Presentado por...Zag.
¡Extra! ¡Extra! ¡Cosas de lo más extrañas están ocurriendo por todas partes! ¡El mundo de la vigilia parece cada vez menos cuerdo y el onírico cada vez más solido! ¡Y si alguien encuentra el día que nos falta, que escriba a nuestra sección de objetos perdidos para avisar! ¡Se gratificará su devolución!
En esta ocasión el Diario de Miller es un poco más corto de lo habitual. El martes de esta semana se nos pasó por completo hacer la tirada del día, así que nuestro alter ego de 1926 no hizo nada relevante el martes correspondiente😅
LUNES, 23 DE MARZO DE 1926
La excavación de Old Briarti siempre me ha dado mala espina. No por lo que encontraron allí (fragmentos de cerámica, símbolos tallados en la roca), sino porque desde el principio me ha dado la impresión de que faltaba algo por encontrar. Una de esas cosas que es mejor dejar enterradas.
Hoy volví al lugar porque Evelyn me pidió fotos de unas marcas nuevas en la tierra que había encontrado el último grupo de estudiantes que estuvo allí haciendo prácticas. Ella ha terminado por aborrecer el lugar, y no la culpo. Por suerte tengo una Leica de tan solo un kilo de peso. Es impresionante lo mucho que las han reducido de tamaño en los últimos años. A este paso, llegará el día en que las máquinas de fotos cabrán en un bolsillo.
Llegué al anochecer, con unas cuantas bengalas de magnesio para poder hacer las fotos. El viento arrastraba polvo y hojas secas entre los andamios. Las lonas que cubrían los fosos se movían como si algo respirara debajo. Y en cierto modo sí había algo debajo, pero que respirara, en estos momentos lo dudo.
Tan pronto como lo vi me di cuenta de que no era un perro normal. Tampoco uno de esos perros muertos como los de Calder. Era una criatura que parecía un perro pero era otra cosa. Una "otra cosa" disfrazada de perro. Salió de la zanja con un movimiento que solo puedo definir como ingrávido. Se movía como si no tuviera peso, pero tampoco parecía un fantasma. Era enorme, más grande que cualquier mastín, y los ojos… los ojos eran dos esferas blancas, sin pupila, que brillaban como lunas errantes. Era algo ligado a la propia colina horadada por la excavación. El perro, o lo que fuera, avanzaba sin dejar huellas en la blanda tierra.
Combate a 13+. Primer intento: Lupa (doble) 6, 5, 2. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 2) Revólver, Lupa, 5, 4, 1. Tercer intento (repitiendo el 1) Revólver, Lupa, 5, 4, 3. Nos quedamos a Combate 12 y no pasamos la tirada.
Naturalmente, disparé. Ya tengo claro que no vale la pena andar con miramientos con estas criaturas. La bala pasó a través de él como si no existiera, pero el caso es que sí existía, y echó a trotar hacia mí. Yo también corrí. ¿Qué podía hacer? Esto de tener que averiguar cada vez cómo se mata a lo que sea que le apetezca aparecer es un incordio. Así que solo corrí, oyendo al perro, o a aquello que se hacía pasar por un perro, cada vez más cerca.
Entonces aulló. Un sonido agudo, lastimero, como de derrota, que me hizo detenerme y mirar atrás. Yo había salido de los límites de la excavación, pero la criatura parecía incapaz de abandonarla. ¿Será que su radio de acción está limitado a las ruinas? ¿Que no puede ir más allá de los límites que marquen las antiguas piedras que parece proteger? La criatura retrocedió, temblando, y entonces desapareció. Simplemente… dejó de estar ahí, como si hubiera sido arrancado de la realidad.
Conseguí salir ileso, y quizá debería conformarme con eso, pero el haber tenido que huir de algo que ni tan solo debería existir es una sensación horrible.
MARTES, 24 DE MARZO DE 1926
Hoy he estado todo el día en la oficina. Concretamente, en el sofá que utilizo como cama. Estaba demasiado harto de todo. Salvar el mundo a diario es verdaderamente agotador. Creo que me merezco un día de descanso de vez en cuando.
MIERCOLES, 25 DE MARZO DE 1926
Otro día perdido sin moverme de la oficina, o ese era el plan. Un par de tragos botellas de bourbon me ayudaron a conciliar el sueño pese a que tenía la mente llena de horrores en los que no podría dejar de pensar de forma consciente. A las cuatro de la tarde ya estaba roncando como un tronco.
