Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Enorme redada policial en un barrio especialmente feo! ¡Montones de muertos y heridos! ¡Nueva secta desarticulada! ¿Está por fin Arkhan a salvo de esos malandrines? ¡Compre ya su ejemplar, que me los quitan de las manos, oiga!
LUNES, 20 DE ABRIL DE 1926
Fui a ver a Madrivana a primera hora para hablarle de la señora Hargrove y de su plan de convertir su mansión en una especie de cuartel general para todos los que estén dispuestos a enfrentarse a lo que sea que está ocurriendo (o está por ocurrir) en Arkham. Hasta que Inhidra dé su visto bueno a lo de ir a por el Sacerdote Mayor, me dedicaré a atar cabos sueltos e intentaré reunir a todos los que están metidos en esto para formar un verdadero grupo.
Investigación a 7+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 1): Revólver, Lupa, 4, 4, 2. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la tirada.
No me costó mucho convencerla. En realidad, creo que ya lo estaba. Cuando terminé de hablar me dijo que Inhidra ya se lo había comentado. Le pregunté cuándo había hablado con ella, y como respuesta tomó un frasco de un estante y lo colocó frente a mí sobre la mesa a la que estábamos sentados. El líquido del interior era oscuro, espeso, casi aceitoso. Madrivana volvió a sentarse frente a mí.
—Es el preparado que hicimos con los restos del Caparazón Negro. Yo preparé la base. La mamáloi la refinó y la estabilizó. Y ella misma se la llevó al padre Arden para que bendijera el líquido resultante como si fuera agua. Lo que tienes en las manos es una mezcla de poderes basados en tres creencias diferentes —añadió Madrivana— para combatir a un enemigo que no debería existir.
—Muy bien —dije tomando con cuidado el frasco—. ¿Y qué hago con él?
Me explicó que borrar los símbolos que los sectarios están pintando por las calles no sirve casi de nada. El símbolo puede hacerse desaparecer físicamente, pero la magia que se depositó en él al hacerlo queda allí como una marca que el ser adecuado puede seguir viendo y rastreando. El mejunje que habían preparado servía precisamente para eso, para «matar» el símbolo, arrancarle la chispa, dejarlo mudo.
—Debes salpicarlo —dijo Madrivana—. No verterlo. Basta con unas pocas gotas. Como si fuera agua bendita. Pero con cuidado. Es algo corrosivo. Si te cae en la piel te quemará. En los ojos podría dejarte ciego.
Saqué mi petaca de whisky del bolsillo y se la mostré.
—¿Algún problema con que lo pase aquí?
Ella negó con la cabeza. Si es indiferente llevarlo en un recipiente de metal que en uno de cristal, y sabiendo que es corrosivo, prefería lo primero. Quité la tapa y el dosificador, me terminé lo poco que quedaba de un trago y vertí cuidadosamente el contenido del frasco a la petaca. Ajusté de nuevo el dosificador, que me permitiría salpicar rápidamente con la petaca simplemente moviéndola con energía, y me aseguré de dejar la tapa bien enroscada.
—Úsalo con cabeza y no lo desperdicies, Miller. Es difícil y peligroso de elaborar.
Asentí y me guardé la petaca en el bolsillo, sintiendo el metal extrañamente caliente.
MARTES, 21 DE ABRIL DE 1926
La gente puede acostumbrarse a cualquier cosa, incluso a lo que debería volverlos locos. Sin más, hoy iba por la avenida de los Olmos cuando escuché un batir de alas que he aprendido a reconocer muy bien. Miré hacia arriba tratando de localizar al murciélago gigante que lo provocaba. Uno de estos monstruos se había dejado caer desde la terraza de un edificio al otro lado de la calzada. No descendía en un largo y progresivo picado siguiendo la calle, como los anteriores. Este cayó de una terraza como una piedra, remontando el vuelo pocos metros antes de estrellarse con el suelo. Cruzó la avenida de lado, como un proyectil, estando en un tris de estrellarse contra un par de coches.
