejor que hacer, Ligachev se limita a charlar con Schaefer. No en plan interrogatorio, o al menos no exactamente: está intentando entender qué está pasando. Schaefer se da cuenta de que ella es tan dura como él y también está tan decepcionada con su propio gobierno como él, y eso empieza a acercarlos.

Por su parte, los depredadores han establecido un perímetro defensivo en torno a su nave estrellada, porque en esta ocasión su presencia en la Tierra no es una de sus partidas de caza, sino un simple accidente que ha terminado en un aterrizaje forzoso. A los depredadores les gusta el calor, y ese es el motivo por el que atacaron la estación petrolífera: buscaban el calor de su sala de calderas y cualquier pieza de tecnología que pudieran aprovechar como repuestos para su nave, aunque no fueran más que simples parches de chatarra para cubrir huecos. Schaefer ya ha comenzado a ver que el motivo del ataque de los depredadores podría ser este, pero todavía no sabe si fiarse o no de Ligachev.

El comando del que Schaefer estaba haciendo de niñera no se ha quedado con los brazos cruzados: han improvisado un explosivo para volar la puerta del compartimento donde los rusos les han encerrado. El problema es que la explosión no destroza solo la puerta, sino también al guardia que había tras ella, con lo que ya han matado a un soldado ruso. Los estadounidenses se apoderan de sus armas y equipo, que por alguna razón los rusos habían dejado al otro lado de la puerta donde los habían encerrado, y tratan de tomar el control de la estación. Sin embargo, su equipo de alta tecnología resulta no ser tan bueno como suponían. Sus trajes preparados para resistir el frío a base de tubos de gelatina de nosequé y sus armas fabricadas con aleación de nosecuántos empiezan a fallar. Mientras tanto, las armas soviéticas (modelos más anticuados pero más robustos) y sus trajes de protección (que son simplemente gruesos chaquetones de pieles) resisten el frío como llevan décadas haciéndolo.

Los soldados estadounidenses son rápidamente recapturados, pero en la confusión del momento Schaefer y Ligachev, que se han entendido entre ellos en cuestión de minutos mucho mejor de lo que sus gobiernos respectivos han logrado entenderse en toda su historia compartida, toman la decisión de averiguar por su cuenta lo que está ocurriendo. Abandonan a todo correr la instalación, y el sargento en quien el Kremlin ha delegado el mando de la tropa envía a algunos de sus hombres a perseguirles.

Schaefer y Ligachev llegan hasta el perímetro defensivo establecido por los depredadores en torno a su nave. Al principio, el depredador que ha quedado allí de guardia solo observa con curiosidad al grupo perseguido y al perseguidor… hasta que uno de los rusos dispara contra Ligachev. No le acierta, pero deja en evidencia que está armado, lo que pone en marcha al depredador. Este fulmina al ruso de inmediato con una descarga de su cañón de hombro. La tropa rusa cree que el disparo es algún arma desconocida del americano, con lo que todos abren fuego… en fin, os podéis imaginar el resultado.

Tras un breve y sangriento combate, el depredador ha acabado con los soldados rusos y herido a Schaefer. Este, sin embargo, logra distraerle lo suficiente para que Ligachev se le acerque y le dispare una ráfaga con una de las armas de los rusos muertos, que termina con el alienígena con sorprendente facilidad por un motivo que se nos contará más adelante. Ambos se equipan con el armamento que traían los soldados rusos y siguen hacia la nave alienígena.

Predator: Guerra fría (nº 4). El último número de esta miniserie comienza en el Pentágono, donde un par de altos mandos discuten sobre lo que hacer a continuación. Están al tanto de que su pelotón ha sido capturado y deciden que ha llegado la hora de hablar con los rusos, explicarles todo lo que están haciendo y que hay alienígenas implicados, si es que no lo saben ya.

Por su parte, Rasche, el compañero de Schaefer en la policía de Nueva York, se ha hartado de tratar de ser recibido por alguien del gobierno que nunca está disponible y de pedir explicaciones que nadie le da. Se pone en contacto directamente con un general ruso y le explica lo poco que sabe sobre el asunto. Este relaciona la desaparición de su amigo, implicado en un incidente con depredadores, con lo que está ocurriendo en Siberia, y accede a reunirse con él, facilitándole los medios para llegar hasta una base militar soviética.

