MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 8 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 2 al 8 de marzo de 1926

    Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Grandes descuentos en la carnicería de O’Rourke! ¡Pase y llévese a mitad de precio todos los productos que encuentre tirados y pisoteados en el suelo!

Comenzamos la primera semana completa de marzo con la historia y el cambio de reglas correspondientes al mes. La historia nos dice que John Miller descubrió una biblioteca secreta y, entre ella, un libro que trata sobre las criaturas lovecrafnianas. En este libro se habla, entre otras cosas, de una secta llamada Los Hijos de Nyarlathotep, que están tratando que este se manifieste físicamente en nuestro mundo.

Esto nos viene bastante bien porque ya habíamos nombrado a Nyarlathotep en entradas anteriores sin saber que la trama del juego era esa, así que no será necesario reescribir nada y nos concreta un poco más la historia general, que falta nos hacía.

En cuanto a la regla nueva, se nos dice que ahora Miller dispone de un grimorio que le permite, en dos ocasiones al mes, convertir un símbolo de locura (que equivale también al número 6 en el dado de cifras) en un 5, la cifra más alta inmediata. Perdemos un punto de habilidad para la acción que estamos tratando de llevar a cabo, pero nos quitamos de encima ese punto de locura que implica el 6. Es una ventaja bastante importante, así que la he integrado en la historia de forma más o menos creíble.

Digo más o menos porque, en el juego de rol de La llamada de Cthulhu, que es lo que casi todo el mundo toma como base para hacer sus propios juegos de temática lovecrafniana, se tardan muchos meses no solo en leer y descifrar uno de estos grimorios, sino semanas en aprender a utilizar cada uno de los hechizos. Así que, como nuestro personaje no dispone de tanto tiempo he acelerado un poco el proceso. Aunque este poder esté disponible desde el primer día de marzo, no vamos a utilizarlo hasta el mes que viene, considerando que esto es el tiempo que tarda Miller en aprender a utilizar el hechizo que encuentra en el grimorio.


LUNES, 2 DE MARZO DE 1926 

Hoy solo quería comprar un par de filetes, lo juro. ¿Es mucho pedir salir a la calle a comprar filetes sin tener que lidiar con tentáculos, sombras vivientes o murciélagos que se abalancen sobre ti como un bombardero? Solo filetes. De carne normal, de la que no se mueve. Pero Arkham ya no sabe lo que significa “normal”.

Iba camino de mi carnicería habitual, la de O’Rourke, pensando en lo bien que me vendría un estofado caliente, cuando escuché un tumulto a media calle. Gritos, pasos apresurados, gente huyendo… Un hombre casi me arrolla mientras corría en dirección contraria. No me gusta cuando la gente huye en masa. Normalmente significa que yo debería estar haciendo lo mismo.

Al doblar la esquina vi la carnicería de O’Rourke, o lo que quedaba de ella. El escaparate estaba hecho añicos y la puerta arrancada. Dentro, las baldosas estaban cubiertas de manchas de sangre sobre las que algo que parecían pequeñas pezuñas habían estado patinando.

Y entonces O’Rourke salió de la tienda como alma que lleva el diablo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero. Yo ya tenía el revólver preparado, por si acaso, y estuve en un tris de dispararle cuando lo vi correr hacia mí con eso en la mano. No lo hice porque me di cuenta de que no corría hacia mí, sino que huía de algo. Me aparté en el último momento y creo que ni me vio; solo pasó por mi lado a toda prisa, con el rostro desencajado de terror, percibiéndome quizá como algún tipo de obstáculo indeterminado que simplemente esquivó para escapar.

Tras él salió de la tienda un jabalí. Un jabalí entero, enorme, con todo su pelaje, pero abierto en canal y eviscerado, moviéndose como si nada de eso importara. Y lo peor es que él sí que me vio. O me olió. O lo que sea que hagan los jabalíes reanimados para elegir a su próxima víctima. Bajó la cabeza y cargó contra mí, que ya corría por la calle, huyendo heroicamente de él como alma que lleva el diablo.

Me lancé detrás de un buzón y el animal lo embistió con tal fuerza que lo dejó abollado como una lata de sardinas. Aprovechando que estaba aturdido, me asomé desde detrás del buzón y le disparé a bocajarro, repartiendo las balas por todo el cuerpo, preguntándome dónde habría que darle a una cosa que sigue moviéndose pese a carecer de todos sus órganos.

