MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 19 de abril de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 13 al 19 de abril de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡El número de monstruos espantosos aumenta! ¡Y no solo entre nuestros lectores, también en la ciudad de Arkhan! ¡Lean aquí todos los detalles! 


Lunes, 13 de abril de 1926  

Hoy Arkham ha vuelto a recordarme que Calder sigue jugando a ser Dios, devolviendo a los muertos a la vida.

Había salido temprano a comprar el periódico. El aire estaba cargado de humedad. Caminaba por la avenida de los Olmos cuando empecé a ver cómo la gente apresuraba el paso. Ya sabía lo que significaba eso. Los monstruos se están volviendo tan comunes en la ciudad que la gente ni siquiera grita ni entra en pánico cuando ve a uno: simplemente se alejan lo más posible para que sea otro quien lidie con el problema. Y ese otro soy yo.

Era un perro. Un san bernardo enorme, con aspecto de haber sido el mejor amigo de algún niño y el fiel guardián de alguna casa. Ahora tenía los ojos en blanco y babeaba una mezcla de sangre y bilis mientras emitía un jadeo áspero y un gruñido que nacía del fondo de la garganta.

—Perfecto —murmuré, sacando el revólver—. Salgo a por el periódico y me convierto en el titular: «Detective idiota devorado por perro muerto».

El animal avanzó hacia mí, pero su velocidad dejaba mucho que desear. No estaba en muy mal estado, pero parecía aún más confuso que los otros animales muertos a los que me he enfrentado. Quizá el cadáver era muy reciente y aún guardaba recuerdos de su vida doméstica. Quizá la lealtad y obediencia hacia su familia estaban luchando dentro de su cerebro muerto contra el mero instinto de matar y devorar. Pero, aun así, paso tras paso se me acercaba con la inequívoca intención de atacar.

Di un rápido vistazo alrededor para asegurarme de no tener a ningún ciudadano cerca al que pudiera alcanzar, y disparé.

Combate a 9+. Primer intento: Revólver, Lupa, 2, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los doses). Revolver, Lupa, 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada.  

Disparé hasta vaciar el tambor. Lo tenía relativamente cerca, pero solo le di cuatro veces. Debo estar perdiendo facultades. Al abrir el revólver para recargarlo los casquillos cayeron al suelo con un tintineo metálico. La mirada del perro se desvió inmediatamente hacia ellos: el sonido le había llamado la atención.

Retrocedí lentamente mientras recargaba, dejando que el perro se acercara a los casquillos. Los olisqueó: quizá el olor de la pólvora quemada, quizá el calor del cartucho recién usado, quizá el simple sonido del metal contra el asfalto, similar al de un cascabel... Algo debía haberle recordado a esa época no tan lejana en la que sus amos le lanzaban un objeto, puede que una pelota, para que jugara con ella o fuera a buscarla.

El perro, con cuatro balas en el cuerpo, se inclinó más hacia los cartuchos. Los olió de tan cerca que empujó algunos con el hocico. Terminé de recargar el arma sin problemas y volví a disparar hasta que el animal cayó inerte al suelo.

Cuando me acerqué a examinarlo, vi que tenía lágrimas en los ojos. Aunque puede que no fuera más que parte del proceso de putrefacción ralentizada por el que estaba pasando, me dio la impresión de que ese suero acuoso no estaba allí cuando lo vi aparecer en la calle.

Bonita forma de empezar la semana.


Martes, 14 de abril de 1926  

Ayer tocó perro, hoy tocaba gato. Este era más viejo que los que me he encontrado últimamente. Estaba sentado sobre el capó de mi coche, mirándome con unos ojos amarillos que parecían un par de monedas viejas. Me maulló una vez, seco, y saltó al suelo.

—No estoy para juegos —le dije.

El gato se detuvo, me miró… y siguió caminando. Estaba claro que quería que le siguiera, y que mi opinión al respecto le importaba entre muy poco y nada. Me llevó por calles conocidas, luego por un callejón que juraría que no existía ayer. Últimamente Arkham tiene esa manía de cambiar cuando no miras. ¿Siempre ha sido así o es un fenómeno reciente? La verdad es que ahora mismo no sabría decirlo.