Volvemos a Siberia, donde Schaefer y Ligachev están acercándose a la nave alienígena. Esta emite una gran cantidad de calor, tanto que el hielo está empezando a derretirse y sus ropas de abrigo se les hacen insoportables. Se deshacen de ellas y aprovechan para hacer recuento del material que han obtenido de los comandos rusos a los que mató el depredador. 

Este incluye explosivos de C4 y munición con cabezas de uranio empobrecido cubiertas de teflón, que básicamente pueden atravesar de parte a parte el blindaje de un tanque. Esto explica por qué el depredador del número anterior cayó derribado al recibir la primera ráfaga y evidencia también que el gobierno ruso tenía claro a qué iban a tener que enfrentarse, o que al menos tenían una ligera idea pero no informaron de ello a Ligachev.

La rusa y el norteamericano siguen adelante hasta llegar a la nave y se cuelan en esta por una portilla abierta. Se mueven lentamente por su interior hasta que Ligachev se topa con un panel que ha sido reparado con piezas robadas de la refinería. Esto la hace reaccionar impulsivamente, golpeando con la culata del arma el panel hasta arrancar la pieza, comprendiendo al fin que toda la matanza llevada a cabo en la refinería no tenía más motivo que ese. Los alienígenas tomaron tierra en esa región por necesidad, y atacaron la instalación simplemente porque era el lugar más próximo en el que podían conseguir metal para parchear su nave.

Schaefer intenta detenerla, pero ya ha hecho demasiado ruido y los depredadores empiezan a congregarse en torno a ellos. Durante el combate que sigue, Ligachev se carga a otro par de alienígenas (¡a tragar uranio, bichos!) y provoca daños considerables al perforar el casco de la nave, llegando a hacer un boquete enorme a través del cual salen al exterior.

Uno de los depredadores al que Schaefer había logrado herir clavándole un trozo de chatarra como si fuera un cuchillo sale tras ellos. El americano prepara los explosivos de C4 para acabar con él, pero no tiene tiempo de utilizarlo. Un disparo a sus pies hace que se detenga, pero esta vez no son los rusos quienes le disparan: es el propio comando del que formó parte, que ha vuelto a librarse de los rusos, ha tomado el control de la instalación y ha recibido nuevas instrucciones de su gobierno. Sus órdenes ahora son dejar marchar a los alienígenas, sin más.

Schaefer y el general del comando americano empiezan a discutir, y el depredador herido mira alternativamente a uno y a otro, tratando de entender lo que está ocurriendo, quizá imaginándoselo en cierto modo. Parece fascinado por la hostilidad que hay entre los humanos, que se muestran más interesados en combatir entre ellos que en combatirle a él.

Como Schaefer no parece dispuesto a ceder y hace el ademán de arrojar el C4 dentro de la nave a través del boquete por el que salieron, uno de los soldados americanos le dispara en una pierna y lo derriba. El depredador, soltando una carcajada por lo que él considera un magnífico espectáculo, salta también al interior de su nave para arrancar motores. Con semejante boquete en el casco obviamente no pueden volver al espacio, pero sí alejarse hacia otra zona, algún lugar del planeta más adecuado para ellos, en el que podrán reparar su nave con mayor facilidad.

Cuando el soldado que disparó contra Schaefer se dispone a rematarlo, es a su vez alcanzado por un disparo de otro grupo: un comando soviético, a la cabeza del cual vienen Rasche y el general ruso con el que este se puso en contacto. Los rusos tampoco quieren que Schaefer destruya la nave con el C4, pero en su caso no es para evitar más conflictos con estos seres, sino para apoderarse de la tecnología que contiene.

Ligachev, que había recogido el detonador de C4 que Schaefer tenía preparado, lo deja caer al ser encarada por el general soviético… pero solo para propinarle una patada al explosivo y enviarlo adentro de la nave segundos antes de que esta despegue. Cuando el C4 estalla, se lleva toda la nave con él y la convierte en una bola de fuego y chatarra cuando esta se encuentra a un centenar de metros de altura, con lo que ni el comando ruso ni el americano terminan cumpliendo su misión. El final nos da a entender que Ligachev se marchará a América junto con Schaefer y Rasche, y que realmente su gobierno poco podrá hacer para impedirlo ya que no pueden revelar nada sobre la existencia de los alienígenas.

