EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.

Saludos, ávidos lectores.
Los ogros es el segundo y último número de Hiram Lowatt & Placido Dans. Mejora sustancialmente la principal queja que tenía respecto al primero; el dibujo. Sigue siendo un dibujo sencillo, pero ahora al menos parece un dibujo todo el tiempo.
En el primero, los dibujos a mano normales se mezclaban con otros que parecían pasados por algún tipo de filtro que les daba apariencia de fotos renderizadas. Nunca he visto el sentido a hacer dibujos con apariencia de montajes fotográficos. Es algo que, para mi gusto, arruina completamente los cómics y le quita todo el mérito que pudiera tener el propio dibujo en sí. He visto cómics que están hechos casi a base de dibujos con aspecto de fotos o que incluyen collages de fotos, y el efecto siempre me ha parecido espantoso.
El primer número mezclaba el dibujo, digamos, normal, con ese otro tipo de imágenes retocadas. En este se prescinde de ese montaje extraño y todo lo que encontramos son verdaderos dibujos, lo cual mejora muchísimo el resultado final.
La historia es más sencilla que la del número anterior, pero también más dinámica. Comienza un año después de la primera, en 1881. Hiram y Placido están navegando río arriba por alguna región de Alaska. Se dirigen hacia Kaliputiak, un pueblecito minero en el que han sido contratados para dar una conferencia. De hecho, solo será la primera de una serie de ellas, pues el juez Dunbar, gobernador de la región, quiere instruir a sus rudas gentes, o al menos esa es la excusa que les da.
A su llegada al embarcadero son recibidos por una banda de música con estruendosas fanfarrias, como si fueran grandes personalidades. Hiram, Placido y otro de los pasajeros del vapor, la señorita Rebecca Norton, son los únicos que desembarcan en Kaliputiak. El vapor parte siguiendo río arriba y dejándolos allí.
Los negocios de la señorita Rebecca en esa tierra aislada y desolada son de carácter familiar: ha venido a visitar a su hermano, pero el juez Dumbar, que ha ido a recibirlos personalmente, le anuncia que este ha muerto a manos de los Corazones de fieras, una tribu de indígenas que se dedican a cazar a los colonos y comérselos. Mientras cruzan el bosque que separa el pueblo del embarcadero se encuentran un camino bloqueado por troncos, pero el juez ordena que ningún jinete se baje de su caballo para intentar moverlos y busca una ruta alternativa. El terror a detenerse en el bosque es evidente, pero no hay ninguna otra incidencia en este. En realidad, la muerte les aguarda en el poblado: una trampa de dardo envenenado, colocada en el propio hotel donde les han preparado alojamiento, mata al recepcionista cuando este se disponía a mostrar sus habitaciones a Hiram y Placido.
Y no es el único incidente de la noche, puesto que el juez se despierta aullando en medio de horribles pesadillas en las que es devorado vivo por cachorros de oso. Por una conversación que mantiene con uno de sus hombres, alertado por sus gritos, parece que ese tipo de pesadillas son comunes entre los colonos, solo que los demás recurren a drogas y tranquilizantes para mantenerlas a raya, mientras que el juez se niega a utilizarlas.
Al día siguiente, Hiram se dispone a dar una conferencia a los locales, cuando alguien llega con la noticia de que han encontrado el rastro del Glotón, el líder de los Corazones de Fieras. Rápidamente se organiza una patrulla de linchamiento para ir en su búsqueda. Casi todos los hombres del pueblo forman parte de esta. Hiram y Placido se unen a ella, y también Rebecca.
El rastro lleva al grupo, fuertemente armado y dirigido por el juez, hasta un bosque seco que fue recientemente arrasado por un huracán, convirtiéndolo en un laberinto de troncos caídos en el que no tienen más remedio que internarse. Cuando están atravesándolo, sufren una emboscada por parte de los Corazones de fieras.
Durante este combate vemos el aspecto de estos, que es el de osos antropomorfos que manejan armas de fuego y cuchillos igual que si fueran hombres. Como averiguaremos más adelante, estos son solo disfraces que confeccionan con las pieles y cabezas de los osos de los que se alimentan.
Durante este combate, el juez lucha mostrando una ferocidad y un salvajismo tales que dejan boquiabierta a Rebecca y al propio Hiram, puesto que sigue peleando incluso tras agotar sus municiones y recibir un disparo en un hombro. Parece obsesionado con acabar con el Glotón, y en cuanto lo ve se lanza contra él malherido y armado únicamente con un cuchillo.
El Glotón, al ver la feroz respuesta del juez y la de sus hombres, ordena la retirada. El juez le persigue obsesivamente a través de los troncos caídos, pero los Corazones de fieras, al retirarse, prenden fuego a los troncos secos. Las llamas se extienden por el laberinto de madera, quemando a varios de los colonos antes de que estos consigan escapar. Hiram y Placido, separados de los demás por el humo, se pierden en el laberinto de troncos. Son encontrados primero por el Glotón y sus hombres, que, cuando descubren quién es Hiram, se muestran extrañamente amistosos. El Glotón afirma haber leído sus artículos, ser cristiano y no haberse comido a nadie.
En cuanto oyen las voces del grupo de colonos que les está buscando, los Corazones de fieras se retiran inmediatamente. Han tenido la oportunidad de matar a Hiram y Placido, pero no lo han hecho. Y eso, unido a lo que le ha contado el Glotón, hace que Hiram comience a plantearse todo lo que le ha dicho el juez.
Tras reunirse con los colonos supervivientes el grupo se dirige a Porcupine, una población minera más cercana a donde se encuentran que Kaliputiak, también bajo el gobierno del juez. Allí, durante la cena, cuando les están sirviendo un estofado, Placido pronuncia la única frase que dice en todo el cómic; de hecho, la única frase que dice en toda la colección, pues en el número anterior no pronunció palabra. Esta frase, que dice con toda calma, es: «No, gracias, no como carne humana».
