Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Un loco se escapa del sanatorio mental de Arkham! ¡Todo aquel que desee solicitar la celda acolchada que ha dejado libre, puede presentarse a dejar su curriculum en la ventanilla de recepción de diez de la mañana a diez de la noche! ¡Plazas limitadas!
LUNES, 9 DE MARZO DE 1926
Arkham decidió empezar la semanita con un alboroto en el psiquiátrico. Nada nuevo: ese sitio es ya como una olla a presión sin tapa, pero esta vez el alboroto tenía nombre y apellidos. El comisario O’Maley me llamó a primera hora. Su voz sonaba como si hubiera dormido menos que yo, que ya es decir.
—Miller, necesito que busques a un paciente que se ha escapado del manicomio —dijo sin rodeos.
—Si le contara lo que vi ayer, me enviaba allí de cabeza.
—Estoy hablando en serio, Miller.
—¿Desde cuándo investigo fugas de locos? —respondí—. Eso es trabajo de la policía, no mío.
Hubo un silencio incómodo. Luego O’Maley bajó la voz.
—El loco que se ha escapado es un policía.
—¿Quién?
—El agente Hensworth. Llevaba semanas participando en las redadas contra los sectarios, desde el principio. Y no es el único que está… alterado, pero sí el primero que se ha derrumbado. Hace una semana se empezó a quejar de alucinaciones, insomnio, se quedaba de pie hablándole a las paredes de la comisaría… decía que oía voces detrás de las esquinas. Y anoche se volvió violento. Lo hice ingresar. Esta madrugada se fugó.
—¿Y por qué no se encargan tus chicos? Al menos ellos lo conocen, sabrán mejor que yo como tratarlo.
—Porque oficialmente está fuera de la ciudad, de permiso. Solo un par de agentes saben que lo envié al manicomio, e intento que siga así. No quiero un motín en comisaría.
Seguí la pista de Hensworth por media ciudad. Había dejado un rastro de caos menor: una farola rota, un cubo de basura volcado, un par de vecinos asustados que lo habían visto correr descalzo, murmurando cosas sin sentido. La gente se quejaba de que habían llamado a la policía y no aparecía nadie. Supongo que O´Maley y sus agentes de confianza se estaban encargando de controlar las llamadas y asegurarse de mantener a las patrullas lo más lejos posible de Hensworth. Y allí estaba yo, tratando de pensar como un loco para imaginarme donde podría estar. Lo peor es que eso de pensar como un loco cada vez me cuesta menos.
Búsqueda a 9+. Incrementada a 11+ si no tenemos al menos 3 de locura acumulada… que no es el caso, así que será Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 6, 5, 5. Segundo intento (repitiendo el 6): Linterna, Revólver, 5, 5, 4. Obtenemos Búsqueda 14 y pasamos la tirada.
Lo encontré al final de la tarde, en un callejón detrás de la fábrica de conservas. Estaba sentado en el suelo, abrazándose las rodillas, con la mirada perdida y la camisa de fuerza suelta y desgarrada. Avancé hacia él echando mano al revólver, por si acaso, pero sin sacarlo de la gabardina. Cuando me vio, rompió a llorar como un niño.
—Yo… yo… yo no quería… hacerle daño a nadie —balbuceó.
Me acerqué despacio para no asustarlo más de lo que ya estaba.
—Tranquilo, Hensworth. Ya pasó. Vamos a llevarte a un sitio seguro.
Él negó con la cabeza, temblando.
—No… no hay ningún sitio seguro… no lo entiendes… ellos… ellos me miran… esté donde esté… incluso cuando cierro los ojos… incluso cuando duermo…
—¿Quiénes?
Le costó hablar. Cada palabra parecía pesarle toneladas.
—Los que se esconden en las formas. Viven en los pliegues… caminan en espirales… —murmuró, con la voz rota, llevándose las manos a la cabeza.
—Hensworth, necesito que te concentres. ¿Qué más viste?
El agente empezó a repetir nombres, lugares, frases sueltas. Nada coherente, pero lo suficiente para que yo sacara mi libreta y anotara rápidamente todo lo que decía. Y luego, como si se le rompiera algo por dentro, se desplomó contra el suelo.
Lo llevé de vuelta al psiquiátrico. No sé si podrán ayudarlo. No sé si alguien puede. Pero al menos ya no está corriendo por las calles, y yo tengo una libreta llena de pistas que no sé si quiero entender.