El gato avanzaba sin dudar, como si siguiera un rastro que solo él podía percibir. Finalmente se detuvo ante una pared desconchada. Allí había un símbolo. Un óvalo atravesado por una línea horizontal que parecía querer representar un ojo cerrado. Me acerqué para examinarlo. El gato se adelantó, levantó la cola… y orinó contra la pared.

—Muy bien —murmuré—. Gracias por la aportación.

El gato me ignoró. Se alejó unos pasos, se giró, maulló en plan «tu lección de hoy todavía no ha terminado, humano estúpido» y siguió caminando. Me guió hasta un segundo símbolo, un tercero y un cuarto. Todos iguales, todos recientes. Y en cada uno, el gato repetía el ritual: olfatear, tensarse y orinar contra el muro.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Lupa (doble), 5, 3, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos). Revolver (doble), 5, 3, 1. Tercer intento (repitiendo símbolos otra vez) Linterna, Lupa, 5, 3, 1. Obtenemos Búsqueda 9 y pasamos la tirada.   

Al principio me hizo gracia. Luego me irritó. Pero en el cuarto símbolo, cuando el gato orinó con una insistencia casi frenética, entendí lo que quería decirme.

—Son marcas de territorio. Marcas de propiedad, ¿no es eso?

El gato parpadeó lentamente. Los símbolos delimitaban zonas, como si alguien estuviera reclamando un territorio como suyo. Me pregunté si debía llamar a O’Maley. Que moviera hilos en el Ayuntamiento para que los servicios de limpieza prioricen borrar estos símbolos antes de que toda la ciudad quede marcada como propiedad de aquello a lo que los cultistas están tratando de invocar.


Miércoles, 15 de abril de 1926  

La comisaría estaba más tensa que de costumbre. Demasiados agentes hablando en voz baja. Demasiados informes de casos imposibles escritos en papel oficial.

O’Maley me recibió con ojeras profundas. Antes de que pudiera ni tan solo hablarle de los símbolos y de la necesidad de borrarlos, me dijo:

—Tenemos un problema.

—¿Solo uno?

—Es Merrick.

Sentí un nudo en el estómago. El chaval llevaba ya unas cuantas semanas al borde, pero una parte de mí había querido creer que aún podía salvarse.

—¿Qué ha pasado?

O’Maley no respondió. Solo me entregó un sobre con fotografías. El cuerpo de Merrick estaba en un callejón detrás del Orpheum. No estaba mutilado, sino torcido. Como si alguien lo hubiera agarrado por los extremos y lo hubiera retorcido hasta que los huesos cedieron. 

Investigación a 8+. Primer intento: Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Investigación 11 y pasamos la tirada. 

Me fijé en que le habían pintado en la frente uno de esos símbolos, el óvalo cruzado por una línea horizontal que recuerda a un ojo cerrado.

—¿Qué significa eso? —preguntó O’Maley, con la voz más baja de lo habitual.

—Que no fue un ataque al azar —respondí—. Lo marcaron. Lo eligieron.

—¿Quién?

—Las sectas. Esos cultistas que estáis deteniendo. Están dibujando estos símbolos por toda la ciudad, reclamándola como suya. Y seguramente el verlos por todas partes les envalentona. Deberías hablar con el alcalde y ver si se puede hacer que los servicios de limpieza den prioridad a borrarlos.

O’Maley apretó los puños.

—Merrick salió recomendado de la academia. Tenía 23 años y un buen futuro por delante. Hace unos días su novia vino a comisaría a traerle algo, un documento relacionado con su boda. Una joven encantadora. Se iban a casar a finales de año. Ahora soy yo quien tiene que decirle a sus padres y a su novia que alguien lo ha convertido en un acordeón, ¿y tú me vienes con que hay que borrar dibujos de las paredes? Lo que voy a borrar del mapa va a ser a todos esos tarados. Se acabó el tratarlos con guantes de seda. A partir de ahora mis chicos van a tirar a matar en las redadas a la menor muestra de resistencia.

