EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, irreductibles lectores.
La siguiente aventura de Astérix que vamos a reseñar comienza en el campamento romano de Petibonum, con la llegada del prefecto Calígula Pocospelus. Este se dirige hacia Roma, y la tradición es que los prefectos que pasan por Roma lleven algún regalo al César, algo original y valioso relacionado con la región sobre la que gobiernan.
Pocospelus, al estar a cargo de las Galias, ha decidido llevarle como presente a César a uno de esos galos que se dicen invencibles, para que luche en el circo como gladiador. El problema de capturar a un galo invencible es precisamente que es invencible. Este tipo de humor circular era muy típico de Goscinny.
Ese pequeño detalle le trae sin cuidado a Pocospelus, ya que no será él, sino el centurión Graco Linus, al mando del campamento, quien tendrá que lidiar con ello. Ante este dilema, el centurión envía a algunos de sus hombres a raptar a Asurancetúrix, el bardo, por ser el menos agresivo de todos ellos. Los legionarios, que conocen bien al bardo y temen más a sus canciones que a sus puñetazos, logran capturarlo tras taponarse los oídos con perejil y lo llevan al campamento. Temiendo la represalia de los galos, el prefecto parte inmediatamente hacia Roma llevándose a su prisionero.
Cuando la noticia de la captura del bardo trasciende, los galos acuden al campamento romano a reclamarlo, pero su compañero ya no se encuentra allí: está siendo llevado a Roma por mar. Y, en principio, él no está demasiado descontento con el cambio; considera que en el pueblo nadie aprecia su arte y que gentes más civilizadas, como los romanos, sí lo harán. Pero cuando el bardo es presentado a César, este, no demasiado impresionado, ordena que sea entrenado como gladiador y, si no sirve para ello, echado a los leones.
Por su parte, Astérix y Obélix han tomado la decisión de ir en busca de su amigo y parten de la aldea con el beneplácito de su jefe Abraracúrcix. Embarcan en una galera de comerciantes fenicios y su capitán acepta llevarlos hasta Roma, lo cual da pie a otro encuentro con los piratas de siempre, que ya conocemos bien y termina como de costumbre. En realidad, el capitán fenicio tenía intención de vender a los galos como esclavos (por eso les permitió subir a bordo sin pagar pasaje), pero habida cuenta de que han salvado de los piratas lo más valioso que tiene (sus mercancías, no la vida de sus marineros), cumple con lo prometido y los desembarca en Roma.
A su llegada a la ciudad conocen a Jabalíx, otro galo asentado allí que regenta un restaurante. Gracias a él es como se enteran de que Asurancetúrix ha sido entregado a César como regalo y que este pretende convertirlo en gladiador.
Tras algunos intentos de llegar hasta él, frenados más que por las fuerzas romanas por su burocracia y la enormidad de la urbe (Asurancetúrix está siendo continuamente trasladado de un lugar a otro porque nadie le soporta), Astérix y Obélix llegan a la conclusión de que la mejor forma de encontrarlo es convertirse ellos mismos en gladiadores.
Así que básicamente se entregan a Cayo Obtusus, el lanista, en manos del cual ha sido dejado el bardo. En su ludus pasan por un riguroso entrenamiento en el que, básicamente, muestran no necesitarlo, llegando a ser ellos los que dan una paliza al gladiador veterano encargado de entrenarlos.
Finalmente logran coincidir con Asurancetúrix en unas mazmorras a la espera de los juegos, pero cuando esto ocurre ya se han hecho amigos del resto de gladiadores de Cayo, por lo que no pueden simplemente liberar a su bardo y marcharse: necesitan liberar también a sus nuevos amigos. Y el momento más adecuado para ello es durante el propio combate en el circo.
El espectáculo comienza con una carrera de cuádrigas, seguida de un combate contra leones y una batalla multitudinaria. Naturalmente, nada sale como César y el lanista habían planeado, provocando un ridículo general que hace intervenir a las tropas. Los legionarios que irrumpen en la arena son rápidamente apaleados por Astérix y Obélix. Y, viendo lo grandes luchadores que son, el público reclama su liberación.
Julio César, que si en algo era bueno además de en la estrategia era en las relaciones públicas, concede la libertad a los galos y al resto de gladiadores de Cayo. Incluso entrega al propio Cayo como esclavo a los galos para que reme en la galera fenicia de regreso a las Galias.
Ahora bien, el haber hecho todo esto para rescatar al bardo no significa que vayan a permitirle cantar a su regreso al pueblo. Este termina, como es costumbre, atado y amordazado en su propia casa, mientras el resto del pueblo celebra su liberación de los romanos con un gran festín. Un final peculiar, cuanto menos.
Puedes acompañar a Astérix y Obélix en un tour a través de las Galias pulsando aquí.
Astérix Gladiateur. 1964. René Goscinny (guion) Albert Uderzo (dibujo). Publicado en 1980 por Grijalbo / Dargaud.




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