Saqué el revólver por instinto mientras lo veía caer, pero en el aterrador segundo que tardó esa cosa en elevarse de nuevo y enfilar hacia mí, caí en la cuenta de que si disparaba, las balas irían a parar al edificio de enfrente. Ventanas, paredes finas de ladrillo y madera barata, gente desayunando o niños jugando tras ellas… No podía arriesgarme a dispararle, y el murciélago venía tan rápido que apenas tuve tiempo de pensar. Metí la otra mano en el bolsillo izquierdo y saqué el diapasón del profesor Dorn. Lo golpeé contra el tambor del revólver que tenía en la mano derecha. Fue un salto de fe, porque recordé haber leído en algún lado que los murciélagos se guiaban por una especie de ondas de vibraciones o algo así. Yo no sé explicarlo, pero en ese momento generar mis propias vibraciones me pareció algo lógico.
Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 5, 3, 2. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.
El murciélago se desorientó al instante. Se desvió de pronto como si hubiera chocado de frente con una fuerte corriente de aire, pasó a un palmo de mi cabeza, giró en un ángulo extraño y fue a estrellarse contra la pared a mi espalda con un golpe seco. Cayó al suelo, aturdido, agitando las alas rotas. Ahí sí pude disparar. Me acerqué y lo rematé de un solo tiro antes de que se recuperara.
Lo más extraño no fue el murciélago, sino la gente. Los transeúntes se detuvieron en seco al ver caer y remontar el vuelo al murciélago. Pero solo eso: no gritaron ni echaron a correr. Los coches que estuvieron a punto de chocarse con él simplemente dieron un bocinazo. Un hombre que barría la entrada de su tienda ni siquiera dejó de mover la escoba mientras observaba desde pocos metros de distancia mi pelea con el monstruo. Una anciana se limitó a rodear el cadáver como si fuera un charco.
Guardé el diapasón y el revólver y seguí caminando. La ciudad se está acostumbrando a convivir con monstruos en sus calles. Lo malo es que no temer a los monstruos no es una muestra de valor. Al contrario. Aceptarlos como algo normal es la mayor de las cobardías.
MIÉRCOLES, 22 DE ABRIL DE 1926
Hoy me llamó O’Maley para que fuera al manicomio de Arkham. A él lo llamaron de allí por un incidente relacionado con los agentes ingresados, y me pasó el encargo a mí. No esperaba buenas noticias, pero tampoco esperaba lo que me encontré.
El director me recibió con un nerviosismo que no intentó disimular. Tenía los dedos entrelazados, blancos por la tensión, y cada vez que alguien pasaba por el pasillo, giraba la cabeza como si temiera que vinieran a pedirle explicaciones.
—Detective… —dijo—. Ha habido… una situación.
La palabra «situación» no me gusta porque es una de esas palabras que pueden significar cualquier cosa. Me contó que anoche, un hombre bien vestido, educado, con un acento que nadie supo identificar pero que sonaba a europeo, se presentó en la entrada del manicomio. Dijo que quería ver a los agentes de policía que habían sido ingresados tras su participación en las redadas. Oficialmente ningún agente había sido ingresado por ello, pero los internos sabían a qué se refería. No dio su nombre, no mostró credenciales y no firmó ningún registro.
—¿Y lo dejaron pasar? —pregunté incrédulo.
El director abrió la boca para responder, pero no dijo nada. Miró a una enfermera. Ella miró a un médico. El médico miró al suelo.
—Me dijo que quería verlos —murmuró la enfermera, como si eso fuera una explicación—. Yo… tuve que permitirle pasar —añadió, sin convicción—. No… no recuerdo por qué.
—Yo le abrí las puertas de las celdas acolchadas, señor —añadió el médico—. Porque… porque me dijo que quería pasar.
Ninguno sabía justificarlo. Ninguno recordaba haber tomado la decisión, ni podía explicar por qué nadie pidió su nombre, ni por qué no quedó constancia de su visita. Solo sabían que lo dejaron entrar.
Búsqueda a 10+. Incrementada a 15+ por no tener suficientes puntos de locura o conocimientos de Mitos. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 6, 5. Obtenemos Búsqueda 17 y pasamos la tirada, acumulando el cuarto punto de locura del mes.