Cuando salí de la comisaría, el gato negro de ayer estaba sentado sobre el capó de un coche patrulla. Me miró. Parpadeó lentamente, que supongo es su forma de darme palmaditas en la espalda y decirme «buen chico».


Jueves, 16 de abril de 1926  

Hoy O’Maley me envió al puerto. Según sus propias palabras, si él está haciendo mi trabajo, es justo que yo haga el suyo. El caso es que habían encontrado un cadáver flotando en el agua: un marinero. Nadie del puerto lo reconocía. No pertenecía a ningún barco atracado allí. Y el puerto de Arkham es fluvial. No hay forma de que un cuerpo llegue desde el mar hasta aquí porque tendría que hacerlo viajando en contra de la corriente del río.

Turner, el vigilante nocturno, me esperaba junto a los almacenes. Turner había sido marinero toda su vida, y debido a acontecimientos recientes en los que debo confesar que tuve algo que ver, como el incendio de un almacén y la explosión de otro, el Ayuntamiento le había ofrecido este puesto. Nadie mejor que él conocía los horarios, las corrientes, los barcos y a la gente que vivía de ellos. Llevaba una gorra de lana descolorida y una chaqueta que olía a tabaco barato. Caminaba con un ligero balanceo, como si su cuerpo aún no hubiera aceptado del todo que ya no estaba sobre una cubierta. A pesar de su aspecto áspero, era un tipo agradable.

—Lo sacamos del agua hace un par de horas —me dijo—. Lo dejamos en el almacén de hielo, para que no se estropeara.

—¿Y nadie lo ha tocado desde entonces?

—Nadie. Pero… —vaciló, sin terminar la frase.

Me guio hasta el almacén. El olor a pescado y salmuera era tan fuerte que casi tapaba el hedor del cadáver. Turner señaló desconcertado a una pila de barras de hielo que goteaban derritiéndose lentamente. El cuerpo no estaba.

Antes de que pudiera decir nada, escuchamos un ruido húmedo a nuestras espaldas. Desde las sombras al otro lado del almacén llegó un sonido de arrastre. El edificio estaba pensado expresamente para almacenar las barras de hielo. No tenía ventanas, para concentrar lo más posible el frío. La única luz venía de una pequeña bombilla amarillenta en el techo.

El marinero ahogado salió de la penumbra, caminando hacia nosotros. La piel hinchada por el agua, los ojos blanquecinos, la boca entreabierta dejando escapar un burbujeo espeso.

—Dios mío… —susurró Turner.

El marinero muerto avanzó más rápido. Saqué el revólver y disparé.

Combate a 11+. Incrementado a 15 si tenemos menos de cuatro puntos de locura, así que nos afecta. Primer intento: Lupa, Revólver 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo el 4 y el 2). Lupa, Revólver 6, 5, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Lupa, Revólver 6, 5, 4. Obtenemos Combate 15 y pasamos la tirada a costa de acumular un punto de locura. 

La primera bala lo alcanzó en el pecho y le hizo tambalearse, pero siguió avanzando, dejando un rastro de agua en el suelo. Le disparé otra vez y le di en el cráneo. Un chorro de líquido turbio y oleoso que no era sangre pero tampoco agua de mar brotó de su cabeza. Como si esto hubiese aliviado algún tipo de presión dentro del cráneo y le hubiese hecho recordar que estaba muerto, cayó de rodillas, luego de lado, y quedó inmóvil.

Me acerqué despacio. El viejo Turner se quedó atrás, temblando y santiguándose. Ni una vida entera luchando contra las tormentas te prepara para algo así.

En la frente del marinero, grabado con un cuchillo, había un símbolo. El mismo que estaba apareciendo por las paredes de la ciudad y el mismo que habían pintado en la frente del pobre Merrick. Pero esto no era pintura, era carne abierta a punta de navaja y arrugada por una larga estancia en el agua.

—Este no es uno de los cadáveres vivientes de Calder —dije para mí mismo en voz baja. A mi espalda, Turner debió oírme porque preguntó, como si supiera de lo que estaba hablando:

—¿Entonces qué demonios es?

No supe qué responderle.


