Presentado por...Zag.
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LUNES, 16 DE FEBRERO DE 1926
La semana ha empezado bien. Me atacó otra serpiente bicéfala. Sí, otra más. A estas alturas debería estar acostumbrado, pero esta era distinta. Más pequeña. Más lenta. La vi salir de una alcantarilla en la Calle del Carbón, arrastrándose con un esfuerzo que casi daba lástima. Una de las cabezas se movía con torpeza, ladeada. La otra abría y cerraba la boca sin emitir sonido alguno. Cuando me vio, intentó erguirse, pero apenas logró levantarse unos centímetros del suelo antes de desplomarse de nuevo. De ser la primera de estas criaturas que me encontraba quizá me habría paralizado por la sorpresa. Ahora solo la contemplaba con aburrimiento.
Combate a 5+. Con un requisito de locura de 4+ (que la tenemos) Primer intento:
Revólver, Linterna, 4, 3, 1. Obtenemos Combate 8,
suficiente como para dar por buena la tirada.
No me engañé ni por un segundo: incluso una criatura moribunda puede matarte si te descuidas. Saqué el revólver, pero no tuve que disparar más de dos veces. La primera bala le destrozó media cabeza. Bastó para que todo su cuerpo se convulsionara, pero aun así disparé también contra la segunda cabeza. Se deshizo, igual que las otras, pero más rápido, como si no hubiera tenido tiempo de «cuajar». Me quedé mirando el charco oscuro que dejaba atrás, preguntándome qué demonios significaba aquello. ¿Quién las invoca está perdiendo poder? ¿O lo está dedicando a otra cosa y sigue enviándome estos bichos para mantenerme entretenido y que me confíe?
Recordé las palabras de Madame Zan sobre que si se reducía el número de cultistas activos, sus invocaciones serán cada vez más débiles. Quizá las redadas de O’Maley estaban funcionando. Quizá los sectarios estaban asustados. Quizá, por primera vez en semanas, algo se inclinaba a nuestro favor.
MARTES, 17 DE FEBRERO DE 1926
Fui a la Universidad Miskatonic para ver a la doctora Sabin. Me había pedido tiempo para analizar la muestra de la rata muerta que le llevé hace unos días. No esperaba gran cosa. A estas alturas, cualquier explicación racional me parece casi un lujo. Pero cuando entré en su despacho, la encontré con el ceño fruncido, rodeada de frascos, placas de Petri manchadas e inclinada sobre un microscopio.
—¿Ha descubierto algo? —pregunté sin rodeos.
Investigación a 8+. Primer intento: Lupa, Linterna, 4, 2, 1. Obtenemos justo Investigación 8, con lo que la doctora pasa la tirada y averigua algo.
—Miller —dijo sin levantar apenas la vista—. Siéntese. Esto le interesa.
Me senté. Ella siguió observando la placa unos segundos más, como si necesitara convencerse a sí misma antes de hablar.
—No hay nada sobrenatural en esto —dijo al fin. Aquello me pilló por sorpresa.
—¿Cómo dice?
—Lo que reanima a esas ratas —continuó— es definitivamente químico. No hay células nuevas, no hay regeneración, no hay actividad cerebral. No hay vida. Solo movimiento.
Me mostró un frasco con un residuo verdoso en el fondo.
—Esto estaba impregnado en los tejidos. Es una mezcla de compuestos estimulantes, sales minerales y algo más que no reconozco. Pero es una mezcla artificial, algo producido en un laboratorio. Con los ingredientes adecuados, cualquiera con conocimientos básicos de anatomía y acceso a un laboratorio podría fabricar más de estas cosas. Y no solo ratas. Perros. Gatos. Humanos.
Me quedé callado un buen rato. Ella también.
—Pero hay algo más —añadió, bajando la voz—. Esto no tiene nada que ver con lo que usted me contó sobre serpientes bicéfalas o murciélagos gigantes. Nada en esta fórmula podría producir esos efectos. Una mutación implica crecimiento celular y renovación; esto es lo contrario: reanima, pero también preserva. Impide los cambios, incluida la descomposición. Son fenómenos distintos. De hecho, se contradicen.