Supe al instante lo que había pasado. El desconocido había usado un hechizo de Sugestión como el que me enseñó el padre Arden, o algo muy similar.
—¿Qué hizo mientras estuvo aquí? —pregunté.
El director tragó saliva.
—Visitó a los agentes afectados. A todos, uno tras otro. No habló con ellos. Solo… los observó unos minutos a cada uno, y luego se marchó.
Me llevaron a ver a los pacientes. Todos habían empeorado. Ya ni tan solo hablaban, salvo uno, que repetía una frase en un idioma que nadie reconocía.
JUEVES, 23 DE ABRIL DE 1926
He vuelto al Mundo Onírico esta noche, sin pretenderlo. Aparecí directamente junto a la espiral dibujada en la arena que sirve de paso a la capa de sueño profundo. Supuse que debía descender a través de ese portal hasta la versión distorsionada de Arkham, pero ahora no tenía a nadie para abrirme el portal como en la ocasión anterior. Me concentré en hacer que se moviera, como le vi hacer a Evelyn en mi anterior visita a este lugar.
Búsqueda a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 3, 3. Obtenemos Búsqueda 10 y pasamos la tirada.
Poco a poco la espiral dibujada en la arena empezó a moverse, girando como una tapa de rosca, hasta que el portal se abrió. Descendí hasta la capa de sueño profundo, al Arkham distorsionado. En una cornisa alta, iluminada por la Luna, estaba Evelyn en su forma de búho. Bajó planeando y se posó en mi hombro, como solía hacer. Me explicó que la torre negra que vimos días atrás es una construcción onírica sostenida por la voluntad combinada de los cultistas.
«En el sueño, el maná sirve para crear —dijo en mi cabeza—. Pero también para deshacer lo creado por otros soñadores. Es más difícil y más lento, pero es posible».
Me miró con esos ojos enormes, y por un instante vi a la Evelyn real a través de la máscara del búho.
«Ese será mi papel —continuó—. Mientras tú, la mamáloi y la policía entráis en el edificio real, yo estaré aquí, dormida, concentrando todo mi maná en deshacer la torre, bloque a bloque si hace falta. Sé que no podré derribarla, pero si la debilito desde aquí, también sus defensas mágicas allí se debilitarán».
Me quedé mirando la torre a lo lejos. Negra. Infinitamente alta.
—¿Y si él nos ve venir? —pregunté.
Evelyn batió las alas.
«Ya me ha visto —dijo—. Encuentra interesante mi presencia aquí, pero no me considera un peligro todavía. Tiene a sus sectarios añadiendo nuevos ladrillos a la torre noche tras noche, pero son soñadores pésimos. Supongo que para tener un sueño productivo hace falta tener una conciencia tranquila, y ellos ya están mucho más allá de eso. Aun así, si vamos a atacar la torre hay que hacerlo antes de que sea él mismo quien refuerce sus defensas».
Desperté con el corazón acelerado y la sensación de que el sueño había durado años en lugar de horas. Quizá lo hizo en algun lugar.
VIERNES, 24 DE ABRIL DE 1926
Hoy he roto otra de mis normas. Ya no me quedan muchas, la verdad. Fui a buscar a un ladrón para pedirle ayuda. Elías «Flaco» Finch. Un medio italiano nervioso, con los ojos siempre moviéndose como si esperaran que algo saliera de las paredes. Lo encontré detrás de un almacén abandonado, sentado en un cajón y fumando un cigarrillo que temblaba más que él. Cuando me vio, casi se atraganta.
—No, no, no, no… —repitió, levantando las manos—. No he sido yo. Sea lo que sea, no he sido yo.
—No vengo a detenerte —dije—. Necesito tu ayuda.
Eso lo puso aún más nervioso. Le expliqué que la policía iba a hacer una redada, que probablemente iban a incautar amuletos, documentos, hierbas (al mencionarlas, «Flaco» levantó una ceja, repentinamente interesado) y cosas que yo necesitaba examinar. Y que O’Maley no me iba a dejar meter las narices en todas las pruebas. No soy policía y por tanto no soy de los suyos. No del todo. Y él es demasiado recto para hacer muchas excepciones seguidas.