Viernes, 17 de abril de 1926  

A estas alturas ya doy por supuesto que cada día va a suponer un encuentro con algo extraño. El de hoy fue un hombre. O algo escondido en un hombre. Estaba de pie en medio de la calle, mirando al cielo. Pero su sombra no coincidía. El mismo sol que lo iluminaba a él me iluminaba a mí, pero su sombra era más larga que la mía, más delgada. Y se movía con un retraso de medio segundo respecto a él. Parecía que algo intentaba pasar desapercibido haciéndose pasar por su sombra, copiando sus movimientos para no levantar sospechas.

—Oiga —le dije—. ¿Se encuentra bien?

El hombre no respondió. Pero su sombra sí. Giró la cabeza hacia mí. Di un paso atrás. La sombra dio un paso adelante. El hombre bajó la mirada. Sus ojos estaban vacíos.

—No… me deja… —murmuró con una voz cargada de angustia y dolor.

La sombra unida a sus pies se estiró. Al parecer, los Habitantes de la Oscuridad han encontrado una forma de moverse o manifestarse a plena luz del día, pero con limitaciones. Este parecía atado a la persona cuya sombra imitaba, manejándolo como a un títere, pero sin poder separarse de su cuerpo. Una mano oscura empezó a levantarse desde el suelo. Esta vez fue el hombre el que imitó inconscientemente el movimiento de la sombra, como si en realidad él no fuera más que la sombra o el reflejo del Habitante de la Oscuridad.

Búsqueda a 12+. Primer intento: Lupa, Linterna, 5, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Lupa, Linterna, 5, 5, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Lupa, Linterna, 6, 5, 5. Empleamos una de las opciones de uso del grimorio para convertir el 6 en un 5 y librarnos del punto de locura. Obtenemos Búsqueda 15 y pasamos la tirada.

¿Qué podía hacer? Nada que dañara al hombre, eso por descontado. Palpé los bolsillos internos del abrigo, buscando mis bengalas de magnesio. Pensé que quizá, si lanzaba una encendida al suelo, sobre esa falsa sombra, la obligaría a huir, pero no llevaba ninguna encima. Debí olvidar reponerlas la anterior vez que las usé.

Podría haber echado a correr, porque la sombra no parecía capaz de despegarse del hombre al que estaba parasitando, y aunque podía obligarlo a moverse, su paso era lento y torpe. Pero no podía dejar a ese hombre así, ni a ese monstruo paseándose por la ciudad.

Recurrí al hechizo de Sugerencia que me había enseñado el padre Arden. Ya pronunciaba las palabras con naturalidad, pero siempre me provocaban un dolor de cabeza persistente que se instalaba en mis sienes. Supongo que era el precio a pagar por transgredir las leyes de la naturaleza empleando magia. Algún día terminaría por derretirme el cerebro, pero hasta entonces lo utilizaría para salir de situaciones como esta.

Pronuncié las palabras y le ordené a la sombra que se fuera. La vi retorcerse, como si solo con eso le hubiera provocado un sufrimiento extremo. El hombre al que estaba unida se tambaleó y sufrió una serie de espasmos. Finalmente, la sombra cambió y se convirtió en una sombra verdadera, una de esas que imitan el movimiento de las personas que las generan, en lugar de controlarlas.

El hombre se derrumbó y tuve que dar una zancada hacia él para sostenerlo y evitar que cayera al suelo.


Sábado, 18 de abril de 1926  

Los fines de semana se están convirtiendo en mis días menos preferidos, porque es cuando parece que toda la locura de la semana se concentra y condensa. Hoy Arkham estaba desajustada, como si todo estuviera fuera de lugar. Fue en la avenida de los Olmos donde lo vi. La niebla había caído sobre la ciudad, y había traído algo con ella.

Andando por la calle desierta me salió al paso un perro. Era translúcido, como si estuviera hecho de niebla compacta. Se parecía mucho al que me había encontrado en las ruinas de Old Briarti el 23 de marzo. De hecho, juraría que era el mismo perro no del todo real y no del todo sólido, solo que ahora parecía hecho de niebla compacta. En aquella ocasión lo había logrado dejar atrás alejándome de las ruinas, a las que parecía atado. Ahora estábamos muy lejos de Old Briarti. Puede que, de algún modo, la niebla lo hubiera liberado temporalmente de su encierro, ampliando su rango de acción.