MARTES, 10 DE MARZO DE 1926
Hoy recibí una nota inesperada. Escrita con una caligrafía firme, elegante, de esas que ya no se ven. La firmaba la señora Hargrove. Sí, esa señora Hargrove. La anciana aterrada que conocí en enero , la que temblaba como una hoja y hablaba de voces detrás de las paredes, y a la que en ese momento tomé por loca.
Casi me había olvidado de ella. Pero por lo visto, ella no se había olvidado de mí. Fui a su casa al caer la tarde. Me abrió la puerta un criado alto, calvo, con cara de monstruo de Frankenstein, pero impecablemente vestido. El tío daba miedo. Me hizo pasar hasta el salón sin una palabra y luego se retiró, dejándome con una elegante mujer que casi no reconocí al principio. Erguida, serena, vestida con un traje oscuro de corte antiguo, el cabello recogido con una dignidad de esas que no se puede fingir. Tardé unos segundos en darme cuenta de que era la señora Hargrove.
—Gracias, D’Onofrio…- dijo despidiendo al criado. Luego se volvió hacia mí— Detective Miller —dijo con una voz firme, sin rastro del temblor que recordaba—. Gracias por venir.
Me ofreció té y un asiento y se sentó frente a mí, con las manos cruzadas sobre el regazo.
—Supongo que se preguntará por qué le he llamado —empezó.
—Supongamos que sí —respondí.
—Quiero hablarle de mi marido. Y de lo que nos ocurrió, hace ya… demasiados años.
La anciana tenía una historia que contar, pero ella misma no parecía estar totalmente convencida de querer hacerlo. Esperé pacientemente a que ordenara sus ideas y se decidiera a hablar.
Investigación a 9+. Incrementada a 11+ porque seguimos sin tener al menos 3 de locura acumulada. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 3 y el 2): Lupa, Revólver, 6, 5, 1. Lo dejamos así y pasamos la tirada con Investigación 12 y acumulando el primer punto de locura del mes.
Me contó que ella y su esposo habían sido arqueólogos en su juventud. Que habían dedicado su vida a estudiar culturas perdidas, ruinas sin nombre, símbolos que nadie sabía leer. Hasta que un día encontraron algo: restos de una civilización nativa desconocida, enterrada en lo profundo de los montes Apalaches. No había registros, ni leyendas, ni rumores. Nada. Como si alguien hubiera borrado su existencia a propósito. Me describió cómo los muros de piedra estaban cubiertos de grabados imposibles: curvas que parecían moverse cuando uno las miraba demasiado tiempo, ángulos que no coincidían con la geometría humana. Pero lo peor no era eso.
—Cuando hablábamos —continuó—, nuestras voces rebotaban en las paredes… pero no como un eco normal. Era como si los símbolos… respondieran.
Fruncí el ceño.
—¿Responder cómo?
—Cambiaban —susurró—. Muy ligeramente. Una curva se alargaba. Una línea recta se encogía. Un símbolo entero parecía hacerse más pequeño o más grande según el tono de nuestra voz. Como si… como si las piedras escucharan. Como si reaccionaran al sonido.
Se me heló la sangre. Me recordó a la pequeña excursión nocturna a Old Briarhill que hice con la doctora Marsh el viernes pasado. Me había dado la impresión de que los símbolos grabados en los muros derruidos se movían, pero lo achaqué o quise achacarlo a la temblorosa luz de la linterna.
—Mi marido se obsesionó —dijo ella, bajando la mirada—. Pasó días hablándoles. Susurrándoles. Gritándoles. Y cada vez que lo hacía, los símbolos cambiaban más. Yo intenté detenerlo, pero… ya era tarde. Algo en esas ruinas había atrapado su mente.
Guardó silencio un momento. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un hilo.
—Lo perdí allí, detective. No de golpe. Poco a poco. Día tras día. Hasta que un día dejó de ser él. No conseguí arrancarle de esos grabados. Y yo… yo he vivido con esa culpa desde entonces.
La miré y no vi a la anciana temblorosa que encontré en enero. Vi a una mujer que había cargado con un peso imposible durante décadas.
—¿Por qué me cuenta esto ahora? —pregunté.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos brillaban con una determinación que no había visto en mucho tiempo en nadie más.
—Porque lo que está ocurriendo en Arkham… es lo mismo. Y yo ya no pienso esconderme. No pienso dejar que lo que destruyó a mi marido destruya esta ciudad. Soy vieja, Miller. Pero no inútil. Aun puedo enfrentarme a esto con mis propias armas. Tengo dinero, contactos y más influencia de la que parece en ciertos lugares que ni se imagina. Y no tengo miedo. No más. Si usted y otros siguen luchando contra lo que sea que está pasando, yo también lo haré.
