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domingo, 4 de octubre de 2026

TODOS MIS MONSTRUOS (nº 7) La familia horrible

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                                 ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                                              

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

La familia horrible es el séptimo libro de Todos mis monstruos, una colección que comenzamos a reseñar hace algunos años, pero nos dejamos a medias. 

Quizá es la proximidad de Halloween lo que ha hecho que la recuerde, y esta parece una buena época para retomarla y quizá terminarla. Al final de este artículo hay un enlace al primer título de la saga, por si queréis refrescaros la memoria con los libros anteriores antes de pasar a este.

La historia comienza con los monstruos del Tren del Terror abandonando la feria. Sabemos que van en busca de algo, pero no de qué. Es, además, algo que no pueden contar a Max, porque están convencidos de que este se enfadaría mucho con ellos si se enterara de lo ocurrido. Max, por su parte, está ajeno a todo esto, haciendo su vida normal, lo que en su caso es ser atormentado por su hermana mayor, Dola, a la que divierte mucho burlarse de él y ponerlo en ridículo. Y también acumular castigos que le imponen sus padres por quejarse de su propia hermana o enfadarse por las gamberradas de esta.

Buscando alivio de la presión familiar que siente en casa, Max va hasta la Feria Abandonada de los Monstruos y los busca dentro de la atracción del tren fantasma, pero lo encuentra abandonado. Frustrado, regresa a casa y por el camino oye un ruido extraño dentro de un contenedor de basura. Al mirar en su interior, se encuentra con un perrito callejero de color negro, con la cara y el pecho blancos, y se encariña de él de inmediato. Se lo lleva a casa y, para su sorpresa, toda su familia lo acepta. Con mayor o menor entusiasmo, pero lo acepta. Max decide ponerle de nombre Drácula, pues su cara blanca, combinada con el resto del cuerpo negro, le recuerda a la pálida tez del vampiro y su impecable levita negra. Además, los colmillos del perro son extraordinariamente largos y le recuerdan a los de un vampiro.

La incorporación de Drácula a la familia no es la única novedad que van a tener, ya que poco después llaman a la puerta y unos nuevos vecinos que han llegado al edificio se presentan. Se trata de una familia compuesta por Óscar y Lili Fitz y sus hijos, un chico y una chica llamados, respectivamente, Óscar y Lili, como sus padres. ¡Bien, al menos con unos vecinos como estos solo necesitas recordar dos nombres en lugar de cuatro! Los Fitz son una especie de familia Addams. Secos, enjutos, siniestros, con un aspecto de no ser totalmente humanos y ropa de aspecto fúnebre, como si estuviesen perpetuamente de entierro. Todos sonríen, pero son sonrisas que se sienten forzadas, como parte de una fachada.

Al tercer intento de encontrar a sus monstruos en la caseta de la feria, finalmente da con ellos y les pide explicaciones sobre su ausencia. Estos se muestran muy desagradables y se niegan a contarle nada. Mombo, la momia, incluso amenaza con pudrirle la nariz con su poder de mal de ojo, mientras que Amadeo, el licántropo, afirma querer comerse al perrito, que Max ha llevado con él. Prácticamente lo echan a patadas de su caseta, algo que no es la primera vez que pasa, por cierto.

Por si esto fuera poco, y pese a que su presentación fue muy amigable, la señora Fitz empieza a quejarse todos los días de que el perro de Max se mea en la puerta de su casa, aunque Max sabe que esto no es cierto porque es él quien lo saca a pasear y está todo el tiempo con él mientras el perro está fuera de casa. Pese a ello, la señora Fitz insiste en que el perro es el responsable de los charcos de orina que aparecen en su puerta y amenaza con decírselo al administrador del edificio para obligarles a deshacerse del perro. También envía a sus hijos a jugar con Max, pero estos no se muestran emocionados ni interesados por nada y se limitan a estar quietos y sentados en la habitación de Max hasta que consideran que ya ha pasado tiempo suficiente y vuelven a su casa.

Max recibe una llamada de un circo para contratar los servicios de la agencia de alquiler de monstruos que ha montado. Aunque está disgustado con ellos por el trato recibido, Max acude nuevamente a la feria para comunicarles el encargo. Solo encuentra a Nesina. El resto está ausente y, al verse sola y ante la insistencia de Max, Nesina admite qué es lo que está ocurriendo estos días. A Piecete le salieron tres callos y esto hizo que los demás se burlaran tanto de él que se enfadó y se marchó. Los últimos días han estado ausentes y esquivos porque se están dedicando a buscarlo sistemáticamente por toda la ciudad.

Cuando consigue reunir a los monstruos y los acompaña al circo, el hombre que los recibe, Rastelli, les dice que deben hacer una actuación para cubrir uno de los números porque la estrella de este, un perrito malabarista, ha desaparecido. Cuando empieza a describirles al perro, Max se da cuenta de que está hablando de Drácula. Entristecido por quedarse sin él, pero alegre por haber encontrado a su dueño, Max va a buscar a Drácula y se entrega a Rastelli, pero claramente el perrito no quiere ir con él, incluso reacciona asustado al verlo. Rastelli, además, cancela inmediatamente el contrato que iba a hacerle a los monstruos porque ya no los necesita al haber recuperado a la estrella de su espectáculo y los echa de malas maneras del circo.