Sus patas no tocaban del todo el suelo, y cuando me vio ladró sin producir sonido alguno. ¿Cuál era su límite ahora? ¿Todo lo cubierto por la niebla? ¿Debía correr hasta salir de ella? Eso podía abarcar fácilmente toda la ciudad y varias millas extra a su alrededor.

Combate a 10+. Primer intento: Revólver (doble) 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2). Revólver (doble) 6, 5, 3. Tercer intento (repitiendo el 6) Revólver (doble) 5, 4, 3. Obtenemos Combate 12 y pasamos la tirada. 

Debía probar algo. Saqué el diapasón que me dio el profesor Elwood y lo golpeé contra una farola cercana. El sonido de metal contra metal resonó por la calle desierta. No sabía si iba a tener algún efecto en esta criatura, pero el perro se detuvo, tembló, y su forma empezó a deshacerse en la niebla mientras el instrumento vibraba en mi mano.

Pasados unos segundos, el perro de niebla empezó a recomponerse, volviendo a una forma más definida y de aspecto más sólido mientras avanzaba de nuevo. Me di cuenta de que el diapasón había dejado de vibrar en mi mano, así que golpeé de nuevo la farola con él, con más fuerza. Esta vez, la criatura se dispersó por completo, dejando tras de sí solo el silencio.

Me quedé quieto un momento, respirando hondo. El diapasón vibraba aún en mi mano, calentándose por momentos. Metí la mano en el bolsillo para guardarlo, pero la dejé ahí, sin soltar el instrumento, hasta que llegué a la oficina.


Domingo, 19 de abril de 1926  

Después del encuentro con el perro de niebla de ayer, había tomado la firme decisión de no salir de mi oficina en todo el día. Creo que me merezco un día de descanso de vez en cuando. Estaba tumbado en el sofá, con la ropa aún puesta, cuando alguien llamó a la puerta con insistencia. Me incorporé con un gruñido. Ni los domingos me dejan en paz.

Al abrir, me encontré con la vecina del último piso, la del ático, con una bata de flores, los rulos todavía puestos y una expresión que mezclaba miedo y vergüenza por estar allí. Es de las que siempre saludan cuando te cruzas con ellas en la escalera, pero nunca tienen tiempo para detenerse a charlar. Para mí es el tipo de vecina perfecta.

—Perdone que lo despierte —dijo, esta vez sin saludar—. Hay… hay algo en la azotea. Algo grande. Está rascando el tejado, como un perro cuando escarba… pero más fuerte. Mucho más fuerte.

La mujer temblaba. En los últimos meses la ciudad entera parece vivir con los nervios a flor de piel. La mayoría todavía no se han cruzado con ninguna criatura rara, pero incluso los que no lo han hecho han oído los rumores e historias que se cuentan sobre ellas. Mi vecina sabía que yo era detective privado. Y sabía, o al menos suponía, que tenía un arma. Por eso estaba allí.

—Dicen que usted… que usted sabe de estas cosas —añadió, bajando la voz—. Yo no quiero subir sola a ver qué es. De hecho, no quiero subir en absoluto. Ni tampoco quisiera que usted o nadie suba solo, pero…

—Está bien —dije. Después de todo, alguien tiene que hacer el papel de buen vecino.

Me puse las botas, recogí el revólver del cajón y metí en los bolsillos un puñado de balas, un par de bengalas de magnesio, el crucifijo que me dio el padre Arden, el diapasón del profesor Elwood y repasé mentalmente las palabras del hechizo de Sugerencia. Mi arsenal era cada vez mayor y también cada vez más raro. La vecina se quedó en el rellano, abrazándose a sí misma, mientras yo subía los últimos pisos. Cuando empujé la puerta metálica de la azotea escuché un fuerte zumbido, como si una colmena completa de avispas se hubiese instalado allí. La niebla se había esparcido, espesa e inmóvil, entre los tendederos y los depósitos de agua.