Así a grandes rasgos, la historia empieza bastante mejor de como termina. El situar a los depredadores en Siberia, en plena guerra fría por partida doble (la política y la literal) es un escenario magnífico. Los dos primeros números desarrollan esta premisa muy bien, combinando la puesta en escena del nuevo entorno, un nivel de violencia creciente y la presentación de personajes. Sin embargo, a medida que la historia avanza el ritmo se vuelve más atropellado y parece querer llegar demasiado rápido al final

Lo mejor son los personajes. La teniente Ligachev es competente, dura y crítica con su propio gobierno, y creo que podría haber sostenido por sí sola la miniserie completa. A Schaefer ya lo conocíamos de una miniserie anterior, y en el fondo es un calco de Dutch, pero con un tono más cínico. La relación de confianza que se establece entre él y Ligachev es bastante creíble para el poco tiempo que se le dedica. Los mandos políticos y militares, tanto rusos como estadounidenses, se nos presentan como manipuladores y poco de fiar. Y se nos muestra como sus subordinados, gente más en contacto con la realidad de la vida que ellos, son más capaces de colaborar para resolver problemas inmediatos de lo que lo son ellos.

El cierre me gusta mucho, con los rusos y los estadounidenses enfrentándose entre sí mientras un depredador herido los observa divertido e intrigado, y la nave intentando despegar medio destrozada. Y la explosión como colofón final haciendo fracasar a ambos gobiernos, pero calmando las ansias de venganza personal de Schaefer y Ligachev, que son los que pagan las consecuencias de las malas decisiones, la inacción y la falta de claridad de quienes deciden sobre sus vidas

Para mi gusto le ha faltado un quinto número que desarrollara mejor el enfrentamiento contra los alienígenas y no lo redujera a un simple tiroteo dentro de la nave. Y que nos dejara claro si Schaefer y Ligachev terminan juntos (que en el fondo, en este planeta somos unos románticos) pero bueno, no esta mal. Y probablemente sea el comic de Predator en el que la balanza entre bajas humanas y bajas de depredadores está menos desequilibrada. 

No nos quedan más comics sobre Predator pendientes por reseñar, pero sí por revisar y reescribir. Cuando los reseñamos teníamos menos tiempo disponible para hacerlo y en su  momento solo hicimos un comentario general en lugar de uno más detallado número a número. En algún momento arreglaremos eso y cambiaremos muchas de las fotos, que quedaron bastante feas. De cualquier modo, si queréis darles un vistazo tal como están ahora, podéis hacerlo pulsando aquí

Predator: Cold War. 1991. Mark Verheiden (guion), Ron Randall, Steve Mitchell (dibujo). Publicado en 1993 por Norma Editorial.

martes, 17 de marzo de 2026

A QUIEN PUEDA INTERESAR

  Comunicado del Supervisor General.


Estamos publicando menos de lo normal últimamente y quería pasar por aquí para contaros el motivo. No es que nos hayamos aburrido del blog ni mucho menos; simplemente estamos dedicando más tiempo a algunos proyectos propios a los que queremos dar salida cuanto antes. Ya lo habíamos comentado en otras ocasiones, pero ya sabéis cómo es esto: siempre aparece algo que te descuadra los planes.

Este año, sin embargo, queremos tomárnoslo en serio de verdad. Por eso esta nota es solo para avisaros de que, durante un tiempo, vamos a publicar menos de lo habitual. Nuestra idea es mantener un mínimo de dos publicaciones semanales para que el blog siga vivo, pero lo de publicar a diario va a quedar aparcado hasta que consigamos avanzar con la mayoría de los proyectos que tenemos entre manos.

"¿Y qué proyectos son esos?" os estaréis preguntando. ¿No? ¿Nadie se lo pregunta? Pues… pues... 😤lo voy a decir igual. Juegos de mesa, de cartas y librojuegos (todo material propio) que queremos compartir con nuestros sufridos lectores en forma de PDFs descargables.

Así que, aunque desde fuera parezca que estamos más vagos que antes, en realidad seguimos trabajando en el blog todos los días; simplemente es ese tipo de trabajo que no se ve. Ahora mismo estamos en plena fase de pruebas de varios juegos de mesa sencillitos, afinando reglas, ajustando detalles y preparando todo para poder registrarlos legalmente y publicarlos como material gratuito en algún momento de este año.

Gracias por la paciencia y por seguir visitando nuestro planeta de vez en cuando.

¡Spa fon!

domingo, 15 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 9 al 15 de marzo de 1926

  Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Un loco se escapa del sanatorio mental de Arkham! ¡Todo aquel que desee solicitar la celda acolchada que ha dejado libre, puede presentarse a dejar su curriculum en la ventanilla de recepción de diez de la mañana a diez de la noche! ¡Plazas limitadas!