Esto hace que todas las conversaciones y murmullos que había en torno a la mesa cesen de inmediato. Hiram le pide que se disculpe por esa broma de mal gusto, y la respuesta de Placido es simplemente levantarse y marcharse. Hiram lo sigue, fingiendo que va a echarle una reprimenda, pero en realidad sabe que su compañero jamás miente y jamás se equivoca. Si él dice que el estofado que les han servido es de carne humana, lo es. Aunque se les ofrecen habitaciones separadas, ambos pasan la noche en la misma, alternándose para dormir, completamente vestidos y armados por lo que pueda ocurrir. Cuando creen que todos los demás duermen, abandonan la casa para llevar a cabo una pequeña investigación propia. Se cuelan en las cocinas del hotel, donde encuentran cadáveres humanos mutilados junto a las ollas y marmitones.
El juez Dumbar les sorprende y les confirma lo que ya sospechaban. Efectivamente, hay caníbales en la región, pero no son los indios, sino los colonos. El juez les revela que el primer año que pasaron allí fue muy duro: no calcularon bien los desafíos a los que se enfrentaban, sus provisiones se agotaron rápidamente y la combinación de hambre e intenso frío los desesperó. Atacaron el campamento de los indios Corazones de Fieras con intención de quitarles la comida, pero cuando también esta se agotó, volvieron a atacarles, esta vez para comerse los cadáveres. Tras sus primeros festines caníbales, se dieron cuenta de que no solo su fuerza y su resistencia, sino incluso su corpulencia y su altura habían aumentado significativamente. Además, el sabor de la carne humana resultó ser terriblemente adictivo; una vez la habían probado, ya no pudieron dejar de comerla. La guerra que mantienen con los Corazones de Fieras, es en realidad una guerra de exterminio: los colonos siguen cazando a los indios que quedan en la región para devorarlos.
El juez invita a Hiram y Placido a un banquete caníbal en el claro de un bosque cercano al pueblo, dejándoles claro que sus opciones son participar en él y convertirse en parte de su comunidad, o convertirse en parte del menú. Mientras Hiram busca la forma de salir del paso, los Corazones de fieras irrumpen a tiro limpio en el festín caníbal. Tomados por sorpresa, los colonos se retiran. El juez noquea a Placido de un puñetazo y se lo carga al hombro para comérselo más tarde. Hiram, en cambio, es capturado por los Corazones de Fieras y tiene un nuevo encuentro con el Glotón.
Este le confirma todo lo que le contó el juez: los colonos son quienes los cazan a ellos para alimentarse de su carne, y ellos simplemente están defendiéndose y tratando de sobrevivir. Sin embargo, el Glotón ha sido herido durante ese último combate y se derrumba por la pérdida de sangre. Los Corazones de fieras se retiran de vuelta a las profundidades del bosque, e Hiram les sigue.
Dos semanas después, el juez y sus hombres retoman la cacería, y por sus conversaciones descubrimos que ya quedan muy pocos indios: el cerco se ha cerrado sobre ellos y ya es solo cuestión de tiempo que los exterminen. Encuentran el cadáver del Glotón, que finalmente sucumbió a sus heridas antes de que dieran con él. Su cuerpo presenta signos de haber sido parcialmente devorado, pero no por animales: las porciones de carne que le faltan han sido cortadas a cuchillo.
Mientras el juez y sus hombres siguen registrando la zona, un Hiram notablemente desmejorado por dos semanas de vida a la intemperie regresa a Porcupine en busca de Placido y Rebecca, si es que siguen vivos. Se abre paso a tiros en el hotel en el que estuvieron hospedados, donde todavía está prisionero Placido y donde Rebecca sigue ajena a todo y medio enamorada del juez. Se lleva con él a ambos, al primero de buen grado y a la segunda por la fuerza, y provoca un incendio en el edificio.
Los tres se encaminan hacia el embarcadero donde el vapor que los dejó ahí ha de volver a pasar en tres días. Mientras cruzan el bosque, se encuentran en un claro una pequeña mesa dispuesta para una cena. Es el juez y unos pocos de sus hombres, que están esperándolos allí para cortarles el camino al embarcadero. Los dos grupos se enzarzan en un feroz combate en el que Hiram, demostrando una extraña ferocidad y energía, termina degollando al juez, y entre él y Placido acaban a tiros con todos sus hombres. Lo siguiente que vemos de ellos es que el vapor recoge a los tres en el embarcadero sin que nadie acuda para impedírselo.
Durante el viaje río abajo, Hiram tiene una pesadilla en la que es atacado por oseznos que saltan encima para devorarle. Son las mismas pesadillas que tenían el juez y sus hombres, pesadillas provocadas por la antropofagia. Con esto se nos da a entender que fue Hiram, y no los otros Corazones de fieras, quien devoró partes del cadáver del Glotón para resistir esas dos semanas en la nieve. Son pesadillas que le acompañarán el resto de su vida, junto con el recuerdo de lo que tuvo que hacer para sobrevivir.
Y así termina esta breve colección. Por una parte, lamento que no se llegaran a hacer más números, porque tenía mucho potencial. Por otra, me alegro, porque cuando una colección se alarga más allá de los deseos o la inspiración de sus propios creadores, generalmente termina echándose a perder. Mejor dos buenos números que veinte mediocres.
Puedes repasar el primer título de la colección pulsando aquí.
Les Ogres. 2000. David B. (guion) C. Blaine (dibujo). Publicado en 2005 por Planeta de Agostini.








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