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domingo, 9 de agosto de 2026

EL CASTIGADOR. Basura & Rosa silvestre

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

Hoy en día el tema de los justicieros y vigilantes está más de actualidad que nunca. Esto, en parte, está motivado por una situación real: la criminalidad se ha disparado en toda Europa en la última década debido al auge de ideologías extremadamente radicales e intransigentes que están tratando de imponerse en todo el continente, y a una desconcertante permisividad con los delincuentes por parte de los mismos organismos que deberían mantenerlos a raya. Debido a esto, muchas poblaciones se han visto obligadas a formar sus propias patrullas ciudadanas ante la inacción de unas fuerzas de seguridad que, en muchos casos, tienen las manos atadas o carecen de la preparación o el equipamiento mínimo necesario para ejercer su labor.

No vamos a entrar en detalles, que esto es un blog de coleccionismo después de todo. Quien esté informado ya sabrá de lo que hablo y quien no lo esté, a estas alturas, es porque el tema realmente o no le importa o prefiere ignorarlo. Pero el caso es que este aumento de la criminalidad en España y en el resto de Europa me ha hecho caer en la cuenta de que hace mucho que no reseñaba un cómic de El Castigador, así que vamos a ponernos con ello repasando la historia en dos partes Basura y Rosa silvestre.

Basura (n.º 6). El Castigador está investigando a una empresa de gestión de residuos porque, al parecer, está implicada en el tráfico de materiales tóxicos o químicos. No tiene nada concreto todavía; solo sabe que hay algo turbio. Se cuela de noche en una de sus instalaciones, narcotizando a un par de perros guardianes con dardos tranquilizantes. Por una conversación que oye a través de una ventana, se entera de que están trapicheando con algo potencialmente muy peligroso, algún tipo de residuo que debería haber sido gestionado de forma legal, pero que, en lugar de eso, van a revender a alguien para que fabrique lo que él supone que será algún tipo de arma química.

Los guardianes lo descubren, pero no son guardias de seguridad típicos: son los propios empleados, todos los cuales parecen ir armados y tirar a matar. Claramente se trata de algún tipo de operación clandestina, así que no se contiene lo más mínimo. 

Tras acabar con todos, se dedica a buscar pistas por el lugar y encuentra una que le parece especialmente significativa. Sobre la mesa de una de las habitaciones hay un contador Geiger usado para medir la radiación, y al conectarlo el aparato comienza a sonar inmediatamente. No hay nada presente que parezca emitir radiación, pero la señal que da el contador es muy alta, lo cual evidencia que hasta hace relativamente poco algún tipo de residuo nuclear estuvo presente en ese mismo lugar.

Con la ayuda de Microchip, uno de sus contactos habituales (que es experto en fabricar armas y aparatos de alta tecnología) y de su hijo (que es informático y hacker), consigue encontrar dónde tiene esa empresa su vertedero y va también a hacerles una visita. Allí, en medio de un montón de basura y bidones de residuos químicos, encuentra un cráneo humano. Al parecer, el lugar se utiliza también como cementerio improvisado para disolver o sepultar aquellos cuerpos de los que no quieren que quede rastro.

Vigila el edificio de oficinas del vertedero hasta que ve aparecer a un par de individuos: un tipo delgaducho que porta un maletín y otro enorme que claramente es su guardaespaldas. Se cuela en el edificio y escucha una conversación entre estos individuos y otros dos que les esperaban dentro. Los dos primeros son, a todas luces, terroristas islámicos que están buscando material nuclear con el que confeccionar una bomba atómica casera. El material, plutonio en polvo, está allí esperándoles, encerrado en un recipiente de plomo. Probablemente sea el mismo recipiente que estuvo en las primeras instalaciones y que dejó su marca radioactiva por todas partes.

La venta está a punto de completarse y el Castigador irrumpe pegando tiros, pero el guardaespaldas del comprador reacciona lanzando contra él el pesado recipiente sellado. Esto da tiempo a los demás para empuñar sus armas, y el Castigador se ve metido en un tiroteo cuando más hombres empiezan a aparecer de otros puntos del edificio. Se mueve de un lado a otro acabando con los que encuentra, pero los dos terroristas se le escapan.