Caí en las Tierras del Sueño sin buscarlas, porque alguien me estaba buscando a mí en ellas. Lo sentí mientras intentaba dormir: un tirón suave, como si alguien me tomara del hombro desde el otro lado. No era una fuerza hostil, sino familiar. Era Evelyn.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sofá. Estaba en ese paisaje imposible que empieza a resultarme demasiado conocido. Y allí estaba ella. No la Evelyn humana, sino la Evelyn búho. Me observaba agarrada a una roca suspendida en el aire.
"Has tardado" dijo en mi cabeza mientras dejaba oír un simple ulular, aunque no movió el pico. Me acerqué. El suelo era arena húmeda, pero cada paso dejaba una huella luminosa que se desvanecía lentamente. Evelyn extendió las alas y me indicó que la siguiera.
"He encontrado algo" me explicó. Caminé (o lo que sea que se hace aquí) por un sendero que iba existiendo a medida que lo pisaba. Dunas que se convertían en escaleras, raíces que se convertían en afluentes. En un momento, el cielo se abrió como una flor y dejó ver algo que me aterró: una espiral gigantesca, formada por larguísimas serpientes negras que giraban y convergían continuamente.
"No lo mires demasiado rato seguido" me advirtió. "Creo que es el rastro del Sacerdote Mayor del que me hablaste. Él también puede entrar aquí".
Al final, llegamos a un claro donde la luz venia desde abajo, no desde arriba. En el centro del claro vi lo que parecía una laguna de cristal. Evelyn se posó en una rama que flotaba sin estar conectada a un árbol, abrió las alas y hebras de maná empezaron a brotar de ella y deslizarse como gusanos de luz blanca hacia la laguna, haciendo crecer sus límites.
"Estoy creando un refugio. Siento que la verdadera lucha se librará aquí. Esta será nuestra fortaleza cuando nos reunamos en este mundo".
—¿Piensas crear todo un castillo? ¿Tienes idea de cuánto puedes tardar?
"Tardaré menos si me ayudas. Y tardaremos menos si otros nos ayudan".
Búsqueda a 7+. Primer intento: Linterna, Revólver, 5, 3, 1. Obtenemos Búsqueda 9 y pasamos la tirada.
Me concentré en mis manos. Finas hebras de maná brotaron de mis dedos y se deslizaron hacia el centro del claro. Cuando sentí que el mundo real volvía a tirar de mí, reclamándome, el centro del claro ya era un suelo de mármol blanco y algo parecido a un muro rudimentario había empezado a formarse a su alrededor. Evelyn plegó las alas.
"Volveremos" dijo simplemente.
Y entonces desperté en el viejo y sudado sofá, con la visión de esa espiral en el cielo taladrándome la mente. O quizá era solo la resaca.
JUEVES, 26 DE MARZO DE 1926
Hoy me enfrenté a otra de las criaturas de Calder. Pero esta vez… esta vez fue distinto. Peor. Un vecino me dijo que había visto un perro muy raro en un callejón detrás del matadero viejo, que había llamado a la policía y que le habían dicho que no podían atenderle por un perro. El vecino acudió a mí porque sabía que era detective, es decir, porque sabía que tenía un arma de fuego. Me lo comentó después de entregarme una tarta de manzana recién horneada que había preparado su mujer. Estas cosas funcionan así. Llega un momento en que trabajas por comida.
No me costó encontrar al perro. Otros vecinos lo habían visto entrar en el callejón, uno sin salida, y habían bloqueado la entrada con todo tipo de escombros y muebles viejos. El perro no había hecho ningún intento de salir por el momento, pero les asustaba que lo hiciera. Trepé sobre la improvisada barricada ya con el revólver en la mano y me adentré en el callejón.
Lo vi al fondo del mismo, de cara a la pared, que parecía estar rascando con una de las patas delanteras. El cuerpo del animal era grande, musculoso, y la piel estaba llena de remiendos y costuras. Hasta ahí, nada que no hubiera visto ya en las reanimaciones de Calder. Pero entonces se giró hacia mí y pude verlo bien. No tenía patas delanteras. Tenía brazos humanos, cosidos al cuerpo del perro con puntos gruesos, irregulares. Las manos estaban abiertas, los dedos rígidos, las uñas sucias y rotas. Eran además dos brazos derechos, lo que hacía que una de las manos se sintiera especialmente mal. La tapa del cráneo del perro también había sido abierta y vuelta a colocar, sujetándola con remaches industriales.
Sentí un vuelco en el estómago cuando levantó una de esas manos y me señaló con el índice. Luego avanzó hacia mí bamboleándose, con un palmo de lengua brotando de una mandíbula desencajada que parecía incapaz de cerrar.
