MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 15 de febrero de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 9 al 15 de febrero de 1926

 Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Una panda de marineros borrachos juega con dinamita en los muelles! ¿Acaso la policía no va ha hacer nada al respecto? ¡Entérese de los detalles para poder quejarse con conocimiento de causa!


LUNES, 9 DE FEBRERO DE 1926

Esta mañana me encontré caminando hacia los márgenes del rio, en el barrio viejo, sin haber decidido conscientemente ir allí. Mis pies me llevaron solos, quizá recordando un camino que mi cabeza había preferido olvidar. La tienda de Madame Zan, la adivina, seguía igual: un cartel torcido, cortinas pesadas, olor a incienso. Golpeé la puerta con los nudillos. No obtuve respuesta. Estaba a punto de marcharme cuando escuché su voz desde dentro:

—Pasa. Te estaba esperando

¿Sabías que venía? pregunté empujando la puerta.

Oh, eres tú, Miller... no sabía ni quien eras, pero es lo que las adivinas siempre decimos cuando alguien llama a nuestra puerta. Un truco del oficio.

Estaba sentada en su sillón, envuelta en un chal y con cara de haber pasado la noche en vela. Me ofreció asiento con un gesto lento. Le hablé de las sombras, y del hombre que parecía controlarlas.

—Eso no debería haber ocurrido tan pronto. Estás acelerando el proceso sin saberlo.

—¿Yo? —pregunté, a la defensiva.

Ella asintió, muy despacio.

—Cada vez que luchas contra una de esas criaturas, cada vez que la destruyes, aquel al que sirven percibe que alguien se le opone, y se despierta un poco más. 

—¿Debo quedarme cruzado de brazos, entonces?

—No. Lo que debes hacer es no perder el tiempo con los siervos. Las criaturas que has encontrado, las serpientes, las ratas voladoras, son invocadas por sus seguidores humanos. Si esos cultos crecen los monstruos que invocan serán cada vez más fuertes. Si disminuyen, sus invocaciones serán cada vez más débiles. Pero no debes perder el tiempo con los siervos. Busca al que duerme, porque cuando despierte, no habrá luz suficiente en todo el mundo para detenerlo.

Aquella última frase me resultaba familiar. No era la primera vez que la oía. Todo este asunto empezaba a parecer un secreto a voces.

—¿Dónde puedo encontrarle?

¿Dónde te encuentras con algo que duerme, detective?

Investigación a 9+. Primer intento: Revólver (doble), 4, 2, 2. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y ambos doses): Lupa, Linterna, 4, 4, 1. Obtenemos Investigación 9 y superamos la tirada.

Entendí a que se refería y me marché sin decir nada más. Al salir, tuve la sensación de que la calle estaba más oscura de lo que debería estar a esa hora.


MARTES, 10 DE FEBRERO DE 1926

Hoy he aprendido que cualquier atisbo de seguridad es una trampa disfrazada. Estaba en mi oficina, el lugar más seguro y familiar que me queda después de que el banco me embargara la casa: una mesa de despacho coja, una silla que protesta cada vez que me siento en ella, el sofá en el que duermo, la percha de la que cuelgo el sombrero y el abrigo…

Tenía un vaso en la mano, con apenas un par de dedos de licor barato. Estaba derrengado en la silla, intentando que el silencio me durara un minuto más. Había echado todos los cerrojos de la puerta, tenía todas las luces encendidas y las ventanas cerradas. En un lugar civilizado, eso debería bastarme para sentirme a salvo. Y entonces la ventana estalló hacia adentro como si la hubiera golpeado un ariete. Otro de esos murciélagos entró de golpe, enorme, desgarbado, con las alas extendidas como cuchillas negras. Se estrelló contra la pared, pero un segundo después se subió de un bote a la mesa. Le vi prepararse para saltarme al cuello.

Combate a 12+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el 1, por si sacamos una tirada lo bastante alta como arriesgarnos a repetir también el 6 con posibilidades altas de superar la tirada… sacamos otro 6😥) Revólver, lupa, 6, 6, 5. Como me paree arriesgarme mucho repetir los dos 6, nos quedamos con Combate 17 y superamos la tirada a costa del cuarto punto de cordura del mes, por el susto. 