El Castigador continúa haciendo limpieza por todo el edificio, aprovechando armas que toma de un arsenal que tenían allí los propios delincuentes.

Mientras deambula de un lado a otro del vertedero, el Castigador pasa un par de veces por un punto en el que, entre los residuos químicos y los cadáveres mal enterrados, está creciendo un pequeño rosal. Al parecer, ha surgido por sí solo allí, en medio de toda la putrefacción y la contaminación. Las rosas rojas crecen como si pretendieran desafiar, con sus espinas y su belleza, todo el mal que se ha acumulado ahí. Esta imagen se le queda grabada en la cabeza, creándole una extraña fascinación.

Varios coches con hombres armados cruzan las puertas del recinto, pero no son refuerzos, sino una organización rival a la que gestiona ese lugar. 

Rosa silvestre (n.º 7). Metido como está de pronto en un fuego cruzado entre dos facciones criminales, el Castigador decide que lo más sensato es poner tierra de por medio y dejar que se maten entre ellos. Cuando regresa al almacén que utiliza como cuartel general, se encuentra con que alguien se ha saltado todos sus sistemas de seguridad y está dentro del edificio trasteando con su ordenador. Es una mujer que se presenta como Rosa y afirma pertenecer al Mossad. Tiene credenciales que así lo confirman, y le cuenta que, aunque él no llegó a verla, ella sí le vio a él durante el combate en el vertedero. Estaba allí siguiendo a los dos musulmanes, llamados Yasir y Ahmad, y, puesto que ella y el Castigador parecen perseguir objetivos similares, le propone colaborar.

Al día siguiente vuelven otra vez al primer recinto que asaltó el Castigador, en busca de nuevas pistas. La mayoría de los guardianes murieron en el primer ataque del Castigador, así que no les resulta muy difícil volver a colarse en él. Los dos mismos perros guardianes de antes vuelven a ser narcotizados. Y he de decir que el hecho de que alguien que no tiene el menor reparo en acabar con los criminales se tome tantas molestias para asegurarse de no hacer daño real a los animales dice mucho a su favor.

Sorprenden a un par de tipos que estaban dentro del edificio y, a punta de pistola, tratan de sacar información a uno de ellos. Pero este no sabe gran cosa. Lo único relevante que les cuenta es que Ahmad, el grandullón, sabe manejar camiones pesados, compresores de basura y maquinaria similar. Rosa se fija en que tienen adherida a una pared una foto tamaño póster de un edificio en construcción, lo cual parece totalmente fuera de lugar en la cochambrosa instalación. Pero ese edificio resulta estar enfrente del teatro de Times Square y, al estar en construcción, tiene en el tejado una grúa con la que están subiendo los materiales desde la calle.

El Castigador se da cuenta entonces de cuál es el plan de los terroristas. No pretenden fabricar una bomba con el plutonio: van a utilizar la grúa. Esa misma noche hay una función especial en la que van a acudir varias personalidades importantes, entre ellos el secretario general de la ONU. No necesitan hacer explotar nada; su plan es utilizar la grúa para verter el plutonio en crudo a lo largo de la calle justo cuando las personalidades abandonen el teatro. La altura ayudará a que el material se disperse mucho más que simplemente derramando el producto a pie de calle. Para los que sean alcanzados por la rociada de plutonio, probablemente suponga una muerte agónica e inevitable que se prolongue durante unos pocos días, pero varias manzanas de calles alrededor podrían tener que ser desalojadas durante siglos.

Conducen rápidamente hasta el edificio en construcción y se cuelan en él. Está siendo protegido por varios hombres con armas automáticas que disparan sin preguntar. El Castigador y Rosa acaban con los guardias y llegan hasta la planta superior mediante un montacargas. Allí se encuentran con Yasir, que les distrae durante unos segundos críticos mientras Ahmad, que ya está en la grúa, la coloca en posición idónea para verter el plutonio a la calle. Rosa va tras él, y esto hace que el Castigador baje la guardia lo suficiente para permitir que el terrorista empuñe un arma y la use. No vive mucho más después de eso, pero logra meter una bala en el hombro al Castigador y le impide ir tras Rosa inmediatamente.

