EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ahorrativos lectores.
Estamos a 12 de febrero, es decir El Día del Centavo Perdido, dedicado a recordarnos que incluso las cantidades más pequeñas de dinero tienen su valor. Es un día en que se conmina a la gente a reunir todas esas moneditas que tienen medio olvidadas en tarros, el fondo de los bolsillos o bajo montones de cosas en los cajones, y darles algún uso.
El uso más común es amontonar toda la calderilla que encontremos por la casa para dársela a algún mendigo, o simplemente gastarla en algo, que por poco que sea también contribuirá a mover la economía. Y curiosamente tenemos algo perfecto para reseñar en tal día como hoy: un libro sobre un lugar en el que sí podemos decir que cada centavo (o en su caso, cada stotinka) cuenta.
Gabrovo es un pueblo real de Bulgaria cuyos habitantes tienen fama de ser muy tacaños. Es una de esas cosas que la mayoría de las veces comienzan como un rumor esparcido por alguien a raíz de una experiencia puntual que tuvo con una persona de ese lugar y termina haciéndose extensiva a toda una población o región. En España, por ejemplo, se achaca a los leperos ser especialmente tontos, a los catalanes ser avaros, a los madrileños ser presumidos, a los murcianos tener un acento incomprensible, etc. Lo cierto es que en todas partes hay de todo, pero una vez que a alguien le ponen fama de algo, es difícil deshacerse de ella. A los gabrovianos les ha tocado el sanbenito de la tacañería.
Lo curioso es que, en su caso, esta fama nace de una tradición que la propia ciudad ha cultivado con orgullo. A finales del siglo XIX y principios del XX, Gabrovo era un importante centro industrial en Bulgaria, ubicado en una región montañosa con fuertes precipitaciones, intensas nevadas y tendencia a quedar aislada en invierno. Debido a esto sus habitantes desarrollaron una serie de trucos para sacar el máximo provecho de sus recursos y fueron ganando fama de gente práctica y extremadamente ahorradora. Con el tiempo, los gabrovianos no solo aceptaron ese estereotipo, sino que lo exageraron y lo transformaron en una parte esencial de su identidad cultural. Hoy en día la ciudad cuenta con un festival y un museo enteros consagrados a escenificar y recopilar historias, caricaturas y objetos que juegan con la idea del ahorro llevado al extremo. Los propios habitantes de Gabrovo hacen chistes a su costa... ¡no vaya a ser que los haga alguien de fuera y luego quiera cobrarles por ello!
El librito Cuentos de Gabrovo es precisamente una recopilación de estos chistes, ese tipo de historias donde la gente lanza a su gato chimenea abajo para ahorrarse pagarle al deshollinador. Desde su propio punto de vista, el gabroviano no es tacaño, sino elegantemente ahorrador.
Los textos son chistes breves y tontorrones, pero se les llama “cuentos” porque se supone que se basan en hechos reales, siendo más anécdotas que otra cosa. Uno de ellos, titulado La última cuenta, nos habla de un gabroviano que, cuando viajaba en tren, siempre compraba pasaje solo hasta la estación más próxima. Una vez allí, bajaba corriendo del tren, compraba un billete hasta la siguiente estación y volvía a subir, repitiendo la operación tantas veces como fuera necesario hasta completar su recorrido. Cuando alguien le preguntó por qué hacía eso, el gabroviano contestó que, haciéndolo así, si se moría durante el viaje, al menos no habría pagado billete por estaciones por las que no iba a pasar.
Otro cuento, Esperando, habla de un hombre que ve a otro de pie en la calle soportando estoicamente una nevada. Le pregunta qué hace allí, y el otro le señala una botella de licor rota en el suelo. Le explica que, como se le ha resbalado la botella, está esperando a que el frío congele el charco de licor para poder agarrarlo y llevárselo a casa bajo el brazo.
En Una receta general, un gabroviano al que le dolía la cabeza fue al médico y le dijo que le dolía la cabeza, tenía palpitaciones y se sentía mal del estómago. Cuando un amigo le preguntó por qué había hecho eso, respondió que a él le dolía la cabeza, pero a su hija le dolía el estómago y su mujer tenía palpitaciones, y que no estaba tan loco como para pagar tres consultas en lugar de una.
Todos los cuentos son de este estilo, resaltando siempre la tacañería como una muestra de inteligencia superior. En total puede haber unos doscientos chistes o cuentos, de longitud variable.
Nunca me han llamado la atención los libros de chistes, pero Cuentos de Gabrovo no es solo una colección de chistes sobre gente tacaña. Es más bien una invitación a conocer a este peculiar pueblo que ha decidido reírse de sí mismo antes de que lo hagan los demás.
Cuentos de Gabrovo. 1979. Stefan Fortunov & Peter Prodanov (texto) Boris Dimovski (ilustraciones). Publicado por Sofía Press.

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