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viernes, 2 de octubre de 2026

HISTORIAS DE LA CRIPTA (nº 2) El hombre que era La Muerte

     Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Aquí tenemos la segunda de las Historias de la Cripta originales! ¡Esta comienza con un prólogo intrigante! ¡Vedlo vosotros mismos!

«Salió caminando de la noche, 

sus manos adiestradas en el arte de matar, 

su cerebro un hervidero de destrucción. 

Sus ojos veían la vida 

y su corazón amaba la tumba, 

pues se trataba de El hombre que era La Muerte.»


Esta historia de tan poético inicio es la de Edgar Bowman, verdugo de profesión en una prisión estatal. Es una de esas personas que realmente aman su trabajo. Disfruta ejecutando a los prisioneros. No porque se haga justicia al matarlos, sino por el mero placer sádico de verlos derrumbarse y llorar ante la inminencia de su muerte. Él se justifica diciendo que se lo merecen por los crímenes que cometieron. Y sí, efectivamente, una cosa no quita la otra, pero el verdadero motivo por el que disfruta al ejecutarlos es el hecho de verlos sufrir en sus últimos minutos de vida.

Algo que hay que tener en cuenta de los verdugos es que muchos de ellos no soportan su trabajo. El estar matando a personas una tras otra, siempre con la duda razonable de si el ejecutado pudiera ser inocente, hace que muchos caigan en profundas depresiones. Se han dado casos en que, tras ejecutar a una persona, se descubrió que en realidad era inocente. Y si bien esto no es culpa del verdugo, sigue siendo una carga difícil de soportar.

Pero Bowman es diferente. Le gusta tanto su trabajo que otras prisiones tratan de tentarlo para que se quede a trabajar en ellas. Incluso le invitan a ser él quien ejecute al próximo condenado que tienen en lista de espera. Esto le hace probar varios sistemas de ejecución. Su preferido siempre ha sido la silla eléctrica, pero tiene ocasión de probar también la horca o la cámara de gas. Así, Bowman recorre el país de costa a costa, pulsando botones o accionando palancas con una fría serenidad que hace que no se demore ni un segundo respecto a la hora prevista para cada ejecución.

Pero las leyes y la sociedad cambian, los jueces se vuelven más permisivos, y las condenas a muerte tienden a descender. Tras dos meses y medio sin ejecutar a nadie, Bowman empieza a desesperarse al verse privado de su mayor placer, que es el de dar muerte a la gente. Pero esto no le frena. Está convencido de que su misión en la vida es ejecutar a personas, así que sigue los juicios en los periódicos y, cuando el sospechoso es declarado inocente en un caso en el que todo apuntaba a que iba a recibir la pena máxima, él mismo se encarga de ejecutarlo.

A uno de ellos lo sigue durante varias noches. Observa que, cuando vuelve de trabajar, suele apoyarse en una verja metálica situada en una calle poco transitada. Una noche prepara una trampa, colocando un cable eléctrico alrededor de uno de los barrotes de la verja, y espera al acecho para electrificarla cuando él la toque. El hombre muere electrocutado y Bowman retira rápidamente los cables, marchándose y dejando allí el cadáver.

Dos noches después, otro hombre también declarado inocente se dispone a darse una ducha. Cuando el agua cae sobre él, muere igualmente electrocutado, pues Bowman ha envuelto la tubería de plomo con un cable para electrificar el agua de la vivienda.

Un tercer hombre acusado y absuelto muere cuando un cable eléctrico se desprende misteriosamente de un poste justo cuando pasaba por debajo y le golpea. La policía empieza a ver un patrón detrás de estas muertes. En todos los casos las víctimas habían sido declaradas inocentes en juicios en los que, de haber sido declaradas culpables, se las habría condenado a morir en la silla eléctrica.

Un detective comienza a seguir discretamente a una de estas personas, una mujer que también fue absuelta. Bowman prepara para ella otra trampa eléctrica. Su plan consiste en empujarla a una pequeña balsa de agua electrificada cuando esta cruce un parque por el que suele volver a casa todos los días. Pero cuando se dispone a actuar, la propia electricidad parece traicionarlo. Un relámpago ilumina la noche, permitiendo al detective ver la figura de Bowman al acecho entre unos arbustos. El detective salta de su propio escondrijo y noquea a Bowman de un solo golpe.

Lo último que vemos de él es a los guardias de una prisión llevándolo a la fuerza hacia la silla eléctrica, donde ha sido condenado a morir electrocutado. Y ahora es él quien lloriquea patéticamente y suplica piedad, tal como lo hacían todas aquellas personas a las que tanto le divertía matar.

Personalmente, si bien prefiero las historias con monstruos a las de simples psicópatas humanos, esta me parece interesante porque reúne los tres grandes tópicos que más adelante se convertirían en la marca distintiva de la casa: Un protagonista moralmente corrupto, una obsesión llevada hasta el extremo, y un final irónico en el que el personaje recibe un castigo acorde con el daño que ha estado provocando a los demás. Este último es quizá el punto más importante. En los cómics de Historias de la Cripta, cuando el lector comenzaba una historia, no se preguntaba si el villano sería castigado, sino de qué manera iba a ocurrir esto. La gracia consistía en tratar de predecir cual sería la ironía final. Que Bowman termine siendo descubierto por la luz de un rayo y luego sea ejecutado en la silla eléctrica, llorando exactamente igual que las personas a las que disfrutaba ejecutando, es un cierre clásico.

Puedes repasar otra Historia de la Cripta pulsando aquí.

The man who was death. 1950. Gardner Fox (guion). Dibujo no acreditado. Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.

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