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: lancé el contenido del vaso a su cara. Un gesto desesperado, pero funcionó. El líquido le cayó de lleno en los ojos y el murciélago se retorció, aleteando con violencia, golpeando la mesa, las paredes, cualquier cosa que tuviera cerca. En ese segundo de confusión solté el vaso y llevé la mano a la funda del revólver. Vacía. Lo había dejado en algún lado al llegar a la oficina, para librarme un rato de su peso. No tenía ni idea de dónde. Que tu cuerpo funcione en automático también tiene sus desventajas.

Me tiré al suelo y gateé hacia la puerta mientras la criatura, cegada, chocaba contra la lámpara de la mesa y la hacía caer. No me quedé a buscar el revólver. Quité todos los cerrojos (¿Quién me mandaría poner tantos?) salí y cerré la puerta de un portazo.  Me quedé tras ella, oyéndole golpearse y tropezarse con todo en la oficina. Esperé a que se hiciera el silencio, y cuando este llegó esperé una hora más antes de asomarme al interior con cuidado. Se había marchado. Empujé el armario delante de la ventana rota para cubrirla. Tengo que plantearme el poner barrotes en las ventanas.


MIÉRCOLES, 11 DE FEBRERO DE 1926

Hoy me llamó O’Maley a su despacho. No me gusta cuando lo hace. La mitad de las veces no me invita ni a un café. La otra mitad es peor porque sí lo hace, y el café de la comisaría es horrible. El comisario tenía esa expresión que pone cuando un caso se le escapa entre los dedos: mandíbula apretada, cejas fruncidas y un cigarrillo consumiéndose en el cenicero sin que nadie lo fume.

—Siéntate, Miller —dijo, sin levantar la vista de un montón de informes—. Tengo agentes que no quieren patrullar de noche. Y no hablo de novatos. Hablo de tipos que han visto más cadáveres que tú y yo juntos. Dicen que hay… cosas en las calles. Animales grandes y raros. Sombras que se mueven solas. El alcalde me presiona para que aumente las redadas contra las sectas, porque de eso si puede hablarle a la prensa. Pero yo tengo a mis hombres peleando con monstruos. No tengo tiempo ni personal para perseguir a cuatro chalados con capuchas y pijamas.

—El alcalde tiene razón —dije, dejándolo estupefacto. Eso era lo último que esperaba oír. Mientras procesaba eso, yo estaba dándole vueltas a las palabras de Madame Zan.

—No por el motivo que él cree, pero sí. Debes centrarte en los sectarios, no en los monstruos. Los sectarios crean o llaman a los monstruos, de algún modo. Todavía no se cómo, pero lo hacen. Si tus hombres no quieren patrullar de noche y enfrentarse a monstruos, que se centren en desarticular a las sectas.

—¿Quieres decirme que arrestar a cuatro chiflados con túnicas va a solucionar todo este asunto?

—Solucionarlo no —corregí—. Pero sí debilitarlo. Esos “chiflados” son los que están invocando a las criaturas que tanto asustan a tus agentes. Y cuantos más de esos grupos saquéis de circulación, menos monstruos tendremos por las calles. Y menos posibilidades habrá de que llamen algo peor.

—¿Algo peor? —preguntó.

Hubo un silencio largo mientras terminaba de digerir lo que le acababa de contar.

Investigación a 10+. Primer intento: Linterna, Lupa, 4, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 2) Linterna, Lupa, 4, 3, 3. Con esto tenemos Investigación 10 y superamos la tirada.

—Mira, Miller —dijo al fin—. Por esta vez te voy a hacer caso. Pero en adelante voy a necesitar que me des algo más que cuentos de brujas.

—Muy bien. Te daré algo más: un consejo —respondí, levantándome—. Si conoces a alguien que esté metido en el mantenimiento de la ciudad, apriétale las tuercas para que se asegure de que todas las farolas se encienden a su hora por las noches.