El Castigador trepa por las escalerillas de la grúa, lentamente debido a su brazo herido. Cuando llega hasta arriba ve que Ahmad ya ha capturado y reducido a Rosa. Amenazando con matarla a ella, le obliga a lanzar sus armas al vacío y, a continuación, a caminar por el brazo de la grúa hasta el extremo de esta para que vea de primera mano cómo el plutonio llueve sobre el barrio. Ahmad solo se fijó en que el Castigador lanzaba sus armas de fuego, no en un pequeño cuchillo que lleva oculto. Lo que hace es clavar el cuchillo atravesando el cable de forma que este quede bloqueado, sin que pueda soltarse la carga de plutonio suspendida. 

Y aquí sí que hay que ceder a la fantasía para aceptar esto. He trabajado con grúas de carga náuticas y puedo aseguraros que los cables de grúa tipo torre, como la que vemos en este cómic, formados por torones de acero de alta resistencia trenzados con un alma (núcleo) de refuerzo, no pueden ser atravesados, y mucho menos de un solo golpe, por un cuchillo empuñado por un hombre, por muchos extras que le añadas a la hoja; ni punta de diamante, ni acero de cuchillería extrema como el vanadis, ni una geometría de hoja especial… es físicamente imposible. Pero claro… tenemos que aceptarlo porque este cómic forma parte canónica del Universo Marvel, donde existen metales como el vibranium, el adamantium o el uru, y el Castigador comenta que el cuchillo es «un encargo especial», así que nos toca callar y aceptar.

Al darse cuenta de que el cable de la grúa está bloqueado, Ahmad anda por el brazo de la grúa, con una pistola en la mano, para matar al Castigador desde lejos y luego desbloquear el cable. Sin embargo, Rosa, a la que él ya daba por demasiado vapuleada como para ser una amenaza, se arrastra tras él, agarrando un arma secundaria que este tenía en una funda en el tobillo. Logra meterle a Ahmad un par de balas en el cuerpo antes de que este se revuelva y se le eche encima. Aun malherido, Ahmad es lo suficientemente fuerte como para levantar a Rosa en vilo y arrojarla al vacío: una caída de trescientos metros de la que no tiene posibilidades de salvarse.

El Castigador, que ya corría sobre el brazo de la grúa para ayudarla, solo llega a tiempo de embestir a Ahmad y hacer que este siga el mismo camino hacia el asfalto que Rosa. Los terroristas están muertos, la grúa está inutilizada, el plutonio sigue en su contenedor y las personalidades del teatro de Times Square se han salvado, pero no es una victoria completa. La última viñeta nos muestra al Castigador, apenado por haber perdido a una socia en la que ya empezaba a confiar lo suficiente como para plantearse trabajar en equipo de forma regular. Un cuadro de texto nos indica que más tarde descubrió que las credenciales que le mostró Rosa eran falsas y que no hay ningún registro de ella en los archivos del Mossad. Pero, como siempre en estos casos, nos queda la duda de si ella era una agente independiente que solo fingió ser del Mossad y que tenía motivos puramente personales para acabar con Yasir y Ahmad. O si el Mossad siguió un protocolo de borrado de datos para desvincularse de un agente caído, por una simple cuestión de seguridad.

Es una historia de vigilantes muy representativa de finales de los 80, la época dorada de este tipo de tramas, en las que la mayor parte de la gente estaba de acuerdo en que los criminales debían ser castigados, y no entendidos, perdonados e incluso premiados por cometer delitos, como está ocurriendo ahora. Y el detalle del rosal creciendo entre la basura tóxica y los cadáveres es un elemento simbólico muy potente: incluso dentro de un entorno de absoluta degradación, aún queda algo que resiste pese a su aparente fragilidad.

Puedes ver lo ya publicado sobre El Castigador pulsando aquí.

Wild Rose. 1987. Mike Baron (guion), David Ross (dibujo). Marvel Comics. Publicado en 1988 por Editorial Planeta (Comics Fórum).

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