—Así que quieres que entre en la comisaría —dijo Finch, con la voz quebrada—. ¿La comisaría? ¿La misma donde he estado encerrado seis veces? Pues… pues… claro que sé cómo entrar. Y cómo salir. Y dónde guardan las cosas. Y quién se duerme en qué silla. Y qué ventanas no cierran bien. Pero estás loco si crees que voy a hacerlo.
Investigación a 13+. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2): Lupa, Linterna, 6, 5, 4. Empleamos uno de los usos del grimorio para convertir el 6 en 5. Obtenemos Investigación 15 y pasamos la tirada.
Tuve que darle un pequeño empujoncito murmurando el hechizo de Sugestión, pero al final lo convencí. Empezó a caminar en círculos razonando en voz alta, como si se estuviera convenciendo a sí mismo sin querer.
—Porque… a ver… —dijo—. El turno nocturno lo cubren los novatos y solo un par de veteranos. Siempre es así. Para que se fogueen, dicen. Lo que significa que están más pendientes de no meter la pata que de vigilar los despachos cerrados. Entre las seis y las siete de la mañana hay cambio de turno, y lo mismo a la tarde. Unos se van, otros llegan… La sala de pruebas no tiene vigilancia directa. Nunca la ha tenido. Solo un candado y una cerradura que podría abrir con un mondadientes si me diera la gana. Y si hay algún borracho dando problemas en las celdas, los agentes se concentran allí. Dejan los pasillos vacíos. Siempre pasa. Y en el pasillo que da a la calle Doce la ventana está floja…
Se detuvo. Me miró. Suspiró.
—Y además… —añadió—. He estado allí encerrado ocho veces. Podría entrar con los ojos cerrados. Literalmente. Podría caminar por ese sitio dormido.
—Entonces, ¿lo harás? —pregunté.
«Flaco» Finch se pasó una mano por la cara.
—¿Y qué demonios saco yo de todo esto? ¿Me vas a pagar, o algo?
—Estoy intentando que Arkham no se vaya al infierno —dije—. Y si no lo logro, tendrás que marcharte a otra ciudad cuando esta no sea más que un montón de ruinas en las que no quede nadie a quien robar. Tendrás que empezar de cero, hacerte una reputación otra vez en otro lugar en el que nadie ha oído hablar de ti.
Finch se rió, pero vi en su expresión que sabía de lo que le hablaba. De los monstruos en las calles. De las sombras que acechaban a la gente por las noches. De los cultos de locos proliferando como setas tras la lluvia.
—Lo haré… pero que sepas que eres peor que yo, Miller. Mucho peor.
Quizá tenga razón, pero necesito esas pruebas.
SÁBADO, 25 DE ABRIL DE 1926
Hoy he tenido una visita inesperada. Y no de las humanas. Estaba en casa, revisando notas, cuando escuché un golpecito en la ventana. Pensé que sería el viento. O un pájaro. Pero no, era un gato. Mi oficina está en el tercer piso, así que el gato había llegado hasta mi ventana andando por la estrecha cornisa. Me miraba fijamente como si llevara allí horas.
—Ni lo sueñes —le dije—. No voy a salir por la cornisa.
El gato parpadeó, decepcionado por mi falta de espíritu aventurero, y desapareció de un salto. Pensé que ahí terminaba la historia, pero cuando bajé a la calle, estaba sentado justo delante de la puerta del edificio, mirándome con la misma insistencia. Suspiré.
—Está bien. Guíame. Pero nada de tejados ni cornisas.
El gato echó a andar sin mirar atrás. Lo seguí por callejones estrechos, esquinas húmedas y barrios a los que no me gusta meterme. Le perdí de vista un par de veces.
Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Lupa, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1): Linterna, Lupa, 4, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada.