Max y Dola acuden a ver el espectáculo circense al día siguiente para comprobar en qué consiste el número de Drácula, al que siguen sintiendo como su perro. Y lo que ven es a Rastelli obligándole a hacer trucos a base de golpes y patadas, que el animal lleva a cabo simplemente por miedo al castigo. Max va a buscar a los monstruos para llevarlos hasta el circo y darle una lección a Rastelli, pero de nuevo estos están ausentes buscando a Piecete. El único que queda en la feria en ese momento es Cervi, el Cerbero, pero con este le basta. Acompañado del feroz perro de tres cabezas, Max regresa al circo y obliga a Rastelli a que le devuelva a Drácula. Este, además, revela que el perro no es suyo, que vio a un mendigo que tenía al perro y que, cuando el mendigo tocaba un violín, el perro bailaba, y se lo robó para utilizarlo en el circo. El verdadero dueño de Drácula es en realidad ese mendigo.

Llevamos ya más de dos tercios del libro, así que hay que ir cerrando tramas. Max se encuentra casualmente con un mendigo al día siguiente al volver del colegio. Este toca un acordeón sentado en el suelo junto a una canasta vacía del tamaño que necesitaría un perro pequeño como Drácula. En la canasta hay un letrerito con el nombre Taku. Al regresar a casa, Max llama a Drácula por el nombre de Taku y este reacciona con una gran alegría, dando saltos y corriendo hacia él de una forma que no lo hacía cuando lo llamaba por el nombre de Drácula. Así es como Max comprende que ese es el nombre al cual el perro está acostumbrado a responder, y se lo lleva al mendigo. Drácula/Taku, vuelve así a manos del hombre que realmente lo ha cuidado desde siempre.

El siguiente cabo suelto es el de Piecete. Los monstruos lo han encontrado al fin. Está en un sótano en el que una perrita muy similar a Drácula/Taku, ha dado a luz a un par de cachorros. Piecete ha estado cuidándolos y llevándoles comida y, de hecho, se dedica a ir dando botecitos de un lado a otro del sótano como un soldado montando guardia. Parece ser que Taku ha tenido Takitos y habrá que buscarles casa, pero no podrá ser en la suya porque si los Fitz ya estaban amenazando a sus padres con denunciarles por tener un perro, se volverían locos con dos.

Una noche en la que Max y Dola están solos en casa, llaman a su puerta. Se trata de los hijos de los Fitz, que también se han quedado solos y están temblando de miedo porque hay una tormenta. Les piden pasar a su casa y quedarse hasta que regresen sus padres, y Max se lo permite. Una vez dentro, les confiesan que los supuestos charcos de orina del perro eran cosa suya, para que su madre se quejara del perro y los padres de Max le obligaran a este a deshacerse de él. El motivo es simplemente que a ellos también les gustaría tener un perro y, al ver que un vecino suyo lo tenía y ellos no, buscaron el modo de hacer que Max lo perdiera.

Esto es un tema importante porque hay mucha gente así. Yo considero que la envidia de por si no es mala. Envidiar algo que tiene otra persona (un estilo de vida, una propiedad, un logro, un físico) puede hacer que nos esforcemos más para tratar de obtenerlo nosotros también. Pero hay personas mezquinas que, cuando envidian a otra persona, en lugar de tratar de subir a su nivel, lo que hacen es tratar de bajar a la otra persona al nivel de ellos. Igualarse con ellos a la baja, en lugar de a la alta, y esto es lo que han estado haciendo los hijos de los Fitz; si ellos no pueden tener un perro, intentar que Max tampoco lo tenga.

Aclarado este asunto y tras los lloros y disculpas pertinentes, los pequeños Fitz vuelven a su casa. Max, lógicamente enfadado con los chavales, les retira la palabra durante un mes. Durante ese tiempo visita varias veces al mendigo y a Taku, y le habla de la perrita y los cachorros. El mendigo está dispuesto a hacerse cargo de la perrita también, pero no de los cachorros. Considera que, una vez destetados, ya son lo bastante grandes para separarlos de su madre. Y, al mismo tiempo, cuatro perros son más de los que él puede mantener.

Entonces, Max piensa que este es uno de esos casos en los que un problema resuelve otro. Muestra los cachorros a los hijos de los Fitz y, aunque sus padres no se lo toman nada bien al principio, con un poco de persuasión por parte de los monstruos finalmente convencen a estos para permitir a sus hijos que se queden con uno de los perrillos. Y Max se queda con el otro como sustituto de Drácula.

Está bien, en la línea de los anteriores, pero me parece que esta vez intenta tocar muchos temas a la vez, aunque todos terminan confluyendo: la desaparición de Piecete, las ausencias de los monstruos, la inexplicable hostilidad de estos hacia Max (para la que realmente no tienen ningún motivo), el perrito perdido, los nuevos vecinos, el circo en el que maltratan al perrito, el devolverlo al mendigo, el buscarle casa a la perrita y los cachorros... Me parecen demasiadas tramas, a las que además se les da muchas vueltas para tratarse de un libro infantil que debería ser más directo.

La moraleja que se puede extraer de aquí sobre la envidia me parece interesante, pero no estoy seguro de que el público objetivo al que está dirigido el libro (recomendado de siete a nueve años) esté preparado para entenderla plenamente. Con lo que sí se quedarán es con la idea de que los animales deben ser cuidados y de que maltratarlos está mal, y eso ya es algo.

Puedes repasar esta colección desde el inicio pulsando aquí.

Familie Fürchterlich. 1995. Thomas Brezina (texto) Bernhard Förth (ilustraciones). Todos mis monstruos nº 7. Publicado en 2000 por Círculo de Lectores S.A.

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