EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, pasapáginas compulsivos.
En esta nueva pesadilla interactiva de R. L. Stine somos (como de costumbre) un adolescente que vive con sus padres y un hermano mayor o menor (en este caso, menor). Y nos encontramos pasando una semana en familia en el Cañón de la Serpiente, un pedregoso parque natural en el que está permitido acampar.
Al visitar la típica tienda de recuerdos atendida por un anciano indio se nos presenta la primera decisión de la partida: comprarle un par de ojos de serpiente petrificados o un mapa de la zona. En teoría, los ojos de serpiente nos permitirán transformarnos en distintos animales autóctonos y el plano nos guiará hasta un fabuloso tesoro oculto desde hace siglos.
Naturalmente, ambos tienen una pega, y no se trata de la más probable en estos casos. El problema no es que sean falsos… sino que son auténticos. Los ojos efectivamente nos permitirán transformarnos en animales de los que habitan en el cañón, pero bajo ciertas y muy restrictivas condiciones. Cada cierto tiempo, en cada uno de los ojos aparece la imagen de un animal diferente. Si en ese momento acariciamos ese ojo, nos convertimos en tal criatura casi instantáneamente. La transformación dura exactamente mil latidos de corazón, pero el tiempo real que esto representa es difícil de calcular porque el corazón de cada animal en el que nos transformamos late a una velocidad diferente. Y que la transformación no tenga una duración típica (una hora, hasta la puesta de sol, etc) sino mil latidos de nuestro nuevo corazón de animal me parece un concepto brillante, diría que hasta precioso pese a que supone una dificultad añadida; una condición mágica con un temporizador biológico que no puedes medir con precisión.
La transformación no incluye la ropa que llevemos puesta, por lo que, cuando se revierte, volvemos a nuestra forma humana completamente desnudos. Además, debemos llevar los ojos con nosotros en todo momento, dentro de la boca. Perderlos implica no recuperar nunca la forma humana. A mí lo de convertirme en un animal bajo estas condiciones me parece más una maldición encubierta que un poder deseable. Y todavía no sabéis lo peor. La serpiente a la que en su momento pertenecieron los ojos los sigue buscando a día de hoy pese a ser un cadáver momificado de un par de cientos de años.
De entrada, la opción del mapa parece mejor. Después de todo, lleva a un tesoro y es un mapa que, en lugar de estar lleno de pistas ambiguas, va mostrando nuevas indicaciones e instrucciones a medida que seguimos los pasos previos. Aun así, el asunto del tesoro tiene algunos pequeños contratiempos: minucias como trampas mortales, monstruos guardianes y, lo que es peor de todo, tener que cargar con nosotros al hermanito insoportable. Lo usaríamos como cebo para panteras de no ser porque nuestros padres nos echarían luego la bronca.
Tras jugar las cuatro o cinco partidas de rigor antes de reseñarlo me topé con un par de errores. En la página 30, donde pone «corre como un oso loco en la página 56», debería decir «corre como un oso loco en la página 96». Y en la página 65, una de las dos opciones que se nos da carece de número de referencia al que pasar (es el 46).
Tenemos diecisiete finales malos en los que podemos morir con forma de animal a manos de humanos. O morir con forma humana a manos (o zarpas) de animales. O con forma animal siendo devorados por otros animales, por variedad que no sea. También puede partirnos por la mitad una trampa de puerta-mandíbula de metal al estilo del primer Prince of Persia, convertirnos en animal o semianimal de por vida en unas condiciones miserables, ser asesinados por fantasmas…
Tenemos tres finales reguleros. En el más suave de todos solo quedamos avergonzados ante unos turistas cuando volvemos a nuestra forma humana, exhibiéndonos completamente desnudos ante ellos (y ante sus hijas menores de edad) mientras todo el mundo nos saca fotos. En otros dos terminamos como animales sin poder revertir la transformación, pero en unas condiciones ideales dentro de lo que cabe.
Hay un resultado, solo uno, en el que conseguimos hacernos con el tesoro, compuesto por una fabulosa cantidad de monedas y lingotes de oro. Y otros dos en los que no solo sobrevivimos a todos los problemas derivados de usar los ojos de serpiente, sino que además quedamos a buenas con su propietari original y esta nos hace alguna concesión mágica como agradecimiento, aunque no nos hacemos con el tesoro.
Es un librojuego típico de Stine, con esa mezcla particular de humor negro y grotesco que caracteriza a este autor, y sobre todo, a sus lectores. Ese tipo de lectores entre los cuales me incluyo a los que morir de formas horribles una docena de veces antes de alcanzar un final bueno les divierte en lugar de frustrarles. La gracia de estos libros está en intentarlo, fallar, reírte del desastre y volver a intentarlo. Como en la vida misma.
Puedes repasar otras obras de este autor (y de algunos de sus imitadores) pulsando aquí.
Alone in Snakebite Canyon. 1998. R.L.Stine. En busca de tus pesadillas nº 26. Publicado en 2002 por Ediciones B / Grupo Z.

No hay comentarios:
Publicar un comentario