LUNES, 9 DE MARZO DE 1926

Arkham decidió empezar la semanita con un alboroto en el psiquiátrico. Nada nuevo: ese sitio es ya como una olla a presión sin tapa, pero esta vez el alboroto tenía nombre y apellidos. El comisario O’Maley me llamó a primera hora. Su voz sonaba como si hubiera dormido menos que yo, que ya es decir.

—Miller, necesito que busques a un paciente que se ha escapado del manicomio —dijo sin rodeos.

—Si le contara lo que vi ayer, me enviaba allí de cabeza.

—Estoy hablando en serio, Miller.

—¿Desde cuándo investigo fugas de locos? —respondí—. Eso es trabajo de la policía, no mío.

Hubo un silencio incómodo. Luego O’Maley bajó la voz.

—El loco que se ha escapado es un policía.

—¿Quién?

—El agente Hensworth. Llevaba semanas participando en las redadas contra los sectarios, desde el principio. Y no es el único que está… alterado, pero sí el primero que se ha derrumbado. Hace una semana se empezó a quejar de alucinaciones, insomnio, se quedaba de pie hablándole a las paredes de la comisaría… decía que oía voces detrás de las esquinas. Y anoche se volvió violento. Lo hice ingresar. Esta madrugada se fugó.

—¿Y por qué no se encargan tus chicos? Al menos ellos lo conocen, sabrán mejor que yo como tratarlo.

—Porque oficialmente está fuera de la ciudad, de permiso. Solo un par de agentes saben que lo envié al manicomio, e intento que siga así.  No quiero un motín en comisaría.

Seguí la pista de Hensworth por media ciudad. Había dejado un rastro de caos menor: una farola rota, un cubo de basura volcado, un par de vecinos asustados que lo habían visto correr descalzo, murmurando cosas sin sentido. La gente se quejaba de que habían llamado a la policía y no aparecía nadie. Supongo que O´Maley y sus agentes de confianza se estaban encargando de controlar las llamadas y asegurarse de mantener a las patrullas lo más lejos posible de Hensworth. Y allí estaba yo, tratando de pensar como un loco para imaginarme donde podría estar. Lo peor es que eso de pensar como un loco cada vez me cuesta menos.

Búsqueda a 9+. Incrementada a 11+ si no tenemos al menos 3 de locura acumulada… que no es el caso, así que será Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 6, 5, 5. Segundo intento (repitiendo el 6): Linterna, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Búsqueda 14 y pasamos la tirada.

Lo encontré al final de la tarde, en un callejón detrás de la fábrica de conservas. Estaba sentado en el suelo, abrazándose las rodillas, con la mirada perdida y la camisa de fuerza suelta y desgarrada. Avancé hacia él echando mano al revólver, por si acaso, pero sin sacarlo de la gabardina. Cuando me vio, rompió a llorar como un niño.

—Yo… yo… yo no quería… hacerle daño a nadie —balbuceó.

Me acerqué despacio para no asustarlo más de lo que ya estaba.

—Tranquilo, Hensworth. Ya pasó. Vamos a llevarte a un sitio seguro.

Él negó con la cabeza, temblando.

—No… no hay ningún sitio seguro… no lo entiendes… ellos… ellos me miran… esté donde esté… incluso cuando cierro los ojos… incluso cuando duermo…

—¿Quiénes?

Le costó hablar. Cada palabra parecía pesarle toneladas.

—Los que se esconden en las formas. Viven en los pliegues… caminan en espirales… —murmuró, con la voz rota, llevándose las manos a la cabeza.

—Hensworth, necesito que te concentres. ¿Qué más viste?

El agente empezó a repetir nombres, lugares, frases sueltas. Nada coherente, pero lo suficiente para que yo sacara mi libreta y anotara rápidamente todo lo que decía. Y luego, como si se le rompiera algo por dentro, se desplomó contra el suelo.

Lo llevé de vuelta al psiquiátrico. No sé si podrán ayudarlo. No sé si alguien puede. Pero al menos ya no está corriendo por las calles, y yo tengo una libreta llena de pistas que no sé si quiero entender.


MARTES, 10 DE MARZO DE 1926

Hoy recibí una nota inesperada. Escrita con una caligrafía firme, elegante, de esas que ya no se ven. La firmaba la señora Hargrove. Sí, esa señora Hargrove. La anciana aterrada que conocí en enero , la que temblaba como una hoja y hablaba de voces detrás de las paredes, y a la que en ese momento tomé por loca.