—Dígalo de forma que yo lo entienda.
—Usted está intentando encajar esto con todo lo otro como si fueran piezas de un mismo puzle, pero son piezas de dos puzles distintos.
Salí de la universidad con la cabeza hecha un nudo. Por un lado sombras, espirales y criaturas vivas que no deberían existir. Y por otro jeringas, bisturís y cadáveres que caminan. Dos frentes, dos enemigos contra los que luchar, y lo peor es que ambos se estaban moviendo al mismo tiempo.
MIÉRCOLES, 18 DE FEBRERO DE 1926
Hoy volví a encontrarme con la doctora Evelyn Marsh. O quizá debería decir que fue ella quien me encontró a mí. Estaba sentado en una cafetería de la Avenida Gredley, intentando que un café a la vez aguado y quemado me despejara la cabeza, cuando alguien se sentó a la mesa sin ser invitado. Levanté los ojos y allí estaba ella, con el abrigo todavía empapado por la llovizna y una expresión que no le había visto ni cuando la contemplé levitar en las ruinas de Old Briarhill.
—Necesito hablar con usted —dijo sin preámbulos—. No he podido quitármelo de la cabeza. Lo que ocurrió aquel día. Lo que me contó después. Lo que… he ido recordando desde entonces. He intentado convencerme de que fue un desmayo. Un episodio nervioso. Una alucinación. Pero no… desde entonces me pasan cosas.
La observé con atención. No era histeria ni confusión. Era miedo. Miedo del bueno, del de a medio dólar la libra.
—¿Qué cosas? —pregunté.
—Sombras que me siguen por la calle —susurró—. Sombras que están donde no hay ningún objeto o persona que pueda proyectarlas. Y símbolos… símbolos que creo ver en el rabillo del ojo, como si alguien los hubiera dibujado en el aire y se deshicieran cuando intento mirarlos de frente. Y también… he soñado con usted.
Eso sí me tensó los hombros, porque la moza fea no es, precisamente.
—No un sueño normal —se apresuró a aclarar, como si temiera que la hubiera malinterpretado—. No era usted. Quiero decir que no era este usted. Era otro usted. Más viejo, con aspecto extranjero, como hindú, pero al verle supe que era usted. Y yo también era otra yo. Lo podía ver todo, pero desde arriba, como si flotara en el aire varios metros por encima de usted. Y había arena rojiza, y un cielo sin estrellas, y una luz que no venía de ninguna parte.
Sentí un escalofrío. Me estaba describiendo el Mundo Onírico al que me había llevado la mamáloi Inhidra. El entrenamiento como soñador lúcido.
—No sé qué me está pasando, señor Miller —dijo Evelyn, mirándome con una mezcla de vergüenza y desesperación—. Pero sé que usted sabe más que lo que me contó la primera vez. Y necesito entenderlo para no volverme loca.
Respiré hondo. No quería arrastrarla a esto, pero en realidad ella ya estaba dentro.
—De acuerdo, doctora —dije al fin—. Le contaré lo que sé. Pero no le va a gustar.
—No busco que me guste —respondió—. Busco que sea verdad.
Ella quería la verdad, pero yo no estaba seguro de ser capaz de convencerla de cual era.
Investigación a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 4. Segundo intento (repitiendo símbolos) Linterna (doble), 6, 4, 4. Obtenemos Investigación 14 a costa de un séptimo punto de locura.
Hablamos durante un largo rato, escuchando la lluvia golpear los cristales mientras el camarero nos servía una ronda tras otra de tazas de café. Le hablé de mi viaje al Mundo de los Sueños y de quién me había enseñado a moverme por él. Finalmente la convencí de que me acompañara a hablar con Inhidra. Quizá podría entrenarla también a ella. Si lograba controlar al menos esa parte de su vida, se tranquilizaría un tanto.
JUEVES, 19 DE FEBRERO DE 1926
Hoy llevé a Evelyn Marsh a ver a la mamáloi Inhidra. No sabía si era buena idea, pero después de lo que me contó ayer, ya estaba demasiado metida en esto como para dejarla sola.