Combate a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Revólver, Linterna, 5, 4, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Revólver, Linterna, 5, 4, 4. Pasamos la tirada con un 13 justo y ganamos el encuentro.

Al final tuve que vaciarle el tambor entero. Cuando por fin se quedó quieto, me marché. No me apetecía nada contestar preguntas, sino más bien hacerlas. Volví a la carnicería unas horas más tarde. El jabalí ya había sido retirado de la calle. El buzón también. O’Rourke estaba sentado en una banqueta, que parecía lo único que se había salvado del destrozo de su tienda. Temblaba todavía, agarrando un cuchillo de deshuesar como si fuera un crucifijo.

—Miller… —balbuceó al verme entrar—. Yo… yo no he hecho nada. Te lo juro. Ya se lo dije a la policía, se lo dije a todos.

—Lo sé, O’Rourke. Pero necesito que me cuentes qué demonios ha pasado aquí.

El hombre tragó saliva y señaló el mostrador.

—Era un encargo. Un jabalí entero, para vaciarlo y entregarlo limpio. A veces algún ricachón me trae piezas de caza para que las vacíe. Conservan a los animales como trofeos. Lo llaman taximomias o algo así.

—¿Taxidermia?

—Sí, eso es. Estaba en ello cuando vino un joven. Aspecto de estudiante. Pelo revuelto, gafas, bastante desaliñado, manos manchadas de tinta… ya sabe, uno de esos. Me preguntó por piezas enteras. Le indiqué los pollos que tengo colgados en el escaparate y los lechones del mostrador, pero se le abrieron los ojos como platos al ver al jabalí. Le dejé claro que eso era un encargo especial y no estaba a la venta… aparte de que no tenía aspecto de poder pagarlo. Le di la espalda un momento para atender a una señora —continuó—. Cuando me giré, el muchacho ya no estaba. Y el jabalí… el jabalí empezó a temblar. Como si algo dentro de él quisiera salir.

Se echó a llorar. No lo culpo. No todos los días un animal muerto decide levantarse y destrozarte el negocio.

—¿Viste qué hizo el joven? ¿Tocó la carne? ¿Le inyectó algo con una jeringa?

O’Rourke negó con la cabeza.

—No lo vi hacer nada de eso, solo lo dejé un momento junto a la pieza para atender a la señora. Y cuando me volví ya no estaba.

Al parecer, Calder había vuelto a actuar. Y esta vez no en un laboratorio clandestino, sino a plena luz del día, en un negocio respetable, delante de media ciudad. Y lo que es peor… me había dejado sin filetes. A partir de ahora, esto era algo personal.


MARTES, 3 DE MARZO DE 1926

Hoy un gato volvió a cruzarse en mi camino. Uno negro, delgado y sucio, con ojos enormes. Y lo seguí, claro. Esto ya casi es una costumbre, algo establecido entre ellos y yo. A veces me sorprende la naturalidad con la que he llegado a aceptar que no todos los implicados en esta lucha que están de mi parte son humanos. El problema es que no todos los gatos parecen ser igual de conscientes de que yo no soy tan rápido, ágil ni escurridizo como ellos. De andar por la calle pasó a hacerlo por una cornisa, luego por un ramal de cables que cruzaban de un edificio a otro, y seguirle empezó a ponerse verdaderamente difícil.

Búsqueda a 11+, incrementada a 12+ a no ser que tengamos un punto de locura/conocimiento de Mitos (que no es el caso, por lo que la dificultad sube a 12+). Primer intento: Lupa, Linterna, 3, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los números) Lupa, Linterna, 5, 3, 1. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 1) Lupa, Linterna, 5, 4, 1. Obtenemos Búsqueda 10 y no encontramos al gato.

Lo perdí, como al anterior. Si pretendía llevarme a algún lado o mostrarme algo, me quede sin saber de que se trataba. Parece que algunos de estos animales no entienden que, para un humano, seguirles por encima de vallas, sobre cornisas o a través de grietas en los muros es una carrera de obstáculos. 


MIÉRCOLES, 4 DE MARZO DE 1926 

Hoy me atacó otro murciélago gigante. A estas alturas debería estar acostumbrado, pero este no era como esas versiones debiluchas que han estado apareciendo últimamente. Este estaba henchido de fuerza, como los primeros que vi.  Me cayó encima desde un tejado, sin aviso, sin chillido previo, sin ese vuelo torpe y errático que tenían los otros. Este descendió como un proyectil, directo a mi cabeza, con la precisión de un ave de presa. 