Casi me había olvidado de ella. Pero por lo visto, ella no se había olvidado de mí. Fui a su casa al caer la tarde. Me abrió la puerta un criado alto, calvo, con cara de monstruo de Frankenstein, pero impecablemente vestido. El tío daba miedo. Me hizo pasar hasta el salón sin una palabra y luego se retiró, dejándome con una elegante mujer que casi no reconocí al principio. Erguida, serena, vestida con un traje oscuro de corte antiguo, el cabello recogido con una dignidad de esas que no se puede fingir. Tardé unos segundos en darme cuenta de que era la señora Hargrove.

—Gracias, D’Onofrio…- dijo despidiendo al criado. Luego se volvió hacia mí Detective Miller —dijo con una voz firme, sin rastro del temblor que recordaba—. Gracias por venir.

Me ofreció té y un asiento y se sentó frente a mí, con las manos cruzadas sobre el regazo.

—Supongo que se preguntará por qué le he llamado —empezó.

—Supongamos que sí —respondí.

—Quiero hablarle de mi marido. Y de lo que nos ocurrió, hace ya… demasiados años.

La anciana tenía una historia que contar, pero ella misma no parecía estar totalmente convencida de querer hacerlo. Esperé pacientemente a que ordenara sus ideas y se decidiera a hablar. 

Investigación a 9+. Incrementada a 11+ porque seguimos sin tener al menos 3 de locura acumulada. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa, Revólver, 6, 5, 1. Lo dejamos así y pasamos la tirada con Investigación 12 y acumulando el primer punto de locura del mes.

Me contó que ella y su esposo habían sido arqueólogos en su juventud. Que habían dedicado su vida a estudiar culturas perdidas, ruinas sin nombre, símbolos que nadie sabía leer. Hasta que un día encontraron algo: restos de una civilización nativa desconocida, enterrada en lo profundo de los montes Apalaches. No había registros, ni leyendas, ni rumores. Nada. Como si alguien hubiera borrado su existencia a propósito. Me describió cómo los muros de piedra estaban cubiertos de grabados imposibles: curvas que parecían moverse cuando uno las miraba demasiado tiempo, ángulos que no coincidían con la geometría humana. Pero lo peor no era eso.

—Cuando hablábamos —continuó—, nuestras voces rebotaban en las paredes… pero no como un eco normal. Era como si los símbolos… respondieran.

Fruncí el ceño.

—¿Responder cómo?

—Cambiaban —susurró—. Muy ligeramente. Una curva se alargaba. Una línea recta se encogía. Un símbolo entero parecía hacerse más pequeño o más grande según el tono de nuestra voz. Como si… como si las piedras escucharan. Como si reaccionaran al sonido.

Se me heló la sangre. Me recordó a la pequeña excursión nocturna a Old Briarhill que hice con la doctora Marsh el viernes pasado. Me había dado la impresión de que los símbolos grabados en los muros derruidos se movían, pero lo achaqué o quise achacarlo a la temblorosa luz de la linterna.

—Mi marido se obsesionó —dijo ella, bajando la mirada—. Pasó días hablándoles. Susurrándoles. Gritándoles. Y cada vez que lo hacía, los símbolos cambiaban más. Yo intenté detenerlo, pero… ya era tarde. Algo en esas ruinas había atrapado su mente.

Guardó silencio un momento. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un hilo.

—Lo perdí allí, detective. No de golpe. Poco a poco. Día tras día. Hasta que un día dejó de ser él. No conseguí arrancarle de esos grabados. Y yo… yo he vivido con esa culpa desde entonces.

La miré y no vi a la anciana temblorosa que encontré en enero. Vi a una mujer que había cargado con un peso imposible durante décadas.

—¿Por qué me cuenta esto ahora? —pregunté.

Ella levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con una determinación que no había visto en mucho tiempo en nadie más.

—Porque lo que está ocurriendo en Arkham… es lo mismo. Y yo ya no pienso esconderme. No pienso dejar que lo que destruyó a mi marido destruya esta ciudad. Soy vieja, Miller. Pero no inútil. Aun puedo enfrentarme a esto con mis propias armas. Tengo dinero, contactos y más influencia de la que parece en ciertos lugares que ni se imagina. Y no tengo miedo. No más. Si usted y otros siguen luchando contra lo que sea que está pasando, yo también lo haré.