No fue muy difícil encontrarla. Pregunté por ella en el barrio negro. Nadie dijo conocerla, y sin embargo poco después las calles se despejaron de gente casi instantáneamente y ella apareció con todos sus amuletos y ornamentos de hueso para recibirnos. Está claro que es toda una autoridad aquí.
Nos guio hasta el sótano de una tienda de curiosidades. El local estaba lleno de polvo, máscaras africanas y objetos que parecían haber sido rescatados de una docena de naufragios distintos. Pero el sótano era otra cosa. Velas encendidas, olor a especias, símbolos pintados en las paredes con una precisión que no parecía humana.
—Siéntense —dijo la mamáloi, señalando dos sillones viejos, colocados uno frente al otro en el centro del sótano, tapizados con telas que no combinaban entre sí. Nos sirvió un té oscuro, espeso, con un aroma dulce y picante a la vez.
—Beban —ordenó más que invitó—. Cuando el cuerpo duerme, la mente despierta.
No discutimos. El té sabía a tierra. A los pocos segundos, mis párpados pesaban como plomo.
Lo siguiente que recuerdo es estar bajando una escalera estrecha, de piedra, que descendía en espiral hacia un punto que nunca llegaba, sin ser consciente todavía de estar ya soñando. Cada peldaño me robaba un poco más de fuerza. Sentía los músculos cansarse, la respiración volverse pesada. Cuando por fin llegué abajo, estaba en el Mundo Onírico. Arena rojiza. Un cielo sin estrellas. Una luz sin origen. El mismo lugar al que la mamáloi me llevó la primera vez. En el suelo, a mis pies, había un guijarro blanco.
—¿Evelyn? —llamé.
No hubo respuesta. Cerca solo había un árbol seco, retorcido, que no recordaba haber visto antes. Y en una de sus ramas, un búho de ojos amarillos, que me observaba sin parpadear.
Me acerqué despacio. El búho inclinó la cabeza, como si me reconociera. Y entonces lo entendí.
—¿Evelyn? ¿Eres tú?
El búho abrió las alas, pero no voló. Solo me miró, y en esa mirada había tanto miedo como curiosidad.
—Así te ve tu mente aquí —murmuré—. Así te imaginas cuando duermes.
El búho ululó suavemente, y el sonido se transformó en palabras cargadas de pánico dentro de mi cabeza.
«¡No sé cómo volver a ser yo!»
—No te preocupes —respondí—. Lo aprenderemos juntos.
Búsqueda a 7+. Primer intento: Lupa (doble), 6, 3, 1. Segundo intento (repitiendo símbolos, el 6 y el 1) Lupa, Linterna, 3, 3, 3. Obtenemos Búsqueda 9 y pasamos la tirada.
Exploramos aquel mundo durante lo que me parecieron días. Dunas que cambiaban de forma cuando no las mirabas. Montañas que se acercaban o alejaban enormes distancias a cada paso. Ciudades de aspecto medieval a las que nos resultaba imposible llegar porque (en ese momento lo supe) no conocía sus nombres. Evelyn volaba a mi lado, a veces adelantándose, a veces posándose en mi hombro. No hablábamos mucho. No hacía falta. El solo hecho de estar ahí, de estar moviéndonos, observando el cambiante paisaje, bastaba para hacernos aprender, para asimilarlo.
No vimos a la mamáloi, pero sentí su presencia en cada rincón del paisaje, como si nos observara desde la lejanía evaluando si éramos dignos de caminar por ese mundo. Cuando llegó el momento de despertar, lo supe sin que nadie me lo dijera. Llevábamos meses ahí, andando sin cesar, en un mundo sin sucesión de días ni noches, sin necesidades físicas, donde te encontrabas estatuas en medio de ninguna parte que giraban la cabeza para verte pasar.
De pronto estaba en la escalera de nuevo, solo y sin transición, esta vez ascendiendo. Y, a diferencia del descenso, cada peldaño me hacía sentir más ligero, más despejado, como si el sueño me devolviera la fuerza que me había quitado al entrar. Al abrir los ojos, estaba otra vez en el sótano, hundido en el sillón, frente a Evelyn. La mamáloi nos observaba desde una esquina, agazapada de un modo extraño, con la barbilla apoyada en las rodillas.
