EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, violentos e ignorantes lectores.
Encontré este libro en un mercadillo por un euro y, como todavía no había leído nada de J. J. Benítez y esto era (o parecía) una recopilación de relatos cortos, lo consideré una buena inversión. ¡Tremendo error!
La obra más conocida de Benítez es Caballo de Troya, una saga de doce libros sobre unos astronautas de la NASA que son enviados al pasado y conocen a Jesucristo. Él siempre ha afirmado que lo que cuenta en estas novelas son en un 90% hechos reales que un oficial de la Fuerza Aérea estadounidense le desveló a él precisamente porque… bueno, porque sí. También afirmó en su momento tener todo tipo de pruebas indiscutibles, aunque nunca las ha presentado más allá de unas pocas fotos borrosas. Además, su obra siempre ha estado rodeada de acusaciones de plagio y de falsear datos científicos o históricos para que encajen con sus teorías.
Encontré uno de los libros de Caballo de Troya en un mercadillo y me planteé comprarlo. Perdí el interés y lo volví a dejar en el montón al leer el texto de contraportada, en el que se comparaba a Benítez con Miguel de Cervantes, diciendo que su obra solamente sería reconocida en toda su verdadera grandeza tras su muerte. Lo de compararlo con Cervantes me pareció petulante, así que volví a dejar el libro en el montón y me olvidé de él. Algunos años más tarde encontré este otro y me lo llevé.
Leer este libro ha sido como recibir una patada en el cerebro, pero no en el buen sentido. El libro empieza con un pequeño prólogo titulado Los dioses escondieron la verdad, en el que Benítez nos dice que en sus sueños se le reveló que los dioses (no especifica cuáles, pero habla de ellos en plural) se le aparecieron para revelarle que la Verdad (así, con mayúsculas, la verdad única e incuestionable) fue escondida de los hombres porque no la merecían. ¿Y dónde la escondieron? Pues la escondieron precisamente en él. Es decir, que ya de entrada el autor se autoproclama como el depositario de la verdad absoluta. Empezamos bien.
Este prólogo está redactado como si fuera también un cuento más. Es algo que se repite a lo largo de todos los cuentos, que en realidad son artículos de opinión apenas levemente disfrazados como cuentos o parábolas. No voy a analizar los cuentos uno por uno porque la mayoría son muy cortos y demasiado parecidos. Pero sí quiero resaltar algunos, y voy a empezar por los que me han gustado, porque son muchísimos menos que los otros.
Tenemos El pájaro y el mástil, por ejemplo. Es una historia muy corta sobre un pájaro que una noche anida en el mástil de un barco amarrado a puerto. El barco zarpa y, cuando el pájaro despierta, se encuentra rodeado por el mar en todas direcciones. El pájaro abandona el mástil, vuela hasta agotarse buscando la costa y, cuando se da cuenta de que va a morir si no regresa al mástil, lo hace y se queda allí agarrado hasta que el barco se aproxima a su siguiente puerto. El pájaro, viendo de nuevo la costa, echa a volar tierra adentro. No hay más. No cuenta nada relevante, pero me pareció una historia bonita.
Otro que me gustó fue Vuelta a la esclavitud, en el que hace un paralelismo entre un texto de 1857 que justificaba la esclavitud humana, con un texto de 1973 que justificaba el aborto libre bajo cualquier circunstancia, incluso si el parto no ponía en peligro la vida de la madre, o el bebé no tenía malformaciones incompatibles con una vida mínimamente digna. Actualmente hay algunos estados en Norteamérica en los que se ha legalizado el aborto hasta en el noveno mes de embarazo, lo cual ha hecho que varios colectivos empiecen ahora a reclamar el derecho a que las mujeres puedan matar a sus hijos, sin que se considere delito, si estos aún son menores de cinco años. Benítez, al parecer, está en contra a lo de abortar por capricho y en esto tengo que darle la razón, porque me parece una monstruosidad equivalente a la de la esclavitud.