No supe qué decir. Solo asentí. La señora Hargrove, la anciana que un par de meses antes temblaba como un flan con una Thompson descargada entre las manos, estaba lista para volver a la guerra, y tenía una vieja deuda que saldar.
MIÉRCOLES, 11 DE MARZO DE 1926
Últimamente, mi lista de cosas que hubiese preferido no hacer es más larga que la Biblia, y hoy tuve que anotar mentalmente una más.
El comisario O’Maley me llamó a su despacho. No para gritarme, que sería lo habitual, sino para mostrarme algo. Sobre la mesa tenía una carpeta con informes médicos, declaraciones y un par de fotografías que parecían sacadas de un álbum familiar.
—Otro agente —dijo, sin rodeos.
Me pasó la carpeta. El agente en cuestión era Merrick, un policía joven e idealista. Había tratado un par de veces con él en mis ocasionales visitas a la comisaría. Un buen tipo. Según el informe, llevaba días comportándose de forma errática: insomnio, paranoia, episodios de agresividad, y algo que los médicos llaman “alucinaciones auditivas”. Yo lo llamo “vivir en Arkham”.
—¿Qué quieres que haga? —pregunté.
—Habla con él —respondió O’Maley—. No como ex policía, sino como… como tú. A ver si puedes hacer algo por él antes de que acabe como Hensworth.
Encontré a Merrick en la sala de descanso, sentado en un banco, con la mirada perdida en el suelo. Tenía el uniforme arrugado, las manos temblorosas y un tic en el ojo izquierdo que no presagiaba nada bueno. Cuando me vio, intentó ponerse firme, pero le salió un gesto torpe, casi infantil.
—Detective Miller… yo… yo estoy bien —mintió.
—No, no lo estás. Y no pasa nada. Solo quiero que me cuentes qué te está ocurriendo.
—Oigo cosas… detrás de las paredes… en los pasillos… incluso en mi casa. Voces que no son voces. Como si alguien respirara dentro de las tuberías. Y cuando cierro los ojos… veo símbolos. Espirales. Y… y sombras que no deberían moverse, pero lo hacen.
Era el mismo patrón. El mismo maldito patrón.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Desde las redadas… desde que entramos en la casa de los sectarios… desde que vimos… eso.
No quiso decir qué era “eso”, ni yo se lo pregunté. No hizo falta. Yo también había visto demasiados “esos”. El chaval estaba a punto de derrumbarse y solo había dos cosas que yo pudiera hacer por él: mentirle y achacarlo todo a su imaginación para tranquilizarlo, o decirle la verdad para que se enfrentase a ella y quizá arruinarle la vida para siempre.
Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble), 6, 3, 3. Segundo intento (repitiendo todos los dados): Lupa, Revólver, 6, 2, 2. Tercer intento (repitiendo ambos 2) Lupa, Revólver, 6, 6, 2. Obtenemos Investigación 14 y recibimos el segundo punto de locura de marzo. Dos días seguidos perdiendo cordura y no estamos ni a mitad de mes.
—Merrick —dije—, escucha. No estás loco. Algo está pasando en esta ciudad. Algo malo. Y tú solo has estado demasiado cerca.
Él me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Voy a acabar como Hensworth?
—No si puedo evitarlo.
Hablé unos minutos más con él. Cuando salí de la comisaría, me quedé un rato en la calle, mirando a los agentes que entraban y salían. Jóvenes, viejos, cansados, ilusionados, quemados… los guardianes de Arkham, que la propia ciudad estaba empezando a devorar.
JUEVES, 12 DE MARZO DE 1926
Hoy me tocó otra serpiente bicéfala. Ya debería pedir que me las envíen por correo certificado. La encontré en un callejón detrás de la fábrica de hielo. Estaba enrollada sobre sí misma, siseando a la nada. Es curiosa la facilidad que tienen para encontrarme, casi como si aparecieran precisamente por donde voy a pasar.
Cuando me vio, levantó sus dos cabezas a la vez, y por un segundo pensé que iba a hablarme. No lo hizo, claro. Las serpientes no hablan. Pero esta parecía estar pensando en intentarlo, o tratando de recordar como se hacía.
Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 5, 4. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 6): Revólver (doble), 5, 4, 1. Obtenemos Combate 10 y pasamos la tirada.