Combate a 11+. Primer intento: Revólver, Linterna, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 2) Revólver, Linterna, 5, 3, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Revólver, Linterna, 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y le acertamos al murciélago.

Me tiré al suelo, rodé entre dos cubos de basura y disparé a ciegas. Una de las balas debió darle en algún sitio sensible, porque el murciélago chilló, un sonido agudo y vibrante que me hizo castañetear los dientes. Luego se alejó volando. Me quedé un rato sentado en el suelo, respirando como si hubiera corrido una maratón. La herida que me había provocado otro de esos bichos, ya casi cicatrizada, empezó a dolerme de nuevo tras muchos días sin darme ninguna molestia. 

Supongo que eso significa que el sacerdote mayor ya está aquí. Ese del que hablaban los sectarios detenidos. El que venía de Europa. Por eso las invocaciones de monstruos de los cultistas vuelven a ser fuertes. 


JUEVES, 5 DE MARZO DE 1926

Intenté leer el libro que, digamos, encontré en el Museo Arqueológico. Pensé que con un diccionario de latín al lado bastaría para traducir algunas frases. Mala idea. A los cinco minutos ya me dolía la cabeza, a los diez me ardían los ojos y a los quince estaba convencido de que el libro me estaba leyendo a mí, no al revés. No sé si era sugestión o cansancio, pero llegué a la conclusión de que aquello me superaba. Así que hice lo más sensato que he hecho en semanas: se lo llevé al padre Arden.

El viejo cura estaba en la sacristía, rodeado de papeles, como siempre. Cuando vio el libro, frunció el ceño, lo tocó con dos dedos y murmuró algo en latín que sonó a insulto elegante.

—Miller —dijo—, este libro no es para cualquiera.

—Por eso te lo traigo —respondí—. Yo sí soy “cualquiera”. Tú eres el que sabe de latín y de metafísica.

Arden suspiró, pero aceptó el libro. Lo abrió con la delicadeza y lo examinó por encima. 

—La mayor parte está en latín. El resto… bueno, preferiría no saber en qué está escrito. Esto va a llevar tiempo. Vuelve más tarde. 

Lo hice. El padre parecía haber envejecido cinco años de golpe. Había hecho una serie de anotaciones en unas cuartillas. Me enseñó a identificar palabras clave, raíces, a buscar verbos, a deducir significados aproximados. No tanto como para entender lo que decía, pero si lo bastante como para orientarme, para saber si estaba leyendo una receta de cocina o la descripción de un monstruo.

Entonces Arden hizo algo que no esperaba: subrayó varias líneas del libro.

—Esto… es un hechizo —dijo—. No necesitas creer que la magia existe. Ni tan solo entender lo que estas leyendo. Eso es lo más terrible de la magia. Basta con que pronuncies correctamente las palabras y seas al menos en parte consciente del efecto que pretendes lograr con ellas.

—¿Y eso funciona? —pregunté, incrédulo.

—Lamentablemente, sí —respondió con esa calma que solo tienen los hombres que han visto demasiadas cosas—. Leer un hechizo es como firmar un contrato. No importa que no sepas lo que dice. Si lo has firmado, te ata igual.

No me gustó nada esa comparación.

—¿Quieres decir que puedo… hacer cosas cómo… sacar conejos de una chistera? ¿Solo con decir las palabras mágicas, sin saber siquiera que significan?

—No es tan sencillo como eso, pero básicamente sí. Las… palabras mágicas (noté que era renuente a usar esa expresión) son tu firma en el contrato. Solicitas un efecto a cambio de un pago que te comprometes a dar. Puedes firmar el contrato sin saber lo que dice, y es igual de válido.

¿Cuál es el pago? 

Porciones de tu vitalidad, tu personalidad, tu cordura, tus recuerdos… el monto cambia según el efecto. Con esto puedes hacer mucho más daño que con tu revólver, no solo a los demás, sino a ti mismo. Por eso debes tener más cuidado que con él. Puede salvarte la vida o arruinártela. Intenta pronunciar esto. 

Me indicó el párrafo que había subrayado. Eran tres frases cortas. No sabía que decían, pero probé a pronunciarlas.

