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jueves, 9 de julio de 2026

DYLAN DOG (nº 177) El discípulo

 EL TEMPLO DE LOS PERGAMINOS                                                                           ¡ALERTA DE EXPOILERZ!                                                                        

                                             Presentado por… el profesor Plot.

 

Saludos, ávidos lectores.

Hoy no teníamos pensado publicar nada. De hecho, ya hace más de dos semanas que no publicamos, porque estamos centrados en otras cosas y también porque las altas temperaturas que tenemos últimamente por aquí no acompañan a la hora de ponerse creativo. También hemos estado bastante desconectados de todo, pero el caso es que hoy nos hemos enterado casualmente de la muerte a finales del mes pasado (una muerte inmerecidamente tranquila) de Jesús María Zabarte Arregui, más conocido como El carnicero de Mondragón. Un etarra extremadamente sanguinario, responsable directo de al menos diecisiete asesinatos, que se sepa.

El carnicero de Mondragón era uno de esos cobardes que disparaba por la espalda contra gente desarmada y colocaba explosivos que detonaba a distancia para no tener que dar la cara. Entre sus víctimas se cuentan un niño de trece años destrozado por una de sus bombas y varios hombres que se encontraban en un bar tomándose algo cuando él entró con una ametralladora y simplemente disparó contra los presentes. Esa clase de persona era.

Cuando la policía irrumpió en su cubil (y tal como consta en las declaraciones de los implicados en su arresto y en los medios de la época) fue corriendo a esconderse en un armario, dentro del cual, literalmente, se cagó encima. Apenas pasó treinta míseros años en la cárcel, de los seiscientos a los que fue condenado. Siempre es importante hacer notar esto último porque, como suele decirse, perdonar a los culpables es traicionar a los inocentes.

Como consuelo nos queda el hecho de que incluso aquellos a los que servía se desentendieron de él cuando salió de prisión, y pasó el resto de su vida en la absoluta irrelevancia. Ni la ETA ni elementos de la extrema izquierda vasca le hicieron homenajes o lo ensalzaron, como sí hicieron con otros terroristas. Supongo que el que uno de sus más afamados sicarios se cagara patas abajo cuando vio a los policías de frente, y no de espaldas, no beneficiaba mucho a su discurso.

Repasando nuestra colección a ver si teníamos algo relacionado con el tema, hemos optado por un cómic de Dylan Dog. No trata sobre un terrorista sino sobre un psicópata, pero después de todo la diferencia no es mucha. Es el nº 19 de la edición española de Aleta Ediciones, que se corresponde al nº 177 de la edición original italiana.

La historia comienza en casa de Elena, una mujer viuda que, tras el suicidio de su marido, trabaja como limpiadora y asistenta en la casa del señor Rathbone, un adinerado vecino suyo. Elena le está echando la bronca a su único hijo, Dave, que es un típico bueno-para-nada (lo que hoy en día se llama un ni-ni) que se pasa el día en su habitación. Dave no tiene respeto por su madre y durante una discusión le achaca a ella la culpa de que su padre se suicidara, lo cual hace que esta se marche disgustada de la casa a dar una vuelta.

Dave aprovecha la ausencia de su madre para tomar las llaves de la casa del señor Rathbone y colarse en ella, probablemente buscando algo que robar. La casa, grande como una mansión, está decorada con un lujo exquisito. Mientras vandaliza el marco de madera labrada de un espejo con su navajita, toca un resorte que hace que se abra una puerta secreta. Esta lleva a una cámara oculta donde el señor Rathbone guarda diversas armas cortantes de extraña factura colgadas de una panoplia, y archivos con fotografías de mujeres descuartizadas. 

En ese momento, el señor Rathbone entra en la habitación en su silla de ruedas. No parece molesto porque Dave haya entrado en su lugar secreto. Al contrario, está emocionado de poder revelarle a alguien que él fue en vida, siendo joven, un prolífico asesino en serie. 

Por su parte, Dave siente fascinación por el terror y el crimen y, lejos de asustarse, se queda encantado por esta revelación. El señor Rathbone está postrado en una silla de ruedas y es básicamente un anciano que apenas puede valerse por sí mismo, por lo que Dave no tendría problema en salir de la casa y denunciarle. Pero no lo hace porque considera mucho más emocionante aprender de él. Quiere oír todas las historias sobre asesinatos reales que este pueda contarle. Pero, siendo él joven y fuerte, el señor Rathbone viejo e inválido, y teniendo a mano todas las pruebas de sus crímenes, Dave no establece una relación de amistad con el anciano. En lugar de eso lo convierte prácticamente en su esclavo, un cuentacuentos particular al que termina obligando a narrarle las historias de sus crímenes hasta altas horas de la madrugada, incluso cuando el propio asesino empieza a cansarse de ello.

¿Y qué pinta Dylan Dog en todo esto? Bueno, pues Elena lo contrata para que hable con su hijo. No para que lo investigue, sino para que simplemente hable con él. Como a Dave le gustan tanto las historias de crímenes y lo sobrenatural, Elena cree que hará buenas migas con Dylan Dog y este podrá de algún modo calmarlo, hacer que se comporte de forma más sensata. Pero el plan no sale como ella pensaba. Dylan acepta intentarlo sin cobrarle a Elena, porque por un lado el caso le intriga por lo inusual y, por otro, la mujer le parece bastante atractiva.

