MENSAJE DEL SUPERVISOR GENERAL: todas las fotos que aparecen con la dirección de este blog sobreimpresionada son de artículos de mi propiedad y han sido realizadas por mí. Todo el texto es propio, aunque puedan haber citas textuales de otros autores y se usen ocasionalmente frases típicas y reconocibles de películas, series o personajes, en cuyo caso siempre aparecerán entrecomilladas y en cursiva. Todos los datos que se facilitan (marcas, fechas, etc) son de dominio público y su veracidad es comprobable. Aún así, al final de la columna de la derecha se ofrece el típico botón de "Denunciar un uso Inadecuado". No creo dar motivos a nadie para pulsarlo, pero ahí esta, simplemente porque tengo la conciencia tranquila a ese respecto... ¡y porque ninguna auténtica base espacial está completa sin su correspondiente botón de autodestrucción!

domingo, 22 de marzo de 2026

DIARIO DE JOHN MILLER del 16 al 22 de marzo de 1926

   Presentado por...Zag.

 

¡Extra! ¡Extra! ¡Misterioso asesinato en un callejón! ¡Un hombre aparece con la cara y los brazos llenos de marcas de ventosas! ¡El Pulpo Loco ataca de nuevo! ¡Lea todos los detalles y evite ser el siguiente!


LUNES, 16 DE MARZO DE 1926  

Hoy me reuní con Evelyn en la universidad. Me había citado allí, en una de las salas menos transitadas, donde guardan piezas que el museo arqueológico les presta para que las cataloguen y clasifiquen. Le gusta trabajar en ese rincón silencioso, rodeada de cajas de madera y vitrinas cubiertas con sábanas. Dice que allí puede pensar mejor. Yo creo que es porque la sala es tan pequeña que no hay casi ningún punto al que no alcance la luz.

Vestía de forma modesta, casi austera: falda larga, blusa sencilla, el pelo recogido sin adornos. Me mostró un conjunto de tablillas que habían llegado esa misma mañana desde el museo. No estaban en exhibición; ni siquiera estaban todavía en el inventario oficial. Las había encontrado la policía en una de sus redadas de sectarios, en un sótano, dentro de una caja de correo marítimo sin remitente. Las tablillas estaban cubiertas de símbolos que reconocí al instante: espirales, líneas quebradas, marcas que parecían moverse si uno las miraba demasiado tiempo.

—No son de ninguna cultura conocida —me dijo—. Y, sin embargo… las he visto antes. Sé que debería recordar dónde y cuándo, pero tengo lagunas de memoria. Cada una de esas dos veces que he estado… en trance, por decirlo así, he olvidado algo. Y no hay nadie más a quien quiera preguntar sobre ellas —añadió empujando una hacia mí sobre la mesa.

Investigación a 11+. Primer intento: Revólver (doble), 5, 4, 1. Segundo intento (repitiendo los dados de símbolos y el 1): Revólver, Lupa, 5, 4, 4. Obtenemos Investigación 13 y pasamos la tirada.

Observé con atención la tablilla. Los símbolos, o parte de ellos, eran como los de las ruinas de Old Briarhill. Ya me lo esperaba de todos modos. Mientras hablábamos, noté que Evelyn estaba inquieta. No asustada, sino tensa. Me confesó que varios de los estudiantes que han hecho prácticas en la excavación han empezado a tener pesadillas recurrentes. Uno de ellos, un chico brillante pero nervioso, aseguró haber visto una silueta reflejada en el cristal de una vitrina estando solo en la sala de exposición.

Antes de irme, me pidió que tuviera cuidado. La ciudad está cambiando, sí, pero parece que los lugares donde se guarda el pasado están cambiando más rápido, como si algo antiguo quisiera volver.


