Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡A lo largo de este mes de octubre vamos a ir reseñando, además de nuestra publicación diaria habitual, las primeras treinta y una Historias de la Cripta de los cómics de terror de EC!
Mucha gente conoce estas historias y a su anfitrión, el Guardián de la Cripta, por la genial serie de televisión de 1989 y por todo lo que derivó de ella. Lo que veremos aquí son los cómics originales de 1950. Los que lo empezaron todo… en su nº 17.
Lo normal en una nueva publicación es comenzar por el nº 1, pero Historias de la Cripta lo hizo con el nº 17 porque cada nueva publicación debía pagar aproximadamente dosmil dólares en concepto de franqueo y registro. Por ello, una práctica habitual era cambiar progresivamente el nombre y la temática de una revista ya existente que tuviera bajas ventas, en lugar de cancelarla y lanzar otra nueva. De este modo, una misma revista podía cambiar varias veces de título (lo cual era mucho más barato) y de temática siguiendo las modas del momento, ahorrando a la editorial el tener que pagar por el registro de una revista nueva. Antes de convertirse en Tales from the Crypt, la colección se titulaba Crime Patrol y su temática era la de historias policíacas e investigación de crímenes. Cada número contenía cuatro historias de entre seis y ocho páginas. En los nº 17 y 18, ya bajo el nuevo nombre, tres de las historias seguían siendo policíacas y solo una podía considerarse de auténtico terror con elementos sobrenaturales. A partir de ese momento, los relatos de monstruos, fantasmas, demonios y demás elementos propios del terror fueron ganando terreno hasta hacer desaparecer por completo las historias de temática policial.
Comento todo esto porque las primeras historias que veremos todavía no se corresponden con la idea que la mayoría tenemos cuando pensamos en Historias de la Cripta. Son historias de una época de transición, cuando la colección aún estaba evolucionando desde la serie negra hacia el tipo de terror tan particular que acabaría haciéndola famosa. Al principio, muchas de las Historias de la Cripta seguían fórmulas relativamente sencillas, pero muy pronto los guionistas fueron desarrollando un estilo propio muy característico en el que el verdadero monstruo rara vez era el ser sobrenatural. El monstruo solía ser el ser humano: una esposa que asesinaba a su marido cuando este descubría su infidelidad, un socio comercial que traicionaba a otro, un heredero codicioso que mataba a un familiar para quedarse con su fortuna o una persona inocente que era maltratada por la comunidad.
Aquí es donde Historias de la Cripta dio su giro de tuerca a muchas convenciones del terror clásico. Hasta ese momento, el vampiro, el fantasma o el muerto viviente eran el mal. En cambio, en las páginas de EC esos seres actuaban muchas veces como portadores de la justicia. El cadáver que regresaba de la tumba no lo hacía para buscar victimas al azar, sino para castigar a su asesino. Estos cómics consiguieron que, por primera vez, el lector terminara identificándose más con el monstruo que con el protagonista humano, en algo que podríamos llamar «moralidad oscura»: la satisfacción de ver cómo un criminal que ha escapado de la justicia de los hombres recibe su castigo por parte de fuerzas sobrenaturales. La avaricia, la crueldad, la corrupción, el racismo o la traición siempre acababan siendo castigados. Por eso el Guardián de la Cripta solía reírse al final de los relatos. El horror no estaba en la aparición del monstruo, sino en el comportamiento del ser humano. En los cómics de Historias de la Cripta, la escena del cadáver arrastrándose fuera de su sepultura no era el inicio del horror, sino la señal de que el orden estaba a punto de ser restablecido.
Sus tres anfitriones, el Guardián de la Cripta, el Guardián de la Bóveda y la Vieja Bruja, no eran simples narradores que presentaban la historia y luego se quitaban de en medio. A veces se picaban unos a otros o aparecían como personajes en las propias historias que narraban. Anfitriones televisivos como Vampira (The Vampira Show, 1954) o Rod Serling (The Twilight Zone, 1959) adoptaron muchas de sus características: humor negro, bromas macabras y la costumbre de presentar las historias como si fueran algo que hubieran presenciado ellos mismos y se las estuvieran contando a un amigo.