Tras perderlo de vista seguí andando por instinto, hasta que lo encontré de pura casualidad. Finalmente se detuvo en un callejón sin salida, donde Inhidra estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, como si llevara allí todo el día.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—No sabía que habíamos quedado —respondí.
Ella alzó la mirada hacia el cielo, como si consultara a alguien invisible.
—Ellos lo sabían. Con eso basta.
El gato se sentó a su lado, como un guardián diminuto. ¿Era ella quien me los enviaba, o solo la contactaban como hacían conmigo?
—La redada debe ser mañana —dijo—. Es el mejor momento. Ya he movido hilos para que la información llegue hasta la policía. La que necesitan saber, al menos. La policía entrará por la fuerza, buscando al mayor de los cultos aparecido hasta ahora. Tú y yo iremos con ellos. Eso también está pactado. Evelyn atacará la torre negra desde las Tierras del Sueño.
Asentí. No había mucho que añadir. Aún no entiendo en qué consiste el poder que tiene la mamáloi Inhidra sobre esta ciudad, pero está claro que llega a personas que están por encima de O’Maley y quizá por encima del alcalde.
—¿Y cuál será mi papel en todo esto?
—Serás mi protector. Cuando entremos, habrá resistencia. No solo física. El lugar está protegido. Yo contrarrestaré lo que pueda, pero necesitaré que te mantengas cerca. Si me interrumpen, si me hieren, si pierdo la concentración, todos sentiréis el golpe. No sé exactamente la fuerza de las defensas que el Sacerdote Mayor ha implantado allí. Podríais morir, suicidaros o volveros locos de repente. Así que guarda mi espalda para que yo pueda guardar las de todos los demás.
Recordé el enloquecedor zumbido en el cráneo que sentí aquella vez que un solo cultista se coló en mi oficina. No quiero repetir esa experiencia.
Inhidra se levantó del suelo.
—Descansa, John Miller. No sueñes. Mañana necesitarás cada parte de tu poder. Incluso las que aún no sabes que tienes.
El gato me miró una última vez antes de desaparecer entre las sombras. Inhidra hizo lo mismo. Volví a casa caminando despacio. Mañana será un día largo.
DOMINGO, 26 DE ABRIL DE 1926
Nos reunimos antes del amanecer, frente al edificio de aspecto abandonado y vulgar que en el mundo onírico era una torre de piedra negra y altura infinita. O’Maley estaba tenso, pero decidido. Casi todos sus hombres estaban allí. La mitad con los fusiles cargados ya en las manos. La otra mitad con el arma colgada al hombro y la porra preparada. Inhidra estaba allí también, apoyada en la pared, con los ojos cerrados y respirando despacio. Parecía tranquila. Atraía muchas miradas, sobre todo de los policías más jóvenes, porque había acudido con toda su parafernalia de amuletos, huesos y la cara pintada de blanco como una calavera, pero nadie le dijo nada. Quizá tenían órdenes expresas de alguien de muy arriba de no decirle nada. Evelyn ya debía de estar dormida en su casa, lista para ir deshaciendo la torre desde el sueño en su forma de búho.
O’Maley me miró de reojo.
—¿Listo, Miller?
—No —respondí—. Pero vamos.
La entrada al edificio fue rápida. La puerta ni tan solo estaba cerrada. Inhidra se quedó junto a esta, murmurando sin cesar y haciendo extraños gestos con las manos. Vi cómo los policías que iban entrando se detenían de pronto, miraban a su alrededor como desconcertados durante un par de segundos y luego continuaban registrando el lugar. Cuando entré yo me detuve. ¡Me había equivocado de sitio! Claramente no era allí. Empecé a darme la vuelta para salir e ir al edificio correcto cuando la voz de la mamáloi y sus extraños rezos borraron esa idea de mi mente. ¿Esa era la defensa que estaba contrarrestando? ¿Algo que hacía que todo el que entrara que no perteneciera al culto sintiera la necesidad de salir y alejarse?
Seguimos avanzando. Encontramos símbolos pintados en las paredes, en el suelo, en las puertas. Saqué la petaca con el líquido de Madrivana y salpiqué las marcas. El olor del líquido al entrar en contacto con los dibujos era nauseabundo. La pintura de los símbolos se escurrió formando chorretones allí donde las gotas los alcanzaban.