MARTES, 17 DE MARZO DE 1926  

No sé qué esperaba esta noche. Quizá un paseo tranquilo, quizá un respiro. Pero Arkham ya no concede treguas. Todo empezó con un parpadeo, el de la farola de la esquina, la única que iluminaba la calle. Titiló como si algo la hubiera agitado. Me detuve. Escuché. Nada. Ni un coche, ni un perro, ni siquiera el viento. Cada vez es más frecuente encontrarte las calles vacías. La propia vida social de la ciudad está muriendo. La noche ya pertenece a los monstruos.

La sombra se despegó del suelo, no hay otra forma de describirlo. La oscuridad decidió levantarse, tomar forma y avanzar hacia mí. No tenía ojos, pero sabía dónde estaba. Se movía como humo que hubiera aprendido a caminar. De no saber lo que era, lo habría llamado fantasma, pero era un Habitante de la Oscuridad.

Esta vez estaba preparado. Eché mano a mi abrigo, pero no saqué el revólver, sino una bengala de magnesio. La prendí rápidamente con el encendedor y la esgrimí ante la sombra como si fuera una brillante espada mágica de 30 cm. El aire se llenó de una intensa luz blanca, de olor a metal y un calor insoportable… durante tres segundos. Cuando el brillo se apagó, la sombra se rehízo, aunque el brillo repentino parecía haberla dañado. A mí por poco me ciega, y solo el guante de cuero me salvó de quemarme la mano, así que esperaba que a un ser hecho de oscuridad le hubiera sentado peor. Saqué la segunda (no me cabían más que dos en los bolsillos internos del chaquetón) y la encendí como pude mientras echaba a correr. Cuando lo conseguí, me giré lo suficiente para arrojarla hacia atrás, y vi que el habitante de la oscuridad estaba casi encima de mí… y tres más lo seguían.

Búsqueda a 13+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 4, 3. Nos parece demasiado arriesgado repetir el 6 y el 3 para tratar de pasar la tirada librándonos del 6 (seguramente no la pasaríamos y nos quedaríamos con la locura igual), así que aceptamos Búsqueda 13 y un cuarto punto de locura.

La calle estaba casi a oscuras, y yo sabía que si me alcanzaban en un tramo sin luz no quedaría nada de mí que valiera la pena describir. Entonces vi los faros. Un camión venía bajando la avenida, lento pero constante, iluminando la calzada con un cono de luz amarillenta. No tuve tiempo de pensarlo. Corrí directo al haz de los faros, y salté justo delante del camión. El conductor frenó de golpe. No me arrolló, pero el topetazo me lanzó al suelo como un muñeco. Me dolían las costillas, la cadera y el orgullo, pero estaba vivo. Y lo más importante: estaba iluminado por dos gloriosos faros gemelos de 21 vatios de un camión Ford.

Y detrás de mí, justo fuera del círculo de luz, escuché un siseo. Un sonido de frustración o de rabia. Las sombras se retorcían en el borde del haz, incapaces de cruzarlo. La luz de los faros las mantenía a raya. Me levanté como pude y subí al estribo del camión. El camionero me miró a través de la ventanilla bajada con una mezcla de incredulidad y ganas de insultar a mi madre. Pero cuando me vio con el revólver en la mano (debí empuñarlo por instinto al levantarme del suelo, porque ni siquiera recordaba haberlo sacado), su expresión cambió.

—¿Poli o matón? —preguntó con un tono que no me dejaba claro cuál de las dos posibilidades le preocupaba más.

El interior del camión olía a alcohol, y no parecía venir de su aliento. Era lo que transportaba. Un camión de contrabando de licor. Lo miré. Él me miró. Y en ese intercambio silencioso llegamos a un acuerdo tácito: él no había visto nada, yo no había olido nada, y ninguno de los dos quería problemas.

—Suba. No es noche para andar por ahí —gruñó, escudriñando la calle. Debía haberse fijado en las sombras, o al menos debía haber notado algo que no cuadraba. Mientras el camión se ponía en marcha de nuevo, vi por el retrovisor cómo las sombras se deshacían lentamente, volviendo a la oscuridad. Las bengalas de magnesio seguían sin bastar para acabar con ellas, pero desde luego les hacían mucho más daño que una linterna.