Pese a ello, muchos medios y varios psicólogos culparon concretamente a Historias de la Cripta del aumento de la delincuencia juvenil. La presión pública fue tan intensa que la propia industria del cómic estadounidense creó el Comics Code Authority. Este es el sistema de censura del cómic más duro que ha existido hasta el momento y parecía concebido explícitamente para hacer desaparecer Historias de la Cripta del mercado, prohibiendo los vampiros, hombres lobo, fantasmas, zombis, etc., además de prohibir la representación de muertes explicitas. El Comics Code Authority metió tanto miedo en el cuerpo a los vendedores de kioscos (los principales canales de distribución de comics) que estos se negaban a vender cualquier comic que no tuviera el sello de aprobación de la CCA, por lo que no obtener ese sello condenaba a muchas editoriales a la ruina económica. Esto acabó con Historias de la Cripta y con la mayor parte de las publicaciones de terror similares.
El CCA, como el supervillano que era, fue derrotado en 1971 por Spiderman, cuando Marvel publicó una historia en la que este personaje combatía el tráfico de drogas. El CCA se negó a aprobarla porque cualquier referencia a las drogas estaba prohibida ¡incluso cuando se presentaban como algo negativo! Marvel la publicó igualmente y descubrió que las terribles consecuencias que estaba dispuesta a afrontar, en forma de millones de comics invendibles, nunca llegaron. Los quiosqueros, tan héroes del pueblo a ojos de los niños como el propio Spiderman, aceptaron poner a la venta ese comic pese a la falta del sello de aprobación. El público reacciono comprándolo masivamente, y esto hizo que el CCA se viera obligado a revisar sus normas. Ese mismo año se modificó el reglamento y volvieron a permitirse las criaturas clásicas del terror. Ya era tarde para salvar Historias de la Cripta, porque su momento había pasado y lo que el mercado demandaba ahora eran comics de superhéroes, pero gracias a esto fueron apareciendo personajes como Morbius, Motorista Fantasma, Blade, La Cosa del Pantano, Hellblazer, Sandman o Predicador, que habrían sido absolutamente imposibles bajo la censura del CCA original.
¡Y como muestra, un ojo! (¿o era un botón?) porque hoy presentamos la primera historia de ese legendario nº 17 de Patrulla Criminal, el primero que se presentó ya bajo el título de La Cripta del Terror / Historias de la Cripta. Se trata de una macabra historia titulada… Todo debe morir.
Nuestra primera historia es la de Henry y Fred. Ambos fueron en el pasado brillantes científicos y compartieron un proyecto en particular.
Investigando los mecanismos que hacen envejecer al cuerpo, descubren que este se produce por la degradación de una glándula que genera una sustancia capaz de retrasarlo. El agotamiento, por el simple paso del tiempo, de esta sustancia, es lo que hace que nada frene el envejecimiento de los seres humanos. Ambos teorizan que, si esta glándula es sustituida periódicamente por una más joven y fuerte, el envejecimiento será muchísimo más lento, hasta el punto de que en algunos casos podría simplemente detenerse.
Henry manifiesta no tener ningún interés en ser inmortal. Él quiere envejecer y morir cuando llegue su momento. Pero para Fred la idea de la vejez y la muerte es aterradora. Así pues, desentierran el cadáver de un joven fallecido no más de 48 horas antes, que es el tiempo durante el cual la glándula permanece activa. Henry la implanta quirúrgicamente en Fred en sustitución de la suya. La operación no tiene efectos inmediatos, puesto que estos solo se dejan ver con el paso del tiempo, con lo que ambos continúan con sus vidas. Estas terminan por separarlos y no vuelven a verse hasta pasados veinte años, cuando Fred llama a Henry para que se reúnan.
