MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 1 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 23 de febrero al 1 de marzo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

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LUNES, 23 DE FEBRERO DE 1926

Fui a ver a la doctora Sabin esta mañana para hablarle del laboratorio clandestino que encontré y de la libreta de notas que recogí. Reconozco que me la había imaginado despeinada (cada uno tiene sus fantasías), pero no esperaba encontrármela así. No solo despeinada, también con las gafas torcidas y la bata de médico manchada de rojo, verde y amarillo. Estaba apoyada contra la pared junto a la puerta de su despacho mientras respiraba agitadamente. Una enfermera y un par de celadores estaban intentando calmarla, pero hablándole todos a la vez solo conseguían ponerla más nerviosa.

—¡Miller! —me dijo Sabin con voz tensa en cuanto me vio, olvidándose de los demás—. He cometido un error… no entre ahí, no… —añadió mirando fugazmente a la puerta.

No le hice caso. Ya estaba dentro. El laboratorio estaba hecho un desastre. Había matraces rotos por el suelo, probetas volcadas, papeles esparcidos por todas partes. Y un olor penetrante, químico, que me hizo lagrimear apenas crucé la puerta. Oí el ruido seco y chirriante de uñas arañando metal. Luego un chillido agudo que me heló la sangre. Una rata salió disparada desde debajo de una mesa. No era como las otras que había visto. Esta era más grande y no estaba medio podrida o aplastada. Debía ser un ejemplar de cadáver indemne para prácticas de disección al que habían matado con algún fármaco sin dañar sus tejidos. Se movía con una velocidad imposible, corriendo de una cobertura a otra, siempre a una un poco más cercana a mí.

—La reanimé yo —dijo Sabin con tono de disculpa, temblando al otro lado del marco—. Quería entender la fórmula. Quería ver si podía controlar el proceso, pero…

La rata saltó sobre una mesa y derribó un soporte metálico, volcando otra hilera de probetas con una fuerza que parecía desproporcionada para un animal de ese tamaño.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 5, 2. No repetimos el 6 porque ya tenemos ocho puntos de locura y no podemos acumular más de momento. Obtenemos Combate 13 y pasamos la prueba.

Por algún motivo, sacar el revólver y liarme a pegar tiros dentro del hospital me pareció de mala educación. Seguramente iba a necesitar volver allí antes o después, y no quería que asociaran conmigo la imagen de alguien que lo resuelve todo a tiros. Agarré lo más duro y pesado que tenía a mano (un separador de costillas de un metro de largo) y, cuando la rata tomó impulso y me saltó al cuello, le endiñé tal golpetazo que la envié contra la pared del fondo con el cráneo fracturado. La criatura cayó al suelo, convulsionando. No volvió a levantarse, pero tampoco se quedó quieta del todo.

Sabin se derrumbó en una silla, anímicamente rota, mirando consternada su despacho destrozado. No parecía un buen momento para echarle la bronca por imprudente, así que me limité a lanzar a su regazo el cuaderno de notas de Calder y me fui de allí.


MARTES, 24 DE FEBRERO DE 1926

Salí a comprar el periódico a ver qué nuevas y tranquilizadoras mentiras traía esta vez. Mientras regresaba a la oficina me volví a encontrar con uno de esos gatos negros. No puedo asegurar que fuera alguno de los que ya me había encontrado antes (estos animales parecen intercambiarse entre sí), pero reconocí la forma en que me miraba: fija, insistente, como si quisiera decirme algo y no supiera cómo hacerlo.

Estaba sentado en el alféizar de una ventana. Durante un instante solo me observó, luego saltó al suelo y echó a andar sin mirar atrás. Lo seguí. El gato avanzó por callejones estrechos, cruzó patios interiores y esta vez no se detuvo para asegurarse de que yo continuaba detrás, como en ocasiones anteriores. No parecía asustado, pero sí apremiado, como si el tiempo jugara en nuestra contra.

Búsqueda a 11+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 1): Lupa, Linterna, 5, 2, 1. Tercer intento (repitiendo el 2 y el 1): Lupa, Linterna, 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no logramos pasar la prueba.