Evelyn despertó jadeando, con las manos temblorosas.
—¿Cuánto tiempo…? —preguntó.
Miré mi reloj. Apenas habían pasado tres horas.
Ella se llevó una mano al pecho, como si aún sintiera el peso de las plumas sobre su cuerpo.
—He sido un búho —susurró, incrédula.
—Y lo has hecho bien —dijo la mamáloi, sonriendo—. Muy bien.
—Quiero volver —dijo con ansiedad—. Quiero aprender a moverme en ese lugar.
—Volveremos —contesté, más que nada para tranquilizarla.
—Volveréis —afirmó categóricamente la mamáloi, enderezándose—. Volveréis porque en este momento es donde estáis más seguros. Y porque en el futuro es donde necesitaréis ser más fuertes.
VIERNES, 20 DE FEBRERO DE 1926
A última hora de la tarde me encontré con otra de esas ratas muertas, pegando brincos en mitad de la acera, destrozada como si la hubiera atropellado un tranvía, pero aun así moviéndose. Una persona que iba unos metros por delante de mi fingió no verla, pero cambió rápidamente de acera. La gente de esta ciudad está empezando a asumir que este tipo de cosas son normales.
Cuando me acerqué, la criatura levantó la cabeza y emitió un chillido seco. No esperé a que hiciera nada más. Saqué el revólver y le disparé.
Combate a 9+. Primer intento: Revolver, Lupa, 6, 2, 1. Segundo intento (repitiendo todos los números) Revolver, Lupa, 5, 2, 1. Tercer intento (repitiendo el 2 y el 1) Revolver, Lupa, 5, 5, 4. Obtenemos Combate 14 y pasamos la tirada.
La primera bala le abrió el cráneo; la segunda fue solo para asegurarme de que no quedaba ni un músculo respondiendo a ese maldito brebaje que las anima. Cuando dejó de moverse, la empujé con la punta del zapato. Era solo carne muerta. Carne muerta desde hacía días o semanas que había sido obligada por alguien a moverse de nuevo.
De vuelta la oficina terminé de marcar en el mapa todos los lugares donde me han atacado esas ratas reanimadas. No las serpientes o los murciélagos, solo las ratas. Quería comprobar una sospecha que llevaba un par de días rondándome la cabeza, algo que la doctora Sabin me dijo: que esas criaturas no deben su existencia a ningún dios, ni a ningún culto maléfico, sino a una fórmula química elaborada por un ser humano sin relación con las otras cosas que estaban pasando en la ciudad.
Extendí el mapa sobre la mesa de mi despacho, apartando vasos, ceniceros improvisados y un par de balas sueltas.
Fui uniendo los puntos con lápiz, uno tras otro. Luego borré las líneas. No, no era eso. No era una ruta. Era un patrón de dispersión. Las ratas partían desde un punto central concreto y simplemente se alejaban de este en todas direcciones. Seguro que no era el único que se había encontrado con ellas, pero sí el único lo bastante estúpido para enfrentarlas. Es la maldición del revólver: cuando lo llevas encima, tu instinto ante una amenaza es plantarle cara en lugar de alejarte de ella.
Lo más cercano al lugar donde los puntos convergen es un local abandonado en la zona industrial. Mañana mismo iré a darle un vistazo.
SÁBADO, 21 DE FEBRERO DE 1926
El lugar no tenía nada de especial a primera vista: una vieja fábrica rodeada de vallas oxidadas y con un cartel medio caído que advertía de «riesgo de derrumbe». Nada que llamara la atención de un transeúnte. La entrada de la verja estaba entreabierta, y la del propio local desprendida. No había nada dentro más allá de cascotes y polvo. Encontré una escalera a un piso superior que crujió preocupantemente bajo mi peso al subir por ella. Lo que debería ser una oficina había sido convertida en una especie de laboratorio temporal. La iluminación provenía de un par de lámparas de aceite que aún humeaban. El lugar parecía abandonado a toda prisa recientemente.