JUEVES, 12 DE FEBRERO DE 1926

Hoy me atacó otra de esas ratas reanimadas. La vi salir de un descampado en la Calle del Carbón. Corrió hacia mí con un movimiento torpe. Su piel colgaba del cuerpo, como si le hubieran puesto un traje dos tallas más grandes. Tenía bultos donde no debería haberlos y huecos donde debería haber músculo. Por si tenía alguna duda de su estaba viva o muerta, sus ojos eran opacos, de un color amarillo lechoso.

Combate a 11+. Primer intento: Lupa (doble), 6, 3, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos y el 1) Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Nos quedamos con Combate 13 y superamos la tirada acumulando un quinto punto de locura. 

Le disparé mientras corría hacia mí. Cada vez siento menos remilgos a la hora de empuñar el arma. Varias de las balas le impactaron, destrozándola lo bastante para que dejara de ser una amenaza. Me agaché para observarla de cerca. No por curiosidad morbosa, sino por algo que llevaba días rondándome la cabeza. Los ataques de las serpientes y murciélagos parecían algo dirigido. En dos ocasiones los murciélagos se habían presentado en mi propia oficina, habían venido específicamente a buscarme. También esa serpiente del puerto parecía puesta ahí solo para tacarme cuando me acercara a investigar el almacén quemado, como si supieran que iba a hacerlo. Las ratas eran algo diferente. Su presencia se sentía más casual.

Necesito un callejero de la ciudad me dije a mi mismo incorporándome y pisando la cabeza de la rata para que sus restos dejaran de moverse. Había llegado el momento de marcar los puntos de aparición de las criaturas. Podría haber un patrón ahí que aún no hubiera visto.


VIERNES, 13 DE FEBRERO DE 1926

Al caer la tarde, O’Maley me llamó a su despacho. Cuando entré su mesa estaba despejado de papeles y había una botella de Canadian Club en el centro junto con un par de vasos. Entra a raudales desde el norte pese a la Ley Seca, y supongo que con todo el que incauta la policía O´Maley no es el único que se guarda alguna botella de vez en cuando.

¿Me he equivocado de despacho o es que esperabas a otra persona?

Me indicó que me sentara, que me callara y que me sirviera, todo el mismo gesto. Cuando te entiendes con alguien, no hace falta más. Me entregó un sobre con tres informes. Tres desapariciones en el puerto, en tres noches consecutivas y precedidas de gritos de horror más que de dolor, seguido siempre de un fuerte chapoteo. Pero nada que ver cuando alguien se decidió a acercarse a dar un vistazo.

—Quiero que des una vuelta por ahí —me dijo—Mis hombres no quieren patrullar esa zona. Dicen que no les pagan para enfrentarse con monstruos, y hasta cierto punto tienen razón. Además, están todo el día enjaulando a esos tipos de las túnicas, como tu dijiste, así que te toca a ti encargarte de los monstruos.

El puerto estaba silencioso. Los estibadores trabajaban con la cabeza gacha, claramente inquietos. Hice algunas preguntas que nadie parecía dispuesto a contestar de buen grado. Los trabajadores del puerto siempre han sido una comunidad muy cerrada.  

Entonces escuché el tumulto. Primero fueron voces sueltas, luego gritos. Salí corriendo hacia los gritos. Un cangrejo enorme, y quiero decir enorme como un perro grande, con un caparazón negro que parecía tallado en piedra volcánica. Tenía atrapado a un marinero por el tobillo con una de las pinzas, y tiraba de él hacia el agua de forma lenta pero implacable. El hombre gritaba, aferrado a un poste, mientras otros tres marineros o estibadores golpeaban al monstruo con barras de hierro y palas. Las herramientas rebotaban inútilmente en el caparazón sin dejar ni una melladura.

Combate a 9+, con un requisito de Locura 2+ (que la tenemos). Primer intento: Revolver (doble), 5, 4, 2. Esto nos deja con Combate 11 y pasamos la tirada.

No hace mucho esta escena me habría dejado paralizado. A estas alturas no me lo pensé demasiado. Me uní al grupo, saqué el revólver y les dije que se apartaran.