No supe qué decir. Solo asentí. La señora Hargrove, la anciana que un par de meses antes temblaba como un flan con una Thompson descargada entre las manos, estaba lista para volver a la guerra, y tenía una vieja deuda que saldar.


MIÉRCOLES, 11 DE MARZO DE 1926

Últimamente, mi lista de cosas que hubiese preferido no hacer es más larga que la Biblia, y hoy tuve que anotar mentalmente una más.

El comisario O’Maley me llamó a su despacho. No para gritarme, que sería lo habitual, sino para mostrarme algo. Sobre la mesa tenía una carpeta con informes médicos, declaraciones y un par de fotografías que parecían sacadas de un álbum familiar.

—Otro agente —dijo, sin rodeos.

Me pasó la carpeta. El agente en cuestión era Merrick, un policía joven e idealista. Había tratado un par de veces con él en mis ocasionales visitas a la comisaría. Un buen tipo. Según el informe, llevaba días comportándose de forma errática: insomnio, paranoia, episodios de agresividad, y algo que los médicos llaman “alucinaciones auditivas”. Yo lo llamo “vivir en Arkham”.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté.

—Habla con él —respondió O’Maley—. No como ex policía, sino como… como tú. A ver si puedes hacer algo por él antes de que acabe como Hensworth.

Encontré a Merrick en la sala de descanso, sentado en un banco, con la mirada perdida en el suelo. Tenía el uniforme arrugado, las manos temblorosas y un tic en el ojo izquierdo que no presagiaba nada bueno. Cuando me vio, intentó ponerse firme, pero le salió un gesto torpe, casi infantil.

—Detective Miller… yo… yo estoy bien —mintió.

—No, no lo estás. Y no pasa nada. Solo quiero que me cuentes qué te está ocurriendo.

—Oigo cosas… detrás de las paredes… en los pasillos… incluso en mi casa. Voces que no son voces. Como si alguien respirara dentro de las tuberías. Y cuando cierro los ojos… veo símbolos. Espirales. Y… y sombras que no deberían moverse, pero lo hacen.

Era el mismo patrón. El mismo maldito patrón.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

—Desde las redadas… desde que entramos en la casa de los sectarios… desde que vimos… eso.

No quiso decir qué era “eso”, ni yo se lo pregunté. No hizo falta. Yo también había visto demasiados “esos”. El chaval estaba a punto de derrumbarse y solo había dos cosas que yo pudiera hacer por él: mentirle y achacarlo todo a su imaginación para tranquilizarlo, o decirle la verdad para que se enfrentase a ella y quizá arruinarle la vida para siempre. 

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 3, 3. Segundo intento (repitiendo todos los dados): Lupa, Revólver, 6, 2, 2. Tercer intento (repitiendo ambos 2) Lupa, Revólver, 6, 6, 2. Obtenemos Investigación 14 y recibimos el segundo punto de locura de marzo. Dos días seguidos perdiendo cordura y no estamos ni a mitad de mes.

—Merrick —dije—, escucha. No estás loco. Algo está pasando en esta ciudad. Algo malo. Y tú solo has estado demasiado cerca.

Él me miró con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Voy a acabar como Hensworth?

—No si puedo evitarlo.

Hablé unos minutos más con él. Cuando salí de la comisaría, me quedé un rato en la calle, mirando a los agentes que entraban y salían. Jóvenes, viejos, cansados, ilusionados, quemados… los guardianes de Arkham, que la propia ciudad estaba empezando a devorar.


JUEVES, 12 DE MARZO DE 1926

Hoy me tocó otra serpiente bicéfala. Ya debería pedir que me las envíen por correo certificado. La encontré en un callejón detrás de la fábrica de hielo. Estaba enrollada sobre sí misma, siseando a la nada. Es curiosa la facilidad que tienen para encontrarme, casi como si aparecieran precisamente por donde voy a pasar. 

Cuando me vio, levantó sus dos cabezas a la vez, y por un segundo pensé que iba a hablarme. No lo hizo, claro. Las serpientes no hablan. Pero esta parecía estar pensando en intentarlo, o tratando de recordar como se hacía.

Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 6): Revólver (doble), 5, 4, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.