Investigación a 10+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo todos los dados excepto el 5) Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la prueba.

Las repetí una y otra vez. Arden me corrigió cada error. Las repetí de nuevo, hasta que el asintió, satisfecho. Me llevé una mano a la sien porque había empezado a dolerme.

Probablemente debas practicar durante meses antes de obtener resultados. Y cada vez que lo hagas te dolerá la cabeza, te sentirás cansado, y puede que empieces a ver cosas raras. Y esto es relativamente inocuo, comparado con lo que puedes encontrar en otros libros. Yo… ya conocía este hechizo, por otro libro que leí hace mucho, pero afortunadamente he podido resistir la tentación de usarlo a menudo. Ahora escucha como lo hago yo— me dijo con una sonrisa extraña.

Tras una pausa de unos diez segundos, en las que se dedicó a inspirar profundamente con los ojos cerrados, los abrió, se aclaró la garganta y dijo las palabras con fluidez. Sin pensar en lo que hacía y sin ningún motivo para hacerlo, saqué mi revólver, mi cartera y mi petaca, los puse sobre la mesa y los empujé hacia él. Pasaron varios segundo en los que solo nos miramos en silencio antes de que me diera cuenta de lo que acababa de hacer.

Arden cerro los ojos de nuevo. Parecía agotado. Yo tampoco me encontraba bien. Aquello, fuera lo que fuera, magia o como quiera llamársele, era destructor. Algo tan ajeno a la naturaleza que roía la mente y el alma. 

Esto dijo al fin, a modo de explicación es lo que se llama Sugerencia. Te permitirá obligar a otra persona a hacer algo. Básicamente, lo convierte en un títere durante unos segundos. Puedes hacer que te permita cruzar una puerta que no estas autorizado a cruzar, hacer que lance lejos un arma con la que te apunta… hacer que salte por una ventana de la habitación, aunque esté en un octavo piso. La magia es el Mal, Miller. Es, literalmente, la transgresión de las leyes físicas naturales. Tiene un efecto y también un coste. Cada vez que la usas, tu alma inmortal peligra. No abuses de ella.

Volví a casa con el libro bajo la gabardina. Mientras me cruzaba con la gente por la calle me di cuenta de pronto que estaba pensando en que orden podría darle a cada uno, que podría obligarles a hacer. Juro por Dios que cuando todo este asunto termine, quemaré este libro maldito. Por desgracia, por ahora lo necesito. Necesito cualquier cosa que me ayude a detener lo que sea que viene. 


VIERNES, 6 DE MARZO DE 1926 

Estuve todo el día practicando esa cosa que el padre Arden llamó hechizo. Leí las palabras una y otra vez, para grabarlas en mi mente. No pensaba en nadie al hacerlo, ni tenía ninguna intención de obligar a nadie a obedecer, y quizá por eso no sentí ningún efecto negativo. Sin embargo, sí que noté que las palabras brotaban con más fluidez si las pronunciaba mientras estaba tocando el libro, aunque no las estuviera leyendo de él. Parte del poder está en el libro, de eso no tengo duda. 

El caso es que la doctora Marsh me llamó al anochecer. Su voz sonaba tensa, pero no asustada; más bien decidida, como quien está a punto de hacer algo que sabe que no debería.

—Miller —dijo—, necesito que vengas conmigo a las ruinas. Las mismas de la otra vez. Voy a continuar la investigación. Por mi cuenta.

Eso ya me puso en alerta.

—¿La Universidad lo aprueba?

—No —respondió sin dudar—. Y por eso necesito tu ayuda. Ahora el lugar está cerrado con una verja y un candado. No puedo entrar sola. Tu eres detective. Sabrás forzar cerraduras y esas cosas.

Suspiré. No era la primera vez que me pedían algo así, pero sí la primera vez que lo hacía una profesora universitaria con reputación de seria. Aun así, fui. Algo en su voz me decía que no podía dejarla sola con lo que fuera que había allí.

Llegamos a las ruinas pasadas las diez. La noche estaba cerrada y el viento soplaba entre los árboles como si intentara advertirnos de algo. Un escalofrío me recorrió la espalda al contemplar las ruinas a través de la verja. 

Búsqueda a 5+, incrementada a 7+ a no ser que tengamos dos punto de locura/conocimientos de Mitos (que no es el caso, por lo que la dificultad sube a 7+). Primer intento: Lupa, Linterna, 3, 3, 2. Obtenemos Búsqueda 8 y pasamos la tirada.