En una esquina había un conjunto de aparatos eléctricos: bobinas, cables pelados, una batería de coche conectada a lo que parecía algún tipo de nevera. El zumbido débil que emitían me puso los pelos de punta. Había también tres mesas, largas, cubiertas de probetas, matraces y tubos de ensayo. Algunos estaban rotos, otros llenos de líquido verde fosforescente, amarillo turbio, un rojo oscuro que parecía sangre medio coagulada. Había jeringas usadas, agujas dobladas, frascos etiquetados con una caligrafía nerviosa. Reconocí algunos compuestos por el olor: formol, éter, cloroformo. Otros no los había olido en mi vida. Pero lo peor estaba en la mesa del fondo. Encontré un brazo humano amputado a la altura del hombro sobre una bandeja metálica, que movía lentamente las puntas de los dedos. En otra, algo que no supe clasificar, una masa de órganos cosidos con torpeza que no parecía decidirse entre latir o no, porque lo hacía en intervalos irregulares. Aquello no era un laboratorio profesional, sino algo mucho peor: era el taller de un lunático con conocimientos suficientes para ser peligroso.
En el suelo había un cuaderno abierto. Las páginas estaban llenas de anotaciones frenéticas, fórmulas químicas, dibujos anatómicos y frases que parecían escritas por alguien al borde del colapso mental. Reconocí un nombre en la primera página: H. W. Calder, el estudiante expulsado del que habló la doctora Sabin. El que robó material de anatomía y soñaba con reanimar tejidos muertos.
Mientras examinaba el cuaderno, escuché un gruñido detrás de mí. Me giré justo a tiempo para ver al perro. O lo que quedaba de él. La piel colgaba en tiras, los ojos eran dos manchas lechosas, y el cuerpo estaba lleno de puntos de sutura que parecían a punto de reventar.
Combate a 13+. Primer intento: Revólver, Lupa, 6, 6, 5. Segundo intento (repitiendo uno de los 6) Revólver, Lupa, 6, 5, 4. Tercer intento (repitiendo el otro 6... volvemos a sacar un 6). Revólver, Lupa, 6, 5, 4. Nos quedamos a Combate 15 y pasamos la tirada acumulando un octavo y fatal punto de locura.
No voy a describir la pelea. No merece la pena, todo el mundo sabe que aspecto tiene un perro rabioso que se lanza a morder. Solo diré que terminé con el revólver descargado, los restos rotos de una silla entre las manos, y el perro hecho pedazos en el suelo, aunque incluso así seguía moviéndose ligeramente.
Salí del laboratorio tras verter sobre las mesas, los equipos y el perro todos los frascos que encontré que olieran a alcohol. Estaba en uno de esos barrios en los que ni la policía ni los bomberos se toman demasiada prisa por acudir cuando ocurre algo, así que supuse que todo tendría suficiente tiempo de arder antes que alguien lo apagara.
DOMINGO, 22 DE FEBRERO DE 1926
Hoy cumplí mi palabra. No porque creyera en profecías, ni en loas, ni en destinos escritos en el agua o susurrados por el viento. La cumplí porque le dije a la mamáloi Inhidra que lo haría. Y porque, en el fondo, sabía que no presentarme no iba a librarme de nada. Solo iba a retrasarlo.
El puerto estaba desierto. Raro, incluso a esas horas. Las farolas parpadeaban, dudando entre seguir encendidas o rendirse a la noche. Me apoyé en un poste, encendí un cigarrillo y esperé. Hacía un frío de mil demonios y me sentía ridículo, y cuando ya me cansé de esperar y me disponía a irme, el agua se agitó. Primero sonó una ola. Luego, algo que podría haber sido un tronco arrastrado por la corriente. Pero la forma que emergió trepando por el muelle medía más de dos metros y medio, con una piel verdosa que brillaba bajo la luz temblorosa de las farolas. Lo que debería haber sido un rostro era un óvalo liso bordeado por una masa de pequeños tentáculos, y sus brazos no terminaban en manos, sino en espinas largas, afiladas como cuchillas. Dio un paso y vaciló, como si necesitara tiempo para adaptarse a un nuevo medio o a un cambio brutal de presión.