Henry comprueba entonces que Fred no ha envejecido nada en esos veinte años. Él tiene ya cuarentaicinco, pero Fred parece seguir teniendo los veinticinco que ambos tenían cuando hicieron la operación. Sin embargo, Fred le revela estar sintiendo de nuevo los signos de la vejez: agarrotamiento en los dedos, dolor muscular general... El efecto de la glándula está desapareciendo porque ya ha cumplido su tiempo de vida útil. Para continuar con el experimento, Fred propone repetir todo el proceso.
Henry realiza una segunda operación y ambos vuelven a separarse. La historia se repite. Pasan quince años antes de que Henry reciba una carta de Fred explicándole que los síntomas de la vejez han vuelto. La nueva glándula ha dejado de funcionar y está volviendo a envejecer. Henry tiene ya sesenta años, mientras que Fred sigue aparentando poco más o menos veinticinco.
Tras realizar una tercera operación de cambio de glándula, Henry considera que ya han comprobado suficientemente la validez de su experimento y que ha llegado el momento de publicar sus resultados y presentarlos al mundo. Sin embargo, Fred ya no está interesado en eso. La investigación le trae sin cuidado. Lo único que le importa es mantener su juventud eternamente. Para convencerlo, Fred le dice que espere a que él cumpla ochenta años. Hay personas en las que el paso del tiempo se nota menos que en otras, e incluso algunas que parecen eternamente jóvenes. Pero cuando tenga ochenta años, nadie podrá negar que seguir aparentando veinticinco solo puede deberse a una intervención médica. No quiere revelarlo al mundo hasta que sea indiscutible que su edad aparente no se corresponde con su edad real.
Diez años más tarde, Fred vuelve a reclamar la presencia de Henry. Al ser cada vez más viejo, cada nueva glándula tiene que trabajar más para mantener esa juventud, lo que hace también que se degrade antes y los reemplazos deban efectuarse cada menos tiempo. Esta vez la operación la hacen con anestesia local y con un gran espejo en el techo, porque Fred quiere estar consciente y ver por sí mismo la operación, porque quizá la próxima vez tendrá que intervenirse él mismo.
Y efectivamente, tan solo cinco años después, Fred vuelve a llamar a Henry. Esta vez Henry se niega a llevar a cabo la operación. Las pretensiones de Fred, que llega a incluso sugerir usar las glándulas de niños pequeños, le parecen inhumanas. Furioso por la negativa de Henry, Fred golpea a este y lo mata.
Entonces su propio cuerpo se resiente, como si se rebelara ante esa juventud antinatural a la que lo están forzando. Dándose cuenta de que no tiene tiempo ni fuerzas para volver él solo al cementerio, extraer otro cadáver y llevarlo hasta su laboratorio, Fred llama a la oficina de telégrafos y envía un telegrama a su propia dirección utilizando el nombre de otra persona. En aquella época los telegramas eran llevados y entregados en mano por personal de muy baja graduación, generalmente muchachos jóvenes que estaban empezando en la empresa. Tal como Fred había calculado, es prácticamente un adolescente quien le trae el telegrama. Cuando entra en la casa, lo narcotiza con un paño impregnado en cloroformo, lo mata y abre el cadáver para apropiarse de la glándula de la juventud, con la intención de implantársela a sí mismo.
Pero al abrir el cuerpo del joven descubre que la glándula ya le fue extirpada en una operación previa. La impresión que esto le provoca junto con el miedo de no ser capaz de conseguir otra le provoca un ataque de pánico que termina de agotar la ultima glándula que le implantaron. Su cuerpo envejece de golpe todos los años que las operaciones previas habían contenido, y el shock físico que esto provoca es tan intenso que cae muerto al suelo. Y al final nos quedamos con la duda de ¿por qué le extirparon la glándula al joven repartidor de telegramas? ¿Alguna enfermedad o problema medico que tuvo? ¿O será que hay por ahí otro científico loco experimentando con la eterna juventud?
Death must come! 1950. Al Feldstein (guion y dibujo). Publicado por Planeta DeAgostini en 2003.



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