MIERCOLES, 18 DE MARZO DE 1926

Hoy me encontré con Elliot Crane, el estudiante de antropología que me había conseguido algunas pistas y documentos en el pasado. En realidad fue él quien me encontró a mí. Estaba sentado en los escalones de la entrada de mi edificio, encorvado, con los codos sobre las rodillas y la mirada perdida en el suelo. Parecía un perro apaleado. Cuando levantó la vista y me reconoció, intentó sonreír, pero el gesto le salió torcido.

—Señor detective… necesito hablar con usted.

Le indiqué que subiera a mi oficina con un gesto. Se veía tan al borde del colapso que cualquier palabra equivocada podía romperlo. Elliot fue uno de los primeros en acudir a mí en enero, cuando todo esto empezaba a oler mal pero aún no había explotado. Entonces era nervioso, sí, pero tenía un brillo en los ojos: curiosidad, ambición, ganas de demostrar algo, el instinto de hacer lo correcto. Hoy ese brillo estaba apagado. En su lugar había ojeras profundas y un temblor constante en las manos.

Me contó que llevaba semanas investigando por su cuenta. Que había encontrado referencias cruzadas entre un montón de cosas. Me mostró un cuaderno lleno de anotaciones, flechas, dibujos. Todo hecho con una letra apretada, casi desesperada. Lo estudié en silencio.

Búsqueda a 9+. Primer intento: Revólver, Linterna, 6, 6, 2. Segundo intento (repitiendo todos los dados de números): Revólver, Linterna, 6, 5, 4. Tercer intento (repitiendo el 6… y sacando otro 6). Nos quedamos con Búsqueda 15 y un quinto punto de locura.

La mayoría de lo que había en el cuaderno ya lo sabía, pero también encontré un par de cosas nuevas que yo no había sabido ver y ahora me parecían evidentes. Le propuse unirse al grupo. No para pelear (Elliot no sobreviviría ni a una de esas ratas apestosas), sino para investigar. Para buscar patrones, documentos, conexiones. Para descargarme a mí de al menos esa parte del trabajo.

Al principio dudó. Miraba a su alrededor como si temiera que alguien lo estuviera observando. Finalmente, asintió.

—Puedo ayudar… desde lejos —dijo—. Pero no me pida que vaya con usted a esos sitios. No puedo. No… no estoy hecho para eso.

No lo juzgué. No todos están hechos para caminar entre monstruos, del mismo modo que no todos están hechos para hacerlo entre estantes de libros.


JUEVES, 19 DE MARZO DE 1926

Otro de esos gatos negros. Ya son como de la familia. No sé si es alguno de los que ya he seguido otras veces o si hay toda una colonia trabajando por turnos, pero este tenía una mirada distinta. Estaba sentado en mitad de la acera, justo en mi camino, como si me estuviera esperando. Cuando me acerqué, no huyó ni arqueó el lomo. Solo levantó la cabeza y me miró.

—¿Qué quieres ahora? —le dije, sin esperar respuesta.

El gato no parpadeó. En cambio, giró la cabeza hacia arriba, hacia el cielo que ya empezaba a oscurecerse, y se quedó mirando algo con una insistencia casi humana, como si me estuviera diciendo: «Mira. Ahora».

Búsqueda a 14+. Primer intento: Linterna (doble), 6, 6, 6. Me parece una tirada demasiado improbable y bonita (como un full de Póker pero con dados) para cambiarla, así que la acepto como buena. Nos quedamos con Búsqueda 18 y un sexto punto de locura. De todos modos, sería muy difícil librarnos de tres resultados de 6 y además seguir totalizando 14 o más.

Miré en la misma dirección que el gato. Dos murciélagos gigantescos, descendiendo en picado desde lo alto de los edificios con las alas extendidas, planeando en silencio, venían directos hacia mí. Me lancé debajo de un coche aparcado, rodando por el suelo justo cuando las criaturas pasaban sobre mí. Sentí el golpe de viento de sus alas, un olor a humedad y carne rancia, y el chirrido de sus garras arañando el techo del vehículo. De no haberme dado cuenta de que se me echaban encima, podrían haberme arrancado la cabeza.