Dylan, a lo largo de la serie, ha demostrado ser alguien cuya principal debilidad es el sexo; es casi incapaz de resistirse a una cara bonita, hasta el punto que a lo largo de la colección llega a acumular a varias docenas de amantes, aunque las relaciones le duraban lo que pudiera durar el caso en el que las había conocido. Dylan termina convirtiendo a Elena en otra de sus amantes, lo cual es descubierto por Dave, que reacciona bastante mal, empeorando en lugar de mejorar la relación con su madre.

Por otra parte, el inspector Bloch de Scotland Yard contacta con Dylan por una serie de casos que se están produciendo recientemente: asesinatos en los que un psicópata está matando y descuartizando mujeres jóvenes. El cómic va alternando escenas de investigación de Dylan, escenas de los crímenes del psicópata (que actúa con el rostro oculto por una máscara de metal) y las escenas en las que Dave sigue insistiéndole al señor Rathbone para que le cuente más y más de sus crímenes, cada vez más obsesionado con ellos.

Dylan termina descubriendo la extraña fijación de Dave por el señor Rathbone y entra en la mansión de este. No tarda mucho en encontrar la entrada a la cámara secreta donde este guarda su panoplia de armas y las pruebas de sus crímenes. Ahí hay alguien sentado en una silla de ruedas, pero no es el señor Rathbone, sino Dave, que parece aturdido o drogado. 

Rathbone se deja ver entonces tras Dylan, portando la máscara de metal con la que vimos actuar al psicópata. Lo golpea en la cabeza y lo inmoviliza atándolo a una columna.

A continuación, como suelen hacer los psicópatas en estos casos, le explica a Dylan que, a medida que fue contándole a Dave todas las historias de sus crímenes, se fue sintiendo cada vez más fuerte. La fascinación del chico por lo que él hacía le hacía sentirse poderoso. De hecho, fue ganando fuerzas rápidamente a medida que Dave las perdía. Rathbone parece tener algún tipo de poder psíquico menor, una especie de vampirismo de energía que ha hecho que la fuerza y la juventud de Dave fueran pasando a él.

Los asesinatos no los ha estado cometiendo Dave tratando de emular a Rathbone, que es lo que el comic ha estado induciendo al lector a creer; los ha estado cometiendo el propio Rathbone al recuperar gran parte de su energía robándosela a Dave. Incluso ha raptado a su madre, a la que tiene allí sujeta a una camilla, lista para ser despedazada en cuanto termine su discursito.

Pese a que Dave está casi catatónico en la silla de ruedas, sigue siendo consciente de la situación. Con un gran esfuerzo, logra sacarse una navajita que tenía en el bolsillo y echársela a las manos a Dylan, con lo que este logra liberarse de sus ataduras. Dylan y el señor Rathbone se enfrentan en la sala de trofeos, empuñando ambos los desagradables cuchillos de la panoplia de armas. Rathbone logra herir a Dylan y, de hecho, pese a su avanzada edad, parece mucho más vigoroso que este. 

Las cosas pintan mal para el detective pero en ese momento Dave se pone en pie y toma su navajita, que Dylan dejó tirada en el suelo tras liberarse con ella. Aprovechando que Rathbone le está dando la espalda, pendiente de Dylan, le clava la navajita en la nuca matándolo casi instantáneamente.

Elena y Dave son hospitalizados para comprobar su estado y, en cuanto son dados de alta, ella rompe la relación que había iniciado con Dylan para centrarse totalmente en cuidar a su hijo, que de pronto parece haberse vuelto un muchacho ejemplar. Es como si, para recuperar sus fuerzas, el señor Rathbone no se hubiese alimentado solo de la energía de Dave, sino de su ira contenida, de su violencia, de su desprecio por la sociedad, y todo eso hubiese sido consumido y hubiese desaparecido del joven.

Parece  un final feliz, hasta que una última viñeta nos muestra cómo Dave, de algún modo, logró llevarse uno de los machetes de casa del señor Rathbone y lo tiene escondido debajo de la cama, para cuando se decida a comenzar su propia carrera criminal.

Lo mejor de la historia es la relación que se establece entre Dave y Rathbone: un viejo asesino comiéndole la cabeza a un joven influenciable, hablándole de los crímenes que ha cometido como si fueran grandes obras de arte. Es inquietante precisamente porque es muy verosímil. La prueba la tenemos en organizaciones como Jarrai, Haika y Segi cuya función era captar y adoctrinar jóvenes con poca cultura y fáciles de ideologizar, promover la kale borroka (violencia callejera) y servir como cantera para el entorno de ETA. 

Al final eran estos jóvenes, estos discípulos, los que ya convertidos en adultos con el cerebro lavado (como el propio Carnicero Cagón de Mondragón) cometían los delitos y terminaban en la cárcel. Y mientras, sus lideres vivían a cuerpo de rey con el dinero de los secuestros y las extorsiones. El terrorismo, a fin de cuentas, siempre se ha reducido a eso.

Puedes repasar esta colección desde el inicio pulsando aquí o la película extraoficial sobre el personaje pulsando aquí.

Il discepolo. 2001. Tito Faraci (guion) Franco Saudelli (dibujo) Angelo Stano (portada). Publicado en 2006 por Aleta Ediciones.    

2 comentarios:

  1. Me ha encantado el artículo, en cuanto a esos malnacidos deberían pudrirse sin volver a ver la luz del sol

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    1. Antiguamente algunas prisiones tenían cementerios dentro de sus propios muros. Es algo que debería recuperarse, porque hay individuos que ni muertos merecen salir de prisión.

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