Si bien tengo que reconocerle esto, también tengo que negarle otra de las cosas que indica en este mismo relato: el tópico de que la esclavitud siempre ha ido de blancos hacia negros, cuando antes de que Europa y África se encontrasen, en Europa ya había blancos esclavizados por otros blancos y en África ya había negros esclavizados por otros negros. El comercio de esclavos africanos fue algo sostenido y promovido tanto por las élites europeas como las africanas. De hecho, fueron los pueblos europeos los primeros en abolir la esclavitud, y esas mismas élites africanas, que vieron derrumbarse su sistema económico, lucharon activamente contra los europeos por el derecho a poder seguir esclavizando y vendiendo a su propia gente.
Esto es salirse un poco del tema del relato, que realmente era el aborto. Pero igual que hago notar lo que me ha gustado de este relato, hago notar lo que no: el falseamiento de datos, como que la esclavitud siempre ha sido unidireccional y que esta no existía en África hasta que llegó el hombre blanco, cuando en realidad fue el hombre blanco quien la erradicó de allí.
Ahora veamos lo malo del libro, que por desgracia es casi todo.
Tenemos otro artículo de opinión disfrazado de cuento titulado Dos clases de seres humanos. Aquí nos dice que la humanidad está dividida en dos grupos: los creyentes y los no creyentes. Los no creyentes son los ateos, los escépticos, los agnósticos y los pasotas (¿¿??). Y, según él (y voy a citarle textualmente para no dar pie a errores ni malentendidos), los no creyentes son «los que viven aún inquietos, temerosos de cuanto les rodea y hasta de sí mismos; cada nuevo amanecer es un suplicio, una desesperanza, un hastío, una carga que solo parece conducirles a la agresividad y al absurdo». Sinceramente, yo entraría más en el grupo de los no creyentes que en el otro y no me siento así, pero bueno... si al señor Benítez le gusta fantasear con que todos los que no son como él son personas violentas y estúpidas, pues nada. ¡Cada cual con sus fantasías y sus fetiches, yo ahí no me meto! Para no extenderme mucho: lo que nos cuenta en esta historia es que los no creyentes pasan su miserable vida temblando de miedo, mientras que los creyentes son grandes sabios con una indiscutible superioridad moral porque... bueno, porque sí, otra vez.
Hay otro titulado El mundo de los topos, que nos habla de un mundo poblado por topos grises y ciegos que, de nuevo, representan a los ateos. Se burla incluso de la evolución, diciendo que los topos-científicos, en su ignorancia, decían que la creación de los topos había sido fruto de la evolución natural. De este primer grupo de topos tan estúpidos que creían en la ciencia y en patrañas tales como la evolución, se distinguió otro grupo de topos llamados los topos-profetas, que fueron perseguidos por los topos-guerreros, puesto que estos estaban al servicio de los topos-científicos. Si esto pretende ser una representación de cómo eran las cosas en la antigüedad, habría que explicarle a este hombre que no: que realmente en el pasado el Gobierno (del cual dependía el Ejército) y la Religion eran los dos poderes que estaban íntimamente ligados, mientras que los científicos eran realmente los perseguidos por la religión, que controlaba indirectamente al gobierno y por tanto al ejército. Quizá por cosas como estas le viene la fama a Benítez de falsear datos para que encajen con su narrativa.
Luego nos dice que hace unos dos mil años apareció un topo-profeta especialmente pobre, de color blanco, que curaba a los topos enfermos y hacía milagros (qué sutil) hasta que los topos-guerreros y topos-científicos se lo llevaron para matarlo. Y bueno, aquí se limita a contar la historia de Jesús llamando topos a los humanos y falseando el hecho de que los ejércitos servían a los sacerdotes y no a los eruditos. La historia no tiene más que eso.