Una de las cabezas se lanzó hacia mi pierna, la otra hacia mi mano. Tuve que retroceder de un salto para no acabar lleno de veneno. Le disparé. A la tercera bala empezó a retorcerse, pero seguía avanzando. Le disparé tres veces más. Una de las cabezas ya colgaba inerte, pero siguió acercándose, contorneando su cuerpo como una corista. Sin tiempo para recargar, saqué la linterna del bolsillo del abrigo y se la estampé en la cabeza que le quedaba. El cráneo crujió y se derrumbó al fin. La pisoteé un poco, por si acaso, pero luego me marché sin preocuparme por ver como se licuaba. Lo había presenciado ya tantas veces que lo veía como normal.


VIERNES, 13 DE MARZO DE 1926

Pasé por la sacristía para seguir con mi “formación”, como lo llama el padre Arden. Me recibió prescindiendo de formalidades.

—Hoy avanzaremos un poco más. Ya conoces las palabras. Ahora aprenderás a darles la entonación y la gravedad. Es algo que debe pronunciarse de una forma especial. Ten en cuenta que muchas de estas palabras no fueron concebidas para ser pronunciadas por gargantas humanas.

—Pues vamos con ello. Al final lo recitaré de carrerilla, como el Padre Nuestro.

Arden frunció el ceño.

—No digas eso. Lo que contiene este libro no son rezos, aunque puedan parecerlo. Son hechizos…  fórmulas…  pero no oraciones. No quiero que confundas esto con una verdadera religión.

—Créame, padre, no corro ese riesgo.

La lección empezó. Repasamos lo que me enseñó la semana anterior y vimos algunas cosas nuevas, como distinguir entre invocaciones, descripciones y advertencias. Poco a poco, las frases empezaron a tener algo más de sentido. 

Investigación a 8+. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.

Cuando terminamos estaba agotado. Es un libro, pero a veces siento que solo el mírarlo o tocarlo me roba las fuerzas. Arden lo cerró y acomodó sobre la cubierta un crucifijo de metal brillante, quizá de plata. Lo hizo con cuidado, como si estuviera colocando un candado en la puerta de un calabozo. Me sugirió que sería mejor dejar el libro allí. No puse ninguna objeción. La verdad es que estaba deseando perder de vista aquel libraco.


SÁBADO, 14 DE MARZO DE 1926

Esta noche volví a las Tierras del Sueño. Aunque me cueste admitirlo, ese lugar empieza a ser el único sitio donde siento que tengo algo de control. Evelyn (o, mejor dicho, su versión onírica) apareció a mi lado casi al instante. Allí no era la mujer nerviosa y brillante que conozco en la vigilia. Allí era un búho. Un búho de plumaje y ojos dorados, que se posó en mi hombro como si llevara toda la vida haciéndolo. Y lo más extraño, es precisamente que no lo encontraba extraño. El búho ululó, y en mi mente se formó la palabra “¿Preparado?”

—Para lo que sea —respondí.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Linterna (doble), 5, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Linterna (doble), 5, 5, 4. Obtenemos Búsqueda 14 y pasamos la tirada.

Lo que siguió, no sé cómo describirlo sin sonar como un loco más del psiquiátrico de Arkham. Viajamos durante lo que parecieron meses. A veces años. Caminamos por bosques donde los árboles murmuraban y los frutos que colgaban de sus ramas eran ojos. Donde las setas caminaban sobre diminutos pies, como niños jugando a esconderse. Cruzamos mares inmensos en barcos que parecían hechos de cristal con velas de seda, navegando sobre aguas que reflejaban constelaciones de estrellas que no se correspondían con las de nuestro mundo, y que tampoco veías si levantabas la vista al cielo.

Conocimos gente. Mucha gente. La mayoría eran humanos. Otros… no del todo. Criaturas con piel de mármol, pastores que guiaban rebaños de música, mercaderes que vendían recuerdos embotellados. Y todos me trataban como si fuera alguien importante. Un sabio. Un anciano venerable de piel aceitunada, barba blanca y turbante. Mi doble onírico. Lo que para mi era solo una imagen creada por mi ego, para los habitantes de la Tierra del Sueño era la realidad. A sus ojos yo era un maestro. Un guía. Un viajero respetado. Y el búho en mi hombro era mi compañera inseparable, la voz sensata que me aconsejaba cuando el paisaje se volvía demasiado extraño incluso para mis estándares. Y lo más inquietante: yo también lo sentía así. Como si hubiera vivido allí toda una vida. Como si ese mundo fuera tan mío como el de la vigilia.