Combate a 5+. Aumentado hasta 11+ de tener menos de seis puntos de locura, que no es el caso. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 2) Lupa, Revólver, 5, 4, 3. Nos quedamos a Combate 12 y pasamos la tirada.
Le disparé a la cabeza una y otra vez. Incluso tras derrumbarse y quedarse inmóvil continué disparando lo que quedaba en el tambor, hasta agotarlo. Cuando todo terminó, me quedé allí, con el revólver temblando en mi mano. Recargué y me acerqué al cuerpo. Apestaba a formaldehído. Tantos años de policía y luego de detective comprobando cadáveres de víctimas y sospechosos en las morgues hacen que reconozcas estos olores. El del formaldehído en particular no se olvida nunca.
Lo peor, sin embargo, estaba al final del callejón, donde el perro había estado rascando la pared. Me acerqué a comprobar qué estaba haciendo. No eran marcas de rascado. Había un trozo de chatarra afilada en el suelo, y en el muro, a un palmo de altura, la criatura había escrito con la punta de la chatarra un nombre. Quizá el del hombre al que pertenecía una de las manos. O más probablemente el del cerebro humano que, sin duda, Calder había colocado en el cráneo del perro. Un cerebro y que no quiso morir del todo sin tratar de dejar, de algún modo, una última seña de identidad en el mundo.
VIERNES, 27 DE MARZO DE 1926
Otro caso del manicomio. Otro "loco violento" fugado del que el comisario quería que me encargara yo. Él tiene a sus chicos quitándome de encima a todos esos locos de las sectas, así que supongo que de vez en cuando tengo que devolverle el favor. En esta ocasión, el favor se llamaba Thomas Grady, un hombre de unos cincuenta años, bastante tranquilo hasta hace cosa de tres días, cuando tuvo un episodio de agresividad extrema.
Según los guardias del psiquiátrico, había roto la puerta de su celda con una fuerza inhumana y había escapado. O’Maley me dijo que había recibido varias llamadas denunciando que un hombre con lo que parecían ser los restos de una camisa de fuerza había sido visto en un callejón del barrio antiguo golpeando sin cesar un contenedor de basura. Había enviado un par de patrulleros a mantener alejada a la gente, pero quería que fuera yo quien me encargara de él. No especificó a qué se refería con lo de encargarme, así que entendí que tenía vía libre para hacer lo que fuera necesario.
Fui a buscarlo y cuando lo encontré todavía estaba golpeando el contenedor de basura con los puños desnudos. Tenía los nudillos rotos y algunos de los dedos incluso se habían desprendido hasta no ser más que trozos de carne y hueso colgando de fibras de músculo. Dos manos que eran ya unos amasijos casi irreconocibles como tales. Me acerqué despacio.
—Grady —dije—. Soy el detective Miller. Necesitas que te curen esas manos. Voy a llevarte de vuelta al hospital, donde cuidarán de ti.
No reaccionó. Ni siquiera giró la cabeza. Me acerqué un poco más, con el revólver en la mano, pero manteniéndolo detrás del cuerpo para que no lo viera. Fue entonces cuando me fijé en lo que era en realidad. La piel estaba grisácea, tensa, los ojos vidriosos, sin enfoque. Y el pecho… el pecho no subía ni bajaba. No respiraba. Era un cadáver reanimado. Otro de los malditos experimentos de Calder. Se movía sin propósito. Su agresividad no estaba dirigida contra nada concreto. Solo trataba de destruir lo que la casualidad quiso que tuviera delante cuando el instinto de romper algo se instaló en su cabeza.
Búsqueda a 5+. Aumentado hasta 11+ de tener menos de seis puntos de locura, que sigue sin ser el caso. Primer intento: Lupa, Revólver, 5, 4, 2. Segundo intento (repitiendo los símbolos de habilidad) Linterna, Revólver, 5, 4, 2. Obtenemos Búsqueda 11 y pasamos la tirada.
Hice una señal a los guardias para que se acercaran lentamente, sin llamar su atención. Entonces disparé al aire. Y la criatura, puesto que en conciencia no puedo llamarlo persona, levantó repentinamente la cabeza hacia el cielo, como si creyera que el estampido del disparo hubiese sido un trueno. Salté sobre él y los agentes me ayudaron a reducirlo. No fue fácil ni fue limpio, pero lo conseguimos. Lo atamos e inmovilizamos y lo llevamos de vuelta al manicomio. Dispararle en ese momento no habría servido de nada. Habría sido solo un cadáver más en la morgue. Yo necesitaba demostrar que era capaz de moverse por sí mismo pese a estar muerto.