Finalmente me detuve frente a un muro desconchado, en una zona de la ciudad donde no tenía motivos para estar ni había nada que ver más allá de ladrillos y musgo. Ni rastro del gato. En algún momento lo había perdido de vista o él había perdido la paciencia.

Me quedé un rato observando el muro, sintiéndome estúpido por haber perdido una oportunidad de enterarme de algo más.


MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO DE 1926

Hoy Madrivana Quelp me llamó a la oficina. No le había dado mi teléfono, pero de todos modos mi número está en la guía, así que soy fácil de localizar. Puede que demasiado, ahora que lo pienso. Cuando entré en su consulta, el frasco con el polvo gris al que se habían reducido los restos del cangrejo negro estaba sobre la mesa, quizá para dejar claro desde el primer momento cuál iba a ser el tema de conversación.

—No es cascajo de caparazón —dijo, obviando los saludos de compromiso y yendo directamente al grano—. Es hueso. Huesos triturados y mezclados con otras cosas. Algas en polvo… serrín viejo…

Investigación a 6+, incrementada a 11+ si no tenemos al menos cinco puntos de locura/conocimiento de Mitos, que los tenemos. Primer intento: Lupa, Revólver, 4, 3, 2. Obtenemos Investigación 9 y pasamos la prueba.

—¿Huesos de…?

—Humanos, por supuesto. El ser con aspecto de cangrejo de donde salió esto no era una criatura del mar. No una natural, al menos, viendo en lo que se descompuso.

Movió el frasco, inclinándolo, haciendo que el polvo maloliente en su interior se desplazara.

Esto son hombres. Huesos triturados de docenas, o quizá cientos de hombres distintos. Hombres que murieron bajo el agua. Marineros ahogados… cuerpos que el mar reclamó… y que luego fueron desmenuzados y moldeados por algo que no debería tener manos, y mezclados con partículas de madera y óxido de barcos naufragados a lo largo de los siglos.

—¿El mar los transforma en esos cangrejos?

—No. El mar los guarda con el mismo amor que la tierra. Pero lo que los retuerce… eso viene de otra parte. Algo que no pertenece al mar ni a la tierra. Al menos, no al mar y a la tierra de nuestro mundo.

Abrió el frasco y vertió unos gramos del polvo en su mano arrugada.

—Esto es el residuo de un conflicto entre mundos. Aquí hay almas atrapadas que han sido manipuladas y claman venganza, y eso hace de este polvo un ingrediente muy poderoso.

Me temblaron las manos.

—¿Un ingrediente para qué?

Madrivana devolvió el polvo al recipiente, raspando la palma de su mano con un dedo de la otra hasta asegurarse de haber desprendido de su piel el último gramo.

—Por el momento, para nada. Por sí solo no nos servirá. Quizá si obtengo otros ingredientes igualmente poderosos pueda preparar algo.

Lanzó una mirada a los frascos que se alineaban en sus estantes. Muchos de ellos contenían hierbas secas, algunos polvos de colores, unos pocos guijarros. En los más grandes parecían flotar, en formol, pequeños embriones de animales deformados.

—Puede que no tenga nada lo suficientemente poderoso aquí como para combinarlo con esto. Dudo incluso que tenga los conocimientos necesarios. Esto requiere alguien con un poder mucho mayor que el mío.

—Creo que conozco a la persona adecuada —dije pensando en la mamáloi—. Se lo llevaré a ver qué puede hacer con ello.

Dudó unos segundos, quizá reticente a separarse de aquello ahora que era consciente del potencial que tenía. Finalmente asintió. Después de todo, ella misma había reconocido que era algo que estaba por encima de sus capacidades y conocimientos. Empujó lentamente el frasco hacia mí por encima de la mesa.


JUEVES, 26 DE FEBRERO DE 1926

Hoy me atacó otro de esos murciélagos gigantes. Están cada vez peor. Lo vi venir desde media manzana de distancia: volaba torpemente, como si una de sus alas no respondiera del todo. Se lanzó sobre mí, pero claramente no tenía la fuerza de los primeros que me encontré. Sus chillidos eran apagados, y cada vez que batía las alas perdía pequeñas hilachas de membrana que se deshacían en el aire como humo.

