EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS ¡ALERTA DE EXPOILERZ!
Presentado por… el profesor Plot.
Saludos, somnolientos lectores.
El Hombre de la Arena es, junto con El cascanueces y el rey de los ratones, la obra más conocida del escritor, compositor, dibujante y jurista alemán E. T. A. Hoffmann.
Es un relato epistolar basado en la leyenda de Der Sandmann, un personaje mítico que cada noche lanzaba una pizca de polvos mágicos en los ojos de la gente para hacer que se durmieran. Esta era la explicación que se daba a los niños para justificarles que cuando tenían sueño les picaran los ojos, como si les hubiese entrado arena en ellos, o que en ocasiones, al despertar, tuvieran legañas, que se suponía eran los restos de esa arena.
No hay apenas referencias escritas a Der Sandmann antes de la obra de Hoffmann. Se sabe que él no inventó el personaje (en el que se basan también desde el Ole Cierraojos de Andersen al The Sandman de Gaiman), pero sí popularizó enormemente esta creencia infantil y la convirtió en algo realmente inquietante.
La historia es la de Natanael, un joven que, siendo niño, se obsesionó hasta niveles enfermizos con la leyenda de Der Sandmann. Todas las noches, a una hora determinada, su madre lo acostaba a dormir y, poco después, él escuchaba pasos en la vieja escalera de madera y una voz extraña dentro de la casa cuyas palabras no llegaba a distinguir. Al preguntar por ello, su madre le contaba que esos pasos y murmullos eran los de El Hombre de la Arena, que acudía a comprobar que ya se hubiese acostado. Para apremiar a Natanael a hacerlo sin rechistar, la mujer creó una versión más terrorífica de este mito, según la cual los polvos mágicos que arrojaba a los ojos de los niños que encontraba despiertos lo que hacían era irritárselos hasta que se les salían de las órbitas. Entonces los arrancaba y se los llevaba a su nido, en la Luna, donde sus hijos, en forma de polluelos monstruosos, los picoteaban hasta devorarlos. Hay un momento en el que su madre le admite que la historia es falsa, pero el mal ya está hecho. La idea de un ser terrible que viene cada noche para tratar de arrancarle los ojos ya está afincada en su cabeza, y él sabe que es real porque oye los pasos y los murmullos.
Una noche decide levantarse de la cama y tratar de ver al Hombre de la Arena, descubriendo que es Coppelius, un amigo de su padre. Coppelius visita su casa también durante el día, de vez en cuando. Es una de esas personas a las que parece divertirles resultar desagradables a los demás y hacen todo lo posible para que la gente se sienta mal en su presencia. Manosea a Natanael y a sus hermanos aun sabiendo que esto les molesta, toquetea toda la comida, incluso lo que no se va a comer, y no cesa de hacer comentarios despreciativos e hirientes. En pocas palabras, un gilipollas integral. Por alguna razón que el pequeño Natanael no entiende pero tampoco se atreve a preguntar, Coppelius acude a su casa cada noche y se encierra con su padre en el estudio de este.
El haber descubierto que Coppelius es el responsable de esos pasos y murmullos nocturnos que él atribuía al Hombre de la Arena no hace que Natanael deje de creer en este. Al contrario, en su mente es perfectamente lógico que un individuo tan odioso como Coppelius sea el Hombre de la Arena. El haberlo visto en carne y hueso demuestra que la leyenda es real.
Una noche se escucha una explosión en la casa (Natanael lo describe como un cañonazo) y lo siguiente que sabe es que el estudio de su padre ha quedado destruido, este ha muerto y Coppelius ha huido. Al parecer, Coppelius y su padre trabajaban en alguna clase de fórmulas químicas y una de ellas estalló accidentalmente. Naturalmente, para Natanael, lo que ha ocurrido es que el Hombre de la Arena ha asesinado a su padre, frustrado por no haber podido arrancarle los ojos a él y a sus hermanos.
Los años pasan y Natanael abandona el hogar familiar para ir a la universidad. Conoce a una chica llamada Clara y se prometen, y todo parece ir bien. Incluso empieza a olvidarse de su antiguo trauma del Hombre de la Arena, hasta que un vendedor ambulante llama a su puerta. El aspecto de este hombre, y también su apellido, Coppola, le recuerda de inmediato al repelente Coppelius, y esto hace que sus antiguos miedos vuelvan a obsesionarle.
Además, Natanael comienza a observar a través de la ventana a una vecina de la casa de enfrente llamada Olimpia, hija de un científico llamado Spalanzani que vive frente a su alojamiento. Olimpia es una joven solitaria que apenas murmura un par de palabras. No muestra emociones y sus movimientos son siempre lentos y calculados, con una extraña rigidez, como si sufriera una leve parálisis. A pesar de ello, Natanael se enamora desesperadamente de ella.
La historia va dándole vueltas a estos hechos. Natanael intercambia cartas con sus familia y su prometida, aunque va distanciándose de esta a medida que su obsesión por Olimpia crece cada vez más. Llega a pedirle su mano al profesor Spalanzani y este se muestra gratamente de acuerdo, incluso encantado con que su hija tenga tal efecto en un joven apuesto y prometedor como es Natanael en ese momento. Sin embargo, la presencia de Coppola, que parece ser amigo del profesor o colaborar con él de algún modo, empieza a amargarle de nuevo la existencia, pues para Natanael Coppola es el propio Coppelius disfrazado que ha vuelto a su vida para controlarlo, vigilarlo y destruirlo.