Pedí hablar con los médicos que lo atendían regularmente. No me dieron largas. Quizá porque estaban tan asustados como yo. El doctor Hensley consultó los archivos, nervioso. Me dijo que la última vez que fue revisado, la semana anterior, estaba vivo. Se le tomó el pulso, respiración, reflejos. Pero no podían saber exactamente en qué momento murió. Sus episodios de violencia extrema empezaron el miércoles de esta misma semana, y suponen que fue en ese momento cuando debió fallecer. Habían tenido a un cadáver deambulando de un lado a otro de su celda durante dos días sin darse cuenta de que estaba muerto.
Salí del manicomio con una idea clara. Demasiado clara. Para haber tenido acceso a Grady después de su muerte… para haber manipulado su cuerpo… para haberlo reanimado sin que nadie lo notara… Calder debe estar trabajando dentro del psiquiátrico. Con otra identidad, por supuesto. Quizá como médico. Quizá como celador. Quizá incluso como paciente de mínima seguridad. Pero debe estar allí. Antes o después le echaré el guante a ese lunático.
SÁBADO, 28 DE MARZO DE 1926
Estaba saliendo de la comisaría tras hablar con O’Maley sobre conseguir acceso a las fichas de personal del manicomio cuando la vi sentada en el bordillo, como si llevara horas esperándome. La anciana del sapo y la serpiente. El sapo descansaba en su regazo, inmóvil como una piedra, y la serpiente amarilla estaba enroscada alrededor de su muñeca, tan quieta que podría pasar por una pulsera a un observador poco atento.
La anciana levantó la vista cuando me acerqué a ella.
—Detective… —dijo sonriendo—. El aire huele distinto hoy, ¿no le parece?
—¿Qué has visto esta vez? —pregunté.
Ella sonrió más. Una sonrisa casi sin dientes. Luego pareció dudar. Vi en sus ojos esa lucha de nuevo. La lucha entre lo que quería decirme y aquello (miedo, locura, una voluntad ajena a la suya quizá)que trataba de impedírselo.
Búsqueda a 11+. Primer intento: Linterna, Revólver, 5, 5, 2. Obtenemos Búsqueda 12 a la primera y pasamos la tirada.
—No he visto nada. He escuchado. He escuchado que las cosas que caminan sin alma están inquietas —susurró—. Sienten que algo las llama.
—¿Qué las llama? —pregunté.
La anciana inclinó la cabeza hacia un lado, como si escuchara un sonido que yo no podía oír.
—Un hombre que ya no es hombre las creó, pero ya no es su amo, si es que alguna vez lo fue.
—¿Cómo se llama ese hombre? ¿Calder?
—Un hombre que ya no es un hombre, cuyo nombre ya no es un nombre. Un médico que cura la muerte. Pero la ausencia de la muerte no es la vida. Es algo peor.
—Sí, Calder —murmuré. La anciana negó con la cabeza.
—Quizá ese fue su nombre. Ya no lo es. Su mente ha cambiado. Buscó conocimiento donde no debía. Cree ser el amo de las marionetas que crea, pero él no es sino un títere más. Otro tira de sus hilos. El mismo que rige sobre los que respiran agua. El mismo cuyo pastor mueve rebaños de sombras por la ciudad.
El sapo volvió a croar.
—¿Me estás diciendo que las criaturas marinas, Calder, los Habitantes de la Oscuridad… todos sirven a un mismo ser?
Me acerqué un poco más.
—¿Sabes dónde está? —pregunté.
—¿Dónde está… quién? —me dijo, confundida.
En su mirada noté que no me reconocía. Su mente era un desastre, y lo peor es que no soy capaz de asegurar si cuando sabe quién soy y habla de forma profética está en uno de sus momentos de lucidez, y cuando ni tan solo me reconoce está en un momento de locura, o es al revés. Saqué unas monedas del bolsillo y se las di. Las recibió con una sonrisa genérica, mientras murmuraba haciendo cábalas sobre lo que podría comprar con ellas.
DOMINGO, 29 DE MARZO DE 1926
Esta noche Evelyn y yo volvimos al Mundo Onírico. Evelyn parece tener mucha más facilidad que yo para acceder a ese mundo y lo hace de forma voluntaria casi cada noche. Me dijo que ha estado construyendo los muros de la fortaleza que nos servirá de cuartel general para cuando empecemos a reunir un ejército en las Tierras del Sueño. Habla como otra persona. Como si parte de ese mundo, de esa otra realidad a medio camino entre la mitología y los cuentos para niños, se estuviese instalando poco a poco en su cabeza y sustituyendo a la realidad.