Combate a 8+. Primer intento: Lupa (doble), 6, 4, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos de habilidad): Revólver, Linterna, 6, 4, 2. Obtenemos Combate 12 y pasamos la prueba.

No tardé en acabar con él. No me hizo falta ni disparar. Agarré un largo tablón caído de una vieja verja de un descampado y le aticé con él cuando se me echó encima. Bastó con un golpe seco en la cabeza para enviarlo contra el suelo. Fue mucho más fácil que con la rata del lunes. Los animales reanimados tienen una fuerza propia, pero estas otras criaturas invocadas no son más que marionetas, y la fuerza que las sostiene depende de quienes las invocan. Con la policía dedicándose a desarticular todos los cultos que encuentran, parece que apenas les queda energía para mantenerse en nuestro mundo.

Lo dejé allí, convertido en un montón de huesos blandos y piel rasgada que burbujeaba mientras se deshacía. Otra mancha indeterminada más en las calles. Espero que llueva pronto y se la lleve.


VIERNES, 27 DE FEBRERO DE 1926

Me reuní con el padre Arden en la sacristía. Llevaba días pidiendo verme. Cuando entré, lo encontré rodeado de papeles. Algunos eran informes policiales de los que ni yo había conseguido que O’Maley me pasara una copia.

—Miller —gruñó con cansancio—. Esto se está complicando.

Me pasó un fajo de declaraciones de los sectarios detenidos. No eran confesiones espirituales, precisamente, sino transcripciones de los interrogatorios policiales. Un mar de miedo, rabia y delirio entre los que asomaban pequeñas y dispersas islas de cordura. Los revisé, tratando de sacar algo en claro de todo ello.

Investigación a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo la tirada completa): Linterna (doble), 5, 4, 3. Tercer intento (repitiendo símbolos de habilidad y el 3): Lupa (doble), 5, 5, 4. Obtenemos Investigación 14 y pasamos la prueba.

Durante los interrogatorios, algunos sectarios hablaron de la llegada inminente de un sacerdote mayor, enviado desde Europa, aunque sin dar ningún nombre. Quizá ni ellos lo sabían. Varios detenidos, incluso los más incoherentes, mencionaban con insistencia el Museo Arqueológico y una fecha: la del próximo domingo. Lo demás eran desvaríos o mentiras improvisadas que se contradecían unas a otras. Me llamó la atención que ninguno de los detenidos, que ya sumaban casi un centenar, hubiese negado su implicación en los hechos. Proclamar su inocencia suele ser lo primero que hace todo el mundo cuando lo detienen, incluso si le pillan con las manos en la masa. Pero ni uno solo de estos individuos renegó del culto o dijo haber sido detenido por error.

Arden cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas.

—Miller, esto te supera. Y supera a la policía, y a mí. No podemos seguir luchando por separado. Hay que coordinar a la gente, a todos en los que puedas confiar, pero solo si son capaces de aportar algo y están dispuestos a jugarse no ya la vida, sino su alma inmortal.

—Conozco algunas personas que podrían ayudarnos —dije con cuidado mientras pensaba en la mujer vudú y en la adivina—, pero puede que sus ideas sobre la inmortalidad del alma no coincidan del todo con las suyas, padre…

Arden asintió, comprendiendo lo que sugería.

—No me importa a qué dioses o fuerzas recen esas personas, mientras sean credos de este mundo. Necesitamos reunirlos a todos y empezar a actuar como conjunto. Podemos hacerlo aquí, en la iglesia. Si, por salvar nuestro mundo, ellos no tienen reparo en entrar en el templo de Dios, tampoco yo tengo reparos en acogerles aquí, ya sean calvinistas, ateos o lleven un hueso atravesado en la nariz.


SÁBADO, 28 DE FEBRERO DE 1926

Hoy presencié una escena que, si me la hubieran contado hace un mes, habría pensado que era un chiste malo. Una serpiente bicéfala (sí, otra) apareció en la calle Curwen. Pero esta no era como las anteriores. Era pequeña, flaca, casi transparente, como si la hubieran fabricado deprisa y corriendo con las sobras que quedaban en el fondo del caldero del ritual anterior, o como sea que funcionen estas cosas.