—¿Qué demonios es eso? ¡Apesta! —preguntó uno de los agentes.
Y sí, es cierto que apestaba, pero a cada nuevo símbolo que salpicaba, el aire parecía menos denso y ese zumbido de fondo que estaba oyendo desde que entré se mitigaba un poco. Inhidra andaba con pasos cortos, muy lentamente. Sin abrir los ojos pero también sin tropezarse con nada, esparciendo su monótono cántico por el lugar. Un par de veces se interrumpió brevemente para decirme algo, y en cada una de esas ocasiones sentí un pinchazo en el cráneo.
—Evelyn está actuando —dijo de pronto—. La torre se resiste.
—¿Y el Sacerdote Mayor? —pregunté.
—Cerca.
Tras registrar las dos primeras plantas sin encontrar oposición, O’Maley ordenó subir a la tercera. Entonces, las luces se apagaron. Todas a la vez. Los agentes trataron de encender sus linternas, pero ninguna funcionó. Aún faltaban algunos minutos para el amanecer. Entonces escuchamos un canto que no venía de un lugar concreto, sino de todas partes.
—Atrás —dijo Inhidra.
Pero ya era tarde. En la planta de arriba empezaron a escucharse golpes, gritos y disparos, incluido el tableteo característico de una ametralladora Thompson, y los polis no habían traído ninguna con ellos. Oí gritar a O’Maley «¡Matadlo, matadlo!» y a continuación una descarga cerrada de fuego de fusilería. La Thompson enmudeció. El edificio empezó a temblar. No como un terremoto, sino como algo más… orgánico. Como si estuviera vivo y enfadado.
—Evelyn —dijo Inhidra sonriendo sin abrir los ojos—. La torre se está deshaciendo.
El temblor del edificio seguía creciendo cuando una figura encapuchada surgió de la oscuridad como si hubiera estado pegada a la pared, invisible hasta ese instante. Se lanzó sobre la mamáloi agarrándola de un hombro con una mano mientras alzaba la otra, en la que empuñaba un cuchillo curvo. La empujó contra la pared y su concentración se quebró como el cristal. Entonces algo me golpeó a mí también. No físicamente. Fue una oleada de sensaciones brutal, una mezcla de miedo, odio, tristeza y náuseas, todo a la vez. Me doblé sobre mí mismo. Caí de rodillas. Quise vomitar. Quise llorar. Quise desaparecer, morir. Por un instante, deseé no existir ni haber existido jamás.
Desde el suelo, con la vista borrosa, vi a la mamáloi forcejeando con el sectario. Él era más fuerte. El cuchillo rozó su mejilla, dejando una línea roja sobre su pintura blanca de calavera. Ella gruñó algo en un idioma que no reconocí. El canto que había estado murmurando desde que entramos había cesado, y sin él, las defensas del lugar nos estaban devorando vivos. Los agentes a mi alrededor estaban igual que yo: tirados por el suelo, temblando, con los ojos llenos de lágrimas, intentando respirar. Algunos sollozaban sin saber por qué. Otros apretaban los dientes como si estuvieran soportando un intenso dolor. Alguno vomitaba. Los disparos de fusil se habían interrumpido en las plantas superiores, y ahora eran gritos de dolor lo que se oía. Los sectarios debían estar aprovechando el momento para apuñalar o degollar a los agentes.
Yo no podía pensar, así que simplemente me moví. Me levanté tambaleándome y fui hacia el sectario. Aún tenía la petaca en la mano y lo único que había hecho desde que entramos había sido repetir ese movimiento de salpicar los dibujos de las paredes. Lo repetí una vez más, como un autómata. El líquido de la petaca salió en un salpicón irregular y alcanzó de lleno en la cara y los ojos al sectario. El hombre soltó un grito ronco de dolor y retrocedió tambaleándose. Se llevó las manos a la cara, cegado, y cayó de espaldas contra el suelo.