La criatura salió de detrás de la caseta de mantenimiento. Lo que sonaba como una colmena de avispas era un solo insecto, pero enorme, del tamaño de un hombre. Su exoesqueleto parecía incompleto. Algunas placas eran duras y brillantes, y otras parecían blandas, como si no hubieran terminado de formarse. Las patas eran demasiado largas, tanto que las arrastraba por el suelo. Quizá era ese arrastre lo que producía el sonido que mi vecina había descrito como un perro escarbando. 

Las alas vibraban sin cesar, pero parecían incapaces de hacerle volar de verdad; solo lo elevaban lo suficiente para que se desplazara a pequeños saltos, apoyando varias patas en el suelo durante un segundo para luego elevarse y volver a posarse tras un corto tramo en el que sí perdía totalmente el contacto con el suelo.

Combate a 18+. Reducido a 12+ por haber superado todas las pruebas previas de la semana. Primer intento: Revólver, Lupa 3, 1, 1. Segundo intento (repitiendo ambos 1). Revólver, Lupa 6, 3, 2. Tercer intento (repitiendo el 3 y el 2) Revólver, Lupa 6, 5, 2. Obtenemos Combate 13 y pasamos la tirada. 

Disparé. El primer tiro le arrancó un espasmo, pero nada más. El segundo apenas consiguió que retrocediera medio paso. La criatura acusaba el daño, sí, pero parecía que su cuerpo estuviera hecho para soportar mucho más del que yo podía hacerle.

Seguí disparando hasta agotar el tambor y luego me alejé entre los depósitos de agua, tratando de perderla. El tejado era un laberinto de manchas oscuras entre la niebla. Quería volver al interior del edificio y sabía que la escalera debía de estar cerca, pero estaba totalmente desorientado.

Me apoyé contra un depósito y recargué frenéticamente, atento al zumbido. Era lo único que me decía dónde estaba. A veces sonaba lejos y de repente tan cerca que podía sentir la vibración de esas alas en el estómago. Cuando el sonido se volvió más grave y pude verla, disparé. Los fogonazos iluminaron por un instante la forma del insecto, que se estremeció y retrocedió. Me moví a otro punto, recargué de nuevo, escuché, disparé otra vez. Repetí la operación siempre guiado por el zumbido, siempre sin ver más que un fragmento de su cuerpo antes de que la niebla lo engullera otra vez.

Finalmente, cuando solo me quedaban un par de balas del puñado que me había echado al bolsillo pensando que serían suficientes, el zumbido se quebró. La criatura vaciló y cayó al suelo con un golpe sordo. Me acerqué despacio, con el revólver temblando en mi mano. La criatura seguía moviéndose ligeramente. Le disparé hasta agotar lo que quedaba en el tambor.

Cuando por fin todo terminó, me quedé quieto un momento, respirando la niebla fría. Fue entonces cuando escuché otro sonido, uno más común, un goteo. Miré alrededor y vi que varios de los depósitos de agua tenían pequeños agujeros. Chorritos finos, constantes, caían sobre el tejado formando charcos que reflejaban la niebla. Me di cuenta de que muchos de mis disparos, hechos a ciegas y con más prisa que puntería, habían atravesado el metal. Y no solo eso: pensé en las balas que habrían seguido su camino más allá de la azotea, hacia los edificios cercanos. La culpa me golpeó de repente, porque sabía que podría haber alcanzado una ventana de otro edificio, y quizá a alguien que viviera en él.

Con esa idea bullendo en mi cabeza, avancé entre los depósitos hasta que, casi por accidente, encontré la escalera que había perdido en la confusión. Bajé los peldaños con las piernas temblorosas. La vecina seguía allí, esperándome en el rellano, con la bata y los rulos. Me preguntó qué era lo que rascaba el tejado. Yo, agotado hasta el tuétano, solo pude murmurar:

—Un bicho, señora.

Y sin añadir nada más, regresé a mi despacho para intentar dormir un poco.


Y yo, como Miller, también me voy a dormir un poco, que es tarde. Podéis repasar desde el inicio los entresijos de este caso pulsando aquí

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