No llegó a atacarme, porque cuando doblé la esquina ya estaba rodeada. Cinco críos de no más de doce años la tenían acorralada contra un muro. Eran un grupo de chavales del barrio que los fines de semana se juntaban en un descampado cercano para jugar al béisbol. Uno tenía un viejo bate. Los otros se habían armado con ramas, maderos o trozos de tubería que habían recogido de entre los escombros. La serpiente siseaba, pero cada vez que intentaba levantar una de sus dos cabezas, uno de los chavales le soltaba un golpe que la dejaba temblando.

Combate a 5+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 2, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la prueba.

Me quedé a unos metros, observando. No había motivos para intervenir. La criatura estaba tan debilitada que apenas se movía. Y los niños… bueno, los niños de Arkham no son como los de otras ciudades. Aquí crecen viendo cosas que nadie debería ver ni de adulto. Supongo que eso los vuelve más duros, o insensibles, o ambas cosas. Uno de ellos se fijó en mí y levantó la mano en señal de saludo, como si estuviera cazando ratas en el callejón de su casa.

—¡Señor Miller! —gritó—. ¡Mire lo que hemos encontrado!

—Sí, ya lo veo —respondí—. Tened cuidado, no vaya a ser que os muerda.

El chaval se rió.

—¿Esta bicha? Si apenas se mueve.

Tenía razón. La serpiente ya estaba destrozada, literalmente. Cada golpe la deshacía un poco más. Cuando finalmente se quedó inmóvil, los niños se dispersaron sin darle mayor importancia, como si hubieran terminado un juego cualquiera. Me acerqué al cadáver. No quedaba mucho: piel flácida, huesos blandos, un olor tenue a humedad. La toqué con la punta del zapato y empezó a licuarse.

Mientras me alejaba, no pude evitar pensar en los otros monstruos que aún rondaban la ciudad. Los seres del mar. Los animales reanimados de Calder. Lo que sea que viene de Europa… Estos pobres diablos no saben con qué clase de ciudad se están metiendo.


DOMINGO, 1 DE MARZO DE 1926

Mi visita al Museo Arqueológico no fue todo lo tranquila que uno esperaría de un edificio lleno de vitrinas y carteles de «no tocar». O’Maley me consiguió un permiso especial para investigar después del cierre. Me dijo que varios sectarios mencionaron el museo en sus delirios, y le insistí en el tema hasta convencerlo de que me dejara meter las narices un poco. No le mencioné que ya había tenido acceso a esos informes por otra fuente, no fuera a tomárselo mal. La comisaría había puesto algunos vigilantes alrededor del edificio. Yo iba a estar dentro.

El museo estaba en un silencio absoluto. Caminé entre sarcófagos, estelas y vitrinas llenas de objetos que habían sobrevivido miles de años enterrados en la arena sin que nadie los molestara. Hasta que oí un murmullo proveniente de la Sala Egipcia.

La sala estaba iluminada por una luz tenue que hacía brillar el oro de las máscaras funerarias. Una figura alta y embozada estaba inmóvil junto a la vitrina central, donde descansaba la momia de una princesa o sacerdotisa egipcia envuelta en vendas amarillentas. El tipo sostenía un gran libro de aspecto arcaico entre las manos y parecía estar rezando. ¿Cómo es posible que con esas pintas de fantoche hubiera podido pasar entre el cordón policial? Empuñé el revólver y le di el alto. Se volvió sorprendido. Debía estar muy concentrado en sus rezos, si se puede llamar así al mumble-bumble que salía de su boca. Introdujo una mano en su túnica y esta volvió a aparecer empuñando algo. No un arma, sino una especie de amuleto. Disparé igual. Después del daño que el tipo que me encontré dentro de mi oficina fue capaz de hacerme solo hablando, no iba a correr ningún riesgo con este.