Una de las cabezas se lanzó hacia mi pierna, la otra hacia mi mano. Tuve que retroceder de un salto para no acabar lleno de veneno. Le disparé. A la tercera bala empezó a retorcerse, pero seguía avanzando. Le disparé tres veces más. Una de las cabezas ya colgaba inerte, pero siguió acercándose, contorneando su cuerpo como una corista. Sin tiempo para recargar, saqué la linterna del bolsillo del abrigo y se la estampé en la cabeza que le quedaba. El cráneo crujió y se derrumbó al fin. La pisoteé un poco, por si acaso, pero luego me marché sin preocuparme por ver como se licuaba. Lo había presenciado ya tantas veces que lo veía como normal.
VIERNES, 13 DE MARZO DE 1926
Pasé por la sacristía para seguir con mi “formación”, como lo llama el padre Arden. Me recibió prescindiendo de formalidades.
—Hoy avanzaremos un poco más. Ya conoces las palabras. Ahora aprenderás a darles la entonación y la gravedad. Es algo que debe pronunciarse de una forma especial. Ten en cuenta que muchas de estas palabras no fueron concebidas para ser pronunciadas por gargantas humanas.
—Pues vamos con ello. Al final lo recitaré de carrerilla, como el Padre Nuestro.
Arden frunció el ceño.
—No digas eso. Lo que contiene este libro no son rezos, aunque puedan parecerlo. Son hechizos… fórmulas… pero no oraciones. No quiero que confundas esto con una verdadera religión.
—Créame, padre, no corro ese riesgo.
La lección empezó. Repasamos lo que me enseñó la semana anterior y vimos algunas cosas nuevas, como distinguir entre invocaciones, descripciones y advertencias. Poco a poco, las frases empezaron a tener algo más de sentido.
Investigación a 8+. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 3. Obtenemos Investigación 12 y pasamos la tirada.
Cuando terminamos estaba agotado. Es un libro, pero a veces siento que solo el mírarlo o tocarlo me roba las fuerzas. Arden lo cerró y acomodó sobre la cubierta un crucifijo de metal brillante, quizá de plata. Lo hizo con cuidado, como si estuviera colocando un candado en la puerta de un calabozo. Me sugirió que sería mejor dejar el libro allí. No puse ninguna objeción. La verdad es que estaba deseando perder de vista aquel libraco.
SÁBADO, 14 DE MARZO DE 1926
Esta noche volví a las Tierras del Sueño. Aunque me cueste admitirlo, ese lugar empieza a ser el único sitio donde siento que tengo algo de control. Evelyn (o, mejor dicho, su versión onírica) apareció a mi lado casi al instante. Allí no era la mujer nerviosa y brillante que conozco en la vigilia. Allí era un búho. Un búho de plumaje y ojos dorados, que se posó en mi hombro como si llevara toda la vida haciéndolo. Y lo más extraño, es precisamente que no lo encontraba extraño. El búho ululó, y en mi mente se formó la palabra “¿Preparado?”
—Para lo que sea —respondí.
Búsqueda a 12+. Primer intento: Linterna (doble), 5, 5, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Linterna (doble), 5, 5, 4. Obtenemos Búsqueda 14 y pasamos la tirada.
Lo que siguió, no sé cómo describirlo sin sonar como un loco más del psiquiátrico de Arkham. Viajamos durante lo que parecieron meses. A veces años. Caminamos por bosques donde los árboles murmuraban y los frutos que colgaban de sus ramas eran ojos. Donde las setas caminaban sobre diminutos pies, como niños jugando a esconderse. Cruzamos mares inmensos en barcos que parecían hechos de cristal con velas de seda, navegando sobre aguas que reflejaban constelaciones de estrellas que no se correspondían con las de nuestro mundo, y que tampoco veías si levantabas la vista al cielo.
Conocimos gente. Mucha gente. La mayoría eran humanos. Otros… no del todo. Criaturas con piel de mármol, pastores que guiaban rebaños de música, mercaderes que vendían recuerdos embotellados. Y todos me trataban como si fuera alguien importante. Un sabio. Un anciano venerable de piel aceitunada, barba blanca y turbante. Mi doble onírico. Lo que para mi era solo una imagen creada por mi ego, para los habitantes de la Tierra del Sueño era la realidad. A sus ojos yo era un maestro. Un guía. Un viajero respetado. Y el búho en mi hombro era mi compañera inseparable, la voz sensata que me aconsejaba cuando el paisaje se volvía demasiado extraño incluso para mis estándares. Y lo más inquietante: yo también lo sentía así. Como si hubiera vivido allí toda una vida. Como si ese mundo fuera tan mío como el de la vigilia.