Inhidra jadeó un par de veces para tomar aire y retomó inmediatamente su cántico. Y entonces la presión en mi pecho desapareció. El nudo en mi garganta se deshizo. El mareo se disipó. Respiré hondo, como si llevara minutos conteniendo la respiración sin darme cuenta. A mi alrededor, los policías empezaron a incorporarse, limpiándose las lágrimas, parpadeando, intentando entender qué había pasado. Los disparos volvieron a resonar en las plantas superiores, pero ahora eran más espaciados. Finalmente cesaron, y entonces escuchamos la voz de O’Maley, ronca pero firme:
—¡A los que sigan vivos, esposadlos!
Búsqueda a 15+. Incrementada a 21+ si no tenemos seis puntos de locura / conocimiento de Mitos, que no es el caso. Reducida de nuevo a 15+ por haber superado las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Linterna (doble), 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1): Linterna (doble), 4, 2, 2. Tercer intento (repitiendo los doses): Linterna (doble), 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no pasamos la tirada.
El edificio fue registrado de arriba a abajo. Planta por planta, habitación por habitación, los agentes avanzaban entre muebles volcados y destrozados. O’Maley, con la camisa empapada de sudor y la mandíbula apretada, contemplaba los cadáveres alineados en el suelo del vestíbulo.
—Probablemente su jefe esté entre ellos —dijo, sin convicción—. Uno de los que no han sobrevivido… o uno de los que están detenidos. Ya lo identificaremos.
Asentí, aunque sabía que él tampoco se lo creía. Miré a Inhidra. Un hilo de sangre bajaba por su cara pintada de blanco. Ella negó con la cabeza antes de que yo pudiera preguntar.
—Se nos ha escapado —murmuró—. Estaba aquí, pero es más poderoso de lo que pensaba y se nos ha escapado.
No añadió nada más. Afuera, el amanecer empezaba a teñir el cielo de un gris sucio. Salimos del edificio. El aire frío me golpeó la cara, y agradecí esa sensación. Los policías iban y venían, cargando camillas con los muertos de ambos bandos, ayudando a andar a sus propios heridos y llevando de un lado a otro a empujones a los sectarios esposados. Otros agentes estaban sacando cajas llenas de documentos, fetiches, cuadernos, frascos y objetos que parecían herramientas de tortura.
O’Maley se encendió un cigarrillo con manos temblorosas.
—Buen trabajo, Miller —dijo O’Maley, sin mirarme—. Dentro de lo que cabe.
—Dentro de lo que cabe —repetí—. Pero el mérito es vuestro. Y de ella.
O’Maley gruñó.
—Ella no ha estado aquí. Ni yo ni ninguno de mis hombres la hemos visto. Y si yo he aceptado mentir en los informes que haga al respecto, espero que no seas tú el que se vaya de la lengua.
Asentí. Volví la vista hacia la mamáloi, pero había desaparecido en silencio. Lo que sí que vi, en lo alto de una cornisa, fue un gato. Negro, delgado, inmóvil. Observándolo todo con una atención casi humana, como si tuviera que informar de ello a alguien.
Llegué hasta mi oficina arrastrando los pies. No recuerdo haber subido las escaleras ni recuerdo haber abierto la puerta. Solo recuerdo haber oído a través de esta, mientras me peleaba con la llave, el sonido del teléfono, insistente, como si llevara horas sonando. Lo descolgué.
—Miller —dije—. O eso creo.
Al otro lado, la voz aliviada de Evelyn.
—¿Qué tal os fue a vosotros?
Me quedé en silencio unos segundos.
—¿Te lo cuento esta tarde mientras nos tomamos un café?
Hubo una pausa breve. Luego ella dijo, con una calma que se me antojó hasta reconfortante:
—Sí.
Y colgó. Permanecí con el auricular en la mano un rato, pensando. Busqué un numero que había apuntado en mi libreta de notas el pasado viernes y lo marqué. El teléfono sonó una sola vez antes de que lo descolgaran.
—¿Finch?... Las pruebas están llegando ya a la comisaría. Hazlo esta misma noche.
Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí.







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