Mr. O nos habla de un hombre que es bueno, justo, honrado y respetuoso con las leyes, incluso tolerante con las creencias de otras personas. Pero que, como no es cristiano, en realidad es una basura amoral y, a pesar de haberse comportado bien toda su vida, cuando muere se le niega la entrada al Paraíso, puesto que lo importante para entrar al Paraíso es ser creyente. La lección, por tanto, es que es más importante ser creyente, independientemente de cómo te comportes, que ser bueno, justo y respetuoso pero ser ateo. Como moraleja me parece bastante lamentable, y creo que cualquier verdadero cristiano estará de acuerdo conmigo.
Crónica de pasado mañana nos habla de cómo una gran nave espacial se aproxima a la Tierra y los alienígenas en su interior informan a la humanidad de que van a traerles una nueva era de prosperidad, paz y felicidad a cambio de que acepten unas leyes que van a imponerles. Estas leyes son la supresión inmediata de todos los ejércitos, arsenales e industria armamentística, que se instaure el Comunismo a nivel mundial, y que el orden social, político, económico, moral y religioso de la Tierra sea desde ese momento el que dicten los alienígenas.
Los líderes de todas las naciones se reúnen a debatir sobre esto y finalmente deciden negarse a la petición de los alienígenas. Lo sorprendente de la historia es que presenta esta decisión como el gran error de la humanidad. Pero vamos a pensar un momento de qué nos está hablando: nos está hablando de unos desconocidos que se presentan en la puerta de nuestras casas diciéndonos que abandonemos todos nuestros elementos defensivos, todo aquello que pueda servirnos para protegernos o repeler una invasión, que abramos nuestras puertas de par en par y que aceptemos que sean ellos los que decidan a partir de ese momento nuestra política, leyes, religión e incluso nuestra moralidad. Realmente, si un completo desconocido aparece mañana en la puerta de mi casa afirmando lo mismo, yo, como mínimo, sospecharía. Pero en el relato, los líderes que toman la decisión de no confiar en estos alienígenas (que, por otra parte, tampoco han dado ninguna prueba ni garantía de que lo que prometen sea cierto) son, como en los relatos anteriores, unos topos ciegos, ateos, violentos y estúpidos.
Hay otra serie de relatos, presentados uno a continuación del otro pero relacionados, que conforman una especie de Biblia personal de J. J. Benítez. En ella nos informa de que el verdadero nombre de nuestro planeta es Urania, que es el planeta número 606 de Satania, en la constelación Norladiadek, universo local de Nebadon, sector mayor de Esplandon, que a su vez forma parte de Orvontón, que es el Séptimo Superuniverso. Y se nos aclara que con estas sencillas indicaciones «es suficiente para que cualquier mensajero de Dios pueda encontrar no importa a quién». Así que ya lo sabéis, si estáis esperando alguna carta de Dios en persona, aseguraos de poner bien la dirección.
Aquí también se nos revelan otros importantes datos que los científicos y astrónomos desconocen (¡esos ignorantes!...), como que cada electrón está formado exactamente por cien ultimatrones. O que la división administrativa del universo es que este está separado en diez sectores mayores, mil sectores menores, cien mil universos locales, diez millones de constelaciones, mil millones de sistemas y un millón de millones de planetas habitados, habitables o aún por crear. Cada una de estas divisiones cuenta con su propia capital. La capital de Orvontón, por ejemplo, es Ubersa (poned eso también en la dirección, por si acaso).
Todo esto es también parte de lo que los dioses le revelaron en sueños cuando le dijeron que él era el depositario de toda la Verdad, y, por tanto, no podemos cuestionar nada de lo que se nos indica aquí. Y me encantaría deciros que en realidad lo anterior es el trasfondo de una épica historia galáctica que nos cuenta a continuación, pero no. No hay historia, solo esta… no sé si llamarla información, siquiera.