No me costó mucho abrirlo con una palanca y un poco de fuerza.

Pensaba que usarías una ganzúa me dijo con un cierto tono de reproche.

Podría hacerlo, pero entonces pensarían que esto lo hizo un profesional. Forzándolo con una palanca parecerá más cosa de gamberros.

—Entiendo —murmuró ella, entrando primero.

Avanzamos entre los muros derruidos, columnas partidas y losas cubiertas de musgo. La doctora caminaba con una determinación febril.

—Aquí —dijo finalmente, señalando un mural que para mí era como cualquier otro. Estaba cubierto de símbolos que parecían moverse cuando la luz de la linterna pasaba sobre ellos. 

—Esto es lo que estaba examinando cuando tuve aquel… episodio —susurró.

Se inclinó para examinar una inscripción en la parte inferior. Yo me quedé un paso atrás, vigilando la oscuridad. Y entonces ocurrió. El lápiz que Evelyn llevaba en la mano cayó al suelo. Su mirada se vació de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz detrás de sus ojos. Su respiración se volvió irregular. Y antes de que pudiera reaccionar, su cuerpo se irguió, rígido, y se elevó del suelo. Apenas medio metro, pero lo suficiente para que yo viera claramente que no estaba en contacto con nada. Cuando habló, no lo hizo con su voz:

—Viene del agua… viene buscando vientres humanos… la sangre se mezclará… la estirpe crecerá…

Luego cayó al suelo de golpe. Me arrodillé a su lado. Tardó un minuto en volver en sí. Cuando lo hizo, estaba pálida como un cadáver.

—He visto algo —susurró—. Una criatura. En el muelle viejo. Había niebla… mucha niebla… y un canto que no era humano. Vendrá pronto… la próxima noche… o la siguiente. Viene a buscar mujeres. Para… mezclarse con ellas. Una descendencia híbrida…

No necesitaba más explicaciones. Ya había leído alguna referencia en el libro del museo para saber de qué hablaba. Un profundo. Una raza de criaturas humanoides anfibias que salen del mar para perpetuar su estirpe embarazando mujeres. Y ahora uno venía a Arkham.

—Tenemos que irnos —dije, ayudándola a ponerse en pie. Abandonamos el lugar. Antes de hacerlo dejé tiradas por ahí un par de pequeñas botellas de Old Overholt casi vacías que había traído en los bolsillos, para reforzar la idea de que lo del candado había sido una chiquillada propia de gamberros, y no algo relacionado con las ruinas en sí. 


SÁBADO, 7 DE MARZO DE 1926 

Pasé la noche en el muelle viejo, aspirando el aire frío con olor a sal y pescado muerto, por si aparecía aquello que Evelyn vio durante su trance. 

El muelle, y más de noche, tiene una forma particular de metérsete bajo la piel. Los amarres de los barcos se tensan y relajan como músculos, y el agua golpea los pilotes con un ritmo que parece un corazón. Caminé arriba y abajo durante horas, con la linterna en una mano y el revólver agarrado en la otra, metido en el bolsillo, esperando ver emerger del agua a la criatura que la doctora había descrito. No apareció. Pero algo sí lo hizo.

Oí un ruido suave, como un roce. Pensé que sería un gato. O una rata normal. Pero cuando enfoqué la linterna, vi que no era ninguna de las dos cosas. Era otra rata reanimada. Tenía mal aspecto. La piel estaba muy tirante, desecada más que podrida. Daba la impresión de haber sido inyectada hace ya bastante tiempo. El muelle está lleno de sitios oscuros donde nadie mira, de cajas abandonadas, de animales que van y vienen. Un laboratorio improvisado podría estar en cualquier parte.

Combate a 6+. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 3, 1. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 1) Lupa, Revólver, 6, 4, 3. Tercer intento (repitiendo el 6) Lupa, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Combate 11 y pasamos la tirada.

No era grande, pero se movía rápido. Le di un puntapié que la mandó contra un poste. Cayó al suelo, pero siguió moviéndose, arrastrándose hacia mí con las patas delanteras mientras las traseras colgaban inútiles. Llegué hasta ella de un par de zancadas y la aplasté una y otra vez hasta convertirla en una mancha sobre los adoquines. No disparé porque todavía contemplaba la posibilidad de que apareciera el profundo, y no quería alertarle con el sonido del disparo. Lo que había leído de ellos me hacia suponer que eran lo bastante inteligentes para distinguir el estampido de un disparo del de un trueno.