Apunté al caparazón, pero recordando cómo las barras rebotaban en este, supuse que las balas harían otro tanto. No iba a arriesgarme a que uno de esos hombres cayera por mi culpa, alcanzado por una bala rebotada. Así que bajé el arma y apunté a las patas, a las articulaciones donde la piedra negra parecía volverse carne. Disparé una vez tras otra. Necesité cuatro tiros para partir una sola de las patas. El monstruo soltó al marinero y retrocedió tambaleándose. Los otros aprovecharon para arrastrar a su compañero alejándolo del cangrejo.

Disparé las dos balas que me quedaban contra una de las patas de atrás mientras se retiraba y recargué a toda prisa. Antes de que pudiera volver a disparar otro hombre llegó corriendo con un cartucho de dinamita encendido en la mano y lo arrojó bajo el cangrejo. Todos echamos a correr. Los pedazos del crustáceo volaron hasta el techo de los almacenes cercanos.


SABADO 14 DE FEBRERO DE 1926

Fui a ver otra vez a Madrivana Kelp, la curandera. Ella me dijo que quería que le llevara algo sólido, tangible, algo que pudiera examinar. Después de lo del muelle, después de ver a ese cangrejo negro arrastrar a un hombre como si fuera un muñeco de trapo y hacer la vista gorda sobre el hecho de que los marineros tuvieran dinamita tan a mano, (siendo ilegal la pesca con explosivos) nadie cuestionó que me llevara unos fragmentos del monstruo. Los envolví en un trapo grueso. Los fragmentos pesaban mucho para su tamaño y tenían tendencia a desmenuzarse, como si se trata de carbón.

Madrivana me señaló la mesa sin decir palabra, y dejé los fragmentos.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó finalmente.

Le conté lo del muelle. Ella escuchó sin interrumpir, sin levantar una ceja, como si un cangrejo del tamaño de un San Bernardo fuera un inconveniente menor en su agenda. Luego se inclinó sobre el fragmento, lo observó y olisqueó un buen rato antes de decidirse a tocarlo. En ese momento los trozos con aspecto de roca negra ya se habían vuelto grises y se estaban deshaciendo en polvo grueso. Le pregunté si podía analizarlo, si podía decirme qué demonios era aquello. Madrivana no respondió de inmediato. Empleó un cepillo para barrer el polvo gris dentro de un frasco de vidrio y soltó un suspiro.

Investigación a 11+. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Lupa, Linterna, 6, 4, 3.  Tercer intento (repitiendo el 6) Lupa, Linterna, 4, 3, 3.  Esto nos deja con Investigación 10, y no pasamos la prueba.

—Puedo estudiarlo —dijo al fin—, pero no te prometo que vaya a averiguar algo, ni te vaya a gustar lo que encuentre.

Cualquier cosa que logres averiguar, por poca que sea, ayudará le dije mientras me marchaba.

El aire de la calle era frío. Caminé hacia mi oficina sin prisa, pero tampoco con ganas de detenerme. Tenía la cabeza llena de preguntas que no sabía formular y de respuestas que temía escuchar. Entonces alguien dijo a mi espalda.

—Señor… ¿le sobra alguna moneda?

Un mendigo estaba sentado junto a la pared, envuelto en una manta con más agujeros que lana. Le había pasado por el lado sin verlo, sumido en mis pensamientos. Seguí andando sin prestarle atención, pero el hombre se levantó y caminó detrás de mí unos pasos.

—Por favor, señor… cualquier cosa que pueda darme ayudará.

Me detuve en seco por esa frase. La misma que yo le había dicho a Madrivana hacía apenas unos minutos. La misma súplica, pero en otra boca, en otro tono, en otra vida. Supongo que no importa quienes seamos o a que nos dediquemos, todos necesitamos ayuda en algún momento. Metí la mano en el bolsillo. Unas monedas sueltas tintinearon. Las saqué y se las tendí. No era mucho, pero él las recibió agradecido como si fueran un tesoro. Seguí caminando hacia mi oficina.