Combate a 19+. Reducido a 13+ por haber superado las seis pruebas previas de esta semana. Requiere locura 5+, que la tenemos. Primer intento: Revólver, Lupa, 3, 2, 2. Segundo intento (repitiendo todos los números) Revólver, Lupa, 6, 4, 2. Tercer intento (repitiendo el 2) Revólver, Lupa, 6, 6, 4. Obtenemos Combate 16 y pasamos la tirada, con un noveno punto de locura si no fuera porque el máximo es ocho 😅
Saqué el revólver y disparé. Las balas se hundieron en su carne con facilidad, pero solo aceleró el paso, esparciendo un olor a algas podridas y metal oxidado. Eché a correr. No por miedo, aunque lo tenía, sino porque sabía que no podía matarlo a tiros. No soy un pardillo, precisamente. Estuve haciendo los deberes. La semana anterior había visto a un pescador reventar a un cangrejo monstruoso con un cartucho de dinamita. Qué casualidad que la tuviera tan a mano. Pesca ilegal con explosivos, seguramente. Y a lo largo de la semana había conseguido, entre una cosa y otra, averiguar dónde la guardaban.
Tenía el almacén de dinamita ilegal bien localizado en mi mente, y hacia allí corría, con el monstruo pisándome los talones. Un edificio de ladrillo viejo, con un candado que nunca había servido de mucho y que serviría de menos aún en adelante. Lo había forzado unas horas antes, cuando estuve preparando el terreno. Empujé la puerta y entré en un mismo movimiento. El olor a polvo me golpeó como un puñetazo. Cajas apiladas, cartuchos envueltos en papel aceitado, mechas enrolladas como serpientes dormidas. Me detuve a unos metros de la puerta trasera, que también me había asegurado de dejar desbloqueada.
La criatura entró un segundo después, rompiendo el marco de la puerta como si fuera papel maché. Avanzó hacia mí con las espinas de sus brazos alzadas.
—Vamos, cara de chipirón… un paso más.
Corrí hacia la salida y me giré justo antes de cruzar el umbral. Apunté al interior. No a la criatura. A las cajas de cartuchos en los que había estado introduciendo los fulminantes. Disparé. El fogonazo iluminó el almacén durante una fracción de segundo. Vi a la criatura girarse hacia la primera explosión y luego hacia mí, como si entendiera lo que estaba a punto de ocurrir. El primer cartucho estalló y detonó a los que tenía cerca, y estos a su vez hicieron estallar los siguientes, como fichas de dominó empujándose unas a otras en una cadena de destrucción imparable. Solo había colocado fulminantes en los primeros, pero no hacía falta más: lo gracioso de los cartuchos de dinamita es que cuando uno canta, los demás le hacen coro. La onda de choque saltó de caja en caja, encendiendo la reacción en todas.
Corrí fuera del almacén mientras la criatura giraba sin rumbo. La explosión sacudió el muelle entero. El aire caliente me lanzó contra el suelo como si me hubiera golpeado una ola de lava y me arrancó el aliento. Me dejó sordo momentáneamente, pero incluso si hubiera sido para siempre, habría sido un precio pequeño para librar al mundo de esa criatura.
Cuando pude incorporarme, el almacén era una montaña de escombros en llamas. Me quedé sentado un rato, respirando con dificultad, sintiendo el pulso en las sienes. Caminé hacia la oficina, con las piernas temblando y los huesos crujiendo. Esto de quemar edificios o volarlos por los aires se estaba convirtiendo en una costumbre. No sabía si los loas habían intercedido o si en ese momento estaban mirando para otro lado y ni se fijaron en lo que estaba haciendo, o si había sido cosa de la bendición que me dio el padre Arden, pero me daba igual. Estaba vivo, y tal como se están poniendo las cosas en la ciudad, eso es un milagro lo mires como lo mires.
Si andáis un poco perdidos con todo esto, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí.







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