El libro incluye también su propia versión extendida del Padre Nuestro, en la que Benítez divide en fragmentos el texto original y los extiende hasta extremos absurdos. Por ejemplo, «Padre nuestro» pasa ahora a ser «Padre nuestro, padre, porque sin duda me has creado sacándome como un destello eterno de tu corazón de oro». Y «que estás en los cielos» pasa a ser «que estás en los cielos infinitos de tus infinitas dimensiones, en el negro y blanco que yo añoro y del que un día salí; que estás en los cielos limitados y de plomo de cada dolor y de cada enfermedad; que estás en la cara geométrica y verde del cactus y en la espiral eléctrica de la música; que estás en la sangre que se derrama; que estás en el cielo sin distancias del amor; que estás también en el cielo subterráneo de las venganzas y el odio».
Y así con cada frase. Bueno, con todas no, porque hay una que la suprime. Yo no he rezado desde la catequesis, pero recuerdo que a la frase «y perdona nuestras deudas» seguía la de «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores». Bueno, pues la de «y perdona nuestras deudas» sí está super extendida, como uno de esos contratos detallados al milímetro para no dejar escapar ningún detalle. Pero la de «así como nosotros perdonamos a nuestros deudores» la suprime, con lo que entiendo que el autor nos dice que él debe ser perdonado de todo, pero a su vez él no tiene por qué perdonar nada a nadie.
Otro relato titulado Los cuatro ciegos es ni más ni menos que el archiconocido relato de Los tres ciegos y el elefante, sin ningún cambio sustancial. Esta es una fábula popular en la que tres hombres ciegos se chocan con un elefante y, como no pueden verlo, comienzan a palparlo tratando de determinar al tacto qué es el obstáculo que tienen delante. Uno toca una gruesa y rugosa pata y dice que es un árbol. Otro toca su amplio cuerpo y opina que es un muro. Y el otro toca la sinuosa trompa y afirma que es una serpiente. Hay variaciones, pero básicamente el relato es ese. Aquí lo que ha añadido Benítez es un cuarto ciego que roza la oreja y confunde el movimiento de esta con el aleteo de una mariposa. Literalmente ha cogido un cuento popular y le ha hecho una modificación mínima para presentarlo como obra suya.
Dios en un tubo de ensayo nos habla de un grupo de científicos que finalmente logra aislar a Dios en un tubo de ensayo. Entonces, todos los especialistas del mundo se ponen a analizarlo, pero los instrumentos indican que el tubo está vacío y que al mismo tiempo Dios está en su interior. Después de hacer muchas pruebas, llegan a la conclusión de que Dios no puede ser analizado ni demostrado, por lo que hay que creer ciegamente en él. No hay que investigar, no hay que estudiar, no hay que intentar aprender nada; hay que limitarse a creer lo que te cuentan sin cuestionárselo. Esta es otra moraleja que me parece bastante discutible, pero qué sabré yo. Después de todo, a mí ninguna comuna de dioses me ha designado en sueños como el dueño de la Verdad con v mayúscula.
Y podría comentar unos cuantos más, pero ya al final sería cansino porque básicamente todos son así. Como toma de contacto con el autor, esta obra es tremendamente esclarecedora... y al mismo tiempo, no se la recomiendo a nadie, y menos a un verdadero creyente. Por mucho que el autor afirme ser cristiano, estos relatos parecen más una colección de blasfemias que de revelaciones.
Por último, solo quiero comentar una cosa de otro de los relatos, titulado Pobre del ser humano que tiene patria. De este no voy a comentar el contenido del relato, sino la dedicatoria, porque me ha parecido cuanto menos chocante. La dedicatoria es: «A (tal persona), que me enseñó a ceder». ¿A ceder? ¿Qué le enseñó a ceder? Pues no quiero ni imaginarme cómo sería este hombre antes de aprender a ceder, si la mayoría de estos relatos lo que destilan es precisamente una absoluta intransigencia y desprecio hacia todos los que no crean lo mismo que él.
Sueños. 1988. J.J. Benítez. Plaza & Janes Editor S.A.

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