DOMINGO, 15 DE FEBRERO DE 1926

Hoy iba a ser mi día de descanso. Creo que me merezco uno de vez en cuando. Compré el periódico. Los titulares daban una falsa imagen de normalidad para una ciudad que solo unos pocos somos conscientes de que se está volviendo loca. Había algunas referencias a las redadas de la policía en locales clandestinos. No hablaban de sectas, y sin duda la mayor parte de los lectores darían por supuesto que los detenidos serían simples contrabandistas de alcohol. Pero en la foto de un grupo de detenidos vi esos ojos hundidos de los fanáticos. Hacia el final había un pequeño articulo sobre una panda de marineros y estibadores que afirmaban haber luchado con un cangrejo gigante. Aquí ni tan solo había foto, sino una caricatura hecha expresamente para ridiculizarlos, haciéndolos ver como idiotas borrachos, huyendo de un cangrejo normal y corriente.

Me encontré con la mamaloi Inhidra apoyada en la barandilla del puente, mirando el río como si pudiera leer en él el futuro. Vestía de forma un tanto estrafalaria, pero esta vez se había dejado en casa los huesos y amuletos, y no llevaba la cara pintada de blanco. Me costó reconocerla por eso, pero me di cuenta que era ella cuando fijó la vista en mí. Me apoyé en la barandilla del puente a su lado. El agua del río estaba turbia, espesa, como si arrastrara algo más que barro.

—Me han dicho que te has enfrentado a un Caparazón Negro murmuró, sin que sonara a  pregunta.

—¿Así se llaman esas cosas?

Así los llamo yo. Hay quien los llama Xh’thaggrul, si lo prefieres.

Caparazón Negro está bien.

El viento sopló fuerte. Inhidra cerró los ojos un instante, como si escuchara algo que yo no podía oír.

—Otra cosa se acerca. Algo mucho más antiguo y terrible que los Caparazones Negros. Os encontrareis en el puerto, a esta misma hora, dentro de exactamente una semana, y te matará. He pensado que querrías saberlo.

Sentí un escalofrío por la convicción con la que lo decía.

¿Cómo puedes estar segura?

Me lo han dicho los loas. Tu los llamarías espíritus. Para mi son dioses.

¿Y nunca se equivocan tus loas?

El destino puede cambiar, pero solo si ellos aceptan interceder. Puede que lo hagan por ti si te consideran digno.

¿Y que he de hacer para que me consideren digno?

Ella sonrió. Una sonrisa triste, casi compasiva.

Puedes jurar sobre todo aquello que consideres sagrado que, dentro de una semana, a esta hora, acudirás al muelle donde te enfrentaste al Caparazón Negro, para afrontar tu destino.

¿Sabiendo que voy a morir?

La mayoría de los loas aprecian el valor. Quizá eso les impulse a interceder por ti en ese momento y en el futuro. O quizá dentro de una semana ni te recuerden y te dejen morir. Son loas. No podemos aspirar a entenderles.

Se apartó de la barandilla.

Toma una decisión, detective. Hazlo ahora, mientras ellos todavía te prestan atención.

Investigación a 17+. Reducida a 12+ por haber superado cinco de las seis pruebas previas de esta semana.  Primer intento: Lupa, Linterna, 2, 2, 1. Segundo intento (repitiendo todos los números) Lupa, Linterna, 6, 5, 1. Lo dejamos así y pasamos la prueba con Investigación 12 y un sexto punto de locura.

Diles a tus loas que allí estaré y afrontaré mi destino sea el que sea.

No hace falta que se lo diga, Miller. Ellos te han oído y comenzó a caminar calle abajo.

Espero que no se os esté haciendo muy repetitivo o pesado. Al supeditar la historia a las ilustraciones del calendario en el mismo orden en que fueron puestas, reconozco que la historia está quedando un tanto forzada y parece que no avanza mucho. Di un vistacito rápido a las paginas siguientes y las ilustraciones son cada vez más variadas, así que algo haremos al respecto. Seguiremos el próximo domingo para ver que tal le van las cosas a Miller.   

Hasta entonces podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí

No hay comentarios:

Publicar un comentario