Cuando por fin desperté, estaba en mi cama. La doctora, supongo que en la suya, al otro lado de la ciudad. Pero ambos recordábamos exactamente lo mismo. Cada detalle. Cada conversación. Cada criatura. Cada lugar. Miré el despertador de mi mesita. Las cuatro de la madrugada. Habíamos compartido años de vida… mientras en el mundo real solo habían pasado unas horas. Nunca he creído en los flechazos, en eso que dice la gente de que nada más conocerse se enamoraron perdidamente. Me pregunto si no será que esas personas ya se conocían desde mucho tiempo atrás por haberse encontrado en sueños compartidos que luego olvidaron al despertar.
La mamaloi me describió el Mundo Onírico como un refugio, un campo de entrenamiento y un puente entre soñadores. Y sí, es todo eso, pero también mucho más que eso. Es un mundo entero. Un mundo donde el tiempo no importa. Donde la voluntad crea y modifica lo que te rodea. Donde uno puede aprender en una noche lo que tardaría años en la vigilia. Es extraño, pero cada vez siento más que mi verdadero lugar es ese mundo, y menos este.
Y si yo puedo entrar… y la doctora puede entrar… y la mamaloi puede entrar… ¿Quién más puede hacerlo? ¿Y quién más ya lo está haciendo?
DOMINGO, 15 DE MARZO DE 1926
Evelyn y yo volvimos al Mundo Onírico. Después de lo que vivimos ayer, ese lugar empieza a sentirse menos extraño que Arkham. La doctora (de nuevo en su forma de búho) descendió del cielo y se posó en mi hombro en cuanto crucé el umbral del sueño, como si hubiera estado esperándome.
Seguimos explorando. Caminamos por praderas donde la hierba cantaba con el viento. Atravesamos bosques donde los árboles se inclinaban para saludarnos. Un grupo de pingüinos con hábito de monje caminaba en fila india, como pequeños peregrinos. Una nube nos estuvo interrogando durante un buen rato, y finalmente satisfecha por nuestras respuestas, se dejó arrastrar de nuevo por el viento. La presencia de algunos seres encorvados y furtivos que nos observaban tras unos peñascos me hizo echar de menos mi revólver, y cuando me concentré en crear una réplica formada por maná, lo que apareció en mis manos fue una ballesta. Evelyn revoloteó a mi lado, riendo.
Pasaron días. Semanas. Meses. El tiempo en ese mundo es caprichoso e inconstante. Y mientras tanto, yo seguía siendo ese anciano sabio de piel oscura y barba blanca, con un turbante, viajando con un búho al hombro.
En una de las ciudades oníricas (una urbe de torres gigantescas con forma de dedo que señalaban al cielo, y cuyo nombre cambiaba a cada puesta de sol sin repetirse jamás) alguien nos habló de ella. La Princesa. Una figura poderosa, respetada y temida a partes iguales. Una mujer que, según decían, conocía los secretos más profundos de esa región de las Tierras del Sueño a la que había gobernado durante miles de años, y podía ver más allá de los velos que separan los mundos. Así que fuimos a buscarla.
Tuvimos que hablar con guardias que parecían hechos de mármol vivo. Convencer a ministros que tenían dos bocas, una bajo la otra, y ambas hablaban a la vez contradiciéndose continuamente. Esperar en salas donde el tiempo corría hacia atrás y cada vez faltaba más para que nos recibieran. Presentar nuestras credenciales a escribas que tomaban nota de ellas en el mismo aire, mojando la punta de su pluma en un frasco de agua.
Investigación a 21+. Reducida a 15+ por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Primer intento: Lupa, Revólver, 6, 4, 1. Segundo intento (repitiendo el 1): Lupa, Revólver, 6, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 4 y el 2): Lupa, Revólver, 6, 2, 2. Obtenemos Investigación 10 y no superamos la tirada, además de acumular un tercer punto de locura.
Al final, tras lo que parecieron semanas de trámites, nos negaron la audiencia. Abandonamos el palacio de La Princesa sin haber llegado siquiera a verla. Cuando nos alejábamos me giré a darle un ultimo vistazo al lugar. Desde una de las amplias balconadas nos observaba una joven vestida con una sobriedad que desentonaba con el lujo del palacio. Llevaba una falda de lana blanca, un chal de lino sencillo y sostenía un bastón de madera sin pulir, como si acabara de llegar de pastorear en el campo. Al verla supe que era ella, La Princesa. Lo supe con esa certeza que se tiene en los sueños.
Pero al notar que la miraba, se desvaneció en el aire. Y en ese momento desperté.
Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí.







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