Cuando por fin desperté, estaba en mi cama. La doctora, supongo que en la suya, al otro lado de la ciudad. Pero ambos recordábamos exactamente lo mismo. Cada detalle. Cada conversación. Cada criatura. Cada lugar. Miré el despertador de mi mesita. Las cuatro de la madrugada. Habíamos compartido años de vida… mientras en el mundo real solo habían pasado unas horas. Nunca he creído en los flechazos, en eso que dice la gente de que nada más conocerse se enamoraron perdidamente. Me pregunto si no será que esas personas ya se conocían desde mucho tiempo atrás por haberse encontrado en sueños compartidos que luego olvidaron al despertar.

La mamaloi me describió el Mundo Onírico como un refugio, un campo de entrenamiento y un puente entre soñadores. Y sí, es todo eso, pero también mucho más que eso. Es un mundo entero. Un mundo donde el tiempo no importa. Donde la voluntad crea y modifica lo que te rodea. Donde uno puede aprender en una noche lo que tardaría años en la vigilia. Es extraño, pero cada vez siento más que mi verdadero lugar es ese mundo, y menos este.

Y si yo puedo entrar… y la doctora puede entrar… y la mamaloi puede entrar… ¿Quién más puede hacerlo? ¿Y quién más ya lo está haciendo?


DOMINGO, 15 DE MARZO DE 1926

Evelyn y yo volvimos al Mundo Onírico. Después de lo que vivimos ayer, ese lugar empieza a sentirse menos extraño que Arkham. La doctora (de nuevo en su forma de búho) descendió del cielo y se posó en mi hombro en cuanto crucé el umbral del sueño, como si hubiera estado esperándome.

Seguimos explorando. Caminamos por praderas donde la hierba cantaba con el viento. Atravesamos bosques donde los árboles se inclinaban para saludarnos. Un grupo de pingüinos con hábito de monje caminaba en fila india, como pequeños peregrinos. Una nube nos estuvo interrogando durante un buen rato, y finalmente satisfecha por nuestras respuestas, se dejó arrastrar de nuevo por el viento. La presencia de algunos seres encorvados y furtivos que nos observaban tras unos peñascos me hizo echar de menos mi revólver, y cuando me concentré en crear una réplica formada por maná, lo que apareció en mis manos fue una ballesta. Evelyn revoloteó a mi lado, riendo.

Pasaron días. Semanas. Meses. El tiempo en ese mundo es caprichoso e inconstante. Y mientras tanto, yo seguía siendo ese anciano sabio de piel oscura y barba blanca, con un turbante, viajando con un búho al hombro.

En una de las ciudades oníricas (una urbe de torres gigantescas con forma de dedo que señalaban al cielo, y cuyo nombre cambiaba a cada puesta de sol sin repetirse jamás) alguien nos habló de ella. La Princesa. Una figura poderosa, respetada y temida a partes iguales. Una mujer que, según decían, conocía los secretos más profundos de esa región de las Tierras del Sueño a la que había gobernado durante miles de años, y podía ver más allá de los velos que separan los mundos. Así que fuimos a buscarla. 

Tuvimos que hablar con guardias que parecían hechos de mármol vivo. Convencer a ministros que tenían dos bocas, una bajo la otra, y ambas hablaban a la vez contradiciéndose continuamente. Esperar en salas donde el tiempo corría hacia atrás y cada vez faltaba más para que nos recibieran. Presentar nuestras credenciales a escribas que tomaban nota de ellas en el mismo aire, mojando la punta de su pluma en un frasco de agua.

Investigación a 21+. Reducida a 15+ por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Lupa, Revólver, 6, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 4 y el 2): Lupa, Revólver, 6, 2, 2. Obtenemos Investigación 10 y no superamos la tirada, además de acumular un tercer punto de locura.

Al final, tras lo que parecieron semanas de trámites, nos negaron la audiencia. Abandonamos el palacio de La Princesa sin haber llegado siquiera a verla. Cuando nos alejábamos me giré a darle un ultimo vistazo al lugar. Desde una de las amplias balconadas nos observaba una joven vestida con una sobriedad que desentonaba con el lujo del palacio. Llevaba una falda de lana blanca, un chal de lino sencillo y sostenía un bastón de madera sin pulir, como si acabara de llegar de pastorear en el campo. Al verla supe que era ella, La Princesa. Lo supe con esa certeza que se tiene en los sueños. 

Pero al notar que la miraba, se desvaneció en el aire. Y en ese momento desperté.


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