Y allí me quedé, esperando, con la niebla envolviéndome como una sábana gélida y el sonido del mar recordándome que, en algún lugar bajo esas aguas negras, algo estaba acechando. 


DOMINGO, 8 DE MARZO DE 1926 

En cuanto el puerto empezó a llenarse de actividad, volví a la oficina. Por suerte la actividad en el puerto suele empezar unas cuatro horas antes del amanecer. Y sin duda una docena de marineros con resaca, palancas y navajas de trabajo meterían al profundo en muchos más problemas que yo, si es que aparecía. 

Dormí todo el día. Me desperté justo a tiempo de comer y volver a acostarme. La verdad es que me hacía falta. A medianoche estaba otra vez en el muelle, paseando de arriba abajo como una buscona. La niebla era tan espesa que casi costaba abrirse paso entre ella. Cada farola iluminaba apenas un círculo de un metro alrededor. El muelle estaba desierto, salvo por un par de borrachos que no sabían ni dónde estaban y una pareja joven que caminaba cogida del brazo, ajenos a todo. Me acerqué a ellos.

—Buenas noches —dije, con mi mejor tono de “soy policía, aunque no lo parezca”—. Hay rumores de un asesino suelto por la zona. Mejor será que se marchen a casa.

La chica palideció. El muchacho intentó hacerse el valiente delante de ella, pero los dos se alejaron de allí más corriendo que andando. Bien por ellos.

Un par de horas después escuché un chap-chap húmedo, irregular, como si alguien caminara con los pies envueltos en algas. Luego me llegó el olor a salmuera y a pescado podrido. El sonido se acercaba. Chap… chap… chap… Apunté la linterna hacia la niebla. La luz no llegó muy lejos, pero lo suficiente para ver una silueta. Era humanoide, pero demasiado alto, demasiado desgarbado, demasiado… anfibio. Se dejó ver. La piel era de un tono verdoso-azulado, brillante como la de un pez recién sacado del agua. Tenía una cresta dorsal que se erizaba con cada paso. Y sus piernas… bueno, llamarlas piernas era ser generoso. Caminaba mezclando zancadas torpes con saltos de rana, como si no hubiera decidido aún qué tipo de criatura quería ser. Si esa cosa había venido al puerto a ligar cual grumete de permiso, lo llevaba aún más crudo que yo.

El profundo abrió la boca. Tenía dientes curvados hacia dentro como anzuelos y un aliento que podría haber matado a un caballo.

Combate a 20+. Reducido a 15+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Linterna (doble) 5, 4, 4. Segundo intento (repitiendo los símbolos y un 4): Linterna, Lupa, 5, 5, 4. Tercer intento (repitiendo símbolos y el 4), Linterna, Revólver, 5, 5, 1. Obtenemos Combate 11 y no logramos acabar con el monstruo.

Le disparé. Las balas no le hicieron ni retroceder. Una le alcanzó en el cuello, del que manó un chorro de sangre oscura, pero no cayó. La criatura rugió, alzó un brazo de la longitud de un poste de telégrafo y me dio un golpe que me envió contra un montón de redes viejas. Me levanté como pude, con las costillas protestando. No debí tardar más de cinco o seis segundos en hacerlo, que para la coz que había recibido, era tiempo récord. Sin embargo, la criatura ya no estaba allí. Corrí por el muelle, buscándola, con las costillas pinchándome a cada zancada. La niebla empezó a disiparse poco después, tal cual como si hubiese acudido allí esa noche solo para cubrir la huida del monstruo.

He cometido un error. Aquello no podía ser de ningún modo un profundo. Coincidía en algunos rasgos, y sin duda tenía un origen común con ellos, pero lo que salió del muelle no era la criatura lenta y atrofiada que se describía en el libro. Supongo que ahora está en la ciudad. Al igual que la cosa tentacular de las alcantarillas. Al igual que los habitantes de la oscuridad. Al igual que esas malditas alimañas. A este paso, pronto habrá más monstruos que personas en Arkham.


Bueno, esta ha sido una semana agitada, con combates en más de la mitad de los días. Dejemos que Miller descanse por el momento, que falta le hace. Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí

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