No giraron para atacarme de nuevo. Pasaron de largo, como si tuvieran instrucciones precisas de hacerlo si fallaban al primer intento. Quizá estos seres son más difíciles de invocar de lo que yo pensaba y ya han perdido demasiados.

Cuando me incorporé, el gato seguía allí, mirándome. No parecía sorprendido, ni asustado. Solo balanceaba el rabo, satisfecho.

—Gracias —murmuré, sintiéndome ridículo por darle las gracias a un animal.

El gato parpadeó lentamente, como si aceptara el agradecimiento, y luego se marchó calle abajo con la cola en alto, sin prisa. No sé qué son estos gatos. No sé si alguien los guía o me los envía como si fueran ángeles de la guarda. Pero sé que están de mi lado, y con eso me basta por ahora.


VIERNES, 20 DE MARZO DE 1926 

Y después de los murciélagos, tocaba ratas, claro. Ya debería estar acostumbrado. Estaba saliendo del callejón detrás de la tienda de ultramarinos de la calle Derby cuando escuché un ruido seco. Me giré justo a tiempo para ver a la rata salir de debajo de un contenedor, moviéndose con esa torpeza casi mecánica que ya he aprendido a reconocer. No hizo ademán de atacarme, solo se alejaba, pero sabiendo lo que era no podía dejarla deambular por ahí. Podría morder a un niño, o algo.

Combate a 9+. Primer intento: Lupa, Linterna, 6, 3, 2. Segundo intento (repitiendo el 6 y el 2 y los dados de símbolos): Lupa, Revólver, 5, 4, 3. Nos quedamos con Combate 12 y pasamos la tirada.

Saqué una lata de sardinas de la bolsa de la compra que llevaba bajo el brazo y se la lancé. Le acerté de lleno, dejándola aturdida. De un par de zancadas llegué hasta ella y la aplasté a conciencia con el talón del zapato. Unos meses atrás se me habría hecho impensable hacer algo así llevando un revólver encima, pero a estas alturas una rata reanimada a la semana era lo mínimo que esperaba de la vida. Tras asegurarme de que ya no se movía, recuperé la lata de sardinas y seguí mi camino.


SABADO, 21 DE MARZO DE 1926

La doctora Sabin me llamó esta mañana. Ella siempre ha sido fría, metódica, casi quirúrgica en su manera de hablar, pero hoy había algo distinto en su voz.

Me recibió en su laboratorio, ese pequeño cuarto lleno de frascos, microscopios y bandejas metálicas con olor a formol. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y llevaba las mangas remangadas, como si hubiera estado trabajando sin descanso desde la madrugada.

—Necesito que vea esto —dijo sin preámbulos.

Tiramos Investigación a 8+ en nombre de la doctora Sabin para ver si ha averiguado algo. Lupa (doble), 4, 3, 3. Obtenemos Investigación 10 y pasamos la tirada.

Sobre la mesa había una bandeja de acero. Encima, el cadáver de una rata. Sabin la había abierto con precisión: costillas separadas, órganos expuestos, tendones tensados como cuerdas. Pero lo que me señaló fue una cicatriz en su costada, rodeada de una zona de pelaje rasurado.

—Es una de esas ratas reanimadas. Esta la trajo la policía para ver si estaba rabiosa. La encontraron en un parque público asustando a la gente. Pero esto —señaló la cicatriz y en ese momento me di cuenta de que estaba suturada— es una intervención profesional. Esta rata estuvo en un laboratorio de investigación. No es una chapuza como las de Calder. Alguien que sabía bien lo que se hacía experimentó algún tipo de terapia con ella. Una a la que la rata, al parecer, no sobrevivió. Calder debió hacerse con ella luego, pero el acceso a restos médicos de este tipo es muy limitado. Normalmente todo se incinera el mismo día.