Disparé una vez. Le quería vivo. La bala le alcanzó en un hombro y lo derribó, pero conforme caía me di cuenta de que algo no estaba bien. La túnica quedó en el suelo hecha una desordenada bola, sobre el libro. El amuleto, que al parecer estaba tallado en algún tipo de cuarzo o cristal, se hizo añicos. Faltaba lo más importante: el cuerpo. El sectario había desaparecido de algún modo. Si ilusionistas de feria son capaces de hacerlo sin tener ningún tipo de poder mágico real, solo a base de trucos, no debería extrañarme que uno de estos locos pudiera hacerlo también.

Entonces la momia giró la cabeza dentro de la vitrina. Muy despacio. Como si estuviera probando músculos que no había usado en tres mil años. Luego levantó un brazo. Las vendas se tensaron y se rasgaron. El cristal vibró. Y antes de que pudiera reaccionar, la vitrina explotó hacia afuera, lanzando fragmentos por toda la sala.

La momia se puso en pie con una flexibilidad que no debería ser posible para algo tan seco. Me embistió con una fuerza brutal y me lanzó contra una estela funeraria de piedra que se partió en dos como si fuera de yeso. Intenté disparar, pero la criatura se movía demasiado rápido. Me agarró por la chaqueta y me lanzó contra una mesa llena de amuletos y papiros. Los objetos salieron volando. Uno de los papiros fue a caer sobre una lámpara de mesa que, al derribarla, había perdido la tulipa. El calor de la bombilla, que debía llevar varias horas encendida, hizo humear el pergamino al contacto con este y una pequeña llama empezó a consumirlo y a extenderse poco después. No la apagué porque en ese momento yo estaba al tanto de otros asuntos, como defenderme de una momia a base de ganchos de boxeo, pero por el rabillo del ojo fui consciente de cómo el fuego empezaba a extenderse por la mesa.

Combate a 18+. Reducido a 13+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Linterna, 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Revólver, Linterna, 5, 5, 4. Obtenemos Combate 14 y pasamos la prueba.

En un acto desesperado, agarré un fragmento de la estela de granito rota, grande como una lápida, y se lo estrellé en el pecho. La momia retrocedió tambaleándose y aproveché para empujarla contra la mesa en llamas. Las vendas ardieron al instante.

La momia se retorció, golpeando paredes, vitrinas y columnas mientras daba zancadas de un lado a otro agitando los brazos. A cada paso destruía algo distinto: cerámica milenaria, máscaras funerarias, un busto de Ramsés nosecuántos que probablemente valía más que mi oficina y mi coche juntos… Finalmente cayó al suelo, envuelta en llamas e inmóvil.

Me quedé allí, jadeando, rodeado de antigüedades destrozadas y papiros quemados. Algo me impulsó a recoger el libro del sectario y a ocultarlo bajo mi gabardina. Fue entonces cuando llegaron O’Maley y sus hombres, alertados por el disparo que hice contra el tipejo desaparecido.

—Miller… —dijo, mirando alrededor—. ¿Qué demonios…? ¡Has destruido media colección egipcia!

—¡La otra media me atacó primero! —me defendí.

Mientras los polizontes corrían a buscar cubos de agua y el guardia del museo gritaba cosas en un idioma que no reconocí, me quedé mirando los restos carbonizados de la princesa momificada.

—Bienvenida a Arkham, muñeca.


Bien, agentes, febrero ha sido un mes bastante duro, pero creo que no se nos ha dado nada mal. Vamos ha hacer el recuento. Superamos los retos cruciales de los días 1, 8, 15 y 22. A cinco puntos de éxito por cada uno eso son veinte, que sumados a los de enero totalizan treinta y cinco. A estos tenemos que restar cinco por haber acumulado demasiados puntos de locura, así que bajan a treinta sobre los cuarenta como máximo que era posible obtener hasta ahora. Al final del día 28 reiniciamos la locura a cero y el 1 de marzo, que todavía entraba en esta semana, no acumulamos ninguno.

En cuanto a la nueva regla que se añade al juego al comenzar marzo, la explicaremos en la próxima entrega porque en esta no tuvimos necesidad de emplearla. Pero os puedo adelantar que ya se ha hecho una referencia a ella en nuestro texto de ambientación😁 

Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí

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