Me dijo que debíamos regresar e intentar hablar de nuevo con La Princesa. Que si queríamos que nos recibiera algún día, debíamos ganarnos un nombre allí. Y así empezó nuestra pequeña aventura.
Caminamos por un sendero que se hacía y deshacía bajo nuestros pies. Fue entonces cuando escuchamos el llanto. Un sollozo pequeño, tembloroso, como el de un niño. Evelyn giró la cabeza.
"Ahí está nuestra oportunidad. Alguien necesita ayuda".
En nuestro claro encontramos una pequeña criatura vestida de colores chillones y con orejas puntiagudas.
—¡Oh, cielos! ¡Oh, cielos! —decía, dando saltitos nerviosos—. ¡La he perdido! ¡La he perdido!
—¿Qué has perdido? —pregunté.
El duende, si es que de eso se trataba, me miró con sus enormes ojos.
—Mi sombra, señor. Se ha escapado. Y sin ella… sin ella no soy nadie aquí.
Evelyn se posó en una rama flotante.
"Las sombras no se escapan solas. Alguien te la ha robado".
—Fue el Hombre de los Dedos Largos —lloriqueó el duende—… lo sé… lo sé… él colecciona sombras para venderlas en el Mercado de Medianoche.
Evelyn me miró. "Si recuperamos la sombra, el Viento hablará bien de nosotros. Y si el Viento habla bien de nosotros, algún día La Princesa lo escuchará y quizá entonces nos recibirá".
Le dije al duende que nosotros buscaríamos su sombra y se la devolveríamos. Lo curioso es que en ese momento no me sentí ridículo al hacerlo. Pero más curioso todavía es que ahora que estoy escribiendo esto, sigo sin sentirme ridículo. Durante el sueño, todo lo que nos estaba ocurriendo era total y absolutamente lógico dentro de su propia realidad. Y de algún modo pienso que sigue siéndolo.
Búsqueda a 17+. Reducida a 13+ por haber superado cuatro de las seis pruebas previas de la semana. Primer intento: Linterna (doble), 4, 2, 1. Segundo intento (repitiendo el 2 y el 1) Linterna (doble) 5, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Linterna (doble) 6, 5, 4. Empleamos uno de los dos hechizos de los que disponemos cada mes para convertir un 6 en un 5. Obtenemos Búsqueda 14 y pasamos la tirada.
Buscamos el Mercado de Medianoche durante días. No puedo ni describir las criaturas de pesadilla a las que imploramos ayuda, hasta que finalmente las sombras de los árboles se juntaron, se retorcieron y formaron una puerta. Dentro, el Mercado era un laberinto de puestos hechos de humo sólido y huesos. Criaturas de todos los tamaños vendían cosas tales como suspiros embotellados, recuerdos ajenos y pedazos de sueños rotos.
Y allí, en un rincón, estaba el Hombre de los Dedos Largos. Tenía unas manos demasiado grandes, dedos que se retorcían como gruesas lombrices, y una sonrisa tan absurdamente ancha que las comisuras de sus labios se juntaban con las de sus ojos. En su mesa había sombras dobladas como pañuelos.
"Buscamos la sombra de un duende" dijo Evelyn. El Hombre sonrió aún más.
—Ah, sí… la tengo... pequeña... temblorosa... muy educada. Pero nada es gratis.
—¿Qué quieres a cambio? —pregunté.
Él me miró como si pudiera ver a través de mí.
—Quiero un miedo tuyo. Uno que hayas olvidado y ya no necesites.
Acepté. El Hombre metió la mano en mi pecho y sacó un guijarro pequeño, gris, que guardó en un frasco.
—Trato hecho —dijo, entregándonos la sombra.
Volvimos al claro. El duende seguía allí, temblando. Le devolvimos su sombra. Saltó hacia ella, y la sombra se pegó a sus pies como si nunca se hubiera ido.
—¡Gracias! ¡Gracias! —dijo—. El bosque sabrá lo que habéis hecho. Y el Viento. Y La Princesa también. Yo mismo se lo diré.
Cuando desperté, tenía la sensación de que por fin habíamos dado un paso en la dirección correcta en ese mundo en el que las direcciones no significan nada.
Hasta el próximo (y esperemos que completo) informe del domingo que viene, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí.






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