—Es decir —respondí, completando su razonamiento—, que puede que esté trabajando en un hospital o laboratorio y por eso tiene acceso a material médico y restos biológicos sin demasiados problemas.

—Eso creo —contestó Sabin—. Le puedo conseguir una foto de Calder si quiere ir paseándola por ahí.

Una foto de Calder. Naturalmente, la universidad debía tener una si había estado cursando estudios allí. Me maldije a mí mismo por no haber pensado en ello, siendo tan evidente. Podría haberme cruzado con él por la calle una docena de veces sin saberlo. Asentí y Sabin salió del cuartito. Minutos después regresó con una foto de Calder, solo del rostro (un rostro con los ojos hundidos y cavernosos, pero por lo demás del todo común) que parecía apresuradamente arrancada de algún otro documento. La trajo oculta en su bata. No pregunté, pero sonreí por dentro. La doctora tenía madera de detective.


DOMINGO, 22 DE MARZO DE 1926  

La llamada llegó poco después del anochecer. O’Maley estaba al otro lado de la línea, con esa voz grave que solo usa cuando algo lo supera.

—Miller… será mejor que vengas. Y que vengas solo.

No me hizo falta preguntar de qué se trataba, simplemente fui a la dirección que me dijo. Al parecer me había llamado desde una cabina pública. El crimen había ocurrido en el barrio viejo, en una de esas calles estrechas donde las farolas apenas iluminan y los techos de las casas de dos pisos parecen inclinarse unos hacia otros como si conspiraran. Había un coche patrulla, dos agentes jóvenes que no querían mirar demasiado, y el propio comisario hecho una furia.

El cuerpo estaba en el suelo, boca arriba. Toda la piel expuesta estaba llena de agujeros circulares del tamaño de una moneda de a dólar. La carne no estaba arrancada con un cuchillo, ni comida por animales. Era como si hubiera sido succionada por las ventosas de un pulpo.

Me agaché para observarlo mejor. El suelo estaba húmedo, pero no por la lluvia. Era un líquido oscuro, gelatinoso, que no era sangre ni barro. Olía a hierro, a cieno, a algo más profundo. Olía a… a algo familiar. Rebusqué en mi mente, tratando de identificar aquel repelente aroma dulzón que estaba seguro de haber olido antes.

Búsqueda a 15+. Incrementada a 19+ si no tenemos al menos cuatro puntos de locura / conocimiento de Mitos, que en esta ocasión los tenemos. Reducida en seis puntos por haber superado las seis pruebas anteriores de la semana. Se nos queda la prueba en un bajísimo (para ser una prueba de domingo) 9+. Primer intento: Linterna, Revólver, 4, 4, 3. Obtenemos Búsqueda 11 y superamos la prueba.

Casi me doy una palmada en la frente al reconocer el olor. Era el mismo tufo dulzón que dejaba tras de sí el sacerdote que llevaba desde principios de enero desaparecido. Ese cuyo brazo había mutado tanto que ya no parecía humano. Le hablé de él a O’Maley, aunque yo tenía la sospecha de que la criatura a la que me había enfrentado en las alcantarillas una semana tras perderle la pista al sacerdote era un estadio posterior de su mutación.

—Podría ser él —dije al fin—. O podría ser otro que está empezando a sufrir el mismo proceso.

O’Maley maldijo por lo bajo. Uno de los agentes jóvenes se persignó. El otro se alejó para vomitar. Me levanté y miré alrededor. En la pared, a la altura de mis ojos, había una marca, la huella de una mano húmeda apoyada contra el ladrillo. Pero la mano tenía demasiados dedos, y eran demasiado largos. Justo bajo la marca de la mano había una boca de alcantarilla que no parecía bien encajada del todo.


Hasta el informe del próximo domingo, podéis repasar el caso desde el inicio pulsando aquí

No hay comentarios:

Publicar un comentario