EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, ávidos lectores.
Nuestro Supervisor General aprovechó unos días que ha pasado recientemente en el hogar familiar (el planeta Tierra, creo recordar) para echar un vistazo a un gran lote de ejemplares de Hermano Lobo que su padre todavía conserva.
Esta fue una revista de sátira social y política, de humor irreverente y subversivo, aparecida en España en 1972. Era de publicación semanal y llegó a contar con doscientos trece números de impresión monocroma, estando toda la revista en blanco y negro salvo algunas áreas coloreadas, para las que se usaba el mismo color a lo largo de cada número.
Que en dictadura se permitiera la publicación de esta feroz crítica al gobierno mientras que en democracia se haya condenado a gente a prisión por opiniones personales que ofendieron a algún colectivo cambia el valor que se quiere dar a términos como «libertad de expresión» o «censura». Pero no es eso de lo que va este artículo, sino de la revista en sí y de lo que se podía encontrar en ella.
Hermano Lobo se componía de una mezcla de chistes, tiras cómicas, anuncios de falsa publicidad y relatos breves de autores como Forges, Chumy Chúmez, Perich, Gila, Quino y Summers. Otro de los habituales era el tal OPS, también conocido como El Roto, que se limitaba casi en exclusiva a dibujar personas siendo asesinadas o mutiladas, o bien comiendo (o siendo comidas por) grandes masas de gusanos o insectos, todo ello sin contexto ninguno. Es lo que a día de hoy se conoce como goreporn: la exhibición exagerada e innecesaria de lo grotesco y lo desagradable como forma de provocar una reacción emocional de cualquier tipo en un público excesivamente apático.
También había artículos de opinión, casi todos sobre actualidad y política, que era prácticamente el monotema de la revista. No faltaban las fotos de mujeres jóvenes en bikini o ligeras de ropa (en blanco y negro, y nada demasiado explícito) sin venir a cuento de nada.
El nombre le venía por una tira que aparecía en todos los números en la que se le formulaban siete preguntas al lobo que hacía las veces de mascota de la revista. Este contestaba a todas lanzando un largo ulular, que en la época era una forma de decir que faltaba tanto tiempo para eso o que era tan improbable que pasara que ninguno de los presentes lo vería. Solo en la última de las preguntas, que no era diferente en nada de las anteriores, el lobo contestaba «El año que viene, si Dios quiere».
No tenía bloques fijos al estilo de una revista moderna, pero sí formatos recurrentes y lugares comunes que funcionaban como secciones de facto. Entre las cosas más curiosas que podemos encontrar están los artículos prefabricados: noticias en las que se hablaba de temas tan genéricos que el espacio donde debía indicarse el nombre del principal implicado y la fecha y lugar en los que se había producido el acontecimiento eran simplemente una línea en blanco para que el propio lector la rellenara al gusto.
En realidad, esta falta de formato estandarizado o secciones fijas permitió a los que trabajaban en ella incluir prácticamente cualquier ida de olla que se les ocurriera.
La mayor parte del material es demasiado «de su época» para provocar a día de hoy la misma reacción que pretendía lograr en su momento. Pero precisamente por eso son interesantes, como una ventana al pasado para entender lo que se consideraba gracioso en esos años y en esa realidad social. Y eso no quita que puedan encontrarse algunos fragmentos de fino humor absurdo o atemporal de esos que no pasan de moda o siguen siendo aplicables a la sociedad actual.
La revista murió junto con el franquismo, quizá por eso que se dice de «Es mejor malo conocido que bueno por conocer». Con el tiempo la dictadura se había vuelto predecible, y los de la revista sabían hasta dónde podían llegar y cuando se les iba a parar los pies, pero el paso a la democracia cambiaba totalmente las reglas del juego. Quizá no quisieron arriesgarse a seguir adelante y empezar a tantear el terreno político desde cero otra vez. O quizá simplemente su público base pensó que con la democracia se arreglaría todo y ya no habría motivos para quejarse del gobierno😅y dejó de comprar la revista.
Hermano Lobo. 1972. José Ángel Ezcurra (director). Ediciones Pléyades.





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