El relato juega mucho con eso, porque una de las características de Hoffmann como escritor es que nunca deja claro lo que está ocurriendo, si los sucesos extraños que ocurren son sobrenaturales o fruto de la obsesión y la visión distorsionada del narrador. Por tanto, Coppola podría ser Coppelius, pero podría no serlo. Puede que todo esté en la mente de Natanael o puede que todo sea real. Lo único cierto para él es de que ama desesperadamente a la silenciosa, lánguida y casi impasible Olimpia y proyecta en ella todas las virtudes del mundo, del mismo modo que proyecta en Coppelius todos los males posibles. En las ocasiones que tiene de hablar con Olimpia ella apenas susurra que le ama, mientras mueve lentamente una mano y su rostro gira levemente como si su mirada estuviese perdida en un horizonte lejano imaginario. Pero para Nathanael esto es señal más que suficiente de que su futuro está en ella.
Un día tiene la desgracia de asistir a una pelea entre Spalanzani y Coppola en la que ambos parecen estar disputándose el cuerpo de Olimpia. Es entonces cuando descubre que Olimpia no es una mujer real, sino un autómata de extraordinaria perfección, una muñeca mecánica fabricada por Spalanzani como la obra cumbre de sus conocimientos de física, mecánica y relojería. Spalanzani se atribuye a él todo el mérito de la creación y esto es lo que ha despertado la ira de Coppola, que fue quien fabricó sus ojos y reclama parte del mérito. Durante esta discusión, el cuerpo de Olimpia se desarma y sus extremidades y piezas se desparraman por el suelo.
Esto destruye totalmente a Natanael, porque se da cuenta de que la persona por la que más amor había llegado a sentir en toda su vida no era más que una ilusión, un artificio, algo falso que nunca estuvo allí. El hecho de que Spalanzani aceptara la petición de mano de Natanael probablemente fue porque se sintió halagado de que su obra, esa muñeca mecánica que había fabricado, fuese tan realista que hubiese llegado al punto de engañar a alguien hasta hacerlo creer que se trataba de una persona real. Y el hecho de que Coppola fuera el fabricante de las lentes en forma de ojos que utilizaba la muñeca mecánica hace que Natanael vuelva a verlo como el Hombre de la Arena, por aquello que le contó su madre de que este venía a llevarse los ojos de los niños. ¿Acaso Coppola no estaba reclamando de vuelta los ojos de Olimpia?
La cordura de Natanael queda gravemente dañada por este suceso y es internado en un sanatorio. Pasado algún tiempo, se recupera y se le da de alta. Vuelve junto con Clara, superada ya su obsesión por la falsa Olimpia, y empiezan a hacer planes de boda. Incluso recibe, a la muerte de un tío lejano, una finca y una pequeña fortuna en efectivo. Parece que todo va a terminar bien hasta que un día, contemplando el paisaje desde lo alto de una torre, Natanael tiene un repentino ataque de locura. Toma a Clara en brazos y, creyendo que se trata de otra mujer artificial creada para engañarlo, trata de lanzarla al vacío. Clara sobrevive por la oportuna intervención de su hermano, que los acompañaba en esa ocasión y logra ponerla a salvo. Este detalle es el más trágico de todos, porque significa que Natanael había llegado a enamorarse tan perdidamente de Clara como lo estuvo de Olimpia, y eso fue lo que le hizo creer que ella debía ser también una mujer mecánica falsa.
Sumido en su delirio, Natanael cree ver al pie de la torre al infame Coppelius, riendo y burlándose de él. Convencido nuevamente de que el anciano es una criatura sobrenatural que va a dedicarse a martirizarle toda su vida, se lanza desde lo alto de la torre con la intención de caerle encima y estrangularle. Naturalmente, lo único que consigue es estrellarse contra el suelo y matarse él mismo. Para no amargarnos del todo el final, se nos dice, a modo de conclusión, que muchos años después alguien vio a Clara de la mano de otro hombre, con dos niños pequeños jugando cerca de ellos, y parecía feliz.
No sabemos si Coppelius estaba al pie de la torre o es algo que la trastornada mente de Natanael vio, incapaz de abstraerse por completo de sus obsesiones de la niñez. Tampoco sabemos si Coppelius era o no, en realidad, el Hombre de la Arena, o estaba de algún modo relacionado con este, o incluso si él y Coppola eran la misma persona, como Natanael llegó a sospechar. Y es por esto que El Hombre de la Arena sigue siendo inquietante hoy en día. Aparte del hecho de que lo que se nos está describiendo en este relato de 1816 es una humana artificial capaz de moverse y hablar aun de forma limitada mucho antes de que existieran los conceptos modernos sobre robots o androides autoconscientes.
Der Sandmann. 1816. Ernst Theodor Amadeus Hoffmann. Publicado en 1991 por la Compañía Europea de Comunicación e Información S.A.

No hay comentarios:
Publicar un comentario